domingo, 15 de septiembre de 2013

Psycho

La primera vez creí que todo acabaría largándome de allí, cambiándome de casa y alejándome de aquel lugar maldito. No fue fácil tomar la decisión. Antes de llegar a ese punto hubo muchas noches insomnes y muchas dudas, y estuve muchos meses buscando otra salida que no fuera huir de allí. Pensé incluso en ir a la policía, aunque terminé descartándolo porque suponía lo que me iban a decir. No ignoraba que el tipo que me acosaba y me aterrorizaba aún no había hecho nada ilegal. Sabía bien lo que hacía y hasta dónde podía llegar para que no pudiera echarle encima a los agentes del orden.

Recuerdo, como si se tratara de la escena de una escalofriante película de terror, el momento en el que desperté en mi nueva casa y comprendí que todo había sido en vano. Era domingo y había terminado de hacer la mudanza el día anterior. Ni un día de tregua me había concedido. Le escuché claramente al otro lado de la pared, en el piso contiguo. No tuve ninguna duda de que se trataba de él. Me tiré varias horas sin salir de la cama, llorando de impotencia. Me sentía totalmente inerme y vulnerable frente a aquel obseso que me perseguía.

Pero no me rendí. Madrid es una ciudad grande y pensé que debía de haber algún sitio donde poder esconderme. Por eso cambié de piso cuatro o cinco veces más. Las mudanzas, los pisos y las calles se confunden en mi memoria. En una ocasión creí haberle dado esquinazo. Fue la vez en la que más sufrí. Llegué a hacerme ilusiones. Durante varias semanas no apareció y eso hizo mucho más duro el desengaño aquel sábado de primavera en el que supe que había vuelto al escuchar sus pasos, esta vez en el piso de arriba, y el ruido de los muebles que arrastraba.

Aun sabiendo que no serviría de nada, terminé yendo en un par de ocasiones a hablar con la policía. Se mostraron comprensivos y dijeron que me entendían, pero me explicaron que no podían hacer nada hasta que aquel tipo cometiera algún error y cruzara la delgada línea que separaba sus insidiosos actos del crimen.

Desesperado, sin saber qué hacer, cambié de ciudad. Me fui lejos de allí, a escondidas, casi a hurtadillas, dando un largo rodeo para que nadie pudiera saber adónde iba y mirando constantemente por el retrovisor para estar seguro de que nadie me seguía.

No me sirvió de nada. No sé cómo pero tengo la sospecha de que esta vez ni siquiera me siguió. Cuando llegué, ya me estaba esperando.

Ahora vivo en un estado entre la angustia y la resignación mientras resto los días que inexorablemente me conducen a un nuevo fin de semana. Porque allí está él, mi torturador, cada sábado, cada domingo, a primera hora de la mañana, taladrando paredes y dando martillazos, sin descanso, con inquebrantable obsesión de psicópata que nunca se rinde.

A veces me meto debajo de las sábanas y me tapo la cabeza con la almohada esperando que cesen los golpes y el ruido inmisericorde del taladro, deseando con todas mis fuerzas que desaparezca ese tipo, que se volatilice para siempre como si no hubiera sido nada más que un mal sueño. Pero sé que me engaño a mí mismo, que estoy despierto, que no hay escapatoria y que esto no es una salida.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Tiempos de becas flacas

Para mi primer año de carrera, curso 1991-1992, recibí una beca razonable. Sobre todo porque iba acompañada de un extra de 200.000 pesetas en concepto de “ayuda compensatoria” o algo así. Era un complemento que recibían las familias con rentas muy bajas. En el curso siguiente, me volvieron a conceder la beca, pero, de forma totalmente inopinada, me denegaron la ayuda compensatoria. Lo mismo le sucedió a mi hermana mayor. Nuestra situación económica no había cambiado y tampoco las condiciones en la solicitud de becas, así que no nos quedó más remedio que reclamar. Sabíamos además que a otros estudiantes con declaraciones de la renta más abultadas que la nuestra se la habían mantenido.

Unos meses más tarde mi hermana y yo recibimos sendas contestaciones que decían lo mismo: nos denegaban la ayuda compensatoria por el “artículo WX2345” o algo así. Me invento el nombre porque no conservo el documento, pero recuerdo que era un código que nos dejó como estábamos. Mi hermana se pasó por las oficinas que a tal efecto tenían para atender a los estudiantes y nadie de los que trabajaban allí supo explicarle que significaba aquella respuesta ni mucho menos qué artículo era aquel. O al menos eso fue lo que le dijeron. Por eso unos días más tarde tuve que ir yo, y lo hice dispuesto a enfrentarme a quien hiciera falta para saber qué hostia estaba pasando con nuestras becas.

El primer funcionario que me atendió repitió la misma cantinela que le habían endosado a mi hermana, pero yo no me rendí y dije que no me iría de allí hasta que alguien me explicara qué significaba aquella críptica respuesta que ni ellos mismos entendían. Después de una larga espera, se dignó a atenderme, probablemente para que me fuera de una puta vez, la responsable de todo aquello. No recuerdo su cargo, pero sí la sensación de que me atendía la que más mandaba en aquellas oficinas. Así me lo pareció por el despacho al que me invitó a entrar y por los ademanes de suficiencia que exhibía. Seguro que la memoria me traiciona, pero la recuerdo como una pija repintada y repeinada, alta, de unos cuarenta y pico años, que me miraba con desdén y prepotencia desde detrás de un enorme escritorio y con las posaderas cómodamente asentadas en una silla ergonómica.

Al principio de nuestra entrevista intentó despacharme con evasivas y vaguedades, quizá esperando que su cara adusta y su despacho de funcionaria de alto rango me amedrentaran. Pero yo tenía que encontrar una salida a aquella absurda situación kafkiana y le exigí que me explicara qué significaba lo del “artículo WX2345” o como demonios se llamara. No me iba a ir de allí, le dije con actitud pasiva-agresiva, hasta que me dieran una respuesta convincente. La cabreé. Y estuvo bien porque fue entonces cuando me dijo la verdad. No sé en el resto de España, pero en Madrid, me confesó, le habían quitado la ayuda compensatoria a todos los hijos de trabajadores autónomos. A todos. Según me explicó, tenían que recortar por alguna parte y habían llegado a la conclusión de que los autónomos eran unos sinvergüenzas que mentían en sus declaraciones de la renta.

Me indigné, claro, y le dije que aquella decisión era un disparate, una injusticia y, sin lugar a dudas, algo ilegal, y que mi padre no tenía la culpa de ser agricultor. Ella me espetó, tras observar detenidamente los papeles que había entregado y mirarme como se mira a una mierda de palomo que te ha manchado el traje, que era imposible que una familia de cinco miembros viviera con la miseria que declaraba mi padre y que, por lo tanto, mentía. Lo primero era cierto, pero lamentablemente lo que había en la declaración de la renta era la pura verdad. Ahí no aparecía, como es obvio, lo que mi hermana y yo, en b y en a, ganábamos por ahí. Pero no había nada ilegal. Nosotros ganábamos tan poco que no estábamos obligados a hacer la declaración de la renta.

Como yo sabía que mi padre no mentía, me llevaron los demonios. Creo que perdí un poco la compostura y que le solté, con toda la impertinencia de la que fui capaz, que ella no sabía lo que nosotros teníamos que hacer para sobrevivir, si dábamos clases particulares, si pedíamos por las calles, si teníamos que prostituirnos. La muy puta me dijo entonces que en ese caso le estaba dando la razón y que en nuestra declaración se ocultaban ingresos. Yo no estaba seguro de si era cierto porque entonces no sabía mucho de temas de Hacienda, pero lo que sí sabía era que aquella era la declaración de mi padre, que era la única que había en mi casa, y que cumplía todos los requisitos para la ayuda compensatoria. Y es más, si hubiéramos sumado todos nuestros ingresos, también los habríamos cumplido.

Cuando comprendió que no me iba a ir sin más, me lanzó un órdago. Si me atrevía, me propuso con tono amenazante, mandaría a mi casa una inspección de Hacienda para comprobar si era verdad que disponíamos de tan pocos ingresos. Si encontraban el mínimo error, dijo, nos quitarían el derecho a recibir cualquier tipo de beca durante el resto de nuestras vidas.

Acepté el órdago y salí de allí victorioso, aunque un poco preocupado. Mi padre no escondía millones debajo de ninguna baldosa, pero siempre podía haber cualquier error absurdo, cualquier omisión insignificante que les diera la razón. La suerte estaba echada.

Lo que pasó después no me lo esperaba. No fueron. La hija de puta no mandó a mi casa ninguna inspección y tuve que volver meses más tarde para preguntar qué pasaba. El funcionario de turno me dijo que no había ninguna actuación pendiente con nuestras becas y que si queríamos un último recurso teníamos que ir a un juicio contencioso-administrativo.

No me atreví ni quise meterme en líos de abogados. Y nunca recuperé la ayuda compensatoria, ni siquiera cuando un año más tarde murió mi padre.

Lo que hice fue trabajar más e intentar salir adelante como pude, con y sin contrato, en a y en b, en la hostelería, en la construcción, en el campo, dando clases particulares… De milagro no tuve que pedir por las calles u ofrecer mi culo al mundo de la sodomía de pago

Ignoro qué podrán hacer hoy los estudiantes que estén en una situación parecida y se queden sin beca, o que no puedan hacer frente a unas tasas que se han multiplicado por dos, o que no encuentren ni trabajos de mierda con los que sobrevivir, y si los encuentran, que estén tan mal pagados que no les permitan llegar a fin de mes ni a dieta perpetua de macarrones con tomate. Pero lo que tienen que saber es que los políticos no les van a ayudar, o les van ayudar lo justo para engañar al electorado, lo justo para no gastar mucho dinero. En mis años universitarios se supone que las becas eran mejores y la mía ni siquiera alcanzaba para pagar el alquiler de la habitación que compartía.

Ahora gobierna el PP, pero no creo que el PSOE lo hiciera mucho mejor. Yo estudié en los últimos años del felipismo, que también tuvieron lo suyo, y las medidas que tomaron entonces, aunque no tan drásticas como las actuales, tenían un tufo muy parecido. Durante el curso 1993-1994 tuvimos que hacer varias huelgas y numerosas manifestaciones por la subida de las tasas universitarias. No era una subida tan terrible como la de hoy, pero nos soliviantó mucho que el gobierno socialista dijera que era una decisión que pretendía evitar la masificación en la universidad, así, tal cual. Puede que entonces empezaran a ver como una amenaza que tantos hijos de obreros, agricultores y pequeños empresarios abarrotáramos las aulas universitarias.

En aquellos años aprendí que el PSOE estaba muy lejos de ser un partido socialista y que probablemente no podría serlo ningún partido que llegara al poder. El dinero siempre es de derechas. Y más, si cabe, cuando escasea.

martes, 13 de agosto de 2013

The Dude

Uno de los antihéroes más carismáticos que nos dejó la gran pantalla en los 90 fue, sin duda, el protagonista de “El gran Lebowski” (encarnado de forma brillante por el actor Jeff Bridges), the Dude, que en español fue traducido, con su dosis de acierto y desacierto, como el Nota. Con su dosis de acierto porque el apelativo Nota gustó y se ha mantenido en el imaginario colectivo de los españoles. Y con su dosis de desacierto porque si algo no es Jeff Lebowski es un nota. Para mí la palabra nota se aplica más bien a una persona que desentona, que llama la atención de forma desagradable o brusca, alguien como, por ejemplo, su amigo Walter (el genial actor John Goodman), un veterano de Vietnam que es capaz de sacar una pistola para dirimir una discusión en la bolera o que revienta un coche con una palanca para dar una lección a un adolescente medio alelado.

The Dude en inglés no significa nota ni mucho menos. Dude quiere decir tipo, individuo, es decir, un cualquiera. Y se puede utilizar como sinónimo del vocativo informal guy, que sirve para dirigirte a todo el mundo, como nuestros tío y tía. Por eso no creo que los hermanos Coen estuvieran pensando en un nota cuando crearon el personaje. Más bien se trataba de crear el antihéroe total, un don nadie, un perdedor que pasaría totalmente inadvertido en Los Ángeles si no saliera a la calle en bata algunas veces.

Jeff Lebowski es un fracasado que vive al día, que no tiene futuro y que carece de un pasado glorioso. Los Coen nos cuentan poco de él porque probablemente no hay nada que contar. El mismo Dude nos da algunas pistas sobre su pasado, historias que uno no sabe si creerse o no, como que en una ocasión firmó un panfleto de protesta o que trabajó como roadie en una gira de Metallica. También comenta que estuvo en la universidad, aunque reconoce que sus recuerdos son borrosos porque se pasó todo el tiempo fumando porros, montando broncas y jugando a los bolos.

Supongo que el personaje nos cae simpático por su sencillez, su humildad, su falta de profundidad o de dobleces, su carencia absoluta de ambiciones. Es un tipo tranquilo, que se declara pacifista, que no tiene ningún empleo, que juega a los bolos, fuma porros y de vez en cuando se toma algún ácido. Viste como vive, sin pretensiones, huyendo de la formalidad y solo preocupándose por estar cómodo. En la soleada Los Ángeles se puede permitir el lujo de pasar la mayor parte del tiempo con ropa de playa: camisetas de algogón, una variada colección de bermudas y, por supuesto, chanclas. The Dude, en mitad de la ciudad de las ambiciones desatadas, es un tipo que vive como si hubiera comprendido que nada en este mundo merece tanto la pena como para esforzarse por conseguirlo. Porque otra cosa que nos cuentan de él es que es un tipo extremadamente vago, probablemente el más vago de Los Ángeles y, por tanto, uno de los más vagos del mundo.

Pero si nos conquista desde el principio no es solo por su pachorra a la hora de encarar la vida, sino porque, aunque sea un pringado y un loser, no está dispuesto a dejarse pisotear por los poderosos. Pase que por culpa de los ricos y sus líos absurdos le metan la cabeza en el váter y le rompan una baldosa con la bola de jugar a los bolos, pero lo que no puede tolerar es que un matón de mierda chino se mee en su alfombra, una alfombra que le daba armonía a su salón.

Lo que nos gusta de the Dude es que no tiene miedo de enfrentarse a los ricos y que tampoco tiene ningún problema en aprovecharse de ellos si se le presenta la ocasión y la empresa no requiere un esfuerzo desmesurado. Por eso no desprecia una copa si se topa con un lujoso mueble bar en una de las mansiones de esos tipos que tanto le resbalan, ni tiene reparos en hacerles algún trabajo sencillo si la recompensa que le prometen asciende a unos cuantos miles de dólares. Y tampoco le hace ascos a tirarse a una niña pija (Julianne Moore nada menos) si se presenta en su casa y se le ofrece en bandeja. Porque se puede ser humilde, vago e inútil, pero nunca imbécil.

Y es por todo eso por lo que the Dude nos cae tan de puta madre y, después de ver la película, a todos nos gustaría que fuera nuestro colega para irnos con él a echar unos bolos.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Felipe VI no, Felipe 9


A mí lo de ser monárquico me parece totalmente desfasado, pero en esta involución social y cultural que estamos viviendo no deja de resultarme algo anecdótico y sin la menor importancia. Yo no juzgo a la gente por sus filiaciones y lo mismo me da si alguien es monárquico, treki, belieber o fan de la Pantoja. Allá cada cual con sus traumas.

Lo que, sin embargo, me parece preocupante es que haya gente que mantenga criterios discriminatorios cuando vivimos en una sociedad en la que se lucha por la igualdad de todos sus individuos independientemente de su raza, sexo, credo o gustos sexuales. Por eso no miraría con buenos ojos a quien me dijera que es seguidor de Juan Manuel de Prada o de Salvador Sostres. La libertad de expresión les permite exhibir sus posturas retrógradas y machistas en los medios de comunicación y a mí poder expresar abiertamente el asco que me producen.

Lo peor es que a veces sucede que gente que en principio no es sospechosa de nada participa de un pensamiento retrógrado sin darse cuenta, aceptándolo como algo normal porque piensa que es así y no puede ser de otra manera. Así pasa con el tema de la sucesión de la Corona española. Nadie cuestiona que el heredero sea Felipe de Borbón, futuro Felipe VI, tercer hijo de los reyes y solo primero en la línea sucesoria por culpa de una suerte de ley sálica descafeinada que antepone los derechos de los varones y discrimina a las hijas.

A ver, lectoras liberales y liberadas de “Cincuenta sombras de Grey”, ¿es que acaso vais a consentir en el siglo XXI este atropello a la mujer?

La primogenitura es un criterio tan absurdo como que existan monarquías, pero al menos no discrimina a nadie por razón de sexo. Si este fuera el criterio válido, Felipe estaría a años luz de ser el heredero. Así quedaría en la línea sucesoria:
  1. Elena de Borbón y Grecia (1963), infanta de España y duquesa de Lugo, primogénita de los reyes.
  2. Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón (1998), grande de España, hijo primogénito de la infanta Elena y de Jaime de Marichalar.
  3. Victoria Federica de Marichalar y Borbón (2000), grande de España, hija de la infanta Elena y de Jaime de Marichalar.
  4. Cristina de Borbón y Grecia (1965), infanta de España y duquesa de Palma de Mallorca, hija de los reyes.
  5. Juan Valentín Urdangarin y Borbón (1999), grande de España, hijo primogénito de la infanta Cristina y de Iñaki Urdangarin.
  6. Pablo Nicolás Sebastián Urdangarin y Borbón (2000), grande de España, hijo de la infanta Cristina y de Iñaki Urdangarin.
  7. Miguel Urdangarin y Borbón (2002), grande de España, hijo de la infanta Cristina y de Iñaki Urdangarin.
  8. Irene Urdangarin y Borbón (2005), grande de España, hija de la infanta Cristina y de Iñaki Urdangarin.
  9. Felipe de Borbón y Grecia (1968), príncipe de Asturias, hijo de los reyes.
  10. Leonor de Borbón Ortiz (2005), infanta de España, hija primogénita del príncipe Felipe y de Letizia Ortiz.
  11. Sofía de Borbón Ortiz (2007), infanta de España, hija del príncipe Felipe y de Letizia Ortiz.

El 9, no el VI. El 9 es el número que le corresponde, y sin números romanos. Alguien puede pensar que es un dislate que reine la infanta Elena. Ah, se siente. Haber elegido república en lugar de monarquía. De cualquier forma, no creo que haga mucha falta un elevado coeficiente intelectual para cazar elefantes, tener amantes, ir a esquiar, pedir indultos para pederastas o gritar “¿Por qué no te callas?” en las cumbres internacionales.

Y si la pobre no se ve capaz, ahí tenemos a Froilán, un joven inquieto y con carácter, que ya sabéis que soy froilanista y que daría cualquier cosa por verlo reinar. Y si no le dejan, espero que coja un pincho moruno, oxidado y lleno de grasa, y se lo clave en el culo a su tío Felipe 9 (o Felipe VI “El Usurpador”, como prefiráis) para que al menos no pueda sentarse a gusto el día que le toque okupar el trono.

lunes, 22 de julio de 2013

Cuentos con moraleja: La chica que no hablaba

Un clásico de los chistes de bares:

Un hombre llega a un bar, se pide una copa y advierte que en el otro extremo de la barra hay una chica muy atractiva. Sola. Le sorprende que una mujer tan despampanante no haya venido acompañada y piensa que está de suerte. Se acerca a ella y le dice:
       -Hola, ¿vienes mucho por aquí?
       La chica inclina un poco la cabeza y el hombre cree entender que sí o que de vez en cuando.
       -¿Quieres tomar algo?
       Ella no dice nada, pero con un leve gesto le da a entender que sí.
       -¿Qué quieres tomar?
       Ella se encoge de hombros.
       -Yo estoy tomando un gin tonic. ¿Te pido uno?
    Ella asiente y el hombre empieza a tener una seria sospecha. Pide al camarero dos copas y, tras pensarlo unos minutos, se decide a hacerle una pregunta. Al fin y al cabo, si la respuesta es afirmativa, no le va a importar porque la tía está buenísima.
       -Perdona, no te lo tomes a mal, pero ¿eres muda?
       Ella niega con la cabeza y él se siente desconcertado.
       -¿Te estoy molestando? –pregunta ya un poco enfadado.
       Ella vuelve a mover la cabeza a un lado y a otro para decir que no.
       -¿Y por qué no dices nada? –suelta ahora sí visiblemente cabreado-. Eh, ¡¿por qué no dices nada?!
       Es entonces cuando la chica abre la boca por fin y con voz grave, cavernosa y cazallera de camionero le responde:
       -¿Pa qué? ¿Pa cagarla?



Probablemente eso es lo mismo que piensa Mariano Rajoy cuando le dicen que tiene la obligación de ir al Congreso a dar cuenta de los presuntos chanchullos del PP y las implicaciones de su partido con la trama Gürtel y el caso Bárcenas. Porque eso que hacen en las ruedas de prensa la Cospedal o Carlos Floriano es muy fácil. Pero Rajoy sabe que en el Congreso no le va a valer con repetir que todo es mentira como si fuera un muñeco al que se le ha roto el mecanismo. En el Congreso sabe que la caga seguro y, aunque es consciente de que su situación actual –con la amenaza de una moción de censura cual espada de Damocles- es mala, no cree que vaya a ser mucho mejor si abre la boca.

miércoles, 17 de julio de 2013

La canción de Juan Perro

Cuando tenía catorce o quince años me apasionaba la música pop. Como no tenía dinero para comprar discos, tenía que conformarme con lo que unos y otros me grababan en cintas TDK, y TDK cuando mi economía estaba boyante, que a veces me tenía que apañar con las marcas cutres que vendían en el mercadillo. La piratería no es algo nuevo y la alimenta siempre la necesidad.

A mi hermana mayor le cogía lo que tenía, sobre todo cantautores y grupos poperos como Mecano o los Pecos. Un día un amigo suyo le grabó una cinta de un grupo que se llamaba Radio Futura y me la pasó. Me dijo que eran los que cantaban lo de la escuela de calor y creo que me sonaba de algo. En aquella casete el compilador, que era un tipo meticuloso, había grabado los mejores temas del grupo respetando el orden cronológico de edición de los álbumes: “Música moderna”, “La ley del desierto / La ley del mar” y “De un país en llamas”. Y entre medias de los dos primeros discos no se había olvidado de meter “La estatua del jardín botánico”, que se había publicado como single.

En la primera escucha me quedé un poco descolocado porque el conjunto era desconcertante. Como poco parecía el trabajo de dos grupos distintos. Al principio había algunas canciones muy poperas y divertidas (“Enamorado de la moda juvenil”, “Divina”…) y luego, desde el momento en el que empezaba a sonar la batería de “La estatua del jardín botánico”, los temas se iban volviendo más oscuros. Después de “La escuela de calor” me daba la sensación de que el grupo se había echado a perder, o al menos de que se había vuelto un poco raro.

Durante un par de meses me puse la casete a todas horas, aunque la quitaba cuando se terminaba “Escuela de calor”. Llegó un momento en que estaba tan harto de escuchar todo el rato las mismas canciones que la dejé correr. Y empecé a fijarme con mayor atención en los temas que venían a continuación: “La ley”, “Oscuro affaire”, “Semilla negra”, “No tocarte”, “El tonto Simón”, “Han caído los dos”… Me pregunté entonces cómo no me había dado cuenta en las primeras escuchas de lo buenas que eran aquellas canciones, mucho mejores sin duda que las del primer trabajo del grupo, que tanto me habían deslumbrado en un principio. En la evolución de Radio Futura me llamaban mucho la atención los ritmos, los arreglos sorprendentes de algunos temas –especialmente en el álbum “De un país en llamas”–, la voz de Santiago Auserón y, claro, las letras, esas letras, muchas veces extrañas y misteriosas, que podías escuchar una y otra vez sin terminar de entender bien y sin dejar de descubrir nuevos significados en cada nueva escucha.

Ahora sé que fue entonces cuando mis gustos musicales empezaron a madurar y a crecer.

Recuerdo que con quince años mis amigos se dividían musicalmente en tres grupos: los que escuchaban tecno pastelero y los insufribles refritos del Max Mix, los que lo flipaban con el “Tubular bells” de Mike Oldfield y los jevis, que nunca lograron convencerme a pesar de lo sugerentes que resultaban sus barrocas y monstruosas portadas, y especialmente las tías buenas que pululaban por todos sus vídeos. Yo, que picoteaba de todo un poco y no me quedaba en ningún sitio, por ubicarme en alguna parte empecé a decir que mi grupo favorito era Radio Futura. Por eso, cuando se publicó “La canción de Juan Perro” –hace ahora 25 años–, yo ya era un fan convencido y militante, que le grababa cintas a todo el que decía que no conocía al grupo o a los que lo acababan de descubrir y no tenían sus primeros discos.

Tardé todavía un tiempo en comprarme los originales. De hecho, las primeras canciones de “La canción de Juan Perro” las conseguí grabando programas de radio. La primera fue, curiosamente, la enigmática “Lluvia del porvenir”, que ni siquiera fue single. Luego creo que vino “37 grados”. Unos meses más tarde empecé a trabajar y fui encargando poco a poco todos los originales a Discoplay. Su revista era el único contacto con el mundo discográfico que se podía tener en un pueblo como el mío. Con las casetes originales aprendí los nombres de los miembros del grupo: Santiago Auserón, al que ya había visto alguna vez en “La bola de cristal”, Luis Auserón, que tocaba el bajo –creo que fue entonces cuando aprendí lo que era un bajo sin sospechar que años más tarde aprendería a tocarlo–, y Enrique Sierra, que era el punk, el excéntrico, el raro, y por lo tanto uno de los que más molaban.

Hacerme fan de Radio Futura fue una suerte. Siguiendo su estela encontré multitud de caminos que me ayudaron a descubrir nuevos territorios musicales, como el punk, el rhythm and blues, el reggae, la rumba, la música latina, el soul, el funk… Muchos de los grupos que me marcaron en aquella época los conocí directa o indirectamente gracias a ellos: The Clash, The Doors, Bob Marley, Marc Bolan, David Bowie…

Para celebrar el 25 aniversario de “La canción de Juan Perro” se ha reeditado el álbum con gran cantidad de material extra, y es una suerte, sobre todo por las grabaciones inéditas que han visto la luz. A mí me produce un poco de nostalgia, no solo por acordarme de mi ingenua adolescencia, sino también porque me doy cuenta de que hubo un tiempo en el que la industria discográfica española apostó por grupos difíciles y valientes, que llegaron a un público amplio ofreciendo propuestas arriesgadas. Hoy se hace prácticamente imposible que algo así vuelva a suceder. Por una parte, tras el derrumbe de la industria discográfica, solo se han mantenido en pie las propuestas más simples y convencionales que aspiran a agradar al público menos exigente. Por otra, tenemos un gobierno totalmente incapaz de valorar la cultura y que –en gran medida por rencor y despecho hacia los artistas que son críticos con su partido– ha torpedeado la industria cultural con impuestos demoledores al mismo tiempo que ha aumentado las subvenciones a los toros para que los jóvenes no se sigan alejando de los ruedos.

Pasa con la música lo mismo que con los programas de televisión. Se dice que se publica música facilona y frívola porque es lo que la gente quiere, pero la realidad es que la gente consume esa música porque es la que única que ofrecen los grandes medios de comunicación. Radio Futura demostró que el rock en español podía ser una apuesta de futuro y que no había que menospreciar al público ofreciéndole únicamente pienso cultural del más barato.


lunes, 15 de julio de 2013

Sueño el peso de las nubes

Mi admirado colega Hipólito García "Bolo" me ha invitado a acompañarle en la octava entrega de Sueño el peso de las nubes. Allí estaré, en el corazón de Lavapiés.



miércoles, 10 de julio de 2013

Deus ex machina

Si en algo estamos de acuerdo la mayoría de los españoles ahora mismo, es en que tendríamos que hacer algo para luchar contra un sistema económico cruel e injusto y un gobierno corrupto e ineficaz. Pero te pones a pensar en qué podríamos hacer y te da una pereza enorme. Imagínate qué follón en estos momentos un levantamiento popular, que además es una de esas cosas que sabes cuándo empiezan, pero nunca cuándo acaban. Y, la verdad, es que ahora me viene fatal, que me piro una semana a la playa. Yo no tengo pasta, pero me voy al pueblo de los abuelos, y he quedado con los colegas para hacer una fiesta el fin de semana. Yo sí me voy fuera unos días, a París, que siempre ha sido mi sueño y no lo voy a fastidiar por una revueltilla que luego va a ser para nada. A mí no me jodas ahora con manifestaciones y hostias, si eso ya el mes que viene, que ahora son las fiestas de mi pueblo y van a traer vaquillas para hacer un encierro. Pues yo me voy a echar una siesta de tres horas. Etcétera.

Por no hablar del jaleo que conlleva una revuelta popular: movilización ciudadana, manifestaciones, huelgas, enfrentamientos con las fuerzas de orden público, barricadas, cargas policiales, palos, botellazos, pelotas de goma, detenciones… Y nos llevaríamos un montón de hostias seguro, que los antidisturbios se ponen a repartir y se quedan solos. Y eso si no acabábamos en la cárcel por una de esas leyes que los políticos se sacan de la manga cuando quieren jodernos vivos. Y si la cosa se pusiera muy fea, lo mismo hasta salía el ejército a restablecer el orden y ya la terminábamos de cagar. Quita quita. ¡Qué follón!

Y así andamos la mayoría, viendo los toros desde la barrera y esperando que pase algo mientras nos refugiamos del insufrible calor al amor del aire acondicionado, nos damos unos chapuzones en la piscina, firmamos alguna petición en change.org, nos cagamos en los políticos en las redes sociales y salimos por la noche a tomarnos unos tintos de verano a alguna terraza. Y los que no gozan de todas estas comodidades bastante tienen con sobrevivir con curros de mierda y sueldos de esclavo no emancipado. O con ir a los comedores sociales o a los contenedores de basura por darse el capricho sibarita de hacer la digestión.

Lo que no sé es qué esperamos. Supongo que algo mágico y prodigioso, una suerte de deus ex machina que venga a solucionarnos la papeleta sin que tengamos que esforzarnos demasiado. No nos damos cuenta de que ese es el recurso de los malos guionistas, que, cuando no saben resolver las historias, tienen que inventar algo inverosímil para forzar el happy end que la cruda realidad siempre nos niega.

martes, 25 de junio de 2013

Qué mal pensado está el cuerpo

El cuerpo es un lastre. No digo que para todo el mundo, pero sí para los que no damos pie con bola en ningún deporte y no tenemos ni un ápice de voluntad para hacer dietas u otros sacrificios saludables.

Tengo la misma relación con mi cuerpo que la que tenía Koji Kabuto con Mazinger Z. Como Koji, voy subido en la cabeza de la máquina y desde ahí intento manejarla con la pericia de la que soy capaz, que no es mucha. Las similitudes entre mi cuerpo y Mazinger están más cogidas por los pelos, como no sea por la torpeza de mis movimientos robóticos y ortopédicos.

No es que yo rechace el cuerpo ni mucho menos, que nada tengo que ver con los ascetas, los místicos, los hare krishna y toda esa gente. Los placeres del cuerpo, por ejemplo, me resultan muy apetecibles, y no me importa confesar mis frecuentes recaídas en los pecados de la gula y la lujuria. Lo que me fastidia es el esfuerzo y el tiempo que conlleva su mantenimiento. Como me puede gustar ir en coche y, sin embargo, disgustar profundamente tener que limpiarlo o ir a pasar la ITV.

Mi cuerpo además me castiga si no le hago caso. Ahora estoy con un problema de motricidad en los brazos, una especie de adormecimiento que tiene que ver con los nervios. Es la falta de ejercicio y las muchas horas que le dedico al ordenador y a aficiones tan sedentarias como la lectura. De siempre he tenido problemas de espalda, que es donde está el origen de esta nueva dolencia. Mi médica me quería mandar al especialista, pero le he pedido unos días porque creo que sé lo que necesito. De hecho, ya estoy mejorando. Solo he tenido que ponerme a hacer ejercicio cada día. Un suplicio. Hacer deporte en solitario me aburre soberanamente. Y no, no me hace sentir nada bien. Envida cochina es lo que me provoca toda esa gente que dice que se siente mejor después de hacer deporte. A mí me da flato y agujetas y, si me descuido, esguinces.

Ojalá hubiera valido para hacer deportes en equipo o en grupo, que es la forma más entretenida de mantenerse en forma. Pero desde mi más tierna infancia me han rechazado una y otra vez hasta quitarme las ganas de volver a intentarlo. Todavía me acuerdo de los momentos previos a los partidos de fútbol en los que participaba cuando era pequeño. Los líderes de cada equipo se peleaban por mi culpa, que no por mí. Nadie quería tenerme en sus filas y todo el mundo le hacía ofertas a los contrincantes para convencerlos de que me fuera con ellos. Algunas veces llegaron a ofrecer hasta dos o tres jugadores más si yo iba en el lote. Y una vez hubo unos que ofrecieron al otro equipo jugar sin portero si yo no iba con ellos. Y eso, aunque tengas un sentido del humor a prueba de bombas, traumatiza lo suyo.

De mayor he vuelto a hacer algunos intentos de jugar en grupo. Los resultados no han sido tan humillantes, pero sí igual de decepcionantes. En los últimos tiempos lo he intentado con el pádel y he llegado a jugar de forma intermitente con mucha gente. A todos les digo que me llamen si necesitan una pareja. Quitando a mi primo Javi –que se merecería estar en los altares por ser la única persona que siempre se acuerda de mí en estos lances– nunca me ha llamado nadie. Y lo comprendo. Soy consciente de que en los deportes los hay malos, los hay peores y luego voy yo.

También es verdad que hacer deporte requiere cierta regularidad y a mí siempre se me ocurren infinidad de cosas interesantes antes que irme a correr, a nadar o a montar en bici. Y si hace frío porque hace frío, y si hace calor porque hace calor. Como en estos momentos, que probablemente estoy escribiendo esto para no salir a correr o para al menos retrasarlo en la medida de lo posible.

Tendré que salir si no quiero terminar totalmente agarrotado. El cuerpo es un tirano cruel y no perdona. Pero no quería hacerlo antes de darme el gustazo de ponerlo a parir.

Y es que el cuerpo, como es harto evidente, está muy mal pensado. Otro día os hablaré de las resacas, los michelines, las legañas, la cera de las orejas, el tufo a sobaco, los pedos, las diarreas y todo ese montón de detalles escatológicos que siempre me han hecho dudar de que el ser humano sea el ser más perfecto de eso que algunos han dado en llamar la creación.

lunes, 17 de junio de 2013

Cuentos con moraleja: La epidemia en alta mar

Hoy toca un chiste que le escuché muchas veces a mi padre cuando era pequeño:

En un barco que realizaba una larga travesía por el océano se declaró una epidemia de peste. Estaban muy lejos de cualquier costa y lo intentaron todo para frenar el contagio. Aislaron a todos los enfermos, alejaron a la tripulación y a los pasajeros de las zonas afectadas, y mandaron arrojar por la borda los cadáveres. Pero todo fue en vano. Las camas que dejaban libres los muertos que engullía el mar pronto eran ocupadas por nuevos enfermos.
            Llegó un momento en que la situación se volvió tan crítica que empezaron a perder toda esperanza. Solo era cuestión de tiempo que todos acabaran muertos. Estaban muy lejos de su destino y la epidemia se propagaba a toda velocidad.
            Una noche accedieron a la bodega del barco y empezaron a beber con desesperación. Se montó una juerga increíble a la que se unieron incluso los miembros de la tripulación. Se cogieron una borrachera de órdago, casi como si prefirieran morir de un coma etílico que postrados en una cama padeciendo los tormentos de la peste.
            Ya bien entrada la noche, dos de los pasajeros que regresaban a sus camarotes intentando acompasar el bamboleo de la borrachera con el del barco descubrieron a otro pasajero caído en mitad de la cubierta y totalmente exánime. Cuando se disponían a ayudarlo, tuvieron un presentimiento. No sabían si aquel hombre estaba así por culpa del alcohol o de la peste. Así que llamaron al médico.
            El médico, totalmente curda y visiblemente molesto porque habían ido a avisarle, se acercó al hombre y certificó su muerte.
            –La peste –dijo–. Arrojadlo al mar.
            Los hombres, aunque con cierto reparo, tuvieron que obedecer al hombre. Levantaron el bulto y se acercaron a la barandilla. Justo cuando se disponían a dejarlo caer a las frías aguas del océano, el hombre reaccionó. Totalmente alarmado se esforzó por vencer los síntomas de la borrachera y se dirigió a ellos articulando las palabras a duras penas:
            –Eeeeh, ¿pero qué hacéis?, ¿estáis locos?, ¿pero no veis que estoy vivo?
            Los dos hombres, con ojos estrábicos y sonrisa sardónica, le miraron como si fuera un imbécil que no sabe lo que dice y justo antes de arrojarlo al agua le dijeron:
            –¿Pero tú te piensas que vas a saber más que el médico?


La misma reacción que esos dos buenos hombres es la que tiene en este país la prensa de derechas. Da igual que vean que el número de parados bate todos los récords, que los comedores sociales están a reventar, que millones de personas no pueden hacer frente a sus hipotecas o que los jóvenes tienen que huir al extranjero para encontrar trabajo. Sale el ministro Cristóbal Montoro –que tiene un doctorado en Ciencias Económicas pero que a lo mejor está borracho o gagá– dice unas palabras más o menos huecas y ya tienen el titular que buscaban: Montoro garantiza que España «está saliendo de la crisis».

Ni que decir tiene que somos nosotros los que caemos por la borda en la oscuridad de la noche y de cabeza hacia las frías aguas del océano.