viernes, 25 de marzo de 2011

La primavera trompetera

La primavera trompetera ya llegó y la verdad es que me siento maravillosamente bien.  Después de un invierno con distintas, sucesivas y fastidiosas afecciones, estaba deseando que subieran las temperaturas y llegara el buen tiempo. Por fortuna, alergias no padezco.
Tampoco me afectan mucho las alteraciones hormonales que desequilibran nuestra libido por estas fechas. Mi  vida sentimental y sexual fluye sin sobresaltos y eso me gusta. Me permite tener la mente despejada y puedo centrar toda mi atención en los libros, la música, las películas y las pocas cosas que de verdad merecen la pena.
Afortunadamente tengo trabajo. Sé que lo que he sembrado en el instituto en el que doy clases no va a brotar con fuerza y que la cosecha será pésima, pero me da igual. Contaba con ello. Normalmente voy a trabajar con muchas ganas y pocas esperanzas, casi como si realizara un acto poético.
La primavera también tiene sus cosas. Para empezar, la Semana Santa. Aunque desde que decidí ignorarla tampoco es algo que me atormente. Ni voy  a las iglesias ni paso por donde pasan los pasacalles, digo, las procesiones. Las cosas que no ves parece que no existen. Haced la prueba, por ejemplo, con algún incordioso visitante de vuestro muro en Facebook. Eliminadlo y veréis qué a gusto os quedáis. Unos días más tarde, cuando su recuerdo se vaya diluyendo en vuestra memoria, pensaréis que, como poco, se ha ido al exilio.
Me estoy volviendo un poco indolente, pero eso me alivia.  No hay por qué sufrir por tonterías. Me alegro, por ejemplo, de no ser del Real Madrid. Llevan unos años padeciendo una angustia poco envidiable. A mí el fútbol solo me hace sufrir por la quiniela, aunque poco, que siempre que la echo lo hago sin ninguna esperanza, casi por colaborar un poco con las arcas del Estado.
Para evitarme sobresaltos y preocupaciones baladíes tampoco voy a votar. No comulgo con ningún partido político, ni se me ha ocurrido nunca afiliarme a ninguno, ni mucho menos presentarme a unas elecciones. Que yo trabaje o no tampoco depende de que gobierne un partido u otro. No me quiero ni imaginar la desazón que tiene que sentir la gente cuyo puesto de trabajo depende de las papeletas que echa otra gente, las más de las veces un poco a lo tonto, en una urna.
No sabemos la suerte que tenemos de vivir en una zona con poca actividad sísmica. Sobre todo ahora que se ha llegado a la conclusión, empírica, de que las centrales nucleares son muy seguras hasta que llega un terremoto. De los japoneses solo envidio esa suerte de indolencia, que supera con creces a la mía, que les permite afrontar los reveses de la existencia con una pachorra admirable.
También tenemos que alegrarnos de no estar siendo invadidos por ninguna coalición de países para defender a ninguno de nuestros dos bandos, que, por suerte, lo del PP y el PSOE no pasa de pelea de gallos en hemiciclo. Es mucho mejor ser invasor y nosotros ahora tenemos la suerte de serlo. Es lo que tiene estar en el bando de los malos y los poderosos. Garantiza cierta estabilidad vital, aunque moralmente pueda resultar incómodo. Es lo que tiene la moral, que al final termina siendo un lastre inútil. Parafraseando a Sánchez Ferlosio: la única moral que se debería consentir es la del Alcoyano.

domingo, 13 de marzo de 2011

Show business

En la Edad Media tenían serios problemas para diferenciar la realidad de la ficción cuando se enfrentaban a un texto. Los historiadores de la época eran poco remilgados a la hora de seleccionar sus fuentes. Para pergeñar sus crónicas lo mismo les daba constatar la información que pudieran obtener de algún documento oficial que la de cualquier leyenda, mito o romance anónimo. Todo valía porque la palabra de un texto (oral o escrito) era dogma de fe.
Cervantes en El Quijote da cuenta de la confusión de los lectores de su tiempo a este respecto. A Cervantes las novelas de caballerías le parecían perniciosas porque, entre otras razones, muchos de sus seguidores (unos las leían, otros las escuchaban) creían tan reales a Amadís de Gaula o a Palmerín de Inglaterra como al Cid Campeador o a Fernán González. Las fantasiosas novelas de caballerías llegaron a estar prohibidas en el Nuevo Mundo porque los soldados que llegaban a América muchas veces creían descubrir en los frondosos bosques y los caudalosos ríos americanos los escenarios de los dislates de esas ficciones. Suponemos que muchos de los soldados que se inspiraban leyéndolas terminarían teniendo un comportamiento tan temerario que en ocasiones pondrían en peligro el éxito de las expediciones.
El libro era entonces un medio de difusión prestigioso, que solo las personas más ilustradas podían leer y crear. Por fuerza todo lo que esas personas escribieran tenía que ser, para una persona analfabeta o casi analfabeta, dogma de fe. Para ellos el libro era un medio erudito cuyo contenido tenía que ser verídico, aunque la realidad a todas luces lo desmintiera. En este caso el prestigio del medio predominaba por encima del mensaje que transmitía, le concedía un crédito añadido por el mero hecho de haber sido escrito con tinta, que era algo que solo unos pocos hombres doctos podían hacer. Marshall McLuhan dijo aquello de que el medio es el mensaje, constatando un hecho que se repite desde que los seres humanos pueden utilizar la palabra escrita.
La televisión de hoy estaría justo en las antípodas de esa sacralización que tuvo el libro en los siglos pasados. Y otra vez vuelve a funcionar el axioma de McLuhan: la televisión, el medio, prevalece  por encima de cualquier mensaje que pueda transmitirnos. Nosotros asociamos la televisión con el entretenimiento, el relax, la desconexión placentera de la realidad, el disfrute pasivo de la ficción audiovisual… Esto provoca que los telediarios, los reportajes de actualidad y los pretendidos debates serios que se emiten dejen en nosotros más o menos la misma impresión que una película, una serie, un concurso o un programa de cotilleo. Puro entretenimiento.
Los que deciden los contenidos de la televisión, siempre con la presión de conseguir altas cotas de audiencia, seleccionan los contenidos de la realidad con la misma vara de medir que se utiliza para los productos de ficción: si una serie no funciona, se deja de emitir; si una noticia deja de tener gancho, desaparece del telediario. En ambos casos los espectadores se quedan sin saber el final de las historias, y los que toman estas decisiones lo hacen con total desfachatez e impunidad.
Estuvimos muy pendientes de lo que sucedía en Túnez hasta que las revoluciones se contagiaron a Egipto. Cuando Mubarak dejó el Gobierno, Egipto dejó de ser interesante y le pasó el testigo a Gadafi, que ha perdido protagonismo tras los movimientos sísmicos que están devastando Japón. Si no pones de tu parte y no sigues la letra pequeña de los periódicos, la visión del mundo que te ofrecerá la televisión será parcelada, sesgada y simplificada. En toda simplificación se esconde siempre una mentira. En los pequeños detalles suelen estar las claves para entender todas las historias.
Sin embargo, lo preocupante de seguir la actualidad por televisión no es ese proceso de mixtificación y simplificación de los acontecimientos. Lo verdaderamente preocupante es la indiferencia con la que contemplamos los desastres mundiales: las guerras, las catástrofes naturales, las luchas por el poder de los que nos gobiernan, la corrupción de los partidos políticos… Todo es parte del show business. Y lo vemos con la misma indiferencia y falta de indignación con la que vemos el Gran Hermano. El telediario convierte la realidad del planeta en un reality a escala planetaria en el que tú y yo somos también concursantes.
Internet no es ninguna alternativa. Va por los mismos derroteros. Puede ofrecer más información, pero la forma de consumo es parecida. Internet es el lugar donde pasamos buenos ratos con nuestros amigos, donde seguimos todos los temas que nos entretienen (deportes, cine, música…), donde vemos vídeos divertidos o incluso disfrutamos de los programas de la televisión. Podría ser un instrumento de comunicación muy poderoso, pero el uso mayoritario que le damos es frívolo y lúdico.
Habrá quien piense que me equivoco, que ellos sí sufren y se implican y se preocupan por el mundo cuando ven en la televisión las catástrofes naturales, las guerras, los abusos de poder y las injusticias sociales. Lo que yo pienso es que solo unos pocos, muy pocos, de verdad se impresionan por estas imágenes y actúan en consecuencia. Hay gente, muy poca, que deja todo lo que tiene y se va a ayudar a países subdesarrollados o colabora con oenegés o hace algo que cree que puede servir para paliar el dolor del mundo. El resto, la mayoría, simplemente seguimos el documental fragmentado del planeta Tierra que llamamos telediario y no hacemos nada.
Si ahora mismo fuéramos a Japón, a alguna de las zonas devastadas por el terremoto o el tsunami, probablemente sí sentiríamos en toda su magnitud esta catástrofe. Nos conmoveríamos, nos echaríamos las manos a la cabeza y la mayoría nos ofreceríamos para ayudar en lo que hiciera falta. Lo que sentimos viendo esa misma catástrofe por la tele, si es que sentimos algo, está a años luz de lo que experimentaríamos si la cámara de vídeo dejara de ser nuestro intermediario con la realidad. No hace falta decir que si esa catástrofe la sufriéramos en nuestras propias carnes o le tocara  a alguno de nuestros amigos o familiares la impresión sería mucho mayor. Nos parecería indignante que algunas personas de los países ricos nos hicieran donativos de 10 euros cuando se van a gastar 100 en salir de copas una noche de sábado o más de 1.000 en ir a Disneylandia.
Preguntémonos qué parte de nuestro interés en las desgracias ajenas es humanitaria y qué parte simplemente se recrea en el morbo o busca en ellas una forma de pasar el rato.
Recuerdo que una de las frases que más repetimos cuando se estrellaron los aviones en las Torres Gemelas es que las imágenes parecían de una película. Eso me hace pensar que probablemente debería existir un medio de comunicación exclusivo para conocer la realidad sin que esta se convirtiera en espectáculo. Si encontráramos ese medio mucha gente se negaría a conocer la realidad y giraría asqueada la cabeza para evitar que el sufrimiento ajeno le afectara. La evolución del ser humano nos ha llevado a una nueva etapa, la del Homo Lúdicus, que en los estudios de antropología se caracterizará por buscar el hedonismo a toda costa y ser capaz de convertir casi todo lo que toca en entretenimiento. No lo estoy criticando. Tal vez sea otro de los recursos que la naturaleza nos ofrece para garantizar el futuro de nuestra especie.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Curso on line gratuito de escritura creativa: primera y última clase

Bienvenidos al curso
Tranquilos, ni esto es un anuncio ni este curso tiene ningún coste. Todavía no estoy tan necesitado como para tener que estafar a los incautos. Esta clase magistral que aquí, generosamente, ofrezco os será de gran ayuda para que, en caso de que queráis adentraros en el fascinante mundo de la palabra escrita, no caigáis en las redes de los talleres literarios o los cursos de escritura creativa. Si quieres gastarte tu dinero en algo de provecho, ve a un psicoanalista a que te mire lo de querer ser escritor, que ya son ganas.
Los talleres literarios son un engañabobos
Puedo decir con orgullo que nunca me han embaucado en ningún taller literario, ni como profesor ni como alumno. Algún payaso podrá escribir al pie de este post que ya se nota. Desde aquí le mando la más impertinente de mis sonrisas y le ahorro el esfuerzo de escribirlo.
Desde muy joven, incluso cuando creía que esto de ser escritor era algo más idílico, desconfié de los cursos para futuros escritores. No creía entonces que me fuera a servir de mucho que me enseñaran lo que yo mismo podía mirar en los libros.  Tampoco pensaba que me pudieran ofrecer el secreto de la fama, pues, de saberlo, los mismos ponentes lo habrían utilizado en su  provecho en lugar de estar dando un cursillo de mierda.
El talento no se vende
El arte no se puede enseñar. Te pueden transmitir la técnica, pero no el talento, lo que los flamencos llaman “duende”. Técnica y talento son necesarios para que exista un creador. Si habláramos de pintura, la técnica sin talento sería lo que son algunos profesores de Plástica. El talento sin técnica ni formación cultural, el pintor rural que fascina a sus vecinos cometiendo bodegones y paisajes espantosos. El talento además, si quiere ser productivo, tiene que ejercitarse con la ayuda de la técnica. Esto lo decía muy bien Lorca: “si es verdad que soy poeta por la gracia de Dios –o del demonio-, también lo es que lo soy por la gracia de la técnica y del esfuerzo, y de darme cuenta en absoluto de lo que es un poema.”
No, no me estoy contradiciendo. La técnica que necesitas saber no te la van a enseñar en ningún taller literario. En una academia o conservatorio de música te pueden enseñar solfeo. Eso en literatura se llama aprender a leer, y es algo que te enseñan en la escuela. En una academia o conservatorio de música también pueden enseñarte a tocar un instrumento. Eso en literatura se llama escribir, y también lo aprendemos gratis en los colegios. Si quieres aprender algo útil para escribir, pásate por una academia en la que te enseñen a darle a los dedos en un teclado de ordenador.
Trabajo duro
Si sabes leer y escribir, ya tienes toda la técnica que un escritor necesita para crear. Ahora te falta conocer el terreno en el que te mueves y ejercitar tus dotes de creador. No necesitas ningún gurú. Lee, lee mucho y escribe. Escribe mucho. Es un camino duro, ¿verdad? Pues vuélvete antes de que te arrepientas. Me temo que no hay atajos.
Hay escritores con más o menos formación, más o menos instintivos, pero no son mejores unos que otros. Lee con atención, analiza los trucos de los demás escritores o imítalos para retarte a ti mismo. Escribe sin descanso y de la forma que sea hasta que descubras cómo escribes tú.
La escritura se parece mucho a la música. Para ambas son muy necesarios el oído y el ritmo, y eso se tiene o no.
Yo me licencié en Filología Hispánica, pero estudiar humanidades no te sirve para escribir mejor. Con suerte aprendes a leer con atención si pones de tu parte. También tienes una visión diacrónica de la historia de la literatura que acaso te puede servir para no hacer el ridículo. Se me cae la cara de vergüenza ajena, por ejemplo, cuando algún aspirante a poeta se pone transgresor e intenta colarte la lectura de una botella de champú como algo rompedor. Siempre pienso que se perdió la clase de Bachillerato en la que enseñan las vanguardias.
La genialidad no respeta la técnica
Tampoco hace falta obsesionarse por la técnica. Hay grandísimos escritores que no han destacado o no destacan por su perfección técnica. Para empezar, Cervantes, que incluso en “El Quijote” dejó imperdonables errores de bulto. A mí me gustan otros muchos escritores cuestionados por su estilo descuidado: Hemingway, Bukowsky, Agota Kristof, Pedro Juan Gutiérrez, Pío Baroja… También prefiero escuchar a Sabina que a Plácido Domingo.
A quiénes van dirigidos los talleres literarios
A todos esos idiotas que dicen que quieren ser escritores y apenas leen. O a todas esas cursis que leen bestsellers y necesitan para entretener las tardes un hobby acorde con su nivel intelectual. La verdad es que la mayoría de los que acuden a estas cosas merecen ser estafados.
¿Qué coño se piensa toda esa gente que es ser escritor? Algunos, sobre todo algunas, a lo mejor solo lo hacen para dárselas de algo delante de sus amigos. Pena me da que realmente se crean escritores solo por haber ido a un cursillo. Sería como si alguien que estudia la carrera de Filosofía se creyera filósofo.
Quién imparte los talleres literarios
La mayoría son escritores de tres al cuarto. No digo yo que no haya algún genio bohemio que no haya encontrado otro medio de vida mejor –aparte de la hostelería-, pero tienen que ser los menos. La mayoría deben de ser tipos muy resentidos con el mundo. De esos a los que nunca les gusta nadie que haya triunfado. De esos que nunca ven la película que ve todo el mundo ni leen ningún libro de moda. De esos que siempre hablan de algún otro desgraciado al que se le reconoció el talento a título póstumo porque, en el fondo, esperan que a ellos les pase lo mismo. De esos que, si pueden, te traumatizarán, socavarán la poca autoestima que te quede (que no debe de ser mucha si te has apuntado a un curso así) y te sumergirán en lo más hondo de su propia frustración para demostrarte que tienen razón. Y para no estar solos. Fracasados y sinvergüenzas son todo lo que encontrarás al frente de estos maravillosos cursos.
Alguien me podrá decir que algunas veces escritores de prestigio se prestan a impartir estos talleres. En ese caso el atractivo es otro: conocer a un escritor famoso y, si es santo de tu devoción, disfrutar de sus anécdotas y poder charlar con él. Con estos cursos tampoco vas a aprender nada, pero te los recomiendo si te sirven para satisfacer tus pasiones más infantiles. Aunque cuidado, que muchos escritores pierden mucho en las distancias cortas.
Yo metería a todos los estafadores que imparten talleres literarios en una habitación y no los sacaría de allí hasta que se pusieran de acuerdo en algo que no fuera poner a caer de un burro a todos los escritores del top de ventas. No serviría para nada –como sus cursos-, pero al menos nos los quitaríamos de encima una buena temporada.
Corolario y título que acredita que has asistido a este curso
Si has leído esto y aun así quieres ser escritor, lo primero de todo pregúntate por qué. A lo mejor lo tuyo puede tener solución antes de que sea demasiado tarde. Cuando lo tengas claro y si tu decisión es firme, ya sabes todo lo que necesitas para intentarlo. Recuerda: leer y escribir, leer y escribir, leer y escribir. Sobre todo leer mucho y estar dispuesto a sacrificar gran parte de tu vida social por la literatura.
A lo mejor conoces a alguien que escribe y que no lleva una vida tan abnegada como yo digo. Créeme: la obra de un escritor de verdad requiere muchas horas, mucha soledad y mucha transpiración. Algún poeta hay por ahí que se sale de la norma, pero ni come con eso ni nadie le hace demasiado caso.
Acabas de terminar mi curso para futuros escritores. No doy título porque entonces perdería dinero. Piensa en mí con agradecimiento por toda la pasta que te has ahorrado en cursos para gilipollas. Y si quieres un título, puedes hacértelo tú mismo en casa. Solo necesitas un ordenador, una impresora y, por supuesto, saber escribir. Me lo envías y te lo sello con la media patata que tengo recortada con mis iniciales para estas gestiones.

domingo, 13 de febrero de 2011

Me la pela

Llevo unos días en proceso de desintoxicación mediática. Suelo estar atento a la actualidad. Leo la prensa digital, sigo varios blogs, algunos días hojeo el periódico de papel y veo el telediario. Sin embargo, desde hace un par de semanas me provoca rechazo tanta información. Veo sin mucho interés el telediario, a ratos desconectando, a veces sin llegar hasta el final. Y solo leo alguno de los links que ponen mis amigos del Facebook. Pocos.

Hace unos días comentaba por e-mail algunas generalidades sobre política con un amigo y, después de un par de correos de ida y vuelta, me decía que la política y otro montón de cosas no le preocupaban demasiado, y que la frase que más repetía en los últimos tiempos era "me la pela". Me explicaba que de tanto estudiar la antigua Roma se estaba volviendo un escéptico con ciertas dosis de nihilismo. Es lo que tiene estudiar humanidades, que puedes viajar en el tiempo a precio de saldo y vivir cualquier época casi con la misma intensidad que la actual. Yo lo entendí perfectamente. En los últimos días había estado estudiando la historia y la literatura españolas de finales del siglo XIX y principios del XX, y le había puesto más interés a ese mundo que a la turbia realidad que nos rodea, y que en cierto sentido también me la pela.

Yo sé que a la vuelta de unos días volveré a caer en las redes de la actualidad. Me interesa saber lo que pasa. Los que escribimos además necesitamos todo ese caudal informativo para elaborar nuestros mundos. Si no, ¿por qué me tenía que importar que a una mujer de Pamplona la haya matado su marido? O que en Estados Unidos quieran que haya algo parecido a la Seguridad Social. O que en Cuba sigan diciendo la obsoleta chorrada de “patria o muerte”. O que hayan echado al dictador de Egipto si ni siquiera me apetece ir a ver sus pirámides. Se puede vivir sin todo eso. En un mundo particular y personal mucho menos proceloso.

Hace unos días hojeaba mis fotos de 2010. Viéndolas me he dado cuenta de que 2010 ha sido un año buenísimo. Para empezar tengo que reconocer que mi vida familiar, la relación con mi pareja, está mejor que nunca. 2010 además fue muy importante para ella porque tomó una decisión laboral muy valiente con la que consiguió que los últimos meses del año fueran estupendos. Además viajamos a Portugal, a Cádiz, a las playas de Murcia, a Barcelona, a la Costa Brava y a Francia. Las fotos también me han recordado un montón de fiestas con amigos, cumpleaños, fiestas de disfraces o reuniones familiares entrañables y divertidas. Y que publiqué un libro. Y que ganamos el Mundial y disfrutamos de unos momentos maravillosos de felicidad pueril.

Y si 2010 fue así, porque las pruebas lo atestiguan, ¿por qué tengo esta sensación de agotamiento, frustración y decepción? Sí, me bajaron el sueldo algo así como un once por ciento. ¿Y qué? No puedo estar de mal rollo solo por eso. De momento puedo pagar mis facturas.

Estos estados de ánimo negativos solo pueden deberse a la tremenda sugestión que provoca leer tantas veces la palabra crisis, a los miedos que te transmite escuchar constantemente noticias sobre la inestabilidad del mercado bursátil, la falta de liquidez de los bancos, los problemas de los políticos para cuadrar sus cuentas o la astronómica cifra de parados que hay en España. Pero ¿qué coño puedo yo hacer por todo eso? Y digo más: ¿qué cojones hago yo preocupándome por cuestiones que no son de mi competencia? Que yo sepa ya hay un montón de banqueros, empresarios, sindicalistas y políticos que están ahí para preocuparse por esos problemas (ya sería la leche si además los resolvieran) a cambio de recibir un montón de pasta, en A y en B, por encima de la mesa y por debajo.

No voy a poder evitar volver a interesarme por la actualidad. Pero desde ahora voy a intentar seguir el ejemplo de mi amigo y decir más “me la pela”. Voy practicando: me la pela quién gane las elecciones, me la pela que los integristas se hagan más fuertes en el mundo árabe, me la pela que los bancos cierren, me la pela lo que pase en Cuba, me la pela Hugo Chávez, no os podéis ni imaginar cuánto me la pela José María Aznar, me la pelan los independentistas, me la pela que la Bolsa se vaya a hacer puñetas, me la pela quién gane los Oscar, me la pela para quién amañen el Planeta, me la pela que en educación cada vez haya menos recursos (sí, eso me afecta de lleno, pero particularmente tampoco puedo hacer nada para solucionarlo, excepto padecerlo), me la pela que suba el petróleo, me la pela quién gane la liga, me la pela si renuevan o no al entrenador del Barça, me la pela el cambio climático (sí, bueno, reciclaré para engañarme a mí mismo), me la pelan las leyes represoras aplaudidas por el pueblo, me la pela lo que nos cuesta mantener a la Iglesia Católica, me la pelan todas y cada una de las mierdas que suelta por la boca el santo Papa de Roma, me la pela Silvio Berlusconi, me la pela quién deja la casa en Gran Hermano, me la pela quién trabaja en Telecinco, me la pela el despilfarro que supone el Palacio de la Zarzuela…

Todo lo que tengo que hacer yo es intentar ser un buen profesional en mi trabajo, llevar bien la gestión económica de mi casa para que los gastos no superen nunca a los ingresos, y preocuparme de los que me quieren y de los que quiero, que normalmente son los mismos. El grado de felicidad es inversamente proporcional al número de preocupaciones.

Con un poco de retraso, pero aquí está mi propósito de año nuevo.

martes, 8 de febrero de 2011

viernes, 28 de enero de 2011

La colección de poesía "Hecho en Lavapiés" en la Fnac Callao

Sí, amigos. La gira continúa. Nos faltaba pasarnos por una librería de prestigio y la Fnac ha tenido la osadía de ofrecernos su fórum. Los poetas de "Hecho en Lavapiés" estaremos allí el lunes 31 de enero para ofreceros lo mejor de nuestros repertorios. La presentación será a las 19 horas. Ya sabéis, en Madrid en la calle Preciados, 28.

Será probablemente la última vez que presentaré "Decoración de interiores" en Madrid. Espero que no os lo queráis perder.

lunes, 24 de enero de 2011

La mierda de debajo de la alfombra

Internet nos ha venido muy bien para abandonar toda esperanza en un futuro mejor. La democratización de los medios ha sido la mejor manera para dejar de confiar en la sociedad. El siglo pasado teníamos a los progres izquierdosos siempre dando la tabarra con la importancia de formar al pueblo y escuchar su voz. Pues bien, ese tiempo ha llegado. ¿Para qué? Para descubrir que vivimos rodeados de idiotas. Internet solo nos ha servido para sacar a la luz la mierda que escondíamos debajo de la alfombra.

Entra en cualquier periódico digital que permita los comentarios de los internautas. No son lo mismo que las cartas al director. Aquí no hay un esmerado proceso de selección. Sentirás terror al comprobar la cantidad de idiotas que hay en el mundo. Y esos idiotas no son una abstracción ni una realidad virtual. Son tus vecinos, tus compañeros de curro, la gente que hace la misma cola que tú en el súper, los que depositan el voto en tu mismo colegio electoral, el amigo al que le cuentas tus problemas…

Y no me refiero a los trolls. Esos están ahí para provocar o liarla. No confundamos a los idiotas con los trolls. En los trolls encontramos un amplio abanico de frikis que van desde los que se dedican a fastidiar por puro aburrimiento hasta los que han encontrado en esa afición la forma de canalizar sus frustraciones. Nada que reprocharles. Bastante tienen. Mucho más lamentables son los idiotas, que son los que caen en sus provocaciones y les siguen la corriente. Los idiotas son los que participan en esos foros totalmente en serio. Los que están convencidos de que el mundo debe conocer su opinión sobre la corrupción, sus ideas para acabar con el paro, qué harían ellos con los terroristas de ETA o a quién ficharían de nueve para el Real Madrid.

Internet y los programas de Telecinco del estilo de La noria han hecho creer a la gente que cualquier opinión es respetable. Lo mismo vale la opinión de María Antonia Iglesias que la de la Belén Esteban, lo mismo la de Enric Sopena que la de cualquier papanatas del Gran Hermano. No sé si es respetable que todo el mundo pueda dar su opinión. Supongo que sí. Pero qué pocas opiniones se pueden considerar respetables por sí mismas. Por la absurdidad de su contenido o por la poca credibilidad de los que las defienden.

Resulta paradójico que la democratización de los medios de comunicación me haya hecho dudar de las bondades de la democracia. Visto lo visto, sería de necios confiar en las revoluciones sociales para arreglar los previsibles problemas del futuro. En este momento hasta el sufragio universal se me antoja un dislate.

Y que no me cuenten cuentos los que dicen que la sociedad está embrutecida por un mal sistema educativo o por la perversión de nuestro sistema económico y nuestros valores materialistas. También nos han intentado inculcar valores positivos como la igualdad, la solidaridad y la libertad. Y nos han dado una formación básica, muchos libros y una cantidad de información infinita gracias a las nuevas tecnologías. En ninguna etapa de la historia el ser humano contó con tantos recursos para formarse. ¿Y qué hemos hecho con todo ese caudal de conocimientos? Limpiarnos el culo. Ya dijo Sartre que el ser humano es una pasión inútil.

¿Y qué podemos hacer para librar al mundo de la idiocia? Y yo qué sé. Abre un foro en Internet, plantea el tema y verás como hay un montón de idiotas que sí lo saben. Los fachas y los simples, que a veces son hasta la misma cosa, seguro que no solo lo saben, sino que además, si quieres, te lo cuentan.

Yo, humildemente, solo podría decirte los cuatro remedios caseros que me ayudan a no caer en una profunda depresión. Aunque vaya usted a saber si a alguien más le pueden funcionar. Para empezar, no leo nunca los comentarios anónimos de las noticias en la prensa digital. Tampoco dejo comentarios, que no soy yo de luchar contra gente desarmada ni de perder mi tiempo con quien no lo merece. En Internet solo participo en debates cuando conozco a los interlocutores (con amigos en Facebook, por ejemplo) o en blogs particulares que puedan tener alguna credibilidad por ser visitados por ciertas minorías o porque conozco a los titulares de los mismos. No veo las tertulias de la televisión. No pertenezco a ningún partido político. No soy de ninguna ONG ni de ningún colectivo. Evito los conflictos en las reuniones de vecinos y, a ser posible, en el trabajo. No quiero cambiar el mundo y no aspiro a casi nada. Ah, y siempre tengo palomitas para, en caso de que se precipite el fin del mundo, poder sentarme tranquilamente a disfrutar del espectáculo.

martes, 11 de enero de 2011

Mundos perdidos: La biblioteca de fumadores de Noviciado

A principios de los noventa había una biblioteca en Madrid con un reservado para fumadores. Algo totalmente insólito. Era una biblioteca que dependía de la Universidad Complutense y estaba en una de las calles que salen de San Bernardo, muy cerca del metro Noviciado. Soy muy malo para las fechas, pero supongo que iba por allí más o menos por el 92 o el 93.
A finales de los 80 ya habían prohibido el tabaco en muchos espacios públicos. Sin embargo, se comprendía entonces más a los fumadores. Los últimos veinte años de demonización mediática de este colectivo están dando sus frutos. Por eso resultaba chocante, aunque comprensible, que en aquella biblioteca los usuarios de la misma hubieran llegado a un entendimiento que se saltaba la ley.
Más que una biblioteca de préstamo era una biblioteca de estudio. En las épocas de exámenes estaba a reventar. Disponía de tres salas. En la planta baja había dos: la sala de Humanidades y la de Derecho. En el segundo piso estaba la de Ciencias, que sería tan grande como las dos salas de abajo juntas. Al no estar comunicadas se pudo habilitar una de ellas, la de Derecho, para los fumadores. Vendría a ser la cuarta parte de la biblioteca o algo menos.
Era una sala totalmente dañina para la salud, deletérea y cancerígena de necesidad. En sus momentos de apogeo, esto es, en los exámenes, su atmósfera era una densa nube de humo en la que se sumergían los estudiantes que encontraban hueco en alguna de sus mesas. Era la sala con más aforo ocupado.
Los no fumadores no protestaban. Disponían de más sitio y nadie les molestaba. Estoy seguro de que los que estaban a cargo de la biblioteca hubieran acabado con el experimento si no hubiera habido un clima de entendimiento y tolerancia.
Me gustaba mucho aquella biblioteca porque me parecía un ejemplo de civismo y de respeto entre los distintos intereses de los miembros de una misma comunidad. No lo digo ahora a toro pasado. Ya entonces lo comentaba.
Esta biblioteca ya no existe. Y creo recordar que en sus últimos años ya no dejaban fumar en ninguna parte. Probablemente terminaron llamándoles la atención. Hoy alguien les hubiera denunciado a los cinco minutos. La culpa la tiene esa puta moralidad mal entendida que nos inculcan constantemente para imponernos lo que se considera bueno, correcto y educado en nuestra sociedad. La censura –en ocasiones autocensura- de lo políticamente correcto. Es curioso que los que están en sintonía con la moral estándar de una época se presumen poseedores de la verdad absoluta sin darse cuenta de lo cuestionables que son todas las convenciones.
Yo no comparto la prohibición de fumar en los bares porque me parecen negocios privados y entiendo que uno en su negocio debería poder hacer lo que quisiera, siempre que sea legal. Y el tabaco, en principio, lo es. Pero, en fin, si aceptamos que los bares son sitios públicos y que en los sitios públicos no debemos fumar, no entiendo que no se permita construir reservados para los fumadores. Aunque sea sin camareros. Los hay en otros países.
Tampoco entiendo que hayan prohibido en las empresas las smoking rooms. O que vayan a prohibir los smoking points en los aeropuertos.  Poco gasto suponían para las empresas estos reservados. Y servían para aliviar a esos seres cada vez más patéticos que son los pobres fumadores. No me digáis que no sentís pena por ellos en los aeropuertos cuando los veis a través del cristal en los smoking points como peces encerrados en un acuario de vertidos radioactivos. Que sí, que no son mayoría, pero un 30% de la población me parece una “minoría” bastante populosa. No olvidemos que la democracia bien entendida no es el sistema político en el que se hace lo que imponen las mayorías, sino el que nunca desatiende ni discrimina a ningún sector de la población.
No puedo soportar que el Estado –hipócrita por cobrar unos impuestos abusivos por la compra de este producto- me diga lo que debo o no debo hacer con mi salud y con mi vida. Me molesta que el Estado me trate como a un niño al que hay que castigar por malo. El otro día un colega defensor de la nueva ley me decía que también la gente protestó cuando nos obligaron a ponernos el cinturón de seguridad. Pues también me parece mal. En lo que solo me puede perjudicar a mí nunca debería meterse el Estado.
Información y madurez para asumir las consecuencias de los propios actos. Ese debería ser el camino. Caiga quien caiga. También me parecen despreciables esos fumadores cínicos que un día enfermaron y demandaron a las tabacaleras. Todo el mundo sabe que el tabaco es malo para la salud. Si fumas y enfermas, te jodes.
El debate en la calle es pueril y maniqueo. No fumo: estoy contento con la ley. Fumo: no estoy contento con la ley. Para mí es la intromisión de un Estado hipócrita en nuestra libertad personal. Y una discriminación de gran parte de la sociedad. Estamos tratando a los fumadores como a leprosos sin ofrecerles ninguna alternativa. Como no sea la de no fumar. Que es como cuando la Iglesia dice que la mejor forma de evitar los embarazos no deseados es no follar.
Por cierto, no fumo. De momento. Cada día se me antoja más atractivo.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Nuevo año

De joven no entendí nunca las fiestas
Veía absurdo que toda la gente
bailara a un mismo son
y descorchara
botellas al unísono
ese día en que decimos
con certeza que hace frío
y con dudas que comienza un nuevo año

Ahora que ya no soy joven
y sé que no es nada fácil
que se reúna la gente
encontrar ese hueco y esa excusa
que los convoque a todos
entiendo que hacen falta
esos momentos
marcados, programados, apuntados
en el orden pactado
de los días
para bailar, cantar, darnos la mano

Sé que hace falta que disparen
el corcho que inaugura la carrera
en ese tonto trámite que dice
que lo pasado es parte del pasado
y que ahora empieza un nuevo día
que es el día primero de un nuevo año
que todo puede ser una vez más
que es el mismo combate pero distinto asalto
que aún nos queda el aire suficiente
para volver a intentarlo
para poder seguir
respirando
mientras nos lo permitan
respirando
mientras no nos ahoguen
respirando
mientras no nos disparen
respirando
mientras las hipotecas y los bancos
y las guerras y los asesinatos
los corruptos y los seres depravados
las caídas de la bolsa y del estado de ánimo
no nos quiten el aire que aspiramos

porque todo es posible
mientras tanto


                                    De "Decoración de interiores" (Ed. Amargord, 2010)

martes, 28 de diciembre de 2010

Crónica de una muerte anunciada

La primera década del siglo XXI termina con el mundo sumido en otra gran depresión. La década del gran espejismo. Los especuladores y los banqueros nos hicieron creer que nosotros también podíamos participar en su juego para terminar dejándonos sin blanca.

España comenzó su andadura con el gobierno de José María Aznar que, aprovechando la ola de la bonanza económica, se subió a una embarcación fabricada en los astilleros del ladrillo. No era una embarcación muy prometedora, pero navegamos viento en popa mientras los vientos bursátiles soplaron a favor. El cambio de la peseta al euro sacó a la luz un montón de dinero negro que ayudó a propulsar la embarcación a velocidades insospechadas.

Zapatero pudo haber buscado la forma de atracar en puerto antes del desastre, pero se dejó arrastrar por la inercia y terminó creyéndose que aquello podía durar.

Nadie quiso parar. Los que se llenaban los bolsillos con comisiones en B en los gobiernos autonómicos y municipales, de uno u otro partido, echaron toda la leña que pudieron a las calderas para retrasar el desastre. Algunos gilipollas incluso se subieron a la proa del barco y abrieron los brazos para imitar a Leonardo DiCaprio en Titanic.

En Titanic.

No había que ser muy listo para saber que un barco de ladrillo tarde o temprano tenía que hundirse.

A pie de calle todos sabíamos cómo terminaría la travesía. Desde el principio. No es fácil creer que los gobernantes fueran tan ilusos. No sé si es peor pensar que fueron malvados o que fueron estúpidos.

Ahora flotamos a la deriva sin saber qué será de nosotros.

Ha habido épocas en las que la miseria y la desigualdad eran mucho más lacerantes que en nuestro tiempo, pero tenían una hoja de ruta que a nosotros nos falta. En esa hoja de ruta siempre había un punto de destino en el que se nos prometía un mundo mejor.

El problema es que ni las religiones ni las utopías políticas sirven ya para engañarnos. Las hemos visto llenarse de mierda hasta el cuello en el siglo pasado. Ninguna utopía política o religiosa puede salvarnos hoy del escepticismo.

En estos últimos años nos quedaba la fe en la cultura del pelotazo o en la revalorización “ad infinitum” de nuestras inversiones inmobiliarias. Era una fe tan ciega como la de los buscadores de oro. Y era fe porque la razón bien nos decía que todo lo que teníamos delante solo era un trampantojo en el que tarde o temprano terminaríamos estampando nuestras cabezas.

Que nadie se haga el sorprendido. La burbuja inmobiliaria fue tema de conversación desde el principio. En 2000 o 2001 ya hablábamos todos de que no era normal la revalorización desproporcionada que estaba experimentando el mercado inmobiliario, la proliferación de empresas dedicadas a la construcción y venta de viviendas, la multiplicación de sedes bancarias y la locura colectiva que llevaba a la gente a meterse en hipotecas a treinta años o más.

Sabíamos que no era normal. Sabíamos que iba a acabar mal. La especulación estaba condenada a topar con su propio techo. Era de necios pensar que todo el que tenía una vivienda se había vuelto rico de la noche a la mañana.

Lo sabíamos. Todo el mundo lo sabía. Era una partida de póker en la que todos los jugadores iban de farol y además jugaban con cartas marcadas. Lo supimos y aun así jugamos porque pensamos que era una ventaja que te dejaran jugar con tantas trampas.

Mira el saldo de tu cuenta corriente, el importe total de tus ahorros (si es que existen), el valor de los bienes que posees, el importe de las hipotecas y préstamos que no has terminado de pagar, el montante total de los intereses que terminarás pagando… Luego calcula el importe de tus ingresos, de tus rentas o tu nómina (si es que existen). Haz tus propias cuentas y decide si has ganado, si has perdido o si te has ido en tablas.

Si el saldo es negativo, busca algún culpable. Achácalo a tu mala suerte. Maldice tu adicción de ludópata del crédito. Culpa a los políticos, a los empresarios, a los banqueros…

Haz todo lo que haga falta para sentirte un poco mejor contigo mismo. Pero reconoce que nadie te engañó. Solo tú, que creías que ibas a ser más listo que nadie.

Hubo algunos mindundis que ganaron. Ahora comprendes que no eran nada más que señuelos para que entraras al trapo.

No sé si el dinero se crea o se destruye. Sé que cambia de manos y que lo normal es que esas manos no estén encallecidas.

Te queda la autocompasión, el placer de lamerte tus propias heridas, los trabajos de esclavo, las horas extras, el dinero negro y el fraude fiscal. También te han dejado el desquite de la piratería, el placer de robar a los artistas. ¿O es que esos capullos pacifistas –que se pasan la vida protestando y cuestionando a los políticos y al sistema, o que, mucho peor, siguen siendo comunistas- pensaban que tanta chulería les iba a salir gratis?

La política casi siempre es una cuestión de economía. Y la economía siempre es de derechas. Las compañías telefónicas que cobran tu ADSL son de derechas. Los bancos a los que les pagas esas desmesuradas comisiones son de derechas. Las compañías petrolíferas son de derechas. Las empresas que te suministran el agua, el gas y la luz son de derechas. Ellos siempre han sabido hacer política. Porque bailan al son que marcan en cada momento. Porque pueden hacer que los políticos bailen el sol que ellos marcan.

Echa todas las cuentas que quieras, pero no digas que no lo esperabas.

Te lo digo solo para que paladees el fracaso con delectación. Tendrás que acostumbrarte a su sabor a hierro oxidado. Te va a acompañar durante mucho tiempo.

No quiero que hagas nada más. Sé que esto no le va a servir de escarmiento a nadie. Sé que no hemos aprendido nada después de todo. Si todo empezara otra vez, volveríamos a hacer lo mismo.

Los que llevan las cuentas del dinero que debemos también lo saben.