lunes, 19 de octubre de 2015
martes, 13 de octubre de 2015
viernes, 9 de octubre de 2015
Niebla
Algún
día alguien tendrá que hacer un estudio para evaluar el daño que los profesores
de lengua y literatura le hemos hecho a la literatura. Sería curioso conocer la
cifra aproximada de personas que han aborrecido la lectura por nuestra culpa. Aunque
no toda la responsabilidad es nuestra. Recomendar libros siempre es una tarea
ardua, y más si tienes que hacerlo frente a una caterva de
adolescentes con las hormonas a flor de piel y las neuronas de botellón. Tampoco
ayuda el insalvable abismo generacional que se abre entre los profesores y los
alumnos, y el no menos insalvable abismo cultural. Sin embargo, no es tan
difícil saber en muchos casos qué libros aborrecen, que la sinceridad, a veces
hiriente y poco diplomática, de estas nuevas generaciones es un valor al que no
siempre sacamos el suficiente partido. Ignoro por qué muchos compañeros y
compañeras de profesión, a los que no quiero presumirles maldad, estulticia o
sadismo, desoyen las súplicas y los lamentos de estos pobres adolescentes y
siguen infligiéndoles lecturas desfasadas, insufribles, martirizantes.
En
el Bachillerato estamos obligados, por currículum, a mandar lecturas
relacionadas con los periodos de la historia que se estudian en cada curso, pero
en la ESO son opcionales. En la ESO los profesores de literatura nos dividimos
en dos grupos: los partidarios de la literatura para jóvenes y los
fundamentalistas de los clásicos españoles. Estos últimos son menos, pero se
sienten superiores por defender un legado cultural avalado por la tradición y
los púlpitos universitarios. Algunos rechazan toda la literatura para jóvenes
porque la consideran de baja calidad, otros, en cambio, solo buscan una excusa
para no esforzarse en la búsqueda de libros que agraden a los alumnos. Los
profesores de la ESO que preferimos los libros para jóvenes en lugar de los
clásicos españoles intentamos, con mayor o menor acierto, crear lectores. En el
amplio universo de lo que hemos dado en llamar literatura juvenil también hay
obras maestras y escritores admirables, y mucha mierda, claro, pero no menos
que la que encontramos en la literatura para adultos. La verdad, no sé muy bien
qué es lo que pretenden los fundamentalistas de los clásicos españoles mandando
el Cantar de Mio Cid, Fuenteovejuna o La Regenta a chicos y chicas de catorce o quince años, sin tener en
cuenta que para apreciar esos libros hace falta cierta perspectiva histórica que
te permita valorarlos dentro del contexto en el que fueron creados.
He
llamado antes fundamentalistas a los profesores de literatura obsesionados por
los clásicos españoles porque solo la fe les puede haber convencido de que esas
lecturas son sagradas e intocables. Parecen, como los fundamentalistas
religiosos, personas a las que les han lavado el cerebro, personas que no ven
más allá por culpa de esa niebla que llamamos cultura oficial y que intentan
inocularnos en las facultades de humanidades. Conmigo no funcionó. Estudié
Filología Hispánica y ya en los primeros años de la carrera comprendí que todo
aquello que llamábamos historia de la literatura era una farsa, que
estudiábamos la historia que habían pergeñado una serie de catedráticos admitiendo
y desechando ciertas obras por conveniencias personales o por prejuicios más o
menos despreciables. Cuántas obras estupendas se han quedado fuera de los
libros de texto porque no sirven de ejemplo para ilustrar una corriente
literaria que los catedráticos ensalzan sobre las demás. Cuántos escritores han
sido injustamente olvidados por no ajustarse a los patrones de un movimiento
literario. Cuántos libros y escritores tachados porque no cumplían los mínimos
de pedantería exigibles para que un catedrático se sienta importante
mencionándolos. Y eso por no hablar del elitismo y la afectación de un
colectivo que muchas veces vive al margen del mundo real. Ya estoy deseando
leer dentro de unos años la historia de la literatura española de la década de
los noventa y de la primera de este nuevo siglo para enterarme por fin de los
libros que debería haber leído y que seguro que ni me suenan. La leeré con el
escepticismo del agnóstico y con la media sonrisa con que hojearía una revista
de tendencias esnob y elitista.
Supongo
que parte de la culpa del cabreo que me ha llevado a escribir este artículo la
tiene la relectura que acabo de hacer de Niebla,
el celebérrimo libro de don Miguel de Unamuno con el que varias generaciones de
profesores sádicos y fundamentalistas han estado atormentando a sus alumnos. Llevaba
años evitando este libro porque el recuerdo que tenía de él era muy malo. Solo
por cierto prurito profesional decidí volver a darle otra oportunidad. Había
olvidado casi toda su trama –excepto el manido juego metaliterario que
inevitablemente aparece en todos los libros de texto– y por un momento pensé
que quizá no fuera un libro tan horrible como recordaba. Habían pasado más de
veinte años desde que lo leí por primera vez. Ya no era alumno, sino profesor.
Contaba con unos conocimientos mucho más amplios de la generación del 98. En
fin, que llegué a pensar que podía estar equivocado. Pero no. Porque lo
fundamental permanecía inalterable: yo seguía siendo yo y el libro seguía
siendo el mismo.
En esta segunda lectura, Niebla me ha parecido igual de cargante, aburrido, pedante, idiota y afectado que en la primera. Hasta el juego de las contradicciones típico de Unamuno me parece tonto y pueril, contradicciones de jardín de infancia que debieron de hacer las delicias de los transgresores de mesa camilla de hace cien años y que hoy provocan vergüenza ajena. El mismo Unamuno debía de ser consciente de la mierda que estaba escribiendo y por eso se tuvo que inventar el timo de la “nivola”, una excusa como otra cualquiera para hacer una novela mala parapetándose en cierto sentido del humor que no llega ni a la categoría de chiste malo, con personajes subnormales, diálogos de oligofrénicos y soliloquios con ínfulas de tesis doctoral que no pasan de pajas mentales. He sufrido en todas y cada una de las páginas del libro. Por las estupideces que leía y porque no dejaba de pensar en los millones de jóvenes que han sido obligados a padecer ese via crucis. Y ahora solo puedo imaginarme las aulas como pequeños campos de exterminio en los que durante décadas, año tras año, evaluación tras evaluación, hemos ido ejecutando, con el convencimiento indolente del verdugo, a millones de lectores. Y no sólo por los libros malos que hemos sacralizado, sino también por haber convertido grandes obras maestras de la literatura en tareas de clase, en deberes, en exámenes. La literatura debería ser justo lo contrario.
En esta segunda lectura, Niebla me ha parecido igual de cargante, aburrido, pedante, idiota y afectado que en la primera. Hasta el juego de las contradicciones típico de Unamuno me parece tonto y pueril, contradicciones de jardín de infancia que debieron de hacer las delicias de los transgresores de mesa camilla de hace cien años y que hoy provocan vergüenza ajena. El mismo Unamuno debía de ser consciente de la mierda que estaba escribiendo y por eso se tuvo que inventar el timo de la “nivola”, una excusa como otra cualquiera para hacer una novela mala parapetándose en cierto sentido del humor que no llega ni a la categoría de chiste malo, con personajes subnormales, diálogos de oligofrénicos y soliloquios con ínfulas de tesis doctoral que no pasan de pajas mentales. He sufrido en todas y cada una de las páginas del libro. Por las estupideces que leía y porque no dejaba de pensar en los millones de jóvenes que han sido obligados a padecer ese via crucis. Y ahora solo puedo imaginarme las aulas como pequeños campos de exterminio en los que durante décadas, año tras año, evaluación tras evaluación, hemos ido ejecutando, con el convencimiento indolente del verdugo, a millones de lectores. Y no sólo por los libros malos que hemos sacralizado, sino también por haber convertido grandes obras maestras de la literatura en tareas de clase, en deberes, en exámenes. La literatura debería ser justo lo contrario.
jueves, 1 de octubre de 2015
El pequeño fascista que me habita
El pequeño fascista que
me habita
tiene esas cosas que
tiene cualquiera
dice esas cosas que todos
pensamos
aunque las escondamos en
nuestro propio infierno
El pequeño fascista que
me habita
es un pepito grillo hijo
de puta
que jamás ha tenido la
desdicha
de enfrentarse a ese
ángel que le pare los pies
Me acorrala a menudo e
intenta persuadirme
de que con mano dura se
arreglan los problemas
que las respuestas tibias
son propias de cobardes
que el orden mundial se
impone a base de hostias
y que con las medidas que
él pondría en marcha
en veinticuatro horas
todo se enmendaría
la avalancha de moros que
vienen en pateras
la invasión de sudacas
que nos está anegando
la insubordinación odiosa
de los jóvenes de hoy
las execrables masacres
de tantos terroristas
o el incordio constante
de los nacionalistas periféricos
Me dice que debieran
restaurar las torturas
que siempre funcionaron
en casos de excepción
que el vulgo echa de menos
las siempre edificantes
ejecuciones públicas, o
los desollamientos
o las lapidaciones, o la
Ley del Talión
La gente echa de menos
las leyes sin dobleces ni oscuros subterfugios
reclaman sin descanso que
vuelvan cuanto antes
los juicios sumarísimos,
los justos linchamientos
que son más eficaces que
el tardo mecanismo de la justicia de hoy
El pequeño fascista que
me habita
varias veces me ha dicho
que aprenda a fabricar explosivos caseros
que habría que volar el
Congreso, el Senado o cualquier edificio del Gobierno
Debería, me dice,
conseguir un buen rifle y dar clases de tiro
Con un solo disparo en el
punto de mira de un francotirador
se elimina de un soplo a
un político indigno
El pequeño fascista que
me habita
no siempre trabaja en
estos ambiciosos proyectos de estado
Acostumbra también a
hablarme de mi vida
para que no me olvide de
lo mal que la llevo
Me dice que debiera no
dejar cabos sueltos
y ajustar esas cuentas
que aún tengo pendientes
Sabe que hubo traidores
que dejé sin venganza
Sabe que ahora me atacan
y que no me defiendo
Mi pequeña conciencia
justiciera me dice que ha llegado
la inaplazable hora de la
dulce venganza
que hay formas de hacer
daño
que son como accidentes
que no provoca nadie
y que me ayudaría a
preparar las trampas
y a limpiar toda huella
que pudiera implicarme
Al pequeño fascista que
me habita
termino casi siempre
callándole la boca
sacándolo a patadas del
zaguán de mi mente
Pero él nunca se rinde y
espera con paciencia
al lado del umbral de mi
cabeza
para meter su zarpa en cuanto me descuide
para meter su zarpa en cuanto me descuide
lunes, 28 de septiembre de 2015
Querido blog:
Ya
sabes que hoy es una fecha especial porque cumplimos siete años juntos. Después
de todo este tiempo, tengo que confesarte que he llegado a cogerte algo más que
cariño. Tampoco te vayas a emocionar, que no es amor incondicional. Creo que si
nuestra relación se interrumpiera en este momento, te echaría de menos unos
días y luego, poco a poco, casi sin darme cuenta, me iría olvidando de ti sin
sufrir ningún trauma ni sentir ninguna ausencia. Pero no vayas a preocuparte
por eso. Estamos bien juntos y es fácil que nuestra relación se prolongue
durante mucho tiempo. Aunque en estas cosas del cariño es difícil ponerse
plazos.
He
de reconocer que en el inicio de nuestra relación no lo tenía muy claro. Empecé
a flirtear contigo por moda. A finales de 2008 todo el mundo que escribía había
emborronado ya un par de blogs y decidí probarme en ese terreno con más
curiosidad que emoción. Nunca había escrito algo que pudiera parecerse a un
diario o a una autobiografía, y tampoco solía escribir artículos, aunque en
alguna ocasión había escrito alguno. Pero al poco de empezar me enganché.
Pronto me di cuenta de que tenía un montón de ideas entre divertidas y cínicas
que me apetecía sacar fuera y algunos ajustes de cuentas personales que quería
dejar por escrito. En un blog todo eso podía tener cabida.
Pasados
aquellos primeros años de euforia, nuestra relación se volvió más serena,
aunque también más necesaria. Descubrí que me ayudabas a ordenar mis
pensamientos y a ajustar la imagen que tenía del mundo. Y que la relectura
ordenada de mis textos me ofrecía una suerte de autobiografía emocional que me
parecía mucho más interesante que un relato de mis vivencias. Esos textos
dejados por el camino eran como las piedrecitas que ayudaban a Pulgarcito a
volver sobre sus pasos. Para mí te convertiste en el diario de mi conciencia,
que siempre me ha interesado más que mis rutinas cotidianas. También me di
cuenta de que disfrutaba mucho releyendo ciertos textos que no recordaba haber
escrito o que solo recordaba vagamente, como los flecos de un sueño que se
desvanece en cuanto te levantas de la cama.
Para
mí la escritura, en gran medida, es una constatación de mi existencia, un
subrayado de mi paso por el tiempo, una autoafirmación vanidosa y desesperada,
para qué negarlo. Importante para mí, pero sin más trascendencia que esas
palabras que suelen escribir en las celdas los presos de las películas: “Fulano
estuvo aquí”. Los que escribimos, y no lo hacemos por pasta, en gran medida
buscamos reconocimiento, atención, que alguien dé fe de que estamos, de que
somos, de que contamos. Necesitamos alimentar nuestro ego, darle cierto sentido
a nuestra vida, y por eso escribimos. Incluso todos esos que dedican sus
palabras a defender a los más débiles, a reivindicar la solidaridad entre los
seres humanos, a defender los valores de una sociedad más justa. Pura vanidad y
egolatría. Si fuéramos menos vanidosos, seguro que en el mundo habría muchos
más libros y blogs anónimos. Pero importa el yo. La firma a pie de página.
Gritarle al mundo que tú, el de la foto, el que esto ha escrito, piensa de esta
forma tan genial y admirable. La redes sociales son una bacanal de vanidad para
todos los que necesitamos cada día nuestro chute de atención.
Por
eso también es importante que pase gente por aquí. Sin lectores las palabras
carecen de sentido. Nunca he dado ningún tipo de credibilidad a todos esos que
dicen que escriben para sí mismos. En esa pose afectada siempre hay
falsa modestia o miedo al fracaso, a la crítica feroz, a la burla lacerante. Todos
los que dicen escribir para sí mismos sueñan con el momento en el que alguien
descubra sus papeles y se sienta fascinado por sus palabras. De todo lo que he
escrito en mi vida, lo único que estaba dirigido a mí eran los apuntes para
estudiar y las listas de la compra. El lector es necesario para satisfacer el
ego.
Por
aquí no pasa muchísima gente, pero sí la suficiente para que todo esto tenga
algo de sentido, para que no parezca un mero ejercicio onanista. Solo puedo
entender la escritura como comunicación, como la mejor forma de compartir con
los demás la incomprensión del mundo. Y no sé si me gustaría que este espacio
tuviera mucha más afluencia de público. Quizá me sentiría cohibido o abrumado
por el exceso de atención y me daría vértigo publicar un nuevo texto.
Así
que supongo que seguiré pasándome por aquí con cierta regularidad. Soy
consciente de que en los últimos años he ido espaciando cada vez más las
visitas. Si no vengo más, no es tanto por falta de tiempo, que también, sino
por falta de ideas. No siempre tengo algo que decir, puestos a ser sinceros.
Ojalá este nuevo año que empezamos juntos nos traiga una buena cosecha de textos para que podamos vernos más a menudo. Y si los textos salen buenos, no nos faltarán lectores.
Ojalá este nuevo año que empezamos juntos nos traiga una buena cosecha de textos para que podamos vernos más a menudo. Y si los textos salen buenos, no nos faltarán lectores.
domingo, 13 de septiembre de 2015
"Mataría a los de Podemos"
El
problema del lenguaje de los seres humanos, y su virtud más sorprendente y
maravillosa, es su capacidad para formular mensajes que no pueden decodificarse
mediante una simple interpretación literal.
Hay
mensajes aparentemente sencillos que solo se comprenden correctamente gracias
al contexto. En el metro, por ejemplo, decimos a los desconocidos cosas como “voy
a salir” o “¿vas a salir?” cuando lo que realmente queremos decirles es que se
aparten porque están obstruyendo la puerta.
Por
otra parte, los mensajes muchas veces solo se entienden gracias a su sentido
figurado. Los tropos y otros recursos expresivos como la hipérbole, la paradoja
o la ironía complican y enriquecen nuestro lenguaje. Estos recursos expresivos
pueden servir para esconder los significados más terribles en elocuciones
aparentemente banales e inofensivas. En la Guerra Civil, por ejemplo, los
falangistas pedían que les dieran café a muchos de sus prisioneros, metáfora
eufemística para ordenar su ejecución. También podemos encontrar el fenómeno
contrario: decir una barrabasada sin ninguna credibilidad para expresar
nuestro profundo rechazo por algo. A nadie se le ocurrió llevar a juicio a los
Siniestro Total en los ochenta por temas como “Matar jipis en las Cíes”. En
este tema se cuenta en primera persona cómo el protagonista llega a una isla y
descuartiza y mata a todos los jipis que encuentra. Tan claro estaba entonces
que odiaban a los jipis como que no iban a tocarles un pelo. Puede que fuera
para algunos un humor negro de mal gusto, de sal gorda y desparpajo punk, pero
humor al fin y al cabo.
Por
todo esto yo entendí perfectamente a Albert Pla cuando dijo en una entrevista que
“mataría a los de Podemos y plataformas ciudadanas. Ahora todavía no llevan guardaespaldas, es mejor acabar ahora”. Quizá yo jugaba con ventaja porque soy
seguidor de Pla desde hace más de veinte años y estoy acostumbrado a su humor
salvaje y brutal, pero era obvio que no iba a matar a nadie y que intentaba
llamar la atención con aquella salida de pata de banco, puede que premeditada e
intencionada. Para cualquiera que forzara un poco sus capacidades
hermenéuticas, estaba claro que lo quería decir es que si los de Podemos llegaban
a gobernar y se hacían poderosos (solo los poderosos llevan guardaespaldas) acabarían pareciéndose a la casta política que tanto critican. No sé si podemos
considerar sus palabras como desacertadas. Consiguió un efecto y una repercusión
que no hubiera tenido diciendo simplemente que preferiría que Podemos
desapareciera antes de que acabara decepcionándonos. Algunas veces los recursos
expresivos buscan impactar al destinatario para que preste una atención especial
al mensaje.
El
anarquismo sui generis de Albert Pla
le ha llevado a expresar en sus canciones y espectáculos el profundo rechazo que siente por el sistema y por toda forma de poder. Así se puede interpretar la indiferencia
con la que hablaba de la muerte de un policía, un político y un militar en “La dejo o no la dejo”, la polémica canción de la novia terrorista, o la crueldad hilarante y demencial del monólogo con el que hace un par de años presentaba en los medios de
comunicación su espectáculo “Manifestación”. En este monólogo explicaba que lo
que le gustaría sería cargarse a los policías, los empleados de banco, los
políticos y los de las multinacionales mientras todo el mundo en la calle le
aplaudía y le sacaba a hombros. En esta misma línea, Albert Pla ha llegado a
destruir Estados Unidos, estado por estado, en su tema “La colilla”, o la
capital de España en “Están cayendo bombas en Madrid”.
Hace pocos meses, un juzgado de Valencia le condenó a cien euros de multa por las declaraciones antes referidas al interpretarlas como una amenaza. Ahora, la Audiencia de Valencia le ha absuelto porque considera que a esas declaraciones les falta “seriedad, firmeza y determinación (concreción del mal)”, algo que saltaba a la vista para cualquier persona con dos dedos de frente. Por otra parte, no fueron ni Podemos ni las plataformas ciudadanas las que denunciaron a Albert Pla, sino un particular, un tal Ricardo Cano, un abogado que o bien es demasiado lerdo para comprender en su contexto y en su sentido figurado las declaraciones de un artista transgresor y provocador, o bien es un espabilado que vio en los despropósitos verbales de Pla una oportunidad para darse publicidad. Sin duda, esto último es lo más probable. Y aunque Albert Pla ha sido absuelto, no me atrevería a decir que el denunciante no se ha salido con la suya. Su nombre está en todos los medios y la publicidad, sea buena o mala, siempre viene bien.
Hace pocos meses, un juzgado de Valencia le condenó a cien euros de multa por las declaraciones antes referidas al interpretarlas como una amenaza. Ahora, la Audiencia de Valencia le ha absuelto porque considera que a esas declaraciones les falta “seriedad, firmeza y determinación (concreción del mal)”, algo que saltaba a la vista para cualquier persona con dos dedos de frente. Por otra parte, no fueron ni Podemos ni las plataformas ciudadanas las que denunciaron a Albert Pla, sino un particular, un tal Ricardo Cano, un abogado que o bien es demasiado lerdo para comprender en su contexto y en su sentido figurado las declaraciones de un artista transgresor y provocador, o bien es un espabilado que vio en los despropósitos verbales de Pla una oportunidad para darse publicidad. Sin duda, esto último es lo más probable. Y aunque Albert Pla ha sido absuelto, no me atrevería a decir que el denunciante no se ha salido con la suya. Su nombre está en todos los medios y la publicidad, sea buena o mala, siempre viene bien.
miércoles, 2 de septiembre de 2015
Festival Internacional de Poesía Voix Vives 2015
Este
año me han invitado a participar en el Festival Internacional de Poesía Voix Vives, que se
celebrará en Toledo este fin de semana por tercer año consecutivo. Tres días de
poesía sin tregua, desde por la mañana hasta bien entrada la noche. Si pasáis
por el Casco dudo mucho que os escapéis sin escuchar algunos versos. El Voix Vives es una inundación poética en toda regla.
Como el programa es muy extenso, he seleccionado los actos en los que aparezco por si os apetece venir a verme. De todas formas, os animo a que leáis todo el programa del festival y a que lo disfrutéis todo lo que podáis. Aquí os dejo un enlace para que os lo descarguéis:
Como el programa es muy extenso, he seleccionado los actos en los que aparezco por si os apetece venir a verme. De todas formas, os animo a que leáis todo el programa del festival y a que lo disfrutéis todo lo que podáis. Aquí os dejo un enlace para que os lo descarguéis:
VIERNES,
4 DE SEPTIEMBRE
SIESTA DE SONIDOS Y PALABRAS
Hora:
16-17 h
Lugar:
Plaza del Salvador
Presenta:
Carlos Ávila
Poetas:
Luis Arturo Guichard y Félix Chacón
Música:
Natalia Martín
FIESTA DE INAUGURACIÓN
Hora:
22-23 h
Lugar:
Plaza de la Poesía y el Arte Modesto (plaza del Ayuntamiento)
Voz
en off: Miguel Barrera
Poetas:
María Eloy García, Ana Rossetti, Jean-Luc Parant, Aggeliki Sidira, Isla
Correyero, Graciela Baquero Ruibal, Dusica Nikolic, Luis Arturo Guichard, Ana
Pérez Cañamares, Marlena Braester y Félix Chacón
Música:
Isabel García Castro, El Punto y Kritikó Mikró
SÁBADO,
5 DE SEPTIEMBRE
DE VOZ EN VOZ
Hora:
10-11 h
Lugar:
Plaza de la Poesía y el Arte Modesto (plaza del Ayuntamiento)
Presenta:
Amelia Díaz
Poetas:
Aggeliki Sidira, Ana Rossetti, Dusica Nikolic, María Eloy García, Basem
al-Nabriss y Félix Chacón
Los
poetas firmarán ejemplares de la antología del festival al finalizar el acto
LECTURA PANORÁMICA
Hora:
20-21 h
Lugar:
Matadero Lab (IES Sefarad)
Presenta:
Federico de Arce
Poetas:
Antoine Simon y Félix Chacón
LECTURA A LA LUZ DE LAS
VELAS
Hora:
24-01 h
Lugar:
Plaza del Salvador
Presenta:
Begonya Pozo
Poetas:
David González, Escandar Algeet, Ana Pérez Cañamares y Félix Chacón
DOMINGO,
6 DE SEPTIEMBRE
DE ORILLA A ORILLA
Lectura
debate entre poetas
Hora:
12-13 h
Lugar:
Plaza del Salvador
Presenta:
Federico de Arce
Poetas:
Jean-Luc Parant y Félix Chacóndomingo, 16 de agosto de 2015
Cuentos con moraleja: Los ciegos y el elefante
Hoy
me viene a la memoria una historia oriental, probablemente de la India, que recoge
Jean-Claude Carrière en El círculo de los
mentirosos. Como tengo por costumbre en mis Cuentos con moraleja, no copio, sino que recreo mi propia versión
con lo que recuerdo:
Un rey recorría su país y
llegó a un pueblo que estaba habitado únicamente por ciegos. El rey viajaba a
lomos de un elefante y pronto la noticia corrió de boca en boca. En aquel
pueblo nunca habían oído hablar de ese animal y les entró la curiosidad por
saber cómo era.
Tres ciegos del consejo de sabios del
pueblo se acercaron a saludar al rey, que los recibió amablemente, y, tras
charlar un rato con él y ofrecerle su hospitalidad, le pidieron que les dejara
acercarse al elefante. El rey no tuvo ningún problema en concederles lo que
querían.
Cuando los tres ciegos regresaron de ver al
rey, hubo una asamblea a la que acudieron todos los vecinos del pueblo. Querían
saber qué les había dicho el rey y, sobre todo, cómo era ese animal fabuloso en
el que viajaba.
El primer ciego, que le había tocado una
pata al elefante, contó que era como una columna muy consistente.
El segundo ciego dijo que se engañaba, que
se trataba de un extraño tapiz ancho, delgado y rugoso que se movía. Este era
el que había tocado la oreja del elefante.
El tercero había palpado la trompa y se extrañó
mucho de las descripciones de sus compañeros. El animal era como una extraña manguera
que no dejaba de agitarse y que tenía una fuerza increíble.
Los ciegos pensaron que sus tres consejeros
les estaban tomando el pelo y se enfrentaron a ellos. Pero ninguno de los tres
quiso dar su brazo a torcer, se caldearon los ánimos y acabaron intentando
resolver la discusión a porrazos y bastonazos.
Después de la trifulca, el consejo decidió que
lo mejor sería que otra comisión de sabios fuera a reconocer a ese extraño
animal para saber cuál de los tres consejeros decía la verdad. Pero cuando
fueron a ver al monarca, este ya había partido.
En aquel pueblo nunca nadie supo cómo era
un elefante. Ni siquiera los tres ciegos que en una ocasión habían tenido el
privilegio de acercarse a uno.
Sin duda, para saber cómo era el elefante, lo mejor que podrían haber hecho los ciegos era relacionar y poner en común las diferentes descripciones del animal. Quizá no habrían sido capaces de describirlo perfectamente, pero al menos hubieran tenido una idea más aproximada que la que ofrecían las descripciones individualizadas de cada una de sus partes.
La
realidad no deja de ser como un enorme elefante del que solo conocemos
porciones insignificantes. En una situación normal, para conocer nuestra realidad
económica, social y política, solo habría que esforzarse un poco y escuchar las
diferentes versiones que nos ofrecieran los distintos medios de comunicación. Es
posible que no consiguiéramos una imagen de la realidad del todo acertada, pero
sería mucho mejor que la que tenemos ahora. Vivimos en un país en el que los
intereses políticos y empresariales controlan a la mayoría de los ciegos más poderosos, que
repiten al unísono, con mayor o menor convencimiento, la misma versión del
elefante. Y los que aún se atreven a llevarles la contraria son tan pocos que
es fácil caer en la tentación de pensar que esconden oscuras intenciones.
martes, 21 de julio de 2015
Marketing
Mucha
gente cree que el término marketing
alude a una suerte de campaña publicitaria para vender un producto, pero el marketing es algo mucho más complejo, y
la publicidad solo es una parte del proceso, su cara más visible y creativa. El
marketing puede empezar incluso antes
de la creación del producto que se va a vender. Porque el marketing, o mercadotecnia, es un proceso comercial que comienza
siempre con la identificación de las necesidades y preferencias del público
potencial al que quiere dirigirse una empresa. Una vez conocido el perfil y los
intereses de esos clientes potenciales, la empresa se marca unos objetivos,
entre los que se cuentan la creación de un producto que satisfaga a los
consumidores y la puesta en marcha de unas estrategias publicitarias que capten
clientes, den valor al producto y lo hagan competitivo. Dentro de este mercado
global en el que vivimos todo está controlado por el marketing. Nada es ingenuo y espontáneo, y si algo lo es en su
origen pronto es fagocitado por las estructuras del mercado.
No
es raro que el último éxito del marketing
a nivel mundial haya estado protagonizado por una empresa que lleva en activo
desde el siglo IV, concretamente desde los tiempos del emperador Constantino,
que fue el que creó esa multinacional llamada cristianismo. Me refiero, claro,
al increíble éxito que está cosechando la iglesia católica, una de sus
franquicias más potentes, con la elección del nuevo papa, Jorge Mario Bergoglio.
Una empresa que lleva en pie casi diecisiete siglos y que ha sabido adaptarse a
todo tipo de estructuras sociales, económicas y políticas ya usaba el marketing antes de que nadie le hubiera
puesto nombre. Por tanto, sería ingenuo pensar que a los cardenales que se reunieron
en cónclave para elegir un nuevo papa se les ha colado un rebelde.
En
este mundo nuestro en el que las clases medias se empobrecen y millones de
pobres terminan cada día en el arroyo, era necesario un cambio de discurso acorde
con este nuevo contexto. Conseguir reformar el discurso del Vaticano sin que
ello cuestionara las prebendas y privilegios de la iglesia católica era el reto.
Casi parece de chiste imaginar en el cónclave a los cardenales planteando la
necesidad de encontrar a un papa de corte franciscano, que hablara mucho e
hiciera poco, y que terminaran proponiendo a un argentino.
Una
vez elegido el producto, es fundamental ponerle un nombre con gancho. La
elección del nombre de Francisco en homenaje a Francisco de Asís, el santo de
los pobres, ha sido uno de los grandes aciertos de esta campaña. Igual que su
presentación. La imagen de un producto es determinante. Un hombre santo que no
deja de hablar de los pobres no puede ir vestido con ostentación. Por eso era
importante que el papa Francisco vistiera y viviera con cierta humildad. De ahí
que lleve un anillo más modesto que sus predecesores, que calce zapatos baratos
o que haya cambiado el trono de oro por otro de madera. También se ha negado a
vivir en el lujoso apartamento pontificio que han ocupado los papas desde 1903.
Puro postureo franciscano y acertadísima estrategia de marketing, que no tenemos conocimiento de que el apartamento, las
joyas y las vestimentas caras que ha rechazado se hayan subastado para repartir
los beneficios entre los pobres.
También debe de ser postureo su pose de comunista evangélico, que le ha llevado a disputar el patrimonio de
los pobres con los marxistas, a los que solo puede ver como a competidores
oportunistas que llevan más de un siglo intentando arrebatarles el monopolio de
la pobreza. Supongo que el mohín de disgusto que hizo el otro día el papa
Francisco cuando Evo Morales le regaló un cristo crucificado en una hoz y un
martillo es algo así como si quedas con el presidente de la Coca-Cola y le
invitas a una Pepsi.
La
elección de un argentino que hable mucho y haga poco está dando unos resultados
extraordinarios, que este papa ha conseguido que le aplauda un nutrido sector
de agnósticos y ateos, algo inédito desde los tiempos de Juan XXIII. La
estrategia utilizada siempre es la misma. El papa modifica el discurso de la iglesia para
adaptarlo a la moral y a la visión de gran parte de la sociedad actual, pero
sin que sus declaraciones lleven aparejados cambios y reformas en el funcionamiento
de la iglesia católica. Así, hemos podido ver cómo no condena a los
homosexuales, pero tampoco propone que el matrimonio gay pueda celebrarse en las iglesias; o perdona a los divorciados,
aunque no les permite volver a casarse, a no ser que apoquinen, como Dios
manda, lo que cuesta la concesión de la nulidad; o elogia constantemente a las
mujeres sin que se sepa que vaya a luchar por abrirles las puertas del sacerdocio.
En esta misma línea de predicar mucho y dar poco trigo han ido sus últimas
intervenciones, apoyando a Tsipras en la crisis griega o atacando a los que
dañan el medio ambiente en su encíclica sobre al cambio climático.
En
las apuestas empresariales fuertes siempre hay que asumir riesgos. De ahí que
el papa Francisco haya dejado aparcado el papamóvil y se juegue la vida por las
calles con un coche descapotable. Aquí los expertos han debido de valorar que
ganarse a la clientela con un servicio cercano y eficaz es más importante que
la seguridad de un hombre que, de cualquier forma, es sustituible.
Pero el departamento de marketing del Vaticano no debe dormirse. En un mercado competitivo y despiadado, más difícil que llegar es mantenerse. Es cierto que tienen un buen producto y que están obteniendo unos resultados espectaculares, pero aún da fallos y es necesario mejorarlo. Ya ha habido reclamaciones de ciertos consumidores, y no solo de consumidores ricos, que ese sector del público ya lo dan por perdido, sino de sus nuevos adeptos, que no entendieron que, tras los atentados a la revista Charlie Hebdo, censurara la libertad de expresión y mostrara cierta empatía con los yihadistas diciendo que era normal que los musulmanes atacaran a los que se burlaran de su fe. Y cuando quiso ilustrar sus palabras con una parábola y dijo que si alguien insultara a su madre, le partiría la cara, no hizo nada más que empeorarlo todo, que sus nuevos adeptos son más de recuperar el espíritu pacifista de los evangelios y de poner la otra mejilla.
Pero el departamento de marketing del Vaticano no debe dormirse. En un mercado competitivo y despiadado, más difícil que llegar es mantenerse. Es cierto que tienen un buen producto y que están obteniendo unos resultados espectaculares, pero aún da fallos y es necesario mejorarlo. Ya ha habido reclamaciones de ciertos consumidores, y no solo de consumidores ricos, que ese sector del público ya lo dan por perdido, sino de sus nuevos adeptos, que no entendieron que, tras los atentados a la revista Charlie Hebdo, censurara la libertad de expresión y mostrara cierta empatía con los yihadistas diciendo que era normal que los musulmanes atacaran a los que se burlaran de su fe. Y cuando quiso ilustrar sus palabras con una parábola y dijo que si alguien insultara a su madre, le partiría la cara, no hizo nada más que empeorarlo todo, que sus nuevos adeptos son más de recuperar el espíritu pacifista de los evangelios y de poner la otra mejilla.
sábado, 27 de junio de 2015
Qué bien pensado está el mundo: La censura
Qué
alegría que vuelva la censura a España. Del todo del todo nunca se fue, eso es
cierto, pero durante dos o tres décadas ha sido tan nimia que por un momento
hemos tenido la extraña sensación de vivir en un país plenamente democrático. Pero
afortunadamente todo eso ya se acabó. No sé si va a ser mucho pedir, pero el
colmo de la dicha sería que volviera la Inquisición (¡Viva las cadenas!) con sus autos de fe, sus sambenitos y sus
condenas ejemplarizantes. Los espectáculos de humillación y escarnio público
siempre han gustado mucho a todo el mundo, sin distinguir clases sociales, que
igual los disfruta el pueblo llano que la aristocracia más refinada, algo así
como lo que pasa con los toros.
La
dicha no es completa, lo sé. Porque en principio, por lo que sea, parece que no
van a detener a ningún sacerdote de esos que desde sus púlpitos incitan al odio
contra los homosexuales, o que fomentan la discriminación de la mujer, o a esos
políticos que trivializan y enaltecen delitos de genocidio que gozan de la simpatía
de la casta que está en el poder. Tampoco les va a pasar nada a los que humillan
a los que murieron en la Guerra Civil o en la cruel posguerra. Ni a los que dicen
en Twitter que habría que cargarse a todos los vascos y catalanes, que a esos
lo mismo terminan dándoles alguno de los innumerables y variopintos premios
Princesa de Asturias. De momento habrá que conformarse solo con los rojos que
se atreven a contar chistes macabros en Twitter o que se van de manifestación y
tienen la osadía de corear ripios que desagradan a los que mandan, y no por
razones estilísticas, claro, que la censura en ese caso quizá estuviera más
justificada. Me estoy leyendo la bien llamada Ley Mordaza y no veo por ningún
lado que sea un agravante formar parte de algún gobierno de izquierdas, pero en
vista de lo que les está pasando a Rita Maestre y a Guillermo Zapata debe de
serlo, y lo que pasa es que yo no sé buscarlo, que esto de las leyes fácil, lo
que se dice fácil, no es.
La
verdad es que lo que nos ha pillado de sorpresa es que esta nueva forma de
hacer justicia tenga carácter retroactivo, que menos mal que no quedaron
grabados los chistes que algunos contábamos en el instituto que si no, a muchos
nos tocaba la “prisión permanente revisable” esa que tanto le gusta al PP. Fíjate
que hasta los chistes del parvulario me parecen ahora mismo peligrosos, que
seguro que si algún concejal rojo cuenta en estos momentos el chiste del perro
“mis tetas” la Fiscalía dice que su intención era humillar a todo el género
femenino y hacer apología de la violencia de género.
¿Y
por qué no pensábamos que podía volver la censura? Porque nos la figurábamos
como en tiempos de Franco, con señores gordos, amargados y rijosos prohibiendo
la publicación de libros y cortando fotogramas con muslos, pechugas y besos en
las películas. No nos habíamos dado cuenta de que la historia se repite, sí,
pero cambiando el decorado para hacernos creer que esto es otra cosa. Aunque la
realidad es que la censura que tenemos hoy, que es la autocensura, es la que
más ha trabajado en todas las épocas en las que se ha perseguido la libertad de expresión.
Pero
los límites de la autocensura los pone uno mismo. Los pusilánimes la llevan a
rajatabla, eso es cierto, pero también los hay que se arriesgan, y esto es lo
bonito, interesante y creativo de la censura. Los atrevidos siempre andan
buscando mil maneras para burlarla con los ardides más sutiles. Y es aquí donde
entra la habilidad para decir las cosas sin decirlas, cuando todos los recursos
expresivos se ponen a trabajar para decir lo que no se dice sin que parezca que
se dice gracias a las metáforas, las alegorías, las dilogías, los juegos de
palabras y la ironía, la bendita ironía, que es el recurso estrella de todas
las etapas inquisitoriales. También nos queda, al menos de momento, el reino de
la ficción, el cine y la literatura. Viene una buena época para los creadores
de mundos imaginarios, fantasías futuristas y terribles distopías que sirvan de
espejo de la realidad del momento.
Y
debéis reconocer que decir las cosas sin decirlas es mucho más meritorio que
decirlas a bocajarro y de forma llana. Y es que con libertad de expresión plena
se gana en sinceridad pero se pierde en riqueza expresiva y en creatividad. Con
la libertad de expresión también se vuelve muy difícil escandalizar a la gente,
si es escandalizar a la gente lo que en ese momento te apetece, claro. André
Breton, adalid de los surrealistas franceses y experto, por tanto, en el
escándalo gratuito, se lamentaba a mediados del siglo pasado de que ya nadie se
escandalizaba por nada en París. Y lo lamentaba con razón. Porque el mundo,
cuando todo está permitido y no hay posibilidad de cometer transgresiones y
herejías, se vuelve mucho más aburrido. Esa es la pura verdad.
Por
eso estoy convencido de que viene un tiempo maravilloso para los creadores de
ficciones y para los mártires que se sacrifican por una causa noble. Ya veréis qué buenas novelas y qué películas más interesantes se van
a hacer a partir de la entrada en vigor de la bien llamada Ley Mordaza. Y no
solo van a ser buenas las obras que se creen durante el tiempo que esté
vigente, sino que su estela perdurará. Los creadores de ficciones del
futuro no dejarán de volver a relatar aquellos años oscuros en los una serie de
políticos corruptos arrebataron los derechos fundamentales a los españoles con
la complacencia de una gran parte de la ciudadanía que obstinadamente seguía
manteniéndolos en el poder. Seguro que dentro de unas décadas habrá una serie
estupenda con gran éxito de audiencia que recreará estos tiempos aciagos, algo
así como Follar en tiempos confusos.
Esto no ha hecho nada más que empezar y ya estoy emocionadísimo, y no quiero emocionarme demasiado por si al final todo esto queda en nada, que lo mismo viene en cualquier momento el Tribunal de Estrasburgo o cualquier otro organismo internacional de esos que velan por los derechos humanos y nos jode la fiesta.
Esto no ha hecho nada más que empezar y ya estoy emocionadísimo, y no quiero emocionarme demasiado por si al final todo esto queda en nada, que lo mismo viene en cualquier momento el Tribunal de Estrasburgo o cualquier otro organismo internacional de esos que velan por los derechos humanos y nos jode la fiesta.
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