sábado, 15 de febrero de 2014

De esas veces

De esas veces, ya sabéis, que se te junta todo. Porque tienes la casa patas arriba, la compra sin hacer y dos bombillas que cambiar. Y tienes además que llamar al técnico para que te arregle la bomba de calor, que murió hace un par de días. La visita al banco la llevas retrasando un par de semanas y deberías ir cuanto antes si no quieres que se te pase la fecha. Un colega tuyo espera que le llames porque le prometiste que le ibas a ayudar a no sé qué una de estas tardes. Pero tienes un montón de curro atrasado, que parece que cría y se multiplica: temas que preparar, libros que leer, exámenes que corregir… Para colmo, tu madre te llama y te dice que tienes que pasarte a verla porque le tienes que cambiar unos enchufes y colocar no sé qué mueble. Cuelgas el teléfono y el gato te dice miau. Te recuerda que hace al menos diez días que deberías haberlo llevado a que lo vacunaran.

Me suele pasar entonces una cosa curiosa: me bloqueo, me descoloco, me siento desconcertado y no sé por dónde empezar. Y me dejo caer en el sofá, dando gracias al cielo por no tener hijos. Enciendo la televisión y me pongo a zapear haciendo un tour absurdo por la ruta de la TDT, tan rápido que no llego a enterarme bien de lo que dan en ninguna cadena, hasta que encuentro la mayor basura, la que menos exija pensar, a ser posible algún deporte, y me dejo llevar por la imparable y sinuosa corriente del tiempo.

Supongo que ahora estoy en una de esas veces, aunque no por el curro atrasado ni por las tareas domésticas ni por los compromisos ineludibles. Me pasa con toda esta mierda que me rodea, un país inundado de mierda hasta los bordes en el que hay tanto que hacer, tantos frentes abiertos, tantas ignominias que combatir que desde hace más de un año me siento bloqueado, descolocado, desconcertado, sin saber por dónde empezar.

Mis momentos de bloqueo por asuntos domésticos pueden durar uno o dos días, pero siempre terminan de manera abrupta, intempestiva, cuando comprendo que me voy a meter en un lío, que las tareas me siguen esperando y que va a ser peor si no hago nada. Es entonces cuando arrojo el mando de la televisión donde no pueda encontrarlo, me incorporo decidido, con energías renovadas, y de forma ordenada y planificada resuelvo todos y cada uno de los problemas que me habían tumbado.

Por esto es por lo que pienso que en cualquier momento saldré de mi letargo y haré algo.

Pero no me engaño demasiado. A veces me confieso que no me siento bloqueado, descolocado, desconcertado, sino noqueado.

sábado, 8 de febrero de 2014

La suerte de ser intelectual

La palabra intelectual tiene ciertas connotaciones elitistas que no comparto. El diccionario, en principio, tampoco. Así se define en el DRAE: “Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. Mi idea del intelectual no es elitista ni mucho menos pedante. Para mí un intelectual es aquel que invierte o pierde una parte importante de su tiempo en el estudio, la lectura, la escritura, el arte o el conocimiento, en mi caso, decididamente humanístico. Nadie ha descrito esta idea tan bien como José Luis Cuerda en Amanece, que no es poco, cuando Varela, un joven labrador, le dice a su amigo Morencos, que es labrador a la par que intelectual, lo siguiente: “Yo es que he pensado que a mí también me gustaría ser intelectual, como no tengo nada que perder. Mira tú, labras como todo el mundo, con la misma fuerza y sin torcerte, sigues siendo una persona sencilla, llevas dos o tres inviernos que ni un mal constipado, y si, además, se puede hacer lo que haces con la mujer del médico… Leer novelas sin estropearlas, decir glande, víscera, paradigmático… Pues no sé, chico, no sé, pero yo no le veo más que ventajas a esto de ser intelectual.”

A lo mejor alguien piensa que lo de los labradores intelectuales es una humorada de Cuerda, pero, como él mismo ha contado en varias ocasiones, muchas de las escenas que nos parecen disparatadas en algunas de sus películas están tomadas directamente del natural. Mi padre, sin ir más lejos, era un labrador intelectual como Morencos. Volvía del trabajo y, si no estaba en el bar rellenando crucigramas, andaba por mi casa con un libro entre las manos. Y en las temporadas que le daba por descuidar la labranza, se pasaba las noches insomnes leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, a la manera del famoso hidalgo manchego. Por suerte, lo de ser labrador no consiguió contagiármelo, pero sí su pasión por la lectura.

Y es ahora, en estos terribles tiempos de crisis, cuando más estoy dándome cuenta de la suerte que tengo de haberme hecho intelectual. En los malos tiempos puedes comprar pocos libros, es cierto, pero el intelectual no es el que compra libros, sino el que los lee, y las bibliotecas e Internet están abarrotados de libros, tantos que ni en varias vidas podrías dar cuenta de ellos. Y con el cine y la música, que suelen ser nuestras aficiones complementarias, pasa otro tanto de lo mismo. Por eso los tiempos de crisis no son tan duros para nosotros. Qué pena me dan todos esos que eligieron como hobbies los coches caros, las motos de gran cilindrada, los viajes sibaritas o los deportes costosos. Mientras ellos no saben qué hacer si no tienen un euro en el bolsillo, nosotros, los intelectuales, estamos tan felices en nuestro rincón, viendo una serie americana en streaming, escuchando un disco nuevo en Spotify o devorando un libro de bolsillo ictérico y descuadernado.

sábado, 18 de enero de 2014

El final de la crisis

Menos mal que al final todo esto de la crisis ha quedado en un susto. Cuatro o cinco años de apretarse el cinturón que se han pasado volando. Es cierto que muchos han perdido sus puestos de trabajo, sus casas, un montón de derechos sociales, gran parte de su nómina o sus ahorros, pero qué es todo eso a cambio de una España renovada que vuelve a ofrecer un sinfín de oportunidades a los inversores extranjeros. Todo lo malo que hemos tenido que soportar ha merecido finalmente la pena y probablemente, a la larga, nos enseñará una lección, no sé cuál, pero eso es lo de menos que alguna habrá.

Y lo bonito que ha sido el final de la crisis. Qué bonito, madre mía, y nos lo queríamos perder. Ni en nuestros mejores sueños nos podíamos haber imaginado algo así. Es cierto que al Gobierno casi se le va de las manos, que fue una torpeza imperdonable encomendarle al ministro De Guindos la misión de anunciar el final de la crisis. Delegar tamaña responsabilidad en un ministro que parece un personaje de Ibáñez con halitosis y olor a sobaquera no era, desde luego, lo mejor que se le podía haber ocurrido al esforzado gabinete de prensa de Rajoy, que cuenta entre sus muchos logros con innovaciones en el campo de las estrategias de comunicación tan epatantes como las ruedas de prensa a través de una pantalla de plasma. Afortunadamente el encuentro con Obama ha venido como agua de mayo para arreglar el desaguisado de De Guindos.

No sé si habrá sido por suerte o fruto de una decisión acertada –que cuando se toman tantas decisiones siempre hay alguna, aunque sea por una simple cuestión estadística, que sale bien–, pero es innegable el golpe de efecto que ha supuesto que Mariano Rajoy haya viajado a Estados Unidos a darle la buena nueva a Obama para que este pudiera felicitarle y bendecir su programa de reformas desde el despacho oval y con el marco incomparable de la Casa Blanca. Qué bonito todo: las fotos, los saludos, las inevitables sonrisas de dos personas que quieren hablar y no comparten la misma lengua. A destacar ese momento histórico en el que Obama y su homologuillo español intercambiaron regalos como muestra de amistad. Nuestro orgulloso presidente le hizo entrega de tres facsímiles de documentos históricos, a saber, una carta de Núñez de Balboa a los Reyes Católicos, una biografía de Colón y un mapa de la época del descubrimiento, y el líder omnímodo mundial, por su parte, le correspondió obsequiándole con una caja enterita y sin abrir de M&M’S, que ya sabéis que son geniales porque se derriten en tu boca y no en tu mano. Que habrá quien piense que hay un poco de desproporción, y puede que en cierta manera la haya, pero no olvidemos que Obama es el Premio Nobel de la Paz que decide los países del mundo que tienen que ser invadidos y Rajoy, el que manda las tropas sin rechistar.

Más allá de la belleza y significación de esta fastuosa reunión bilateral, lo importante es que el final de la crisis ya es oficial. Se ha acabado, es así, mal que les pese a algunos fanáticos de la izquierda radical y a los nostálgicos de la kale borroka, que ya no saben qué inventar para seguir liándola por un quítame allá esas pajas. No otra cosa debe de ser el revuelo que se ha armado por unos aparcamientos y un bulevar en un barrio de tres al cuarto de Burgos, una ciudad que, vista la catedral, comido el cordero asado y comprado el queso de marras, a casi todos nos importa un pimiento.

España va bien y punto. Y al que le pique que se rasque. Ahí están las cifras para restregárselas por los morros a los pesimistas y escépticos. No he mirado hoy la prima de riesgo, pero estaba bajando tanto estos días que seguro que ya nos sale a devolver. Y en la Bolsa el Ibex 35, sea lo que sea eso, sube como la espuma y no hay quien lo pare. A muchos grandes empresarios e inversores también les va fenomenal, lo que demuestra que el que quiere puede, y que a lo mejor tendríamos que aprender de su ejemplo y no estar todo el día que si las cifras del paro, que si los recortes en sanidad, que si los desahucios, que si la masificación en las aulas, que si la subida de la luz, que si la fuga de cerebros, que si la emigración de nuestros jóvenes y demás zarandajas. Qué fácil es quejarse por todo y no hacer nada para ayudar al país, que mucho protestar pero ninguno de esos que se pasan la vida de manifestación en manifestación abre una multinacional o invierte algunos millones de euros en bonos del Tesoro para ayudar a la economía nacional. De desagradecidos y antipatriotas está el mundo lleno.

España va tan bien que, tras esta pasmosa regeneración económica, solo nos falta una regeneración moral de igual calado. La nueva reforma educativa y el consiguiente impulso del estudio de la religión católica, la prohibición del aborto, la inyección económica que resucitará la fiesta de los toros y el escarmiento que habrá que darles una vez más a los vascos y a los catalanes devolverán a nuestra patria al lugar que le corresponde.

Aún no me he decidido a dejar mi semilla en este mundo, pero siento en estos momentos el impulso de hacerlo para, algún día, poder contar a mis hijos lo bonito que fue este momento. La salida de la crisis de principios de siglo quedará en mi memoria como otro de esos grandes acontecimientos que tuve la suerte de vivir, a la altura de otras gestas tan emotivas y épicas como la victoria de la selección española en el mundial de Sudáfrica, la conquista del islote de Perejil o la participación de Rodolfo Chikilicuatre en Eurovisión.

sábado, 4 de enero de 2014

Año nuevo, libro nuevo

Mi propósito para 2014 es publicar un nuevo libro al que desde hace tiempo estoy dando largas. Lleva por título Segundas personas y es una colección de relatos con la que me gustaría dejaros noqueados. Espero que pronto pueda ser una realidad. De momento trabajamos afanosamente en la maquetación…


miércoles, 1 de enero de 2014

Escenas memorables: El club de la lucha

Hace unos días empezaron a venirme a la cabeza escenas de El club de la lucha. De la película y del libro. Y me pareció una buena idea volver a leer el libro y ver de nuevo la película. Tenía la sensación de que El club de la lucha quería decirme algo. No me equivocaba.

La realidad de nuestro presente no es muy diferente de la que aparece en la ficción de Palahniuk. Si cabe, un poco peor. Porque ahora ni siquiera es fácil encontrar trabajo de camarero, taxista, mensajero o mecánico. Vivimos en un momento tan dramático que son varias las generaciones que se sienten estafadas por la realidad. La televisión, internet y los sistemas democráticos nos prometieron un mundo maravilloso donde el capitalismo nos ofrecería todo lo que siempre habíamos soñado. Y lo único que hemos conseguido es un mundo de mierda en el que aprendes a conformarte con un contrato basura, unas vacaciones en Benidorm, un sofá de Ikea y un iPhone de segunda mano.

La generación que tiene más de 50 años ya puede agarrarse con uñas y dientes a sus puestos de trabajo, que si los pierden, probablemente no tendrán ninguno más. En la de los de los treinta avanzados o los primeros cuarenta, que es en la que estoy yo, puede que muchos tengamos trabajo, pero también tenemos unas hipotecas desorbitadas que quisimos llevarnos como recuerdo de los últimos años de la burbuja inmobiliaria. Los que tienen menos de treinta y cinco no tienen mucho pasado, ni mucho futuro y su presente es casi inexistente, pero les queda mucho tiempo para ir acostumbrándose a las nuevas condiciones laborales en régimen de pseudoesclavitud que están preparando nuestros gobiernos con la recetas que les pasan desde Alemania. A muchos jóvenes de hoy me los imagino soñando con ser los próximos inquilinos de la casa de Gran Hermano para así poder colmar todas las aspiraciones de éxito que han ido incubando a lo largo de su vida.

Antes de volver a leer El club de la lucha, le di un repaso a la película, y fue al llegar a los últimos minutos de metraje cuando supe lo que estaba buscando. Por eso, estimados lectores, si estáis leyendo este post y aún no habéis visto la película ni leído el libro, os aviso de que va a haber un spoiler imperdonable.

En la escena final de la película –que no se corresponde con el final del libro–, Tyler Durden, el alter ego perverso y retorcido del protagonista, está a punto de volar los edificios donde tienen su sede las oficinas de las compañías de crédito de Estados Unidos. En la película de David Fincher, Tyler Durden le explica lo siguiente al protagonista, su yo convencional y pusilánime: “Por esas ventanas vamos a ver desplomarse la historia de las finanzas. Un paso más cerca del equilibrio económico”. El protagonista, a punto de ser derrotado por Tyler, está repantingado en una silla de oficina, apaleado, sin pantalones y con la cara llena de golpes. Mira fijamente a Tyler sin saber cómo detenerlo. A su espalda, las paredes de cristal nos dejan ver los rascacielos del área financiera. Tyler tiene una pistola y unos minutos antes se la ha metido en la boca y le ha amenazado con volarle la cabeza. Totalmente desesperado, el protagonista le ruega a Tyler que cancele la operación. Tyler ha preparado todo aquello porque piensa que es lo que él quiere, pero no es así, no es eso lo que quiere y se lo dice. Entonces Tyler se cabrea y le espeta: “¿Qué quieres? ¿Tu mierda de trabajo? ¿Estar en un pisito viendo sitcoms?”

Al final, el protagonista, a la desesperada, conseguirá frenar a Tyler pegándose un tiro en la boca, aunque será demasiado tarde. El caos ya ha puesto en marcha su maquinaria  y, en el momento en el que el protagonista, que sigue milagrosamente vivo después del disparo, le dice a Marla Singer –la desequilibrada con la que Tyler mantiene una extraña relación básicamente sexual– que no se preocupe, que está bien, que confíe en él, que todo va a salir bien, vemos a través de los grandes ventanales cómo explotan y se vienen abajo los edificios de las empresas de crédito de Estados Unidos mientras suena de fondo el Where is my mind? de los Pixies.

Al 2014 solo puedo desearle que tenga un final parecido al de la película. Espero que sea un año en el que muchos de los que se sienten estafados por la realidad no puedan controlar su parte perversa y que el sistema financiero mundial acabe hecho cascotes, literal o metafóricamente, que eso es lo de menos. Y a vosotros, que lo veáis y lo disfrutéis.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Patio de colegio

Si no trabajara con adolescentes, tal vez no recordaría la intensidad que tenía todo aquello. En los años de la adolescencia todo se magnifica. Las experiencias están nuevas, a estrenar, y cada mirada, cada comentario, cada desaire, cada insulto, cada beso, cada roce puede dar lugar al momento más maravilloso de una vida o al drama más terrible. En el mundo de los adolescentes todo está sobredimensionado por el deslumbramiento de la novedad. Yo no sé las innumerables aventuras y desventuras que pueden vivir mis alumnos de doce o trece años durante un curso. Los años de la primera adolescencia, de la pubertad, deben de ser los más intensos. Esa es al menos la percepción que yo tengo.

Observar y analizar los comportamientos de estos niños que se hacen mayores es como ver la vida a través de una lupa. Un primer amor vivido como la pasión más grande jamás soñada. O cualquier mal gesto interpretado como la mayor traición de la historia. Desde la atalaya de la edad y con las grandes dosis de cinismo que nos han hecho falta para llegar hasta aquí, esta magnificación de la vida nos puede parecer algo entre conmovedor y ridículo. Perdonable, al fin y al cabo, porque los que tenemos memoria recordamos que también estuvimos allí y no hicimos algo muy distinto de lo que hacen ellos.

Las que sí me parecen ridículas son esas personas adultas que se creen muy maduras y se comportan como los adolescentes más niñatos. Los comportamientos de los adultos que forman el personal de cualquier empresa no distan mucho de los que tienen los adolescentes en un patio de colegio. Los claustros de profesores no son una excepción. Son muchos los profesores o profesoras que  remedan los comportamientos de esos mismos adolescentes a los que miran con condescendencia. En los claustros de profesores están los profesores que no se hablan, los que hacen grupitos, los que esperan el momento de la venganza, los líderes que dejan a este y a aquel fuera de la convocatoria, los marginados… Y hay conjuras, chismes, rivalidades ridículas, puñaladas traperas, historias de amor inconfesables, rolletes que acabaron mal, traiciones por despecho, venganzas y enfados tan nimios y patéticos como el que protagonizan esas dos adolescentes que terminan en dirección después de pelearse porque una le ha dicho a la otra “ya no te junto” por vaya usted a saber qué tontería.

Lo que no saben los alumnos cuando nos ponemos serios delante de ellos y adoptamos la pose de personas rectas y cuerdas y maduras es que casi todo es fachada, fingimiento, disimulo. Que son las patas de gallo, la barriga o la pérdida de tersura de la piel lo que nos hace parecer más serios.

Si los jóvenes pudieran escuchar las conversaciones que sus padres tienen con sus amigos, si leyeran los chismes y estupideces que cuentan en el Whatsapp, tal vez se darían cuenta de que en muchos aspectos los adultos siguen siendo tan patéticos como los adolescentes. O si los pudieran observar en una noche de escapada, haciendo el imbécil en una cena de empresa o pasándose de la raya en una despedida de soltero o de soltera. Porque ser padre, o profesor, o vendedor de seguros, o periodista, o alcalde, no deja de ser representar un rol, ponerse una careta.

Lo que no saben los jóvenes es que los adultos fingimos una madurez que no siempre tenemos. Lo que no saben muchos adultos es que son tan ridículos como los adolescentes. En lo festivo no deja de ser gratificante, pero no puedo evitar sentir bochorno cuando veo que ciertas personas adultas que se imaginan muy serias y respetables siguen jugando a las confabulaciones, al “ya no te junto”, al “esta te la guardo” y a crear grupitos selectos con aquellos que mejor les bailan el agua.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Cuentos con moraleja: el chiste del cubano

Cómo me reía hace unos años contándoles este chiste a mis amiguetes procastristas:

Dos hombres que no se conocían coincidieron en los asientos contiguos de un avión y en mitad del vuelo se pusieron a charlar. En un momento dado, uno le preguntó al otro:
–¿Y usted de dónde es?
–De Cuba –respondió.
–Ah, de Cuba. ¿Y qué tal les va ahora por allí?
–No nos podemos quejar.
–Ah, pues me alegro de que os vaya mejor que antes.
–No, no me ha entendido. Lo que le digo es que en Cuba no nos podemos quejar.


Esta semana volví a toparme con el chiste en internet y el protagonista ya no era cubano, sino español. Y no me hizo tanta gracia.

Con las leyes que tenemos, ahora mismo están pidiendo cuatro años de cárcel para cinco profesores que en septiembre de 2011 se manifestaron de forma espontánea en Guadalajara. Y han sido muchos los ciudadanos que han recibido multas de 600 u 800 euros por participar en concentraciones improvisadas, una cantidad muy alta para un trabajador en apuros o un parado, que suelen ser los que acuden a este tipo de convocatorias.

La “ley mordaza” quiere imponer sanciones de hasta 30.000 euros por perturbación grave en oficios religiosos para poder multar a los que abuchean a la Cospedal cada vez que va al Corpus; o por concentrarse ante el Congreso aunque esté vacío; o por escalar un edificio público como acción protesta, que deben de ser muy peligrosos esos individuos de Greenpeace. Y las hay mayores, de hasta 600.000 euros por convocar una manifestación o por acudir a ella el día de reflexión previo a las elecciones; o incluso por celebrar un espectáculo público o una actividad recreativa que ha sido prohibida por las autoridades. Y esta es la versión light de la ley, que el proyecto inicial era más salvaje.

Vuelven los chistes de españoles, y en esos chistes siempre somos los más graciosos, pero también los más tontos.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Cuando se despertó

Cuando se despertó, la misma mierda seguía allí. Lo supo nada más encender la televisión. Se puso a ver el telediario y se asustó al comprender que toda su vida había sido un sueño, que la realidad era bien distinta y que había estado esperando pacientemente a que se despertara. Para empezar, mandaban los de siempre. Si no eran los mismos, eran sus hijos o sus nietos o sus clones, sus sosias, sus avatares. La misma mierda represora y fascistoide que había soñado que era algo de otros tiempos. Los policías no iban de gris, pero multaban y golpeaban a todos los que intentaban expresar su rechazo a las medidas de un gobierno corrupto, mafioso, endogámico e ineficaz. No tenía nada para desayunar y salió a la calle. Se sorprendió al ver a los muchachos jugando con trompos. Les preguntó si otra vez estaban de moda los trompos y no le comprendieron. Le dijeron que ellos jugaban a la peonza. Él les explicó que era lo mismo. Ellos se encogieron de hombros y el hombre continuó su camino. En un escaparate se quedó mirando a un maniquí de mujer y casi da un respingo al ver que se volvían a llevar las hombreras. Entró a un bar y pidió un café con leche y unas porras. En el lado derecho de la barra había dos hombres discutiendo sobre los últimos fichajes del Real Madrid. Eso le tranquilizó. En toda la mañana era lo único que se correspondía con el sueño que había tenido, una constante, algo que permanecía intacto. De pronto llegaron dos hombres y una mujer y se pusieron a su derecha. Se sorprendió al oírles contar maravillas sobre el papa. No quiso seguir escuchando aquella conversación, así que cogió su desayuno y se fue a una mesa. En la mesa vecina un jubilado le contaba a otro que su nieto, que era ingeniero, había tenido que emigrar a Alemania. Para tomarse su desayuno tranquilamente, el hombre intentó evadirse con la ayuda de la televisión. Lo primero que vio en la pantalla fue un anuncio en el que un niño se ponía histéricamente feliz al abrir un regalo y descubrir que era un palo, un miserable palo. El hombre se recordó a sí mismo, en su niñez, en un tiempo que creía remoto, jugando con palos a falta de mejores juguetes. En su memoria se mezclaron los recuerdos entrañables con cierto regusto amargo de precariedad y miseria. El siguiente anuncio fue aun peor. Era un anuncio navideño y en él aparecían una Monserrat Caballé que parecía recién fugada de un psiquiátrico y un Raphael seco como una mojama que más que vestido parecía amortajado. El hombre no pudo evitar pensar en Raphael con diez, con veinte, con treinta, con cien años menos cantando el ropopompom. Cuando acabó la tanda de anuncios, regresó la actualidad: manifestaciones de estudiantes, desahucios, paro… Y eso que el programa era un magazín matinal para entretener a las marujas. No le quedó más remedio que darse prisa en dar cuenta del desayuno. Después se dirigió al baño. Necesitaba lavarse la cara porque no estaba seguro de haber despertado del todo. Podría ser que todo aquello no fuera nada más que una pesadilla. Por un instante, justo antes de mirarse en el espejo, tuvo la ilusión de descubrir en su reflejo al joven que era treinta y cinco o cuarenta años antes. De haber sido así no le hubiera importado. Hubiera aceptado el trato: aquel mundo de mierda a cambio de su juventud. Pero no. En el espejo solo apareció un hombre maduro, un poco hinchado, con enormes bolsas debajo de los ojos, una papada que ni la barba conseguía disimular y una alopecia galopante. No, no había vuelto atrás en el tiempo, como no fuera en el Delorean de Michael J. Fox. Si era así, no recordaba dónde lo había aparcado. Aunque daba igual. Ahora que todos los ingenieros se habían ido de España, a ver quién cojones iba a ser capaz de arreglar un puñetero condensador de fluzo.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La fórmula de la felicidad

El principio del orden es apartar la mierda

Dejar ese trabajo que amarga tu existencia
Tachar del calendario los días que no quieres
Eliminar del mapa los sitios que aborreces
Borrar de tus archivos a los amigos que dejaron de serlo
Pasar a los que te jodieron de la agenda del móvil a la lista negra
Despreciar las creencias y las ideologías que tanto apestan
Descartar esos planes que no elegiste tú

El principio del orden es apartar la mierda

Después de la limpieza valora lo que tienes
y da un paso adelante




viernes, 1 de noviembre de 2013

Cuentos con moraleja: Las patatas del cementerio

Este es uno de esos cuentos que hace solo tres o cuatro años nos hubiera parecido totalmente desfasado, de esos tiempos pretéritos que uno pensaba que jamás volverían. Se lo escuché a mi padre muchas veces cuando era pequeño y ahora me parece oportuno recuperarlo. Supongo que es un chiste de la posguerra, aunque no sé si estará inspirado en algún relato anterior. Nunca lo he visto escrito. Lo recreo a mi antojo y basándome en el modelo que conserva mi memoria:

En los años del hambre, un pobre enterrador decidió sembrar unas patatas en la tierra libre que aún quedaba dentro de las tapias del cementerio. Cuando llegó el tiempo de sacar patatas, unos ladrones aprovecharon la oscuridad de la noche y el apartamiento del cementerio para entrar dentro impunemente y robárselas al pobre sepulturero.
    El hombre se llevó un gran disgusto, pero al año siguiente volvió intentarlo. Eran tiempos de mucha miseria y la nueva plantación clandestina del enterrador no pasó inadvertida a los amigos de lo ajeno. Por eso no fue raro que otra vez saltaran a escondidas las tapias del recinto y volvieran a esquilmarle la cosecha.
   Un año más tarde se dio otra oportunidad, aunque esta vez decidió tomar medidas. Cuando se acercaba la fecha de la recolección, el enterrador decidió quedarse por las noches en el cementerio para pillar in fraganti a los ladrones. Una de las noches escuchó ruidos y vio que varias sombras saltaban las tapias y se dirigían al patatal. Eran muchos y tuvo miedo de enfrentarse a ellos. Así que ideó una treta. Cogió una sábana blanca, se la echó por encima y se ocultó detrás de una de las lápidas. Cuando los ladrones empezaron a cavar, el enterrador salió de su escondite, comenzó a agitar la sábana y dijo con voz cavernosa y trémula:
    –Soooooy un ááááánima del oooootro muuuuuundo.
   –Eso seguro –dijo uno de los ladrones, que ni se inmutaron ni dejaron de cavar–, porque si fueras de este, estarías robando patatas como nosotros.


Me da a mí que el único disfraz de Halloween que ahora mismo puede asustar a los españoles es el disfraz del hambre. Y el que lo lleva puesto ya no le tiene miedo a nada.