viernes, 2 de septiembre de 2011

Yo quiero trabajar 20 horas semanales

Llevo ocho años trabajando como profesor de Secundaria y ahora me doy cuenta de que he dado más de lo que me pedían. Es lo que pasa cuando no te explican bien las cosas, que los profesores hacemos muchos cursos de formación, pero en ninguno te dicen en qué consiste el trabajo del día a día. Y en la oposición menos. Para la oposición solo te piden contenidos teóricos, algunos ejercicios y preparar una programación de curso que tanto el ponente como el tribunal saben que solo funcionaría en los mundos de Yupi. Nadie me dijo que solo tenía que trabajar 18 o 20 horas semanales. En estos últimos cursos he impartido 19 horas lectivas semanales. Algunos compañeros, 18. Ahora parece que nos las van a subir a 20 o 21. Supongo que esta subida servirá para felicitarnos por lo poco que protestamos cuando el año pasado nos bajaron el sueldo un 11 o un 12%. Ahora que sé que solo tengo que trabajar esas 20 horas lectivas lo veo más razonable. Menudo chollo.
Supongo que es cuestión de organizarse mejor. En los institutos nos obligan a estar en el centro 26 horas. Las horas que no son lectivas se dedican a guardias, reuniones de coordinación y atención a los padres. Para no trabajar más de 20 horas tendré que esforzarme, pero lo conseguiré. En las horas de guardia intentaré escaquearme en cuanto pueda. En las horas de coordinación con el resto de miembros de mi departamento, con el orientador o con otros tutores me llevaré algún autodefinido para entretenerme mientras practico mi gesto de estoy-totalmente-de-acuerdo-pero-voy-a-hacer-lo-que-me-dé-la-gana. Y en las horas de atención a padres intentaré que no venga ninguno dándoles largas.
Estos años también dedicaba mucho tiempo por las tardes a corregir ejercicios y exámenes. Podían haberme dicho antes que no era necesario. Aunque más vale tarde que nunca. Me han quitado un peso de encima. Probablemente, al tener más horas de clase, voy a tener algún grupo más. Y es seguro que van a subir el número de alumnos por clase. No me quiero ni imaginar las horas que me llevaría corregir tantos ejercicios y tantos exámenes. Los ejercicios los haremos en clase y los corregiremos allí mismo. Lo de corregir los exámenes en clase me va a costar más trabajo, que soy muy especialito y me gusta estar muy concentrado cuando realizo esta tarea, pero todo se andará. Supongo que tendré que mandarles que se lean algo o que hagan algún dibujo para que estén calladitos y me dejen trabajar en paz.
Y nada de quedarme sin recreo para castigar a un alumno que se ha portado mal o de mandarle una tarea que luego voy a tener que corregir. Si en el aula hay demasiado escándalo y no se puede dar clase, siempre podremos aprovechar el jolgorio y organizar una fiesta.
La burocracia es otra de las labores que no sirve para nada y que quita mucho tiempo. Ahora nos obligan a elaborar un PTI cada vez que un alumno suspende. Para los profanos: un PTI es un Plan de Trabajo Individualizado. Me he pasado tardes y tardes elaborando estos farragosos documentos que finalmente no sirven para nada. Tendré que aprobarlos a todos para no tener que hacer ninguno. Aprobándolos a todos evitaré además tener cualquier tipo de reclamación. He visto a profesores malísimos que utilizan esta misma técnica y nunca tienen ni quejas de los padres ni de los equipos directivos ni de los inspectores.
Y se acabó lo de prepararme las clases y elaborar materiales nuevos. A mí siempre me ha gustado repasar los contenidos antes de dar una clase para refrescar datos y anécdotas que ilustren el árido contenido del libro, pero eso es un trabajo por el que por lo visto no me pagan. Supondrán que con lo que estudié en la carrera y en las oposiciones será suficiente. No seré yo el que les lleve la contraria. Leeremos el libro de texto y saldremos adelante. Para resolver las dudas supongo que me bastará con mi bagaje cultural y, cómo no, con mi fecunda imaginación.
Como soy profesor de Lengua y Literatura, todos los años he seguido leyendo libros y haciendo cursos para no quedarme estancado. Ahora comprendo que es ridículo tanto esfuerzo. Con el nivel tan bajo que exigimos en las aulas tengo suficiente con lo que ya sé.
En estos años dedicados a la docencia más de un alumno me ha dicho que los profesores vivimos muy bien, que solo trabajamos por las mañanas y tenemos muchas vacaciones. ¡Angelitos! Ya sabemos cómo son los adolescentes y cómo les gusta repetir las cosas que oyen en sus casas. Al principio intentaba defender la profesión, pero desde hace unos años les doy la razón y les animo a hacerse profesores si tanto les gusta.
Este curso, después de lo que está diciendo la Esperanza Aguirre y de que en los medios de comunicación solo hablan de nuestras horas lectivas como si fuera lo único que hacemos, me espero lo peor. No me extrañaría que algún alumno me soltara que soy un vago y un caradura, que así de espontáneos y naturales son los jóvenes de hoy. Me gustaría poder darle la razón cuando suceda.

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuerdos del fascinante mundo de la construcción

Están levantando las calles que rodean mi piso por cuarta o quinta vez en los cinco años que llevo viviendo aquí. Una estuvo más que justificada, que fue para rehabilitar las calles, que estaban en un estado lamentable. Lo que no tiene justificación es que desde entonces las hayan reventado cuatro o cinco veces más para meter tubos del agua, de la luz, de ONO o de su puta madre. Ahora andan dando por culo los del gas natural. Todos estos despropósitos no solo tendrán un coste oneroso para nuestros bolsillos sino que contribuyen a amargarme uno a uno los veranos por mor del inmisericorde ruido de los taladros y al trajín constante de dúmpers, camiones y excavadoras.

Todas estas vicisitudes me traen a la memoria recuerdos de otros tiempos, esos lejanos tiempos de mi tierna juventud en los que yo también colaboré en las encomiables tareas de hacer alcantarillas, arquetas, calzadas y aceras. No voy a rememorar todos y cada uno de los trabajos ridículos que tuve que realizar en los tres veranos que pasé en la construcción porque sería interminable. Trabajaba para unos contratistas –pistoleros los llamamos en mi pueblo- y había semanas en las que me cambiaban dos o tres veces de obra. Era un peón multifunción que podía hacer las tonterías que hacía en cualquier parte.

Hoy solo me quiero acordar de los días que pasé en la finalización de un tramo de la M-40, el tramo que pasa cerca de Canillejas y el Parque Juan Carlos I (en cuyas calles, alcantarillas y lagos también tuve la fortuna de participar). Corría el verano de 1990.

Por entonces supongo que el precio de algunas obras públicas no estaría acordado y cerrado de antemano. Si no, no se entenderían las cosas que vi en aquella obra. Para empezar, la empresa constructora pedía a los contratistas para los que yo trabajaba todos los peones que podía justificar. Y en ocasiones se pasaba. Fue en la única obra en la que un encargado me echó la bronca y fue por hacer mi trabajo demasiado deprisa. Cuando se quedaba sin tajo donde ponernos, se ponía de muy mal humor. Luego salía del paso inventándose alguna tarea sin mucho sentido o mandándonos repetir algo que ya habíamos hecho.

La obra estaba llegando a su fin y hacíamos principalmente remates y tareas de limpieza. Me recuerdo durante varios días con otros compañeros limpiando de hierbas y rastrillando el mismo tramo de carretera una y otra vez. Porque había que guardar las apariencias. El encargado sabía que a veces no hacíamos nada, pero cuando se acercaba con su C15 teníamos que fingir que trabajábamos con entusiasmo, que no queríamos que se cabreara con nosotros.

Lo mejor de todo fue que, cuando se aproximaba la fecha de inauguración, había un montón de tareas de limpieza pendientes y tuvieron que contratarnos los fines de semana, que era algo que a muchos nos gustaba porque nos pagaban tres o cuatro veces más que un día normal.

Pero la gran chapuza que quería contar es una que me viene a las mientes siempre que paso por ese tramo de la M-40. Algunas veces incluso se me pasa por la cabeza la posibilidad de que den en el telediario la noticia de alguien que ha muerto electrocutado en la M-40 por apoyarse en algún quitamiedos.

El problema se lo encontraron los electricistas, pero ni ellos fueron los culpables ni entraba dentro de sus competencias solucionarlo. Cuando metían el cableado de las farolas por los tubos que van bajo tierra, se toparon con un atasco. Después de una investigación en profundidad descubrieron que en un tramo de unos 100 o 200 metros muchos de los postes de los quitamiedos habían reventado el tubo que tenía que alojar los cables. La solución hubiera sido tan sencilla como volver a cavar una zanja al lado del quitamiedos y poner tubos nuevos, pero supongo que la fecha de la inauguración se les echaba encima, supongo que la máquina que podía hacer la zanja ya no estaba allí, supongo que hacerlo a mano hubiera sido muy lento, supongo que ya habían devuelto los tubos que habían sobrado, y supongo que los electricistas tenían que acudir a otras obras y no podían esperar allí de brazos cruzados. Y supongo todo eso porque haría falta una buena justificación para la solución que buscaron a la desesperada.

Los artífices encargados de llevarla a cabo fuimos dos de los peones más jóvenes e inexpertos, un muchacho de un pueblo cercano al mío y yo, dos mancheguitos que habíamos pasado muchas horas juntos barriendo y rastrillando o fingiendo que lo hacíamos, que era mucho más extenuante. Durante un par de días trabajamos duro para que aquella chapuza llegara a buen término. Nos pusieron a las órdenes de los electricistas e hicimos lo que nos dijeron, estupefactos pero sin rechistar.

Cuando la guía y los cables de los electricistas topaban con uno de los postes, cavábamos hasta descubrir el tubo, le hacíamos un agujero –creo que era de PVC- y por el boquete sacábamos los cables. Luego hacíamos lo mismo en el otro lado del poste. Descubríamos el tubo, lo rompíamos e introducíamos los cables por el nuevo agujero bordeando el poste. Como resultado de esta operación los gruesos cables del alumbrado público quedaban sobre la tierra pegados al poste de metal. Para disimular la chapuza, el encargado nos ordenó que pusiéramos encima del cable un trocito de plástico del tubo que habíamos roto y luego tapáramos todo el despropósito con tierra asegurándonos de que quedaba bien compactada. No sé cuántos postes tuvimos que sortear de esta manera. Creo que estuvimos casi dos días con los chispas mirándonos el cogote. A mí se me hicieron eternos.

Si no se electrocuta nadie, la sorpresa se la llevarán –puede que se la hayan llevado ya- los electricistas que algún día tengan que ir a renovar el cableado. Supongo que no darán crédito y esta vez estará justificada la invectiva que estos profesionales siempre sueltan contra los colegas que les han precedido en un trabajo.

Creo que hoy las obras públicas salen a concurso –al menos aparentemente- y tienen un precio ajustado antes de llevarse a cabo, un precio que todos sabemos que es normalmente abusivo. La administración siempre paga unas facturas abultadísimas por cualquier trabajo que encarga. Las empresas tienen que pensar del dinero del Estado lo mismo que los atracadores del dinero de los bancos: que no es de nadie y tonto el que no lo coja a puñados.

En los años de construcción galopante de la burbuja inmobiliaria no he tenido la suerte de disfrutar de los placeres de la construcción. Tiene que haber sido muy divertido ver las soluciones extraordinarias que en muchas ocasiones se habrán tomado por culpa de las prisas, de los materiales de baja calidad, de la falta de cualificación de oficiales y encargados, y de los constructores sin escrúpulos. Seguro que en las reformas que se hagan en el futuro se encontrarán bajo las baldosas y detrás de los azulejos muchas sorpresas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Qué bien pensado está el mundo: el sumo pontífice

El papa: personaje universal

El papa es un personaje genial. A nadie deja indiferente, ni a los que lo quieren, que lo hacen con locura, ni a los que lo desprecian, que ven en él la figura más asquerosa y reaccionaria del planeta.

Por eso es lógico que se haya liado parda con las Jornadas Mundiales de la Juventud en la tórrida, reivindicativa y beligerante Puerta del Sol. Y es que lo que para algunos es muy “cool” (no me lo invento, así dijo hace un par de días una peregrina que le parecía la visita de Benedicto XVI) para otros es un despropósito anacrónico que se hace incluso más incomprensible en estos tiempos de crisis.

De cualquier forma, el papa es tan importante para unos como para otros, por unas u otras razones, por unas u otras filias o fobias. Es un personaje de proyección planetaria que sigue ahí a pesar del inexorable paso de los siglos.

Por cierto, antes de que se me olvide, si escribo papa con minúscula no es por minusvalorar a personaje tan eximio, sino por respetar las nuevas normas ortográficas de la RAE, que dice que los títulos, cargos o empleos de cualquier tipo deben ir en minúscula, tanto si van acompañados del nombre propio de la persona que ostenta el cargo como si no. Después de este apunte academicista, voy a  lo que iba.

El papa para los católicos

A los católicos siempre les han gustado las jerarquías, que ya bastante martirio les supone que ante Dios todos tengamos que ser iguales. Por eso se llevaron bien con los romanos (aunque al principio tuvieran sus más y sus menos). Por eso el feudalismo fue un buen caldo de cultivo para que el cristianismo se extendiera por medio mundo. Y por eso siempre han sido uña y carne de reyes, dictadores y demás sátrapas. En la Edad Media tenían jerarquías hasta en el Cielo, donde, según Dionisio Aeropagita, los ángeles se dividían en tres coros angélicos. En el primero estaban los ángeles, los arcángeles y los principados. En el segundo, las potencias, los señoríos y las dominaciones. Y en el tercero, los tronos, los querubines y los serafines. Por eso siempre les ha gustado mucho a los curas que haya distintos niveles en su organización interna e infinidad de cargos, que van desde los humildes sacristanes hasta los orondos cardenales.

Pero sin duda la gran idea fue la de tener un líder, un elegido que tendría línea directa con el Altísimo y por cuya boca solo saldrían verdades como puños gracias al don de la infalibilidad, que significa que el papa nunca se equivoca, y no que no tenga falo o que no los desee. Tampoco que los desee, que me estoy liando y al final va a parecer que ha sido mi subconsciente el que ha escrito esto. Como decía, tener un líder permanente en la Tierra, una especie de profeta que habla por boca de Dios y que todo lo que dice va a misa, ha sido lo que les ha dado ventaja y proyección mediática respecto del resto de religiones monoteístas.

Ay si los musulmanes hubieran hecho lo mismo y tuvieran un sucesor de Mahoma a la manera que los católicos tienen uno de san Pedro. A lo mejor no estaban todo el rato a la gresca entre suníes, chiíes y kurdos.

Las otras ramas del cristianismo tampoco se dieron cuenta de los buenos resultados que les podría dar esta fórmula. Los ortodoxos, por aquello de no hacerle un feo al vecino, permitieron la existencia de varios patriarcas, que es lo mismo que decir varios papas. De hecho, para ellos Ratzinger no es más que el patriarca de Roma, menosprecio que siempre se la ha traído floja a este y a todos los que le han precedido. Los ortodoxos reconocen al patriarca de Constantinopla como el más importante, pero a título honorífico, lo que es lo mismo que no decir nada. Al lado del papa de Roma, con su infalibilidad y su cargo de jefe de Estado, el patriarca de Constantinopla es una patata rusa. Y si creéis que no es cierto, decidme cómo se llama el actual, que lleva ya la friolera de 20 años en el cargo. Ni idea, ¿verdad? Pues lo buscáis en la Wikipedia que es donde lo he mirado yo.

Y los protestantes, que no son pocos, están tan divididos y faltos de coordinación que en organización y poder mediático tienen perdida la batalla con el Vaticano. Con lo listo que era Lutero y no tuvo la gran idea de crear un papa para los suyos.

Como ya he dicho antes, una de las atribuciones más destacadas y alucinantes del papa es la de ser jefe de Estado, aunque su Estado no sea nada más que una ciudad metida dentro de otra. El Vaticano realmente se llama Estado de la Ciudad del Vaticano, pero no suelen ponerlo entero en ningún sitio porque un nombre tan grande se les saldría de las fronteras. Lo importante es que con esta argucia, propia de astutos y taimados italianos, el papa se puede entrevistar con cualquier líder mundial haciéndose valer por su cargo político.

Hay otros aspectos que hacen muy atractiva la figura del papa, como, por ejemplo, el papamóvil, que viene a ser algo así como el batmóvil para Batman, o la suntuosidad y el boato que acompañan todas sus apariciones y ceremonias, pero no quiero extenderme mucho en estas frivolidades para que no se me acuse de destacar en este texto la fastuosidad y el derroche de la Iglesia en detrimento de sus aportaciones en materia de fe, que deben de ser muchas en vista las pasiones que levanta.

El papa para los ateos, agnósticos, laicos, etc.

Para los que no creen en Dios el papa es el representante de la carcundia más recalcitrante. Pero es una figura que les da mucho juego porque les sirve de blanco de todas sus críticas. Algo así como si fuera el encargado de un negocio al que quieres poner una reclamación.

En lo único que están de acuerdo católicos y laicos es en que el papa representa como nadie a la Iglesia Católica. Los laicos ven al papa viejo, desfasado, retrógrado, reaccionario y ridículo. Ni más ni menos que la imagen que tienen de la iglesia a la que representa. Por eso no va mucha gente a misa. Por eso no se ordenan muchos sacerdotes en España ni las muchachas se meten a monjas. Por eso no juntarían ni a cuatro gatos si no hicieran jornadas mundiales y apelotonaran a todos los meapilas de los países católicos europeos y de los ultracatólicos países de América Central y Sudamérica, que tienen que agradecer a los españoles que en la conquista de América les lleváramos la palabra de Dios junto con un montón de enfermedades y el amor por los trabajos de doblar la espalda.

Los laicos que saben un poco de historia no pueden comprender cómo una religión que nació entre los judíos que vivían en lo que hoy es Israel terminó teniendo su sede en Roma y un historial de despropósitos antisemitas que deja a Hitler a la altura del betún. El emperador Constantino I no sabía la que iba a liar cuando promulgó el Edicto de Milán y legalizó el cristianismo en el Imperio Romano allá por el siglo IV. Dicen algunos historiadores, probablemente laicos, que la que lo convenció fue su madre, que era la conversa, y que Constantino terminó haciéndole caso para que dejara de ponerle la cabeza como un bombo.

Los descreídos de los países occidentales no pueden soportar tanto papanatismo porque todo lo que rodea al papa les resulta grotesco: la ropa que visten los altos cargos eclesiásticos, la ostentación de riqueza en sus ceremonias, la hipocresía con la que disfrazan sus intereses torticeros o incluso el papamóvil, que es una prueba de la falta de confianza que tienen los papas actuales en que su Dios les vaya a salvar de las balas.

Pero sin duda alguna lo que menos le gusta a gran parte de la civilización actual del catolicismo es la obstinación con la que siguen rechazando el disfrute del sexo. Es normal que cuando se descubren prácticas pederastas u otro tipo de perversiones en el seno de la Iglesia la gente piense cosas raras, como que la Iglesia siempre ha sido el refugio de un montón de homosexuales reprimidos o de heterosexuales frustrados que, en ocasiones, terminan dejando aflorar sus instintos de forma traumática.

Por todo esto es por lo que muchos españoles no pueden seguir entendiendo que el Estado español siga renovando el concordato con la Santa Sede, y subvencionando no solo la JMJ, sino todo el tinglado de iglesias, monasterios, colegios concertados y seminarios que los católicos se obstinan en mantener con un coste desproporcionado a costa de las arcas del Estado, que ya sabemos todos que lo que reciben de los contribuyentes en la declaración de la renta no es suficiente y el Gobierno les da lo que les falta de tapadillo.

Un papa para todos los españoles

La importancia del papa es incuestionable. El que para unos es líder espiritual y modelo para el mundo, para otros es una figura corrupta que representa lo peor de una religión que lleva 2.000 años haciendo daño a la humanidad a cambio de contentar a unos pocos.

Pero no merece la pena darle vueltas. Mientras los curas sean los que administran las bodas, las comuniones y los bautizos, y los santos y las vírgenes de las festividades –en ese politeísmo tan propio del catolicismo-, y mientras millones de españoles, aunque sean minoría, sigan poniendo la X para darles dinero en la declaración de la renta, no se va a poder hacer nada, que por algo fuimos en tiempo de los Austrias el azote del protestantismo. Por no hablar de esa Guerra Civil que se convirtió en Cruzada para desembocar en un fascismo cuyo leitmotiv no era la raza, a la manera germana, sino el catolicismo, una variante del fascismo mucho más castiza y carpetovetónica.

El día en que el Estado español no pueda mantener el concordato con la Santa Sede, meterá los gastos de la Iglesia en Cultura, igual que ha hecho con los toros. Con la Iglesia será incluso más fácil justificar la decisión. Bastará con ponerla en el apartado de teatro subvencionado para que así pueda continuar la función.

Por eso al que esto suscribe no lo va a ver nadie entre los miles de peregrinos que quieren ver al papa ni tampoco en ninguna manifestación laica en contra de la JMJ. Hace un calor horroroso y en toda manifestación, cristiana o laica, siempre hay un montón de subnormales que te pueden echar a perder el día. La figura del papa es muy inspiradora, pero no merece ningún esfuerzo, ni siquiera para ir en su contra.

España, en esto como en tantas cosas, tiene lo que se merece.

martes, 19 de julio de 2011

Guerra Civil

Leo artículos y libros sobre la Guerra Civil y pienso que es muy cómodo desde nuestra España aburguesada del siglo XXI tomar una posición políticamente correcta acorde con nuestro orden actual. Sin embargo, nada más difícil que juzgar aquellos hechos desde el presente. Nada tiene que ver esta España con la del 36. Llevo un tiempo leyendo ensayos sobre el conflicto y ahora me doy cuenta de que todo es más complejo que decidir quiénes eran los malos y los buenos tomando como referencia nuestros valores y parámetros actuales.
Es algo así como si en el futuro alguien nos juzgara y llegara a la conclusión de que todos los que votaron a Aznar eran idiotas y que por su culpa entramos en la Guerra de Irak. O que pensara que éramos una sociedad conformista porque no hicimos una huelga general en condiciones contra Zapatero en el periodo de mayores recortes de nuestra etapa democrática y con unos índices de paro históricos. O que decidiera que eran gilipollas todos esos valencianos que refrendaron por mayoría absoluta un Gobierno implicado en casos de corrupción y que les llevó hasta el primer puesto en el ranking de autonomías endeudadas, con una deuda de 17.600 millones de euros.
Sería muy cómodo y fácil juzgarnos desde la inmunidad del futuro.
En el futuro probablemente también se preguntarán cómo pudo llegar a presidente del Gobierno un individuo sin carisma, cuestionado incluso por su propio partido, que previamente perdió dos elecciones que estaban ganadas y que se parecía el abuelo Cebolleta a pesar de sus esfuerzos por teñirse las canas. Tal vez entonces será muy fácil juzgar al electorado español y poner en tela de juicio su sentido común. Pero es que hay cosas que para entenderlas hay que vivirlas.

domingo, 17 de julio de 2011

¡Indignaos si no queréis quedaros en casa o hacer botellón!

Antes en España, si a uno las cosas le iban mal, siempre le quedaba la barra del bar para ahogar sus penas en alcohol. Hoy esa opción sale cara. Hacer vida en un bar nunca ha sido barato, pero hoy se ha convertido en algo prohibitivo. ¿Y qué hemos hecho para remediarlo? Nada. Simplemente vamos menos a los bares. O vamos lo mismo pero consumimos menos.
Ya sabemos que el paso del euro a la peseta tiene una conversión muy sencilla. Olvidaos de multiplicar por 166,386 pesetas. Es tan fácil como tener en cuenta esta equivalencia: 1 euro = 100 pesetas. Así el pan si antes costaba 50 pesetas, ahora cuesta 50 céntimos. Si una docena de huevos valía 85 pesetas, ahora son 85 céntimos. Si por ir a un concierto te cobraban 2.000 pesetas, ahora hay que soltar 20 euros. Si una novela de pasta dura costaba entre 1.500 y 2.000 pesetas, ahora está entre los 15 y los 20 euros. Y así con todo, con muy pocas excepciones. Lo cierto es que matemáticamente no nos ha costado mucho esfuerzo adaptarnos a la nueva moneda.
Luego hay excepciones, como los sueldos, en los que normalmente nos han aplicado la equivalencia rigurosa de 1 euro = 166,386 pesetas. Por lo que gente que antes cobraba unas 150.000 pesetas ahora cobra más o menos 1.000 euros.
Los bares son otra excepción, no por defecto sino por exceso. Para las listas de precios de los bares la equivalencia 100 pesetas = 1 euro solo fue el primer paso, una conversión tan sencilla como rentable. El café pasó de 100 pesetas a 1 euro, los cubatas de 400 pesetas a 4 euros, un menú de 800 pesetas a 8 euros, etc. Pero eso solo fue la primera toma de contacto con una nueva moneda con la que había que familiarizarse. Superado ese momento de adaptación, no vieron por qué no podían engordar un poco el precio en vista de que un importe de 5 euros, por ejemplo, sonaba mucho más barato que 831,93 pesetas. Por eso ahora un café cuesta 1,20 euros, un cubata entre 5 y 7 euros y casi todos los menús andan más cerca de los 10 (o los 12) que de los 8 euros con los que empezamos.
Pensando en la pasmosa sencillez de ciertas conversiones matemáticas me acordé de lo que solía ser un sueldo mediocre hace unos veinte años: 100.000 pesetas. Qué fácil resulta comparar ese importe con los 1.000 euros actuales. También había gente que cobraba 80 o 90 mil pesetas. Como hoy la hay con sueldos de 800 o 900 euros. Y había muchos que cobraban unas 120.000 pesetas como hoy muchos cobran 1.200 euros. Un sueldo en condiciones entonces podía llegar a las 200.000 pesetas, importe que se parece mucho a los 2.000 euros de hoy en día.
Mejor que la conversión de euros a pesetas o estudiar la subida del IPC anual desde entonces es calcular por equivalencias la diferencia de poder adquisitivo. Es decir, con un sueldo de tal importe qué puedes adquirir.
Hace 20 años un café valía entre 75 y 85 pesetas. Para mantener el mismo poder adquisitivo hoy debería costar entre 75 y 85 céntimos. Una Coca-Cola podía costar 120 o 150 pesetas. Hoy no debería pasar de 1,50 euros. Una cerveza te costaría entre 80 y 100 pesetas. Buscadme algún bar en el que te la den a menos de 1 euro. Un cubata valía 300 pesetas. Hoy no te cobran 3 euros ni en la hora feliz, que, por cierto, en Cataluña ya está prohibida.
Anoche mismo nos cobraron en Madrid 22,50 euros por una ración de calamares, otra de patatas bravas y dos tintos de verano. Ni eso nos hubiera costado hace diez años 3.743,68 pesetas, ni hace veinte, 2.250 pesetas.
¿Por qué se ha encarecido tanto la hostelería? ¿Les han subido mucho los impuestos? ¿Les cuesta mucho dinero contratar camareros y cocineros? ¿Quieren trabajar poco y ganar mucho?
La verdad, no lo sé. Lo único que puedo decir es que cada vez voy menos a los bares. Solo no voy nunca. Para mí los bares son un sitio para alternar con los amigos. Los días que trabajo, y no todos, tomo un café a media mañana, también por charlar un rato con los compañeros de trabajo, con los que no se quedan fumando en la calle.
Los elevados precios de los bares me devuelven a mi época de estudiante con pocos recursos. Con mis casi cuarenta años todavía tengo que andar echando cuentas para ver cuántos días al mes me puedo permitir el lujo de salir a cenar por ahí o a tomar unas copas. Los fines de semana todos los locales están más o menos llenos, pero entre semana se ve poca gente. La mayoría preferimos salir un día a gusto y quedarnos en casa el resto de la semana que salir muchos días contando los centimillos de los bolsillos.
Normal que los jóvenes hagan botellón por sistema. Lo raro es que no lo hagamos todos. A mí me da envidia. Si fuera capaz de convencer a mis amigos de que se apuntaran, no lo dudaría ni un instante.
También podríamos plantearnos hacer acampadas y organizar asambleas de clientes indignados dentro de los bares. En esas asambleas se podría debatir si deberíamos hacer algo para que los dueños de los bares ganaran menos o para que el Gobierno declarara la hostelería bien de interés social y cultural y les bajara el IVA a cambio de una negociación de precios máximos.
Si los precios de los bares fueran más asequibles, no me cabe ninguna duda de que habría mucha más clientela, más bares y, consecuentemente, más puestos de trabajo. A lo mejor hay gente que piensa que en España hay demasiados bares sin darse cuenta de que los bares forman parte de nuestra forma de entender la vida. Si perdemos los bares, no sé en qué nos vamos a diferenciar de nuestros vecinos europeos, que cada vez vienen menos por aquí por el encarecimiento de los precios. Qué bien nos han venido este año las revueltas en el norte de África para recuperar parte del turismo europeo de otros tiempos.
Habrá quien piense que sería mucho más importante y prioritario que protestáramos, por ejemplo, para que bajaran los precios de las viviendas o los abusivos intereses de los préstamos hipotecarios. Eso depende de las prioridades de cada uno. No importaría mucho que tu casa fuera un zulo si pudieras pasar gran parte del tiempo fuera. Mismamente en un bar. En otros tiempos, por ejemplo,  no era raro que los escritores trabajaran en los bares. Jardiel Poncela, que acostumbraba a escribir en cafés porque le gustaban los sitios bulliciosos para concentrarse, hoy tendría que haberse ido a un parque donde hicieran botellón para que le salieran rentables los libros.
Al final voy a terminar pensando que nos permiten que descarguemos películas, discos y videojuegos ilegalmente para que nos quedemos en casa.

Hace poco falleció el actor Antonio Gamero. Cuentan que siempre decía: “Como fuera de casa no se está en ningún sitio”. Quizá murió con él una forma de entender la vida.

domingo, 26 de junio de 2011

Mundos perdidos: Mi padre y los veranos de mi infancia

Esta es la primera vez que escribo un “Mundos perdidos” en el que me alegro de que todo lo que voy a rememorar esté muerto y enterrado.

A mí no me gustaban mucho los veranos cuando era niño. Detestaba el final del curso. Prefería ir a la escuela. No solo por aprender, que también, sino principalmente por estar con los amigos y poder jugar con ellos un rato cuando se acababan las clases. Ese era el mundo que me gustaba y que, con la llegada del verano, se acababa.
El verano eran moscas, mosquitos, calor, sed y, sobre todo, mi padre. Mi padre estaba siempre en el umbral del verano esperándome con el tractor ya en marcha.

En el campo manchego es duro trabajar en esa época del año por la severidad del calor. A mi padre, sin embargo, le parecía una época tan buena como otra cualquiera. En mi pueblo no era raro que los niños fuéramos a ayudar al campo antes incluso de hacer la primera comunión. No era el único que padecía ese calvario, aunque yo tenía la sensación de que era uno de los más puteados. Y no entiendo por qué. Mi padre no era un agricultor ni de los más trabajadores ni de los más ordenados, que siempre tenía por ahí todas las tareas a medio hacer o, simple y llanamente, manga por hombro.
Me gustaría saber por qué ese interés de mi padre en llevarme al campo constantemente. Yo creo que siempre tuvo claro que no iba a ser agricultor, así que no lo hacía por enseñarme una profesión. Hubo incluso muchas tareas que nunca me enseñó, ni siquiera cuando rondaba los veinte años. Nunca quiso que aprendiera a sembrar cereal, ni a injertar viñas, ni a podarlas, ni a nada relativamente interesante. Para mí siempre reservaba los trabajos de ayudante más ingratos.
Me gustaría pensar que todo ese sadismo que derrochó conmigo tenía como objetivo endurecerme, acostumbrarme al esfuerzo, mostrarme lo peor del mundo del trabajo físico para que me esforzara en los estudios. Si lo hubiera hecho por eso, su plan habría sido todo un éxito.
Es una pena no poder preguntárselo. Murió hace dieciocho años y me dejó de herencia un montón de preguntas sin responder. Porque a veces me da por pensar que se portó conmigo como se portó simplemente porque así le habían educado a él y seguía esa inercia. En su caso fue mucho peor, porque la terrible posguerra le impidió asistir a la escuela más allá de los pocos años en los que aprendió a leer, escribir y hacer cuentas.
En la canícula manchega hay poco que hacer, pero a mi padre no le faltaban ideas para tenerme a la solanera más de la mitad de los días de vacaciones. Mi memoria se va erosionando, pero creo recordar que escardábamos las viñas, recolectábamos melones y tomates, plantábamos azafranales y nos acercábamos a las siembras a recoger el grano. Para este último trabajo ni siquiera me necesitaba: la cosechadora segaba las mieses y luego descargaba el trigo o la cebada en el remolque. Fin del proceso.

No sé la cantidad de grillos y saltamontes que pude cazar en aquellas excursiones. A veces me pasaba horas torturándolos, supongo que para descargar mi mala leche.
Creo que a mi padre le fastidiaba un poco que ya no se segara a mano. Le encantaba rememorar el trajín que tenían durante aquellos veranos en los que no había cosechadoras: los haces, las hoces, los dediles, las trillas, los trojes… No viví ese mundo y, sin embargo, llegué a familiarizarme con toda su terminología.

Mi padre, todo un nostálgico, de lo que no me libró algunos años fue de aventar el trigo con la excusa de que la máquina no lo había dejado todo lo limpio que debía. Usábamos la aventadora de mi tío, una aventadora que funcionaba a manivela. Me recuerdo negro del sol y del polvo, asfixiado, con los pulmones saturados, muerto de sed con tal de no beber el caldo que había en la garrafa. La jornada terminaba cargando a las espaldas los costales, algo que solo pude hacer cuando fui un poco mayor y que, incluso entonces, nunca hice con desparpajo y soltura. Yo para el campo era muy poca cosa.
Mi pueblo está en la Mancha toledana, rica zona de azafranales o suertes, como las llamamos en mi pueblo. Nunca me pareció una suerte tenerlas, así que hasta el nombre de la plantación me producía rechazo. Toda mi vida he detestado que llamaran al azafrán el “oro rojo” porque solo el que lo ha trabajado sabe lo duro que es conseguir unos gramos. No se encuentran filones en la búsqueda del “oro rojo”.
Las suertes le daban mucho juego a mi padre para la programación de mis actividades veraniegas porque es el momento en el que se plantan. Un azafranal tiene una vida de unos cuatro años. Al cuarto año se elimina la plantación para poner una nueva. Los bulbos que en su día se plantaron se desentierran, se separan (en esos cuatro años se han multiplicado), se limpian y se utilizan como simiente. Cada verano pasábamos varias mañanas sacando los bulbos, que en mi pueblo llamamos “cebollas”, por similitud, que estas no son nada digestivas. Las tardes las dedicábamos a limpiarlas y a prepararlas para “ponerlas”. A la apasionante actividad de plantar un nuevo azafranal la llaman por allí “poner cebolla”. Lo bueno que tenía era que a las doce de la mañana, más o menos, mi padre daba por terminada la jornada. No lo hacía por dejarnos libre el resto del día, sino porque la “cebolla” se puede dañar por el exceso de calor. Y porque para eso echábamos a trabajar a las seis o las seis y media de la mañana.

Todavía recuerdo, en la casi total oscuridad de la noche, los primeros golpes del azadón sobre la estaca que ayudaba a mi padre a no torcerse al hacer la zanja. Los recuerdo con un escalofrío, como una actividad clandestina y siniestra.
Otro día os cuento cómo, un poco más mayor, pasé varios veranos trabajando catorce o quince horas diarias en un bar para librarme de ir tanto al campo, o cómo, más tarde, me fui a la construcción para librarme de trabajar en la hostelería todos los fines de semana de la temporada estival.
Por todo esto para mí el verano tiene connotaciones muy negativas, y mucho más el sol abrasador y el campo, con sus bichos, su polvo y sus chinas en las albarcas.

A veces aún me sucede que el malsano calor de las noches de verano me produce pesadillas y llega entonces mi padre a los pies de mi cama, arrastrando un olor de sudario y gusanera, para decirme que me vaya preparando, que nos vamos.

viernes, 17 de junio de 2011

No son parte de la solución

Para mí Zapatero no perdió toda su dignidad el día que se dio cuenta de que no iba poder llevar a cabo su programa político. La perdió al día siguiente: cuando no presentó su dimisión. Algunos le habrían llamado cobarde. Otros habríamos admirado su coherencia.
Ese mismo criterio me sirve para juzgar a toda la clase política. No recuerdo ninguna dimisión por desacuerdo con el devenir del sistema capitalista. Todos se agarran a su escaño, a su pequeña parcela de poder y se pasan cuatro años defendiéndola. Porque a eso dedican casi todo su tiempo, a la guerra mediática que les permitirá mantener su privilegiado puesto de trabajo.
Por eso no nos parece bien que los políticos vayan a la calle a manifestarse con los indignados del 15M. Estoy seguro de que serían bienvenidos si previamente presentaran su dimisión y se limpiaran el culo con el carné de su partido. Entonces empezaríamos a darles cierta credibilidad.
Algunos políticos alegarán que la reforma del sistema debe hacerse desde dentro, pero la realidad no les da la razón porque estar dentro no les ha servido de mucho. Bien saben ellos que la mayoría de sus compañeros de hemiciclo se negarán a aprobar medidas que les perjudiquen a ellos. Solo me creería la reforma desde dentro si los políticos que se reconocieran como indignados trasladaran las acciones de la revuelta ciudadana a los órganos gubernamentales. Me encantaría verlos acampando en mitad del Congreso de los Diputados, y en mitad de las cortes, asambleas o parlamentos de las diferentes comunidades autónomas. Podrían quedarse encerrados durante varios días, negarse a participar en las votaciones de sus respectivas cámaras y hacer asambleas alternativas cuando hubieran terminado las sesiones.
Solo así me podrían convencer los de IU o los verdes o los secuaces de Rosa Díez de que de verdad simpatizan con los indignados.
A los otros, a los del PP y a los del PSOE, les esperan muchas noches de insomnio. En Sol se podía leer en una pancarta: “Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir”. Esa tiene que ser la consigna.

Una transición tensa y el susto de un golpe de estado fallido les concedieron treinta años de sumisión ciudadana. Ha sido tiempo suficiente para poder demostrarnos que son demócratas de verdad. Unos porque nunca lo fueron y la historia les daba la oportunidad de redimirse. Y  otros porque por fin podían haber llevado a la práctica todo el idealismo que desperdiciaron soñando con el mayo francés y corriendo delante de los grises.
Se acabó el contrato de prácticas.
Que los patéticos tertulianos de la televisión dejen de decir que hace falta un representante del Movimiento 15M para trasladar sus propuestas a los representantes políticos. Lo que se dice en la calle está bastante claro. Y los que cobran por gobernar son los que tienen que encontrar las soluciones.

Las asambleas son una corriente de aire fresco porque por fin podemos decir en algún sitio dónde nos aprieta el zapato. Pero que no esperen de un movimiento asambleario soluciones magistrales. De ahí solo saldrán ideas vagas y utópicas que servirán de terapia a los que agitan las manos levantadas. O grupúsculos radicales que intentarán hacerse con las riendas del movimiento y contribuirán al desorden. No son las asambleas ciudadanas sino los políticos los que tienen que poner remedio a los problemas. Son ellos los que voluntariamente se han presentado a unas elecciones y nos han dicho que pueden hacerlo.
Si siguen mirando hacia otro lado, esperando a que se nos pase el berrinche y volvamos a ser dóciles y serviles, hay mucha gente dispuesta a no dejar de fastidiar. Y no van a ser todo acampadas happyflowers. Se buscarán distintas formas de hacer daño. Y es lógico que en ocasiones no sean pacíficas. Los violentos aprovechan cualquier desorden para infiltrarse. Los ultraindignados encontrarán en las escaramuzas la oportunidad para exorcizar sus frustraciones.

Muchos no apoyaremos las manifestaciones violentas, pero en el fondo pensaremos que son inevitables.
Mientras los políticos no sean parte de la solución, esto no va a parar. Porque no nos gusta lo que todos ellos representan. Ya no nos sirve la excusa de que los mecanismos del capitalismo no les permiten actuar. Que dejen sus escaños a los especuladores y a los gerifaltes de la banca si son los que mandan de verdad. Contra ellos estaríamos incluso más motivados.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cuentos con moraleja: Las ranas y el sol


A menudo las fábulas del Esopo se confunden con las de Babrio. De Babrio se conservan más de un centenar de fábulas. Están escritas en griego, aunque él, por lo poco que se sabe, debía de ser latino o romano. Algunas de sus fábulas coinciden con las de Esopo. Porque lo utilizara como fuente o porque las fuentes de ambos sean comunes. Entre las fábulas que no aparecen en Esopo encontré el otro día una pequeña joya narrativa llamada “El sol y las ranas”. No copio el texto. Como siempre aprovecho para hacer una versión propia:
Llegó la fiesta de las bodas del Sol, que siempre tenía lugar cuando llegaba el verano, y todos los animales organizaron una gran celebración. Cantaban himnos al dios Apolo y bailaban sin descanso danzas en su honor. Incluso las ranas no paraban de chapotear en la poca agua que quedaba en sus charcas. Un sapo vino a llamarles la atención:
-¿Vosotras sois idiotas? ¿Os parece que es este un momento para bailes y celebraciones? ¿No os dais cuenta de que para nosotros será una gran desgracia que el Sol se case? Si él solo ya se basta para secarnos todas las charcas, ¿qué desgracias nos esperarán si además tiene un hijo y sigue los pasos de su padre?

Babrio escribe al final una moraleja en la que viene a decir que muchas personas ilusas se alegran sobremanera de cosas que no les traerán nada más que desgracias y sinsabores. Así veo yo ahora a algunos infelices –parados, obreros, albañiles, pensionistas, estudiantes… - que esperan con una ilusión patética que gane el PP las elecciones (municipales, autonómicas y nacionales) para que una inundación de gaviotas venga a devorar los restos putrefactos de la crisis como si fueran la mejor carroña.
¿Es que no se dan cuenta de que el PSOE ya está haciendo una política durísima de recortes que bien podría haber firmado cualquier Gobierno del PP? ¿Es que acaso los ciudadanos que viven en las comunidades gobernadas por el PP gozan de un nivel de vida superior al resto de los españoles? ¿No son capaces de ver que lo único que pueden hacer los gerifaltes populares es endurecer todas esas medidas que tanto nos han disgustado a todos?
Algunos se acuerdan del sol de la burbuja inmobiliaria de la época de Aznar sin darse cuenta de que ese sol maravilloso fue el que nos terminó robando hasta el agua de los charcos.
Con esto no quiero decir que prefiero que siga gobernando el PSOE. La gente está empezando a manifestarse porque está desconcertada, porque no comprende que los políticos se lucren impunemente aprovechando su poder, que cometan las mayores tropelías sin que haya consecuencias, que caigan en el populismo e intenten disfrazar sus verdaderas intenciones con palabrería hueca, que hayan destruido las ideologías para que no sepamos bien quiénes son los nuestros. ¿Quién puede votar a unos socialistas que hacen políticas de derechas? ¿Quién se puede fiar de unos políticos de derechas que intentan engañar a los trabajadores con el señuelo del empleo cuando todos sabemos que van de farol?

El sol nos va a terminar jodiendo porque, queramos o no, siempre acaba por salir. Y se multiplicará probablemente en menos de un año en forma de invasión de gaviotas como si de un mal remake de Hitchcock se tratara. Del sol no nos libra ni dios. Así que lo único que pido es que al menos tengamos el sentido común para no andar con celebraciones.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Oiga, doctor

Yo creo que no estoy bien, doctor, que cada vez estoy peor. Una cosa es ser parte de las minorías en algunas estadísticas y otra, pensar siempre al revés. O todo el mundo está gilipollas o es que el gilipollas soy yo, que es la hipótesis más probable. Por eso estoy aquí, doctor. Me preocupa la relación dialéctica que existe entre la realidad y yo. Me explico. Nunca he sido de pensar como todo el mundo, eso es cierto. De hecho, no han sido pocas las veces que he terminado pensando lo contrario de lo que yo mismo pensaba. Sin embargo, nunca me pareció nada grave. Las veces que estaba en desacuerdo por las que estaba a favor. Por otra parte, mis periodos de inadaptación tenían una duración variable, pero siempre breve. A esta nueva crisis no le veo el final. Y nada de lo que sucede está en sintonía con lo que pienso. Todo lo veo al revés que el resto del mundo. Y no es que tenga ganas de discutir ni mucho menos. Tengo que reconocer que en otros momentos de mi vida disfrutaba llevándole la contraria a los dogmáticos, aunque solo fuera por pasar el rato, pero esa etapa ya pasó. Ahora lo que me gustaría es ser como todo el mundo y formar parte, aunque solo fuera de vez en cuando, de las mayorías. Creo que así sería más feliz. La teoría es fácil. Llevarlo a la práctica es otra cosa. Puedo disimular e incluso llevarle la corriente a la gente, pero no puedo evitar pensar lo que pienso, que es lo que verdaderamente me atormenta. Si quiere, puedo ser más concreto, aunque ya le he dicho que me pasa con cualquier tema que me plantee. Por ejemplo, lo del príncipe Guillermo. No es que me parezca una tontería perder el tiempo comentando los pormenores de una boda -cómo van los novios, qué vestidos llevan las invitadas, cuántas personas van al convite…-, que eso es lo que se hace en mi pueblo en cada boda que hay. No es eso. El problema es que no puedo aceptar que existan las monarquías, ni la británica ni la nuestra ni ninguna. O lo del País Vasco, que no es que me gusten a mí los etarras ni mucho menos, pero escucho a las partes en el tema de la legalización de Bildu y no me cabe en la cabeza que puedan ilegalizar ese partido. Si tienen en sus listas a algún delincuente, que lo detengan, que lo juzguen o que le prohíban presentarse a las elecciones, pero si no es así y en sus bases hay un rechazo explícito a la violencia, no sé por qué hay que pensar que todo es una maniobra de ETA. ¿Dónde se queda la presunción de inocencia? Si hay sospechas, lo que tienen que hacer nuestros cuerpos de seguridad es vigilarlos de cerca y esperar que cometan algún error. En nuestro pasado reciente ya se habló de unas armas de destrucción masiva que finalmente no existían para justificar la invasión de un país. No volvamos a cometer los mismos errores. Es posible que parte de la izquierda abertzale quiera optar por una vía pacífica. No digo que lo crea. Solo digo que es posible y que no los puedo criminalizar a priori. Y lo de que el ejército de Estados Unidos haya ajusticiado a Bin Laden con técnicas propias de la mafia me parece una atrocidad. Ese es el principio de la barbarie. Ya es que ni siquiera guardan las formas. La desfachatez galopante del Gobierno estadounidense es muy preocupante. Con Sadam Husein al menos se molestaron en hacer el paripé en un juicio de pega. Lo del pueblo americano también tiene tela. Que todavía me acuerdo de lo ofendidos que estaban cuando aparecieron imágenes de palestinos celebrando el ataque terrorista al World Trade Center. Y todo para haber terminado haciendo ellos lo mismo al enterarse del asesinato de Bin Laden. Luego está lo de Juan Pablo II, que es de traca. Porque que yo piense que era un ser malvado y peligroso puede ser una opinión. Pero que, para hacerlo beato, se inventen que una monja rezó a Juan Pablo II y se le curó el parkinson me parece tan forzado que no me serviría ni para un sketch de Muchachada Nui. La cobertura mediática del evento, por otra parte, me pareció un insulto a nuestra inteligencia. Y en lo del clásico o los clásicos del Real Madrid y el Barça ya rizo el rizo, que tan mal me ha parecido el juego sucio del Madrid como el teatro del Barça. Ahora, lo que no se entiende es que el Madrid propale la idea de que todos los árbitros de España están contra ellos. Bien saben los directivos del Madrid que los árbitros no se pueden comprar, que si se pudiera, ya tendrían ellos un par de docenas. Y si el fútbol le parece a la gente un deporte polémico e injusto, que se pasen al tenis, que hay ojo de halcón. ¿Se da cuenta de cómo estoy, doctor? Podría tirarme así toda la tarde. Dígame cualquier cosa que opine la mayoría y ya verá como le doy la vuelta. Sí, sí, lo de las elecciones también. Pienso que deberían perder los que las van a ganar. Y no porque crea que tengan que ganar los otros, que también pienso que deberían perderlas. Ya le digo que mi manía contradictoria está en una fase avanzada y me temo que irreversible. Y lo lamento. En otros tiempos me gustaba alimentar la controversia y discutir por discutir. Era para mí algo entre una religión y un deporte. Pero estoy cansado. Ahora me gustaría ser como aquel tipo del chiste al que le preguntaron por qué era tan viejo.  El hombre respondió que era porque nunca le llevaba  a nadie la contraria. No contento con la respuesta su interlocutor le espetó: “No será por eso”. Y el buen hombre convino: “Pues no será por eso”. Así querría ser yo. Sí, ya sé que no hay ningún medicamento que pueda curarme. Yo estaba pensando en la lobotomía. ¿Qué me dice de esa posibilidad, doctor?