sábado, 23 de marzo de 2013

Cuentos con moraleja: Historia sagrada


Hoy voy a dedicar esta sección a la mitología, que siempre nos aporta enseñanzas que resisten el paso de los siglos:

Cuentan que aquel dios nació de una virgen y que, aunque era hijo de Dios, valga la redundancia, vino al mundo en una cueva. No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento, pero más o menos debió de ser en torno al 25 de diciembre porque se dice que coincidió con el solsticio de invierno. Fue un alumbramiento tan humilde que ninguna persona de alta alcurnia asistió a contemplar el milagro, ni mucho menos ningún rey. Acudieron, eso sí, unos pastores. Según algunas versiones, pudieron ser tres.

Cuando se hizo mayor se dedicó a extender el rito del bautismo, que para él y sus seguidores representaba la resurrección del alma. Los que creían en él unas veces le llamaban Salvador y otras, Hijo de Dios. Llevó a cabo numerosos milagros, algunos tan efectistas como aquel en el que estando en una boda convirtió el agua en vino. Por cosas así llegó a ser muy célebre. Se cuenta que una vez entró en una ciudad subido en una burra mientras las multitudes le aclamaban y le recibían levantando hojas de palma.

Murió una primavera para así redimir los pecados del mundo.

Su cadáver bajó a la morada de los muertos, pero al tercer día resucitó y ascendió a los Cielos. Sus seguidores o followers estaban convencidos de que regresaría al final de los tiempos para juzgar a los hombres.

Los que creían en él no le olvidaron y, durante varios siglos, tuvo adoradores que continuaron con los rituales de bautismo que él les había enseñado. Al principio sacrificaban un toro y se bautizaban con su sangre. Más tarde, quizá por lo caro o aparatoso que resultaba el sacrificio de un toro, cambiaron la sangre del toro por agua bendita. En las entradas de los templos subterráneos donde se reunían pusieron pilas llenas de esta agua para que los devotos pudieran mojarse con ella la frente antes de entrar.

Uno de los rituales que practicaban consistía en una suerte de banquete en el que comían pan y bebían vino. El pan representaba la carne del Salvador y el vino, su sangre. Cuentan que esto es lo que les había dicho antes de morir: “Quien no coma mi cuerpo y no beba de mi sangre para hacerse uno conmigo y yo con él, no conocerá la salvación.”

Sus adoradores estaban organizados en seis niveles. El más alto era el páter, que se cubría la cabeza con un gorro frigio y llevaba una vara y un anillo.

Esta es la historia de Mitra, dios adorado por los persas.

Mitra aparece mencionado por primera vez en los Vedas, los libros sagrados del mazdeísmo, la religión que precedió al hinduismo. Puede que fueran escritos entre dos y tres milenios antes de Cristo. En estos textos Mitra aparece como una divinidad que depende del dios supremo Aura Mazda.

A mediados del segundo milenio antes de Cristo, la religión mitraica pasó de la India a Persia. En esta zona, las creencias mazdeístas contarían con profetas tan célebres como Zoroastro.

El culto a Mitra empezó a extenderse en el Imperio romano a partir del siglo II a.C. Puede que por entonces una religión mistérica resultara mucho más convincente que el sicalíptico Olimpo grecorromano, que paulatinamente iría perdiendo seguidores o followers hasta desaparecer pocos siglos más tarde.

La moraleja de esta edificante y fascinante historia es que si tienes una buena idea, ve corriendo al Registro de la Propiedad Intelectual, que si no, otros pueden apropiársela y forrarse a tu costa. En la Antigüedad, la ausencia de leyes que defendieran la propiedad intelectual solo benefició a los piratas, que ya existían entonces sin necesidad de que se hubieran inventado el eMule, el Ares o Megaupload. Los historiadores deberían estudiar si los judíos de aquellos tiempos ya tenían algo parecido al Rincón del Vago.

jueves, 7 de marzo de 2013

La vida es como IKEA


Por lo que sea, el IKEA siempre me ha resultado muy inspirador. Y no me pasa con todos los establecimientos comerciales, que el shopping nunca ha estado entre mis aficiones ni mi vena creativa se deja normalmente influenciar por los machacones reclamos publicitarios. De hecho, soy inmune a la pegadiza musiquilla del Mercadona o al eslogan manido y simplón del Media Mark, que a tantos humoristas ha inspirado.

A saber por qué IKEA siempre captó mi atención. En mis poemas se pueden rastrear algunos versos contagiados del espíritu de aquel anuncio de “la república independiente de tu casa”. Incluso su catálogo estuvo, de alguna manera, detrás del título y de la estructura que le di a mi libro de poemas Decoración de interiores. Ahí tenéis mis fuentes eruditas.

Un día de esos en los que me pongo lírico y transcendente hasta llegué a decir que la vida era como un mueble de IKEA: te dan todas las piezas desmontadas, unas instrucciones incomprensibles o inexistentes y nadie puede ayudarte porque nadie tiene ni puta idea. Esto no recuerdo haberlo escrito, así que tuvo que ser una de esas ideas de barra de bar hasta el culo de copas a las tantas de la mañana.

El IKEA también viene a simbolizar esas lecciones crueles que da la vida. Porque la vida muchas veces te trata como a esos fabricantes de muebles que creyeron que tenían que esforzarse para mejorar sus productos, utilizar maderas de calidad, arriesgar en modelos más sofisticados y mejorar la logística y el reparto a domicilio para ser más competitivos. No se dieron cuenta de que no se trataba de eso hasta que llegaron unos suecos, pusieron tres o cuatro tiendas y consiguieron que la gente hiciera cientos de kilómetros para llevarse en el maletero, así un poco de mala manera, una mesa deconstruida, una lámpara de pie tipo Lego, un felpudo estilo Bienvenido y una escobilla de váter de las que se encuentran en todos los chinos. Y es que a veces es cierto eso de que en esta vida es mejor caer en gracia que ser gracioso.

Pero esto no debe de ser solo suerte. Me da que los suecos son unos tíos listos donde los haya. Hasta en nuestra cultura popular aparecen como esos avispados que se hacen los tontos para eludir los problemas. En las novelas de Henning Mankell no parecen mucho más listos que nosotros, pero ahí lo tienes a él, a Mankell digo, que ha conseguido entrar en el disputado olimpo de los escritores de novela negra, otrora dominio absoluto de escritores americanos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett o James Ellroy. Y luego está Stieg Larsson, que no sé si pasará a la historia de la novela negra, pero al menos cuenta con el mérito de haber escalado, a título póstumo, varios ochomiles en las listas de ventas de un montón de países. No sé ahora mismo si los suecos destacan en otros campos creativos o científicos, aunque no hay que olvidar que son ellos los encargados de decidir cada año desde Estocolmo quién merece el premio Nobel de lo que sea, que ese, Alfred Nobel digo, también era sueco. Y grupos de música suecos no conozco, pero suecos son los dueños de Spotify, que no solo han conseguido que deje de comprar discos, sino también -y eso es, si cabe, más meritorio- que deje de piratearlos.

Sí, ya sé que me estoy enrollando mucho y todavía no he hablado de la mierda, que –confesadlo- es lo que estáis esperando. Estoy llegando, pero no creáis que voy a criticar a unas mentes tan industriosas y creativas, que, hasta en su momento de mayor descrédito, los suecos han venido a inspirarme un nuevo símil, porque ahora mismo no puedo dejar de pensar que el Estado español es igual que una tarta del IKEA. Llevamos más de treinta años tragándonos que es una democracia y ahora hemos comprendido que no es más que una mierda.

sábado, 23 de febrero de 2013

Dimitir


Pues aunque en este país no dimite nadie, yo me paso los días dándole vueltas a la idea de dimitir. Y más que a la idea de dimitir, que la tengo clarísima, a la forma de hacerlo. No estoy hablando de mi trabajo. Soy docente por vocación y, aunque las condiciones son cada vez más lamentables, no se me alcanza otra forma de ganarme la vida en estos momentos. También dimitiría si pudiera, que el que no dimite cuando se están haciendo las cosas mal, aunque no sea el responsable del desastre, si lo acepta, se convierte en cómplice. Pero para presentar ciertas dimisiones lo primero que hace falta es tener dinero o alguna alternativa, y no es mi caso. Como decía antes, no es al cargo de profesor al que quiero renunciar, sino al de ciudadano tonto del culo, que vaya usted a saber cómo terminé asumiéndolo un buen día.

Y es ahí donde empiezan los problemas. Porque como no sé ni dónde ni cuándo ni de qué manera adquirí la condición de ciudadano tonto del culo, no sé ni dónde ni cuándo ni de qué manera tendría que presentar mi solicitud de dimisión. Ni mucho menos a quién.

Sorprendido, a la par que admirado, me dejó hace unos días Benedicto XVI, que fue capaz de presentar su dimisión al mismísimo Dios. Era una gestión difícil, pero él al menos sabía quién lo había nombrado. Y aunque no le habrá contestado, debe de ser que en este caso el silencio administrativo es positivo. Los hay con suerte.

Creo que me voy a acercar a la manifestación que convoca hoy Marea Ciudadana a ver si entre tanta gente con ganas de dimitir a alguien se le ocurre alguna forma de hacerlo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Qué bien pensado está el mundo: Eurovegas


¡Vaya potra hemos tenido con lo de Eurovegas! Eso es suerte y lo demás tontería. Ahora que nadie tenía ni puta idea de qué industria podría reflotar España, ha venido Mr. Adelson a alumbrarnos el camino.

Cuando me enteré de que estaban pensando poner un complejo al estilo de Las Vegas en la Comunidad de Madrid, tengo que reconocer que me mosqueé un poco. A ver si me explico. Siempre me ha llamado la atención que exista un sitio como Las Vegas en un país tan mojigato como Estados Unidos, pero no hay que olvidar que los americanos son, aparte de un poco pacatos, buenos empresarios. Para el espíritu anglosajón todo forma parte de un inmenso cerdo del que todo se puede aprovechar. Y algo tenían que hacer en mitad de aquel desierto de Nevada, un territorio que, por cierto, antes fue de la corona española. ¿Y qué hicieron los españoles con él? Nada. Ni siquiera lo llegaron a colonizar completamente. ¡Para qué! Era un puto desierto. Y, sin embargo, ese territorio en manos de los norteamericanos se ha convertido en una zona próspera. Y todo gracias a consagrar la ciudad de Las Vegas al juego y a todo tipo de entretenimientos, legales o ilegales, respetables o vergonzosos. América necesitaba un sitio para poder desfogar y ese lugar no podía servir para otra cosa. Lo que no puedas hacer en ninguna parte hazlo en Las Vegas. Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. Otra de esas manifestaciones de la triple moral norteamericana: pienso una cosa, digo otra distinta y hago lo que me parece. Os contaba todo esto para que comprendáis por qué al principio me mosqueé. Me imaginé al tipo este, Mr. Adelson, mirando un mapa de Europa y pensando: “A ver dónde hay en este continente un terrenito que no valga ni para tomar por culo y en el que me dejen hacer mi santa voluntad”. Y eso, la verdad, hiere un poco el orgullo patrio. Por eso anduve un tiempo mohíno, sin saber qué pensar de todo esto. Pero estos últimos días he abierto los ojos, sobre todo desde el momento en el que me he dado cuenta de que estamos gobernados por una banda de (presuntos) mafiosos y que son esos mismos (presuntos) mafiosos los que van a ajustar toda la legislación a las componendas y exigencias de Mr. Adelson.

Todo encaja. Si hoy Las Vegas ha llegado a ser lo que es, ha sido gracias a los gángsters y a las mafias. Y si estamos gobernados por (presuntos) mafiosos tendremos que comprender que este es el tipo de cosas que hacen los mafiosos, que pretender otra cosa sería como pedirle tomates a un peral. Y qué coño, ¿es que acaso tenemos la esperanza de que vuelva a prosperar en nuestro país la industria textil? ¿La del automóvil? ¿La del carbón? ¿Es que alguien piensa que van a volver a abrir los astilleros? ¿O es que nos vamos a convertir de la noche a la mañana en un país puntero en investigación I+D? Venga ya, seamos serios: esto es lo que hay y no es esta la peor salida, que solo hay que fijarse en Las Vegas para tener esperanzas. Las Vegas no para de crecer y nunca tiene sus casinos vacíos.

No sé si por miopía o por la obsesión que tienen con lo políticamente correcto la progresía anda revuelta con este tema. Y es que, sinceramente, los progres -con los que comparto filiaciones, no lo voy a negar- muchas veces son unos cortarrollos de cuidado. Tienen una extraña tendencia a despreciar un montón de cosas divertidas. ¿Es que no se dan cuenta de que una Ciudad del Pecado en el corazón de España puede ser algo genial? Olvidémonos de los puestos de trabajo directos e indirectos que un complejo así puede generar, y de si serán de mejor o peor calidad, que ya está bien de pensar tanto en cosas serias y sesudas. Dejemos por un momento de salvar el mundo y fijémonos en el aspecto lúdico de la propuesta: casinos, espectáculos, atracciones, prostitutas, drogas, alcohol, más casinos, más espectáculos, más prostitutas… Tenéis que reconocer que no pinta nada mal y que de ahí pueden salir juergas espectaculares. Y si la Policía y la Guardia Civil ponen de su parte y hacen un poco la vista gorda para no perjudicar los intereses del negocio puede ser el no va más.

Yo estuve en Las Vegas y me lo pasé genial, y me importó un pito que fueran un montón de mafiosos los que se encargaran de dirigir aquel tinglado. No se puede ir por la vida de escrupuloso y amargado. Y con la misma buena disposición iré a Eurovegas cuando lo inauguren. A ver si os pensáis que el día que vaya de casino en casino hasta arriba de copas me voy a acordar de los tejemanejes de la calle Génova. Bastante preocupación voy a tener con no fundirme la tarjeta de crédito y acertar a volver a mi casa. Y los moñas, si no quieren venir, que se vayan a Eurodisney o a patearse los cascotes de la Acrópolis, pero que no den el coñazo, por favor.

Tampoco tenemos que olvidar que un sitio así puede convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento tanto para los telediarios como para los programas más amarillos de Tele 5: ajustes de cuentas, vendettas, sicarios, atracos, tráfico de estupefacientes, crímenes, persecuciones de coches, enterramientos en descampados… Además, si os interesa la literatura y el cine, aquí va a haber materia prima de calidad para infinidad de libros y películas. Ya me estoy imaginando las rutilantes carteleras que anunciarán los últimos estrenos del cine español: Leaving Alcorcón, Miedo y asco en Alcorcón, Resacón en Eurovegas y Torrente XIV, misión en Eurovegas. Y supongo que tendré que volver a sintonizar Telemadrid para ver CSI Alcorcón.

¿De verdad que os gustaría perderos todo esto?

lunes, 21 de enero de 2013

Progres y conservadores


Cuando hace años, joven e ingenuo, me preguntaba por qué las compañías discográficas normalmente apostaban con todo su arsenal publicitario por grupos bisoños para adolescentes con dos dedos de frente, leí que los estudios de mercado habían llegado a la conclusión de que musicalmente solo éramos influenciables hasta los 23 o 24 años. Es decir, que después de esa edad podías sentirte atraído por grupos y artistas nuevos siempre que estos tuvieran algo que ver con los que te gustaban antes.

Semejante descubrimiento no solo me sirvió para comprender el comportamiento de las casas discográficas, sino el de mucha gente que a partir de cierta edad congela su mundo y se vuelve impermeable a las novedades: los que se niegan a utilizar las nuevas tecnologías, los que no quieren saber qué es un smartphone o los que no se han acercado nunca a ver qué es eso de Facebook o Twitter y lo rechazan sin haberlo probado… A mí me recuerdan a los abuelos que en mi juventud se negaban a usar el mando a distancia de la tele y nunca querían aprender cómo funcionaba el “vidrio”. Pero no hablo solo de viejos. Conozco treintañeros con estos mismos síntomas. Y no me refiero solo al desfase tecnológico, que tampoco soy yo un fanático de las nuevas tecnologías, sino a estar en el mundo, a formar parte de. Porque ahora, nos guste o no, el mundo es en gran medida virtual, y la gente que no participa de esa otra realidad vive un poco fuera de él, extramuros. Puede que más tranquilos, pero también más aislados y marginados, algo así como los que en otros tiempos eran analfabetos y no se enteraban de lo que publicaban los periódicos. Estar en el mundo requiere un esfuerzo. Incluso a los que intentamos no perderle el paso a veces nos cuesta seguir su ritmo. Hace unos días leía que recientes estudios habían revelado que para los jóvenes las redes sociales son una parte de su vida, tan real como salir de botellón con los amigos, mientras que para los mayores que las utilizan no dejan de ser una herramienta más, más o menos útil, más o menos entretenida, pero simplemente una herramienta.

Estos días le daba vueltas a todo esto al darme cuenta de que muchas de esas personas que se consideran progresistas, esos que querrían echar a patadas al rey para que volviera la república, que piden cada día que se cambie la constitución y se resetee el estado democrático, que reclaman que de una puta vez el estado sea absolutamente laico, que creen que la gente debería dejar de creer en supersticiones y desterrar de su cabeza todos los dislates de las doctrinas religiosas, todos esos, digo, tal vez no sean tan progresistas como piensan y aparentan. Puede que solo se dediquen a mantener las ideas que incubaron durante sus años de juventud. Porque son muchos de esos progres los que ponen el grito en el cielo por algo tan estúpido y baladí como que la RAE haya cambiado tres o cuatro normas ortográficas. Ahí los tienes diciendo todo ufanos que ellos se pasan por el culo lo que diga la puñetera RAE, que van a seguir poniéndole tilde al solo, y al este, al ese y al aquel, y a guion, aunque no tenga ningún sentido porque es un diptongo, y no van a consentir que nadie en su presencia llame ye a la y griega, etcétera, etcétera. ¿Y todo eso por qué? ¿Porque son unos rebeldes que se enfrentan a la dictadura lingüística de la RAE? ¿Es que acaso pone multas al que incumple sus normas? ¿O es que es una de las pocas transgresiones que uno se puede permitir sin que le castiguen?

Supongo que no se dan cuenta de que lo que ellos exhiben como rebeldía no es más que conservadurismo puro y duro, porque las reglas ortográficas que defienden también las puso la RAE, la de hace años. Las normas ortográficas son convencionales y da lo mismo que sean unas u otras mientras haya algunas, que no hay usuario de una lengua más inconsciente que el que no respeta ninguna. Lo curioso del caso es que las nuevas normas tienden a la simplificación y son más fáciles que las anteriores. ¿No resulta ilógico rebelarse cuando te ofrecen normas más simples? Si tan rebeldes se imaginan los que desobedecen las últimas indicaciones de la RAE, ¿por qué no cuestionan, por ejemplo, la pervivencia de la puñetera e inservible hache? Rebeldes y progresistas son los alumnos de primero de la ESO, que, como vienen frescos, todavía no tienen la cabeza taponada por costumbres y prejuicios y darían cualquier cosa por poder eliminar la hache, poner bes en todas las uves, usar la jota como Juan Ramón Jiménez, y poder escribir casa y queso con ka, y cerdo y cinta con zeta. Y yo, que siempre he respetado las normas ortográficas y que a lo mejor sí soy un progre de verdad, no dudaría en darles la razón si no supiera de antemano que la mayoría de vosotros os negarías aceptarlo.

domingo, 13 de enero de 2013

Nuevos lanzamientos de Hecho en Lavapiés


A pesar de la crisis, la editorial Amargord sigue apostando por la poesía con diferentes colecciones, entre las que destaca Hecho en Lavapiés, la colección que dirige Hipólito García Bolo y en la que tuve la suerte de publicar mi último poemario.

Mañana, lunes 14 de enero, se presentarán los títulos que han llegado a las librerías recientemente y los que están a punto de ver la luz. También aportaremos nuestro granito de arena algunos de los poetas que publicamos en la colección en años anteriores.

Será en Madrid, en la Sala Triángulo (calle Zurita, 20, Lavapiés) a las 21 horas.


viernes, 4 de enero de 2013

Mi carta a los Reyes Magos


Vaya por delante que no creo en los Reyes Magos, pero, en fin, tampoco creo que me vaya a tocar la Primitiva y echo todas las semanas. Por eso este año decidí escribirla, casi como si de un acto poético se tratara, y más cuando pensaba escribirla con intenciones totalmente altruistas.

No la voy a trasladar entera. Para lo que os quiero contar es suficiente con que vayamos al párrafo en el que daba cuenta de mis peticiones, y es como sigue: “No pido nada para mí porque, al fin y al cabo, estoy mejor que mucha gente. A mí me gustaría hacer algo por los demás y por eso he decidido pediros que ayudéis a nuestro presidente Mariano Rajoy. Creo que en este año que viene va a necesitar mucho coraje para enfrentarse a los mercados y a los especuladores que no dejan de atacar a nuestro país, así como para hacerse valer en la Unión Europea. Tampoco le vendría mal un poco de sensibilidad para comprender a las personas más necesitadas. No puedo evitar pensar que es un hombre sin corazón cuando reduce o elimina los subsidios y no hace nada para evitar los desahucios indiscriminados. Supongo que no debe de ser fácil enfrentarse a una situación así, por lo que no quiero olvidarme de pediros que le deis también la inteligencia necesaria para que sepa resolver todos los problemas de España.”

Después de releer ese párrafo pensé que a lo mejor estaba excediéndome en mis peticiones, así que añadí lo siguiente: “Si esto no es posible, me conformo con que me mandéis un presidente nuevo.”

La firmé, la metí en un sobre y la eché al correo, y, por si Ratzinger tenía razón en eso de que los Reyes Magos eran de Tartessos, puse en el destinatario: “A los Reyes Magos de Oriente o de Andalucía”. Y creo que ahí ha estado el acierto, porque esta mañana he recibido contestación, aunque para mi sorpresa ha sido por WhatsApp, supongo que porque es más barato y menos moroso que el correo ordinario: “¡Quillo!, hasta esta mañana no hemos podío leer tu carta, que vamos este año un poco pegaos, y ya mañana tenemos todo el día apalabrao de cabalgatas, así que creo que te vamos a tener que dejar unos calsonsillos y unos carsetines como otras veses, que lo que nos pides va a ser que no. ¿Pero tú t’has dao cuenta lo que nos pides, pisha? ¿Coraje? ¿Sensibilidá? ¿Inteligensia? To el mundo sabe que lo que viene siendo el valor, el corasón y el serebro son competensia del Mago de Oz. Y la segunda petisión menos, que ustedes sabéis que a los Reyes Magos se les piden juguetitos, aparatos electrónicos y vehículos de mayor o menor tamaño, pero no personas. Jartos estamos de desirlo, que todos los años hay arguno o arguna que nos pide un tío bueno o una tía buena, como si se pudieran comprar en el Eroski. Para ese tipo de deseos, mejor las estrellas fugases. No es que sean mu de fiar, pero poco pierdes por intentarlo. Ya sabes, para el año que viene pide argo más concreto. No se pue pedir saber alemán, como está pidiendo to er mundo este año, pero sí un curso de esos por fassículos pa aprender alemán. No se pue pedir encontrar trabajo en otro país, pero sí un billete de avión pa pirarte. Y tampoco pidáis lo de la lotería, que eso es cosa de San Pancrasio, que nosotros no queremos abarcarlo todo como Telepizza.”

La verdad es que, como no esperaba nada de nada, los calcetines y los calzoncillos van a colmar todas mis expectativas. Para lo otro voy a probar con el GPS, que lo veo más práctico que esperar una estrella fugaz. A ver si poniendo País de Oz como destino hay suerte.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Cuentos con moraleja: El cuento de los dos sastres


Vuelvo a entresacar una historia de esa estupenda recopilación de relatos que hizo Jean-Claude Carrière y tituló El círculo de los mentirosos. Aunque ya sabéis que acomodo la historia a mis palabras y la recreo a mi antojo y arbitrio:

     Dos sastres judíos trabajaban de sol a sol en un pequeño y humilde taller de un barrio suburbial de Londres. Llevaban allí desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, aunque habían pasado ya más de dos décadas, todavía recordaban los tiempos en los que habían llevado una vida más próspera y sus negocios contaban con la clientela más selecta de Berlín.
    Ahora, sin embargo, se pasaban el día midiendo, cortando y cosiendo sin descanso y apenas les llegaba para malcomer. Llevaban tantos años trabajando juntos en soledad que poco les quedaba por contarse, pero el aburrimiento llegaba a veces a ser tan insoportable que se esforzaban por hablar de cualquier cosa. Puede que por esa razón aquel día uno de los sastres decidiera comenzar la conversación con una pregunta para la que ya conocía la respuesta de antemano:
    -¿Vas a ir de vacaciones a algún sitio este año?
    El otro tardó unos segundos en contestar, pero finalmente dijo:
    -No, qué va. Ya me fui de vacaciones el año pasado.
   El sastre que había hecho la pregunta se quedó pensando. No recordaba que su compañero se hubiera ido de vacaciones a ninguna parte. Ni el año pasado ni nunca desde que vivían en Londres. Ni siquiera que hubiera librado ningún día.
    -¿El año pasado? –preguntó escéptico.
    -Sí, el año pasado. Estuve quince días en el extranjero.
    -¿Y dónde fuiste?
    -A la India. ¿No te acuerdas? El príncipe de la India me invitó a ir con él a cazar el tigre de Bengala y acepté. Me sorprende que no lo recuerdes.
    -La verdad es que no –repuso intrigado el sastre, que dejó de trabajar para poder seguir la conversación con mayor atención-. ¿Y cómo fue? A ver si contándomelo me viene a la memoria.
    -Pues fue increíble –se lanzó el otro, que también dejó de coser para poder concentrarse en el relato de sus aventuras-. Me invitó a su palacio de Darjeeling y me ofreció todos los manjares y placeres de los que goza la realeza en la India. Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a cazar el tigre de Bengala. Nuestros ojeadores cabalgaban a lomos de espléndidos caballos, pero para el príncipe y para mí habían reservado dos majestuosos elefantes con los que nos adentramos en la montaña. Cuando estábamos en la zona más solitaria de la cordillera, apareció un tigre tan grande que incluso los ojeadores más veteranos se sorprendieron. Los caballos se dieron a la fuga y mi elefante se asustó tanto que se encabritó y fui a dar con mis huesos en el suelo. De nada me sirvió que el príncipe me hubiera dejado su mejor escopeta. Se me escapó de las manos y no me dio tiempo a recuperarla. Antes de poder incorporarme, la bestia se abalanzó sobre mí y me devoró.
    -¿Te devoró, dices? –preguntó el otro sastre totalmente estupefacto.
  -Completamente. Tanto es así que los sirvientes del príncipe no pudieron recuperar ni un pedacito de mi cuerpo.
    El sastre que escuchaba la historia perdió de repente la compostura y le gritó:
    -¡Pero qué estupideces me estás contando! ¿Te piensas que soy idiota o qué? Ni te fuiste de vacaciones, ni has ido al extranjero desde hace por lo menos veinte años, ni en tu vida has conocido a un príncipe. ¡Ni mucho menos te pudo devorar un tigre de Bengala! ¡O es que no ves que estás vivo!
    El sastre que acababa de contar la delirante historia de sus vacaciones en la India no se alteró por los gritos de su compañero. Retomó la costura, empezó a coser y dijo:
    -¿A esto le llamas tú vida?

En vez de una moraleja, lo que se me ocurre en esta ocasión es una versión alternativa y actualizada de la historia. Podemos imaginar a dos amigos que han ido juntos a la cola del paro y esperan su turno. Uno de ellos le está contando al otro todas las penurias que está pasando para llegar a fin de mes, los pocos días que le quedan para que se le acabe el subsidio de desempleo, el miedo que tiene a no encontrar trabajo antes de que lo desahucien, la incertidumbre que siente sobre el futuro de sus hijos, la posibilidad de que tengan que ir a pedir ayuda a un banco de alimentos, la impotencia por no poder hacer más de lo que está haciendo… De pronto el otro le corta y le suelta:
    -Bueno, bueno, no será para tanto. Todo es relativo. Entiendo que estás en una situación desesperada, pero mucho peor fue lo del otro día y yo no me estoy quejando.
    -¿Lo del otro día? –pregunta extrañado y un poco molesto por la interrupción el que se estaba lamentando.
    -Sí, lo del 21 de diciembre. Cuando se acabó el mundo.
    -No sé qué me estás contando.
    -Sí, joder, que no quisimos creernos la profecía de los mayas y así nos pasó. Que no tomamos ninguna medida y cuando el asteroide se precipitó sobre la Tierra, una gran convulsión mucho mayor que cualquier terremoto que hubiéramos podido imaginar acabó con todos nosotros. La Tierra se empezó a resquebrajar por todas partes y los volcanes entraron en erupción. El que no se despeñó por alguna de las grietas murió abrasado por las llamas o por los ríos de lava que arrasaban la corteza terrestre. Y los que no acabaron despeñados o abrasados fueron engullidos por los terribles tsunamis que asolaron todas las zonas costeras.
    -¿Pero qué dices, colega? ¿El fin del mundo? ¡Pero si no pasó nada! Fue cosa de risa. Para hacer bromas y chistes nada más.
   -¿Chistes? Sí, menudo chiste. ¿A ti te parece un chiste lo que te acabo de contar? Créeme. El fin del mundo llegó el 21 de diciembre de 2012 y no quedó ni un bicho viviente sobre la faz de la Tierra.
    -Tú lo flipas, colega. ¿Es que no ves que el mundo está igual que antes y que la vida sigue?
    -¿Y tú le llamas vida a esta mierda de existencia que nos espera?

martes, 4 de diciembre de 2012

Mentideros


No me parece raro que cada vez haya más gente que se aleje del flujo fétido y podrido de la información y deje de ver el telediario y solo sintonice Kiss FM y nunca lea la prensa y abandone para siempre los mentideros virtuales. Hace tiempo que Facebook y Twitter arrastran en su corriente más mierda de la que muchas personas pueden soportar. Son demasiados gigas de infamia y de miseria, moral o económica, que no sé cuál es más dramática.

Los mentideros virtuales han dejado de ser ese locus amoenus donde tus amiguetes te contaban algún chascarrillo, o te enseñaban las fotos de su último viaje, o te mandaban una invitación para un concierto al que finalmente no ibas, o donde construías una granja, o echabas una partida al Bubble Island, o veías el último vídeo de algún grupo de moda, o rebotabas una foto de gatitos o perritos para que todo el mundo le diera al botón de Me gusta. Puede que todo eso siga ahí, pero trufado de un montón de noticias y mensajes que de forma constante e imparable van erosionando tu optimismo hasta llevarte a la indignación o, mucho peor, a la depresión: el desmantelamiento de la sanidad pública, la precariedad lacerante de la escuela pública, las amnistías fiscales para que los corruptos y los defraudadores blanqueen su dinero, los desahucios, los rescates a la banca responsable de los mismos, las hilarantes e innumerables promesas incumplidas de un Gobierno ineficaz que no deja de cruzar una a una todas las líneas rojas que prometió no rebasar, la desvergüenza de un partido socialista que dilapidó en cuestión de meses el poco crédito que la izquierda podía conservar a estas alturas, las gilipolleces de los nacionalistas periféricos y de los españolistas salvapatrias, el uso torticero e interesado de los medios de comunicación públicos para engañar a la población, las incontables manifestaciones de ciudadanos crispados que por una u otra razón tienen que salir a la calle cada día, las cargas policiales injustificadas, la impunidad de los agentes del orden que se extralimitan en sus funciones y pasan de servir y proteger a machacar y torturar, los execrables indultos para los pocos policías que son condenados por estos hechos, o los que adjudica el Gobierno para librar de la cárcel a esos empresarios amiguetes a los que todo su dinero y los mejores abogados no les valieron para burlar el celo del poder judicial, las desmesuradas tasas judiciales que dejarán indefensas a las clases medias y bajas, que también padecerán las restricciones en las leyes del aborto porque no tendrán dinero para irse a Londres como han hecho siempre las familias como Dios manda, la desvergüenza de un monarca que, indolente, se va a cazar elefantes mientras España naufraga en un mar de mierda, la ignominia de un sistema judicial incapaz de condenar a los miembros de la familia real implicados en casos de corrupción por el mero hecho de pertenecer a ella, la inmoralidad de una clase política que gasta nuestro dinero en pagarse jubilaciones inmerecidas y dietas desorbitadas y que luego tiene los santos cojones de llamar golpistas a los ciudadanos indignados que rodean el Congreso de forma pacífica, o de soltar que los jóvenes que se van de España para buscar trabajo en el extranjero lo hacen por su espíritu aventurero, o de decir que lo que tienen que hacer los españoles es ir a echar la papeleta en la urna cada cuatro años y luego estarse calladitos, o que gritan en el Congreso que se jodan los parados.

¿Necesitáis que siga con la retahíla? Porque hay más. Todavía no he hablado de Díaz Ferrán, el expresidente de la patronal que exigía a los trabajadores trabajar más y cobrar menos mientras él se dedicaba presuntamente a arruinar empresas y a lavar dinero negro, ni de los lavamanos de los políticos en escándalos palmarios como el del Madrid Arena, ni de las mentiras y salvajadas que escupen por la boca los fachas a sueldo del TDT Party. Y todo esto lo digo así un poco de memoria, que si hiciera un trabajo previo de documentación me saldría una saga de esas gordas con varios tomos de tapas duras.

Por todo esto es por lo que decía al principio que es normal que la gente recurra al ostracismo para huir de una realidad que les aterra. Más raro me parece a mí que algunos podamos soportarlo. Supongo que todo es tan grotesco y desmesurado que llega un momento en que ya te empieza a hacer gracia, siempre que lo que veas no sea a la policía viniendo a desahuciarte o a tu jefe intentando explicarte en qué consiste la nueva reforma laboral. El otro día veía un vídeo en El intermedio que recopilaba todas las promesas incumplidas de Rajoy y sus secuaces y no pude evitar que me diera la risa. Y es que parecía una parodia pensada por algún humorista para caricaturizar a la clase política. Lo terrible es que no lo era y que son nuestros gobernantes los que rellenan las horas de los programas de humor, que ya solo tienen que hacer el esfuerzo de poner una cámara y darle al rec.

Y los otros, los que apoyan al Gobierno, ¿cómo es posible que soporten todo esto? Me refiero a los que les votaron, les votan y les votarán. Supongo que lo de la derecha facha y eclesiástica es una cuestión de estupidez o simple miopía. Lo de los liberales neocón me temo que debe de ser ese cinismo que bien pueden cultivar los que nunca han tenido ni tendrán problemas para pagar las facturas.

¿Y en los otros mentideros, los que son cara a cara, de tú a tú, qué se dice? Porque ahí siguen, sin necesidad de muros ni de followers, en las barras de los bares y en los corrillos de fumadores a las puertas de los establecimientos públicos. Pues más o menos lo mismo, aunque quizá con un lenguaje más soez. Porque es verdad que los tacos y los insultos tienen mejor acomodo en la palabra hablada y que escritos suenan más gruesos y ofensivos. Por eso con la misma información, en esos foros, se llega un poco más lejos y se piensan soluciones más drásticas: habría que coger una escopeta y liarse a tiros, no entiendo que no salga la gente a la calle y arrase con todo, si habría que liarse la manta a la cabeza y ponerse a atracar bancos o montar un grupo terrorista y llevarse a unos pocos hijos de puta por delante… Y estas cosas no se escriben porque, como decía antes, lo que se escribe siempre suena más recio que en voz alta. Todavía no han dado con el emoticono para indicar que lo que dices lo dices en broma aunque lo pienses en serio.

Hasta ahora he escuchado decir estas salvajadas a probos ciudadanos, a tipos que, como yo, nunca han matado una mosca ni parece que vayan a matarla, a gente que busca en las palabras un alivio momentáneo a tanta frustración. Pero algunos emprendedores habrá por ahí con más arrestos o con mucho menos que perder que puedan llegar a conclusiones parecidas y que, como el bandido Fendetestas -que se hizo bandido porque se dio cuenta de que había un bosque sin ladrón y lo interpretó como si hubiera una vacante que ocupar-, decidan hacer suya la vacante del terror que nunca podrán ocupar los anonymous con su terrorismo virtual de pacotilla.

Puede que nada de todo esto ocurra y que el psicólogo Steven Pinker tenga razón cuando dice que formamos parte de la sociedad más pacífica de la historia, pero si sucede, yo al menos tendré muy claro quiénes son los malos y quiénes fueron los que empezaron.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Piso compartido


Durante muchos años compartí piso en Madrid. Fueron unos años de mucho trajín, especialmente en mi época de estudiante. Por una u otra razón siempre andaba cambiando de piso o de compañeros, algunos de ellos tan disparatados como entrañables.

Sin mitificar ni mixtificar el pasado, fueron tiempos muy divertidos. Pero no siempre y a todas horas. Después del cachondeo y las risas había que convivir y respetar el descanso o el trabajo de los otros, y había que pagar las facturas y el alquiler, y, especialmente, había que limpiar. Y cuando alguno no cumplía con sus obligaciones, la cosa dejaba de tener gracia.

Por eso en nuestro pequeño y a veces absurdo micromundo tuvo que entrar la ley y el orden en forma de correctivos y multas. Las más habituales eran las de limpieza. A veces tan laxas que hubo que cambiar la legislación en sucesivas reformas. Siempre para endurecerla, que había quien prefería pagar la multa a limpiar.

Con esos pequeños ajustes conseguíamos que las multas fueran efectivas y sirvieran para que cumpliéramos religiosamente con la limpieza semanal, que nunca hubo afán recaudatorio en nuestras penalizaciones. Eso por regla general. Algún compañero caradura tuve que se las ingenió para burlar las sanciones y no cumplir con su tarea. Por ejemplo, sustituyendo la limpieza semanal por una simulación en la que lo más normal era que la mierda terminara debajo de los sofás y de las alfombras.

Por culpa de uno de estos caraduras en una ocasión tuvimos que convocar el Consejo de Estado del piso, que ya se sabe que una puta jode a un pueblo entero. En aquel cónclave acordamos soluciones drásticas y castigos ejemplares para los reincidentes o para aquellos que hicieran al resto alguna putada de las gordas. A ver, no era lo mismo que alguien no limpiara y que en los bajos del sofá hubiera un universo paralelo con seres monstruosos e inquietantes que ir a llamar por teléfono y descubrir que nos lo habían cortado, y más si era porque el compañero que tenía que ir a pagar la factura se había gastado el dinero del teléfono en una fiesta loca de fin de semana. Putadas como esas merecían un castigo de dimensión inquisitorial.

El eslogan de la campaña que por entonces tenía la DGT en la televisión nos sirvió de inspiración: “Las imprudencias se pagan. Cada vez más”. Desde ese día quien hacía una “imprudencia” en perjuicio de la comunidad se arriesgaba a que se reuniera un consejo de guerra para juzgarle y condenarle de forma sumarísima. Otro día contaré las imaginativas condenas que tuvieron que padecer los que osaron sobrepasar las líneas rojas que acordamos entre todos.

Yo era de los que no solía saltarme las normas, con la excepción de algún que otro retraso sin mucha importancia en la limpieza semanal. Ya entonces era un tipo responsable, aunque no muy exigente. Tampoco creáis que andaba pasando el algodón como el mayordomo del anuncio y persiguiendo a mis compañeros de piso como si fueran mis siervos. Ni quería vivir en un palacio impoluto ni en una asquerosa pocilga. Resumiendo, que era poco exigente, pero de los que se mosqueaban si alguien no cumplía los mínimos.

Que te toque en suerte el rol de responsable en una comunidad es una putada, pero los que somos así normalmente no podemos evitarlo. Hasta que un día te hartas y lo mandas todo a hacer puñetas. Porque los que somos responsables no somos gilipollas y da mucho por culo ver cómo hay otros que no cumplen con las normas y viven tan ricamente, felices y despreocupados. Es entonces cuando te das cuenta de que eres un pringado y piensas, joder, por qué tengo que estar yo preocupándome por todo y comiéndome la cabeza. A la mierda todo, a la mierda y que le den. Me cago en el día en el que se repartieron los papeles y me tocó el de policía, que no tengo yo por qué estar diciéndole a nadie lo que tiene que hacer.

Esto sucedió varias veces, pero recuerdo especialmente una. Uno por uno, todos los compañeros de piso, fuimos dejando de hacer nuestra parte de la limpieza semanal. Pues si este no limpia, yo paso. Pues que os den, yo tampoco limpio. Pues muy bien, a tomar por el puto culo.

Los suelos estaban tapizados de mierda y pelusillas. Una pátina de polvo cubría todos los objetos, con la excepción de los ceniceros, que apenas se veían debajo de las montañas de colillas. Sobre las baldosas del cuarto de baño una sustancia viscosa hacía que las zapatillas se pegaran en el suelo a cada paso. El inodoro, de un color indeterminado, desprendía un olor nauseabundo. Los churretones del espejo apenas te mostraban el trocito justo de cara para poder afeitarte. En las habitaciones, la ropa, los libros y los desechos de cualquier tipo estaban desperdigados por todas partes. Y tanta mierda se llegó a acumular en el suelo de la cocina que me planteé seriamente ararlo y sembrar unas patatas. Los cacharros colmaban el fregadero y solo recibían un chorro de agua de urgencia cuando había que usarlos y no quedaban otros por ensuciar. Las bolsas de basura, rodeadas de escuadrones de afortunadas moscas que al fin habían encontrado la tierra prometida, se amontonaban en un rincón sin que nadie quisiera ser el rajado que echara a perder nuestro prometedor e imparable complejo de Diógenes.

Aguantamos lo que pudimos en aquella insalubre situación. Y aunque durante unos días ver cómo se acumulaba la mierda nos hizo cierta gracia llegó un momento en el que no pudimos más. Así fue como, antes de que tuviéramos que llamar a alguna ONG para pedir que nos vacunaran contra la malaria y el tifus, volvimos a reunir el consejo de Estado.

Como nadie quería limpiar aquel estropicio porque todo el mundo culpaba a los demás de lo que había sucedido, decidimos jugarnos a las cartas la limpieza. Hicimos un campeonato de mus y afortunadamente hubo justicia y perdió el que había empezado con todo aquello. Pero no importa la solución coyuntural de aquel desastre, sino que después volvimos a retomar el orden y las multas, y comprendimos que estaba bien ser responsables en la parte que nos tocaba de nuestra pequeña sociedad, y que teníamos que esforzarnos para que aquello no volviera a suceder.

Se me viene a la cabeza todo esto porque veo cómo nuestra sociedad se va a la mierda y, a pesar del éxito de las manifestaciones de ayer, me doy cuenta de que muy poca gente se esfuerza para evitarlo.


Hasta hace poco participaba en todas las huelgas que se convocaban, pero ya me he cansado. Para mucha gente la de ayer ha sido su segunda huelga en los últimos años. En el sector de la educación de Castilla-La Mancha la de ayer era una huelga más que se sumaba a todas las que llevamos. Y reconozcámoslo, el seguimiento de las huelgas en mi comunidad autónoma es muy bajo, incluso en educación, un sector de los más castigados por los recortes. Nada tiene que ver lo que pasa en Toledo, que es donde vivo, con lo que pasa en Madrid o Barcelona, que son esos lugares donde pasan cosas que luego echan por la tele. Esa ha sido la razón de mi renuncia. Cada vez que hacía huelga y veía el poco seguimiento que tenía y que mis sacrificios eran inútiles por la inconsecuencia de mis compañeros, me frustraba, me cabreaba y me juraba a mí mismo que era la última vez. Y esta vez ha sido en serio. Que les den a todos. Si esto es lo que quieren, estupendo. Estoy harto de ser el responsable, sobre todo cuando hay muchos otros que tienen mucho más que perder que yo. Y si a ellos no les importa nada vivir en esta sociedad de mierda, a mí, sinceramente, tampoco.

A lo mejor solo es cuestión de dejar que la mierda se siga acumulando hasta que llegue un momento en que no podamos respirar. Entonces tendremos que hacer algo. Todos juntos. O al menos la gran mayoría.

Sé que esto suena a excusa por no haber hecho la huelga de ayer. Nada más lejos de mi propósito. No me siento obligado a justificarme ante los demás. He pensado en no escribir sobre esto en mi blog y he llegado a la conclusión de que no hacerlo sería como si me avergonzara de mi decisión. Y si otras veces he contado aquí mi participación en huelgas, creo que es justo hacerlo también en este caso.

La única pretensión de este post es explicar el hastío que me produce ver que somos siempre los mismos tontos los que vamos a las barricadas mientras los otros echan por tierra todos nuestros esfuerzos. Sé que ahora parece que soy yo el que está en el bando de los esquiroles, y es verdad, y de alguna forma me jode –no creáis que ayer me sentí a gusto trabajando-, pero en el otro bando, el de los idealistas, hace tiempo que me siento ridículo. ¿Que me estoy haciendo mayor? Eso sí es posible. No lo niego.

He publicado estos pensamientos a toro pasado porque no quería convencer a nadie de mi postura. Puede que no sea la mejor. Solo sé que es la mejor para mi estado de ánimo actual. Tampoco quería que Alicia, mi mujer, que no está nada de acuerdo con mi decisión de no hacer huelga, o mis amigos progres e idealistas, que son los más, me echaran la bronca por desmotivar a los huelguistas, que tienen todo mi respeto y mi admiración.