domingo, 26 de junio de 2011

Mundos perdidos: Mi padre y los veranos de mi infancia

Esta es la primera vez que escribo un “Mundos perdidos” en el que me alegro de que todo lo que voy a rememorar esté muerto y enterrado.

A mí no me gustaban mucho los veranos cuando era niño. Detestaba el final del curso. Prefería ir a la escuela. No solo por aprender, que también, sino principalmente por estar con los amigos y poder jugar con ellos un rato cuando se acababan las clases. Ese era el mundo que me gustaba y que, con la llegada del verano, se acababa.
El verano eran moscas, mosquitos, calor, sed y, sobre todo, mi padre. Mi padre estaba siempre en el umbral del verano esperándome con el tractor ya en marcha.

En el campo manchego es duro trabajar en esa época del año por la severidad del calor. A mi padre, sin embargo, le parecía una época tan buena como otra cualquiera. En mi pueblo no era raro que los niños fuéramos a ayudar al campo antes incluso de hacer la primera comunión. No era el único que padecía ese calvario, aunque yo tenía la sensación de que era uno de los más puteados. Y no entiendo por qué. Mi padre no era un agricultor ni de los más trabajadores ni de los más ordenados, que siempre tenía por ahí todas las tareas a medio hacer o, simple y llanamente, manga por hombro.
Me gustaría saber por qué ese interés de mi padre en llevarme al campo constantemente. Yo creo que siempre tuvo claro que no iba a ser agricultor, así que no lo hacía por enseñarme una profesión. Hubo incluso muchas tareas que nunca me enseñó, ni siquiera cuando rondaba los veinte años. Nunca quiso que aprendiera a sembrar cereal, ni a injertar viñas, ni a podarlas, ni a nada relativamente interesante. Para mí siempre reservaba los trabajos de ayudante más ingratos.
Me gustaría pensar que todo ese sadismo que derrochó conmigo tenía como objetivo endurecerme, acostumbrarme al esfuerzo, mostrarme lo peor del mundo del trabajo físico para que me esforzara en los estudios. Si lo hubiera hecho por eso, su plan habría sido todo un éxito.
Es una pena no poder preguntárselo. Murió hace dieciocho años y me dejó de herencia un montón de preguntas sin responder. Porque a veces me da por pensar que se portó conmigo como se portó simplemente porque así le habían educado a él y seguía esa inercia. En su caso fue mucho peor, porque la terrible posguerra le impidió asistir a la escuela más allá de los pocos años en los que aprendió a leer, escribir y hacer cuentas.
En la canícula manchega hay poco que hacer, pero a mi padre no le faltaban ideas para tenerme a la solanera más de la mitad de los días de vacaciones. Mi memoria se va erosionando, pero creo recordar que escardábamos las viñas, recolectábamos melones y tomates, plantábamos azafranales y nos acercábamos a las siembras a recoger el grano. Para este último trabajo ni siquiera me necesitaba: la cosechadora segaba las mieses y luego descargaba el trigo o la cebada en el remolque. Fin del proceso.

No sé la cantidad de grillos y saltamontes que pude cazar en aquellas excursiones. A veces me pasaba horas torturándolos, supongo que para descargar mi mala leche.
Creo que a mi padre le fastidiaba un poco que ya no se segara a mano. Le encantaba rememorar el trajín que tenían durante aquellos veranos en los que no había cosechadoras: los haces, las hoces, los dediles, las trillas, los trojes… No viví ese mundo y, sin embargo, llegué a familiarizarme con toda su terminología.

Mi padre, todo un nostálgico, de lo que no me libró algunos años fue de aventar el trigo con la excusa de que la máquina no lo había dejado todo lo limpio que debía. Usábamos la aventadora de mi tío, una aventadora que funcionaba a manivela. Me recuerdo negro del sol y del polvo, asfixiado, con los pulmones saturados, muerto de sed con tal de no beber el caldo que había en la garrafa. La jornada terminaba cargando a las espaldas los costales, algo que solo pude hacer cuando fui un poco mayor y que, incluso entonces, nunca hice con desparpajo y soltura. Yo para el campo era muy poca cosa.
Mi pueblo está en la Mancha toledana, rica zona de azafranales o suertes, como las llamamos en mi pueblo. Nunca me pareció una suerte tenerlas, así que hasta el nombre de la plantación me producía rechazo. Toda mi vida he detestado que llamaran al azafrán el “oro rojo” porque solo el que lo ha trabajado sabe lo duro que es conseguir unos gramos. No se encuentran filones en la búsqueda del “oro rojo”.
Las suertes le daban mucho juego a mi padre para la programación de mis actividades veraniegas porque es el momento en el que se plantan. Un azafranal tiene una vida de unos cuatro años. Al cuarto año se elimina la plantación para poner una nueva. Los bulbos que en su día se plantaron se desentierran, se separan (en esos cuatro años se han multiplicado), se limpian y se utilizan como simiente. Cada verano pasábamos varias mañanas sacando los bulbos, que en mi pueblo llamamos “cebollas”, por similitud, que estas no son nada digestivas. Las tardes las dedicábamos a limpiarlas y a prepararlas para “ponerlas”. A la apasionante actividad de plantar un nuevo azafranal la llaman por allí “poner cebolla”. Lo bueno que tenía era que a las doce de la mañana, más o menos, mi padre daba por terminada la jornada. No lo hacía por dejarnos libre el resto del día, sino porque la “cebolla” se puede dañar por el exceso de calor. Y porque para eso echábamos a trabajar a las seis o las seis y media de la mañana.

Todavía recuerdo, en la casi total oscuridad de la noche, los primeros golpes del azadón sobre la estaca que ayudaba a mi padre a no torcerse al hacer la zanja. Los recuerdo con un escalofrío, como una actividad clandestina y siniestra.
Otro día os cuento cómo, un poco más mayor, pasé varios veranos trabajando catorce o quince horas diarias en un bar para librarme de ir tanto al campo, o cómo, más tarde, me fui a la construcción para librarme de trabajar en la hostelería todos los fines de semana de la temporada estival.
Por todo esto para mí el verano tiene connotaciones muy negativas, y mucho más el sol abrasador y el campo, con sus bichos, su polvo y sus chinas en las albarcas.

A veces aún me sucede que el malsano calor de las noches de verano me produce pesadillas y llega entonces mi padre a los pies de mi cama, arrastrando un olor de sudario y gusanera, para decirme que me vaya preparando, que nos vamos.

viernes, 17 de junio de 2011

No son parte de la solución

Para mí Zapatero no perdió toda su dignidad el día que se dio cuenta de que no iba poder llevar a cabo su programa político. La perdió al día siguiente: cuando no presentó su dimisión. Algunos le habrían llamado cobarde. Otros habríamos admirado su coherencia.
Ese mismo criterio me sirve para juzgar a toda la clase política. No recuerdo ninguna dimisión por desacuerdo con el devenir del sistema capitalista. Todos se agarran a su escaño, a su pequeña parcela de poder y se pasan cuatro años defendiéndola. Porque a eso dedican casi todo su tiempo, a la guerra mediática que les permitirá mantener su privilegiado puesto de trabajo.
Por eso no nos parece bien que los políticos vayan a la calle a manifestarse con los indignados del 15M. Estoy seguro de que serían bienvenidos si previamente presentaran su dimisión y se limpiaran el culo con el carné de su partido. Entonces empezaríamos a darles cierta credibilidad.
Algunos políticos alegarán que la reforma del sistema debe hacerse desde dentro, pero la realidad no les da la razón porque estar dentro no les ha servido de mucho. Bien saben ellos que la mayoría de sus compañeros de hemiciclo se negarán a aprobar medidas que les perjudiquen a ellos. Solo me creería la reforma desde dentro si los políticos que se reconocieran como indignados trasladaran las acciones de la revuelta ciudadana a los órganos gubernamentales. Me encantaría verlos acampando en mitad del Congreso de los Diputados, y en mitad de las cortes, asambleas o parlamentos de las diferentes comunidades autónomas. Podrían quedarse encerrados durante varios días, negarse a participar en las votaciones de sus respectivas cámaras y hacer asambleas alternativas cuando hubieran terminado las sesiones.
Solo así me podrían convencer los de IU o los verdes o los secuaces de Rosa Díez de que de verdad simpatizan con los indignados.
A los otros, a los del PP y a los del PSOE, les esperan muchas noches de insomnio. En Sol se podía leer en una pancarta: “Si no nos dejan soñar, no les dejaremos dormir”. Esa tiene que ser la consigna.

Una transición tensa y el susto de un golpe de estado fallido les concedieron treinta años de sumisión ciudadana. Ha sido tiempo suficiente para poder demostrarnos que son demócratas de verdad. Unos porque nunca lo fueron y la historia les daba la oportunidad de redimirse. Y  otros porque por fin podían haber llevado a la práctica todo el idealismo que desperdiciaron soñando con el mayo francés y corriendo delante de los grises.
Se acabó el contrato de prácticas.
Que los patéticos tertulianos de la televisión dejen de decir que hace falta un representante del Movimiento 15M para trasladar sus propuestas a los representantes políticos. Lo que se dice en la calle está bastante claro. Y los que cobran por gobernar son los que tienen que encontrar las soluciones.

Las asambleas son una corriente de aire fresco porque por fin podemos decir en algún sitio dónde nos aprieta el zapato. Pero que no esperen de un movimiento asambleario soluciones magistrales. De ahí solo saldrán ideas vagas y utópicas que servirán de terapia a los que agitan las manos levantadas. O grupúsculos radicales que intentarán hacerse con las riendas del movimiento y contribuirán al desorden. No son las asambleas ciudadanas sino los políticos los que tienen que poner remedio a los problemas. Son ellos los que voluntariamente se han presentado a unas elecciones y nos han dicho que pueden hacerlo.
Si siguen mirando hacia otro lado, esperando a que se nos pase el berrinche y volvamos a ser dóciles y serviles, hay mucha gente dispuesta a no dejar de fastidiar. Y no van a ser todo acampadas happyflowers. Se buscarán distintas formas de hacer daño. Y es lógico que en ocasiones no sean pacíficas. Los violentos aprovechan cualquier desorden para infiltrarse. Los ultraindignados encontrarán en las escaramuzas la oportunidad para exorcizar sus frustraciones.

Muchos no apoyaremos las manifestaciones violentas, pero en el fondo pensaremos que son inevitables.
Mientras los políticos no sean parte de la solución, esto no va a parar. Porque no nos gusta lo que todos ellos representan. Ya no nos sirve la excusa de que los mecanismos del capitalismo no les permiten actuar. Que dejen sus escaños a los especuladores y a los gerifaltes de la banca si son los que mandan de verdad. Contra ellos estaríamos incluso más motivados.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Cuentos con moraleja: Las ranas y el sol


A menudo las fábulas del Esopo se confunden con las de Babrio. De Babrio se conservan más de un centenar de fábulas. Están escritas en griego, aunque él, por lo poco que se sabe, debía de ser latino o romano. Algunas de sus fábulas coinciden con las de Esopo. Porque lo utilizara como fuente o porque las fuentes de ambos sean comunes. Entre las fábulas que no aparecen en Esopo encontré el otro día una pequeña joya narrativa llamada “El sol y las ranas”. No copio el texto. Como siempre aprovecho para hacer una versión propia:
Llegó la fiesta de las bodas del Sol, que siempre tenía lugar cuando llegaba el verano, y todos los animales organizaron una gran celebración. Cantaban himnos al dios Apolo y bailaban sin descanso danzas en su honor. Incluso las ranas no paraban de chapotear en la poca agua que quedaba en sus charcas. Un sapo vino a llamarles la atención:
-¿Vosotras sois idiotas? ¿Os parece que es este un momento para bailes y celebraciones? ¿No os dais cuenta de que para nosotros será una gran desgracia que el Sol se case? Si él solo ya se basta para secarnos todas las charcas, ¿qué desgracias nos esperarán si además tiene un hijo y sigue los pasos de su padre?

Babrio escribe al final una moraleja en la que viene a decir que muchas personas ilusas se alegran sobremanera de cosas que no les traerán nada más que desgracias y sinsabores. Así veo yo ahora a algunos infelices –parados, obreros, albañiles, pensionistas, estudiantes… - que esperan con una ilusión patética que gane el PP las elecciones (municipales, autonómicas y nacionales) para que una inundación de gaviotas venga a devorar los restos putrefactos de la crisis como si fueran la mejor carroña.
¿Es que no se dan cuenta de que el PSOE ya está haciendo una política durísima de recortes que bien podría haber firmado cualquier Gobierno del PP? ¿Es que acaso los ciudadanos que viven en las comunidades gobernadas por el PP gozan de un nivel de vida superior al resto de los españoles? ¿No son capaces de ver que lo único que pueden hacer los gerifaltes populares es endurecer todas esas medidas que tanto nos han disgustado a todos?
Algunos se acuerdan del sol de la burbuja inmobiliaria de la época de Aznar sin darse cuenta de que ese sol maravilloso fue el que nos terminó robando hasta el agua de los charcos.
Con esto no quiero decir que prefiero que siga gobernando el PSOE. La gente está empezando a manifestarse porque está desconcertada, porque no comprende que los políticos se lucren impunemente aprovechando su poder, que cometan las mayores tropelías sin que haya consecuencias, que caigan en el populismo e intenten disfrazar sus verdaderas intenciones con palabrería hueca, que hayan destruido las ideologías para que no sepamos bien quiénes son los nuestros. ¿Quién puede votar a unos socialistas que hacen políticas de derechas? ¿Quién se puede fiar de unos políticos de derechas que intentan engañar a los trabajadores con el señuelo del empleo cuando todos sabemos que van de farol?

El sol nos va a terminar jodiendo porque, queramos o no, siempre acaba por salir. Y se multiplicará probablemente en menos de un año en forma de invasión de gaviotas como si de un mal remake de Hitchcock se tratara. Del sol no nos libra ni dios. Así que lo único que pido es que al menos tengamos el sentido común para no andar con celebraciones.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Oiga, doctor

Yo creo que no estoy bien, doctor, que cada vez estoy peor. Una cosa es ser parte de las minorías en algunas estadísticas y otra, pensar siempre al revés. O todo el mundo está gilipollas o es que el gilipollas soy yo, que es la hipótesis más probable. Por eso estoy aquí, doctor. Me preocupa la relación dialéctica que existe entre la realidad y yo. Me explico. Nunca he sido de pensar como todo el mundo, eso es cierto. De hecho, no han sido pocas las veces que he terminado pensando lo contrario de lo que yo mismo pensaba. Sin embargo, nunca me pareció nada grave. Las veces que estaba en desacuerdo por las que estaba a favor. Por otra parte, mis periodos de inadaptación tenían una duración variable, pero siempre breve. A esta nueva crisis no le veo el final. Y nada de lo que sucede está en sintonía con lo que pienso. Todo lo veo al revés que el resto del mundo. Y no es que tenga ganas de discutir ni mucho menos. Tengo que reconocer que en otros momentos de mi vida disfrutaba llevándole la contraria a los dogmáticos, aunque solo fuera por pasar el rato, pero esa etapa ya pasó. Ahora lo que me gustaría es ser como todo el mundo y formar parte, aunque solo fuera de vez en cuando, de las mayorías. Creo que así sería más feliz. La teoría es fácil. Llevarlo a la práctica es otra cosa. Puedo disimular e incluso llevarle la corriente a la gente, pero no puedo evitar pensar lo que pienso, que es lo que verdaderamente me atormenta. Si quiere, puedo ser más concreto, aunque ya le he dicho que me pasa con cualquier tema que me plantee. Por ejemplo, lo del príncipe Guillermo. No es que me parezca una tontería perder el tiempo comentando los pormenores de una boda -cómo van los novios, qué vestidos llevan las invitadas, cuántas personas van al convite…-, que eso es lo que se hace en mi pueblo en cada boda que hay. No es eso. El problema es que no puedo aceptar que existan las monarquías, ni la británica ni la nuestra ni ninguna. O lo del País Vasco, que no es que me gusten a mí los etarras ni mucho menos, pero escucho a las partes en el tema de la legalización de Bildu y no me cabe en la cabeza que puedan ilegalizar ese partido. Si tienen en sus listas a algún delincuente, que lo detengan, que lo juzguen o que le prohíban presentarse a las elecciones, pero si no es así y en sus bases hay un rechazo explícito a la violencia, no sé por qué hay que pensar que todo es una maniobra de ETA. ¿Dónde se queda la presunción de inocencia? Si hay sospechas, lo que tienen que hacer nuestros cuerpos de seguridad es vigilarlos de cerca y esperar que cometan algún error. En nuestro pasado reciente ya se habló de unas armas de destrucción masiva que finalmente no existían para justificar la invasión de un país. No volvamos a cometer los mismos errores. Es posible que parte de la izquierda abertzale quiera optar por una vía pacífica. No digo que lo crea. Solo digo que es posible y que no los puedo criminalizar a priori. Y lo de que el ejército de Estados Unidos haya ajusticiado a Bin Laden con técnicas propias de la mafia me parece una atrocidad. Ese es el principio de la barbarie. Ya es que ni siquiera guardan las formas. La desfachatez galopante del Gobierno estadounidense es muy preocupante. Con Sadam Husein al menos se molestaron en hacer el paripé en un juicio de pega. Lo del pueblo americano también tiene tela. Que todavía me acuerdo de lo ofendidos que estaban cuando aparecieron imágenes de palestinos celebrando el ataque terrorista al World Trade Center. Y todo para haber terminado haciendo ellos lo mismo al enterarse del asesinato de Bin Laden. Luego está lo de Juan Pablo II, que es de traca. Porque que yo piense que era un ser malvado y peligroso puede ser una opinión. Pero que, para hacerlo beato, se inventen que una monja rezó a Juan Pablo II y se le curó el parkinson me parece tan forzado que no me serviría ni para un sketch de Muchachada Nui. La cobertura mediática del evento, por otra parte, me pareció un insulto a nuestra inteligencia. Y en lo del clásico o los clásicos del Real Madrid y el Barça ya rizo el rizo, que tan mal me ha parecido el juego sucio del Madrid como el teatro del Barça. Ahora, lo que no se entiende es que el Madrid propale la idea de que todos los árbitros de España están contra ellos. Bien saben los directivos del Madrid que los árbitros no se pueden comprar, que si se pudiera, ya tendrían ellos un par de docenas. Y si el fútbol le parece a la gente un deporte polémico e injusto, que se pasen al tenis, que hay ojo de halcón. ¿Se da cuenta de cómo estoy, doctor? Podría tirarme así toda la tarde. Dígame cualquier cosa que opine la mayoría y ya verá como le doy la vuelta. Sí, sí, lo de las elecciones también. Pienso que deberían perder los que las van a ganar. Y no porque crea que tengan que ganar los otros, que también pienso que deberían perderlas. Ya le digo que mi manía contradictoria está en una fase avanzada y me temo que irreversible. Y lo lamento. En otros tiempos me gustaba alimentar la controversia y discutir por discutir. Era para mí algo entre una religión y un deporte. Pero estoy cansado. Ahora me gustaría ser como aquel tipo del chiste al que le preguntaron por qué era tan viejo.  El hombre respondió que era porque nunca le llevaba  a nadie la contraria. No contento con la respuesta su interlocutor le espetó: “No será por eso”. Y el buen hombre convino: “Pues no será por eso”. Así querría ser yo. Sí, ya sé que no hay ningún medicamento que pueda curarme. Yo estaba pensando en la lobotomía. ¿Qué me dice de esa posibilidad, doctor?

viernes, 29 de abril de 2011

Escenas memorables: El Día de la Marmota

“-Te estás perdiendo la fiesta. Esta gente es genial. Algunos han estado de juerga toda la noche. Cantan canciones hasta que cogen mucho frío. Entonces se sientan junto al fuego, se calientan y vuelven a cantar más.
            -Sí, son palurdos, Rita.”

Un título genial

Qué gran película El Día de la Marmota. En España la estrenaron con el título de Atrapado en el tiempo. Probablemente algún lumbreras pensó que no  entenderíamos el significado del título porque se refiere a una fiesta local de algunos lugares de Estados Unidos. De lo que no se dio cuenta es de lo bien que sonaba el título original y de lo divertida que suena la palabra marmota en castellano. Mucho mejor que en inglés, que es “groundhog”, y mira que en inglés casi siempre suena todo mejor.

Un tópico de nuestros días

El Día de la Marmota ha creado un tópico de nuestros días. No es raro escuchar a alguien decir “esto parece el Día de la Marmota” cuando la realidad se repite de forma absurda y sorprendente. Y es que en la película el protagonista está condenado a repetir una y otra vez, como si de una suerte de maldición se tratara, el Día de la Marmota en Punxsutawney, una pequeña localidad de Pennsylvania.

La maldición de la comedia

No voy a contar la película ni voy a hacer una crítica. Ya sabéis que no suelo hacer críticas en mi blog. Hablo de mis fobias y de mis filias, pero sin pretender sentar cátedra. En este caso, sin embargo, como amante de la buena comedia, no puedo seguir adelante sin decir que esta película es una de las mejores comedias que se han hecho en las tres últimas décadas. Me fastidia que la cataloguen simplemente como comedia romántica. Sí, parte de su argumento va por esos derroteros, pero el significado global de la película es mucho más profundo.

Yo mismo muchas veces me he sentido como Phil, el personaje que encarna Bill Murray. Phil, que es el presentador del tiempo en una cadena de televisión de tres al cuarto, está muy cabreado porque le obligan a ir a un pueblo de mierda a retransmitir una fiesta local totalmente estúpida en la que fingen hablar con una marmota que predice la llegada de la primavera. La película es toda una argumentación que intenta convencernos de que si no podemos cambiar el mundo, sí podríamos, al menos, mirarlo con otros ojos y llenar nuestras vidas de todo aquello que merece la pena.

Ya quisieran muchos dramas de esos petardos que reciben premios en los festivales -y que curiosamente casi nunca tienen banda sonora- ser la mitad de profundos que esta película. Es la maldición de este género. La comedia, salvo en casos muy puntuales –Billy Wilder, Woody Allen, los hermanos Coen y un etcétera muy cortito- es un género maltratado por la crítica y pocas veces reconocido por los cretinos que dan los premios.

Una de mis escenas favoritas

En este post quería recordar la memorable escena en la que Phil Connors -que ya se ha dado cuenta de que, haga lo que haga, siempre vuelve a despertarse en el mismo lugar, a la misma hora, en la misma fecha y con el insufrible I got you babe de Sonny & Cher- empieza a estar desesperado y busca en la bebida una forma de evasión. Termina emborrachándose con dos paletos del pueblo a los que les pregunta, casi a modo de pregunta retórica:
            -¿Qué haríais vosotros si estuvierais atrapados en un lugar y cada día fuera el mismo y nada de lo que hicierais importara?
            -Ese es el resumen de mi vida –responde uno de ellos.
Un rato más tarde, cuando dan por terminada la velada, Phil se ofrece como conductor para llevar a casa a sus dos compañeros de juerga. Dentro del coche tiene lugar el siguiente diálogo:
            -Quisiera haceros una pregunta –dice Phil.
            -Dispara.
            -¿Y si no hubiera mañana?
            -Si no hubiera mañana significaría que no habría consecuencias. Por lo tanto no habría resacas y podríamos hacer lo que quisiéramos -dice uno de ellos y se echan a reír.
            -Es cierto –concluye Phil-. Podríamos hacer lo que quisiéramos.

En ese momento Phil da un volantazo para subirse a la acera y reventar un buzón de correos. Dos policías ven lo que han hecho y salen tras ellos. Así comienza una alocada persecución. Phil intenta que los policías no les alcancen mientras no deja de despotricar contra todas esas órdenes que nos dan durante toda la vida para que seamos buenos y nos portemos bien. Es casi un monólogo que sus acompañantes escuchan atónitos porque no pueden dar crédito a lo que está pasando. Se salvarán por muy poco de morir arrollados por un tren y acabarán estampándose contra unos coches aparcados justo después de llevarse por delante un cartel gigante de la marmota, que para colmo se llama igual que el protagonista.

Phil acabará pasando el resto de la noche en la cárcel de la comisaría, pero, como ya esperaba, no pasará nada más porque al día siguiente amanecerá otra vez a la seis de la mañana del detestable y traumático Día de la Marmota en la cama del hotel que Rita, su adorable productora, le ha reservado.

Si no hubiera consecuencias

Lo normal es que no hagamos lo que queremos porque siempre hay consecuencias. Pero ¿y si no las hubiera? ¿Qué haríamos si pudiéramos hacer lo que quisiéramos sin que nos pasara nada malo?

Imagina que te tocan 20 millones de euros en el Euromillón. ¿Te importaría que te pusieran una multa por exceso de velocidad? ¿Te importaría que te pusieran una multa por fumar en un bar justo después de haberles echado el humo en toda la cara a los policías que habían ido a por ti? ¿Te atreverías a decirle a todos los gilipollas que te rodean lo que piensas de ellos? ¿Serías capaz de dejar a tu mujer y a tus hijos porque sabes que elegiste la opción equivocada? ¿Te despedirías del curro después de decirle a tu jefe que es un subnormal? ¿Dejarías de esforzarte en todo aquello que requiere mucho trabajo y te da pocos beneficios?

Y si, como por arte de magia, fueras inmune a todo lo que pudiera suceder:

¿Beberías hasta reventar sin miedo a la resaca?

¿Probarías esas drogas que siempre te han dado miedo?

¿Contratarías a una multitud de putas para organizar la orgía que nunca te atreviste ni a soñar?

O si eres mujer, ¿te buscarías a varios tipos que te penetraran por todos los agujeros de tu cuerpo porque siempre fantaseaste con esa posibilidad?

¿Le darías a alguien una paliza solo porque siempre pensaste que era lo mínimo que se merecía?

¿Te atreverías a cargarte a alguien porque crees que el mundo estaría mucho mejor sin él?

Desarrolla esta fantasía hasta que tu imaginación no dé más de sí. Descubrirás muchas cosas interesantes sobre ti. Sabrás hasta qué punto las leyes, las costumbres y la educación tienen amordazados y cautivos tus instintos más primarios. Sabrás también que siguen ahí, como un volcán dormido dispuesto entrar en erupción si se presenta la ocasión. Solo hace falta que no haya nada que perder, que sepas que no habrá castigo o que pienses que nadie se va a enterar de lo que estás haciendo.

domingo, 24 de abril de 2011

27 de abril: Día del Libro de "Hecho en Lavapiés"

Como el director de la colección "Hecho en Lavapiés" es de Bilbao y encima vive en Lavapiés, nosotros celebramos el Día del Libro cuando nos sale de los cojones.

Os animo a que no os perdáis esta lectura. Sobre todo por los compañeros que tendré ese día, que son de lujo, y por la presentación del nuevo libro de Ángel Petisme, que es algo que no hay que perderse.


sábado, 16 de abril de 2011

Cuentos con moraleja: El traje nuevo del emperador

Tarde o temprano tenía que caer en esta sección el clásico de Andersen. Con el mismo respeto que ponía él en las versiones que hacía de los cuentos clásicos intentaré hacer mi propia versión de su relato:
Érase una vez un emperador obsesionado con la moda. Pongamos que se llamaba Galiano. Al emperador Galiano le encantaba estrenar trajes nuevos, caros y elegantes con los que sorprender a sus súbditos. Era lo único que le importaba. Sus consejeros y ministros gobernaban su reino mientras él salía a pasear o iba al teatro con el único fin de que todo el mundo se quedara admirado de las galas que lucía en ese momento.
Un día llegaron dos pícaros a la ciudad y se hicieron pasar por unos prestigiosos sastres. Aseguraban que confeccionaban unos trajes espléndidos con una tela única en el mundo, una tela que no solo era de una calidad sin parangón, sino que además tenía propiedades mágicas. Para empezar, su belleza no podía ser contemplada por todo el mundo. A los ojos de los tontos o de los que tuvieran un cargo del que no fueran dignos la tela se hacía invisible.
Al emperador le fascinó la idea. Podría vestir unos trajes preciosos al mismo tiempo que descubría cuáles de sus subordinados no se merecían el cargo que les había concedido. Mandó llamar a los dos supuestos sastres y les pidió que le hicieran un traje. Los dos pícaros aceptaron el encargo a cambio de una gran suma de dinero y gran cantidad de seda y oro para adornar la tela. El rey no dudó en concederles todo lo que le pedían.
Un buen día decidió que quería saber cómo avanzaba el trabajo de los dos sastres, pero no se atrevió a ir a su taller. Por un momento pensó que cabía una remota posibilidad de que él no fuera digno de ser emperador y pudiera quedar en ridículo. Por eso decidió mandar primero a uno de sus más fieles ministros, un hombre sabio, viejo  y honrado que, sin duda, podría ver la tela y contarle con todo detalle cómo era el traje y si el trabajo estaba muy avanzado.
El viejo ministro fue al taller de costura y encontró a los dos sastres afanándose en los telares vacíos, con ovillos de hilo invisible y agujas que daban puntadas al aire sin descanso. Por un momento no supo qué hacer. Acababa de descubrir que no estaba capacitado para ser ministro o, mucho peor, que era un idiota. Los pícaros le trataron con mucha cortesía y le pidieron que dijera con toda sinceridad lo que pensaba de las ricas telas con las que confeccionaban el traje del emperador. El ministro, cuando logró salir del aturdimiento, optó por ensartar una retahíla de alabanzas sobre la riqueza del tejido y la belleza de los motivos y bordados que lo adornaban. Luego, totalmente confuso, salió de allí en cuanto pudo.
El viejo ministro le contó al emperador maravillas de la extraordinaria tela del traje y de los habilidosos sastres que trabajaban día y noche para complacerle.
En los días siguientes, el emperador envió a otros ministros y subordinados al taller de los dos impostores y les sucedió lo mismo que al viejo ministro. Todos, de igual manera, le contaron maravillas de la calidad del tejido y de los bordados que lo adornaban. Ninguno se atrevió a confesar que no lo había visto.
En la ciudad todo el mundo estaba expectante. Sobre todo porque deseaban descubrir cuál de sus vecinos no se merecía su puesto de trabajo o era tonto de remate.
El mismo emperador no pudo aguantar mucho más y terminó acudiendo al taller pocos días antes del desfile en el que pensaba estrenar el traje.
Al emperador Galiano se le hizo un nudo en el estómago cuando vio el telar vacío. Al principio no supo qué hacer y se quedó con los ojos como platos pensando cómo podría salir de aquella situación tan embarazosa. Mientras todos sus consejeros y ministros decían maravillas del traje que él era incapaz de ver, uno de los pícaros se le acercó y le preguntó si le pasaba algo. El emperador le dijo que no comprendía por qué le preguntaba eso. El falso sastre le explicó que no había sabido interpretar sus gestos y tenía miedo de que no estuviera satisfecho con su trabajo.
El emperador supo salir del apuro repitiendo las mismas mentiras que sus subordinados le habían dicho los días precedentes y que no dejaban de repetir en esos momentos. Para que no quedara duda de la satisfacción que le producía el traje decidió allí mismo conceder a los dos sastres un título honorífico, hacerles hijos adoptivos de la ciudad y pagarles más de lo que en principio habían acordado.
El día del gran desfile llegó y los estafadores se ofrecieron para vestir al emperador. Mientras le ponían con excesivo cuidado el supuesto traje que le habían confeccionado le explicaban que otra de sus cualidades prodigiosas era que no pesaba absolutamente nada. Era la tela más ligera que existía en el mundo.
Antes de salir de su vestidor, el emperador pasó un buen rato contoneándose delante del espejo. Veía su cuerpo desnudo, pero imaginaba lo impresionante que tenía que ser el traje basándose en las maravillas que contaban todos los que eran capaces de verlo.
Poco después el emperador ya estaba en la calle, desfilando altivo, mientras sus súbditos aplaudían entusiasmados para que nadie notara que no veían nada, excepto a su emperador en pelotas.
Tuvo que venir un niño a deshacer todo el hechizo. “¡Pero si ese señor está desnudo!”, gritó y se echó a reír.
La voz de la inocencia es muchas veces la voz de la lucidez. Toda la gente que estaba cerca del niño lo comprendió en ese momento. El niño decía la verdad. Todos se pusieron a gritar que el emperador iba desnudo y empezaron a reírse de lo grotesco que resultaba desfilar desnudo por las calles con aquella prosopopeya.
Solo el emperador, sus consejeros áulicos y sus ministros lameculos mantuvieron el tipo y -aunque todos comprendían, hasta el mismísimo emperador, que era verdad lo que decían- continuaron el desfile como si no pasara nada. El emperador Galiano incluso levantó más la cabeza y quiso convencerse de que todos los que se reían no eran nada más que unos idiotas.

Probablemente sea uno de los mejores cuentos que se han escrito no solo por lo divertido que es, sino también porque nunca ha dejado ni dejará de estar vigente. El cuento nos quiere decir que no debemos creer que algo es verdad solo por el mero hecho de que todo el mundo lo cree.
De este cuento te acuerdas siempre que se impone alguna moda horrorosa, o cuando todo el mundo compra el mismo producto inservible que a los pocos meses acaba en la basura, o cuando el fútbol se convierte en tema de interés nacional hasta el punto de que el presidente del Gobierno y su portavoz tienen que decir lo que piensan del próximo Real Madrid-Barça, o cuando los idiotas defienden la tauromaquia, o cuando los que no creen en Dios acuden a los cursillos que les permitirán casarse por la Iglesia, o cuando la gente desfila en procesión llevando sobre sus costillas enormes tallas policromadas de cristos, santos y vírgenes, etc.
Ayer me acordé del cuento hablando con un compañero de trabajo. Nos despedíamos hasta después de vacaciones y nos preguntábamos a qué íbamos a dedicar nuestro periodo de asueto. Por hacer la broma le pregunté si acaso parte de su tiempo iba a dedicarla a acarrear santos por las calles. Mi compañero no pudo evitar echarse unas risas para terminar preguntándome si no me parecía ridículo y absurdo todo eso de la Semana Santa. Lo decía riendo pero serio, como si no pudiera creerse a sus cuarenta y pico años que la gente no hubiera llegado a la misma conclusión que él.
Podíamos haber iniciado un debate sobre lo difícil que es cambiar los ritos de una civilización y habernos remontado a los primeros tiempos del cristianismo, en los que los mismos cristianos tuvieron que adaptar sus ritos y creencias a las que ya existían; o haber comentado lo incomprensible, incoherente y demencial que resulta que los católicos intenten convencernos de que su religión politeísta -que tiene un dios que en realidad son tres rodeado de una multitud de santos y vírgenes a veces más poderosos que el mismo dios- es en realidad una religión monoteísta. Pero no dijimos nada más y nos despedimos con prisa por empezar nuestras vacaciones cuanto antes.
Luego me quedé pensando qué sencillo es ver para el que tiene ojos y los quiere usar. Y me acordé de este cuento y pensé que había llegado el momento  de escribirlo en mi blog. Y no pensé en hacer nada más. Porque también es ridículo hacer una procesión atea o intentar convencer a alguien de que una tradición es estúpida. Cuando alguien tiene una convicción arraigada es normal que no se avenga a razones. Ya dijo Nietzsche que las convicciones son cárceles. Si intentas razonar con personas así o te ríes de la absurdidad de sus costumbres, lo más fácil es que reaccionen como el emperador y se reafirmen aun más en sus posturas.
A mí, de cualquier forma, no me molesta la Semana Santa ni los pasacalles dramáticos y gores con que nos deleitan. Hace años que no veo ninguno. Y si a veces los tambores pueden incordiar un poco, a lo lejos, no es mayor molestia que cuando pitan los coches a altas horas de la noche porque su equipo de fútbol ha ganado algún título. Molestias inevitables de la vecindad a las que hay que quitarles importancia.
Desde hace un tiempo vivo bastante feliz porque en mi país, en mi España, en la que yo vivo y comparto mi vida con las personas que me importan, no hay procesiones, ni corridas de toros, ni casas reales, ni programas de Telecinco, ni elecciones a las que ir a votar a dos tontos muy tontos… Y aunque nuestros políticos sigan prohibiendo casi todo lo que es divertido o me bajen el sueldo por culpa de su incompetencia, yo vivo en una España cada vez mejor.

viernes, 25 de marzo de 2011

La primavera trompetera

La primavera trompetera ya llegó y la verdad es que me siento maravillosamente bien.  Después de un invierno con distintas, sucesivas y fastidiosas afecciones, estaba deseando que subieran las temperaturas y llegara el buen tiempo. Por fortuna, alergias no padezco.
Tampoco me afectan mucho las alteraciones hormonales que desequilibran nuestra libido por estas fechas. Mi  vida sentimental y sexual fluye sin sobresaltos y eso me gusta. Me permite tener la mente despejada y puedo centrar toda mi atención en los libros, la música, las películas y las pocas cosas que de verdad merecen la pena.
Afortunadamente tengo trabajo. Sé que lo que he sembrado en el instituto en el que doy clases no va a brotar con fuerza y que la cosecha será pésima, pero me da igual. Contaba con ello. Normalmente voy a trabajar con muchas ganas y pocas esperanzas, casi como si realizara un acto poético.
La primavera también tiene sus cosas. Para empezar, la Semana Santa. Aunque desde que decidí ignorarla tampoco es algo que me atormente. Ni voy  a las iglesias ni paso por donde pasan los pasacalles, digo, las procesiones. Las cosas que no ves parece que no existen. Haced la prueba, por ejemplo, con algún incordioso visitante de vuestro muro en Facebook. Eliminadlo y veréis qué a gusto os quedáis. Unos días más tarde, cuando su recuerdo se vaya diluyendo en vuestra memoria, pensaréis que, como poco, se ha ido al exilio.
Me estoy volviendo un poco indolente, pero eso me alivia.  No hay por qué sufrir por tonterías. Me alegro, por ejemplo, de no ser del Real Madrid. Llevan unos años padeciendo una angustia poco envidiable. A mí el fútbol solo me hace sufrir por la quiniela, aunque poco, que siempre que la echo lo hago sin ninguna esperanza, casi por colaborar un poco con las arcas del Estado.
Para evitarme sobresaltos y preocupaciones baladíes tampoco voy a votar. No comulgo con ningún partido político, ni se me ha ocurrido nunca afiliarme a ninguno, ni mucho menos presentarme a unas elecciones. Que yo trabaje o no tampoco depende de que gobierne un partido u otro. No me quiero ni imaginar la desazón que tiene que sentir la gente cuyo puesto de trabajo depende de las papeletas que echa otra gente, las más de las veces un poco a lo tonto, en una urna.
No sabemos la suerte que tenemos de vivir en una zona con poca actividad sísmica. Sobre todo ahora que se ha llegado a la conclusión, empírica, de que las centrales nucleares son muy seguras hasta que llega un terremoto. De los japoneses solo envidio esa suerte de indolencia, que supera con creces a la mía, que les permite afrontar los reveses de la existencia con una pachorra admirable.
También tenemos que alegrarnos de no estar siendo invadidos por ninguna coalición de países para defender a ninguno de nuestros dos bandos, que, por suerte, lo del PP y el PSOE no pasa de pelea de gallos en hemiciclo. Es mucho mejor ser invasor y nosotros ahora tenemos la suerte de serlo. Es lo que tiene estar en el bando de los malos y los poderosos. Garantiza cierta estabilidad vital, aunque moralmente pueda resultar incómodo. Es lo que tiene la moral, que al final termina siendo un lastre inútil. Parafraseando a Sánchez Ferlosio: la única moral que se debería consentir es la del Alcoyano.

domingo, 13 de marzo de 2011

Show business

En la Edad Media tenían serios problemas para diferenciar la realidad de la ficción cuando se enfrentaban a un texto. Los historiadores de la época eran poco remilgados a la hora de seleccionar sus fuentes. Para pergeñar sus crónicas lo mismo les daba constatar la información que pudieran obtener de algún documento oficial que la de cualquier leyenda, mito o romance anónimo. Todo valía porque la palabra de un texto (oral o escrito) era dogma de fe.
Cervantes en El Quijote da cuenta de la confusión de los lectores de su tiempo a este respecto. A Cervantes las novelas de caballerías le parecían perniciosas porque, entre otras razones, muchos de sus seguidores (unos las leían, otros las escuchaban) creían tan reales a Amadís de Gaula o a Palmerín de Inglaterra como al Cid Campeador o a Fernán González. Las fantasiosas novelas de caballerías llegaron a estar prohibidas en el Nuevo Mundo porque los soldados que llegaban a América muchas veces creían descubrir en los frondosos bosques y los caudalosos ríos americanos los escenarios de los dislates de esas ficciones. Suponemos que muchos de los soldados que se inspiraban leyéndolas terminarían teniendo un comportamiento tan temerario que en ocasiones pondrían en peligro el éxito de las expediciones.
El libro era entonces un medio de difusión prestigioso, que solo las personas más ilustradas podían leer y crear. Por fuerza todo lo que esas personas escribieran tenía que ser, para una persona analfabeta o casi analfabeta, dogma de fe. Para ellos el libro era un medio erudito cuyo contenido tenía que ser verídico, aunque la realidad a todas luces lo desmintiera. En este caso el prestigio del medio predominaba por encima del mensaje que transmitía, le concedía un crédito añadido por el mero hecho de haber sido escrito con tinta, que era algo que solo unos pocos hombres doctos podían hacer. Marshall McLuhan dijo aquello de que el medio es el mensaje, constatando un hecho que se repite desde que los seres humanos pueden utilizar la palabra escrita.
La televisión de hoy estaría justo en las antípodas de esa sacralización que tuvo el libro en los siglos pasados. Y otra vez vuelve a funcionar el axioma de McLuhan: la televisión, el medio, prevalece  por encima de cualquier mensaje que pueda transmitirnos. Nosotros asociamos la televisión con el entretenimiento, el relax, la desconexión placentera de la realidad, el disfrute pasivo de la ficción audiovisual… Esto provoca que los telediarios, los reportajes de actualidad y los pretendidos debates serios que se emiten dejen en nosotros más o menos la misma impresión que una película, una serie, un concurso o un programa de cotilleo. Puro entretenimiento.
Los que deciden los contenidos de la televisión, siempre con la presión de conseguir altas cotas de audiencia, seleccionan los contenidos de la realidad con la misma vara de medir que se utiliza para los productos de ficción: si una serie no funciona, se deja de emitir; si una noticia deja de tener gancho, desaparece del telediario. En ambos casos los espectadores se quedan sin saber el final de las historias, y los que toman estas decisiones lo hacen con total desfachatez e impunidad.
Estuvimos muy pendientes de lo que sucedía en Túnez hasta que las revoluciones se contagiaron a Egipto. Cuando Mubarak dejó el Gobierno, Egipto dejó de ser interesante y le pasó el testigo a Gadafi, que ha perdido protagonismo tras los movimientos sísmicos que están devastando Japón. Si no pones de tu parte y no sigues la letra pequeña de los periódicos, la visión del mundo que te ofrecerá la televisión será parcelada, sesgada y simplificada. En toda simplificación se esconde siempre una mentira. En los pequeños detalles suelen estar las claves para entender todas las historias.
Sin embargo, lo preocupante de seguir la actualidad por televisión no es ese proceso de mixtificación y simplificación de los acontecimientos. Lo verdaderamente preocupante es la indiferencia con la que contemplamos los desastres mundiales: las guerras, las catástrofes naturales, las luchas por el poder de los que nos gobiernan, la corrupción de los partidos políticos… Todo es parte del show business. Y lo vemos con la misma indiferencia y falta de indignación con la que vemos el Gran Hermano. El telediario convierte la realidad del planeta en un reality a escala planetaria en el que tú y yo somos también concursantes.
Internet no es ninguna alternativa. Va por los mismos derroteros. Puede ofrecer más información, pero la forma de consumo es parecida. Internet es el lugar donde pasamos buenos ratos con nuestros amigos, donde seguimos todos los temas que nos entretienen (deportes, cine, música…), donde vemos vídeos divertidos o incluso disfrutamos de los programas de la televisión. Podría ser un instrumento de comunicación muy poderoso, pero el uso mayoritario que le damos es frívolo y lúdico.
Habrá quien piense que me equivoco, que ellos sí sufren y se implican y se preocupan por el mundo cuando ven en la televisión las catástrofes naturales, las guerras, los abusos de poder y las injusticias sociales. Lo que yo pienso es que solo unos pocos, muy pocos, de verdad se impresionan por estas imágenes y actúan en consecuencia. Hay gente, muy poca, que deja todo lo que tiene y se va a ayudar a países subdesarrollados o colabora con oenegés o hace algo que cree que puede servir para paliar el dolor del mundo. El resto, la mayoría, simplemente seguimos el documental fragmentado del planeta Tierra que llamamos telediario y no hacemos nada.
Si ahora mismo fuéramos a Japón, a alguna de las zonas devastadas por el terremoto o el tsunami, probablemente sí sentiríamos en toda su magnitud esta catástrofe. Nos conmoveríamos, nos echaríamos las manos a la cabeza y la mayoría nos ofreceríamos para ayudar en lo que hiciera falta. Lo que sentimos viendo esa misma catástrofe por la tele, si es que sentimos algo, está a años luz de lo que experimentaríamos si la cámara de vídeo dejara de ser nuestro intermediario con la realidad. No hace falta decir que si esa catástrofe la sufriéramos en nuestras propias carnes o le tocara  a alguno de nuestros amigos o familiares la impresión sería mucho mayor. Nos parecería indignante que algunas personas de los países ricos nos hicieran donativos de 10 euros cuando se van a gastar 100 en salir de copas una noche de sábado o más de 1.000 en ir a Disneylandia.
Preguntémonos qué parte de nuestro interés en las desgracias ajenas es humanitaria y qué parte simplemente se recrea en el morbo o busca en ellas una forma de pasar el rato.
Recuerdo que una de las frases que más repetimos cuando se estrellaron los aviones en las Torres Gemelas es que las imágenes parecían de una película. Eso me hace pensar que probablemente debería existir un medio de comunicación exclusivo para conocer la realidad sin que esta se convirtiera en espectáculo. Si encontráramos ese medio mucha gente se negaría a conocer la realidad y giraría asqueada la cabeza para evitar que el sufrimiento ajeno le afectara. La evolución del ser humano nos ha llevado a una nueva etapa, la del Homo Lúdicus, que en los estudios de antropología se caracterizará por buscar el hedonismo a toda costa y ser capaz de convertir casi todo lo que toca en entretenimiento. No lo estoy criticando. Tal vez sea otro de los recursos que la naturaleza nos ofrece para garantizar el futuro de nuestra especie.