domingo, 21 de abril de 2013

La diligencia


Recuerdo que fue en clase de Religión cuando comprendí lo peligrosas que podían ser las palabras. Tenía yo entonces once o doce años y un profesor de doctrina cristiana totalmente obtuso que nos obligaba a aprendernos el libro sin cambiar ni una coma y sin entender casi nada. Catolicismo en estado puro. Por eso no me atreví a pedirle una explicación cuando nos tropezamos con las virtudes teologales y en mi cabeza se produjo un cortocircuito. Las virtudes teologales venían a ser la alternativa a los pecados capitales y creo recordar que se formulaban así: contra soberbia, humildad; contra lujuria, castidad, etcétera. No sé si yo entonces entendería palabras como lujuria o castidad y no creo que aquel profesor pacato y simple se atreviera a explicarlas, pero no suponían ningún problema porque en aquella clase estábamos acostumbrados a memorizar oraciones y oraciones, de las dos, sin preguntarnos qué demonios podían significar. El cortocircuito lingüístico apareció en mi cabeza cuando llegamos a aquella virtud teologal que decía: contra pereza, diligencia. Podía aceptar el uso de palabras raras en un contexto del que ya en aquella edad temprana empezaba a recelar, pero aquello era totalmente absurdo. Yo sabía lo que era una diligencia porque había visto muchas películas del Oeste y no podía evitar, cada vez que recitábamos las virtudes teologales y llegábamos a la diligencia, ver en mi cabeza un coche de caballos atravesando el desierto mientras sus pasajeros rezaban para que no les asaltaran los bandidos ni les arrancaran el cuero cabelludo los sioux.

No sé cuándo aprendí que la palabra diligencia también significaba prontitud y prisa en la ejecución de alguna tarea. No fue con aquel profesor. Eso seguro. Me acordé de esta historia mucho tiempo después, cuando empecé a estudiar semiología y comprendí lo arbitrarios que son los signos lingüísticos y lo frágil que es la relación entre el significante y el significado, y entre estos y aquello a lo que se refieren. Incluso las palabras cuyos significados se pueden dibujar y representar mediante iconos crean en cada una de nuestras cabezas una imagen distinta aunque aproximada. Quiero decir que si dos personas leyeran en un libro que había una mesa vieja de madera en un rincón de la habitación y ambas dibujaran aquella mesa en aquella habitación seguro que los dibujos no serían exactamente iguales. Y si eso sucede con palabras tan sencillas como mesa, vieja, rincón y habitación, podemos hacernos una idea de la magnitud del problema cuando nos enfrentamos a palabras abstractas como soberbia, humildad, lujuria o castidad. Las palabras abstractas no se pueden dibujar. Si quiero representar el amor y dibujo a una pareja de enamorados que se besan, no estoy dibujando el amor, sino una de sus manifestaciones. Las palabras abstractas lamentablemente solo se pueden explicar con otras palabras que en muchas ocasiones también son abstractas. No creo que todos entendamos lo mismo al leer que el amor es un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”. Porque no las tendrían todas consigo los que hicieron el diccionario cuando, después de esa definición, escribieron esta otra: “Sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. Y estas son solo las dos primeras definiciones de las catorce que aparecen en el DRAE.

Últimamente he estado pensando en esto porque observo que mis alumnos, cuando no entienden una palabra, en lugar de consultar su significado en el diccionario, se inventan otro que normalmente es un absoluto dislate. Supongo que están acostumbrados a los cortocircuitos mentales y a las ideas absurdas e incomprensibles y por eso no se extrañan. A veces imagino sus cabezas llenas de diligencias que atraviesan el desierto, de bandidos que las asaltan, de sioux que arrancan cabelleras y de soldados del Séptimo de Caballería que intentan poner orden en ese caos. Luego pienso en todas esas personas que ya ni siquiera estudian, que tienen un vocabulario paupérrimo y que nunca se han molestado en buscar el significado de una palabra en el diccionario. Siento entonces algo inefable, entre una pena enorme y cierto miedo ontológico. Porque no sé qué puede entender toda esa gente si incluso las personas con mayor caudal léxico y más formación vemos mundos totalmente diferentes por culpa de una herramienta de comunicación tan imperfecta e inconsistente como el lenguaje. Ya no estoy seguro de que todos entendamos lo mismo cuando escuchamos términos como sociedad, ciudadano, democracia, futuro, solidaridad, educación, política, corrupción, economía, mercado, terrorismo, guerra, fascismo, nación, liberalismo, genocidio, religión o libertad, y no solo por la polisemia o por las connotaciones de las que inevitablemente se van cargando las palabras, sino porque sus significados denotativos son borrosos y discutibles.

Termino este texto con cierta sensación de impotencia y con el presentimiento de que muchos no lo entenderán. Ni yo mismo puedo estar seguro de haber dicho lo que hubiera querido decir.

jueves, 11 de abril de 2013

Pobre Froilán


Pobre Froilán, ni el gusto de ser el artífice del hundimiento de la Casa Real le van a dejar. Ya sabéis que yo soy froilanista convencido y que siempre he defendido la primogenitura de la infanta Elena, que vale, que sí, que puede que sea tonta como dicen algunos, que yo no tengo el gusto de conocerla, pero es la primogénita de los reyes y eso debería ser lo importante. ¿Es que acaso se puede consentir en la época de la paridad y de la reivindicación del papel de la mujer un atropello de este calibre? A veces me da por pensar que las feministas no dan la cara por la infanta porque les parece que está más bueno el príncipe de Beckelar.

Pobre Froilán, a lo mejor hasta él mismo piensa que su madre es tonta. Por no reclamar lo que es suyo o porque ahora se acuerda de que durante varios años le explicó que ella y Marichalar no estaban divorciados, sino solo “cesados temporalmente en la convivencia”.

Pobre Froilán, qué triste se va a sentir cuando se entere de que todo el mundo piensa que aquella cosa que le dio a su padre fue el resultado de su afición a la farlopa. Porque se lee en Internet a poco que uno meta en Google su apellido. Para colmo puede que un día, si su madre le pilla metiéndose algo, le diga “vas a ser como tu padre”, que es lo que hay que decirle a un joven si se quiere hundirlo en la depresión o lanzarlo a una espiral incontrolable de consumo de sustancias estupefacientes y bebidas espirituosas.

Pobre Froilán, desheredado por una madre que no supo defender lo que en rigor debería pertenecerle y que lo condenó a la quinta posición en la línea sucesoria, que es lo mismo que decir que no reinará en la puta vida, que, según está dispuesto, tras Felipe de Beckelar irían sus dos hijas y, solo después, la infanta Elena. Siempre pensé que cuando creciera y comprendiera la magnitud de la infamia que le ha apartado de la Corona, montaría en cólera y la liaría parda hasta no dejar piedra sobre piedra en el Palacio de la Zarzuela.

Para mí ser froilanista ha sido una postura posibilista de republicano sin esperanzas. Me imaginaba a Froilán con unos años más, borracho, puesto hasta el culo de farlopa, rodeado de fulanas y pegando tiros al tuntún sin venir a cuento. También podía soñar con cientos de portadas de las revistas de las peluquerías dedicadas a Froilán, que, en un remedo de Aragorn castizo y pijeras, exigiría a su tío que le devolviera el trono o sacaría a la luz todos los trapos sucios de la familia.

Pobre Froilán, ni ese consuelo le va a quedar. Yo no podrá tener la exclusiva de los chanchullos de su tío el duque empalmado, ni de la presunta connivencia de su tía Cristina, ni de las cacerías de elefantes de su abuelo, ni de sus amantes y corinas, ni de la relación inexistente del rey y la reina, ni del aborto de su devota y divorciada tía Letizia, ni del derroche incontrolado de una Casa Real desgobernada. Solo le quedará buscar desesperado alguna mancha en el impoluto expediente de su tío Felipe VI el Usurpador, cuya figura, para colmo, cada vez sale más fortalecida en las encuestas.

Pobre pobre Froilán, va a tener que hacer algo muy gordo si quiere entrar en la historia y reclamar lo que debería haber sido suyo. Darles patadas a las niñas o volarse un pie no va a ser suficiente para hacerse notar entre tanto dislate.

sábado, 23 de marzo de 2013

Cuentos con moraleja: Historia sagrada


Hoy voy a dedicar esta sección a la mitología, que siempre nos aporta enseñanzas que resisten el paso de los siglos:

Cuentan que aquel dios nació de una virgen y que, aunque era hijo de Dios, valga la redundancia, vino al mundo en una cueva. No se sabe con exactitud la fecha de su nacimiento, pero más o menos debió de ser en torno al 25 de diciembre porque se dice que coincidió con el solsticio de invierno. Fue un alumbramiento tan humilde que ninguna persona de alta alcurnia asistió a contemplar el milagro, ni mucho menos ningún rey. Acudieron, eso sí, unos pastores. Según algunas versiones, pudieron ser tres.

Cuando se hizo mayor se dedicó a extender el rito del bautismo, que para él y sus seguidores representaba la resurrección del alma. Los que creían en él unas veces le llamaban Salvador y otras, Hijo de Dios. Llevó a cabo numerosos milagros, algunos tan efectistas como aquel en el que estando en una boda convirtió el agua en vino. Por cosas así llegó a ser muy célebre. Se cuenta que una vez entró en una ciudad subido en una burra mientras las multitudes le aclamaban y le recibían levantando hojas de palma.

Murió una primavera para así redimir los pecados del mundo.

Su cadáver bajó a la morada de los muertos, pero al tercer día resucitó y ascendió a los Cielos. Sus seguidores o followers estaban convencidos de que regresaría al final de los tiempos para juzgar a los hombres.

Los que creían en él no le olvidaron y, durante varios siglos, tuvo adoradores que continuaron con los rituales de bautismo que él les había enseñado. Al principio sacrificaban un toro y se bautizaban con su sangre. Más tarde, quizá por lo caro o aparatoso que resultaba el sacrificio de un toro, cambiaron la sangre del toro por agua bendita. En las entradas de los templos subterráneos donde se reunían pusieron pilas llenas de esta agua para que los devotos pudieran mojarse con ella la frente antes de entrar.

Uno de los rituales que practicaban consistía en una suerte de banquete en el que comían pan y bebían vino. El pan representaba la carne del Salvador y el vino, su sangre. Cuentan que esto es lo que les había dicho antes de morir: “Quien no coma mi cuerpo y no beba de mi sangre para hacerse uno conmigo y yo con él, no conocerá la salvación.”

Sus adoradores estaban organizados en seis niveles. El más alto era el páter, que se cubría la cabeza con un gorro frigio y llevaba una vara y un anillo.

Esta es la historia de Mitra, dios adorado por los persas.

Mitra aparece mencionado por primera vez en los Vedas, los libros sagrados del mazdeísmo, la religión que precedió al hinduismo. Puede que fueran escritos entre dos y tres milenios antes de Cristo. En estos textos Mitra aparece como una divinidad que depende del dios supremo Aura Mazda.

A mediados del segundo milenio antes de Cristo, la religión mitraica pasó de la India a Persia. En esta zona, las creencias mazdeístas contarían con profetas tan célebres como Zoroastro.

El culto a Mitra empezó a extenderse en el Imperio romano a partir del siglo II a.C. Puede que por entonces una religión mistérica resultara mucho más convincente que el sicalíptico Olimpo grecorromano, que paulatinamente iría perdiendo seguidores o followers hasta desaparecer pocos siglos más tarde.

La moraleja de esta edificante y fascinante historia es que si tienes una buena idea, ve corriendo al Registro de la Propiedad Intelectual, que si no, otros pueden apropiársela y forrarse a tu costa. En la Antigüedad, la ausencia de leyes que defendieran la propiedad intelectual solo benefició a los piratas, que ya existían entonces sin necesidad de que se hubieran inventado el eMule, el Ares o Megaupload. Los historiadores deberían estudiar si los judíos de aquellos tiempos ya tenían algo parecido al Rincón del Vago.

jueves, 7 de marzo de 2013

La vida es como IKEA


Por lo que sea, el IKEA siempre me ha resultado muy inspirador. Y no me pasa con todos los establecimientos comerciales, que el shopping nunca ha estado entre mis aficiones ni mi vena creativa se deja normalmente influenciar por los machacones reclamos publicitarios. De hecho, soy inmune a la pegadiza musiquilla del Mercadona o al eslogan manido y simplón del Media Mark, que a tantos humoristas ha inspirado.

A saber por qué IKEA siempre captó mi atención. En mis poemas se pueden rastrear algunos versos contagiados del espíritu de aquel anuncio de “la república independiente de tu casa”. Incluso su catálogo estuvo, de alguna manera, detrás del título y de la estructura que le di a mi libro de poemas Decoración de interiores. Ahí tenéis mis fuentes eruditas.

Un día de esos en los que me pongo lírico y transcendente hasta llegué a decir que la vida era como un mueble de IKEA: te dan todas las piezas desmontadas, unas instrucciones incomprensibles o inexistentes y nadie puede ayudarte porque nadie tiene ni puta idea. Esto no recuerdo haberlo escrito, así que tuvo que ser una de esas ideas de barra de bar hasta el culo de copas a las tantas de la mañana.

El IKEA también viene a simbolizar esas lecciones crueles que da la vida. Porque la vida muchas veces te trata como a esos fabricantes de muebles que creyeron que tenían que esforzarse para mejorar sus productos, utilizar maderas de calidad, arriesgar en modelos más sofisticados y mejorar la logística y el reparto a domicilio para ser más competitivos. No se dieron cuenta de que no se trataba de eso hasta que llegaron unos suecos, pusieron tres o cuatro tiendas y consiguieron que la gente hiciera cientos de kilómetros para llevarse en el maletero, así un poco de mala manera, una mesa deconstruida, una lámpara de pie tipo Lego, un felpudo estilo Bienvenido y una escobilla de váter de las que se encuentran en todos los chinos. Y es que a veces es cierto eso de que en esta vida es mejor caer en gracia que ser gracioso.

Pero esto no debe de ser solo suerte. Me da que los suecos son unos tíos listos donde los haya. Hasta en nuestra cultura popular aparecen como esos avispados que se hacen los tontos para eludir los problemas. En las novelas de Henning Mankell no parecen mucho más listos que nosotros, pero ahí lo tienes a él, a Mankell digo, que ha conseguido entrar en el disputado olimpo de los escritores de novela negra, otrora dominio absoluto de escritores americanos como Raymond Chandler, Dashiell Hammett o James Ellroy. Y luego está Stieg Larsson, que no sé si pasará a la historia de la novela negra, pero al menos cuenta con el mérito de haber escalado, a título póstumo, varios ochomiles en las listas de ventas de un montón de países. No sé ahora mismo si los suecos destacan en otros campos creativos o científicos, aunque no hay que olvidar que son ellos los encargados de decidir cada año desde Estocolmo quién merece el premio Nobel de lo que sea, que ese, Alfred Nobel digo, también era sueco. Y grupos de música suecos no conozco, pero suecos son los dueños de Spotify, que no solo han conseguido que deje de comprar discos, sino también -y eso es, si cabe, más meritorio- que deje de piratearlos.

Sí, ya sé que me estoy enrollando mucho y todavía no he hablado de la mierda, que –confesadlo- es lo que estáis esperando. Estoy llegando, pero no creáis que voy a criticar a unas mentes tan industriosas y creativas, que, hasta en su momento de mayor descrédito, los suecos han venido a inspirarme un nuevo símil, porque ahora mismo no puedo dejar de pensar que el Estado español es igual que una tarta del IKEA. Llevamos más de treinta años tragándonos que es una democracia y ahora hemos comprendido que no es más que una mierda.

sábado, 23 de febrero de 2013

Dimitir


Pues aunque en este país no dimite nadie, yo me paso los días dándole vueltas a la idea de dimitir. Y más que a la idea de dimitir, que la tengo clarísima, a la forma de hacerlo. No estoy hablando de mi trabajo. Soy docente por vocación y, aunque las condiciones son cada vez más lamentables, no se me alcanza otra forma de ganarme la vida en estos momentos. También dimitiría si pudiera, que el que no dimite cuando se están haciendo las cosas mal, aunque no sea el responsable del desastre, si lo acepta, se convierte en cómplice. Pero para presentar ciertas dimisiones lo primero que hace falta es tener dinero o alguna alternativa, y no es mi caso. Como decía antes, no es al cargo de profesor al que quiero renunciar, sino al de ciudadano tonto del culo, que vaya usted a saber cómo terminé asumiéndolo un buen día.

Y es ahí donde empiezan los problemas. Porque como no sé ni dónde ni cuándo ni de qué manera adquirí la condición de ciudadano tonto del culo, no sé ni dónde ni cuándo ni de qué manera tendría que presentar mi solicitud de dimisión. Ni mucho menos a quién.

Sorprendido, a la par que admirado, me dejó hace unos días Benedicto XVI, que fue capaz de presentar su dimisión al mismísimo Dios. Era una gestión difícil, pero él al menos sabía quién lo había nombrado. Y aunque no le habrá contestado, debe de ser que en este caso el silencio administrativo es positivo. Los hay con suerte.

Creo que me voy a acercar a la manifestación que convoca hoy Marea Ciudadana a ver si entre tanta gente con ganas de dimitir a alguien se le ocurre alguna forma de hacerlo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Qué bien pensado está el mundo: Eurovegas


¡Vaya potra hemos tenido con lo de Eurovegas! Eso es suerte y lo demás tontería. Ahora que nadie tenía ni puta idea de qué industria podría reflotar España, ha venido Mr. Adelson a alumbrarnos el camino.

Cuando me enteré de que estaban pensando poner un complejo al estilo de Las Vegas en la Comunidad de Madrid, tengo que reconocer que me mosqueé un poco. A ver si me explico. Siempre me ha llamado la atención que exista un sitio como Las Vegas en un país tan mojigato como Estados Unidos, pero no hay que olvidar que los americanos son, aparte de un poco pacatos, buenos empresarios. Para el espíritu anglosajón todo forma parte de un inmenso cerdo del que todo se puede aprovechar. Y algo tenían que hacer en mitad de aquel desierto de Nevada, un territorio que, por cierto, antes fue de la corona española. ¿Y qué hicieron los españoles con él? Nada. Ni siquiera lo llegaron a colonizar completamente. ¡Para qué! Era un puto desierto. Y, sin embargo, ese territorio en manos de los norteamericanos se ha convertido en una zona próspera. Y todo gracias a consagrar la ciudad de Las Vegas al juego y a todo tipo de entretenimientos, legales o ilegales, respetables o vergonzosos. América necesitaba un sitio para poder desfogar y ese lugar no podía servir para otra cosa. Lo que no puedas hacer en ninguna parte hazlo en Las Vegas. Lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas. Otra de esas manifestaciones de la triple moral norteamericana: pienso una cosa, digo otra distinta y hago lo que me parece. Os contaba todo esto para que comprendáis por qué al principio me mosqueé. Me imaginé al tipo este, Mr. Adelson, mirando un mapa de Europa y pensando: “A ver dónde hay en este continente un terrenito que no valga ni para tomar por culo y en el que me dejen hacer mi santa voluntad”. Y eso, la verdad, hiere un poco el orgullo patrio. Por eso anduve un tiempo mohíno, sin saber qué pensar de todo esto. Pero estos últimos días he abierto los ojos, sobre todo desde el momento en el que me he dado cuenta de que estamos gobernados por una banda de (presuntos) mafiosos y que son esos mismos (presuntos) mafiosos los que van a ajustar toda la legislación a las componendas y exigencias de Mr. Adelson.

Todo encaja. Si hoy Las Vegas ha llegado a ser lo que es, ha sido gracias a los gángsters y a las mafias. Y si estamos gobernados por (presuntos) mafiosos tendremos que comprender que este es el tipo de cosas que hacen los mafiosos, que pretender otra cosa sería como pedirle tomates a un peral. Y qué coño, ¿es que acaso tenemos la esperanza de que vuelva a prosperar en nuestro país la industria textil? ¿La del automóvil? ¿La del carbón? ¿Es que alguien piensa que van a volver a abrir los astilleros? ¿O es que nos vamos a convertir de la noche a la mañana en un país puntero en investigación I+D? Venga ya, seamos serios: esto es lo que hay y no es esta la peor salida, que solo hay que fijarse en Las Vegas para tener esperanzas. Las Vegas no para de crecer y nunca tiene sus casinos vacíos.

No sé si por miopía o por la obsesión que tienen con lo políticamente correcto la progresía anda revuelta con este tema. Y es que, sinceramente, los progres -con los que comparto filiaciones, no lo voy a negar- muchas veces son unos cortarrollos de cuidado. Tienen una extraña tendencia a despreciar un montón de cosas divertidas. ¿Es que no se dan cuenta de que una Ciudad del Pecado en el corazón de España puede ser algo genial? Olvidémonos de los puestos de trabajo directos e indirectos que un complejo así puede generar, y de si serán de mejor o peor calidad, que ya está bien de pensar tanto en cosas serias y sesudas. Dejemos por un momento de salvar el mundo y fijémonos en el aspecto lúdico de la propuesta: casinos, espectáculos, atracciones, prostitutas, drogas, alcohol, más casinos, más espectáculos, más prostitutas… Tenéis que reconocer que no pinta nada mal y que de ahí pueden salir juergas espectaculares. Y si la Policía y la Guardia Civil ponen de su parte y hacen un poco la vista gorda para no perjudicar los intereses del negocio puede ser el no va más.

Yo estuve en Las Vegas y me lo pasé genial, y me importó un pito que fueran un montón de mafiosos los que se encargaran de dirigir aquel tinglado. No se puede ir por la vida de escrupuloso y amargado. Y con la misma buena disposición iré a Eurovegas cuando lo inauguren. A ver si os pensáis que el día que vaya de casino en casino hasta arriba de copas me voy a acordar de los tejemanejes de la calle Génova. Bastante preocupación voy a tener con no fundirme la tarjeta de crédito y acertar a volver a mi casa. Y los moñas, si no quieren venir, que se vayan a Eurodisney o a patearse los cascotes de la Acrópolis, pero que no den el coñazo, por favor.

Tampoco tenemos que olvidar que un sitio así puede convertirse en una fuente inagotable de entretenimiento tanto para los telediarios como para los programas más amarillos de Tele 5: ajustes de cuentas, vendettas, sicarios, atracos, tráfico de estupefacientes, crímenes, persecuciones de coches, enterramientos en descampados… Además, si os interesa la literatura y el cine, aquí va a haber materia prima de calidad para infinidad de libros y películas. Ya me estoy imaginando las rutilantes carteleras que anunciarán los últimos estrenos del cine español: Leaving Alcorcón, Miedo y asco en Alcorcón, Resacón en Eurovegas y Torrente XIV, misión en Eurovegas. Y supongo que tendré que volver a sintonizar Telemadrid para ver CSI Alcorcón.

¿De verdad que os gustaría perderos todo esto?

lunes, 21 de enero de 2013

Progres y conservadores


Cuando hace años, joven e ingenuo, me preguntaba por qué las compañías discográficas normalmente apostaban con todo su arsenal publicitario por grupos bisoños para adolescentes con dos dedos de frente, leí que los estudios de mercado habían llegado a la conclusión de que musicalmente solo éramos influenciables hasta los 23 o 24 años. Es decir, que después de esa edad podías sentirte atraído por grupos y artistas nuevos siempre que estos tuvieran algo que ver con los que te gustaban antes.

Semejante descubrimiento no solo me sirvió para comprender el comportamiento de las casas discográficas, sino el de mucha gente que a partir de cierta edad congela su mundo y se vuelve impermeable a las novedades: los que se niegan a utilizar las nuevas tecnologías, los que no quieren saber qué es un smartphone o los que no se han acercado nunca a ver qué es eso de Facebook o Twitter y lo rechazan sin haberlo probado… A mí me recuerdan a los abuelos que en mi juventud se negaban a usar el mando a distancia de la tele y nunca querían aprender cómo funcionaba el “vidrio”. Pero no hablo solo de viejos. Conozco treintañeros con estos mismos síntomas. Y no me refiero solo al desfase tecnológico, que tampoco soy yo un fanático de las nuevas tecnologías, sino a estar en el mundo, a formar parte de. Porque ahora, nos guste o no, el mundo es en gran medida virtual, y la gente que no participa de esa otra realidad vive un poco fuera de él, extramuros. Puede que más tranquilos, pero también más aislados y marginados, algo así como los que en otros tiempos eran analfabetos y no se enteraban de lo que publicaban los periódicos. Estar en el mundo requiere un esfuerzo. Incluso a los que intentamos no perderle el paso a veces nos cuesta seguir su ritmo. Hace unos días leía que recientes estudios habían revelado que para los jóvenes las redes sociales son una parte de su vida, tan real como salir de botellón con los amigos, mientras que para los mayores que las utilizan no dejan de ser una herramienta más, más o menos útil, más o menos entretenida, pero simplemente una herramienta.

Estos días le daba vueltas a todo esto al darme cuenta de que muchas de esas personas que se consideran progresistas, esos que querrían echar a patadas al rey para que volviera la república, que piden cada día que se cambie la constitución y se resetee el estado democrático, que reclaman que de una puta vez el estado sea absolutamente laico, que creen que la gente debería dejar de creer en supersticiones y desterrar de su cabeza todos los dislates de las doctrinas religiosas, todos esos, digo, tal vez no sean tan progresistas como piensan y aparentan. Puede que solo se dediquen a mantener las ideas que incubaron durante sus años de juventud. Porque son muchos de esos progres los que ponen el grito en el cielo por algo tan estúpido y baladí como que la RAE haya cambiado tres o cuatro normas ortográficas. Ahí los tienes diciendo todo ufanos que ellos se pasan por el culo lo que diga la puñetera RAE, que van a seguir poniéndole tilde al solo, y al este, al ese y al aquel, y a guion, aunque no tenga ningún sentido porque es un diptongo, y no van a consentir que nadie en su presencia llame ye a la y griega, etcétera, etcétera. ¿Y todo eso por qué? ¿Porque son unos rebeldes que se enfrentan a la dictadura lingüística de la RAE? ¿Es que acaso pone multas al que incumple sus normas? ¿O es que es una de las pocas transgresiones que uno se puede permitir sin que le castiguen?

Supongo que no se dan cuenta de que lo que ellos exhiben como rebeldía no es más que conservadurismo puro y duro, porque las reglas ortográficas que defienden también las puso la RAE, la de hace años. Las normas ortográficas son convencionales y da lo mismo que sean unas u otras mientras haya algunas, que no hay usuario de una lengua más inconsciente que el que no respeta ninguna. Lo curioso del caso es que las nuevas normas tienden a la simplificación y son más fáciles que las anteriores. ¿No resulta ilógico rebelarse cuando te ofrecen normas más simples? Si tan rebeldes se imaginan los que desobedecen las últimas indicaciones de la RAE, ¿por qué no cuestionan, por ejemplo, la pervivencia de la puñetera e inservible hache? Rebeldes y progresistas son los alumnos de primero de la ESO, que, como vienen frescos, todavía no tienen la cabeza taponada por costumbres y prejuicios y darían cualquier cosa por poder eliminar la hache, poner bes en todas las uves, usar la jota como Juan Ramón Jiménez, y poder escribir casa y queso con ka, y cerdo y cinta con zeta. Y yo, que siempre he respetado las normas ortográficas y que a lo mejor sí soy un progre de verdad, no dudaría en darles la razón si no supiera de antemano que la mayoría de vosotros os negarías aceptarlo.

domingo, 13 de enero de 2013

Nuevos lanzamientos de Hecho en Lavapiés


A pesar de la crisis, la editorial Amargord sigue apostando por la poesía con diferentes colecciones, entre las que destaca Hecho en Lavapiés, la colección que dirige Hipólito García Bolo y en la que tuve la suerte de publicar mi último poemario.

Mañana, lunes 14 de enero, se presentarán los títulos que han llegado a las librerías recientemente y los que están a punto de ver la luz. También aportaremos nuestro granito de arena algunos de los poetas que publicamos en la colección en años anteriores.

Será en Madrid, en la Sala Triángulo (calle Zurita, 20, Lavapiés) a las 21 horas.


viernes, 4 de enero de 2013

Mi carta a los Reyes Magos


Vaya por delante que no creo en los Reyes Magos, pero, en fin, tampoco creo que me vaya a tocar la Primitiva y echo todas las semanas. Por eso este año decidí escribirla, casi como si de un acto poético se tratara, y más cuando pensaba escribirla con intenciones totalmente altruistas.

No la voy a trasladar entera. Para lo que os quiero contar es suficiente con que vayamos al párrafo en el que daba cuenta de mis peticiones, y es como sigue: “No pido nada para mí porque, al fin y al cabo, estoy mejor que mucha gente. A mí me gustaría hacer algo por los demás y por eso he decidido pediros que ayudéis a nuestro presidente Mariano Rajoy. Creo que en este año que viene va a necesitar mucho coraje para enfrentarse a los mercados y a los especuladores que no dejan de atacar a nuestro país, así como para hacerse valer en la Unión Europea. Tampoco le vendría mal un poco de sensibilidad para comprender a las personas más necesitadas. No puedo evitar pensar que es un hombre sin corazón cuando reduce o elimina los subsidios y no hace nada para evitar los desahucios indiscriminados. Supongo que no debe de ser fácil enfrentarse a una situación así, por lo que no quiero olvidarme de pediros que le deis también la inteligencia necesaria para que sepa resolver todos los problemas de España.”

Después de releer ese párrafo pensé que a lo mejor estaba excediéndome en mis peticiones, así que añadí lo siguiente: “Si esto no es posible, me conformo con que me mandéis un presidente nuevo.”

La firmé, la metí en un sobre y la eché al correo, y, por si Ratzinger tenía razón en eso de que los Reyes Magos eran de Tartessos, puse en el destinatario: “A los Reyes Magos de Oriente o de Andalucía”. Y creo que ahí ha estado el acierto, porque esta mañana he recibido contestación, aunque para mi sorpresa ha sido por WhatsApp, supongo que porque es más barato y menos moroso que el correo ordinario: “¡Quillo!, hasta esta mañana no hemos podío leer tu carta, que vamos este año un poco pegaos, y ya mañana tenemos todo el día apalabrao de cabalgatas, así que creo que te vamos a tener que dejar unos calsonsillos y unos carsetines como otras veses, que lo que nos pides va a ser que no. ¿Pero tú t’has dao cuenta lo que nos pides, pisha? ¿Coraje? ¿Sensibilidá? ¿Inteligensia? To el mundo sabe que lo que viene siendo el valor, el corasón y el serebro son competensia del Mago de Oz. Y la segunda petisión menos, que ustedes sabéis que a los Reyes Magos se les piden juguetitos, aparatos electrónicos y vehículos de mayor o menor tamaño, pero no personas. Jartos estamos de desirlo, que todos los años hay arguno o arguna que nos pide un tío bueno o una tía buena, como si se pudieran comprar en el Eroski. Para ese tipo de deseos, mejor las estrellas fugases. No es que sean mu de fiar, pero poco pierdes por intentarlo. Ya sabes, para el año que viene pide argo más concreto. No se pue pedir saber alemán, como está pidiendo to er mundo este año, pero sí un curso de esos por fassículos pa aprender alemán. No se pue pedir encontrar trabajo en otro país, pero sí un billete de avión pa pirarte. Y tampoco pidáis lo de la lotería, que eso es cosa de San Pancrasio, que nosotros no queremos abarcarlo todo como Telepizza.”

La verdad es que, como no esperaba nada de nada, los calcetines y los calzoncillos van a colmar todas mis expectativas. Para lo otro voy a probar con el GPS, que lo veo más práctico que esperar una estrella fugaz. A ver si poniendo País de Oz como destino hay suerte.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Cuentos con moraleja: El cuento de los dos sastres


Vuelvo a entresacar una historia de esa estupenda recopilación de relatos que hizo Jean-Claude Carrière y tituló El círculo de los mentirosos. Aunque ya sabéis que acomodo la historia a mis palabras y la recreo a mi antojo y arbitrio:

     Dos sastres judíos trabajaban de sol a sol en un pequeño y humilde taller de un barrio suburbial de Londres. Llevaban allí desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, aunque habían pasado ya más de dos décadas, todavía recordaban los tiempos en los que habían llevado una vida más próspera y sus negocios contaban con la clientela más selecta de Berlín.
    Ahora, sin embargo, se pasaban el día midiendo, cortando y cosiendo sin descanso y apenas les llegaba para malcomer. Llevaban tantos años trabajando juntos en soledad que poco les quedaba por contarse, pero el aburrimiento llegaba a veces a ser tan insoportable que se esforzaban por hablar de cualquier cosa. Puede que por esa razón aquel día uno de los sastres decidiera comenzar la conversación con una pregunta para la que ya conocía la respuesta de antemano:
    -¿Vas a ir de vacaciones a algún sitio este año?
    El otro tardó unos segundos en contestar, pero finalmente dijo:
    -No, qué va. Ya me fui de vacaciones el año pasado.
   El sastre que había hecho la pregunta se quedó pensando. No recordaba que su compañero se hubiera ido de vacaciones a ninguna parte. Ni el año pasado ni nunca desde que vivían en Londres. Ni siquiera que hubiera librado ningún día.
    -¿El año pasado? –preguntó escéptico.
    -Sí, el año pasado. Estuve quince días en el extranjero.
    -¿Y dónde fuiste?
    -A la India. ¿No te acuerdas? El príncipe de la India me invitó a ir con él a cazar el tigre de Bengala y acepté. Me sorprende que no lo recuerdes.
    -La verdad es que no –repuso intrigado el sastre, que dejó de trabajar para poder seguir la conversación con mayor atención-. ¿Y cómo fue? A ver si contándomelo me viene a la memoria.
    -Pues fue increíble –se lanzó el otro, que también dejó de coser para poder concentrarse en el relato de sus aventuras-. Me invitó a su palacio de Darjeeling y me ofreció todos los manjares y placeres de los que goza la realeza en la India. Al día siguiente nos levantamos temprano para ir a cazar el tigre de Bengala. Nuestros ojeadores cabalgaban a lomos de espléndidos caballos, pero para el príncipe y para mí habían reservado dos majestuosos elefantes con los que nos adentramos en la montaña. Cuando estábamos en la zona más solitaria de la cordillera, apareció un tigre tan grande que incluso los ojeadores más veteranos se sorprendieron. Los caballos se dieron a la fuga y mi elefante se asustó tanto que se encabritó y fui a dar con mis huesos en el suelo. De nada me sirvió que el príncipe me hubiera dejado su mejor escopeta. Se me escapó de las manos y no me dio tiempo a recuperarla. Antes de poder incorporarme, la bestia se abalanzó sobre mí y me devoró.
    -¿Te devoró, dices? –preguntó el otro sastre totalmente estupefacto.
  -Completamente. Tanto es así que los sirvientes del príncipe no pudieron recuperar ni un pedacito de mi cuerpo.
    El sastre que escuchaba la historia perdió de repente la compostura y le gritó:
    -¡Pero qué estupideces me estás contando! ¿Te piensas que soy idiota o qué? Ni te fuiste de vacaciones, ni has ido al extranjero desde hace por lo menos veinte años, ni en tu vida has conocido a un príncipe. ¡Ni mucho menos te pudo devorar un tigre de Bengala! ¡O es que no ves que estás vivo!
    El sastre que acababa de contar la delirante historia de sus vacaciones en la India no se alteró por los gritos de su compañero. Retomó la costura, empezó a coser y dijo:
    -¿A esto le llamas tú vida?

En vez de una moraleja, lo que se me ocurre en esta ocasión es una versión alternativa y actualizada de la historia. Podemos imaginar a dos amigos que han ido juntos a la cola del paro y esperan su turno. Uno de ellos le está contando al otro todas las penurias que está pasando para llegar a fin de mes, los pocos días que le quedan para que se le acabe el subsidio de desempleo, el miedo que tiene a no encontrar trabajo antes de que lo desahucien, la incertidumbre que siente sobre el futuro de sus hijos, la posibilidad de que tengan que ir a pedir ayuda a un banco de alimentos, la impotencia por no poder hacer más de lo que está haciendo… De pronto el otro le corta y le suelta:
    -Bueno, bueno, no será para tanto. Todo es relativo. Entiendo que estás en una situación desesperada, pero mucho peor fue lo del otro día y yo no me estoy quejando.
    -¿Lo del otro día? –pregunta extrañado y un poco molesto por la interrupción el que se estaba lamentando.
    -Sí, lo del 21 de diciembre. Cuando se acabó el mundo.
    -No sé qué me estás contando.
    -Sí, joder, que no quisimos creernos la profecía de los mayas y así nos pasó. Que no tomamos ninguna medida y cuando el asteroide se precipitó sobre la Tierra, una gran convulsión mucho mayor que cualquier terremoto que hubiéramos podido imaginar acabó con todos nosotros. La Tierra se empezó a resquebrajar por todas partes y los volcanes entraron en erupción. El que no se despeñó por alguna de las grietas murió abrasado por las llamas o por los ríos de lava que arrasaban la corteza terrestre. Y los que no acabaron despeñados o abrasados fueron engullidos por los terribles tsunamis que asolaron todas las zonas costeras.
    -¿Pero qué dices, colega? ¿El fin del mundo? ¡Pero si no pasó nada! Fue cosa de risa. Para hacer bromas y chistes nada más.
   -¿Chistes? Sí, menudo chiste. ¿A ti te parece un chiste lo que te acabo de contar? Créeme. El fin del mundo llegó el 21 de diciembre de 2012 y no quedó ni un bicho viviente sobre la faz de la Tierra.
    -Tú lo flipas, colega. ¿Es que no ves que el mundo está igual que antes y que la vida sigue?
    -¿Y tú le llamas vida a esta mierda de existencia que nos espera?