jueves, 27 de octubre de 2011

Tocado por los espaguetis del pastafarismo

Dudas existenciales y miedos de senectud
Supongo que tenía que llegar este momento: el momento en el que mis fuerzas de ateo recalcitrante empiezan a flaquear mientras pienso en la posibilidad de que exista un Dios piadoso y un Más Allá más o menos paradisiaco.

Les pasa a muchos hombres y mujeres en edad provecta. A lo mejor, en mi caso, al no haber llegado ni a los cuarenta, os parece un miedo prematuro, pero teniendo en cuenta que el récord de longevidad de los varones de mi saga familiar está en los cincuenta y tres años, creo que no resulta una aprensión infundada y gratuita.

Siempre me aterrorizó que pudiera llegar este día. Principalmente porque en mis tiempos de agnosticismo juvenil hice una ruta turística por todas las religiones medianamente conocidas con la esperanza de encontrar algún resquicio de luz entre las sombras de la caverna de la fe y el resultado fue totalmente decepcionante. Ni católicos ni protestantes ni testigos de Jehová ni judíos ni budistas ni hinduistas ni musulmanes ni mormones ni adventistas del séptimo día lograron convencerme de nada ni inspirarme el mínimo respeto intelectual. Las religiones, como la psicología, la brujería y la psicomagia, para el que le sirvan, whatever works for each one.

Tampoco creo ahora que ninguna de las alternativas post mortem que me ofrecen las religiones al uso pudiera satisfacerme  o tranquilizarme. Ni el descafeinado Cielo de los cristianos ni la sensualidad y voluptuosidad del Janah de los musulmanes. Ni mucho menos la posibilidad que me ofrecen el budismo o el hinduismo de reencarnarme en un ser más o menos perfecto. Tampoco me seduce la idea de acabar en alguno de los terroríficos infiernos de estas religiones o reencarnado, por mi mala cabeza, en un kakapú, en una cochinilla o en José María Aznar.

Nunca pensé que pudiera haber una religión hecha a la medida de alguien como yo hasta que hace pocos meses el pastafarismo vino a alumbrar la senda de mi existencia. Aún no soy un creyente acérrimo, pero me reconforta pensar que existe una religión con unos ritos y unas ceremonias que me harían disfrutar, una religión en la que podría ser tan radical como un opusino o un muyahidín sin recato ni vergüenza.

La revelación
No sé qué periódico digital visitaba hace unos meses por culpa de esa afición mía a leer mentiras cuando me tropecé con la noticia de un austriaco llamado Nico Alm que había liado la de dios es cristo para que le dejaran aparecer en la foto del carné de conducir con un colador de espaguetis en la cabeza. La noticia se ilustraba con la imagen del flamante carné de conducir del austriaco, que lucía orgulloso su sombrero pastafari. Supongo que por deformación profesional me vino a las mientes la imagen de don Quijote calándose con gran dificultad la bacía de barbero que él siempre creyó yelmo de Mambrino. La combinación de ingredientes y connotaciones produjo en mí un efecto insospechado. Nico Alm de repente se me antojó una mezcla de quijote que luchaba por la justicia mundial y de mártir que estaba dispuesto a soportarlo todo para no renegar de sus ideas. De hecho, no le fue nada fácil conseguir su propósito. Tuvo que enfrentarse a la dura prueba de pasar un examen psiquiátrico que un elevado tanto por ciento de los conductores españoles probablemente no superaría.

El argumento con que Nico Alm defendía su postura era tan sencillo como incontestable: tenía el mismo derecho que tiene una monja a fotografiarse con el hábito o una musulmana con el hiyab. Leyendo aquella noticia y sin saber aún nada del pastafarismo sentí una especie de vértigo, ese cosquilleo que uno experimenta cuando presiente que está a punto de dar un paso transcendental en su vida. Crucé los dedos y deseé en el fondo de mi corazón que aquella religión tuviera algo que ver con la pasta italiana, que siempre ha sido mi comida favorita.

Seguí leyendo con el corazón en un puño y casi creía estar alucinando cuando descubrí que el Dios al que adoraban los pastafaris era el Flying Spaghetti Monster (FSV) o, dicho en castellano, el Monstruo de Espagueti Volador (MEV). Sentí en ese momento cómo su apéndice tallarinesco me tocaba en lo más profundo de mi alma.

La buena nueva del MEV
El Monstruo de Espagueti Volador es ese dios que siempre hubiera soñado: una deidad creadora sobrenatural que se asemeja a una enorme bola de espaguetis con albóndigas. Eso sí, invisible e indetectable, lo que explica claramente que nadie haya podido percibirlo con los imperfectos sentidos del ser humano y sus rudimentarios aparatos científicos.

Después de leer la noticia del pastafari austriaco me puse a investigar sobre el pastafarismo. Lo primero que descubrí es que su último profeta era Bobby Henderson, un joven de Oregón al que el Monstruo de Espagueti Volador había inspirado en el año 2005 para que luchara en contra de los creacionistas, que en aquellos momentos intentaban que su teoría del diseño inteligente fuera impartida en las escuelas de Estados Unidos para socavar la credibilidad de la teoría de la evolución de Darwin. A lo mejor Bobby Henderson os parece un profeta de pacotilla, pero si lo comparamos con Moisés, Abraham o Mahoma, tiene a su favor una licenciatura en Física.

No os voy a aburrir con datos que bien podéis leer en la Wikipedia, pero todo en esta religión parecía estar pensado para alguien tan descreído y escéptico como yo. Como lo de los espaguetis y las albóndigas. No hay hostia consagrada que pueda competir con un plato tan exquisito.

La explicación que el pastafarismo da de los errores del mundo también está muy por encima de las de otras religiones, que suelen enredarse en galimatías para terminar no diciendo nada. Esas son las torpezas de las religiones que abocan  a los seres humanos al desasosegante agnosticismo o a un ateísmo sin esperanza. En el pastafarismo todos los errores del creador –guerras, enfermedades, catástrofes naturales… - son asumidos con humildad y explicados de forma plausible: el Monstruo de Espagueti Volador creó la Tierra con tantas imperfecciones por culpa de la borrachera que se pilló el día de la creación del Universo.

El colador de espaguetis en la cabeza puede parecer algo incómodo, pero no es preceptivo. Podríamos decir que es un complemento reservado para las grandes ocasiones o para las fotos de los días transcendentales. El atuendo que distingue a los pastafarianos o espagnósticos es el de los piratas. Y que nadie me diga que no mola un montón ir por ahí disfrazado de Jack Sparrow. El pastafarismo y la piratería guardan una intrínseca y sorprendente relación desde sus orígenes.

Fue un pirata, el capitán Mosey, el primer profeta del pastafarismo. A él fue a quien el Monstruo de Espagueti Volador entregó en la cima del Monte Salsa la tabla con los “Realmente preferiría que no”, que son los mandamientos de todo buen pastafari. Por otra parte, los estudios científicos más avanzados demuestran que es en gran medida la progresiva desaparición de la piratería la causante del calentamiento global y de gran parte de las catástrofes naturales. Y no, como quieren hacernos creer el papa y los obispos, la relajación moral que nos aleja de las creencias religiosas. La realidad demuestra que hay países con un alto índice de creyentes, cristianos o musulmanes, que han sufrido terremotos y huracanes mientras que los cada vez más laicos países europeos siguen sin convertirse en Sodoma y Gomorra.

Sin embargo, los últimos estudios ponen de manifiesto que la paulatina desaparición de los piratas mantiene una tendencia descendente desde el siglo XIX mientras las catástrofes naturales y los estragos provocados por el cambio climático van en aumento. Hay pruebas objetivas que apuntalan esta teoría. El caso de Somalia es indiscutible y sirve como demostración irrebatible: es el lugar del planeta con más piratas y curiosamente uno de los que menos contribuye al cambio climático por sus bajas emisiones de CO2.

Podría extenderme mucho más para dejar claras las ventajas del pastafarismo, pero baste decir que su día sagrado es el viernes, que siempre viene muy bien para descansar de las salidas nocturnas de los jueves, y que no le falta ninguno de los ingredientes de las otras religiones:  cielo, infierno, fiestas, ritos y, como ya dije antes, mandamientos.

Si no quedas satisfecho
El pastafarismo piensa en sus adeptos con el respeto que una empresa de calidad lo hace en sus clientes. Por eso ofrece treinta días de garantía. Si en ese tiempo no quedas satisfecho, siempre puedes volver a tu antigua religión.

No me digáis que no es una religión alucinante. Sí, ya sé que no podemos competir en originalidad con la historia de un dios que tuvo un hijo, que era él mismo y al mismo tiempo su padre, y que ambos, sin dejar de ser ellos mismos, eran también una paloma, que de alguna manera era también ella misma, y que a este hijo Dios lo mandó a la Tierra –lo que también puede significar que se mandó a sí mismo- convertido en ser humano, pues nació del vientre de una mujer que no por ello dejó de ser virgen, para que hablara de Dios a los hombres -que era una forma como otra cualquiera de autopromoción- y se sacrificara para que los pecados de toda la humanidad fueran perdonados dejándose crucificar por los romanos.

Reconozco que en la parte creativa el pastafarismo no le llega ni a la suela de los zapatos al cristianismo, pero es que en ese aspecto la historia de Jesucristo no tiene parangón.

De cualquier forma, nada perdéis por probar durante un mes el pastafarismo. Pasado ese tiempo podéis volver al catolicismo o a cualquier otra corriente del cristianismo que se os antoje. No tendréis ningún problema. Hace poco estuve en una iglesia y pude comprobar que tenían bastantes plazas libres.

Ramén



miércoles, 12 de octubre de 2011

Homenaje a José María Fonollosa

El 7 de octubre de 1991 murió José María Fonollosa, que solo un año antes había publicado uno de los libros de poesía más importantes del siglo XX: "Ciudad del hombre: New York". Trabajó en este proyecto durante 40 años en el más absoluto anonimato y en el libro que se publicó antes de su muerte solo se incluyó una selección de los poemas que integraban la obra completa. Después de su muerte se publicó otra selección distinta con el título "Ciudad del hombre: Barcelona". Posteriormente salieron a la luz "Destrucción de la mañana", un libro demoledor sobre el fracaso vital escrito en los años 50, y una interesantísima novela en verso llamada "Poetas en la noche".

La ciudad, el sexo, la violencia, la creación, el fracaso, la muerte, la intrascendencia de la existencia y la soledad ontológica del individuo son los temas que obsesionaban a Fonollosa y que aparecen en sus poemas con diferentes voces, a veces enfrentadas, que pueden corresponderse con distintos estados de ánimo del poeta o, lo que es más plausible, con distintos personajes que nos ofrecen una visión certera y demoledora del hombre actual.

Tengo el honor de estar detrás de la organización de este tributo. Mi más sincero agradecimiento a todos los poetas y lectores de Fonollosa que se han entusiasmado con el proyecto y que se han querido sumar a él. En especial a Hipólito García "Bolo", sin cuya colaboración y apoyo no hubiera sido posible.



Después de la muerte de Fonollosa encontraron en su mesa de trabajo este poema:

                             No a la transmigración en otra especie.
                             No a post vida, ni en cielo ni en infierno.
                             No a que me absorba cualquier divinidad.
                            
                             No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
                             reservado a islamitas, con beldades
                             que un libro garantiza siempre vírgenes.

                             Porque esos son los juegos para ingenuos
                             en que mi agnosticismo nunca apuesta.
                             Mi envite es al no ser. A lo seguro.

                             Rechaza otro existir, tras consumida
                             mi ración de este guiso indigerible.
                             Otra vez no. Una vez ya es demasiado.

sábado, 1 de octubre de 2011

La conciencia del director del IES concertado (voz en off)

¿La huelga de los profesores de la enseñanza pública? Una vergüenza. ¿Por qué hay que apoyar la escuela pública si es más costosa para la sociedad que la concertada? O que la privada, que no recibe ni un duro del Estado aunque ahora la Comunidad de Madrid les desgrave algo en la declaración de la renta a los padres que llevan a sus hijos a esos colegios. A qué viene engañar así a la gente. Nosotros hacemos el mismo trabajo con mucho menos presupuesto. Normal que en las comunidades con sentido común, como la Comunidad de Madrid, cada vez se nos haga más caso. ¿De qué se quejan ahora los profesores de la pública? ¿De que van a dar 20 horas de clase? Nosotros damos desde hace siglos 24 o 25. Y las guardias de recreo ni siquiera se consideran lectivas. Y aquí no se queja ni dios, incluso cobrando menos que los profesores de la pública. Porque si no les interesa, ya saben por dónde se sale. Que aquí por cada profesor que ha opositado para irse a la pública tenemos cien llamando a la puerta para ocupar su puesto. Y ahora con todos los interinos que han echado de la enseñanza pública no nos va a dar ni tiempo a leer todos los currículos. Ya verás tú como si contratamos a uno de estos rebotados de la escuela pública que anda por la calle con la camisetita verde aporreando una cacerola, luego aquí no dice ni mu. Ni por dar más horas ni por pasarse mucho tiempo en casa preparando las clases o corrigiendo exámenes. Aquí nadie rechista porque todo el mundo sabe lo que hay. Si trabajan mucho en casa, a lo mejor lo que pasa es que simplemente son un poco lentos o les falta preparación. En ese caso lo que deberían hacer es darnos las gracias por contratarlos sin merecerse el puesto. ¿Por qué dicen que va a empeorar la educación? ¿Porque el número de alumnos por clase va a ser demasiado elevado? Gilipolleces. Nosotros llevamos años con las clases a tope y no nos hemos muerto. Aquí no nos podemos permitir tener clases de la ESO con menos de 30 alumnos. Nuestro presupuesto es muy ajustado y hay que rentabilizarlo. Y no tenemos desdobles ni nada de eso. Esos caprichos quedan para la pública, que es la que se puede permitir esos lujos con todo el dinero que le dan. Luego se quejan de que no admitimos muchos alumnos inmigrantes o con necesidades educativas especiales. ¿Quién nos pagaría a nosotros los profesionales necesarios para atenderlos? Que nos den a nosotros el dinero que le dan a un instituto público y ya verán como ponemos desdobles, apoyos y una cancha de baloncesto nueva. El doble de profesores que ellos tendríamos para atender al alumnado con dificultades. Porque con nosotros trabajarían más horas. Esas son las cuentas que hay que echar. No el número de profesores que trabajan, sino la cantidad de horas de trabajo que se consiguen invirtiendo menos dinero. También se quejan algunos profesores de la pública de que ahora les obligan a impartir asignaturas de las que no son especialistas. Nosotros lo llevamos haciendo toda la vida y nadie ha protestado. Un profesor de Historia puede dar una clase de Filosofía perfectamente con poco que se la prepare. Y un profesor de Matemáticas no debería tener problemas para dar Física. Ni uno de Inglés para dar Lengua Castellana. ¿O no? ¿O es que por ser de Inglés no va a saber español? Incluso al revés. El que más y el que menos hoy chapurrea el inglés y total, para la mierda de nivel que tienen ahora la ESO y el Bachillerato... ¿O es que si te quedan unas horas sueltas de una asignatura vas a tener que contratar un profesor más? Aquí tenemos varios profesores que imparten más de una asignatura. Y no siempre los más preparados son los mejores profesores. Uno de los mejores que tenemos en el Departamento de Lengua ni estudió Filología ni nada que se le parezca. Estudió Ciencias Políticas y lo cogimos porque es sobrino del jefe de estudios. Todo un acierto. De los mejores. Nunca ha dado ningún problema. Otra cosa igual. Siempre están quejándose los de la enseñanza pública de las oposiciones. ¿Es que se creen que porque hayan pasado una oposición son mejores que nosotros? Aquí tenemos un montón de profesores que cogimos porque tenían algún conocido en el centro o porque eran antiguos alumnos. Y nos ha ido muy bien. Porque lo que funciona es tener referencias, saber que van a ser fieles y respetuosos con la idiosincrasia de nuestro centro. Aunque no todos los profesores que trabajan aquí entraron por tener algún contacto. Hay bastantes que entraron por currículum y después de pasar entrevistas muy rigurosas. Algunos se han terminado yendo a la pública, supongo que para trabajar menos, pero no han sido muchos. El truco para que los profesores te duren está en saber elegirlos. Está bien, por ejemplo, contratar profesores que comulguen con nuestras creencias. O que vivan cerca. Parece una tontería, pero un profesor que viva cerca no querrá presentarse a una oposición por si le dan un destino lejos de casa. Y si además tiene hijos, mejor. Una persona que se tenga que hacer cargo de sus hijos no va a arriesgarse a hacer una oposición para que la manden a la otra punta de la Comunidad de Madrid. A los profesores y profesoras que quieren les permitimos escolarizar aquí a sus hijos, y cuando son pequeños, en el colegio que tenemos enfrente. Es una oferta que muy pocos pueden rechazar. Es otro vínculo y ya he explicado que son los vínculos con el centro los que garantizan la fidelidad. Da igual si es un vínculo personal o afectivo. El caso es que haya algún vínculo. Eso vale mucho más que tener a un profesor que sabe mucho y que lleva cinco años preparando oposiciones. Por eso funciona bien nuestra empresa. Por eso y porque tenemos contentos a nuestros clientes. Y no se trata de ofrecer calidad. Si la enseñanza pública tiene tanta calidad, no sé por qué cada vez más gente nos prefiere a nosotros. Los padres no quieren calidad. Quieren que sus hijos se porten bien y aprueben. Eso es lo que les damos aquí. Y el que quiere calidad le busca a su hijo un profesor particular. Porque eso es la calidad, la enseñanza personalizada. Pero eso tiene un coste, claro, y nuestra sociedad no se lo puede permitir. ¿O es que yo no iba a querer poner más profesores si me dieran el dinero para hacerlo? Pero no hay dinero y de lo que se trata es de tener al cliente satisfecho. Es lo que hacemos nosotros. La escuela pública nunca podrá tener la exclusividad y el prestigio que tiene estudiar en nuestro centro. Por mucha calidad y recursos que puedan ofrecer los institutos públicos. Porque a la gente lo que le gusta es sentirse un poco especial y pensar que está dando a sus hijos algo extra. Es importante que el día de mañana sus hijos vean que sus padres hicieron todo lo que pudieron para darles la mejor educación, que no se conformaron con lo que tenía cualquiera. Eso es lo que quieren. En la enseñanza pública hay padres resignados. Nosotros tenemos clientes satisfechos. Porque les damos lo que quieren. O al menos les hacemos creer que lo que les damos es lo que quieren. ¿Y eso cómo se consigue? Con publicidad y buena prensa. Eso es mucho más importante que la calidad. Y más barato. ¿A quién coño le importa la calidad? ¿Quieren ver el grado de satisfacción de mis clientes? ¡Háganles una encuesta! Todos los años se dan de hostias para conseguir una plaza en nuestro instituto.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Cuentos con moraleja: La tonta que quería tener inteligencia

Después de leer el título de este maravilloso cuento seguro que alguno está pensando que voy a contaros una versión sui generis del Mago de Oz. No van por ahí los tiros. Encontré este cuento en la apócrifa biografía del cuentista griego Esopo.

Esta es mi versión:

Una mujer sufría mucho porque su hija era tonta y odos los días le rezaba a Dios para pedirle que le diera algo de inteligencia. La muchacha, que escuchaba sus plegarias, sentía una gran pena por su madre.
Un día fueron al campo a dar un paseo. La madre se quedó descansando debajo de un árbol y la tonta se fue a dar una vuelta por los prados. Al acercarse a una arboleda escuchó unos ruidos sospechosos y se internó en ella. Allí descubrió a un hombre penetrando a su burra. La chica no supo interpretar bien lo que estaba sucediendo y le preguntó al hombre qué hacía.    
-Le inspiro inteligencia –le explicó el hombre, que se había quedado paralizado.
La tonta, aunque lo era, no tardó en relacionar lo que acababa de escuchar y las oraciones de su madre.          
-Pues inspírame a mí también inteligencia –le suplicó.
La proposición era muy tentadora para el hombre, pero no le pareció bien aprovecharse de que la muchacha fuera tan corta de luces y le dijo que no. Para excusarse le explicó que no se lo haría a ella porque las mujeres son siempre muy desagradecidas.
            -No es verdad –dijo la tonta-. Mi madre sí te lo agradecerá. Si me inspiras inteligencia, ella te recompensará.
La chica insistió tanto que, finalmente, el hombre accedió a sus súplicas y la desvirgó.
Nada más terminar, la tonta salió corriendo en busca de su madre para darle la buena noticia. Estaba totalmente eufórica:
            -¡Ya tengo inteligencia, madre! –le gritaba-. ¡Ya tengo inteligencia!
La madre, que no podía comprender qué era lo que le quería decir, le siguió el juego y le preguntó de dónde la había sacado.
            La muchacha le explicó cómo había descubierto a aquel hombre penetrando a su burra con una cosa rojiza, larga y dura que tenía entre las piernas y cómo ella misma le había pedido que le hiciera lo mismo.
            -Hija mía –le dijo la madre después de escuchar con espanto la historia-, no solo no has conseguido ser más inteligente, sino que has perdido la poca inteligencia que pudieras tener antes.


Muchos dichos y frases hechas podrían servir como moraleja de esta historia: salirte el tiro por la culata, ir por lana y salir trasquilado, tirar piedras a tu propio tejado, etcétera. Esto mismo es lo que les ha pasado en Castilla-La Mancha a muchos que han votado al PP. A algunos de forma directa, que seguro que muchos de los 15.000 empleados públicos que se van a quedar en la calle les votaron. A otros de forma indirecta. Me refiero a toda esa gente que cree en lo público (en la sanidad pública, en la educación pública, en las prestaciones por desempleo, en las jubilaciones, etc.) y se ha dejado engañar por las falacias populistas de los populares.

El PP no cree en la rentabilidad de las empresas públicas y siempre va a favorecer todas las iniciativas privadas que ocupen su espacio. No van a eliminar todo lo público porque no es posible, pero sí pueden reducirlo a una mínima expresión, a unos precarios servicios mínimos para los que no puedan pagar un seguro médico privado, un colegio privado o concertado, o un fondo de pensiones.

Todos mis respetos por los votantes del PP que comparten su forma de pensar. Toda mi conmiseración para los que creen en lo público y votan al PP. También para aquellos que se han dejado convencer por los discursos en los que los populares piden a los ciudadanos altura de miras y sacrificios personales porque están convencidos de que los recortes que están haciendo en Castilla-La Mancha y en otras regiones son la única forma posible de salvar la maltrecha situación económica. A otro perro con ese hueso.

Que nadie crea que con esto estoy alentando a la gente a votar al PSOE. Hace tiempo que, como le pasó a la tonta con la inteligencia, perdieron la poca credibilidad que tenían (quitaron el impuesto de patrimonio, subieron los impuestos indirectos, dieron un pasito más hacia el despido libre, que está a la vuelta de la esquina, etc.). Comparten más posturas con el PP de las que nos quieren hacer creer por mucho que Rubalcaba se empeñe en maquillarlo. Ha quedado claro en la sumarísima reforma de la Constitución que han hecho en comandita, sin consenso en el parlamento y sin un referéndum ciudadano.

Después de leer este cuento a uno le da por pensar que la protagonista bien pudiera ser la niña aquella de la que hablaba Rajoy en la campaña electoral de 2008.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Yo quiero trabajar 20 horas semanales

Llevo ocho años trabajando como profesor de Secundaria y ahora me doy cuenta de que he dado más de lo que me pedían. Es lo que pasa cuando no te explican bien las cosas, que los profesores hacemos muchos cursos de formación, pero en ninguno te dicen en qué consiste el trabajo del día a día. Y en la oposición menos. Para la oposición solo te piden contenidos teóricos, algunos ejercicios y preparar una programación de curso que tanto el ponente como el tribunal saben que solo funcionaría en los mundos de Yupi. Nadie me dijo que solo tenía que trabajar 18 o 20 horas semanales. En estos últimos cursos he impartido 19 horas lectivas semanales. Algunos compañeros, 18. Ahora parece que nos las van a subir a 20 o 21. Supongo que esta subida servirá para felicitarnos por lo poco que protestamos cuando el año pasado nos bajaron el sueldo un 11 o un 12%. Ahora que sé que solo tengo que trabajar esas 20 horas lectivas lo veo más razonable. Menudo chollo.
Supongo que es cuestión de organizarse mejor. En los institutos nos obligan a estar en el centro 26 horas. Las horas que no son lectivas se dedican a guardias, reuniones de coordinación y atención a los padres. Para no trabajar más de 20 horas tendré que esforzarme, pero lo conseguiré. En las horas de guardia intentaré escaquearme en cuanto pueda. En las horas de coordinación con el resto de miembros de mi departamento, con el orientador o con otros tutores me llevaré algún autodefinido para entretenerme mientras practico mi gesto de estoy-totalmente-de-acuerdo-pero-voy-a-hacer-lo-que-me-dé-la-gana. Y en las horas de atención a padres intentaré que no venga ninguno dándoles largas.
Estos años también dedicaba mucho tiempo por las tardes a corregir ejercicios y exámenes. Podían haberme dicho antes que no era necesario. Aunque más vale tarde que nunca. Me han quitado un peso de encima. Probablemente, al tener más horas de clase, voy a tener algún grupo más. Y es seguro que van a subir el número de alumnos por clase. No me quiero ni imaginar las horas que me llevaría corregir tantos ejercicios y tantos exámenes. Los ejercicios los haremos en clase y los corregiremos allí mismo. Lo de corregir los exámenes en clase me va a costar más trabajo, que soy muy especialito y me gusta estar muy concentrado cuando realizo esta tarea, pero todo se andará. Supongo que tendré que mandarles que se lean algo o que hagan algún dibujo para que estén calladitos y me dejen trabajar en paz.
Y nada de quedarme sin recreo para castigar a un alumno que se ha portado mal o de mandarle una tarea que luego voy a tener que corregir. Si en el aula hay demasiado escándalo y no se puede dar clase, siempre podremos aprovechar el jolgorio y organizar una fiesta.
La burocracia es otra de las labores que no sirve para nada y que quita mucho tiempo. Ahora nos obligan a elaborar un PTI cada vez que un alumno suspende. Para los profanos: un PTI es un Plan de Trabajo Individualizado. Me he pasado tardes y tardes elaborando estos farragosos documentos que finalmente no sirven para nada. Tendré que aprobarlos a todos para no tener que hacer ninguno. Aprobándolos a todos evitaré además tener cualquier tipo de reclamación. He visto a profesores malísimos que utilizan esta misma técnica y nunca tienen ni quejas de los padres ni de los equipos directivos ni de los inspectores.
Y se acabó lo de prepararme las clases y elaborar materiales nuevos. A mí siempre me ha gustado repasar los contenidos antes de dar una clase para refrescar datos y anécdotas que ilustren el árido contenido del libro, pero eso es un trabajo por el que por lo visto no me pagan. Supondrán que con lo que estudié en la carrera y en las oposiciones será suficiente. No seré yo el que les lleve la contraria. Leeremos el libro de texto y saldremos adelante. Para resolver las dudas supongo que me bastará con mi bagaje cultural y, cómo no, con mi fecunda imaginación.
Como soy profesor de Lengua y Literatura, todos los años he seguido leyendo libros y haciendo cursos para no quedarme estancado. Ahora comprendo que es ridículo tanto esfuerzo. Con el nivel tan bajo que exigimos en las aulas tengo suficiente con lo que ya sé.
En estos años dedicados a la docencia más de un alumno me ha dicho que los profesores vivimos muy bien, que solo trabajamos por las mañanas y tenemos muchas vacaciones. ¡Angelitos! Ya sabemos cómo son los adolescentes y cómo les gusta repetir las cosas que oyen en sus casas. Al principio intentaba defender la profesión, pero desde hace unos años les doy la razón y les animo a hacerse profesores si tanto les gusta.
Este curso, después de lo que está diciendo la Esperanza Aguirre y de que en los medios de comunicación solo hablan de nuestras horas lectivas como si fuera lo único que hacemos, me espero lo peor. No me extrañaría que algún alumno me soltara que soy un vago y un caradura, que así de espontáneos y naturales son los jóvenes de hoy. Me gustaría poder darle la razón cuando suceda.

jueves, 25 de agosto de 2011

Recuerdos del fascinante mundo de la construcción

Están levantando las calles que rodean mi piso por cuarta o quinta vez en los cinco años que llevo viviendo aquí. Una estuvo más que justificada, que fue para rehabilitar las calles, que estaban en un estado lamentable. Lo que no tiene justificación es que desde entonces las hayan reventado cuatro o cinco veces más para meter tubos del agua, de la luz, de ONO o de su puta madre. Ahora andan dando por culo los del gas natural. Todos estos despropósitos no solo tendrán un coste oneroso para nuestros bolsillos sino que contribuyen a amargarme uno a uno los veranos por mor del inmisericorde ruido de los taladros y al trajín constante de dúmpers, camiones y excavadoras.

Todas estas vicisitudes me traen a la memoria recuerdos de otros tiempos, esos lejanos tiempos de mi tierna juventud en los que yo también colaboré en las encomiables tareas de hacer alcantarillas, arquetas, calzadas y aceras. No voy a rememorar todos y cada uno de los trabajos ridículos que tuve que realizar en los tres veranos que pasé en la construcción porque sería interminable. Trabajaba para unos contratistas –pistoleros los llamamos en mi pueblo- y había semanas en las que me cambiaban dos o tres veces de obra. Era un peón multifunción que podía hacer las tonterías que hacía en cualquier parte.

Hoy solo me quiero acordar de los días que pasé en la finalización de un tramo de la M-40, el tramo que pasa cerca de Canillejas y el Parque Juan Carlos I (en cuyas calles, alcantarillas y lagos también tuve la fortuna de participar). Corría el verano de 1990.

Por entonces supongo que el precio de algunas obras públicas no estaría acordado y cerrado de antemano. Si no, no se entenderían las cosas que vi en aquella obra. Para empezar, la empresa constructora pedía a los contratistas para los que yo trabajaba todos los peones que podía justificar. Y en ocasiones se pasaba. Fue en la única obra en la que un encargado me echó la bronca y fue por hacer mi trabajo demasiado deprisa. Cuando se quedaba sin tajo donde ponernos, se ponía de muy mal humor. Luego salía del paso inventándose alguna tarea sin mucho sentido o mandándonos repetir algo que ya habíamos hecho.

La obra estaba llegando a su fin y hacíamos principalmente remates y tareas de limpieza. Me recuerdo durante varios días con otros compañeros limpiando de hierbas y rastrillando el mismo tramo de carretera una y otra vez. Porque había que guardar las apariencias. El encargado sabía que a veces no hacíamos nada, pero cuando se acercaba con su C15 teníamos que fingir que trabajábamos con entusiasmo, que no queríamos que se cabreara con nosotros.

Lo mejor de todo fue que, cuando se aproximaba la fecha de inauguración, había un montón de tareas de limpieza pendientes y tuvieron que contratarnos los fines de semana, que era algo que a muchos nos gustaba porque nos pagaban tres o cuatro veces más que un día normal.

Pero la gran chapuza que quería contar es una que me viene a las mientes siempre que paso por ese tramo de la M-40. Algunas veces incluso se me pasa por la cabeza la posibilidad de que den en el telediario la noticia de alguien que ha muerto electrocutado en la M-40 por apoyarse en algún quitamiedos.

El problema se lo encontraron los electricistas, pero ni ellos fueron los culpables ni entraba dentro de sus competencias solucionarlo. Cuando metían el cableado de las farolas por los tubos que van bajo tierra, se toparon con un atasco. Después de una investigación en profundidad descubrieron que en un tramo de unos 100 o 200 metros muchos de los postes de los quitamiedos habían reventado el tubo que tenía que alojar los cables. La solución hubiera sido tan sencilla como volver a cavar una zanja al lado del quitamiedos y poner tubos nuevos, pero supongo que la fecha de la inauguración se les echaba encima, supongo que la máquina que podía hacer la zanja ya no estaba allí, supongo que hacerlo a mano hubiera sido muy lento, supongo que ya habían devuelto los tubos que habían sobrado, y supongo que los electricistas tenían que acudir a otras obras y no podían esperar allí de brazos cruzados. Y supongo todo eso porque haría falta una buena justificación para la solución que buscaron a la desesperada.

Los artífices encargados de llevarla a cabo fuimos dos de los peones más jóvenes e inexpertos, un muchacho de un pueblo cercano al mío y yo, dos mancheguitos que habíamos pasado muchas horas juntos barriendo y rastrillando o fingiendo que lo hacíamos, que era mucho más extenuante. Durante un par de días trabajamos duro para que aquella chapuza llegara a buen término. Nos pusieron a las órdenes de los electricistas e hicimos lo que nos dijeron, estupefactos pero sin rechistar.

Cuando la guía y los cables de los electricistas topaban con uno de los postes, cavábamos hasta descubrir el tubo, le hacíamos un agujero –creo que era de PVC- y por el boquete sacábamos los cables. Luego hacíamos lo mismo en el otro lado del poste. Descubríamos el tubo, lo rompíamos e introducíamos los cables por el nuevo agujero bordeando el poste. Como resultado de esta operación los gruesos cables del alumbrado público quedaban sobre la tierra pegados al poste de metal. Para disimular la chapuza, el encargado nos ordenó que pusiéramos encima del cable un trocito de plástico del tubo que habíamos roto y luego tapáramos todo el despropósito con tierra asegurándonos de que quedaba bien compactada. No sé cuántos postes tuvimos que sortear de esta manera. Creo que estuvimos casi dos días con los chispas mirándonos el cogote. A mí se me hicieron eternos.

Si no se electrocuta nadie, la sorpresa se la llevarán –puede que se la hayan llevado ya- los electricistas que algún día tengan que ir a renovar el cableado. Supongo que no darán crédito y esta vez estará justificada la invectiva que estos profesionales siempre sueltan contra los colegas que les han precedido en un trabajo.

Creo que hoy las obras públicas salen a concurso –al menos aparentemente- y tienen un precio ajustado antes de llevarse a cabo, un precio que todos sabemos que es normalmente abusivo. La administración siempre paga unas facturas abultadísimas por cualquier trabajo que encarga. Las empresas tienen que pensar del dinero del Estado lo mismo que los atracadores del dinero de los bancos: que no es de nadie y tonto el que no lo coja a puñados.

En los años de construcción galopante de la burbuja inmobiliaria no he tenido la suerte de disfrutar de los placeres de la construcción. Tiene que haber sido muy divertido ver las soluciones extraordinarias que en muchas ocasiones se habrán tomado por culpa de las prisas, de los materiales de baja calidad, de la falta de cualificación de oficiales y encargados, y de los constructores sin escrúpulos. Seguro que en las reformas que se hagan en el futuro se encontrarán bajo las baldosas y detrás de los azulejos muchas sorpresas.

jueves, 18 de agosto de 2011

Qué bien pensado está el mundo: el sumo pontífice

El papa: personaje universal

El papa es un personaje genial. A nadie deja indiferente, ni a los que lo quieren, que lo hacen con locura, ni a los que lo desprecian, que ven en él la figura más asquerosa y reaccionaria del planeta.

Por eso es lógico que se haya liado parda con las Jornadas Mundiales de la Juventud en la tórrida, reivindicativa y beligerante Puerta del Sol. Y es que lo que para algunos es muy “cool” (no me lo invento, así dijo hace un par de días una peregrina que le parecía la visita de Benedicto XVI) para otros es un despropósito anacrónico que se hace incluso más incomprensible en estos tiempos de crisis.

De cualquier forma, el papa es tan importante para unos como para otros, por unas u otras razones, por unas u otras filias o fobias. Es un personaje de proyección planetaria que sigue ahí a pesar del inexorable paso de los siglos.

Por cierto, antes de que se me olvide, si escribo papa con minúscula no es por minusvalorar a personaje tan eximio, sino por respetar las nuevas normas ortográficas de la RAE, que dice que los títulos, cargos o empleos de cualquier tipo deben ir en minúscula, tanto si van acompañados del nombre propio de la persona que ostenta el cargo como si no. Después de este apunte academicista, voy a  lo que iba.

El papa para los católicos

A los católicos siempre les han gustado las jerarquías, que ya bastante martirio les supone que ante Dios todos tengamos que ser iguales. Por eso se llevaron bien con los romanos (aunque al principio tuvieran sus más y sus menos). Por eso el feudalismo fue un buen caldo de cultivo para que el cristianismo se extendiera por medio mundo. Y por eso siempre han sido uña y carne de reyes, dictadores y demás sátrapas. En la Edad Media tenían jerarquías hasta en el Cielo, donde, según Dionisio Aeropagita, los ángeles se dividían en tres coros angélicos. En el primero estaban los ángeles, los arcángeles y los principados. En el segundo, las potencias, los señoríos y las dominaciones. Y en el tercero, los tronos, los querubines y los serafines. Por eso siempre les ha gustado mucho a los curas que haya distintos niveles en su organización interna e infinidad de cargos, que van desde los humildes sacristanes hasta los orondos cardenales.

Pero sin duda la gran idea fue la de tener un líder, un elegido que tendría línea directa con el Altísimo y por cuya boca solo saldrían verdades como puños gracias al don de la infalibilidad, que significa que el papa nunca se equivoca, y no que no tenga falo o que no los desee. Tampoco que los desee, que me estoy liando y al final va a parecer que ha sido mi subconsciente el que ha escrito esto. Como decía, tener un líder permanente en la Tierra, una especie de profeta que habla por boca de Dios y que todo lo que dice va a misa, ha sido lo que les ha dado ventaja y proyección mediática respecto del resto de religiones monoteístas.

Ay si los musulmanes hubieran hecho lo mismo y tuvieran un sucesor de Mahoma a la manera que los católicos tienen uno de san Pedro. A lo mejor no estaban todo el rato a la gresca entre suníes, chiíes y kurdos.

Las otras ramas del cristianismo tampoco se dieron cuenta de los buenos resultados que les podría dar esta fórmula. Los ortodoxos, por aquello de no hacerle un feo al vecino, permitieron la existencia de varios patriarcas, que es lo mismo que decir varios papas. De hecho, para ellos Ratzinger no es más que el patriarca de Roma, menosprecio que siempre se la ha traído floja a este y a todos los que le han precedido. Los ortodoxos reconocen al patriarca de Constantinopla como el más importante, pero a título honorífico, lo que es lo mismo que no decir nada. Al lado del papa de Roma, con su infalibilidad y su cargo de jefe de Estado, el patriarca de Constantinopla es una patata rusa. Y si creéis que no es cierto, decidme cómo se llama el actual, que lleva ya la friolera de 20 años en el cargo. Ni idea, ¿verdad? Pues lo buscáis en la Wikipedia que es donde lo he mirado yo.

Y los protestantes, que no son pocos, están tan divididos y faltos de coordinación que en organización y poder mediático tienen perdida la batalla con el Vaticano. Con lo listo que era Lutero y no tuvo la gran idea de crear un papa para los suyos.

Como ya he dicho antes, una de las atribuciones más destacadas y alucinantes del papa es la de ser jefe de Estado, aunque su Estado no sea nada más que una ciudad metida dentro de otra. El Vaticano realmente se llama Estado de la Ciudad del Vaticano, pero no suelen ponerlo entero en ningún sitio porque un nombre tan grande se les saldría de las fronteras. Lo importante es que con esta argucia, propia de astutos y taimados italianos, el papa se puede entrevistar con cualquier líder mundial haciéndose valer por su cargo político.

Hay otros aspectos que hacen muy atractiva la figura del papa, como, por ejemplo, el papamóvil, que viene a ser algo así como el batmóvil para Batman, o la suntuosidad y el boato que acompañan todas sus apariciones y ceremonias, pero no quiero extenderme mucho en estas frivolidades para que no se me acuse de destacar en este texto la fastuosidad y el derroche de la Iglesia en detrimento de sus aportaciones en materia de fe, que deben de ser muchas en vista las pasiones que levanta.

El papa para los ateos, agnósticos, laicos, etc.

Para los que no creen en Dios el papa es el representante de la carcundia más recalcitrante. Pero es una figura que les da mucho juego porque les sirve de blanco de todas sus críticas. Algo así como si fuera el encargado de un negocio al que quieres poner una reclamación.

En lo único que están de acuerdo católicos y laicos es en que el papa representa como nadie a la Iglesia Católica. Los laicos ven al papa viejo, desfasado, retrógrado, reaccionario y ridículo. Ni más ni menos que la imagen que tienen de la iglesia a la que representa. Por eso no va mucha gente a misa. Por eso no se ordenan muchos sacerdotes en España ni las muchachas se meten a monjas. Por eso no juntarían ni a cuatro gatos si no hicieran jornadas mundiales y apelotonaran a todos los meapilas de los países católicos europeos y de los ultracatólicos países de América Central y Sudamérica, que tienen que agradecer a los españoles que en la conquista de América les lleváramos la palabra de Dios junto con un montón de enfermedades y el amor por los trabajos de doblar la espalda.

Los laicos que saben un poco de historia no pueden comprender cómo una religión que nació entre los judíos que vivían en lo que hoy es Israel terminó teniendo su sede en Roma y un historial de despropósitos antisemitas que deja a Hitler a la altura del betún. El emperador Constantino I no sabía la que iba a liar cuando promulgó el Edicto de Milán y legalizó el cristianismo en el Imperio Romano allá por el siglo IV. Dicen algunos historiadores, probablemente laicos, que la que lo convenció fue su madre, que era la conversa, y que Constantino terminó haciéndole caso para que dejara de ponerle la cabeza como un bombo.

Los descreídos de los países occidentales no pueden soportar tanto papanatismo porque todo lo que rodea al papa les resulta grotesco: la ropa que visten los altos cargos eclesiásticos, la ostentación de riqueza en sus ceremonias, la hipocresía con la que disfrazan sus intereses torticeros o incluso el papamóvil, que es una prueba de la falta de confianza que tienen los papas actuales en que su Dios les vaya a salvar de las balas.

Pero sin duda alguna lo que menos le gusta a gran parte de la civilización actual del catolicismo es la obstinación con la que siguen rechazando el disfrute del sexo. Es normal que cuando se descubren prácticas pederastas u otro tipo de perversiones en el seno de la Iglesia la gente piense cosas raras, como que la Iglesia siempre ha sido el refugio de un montón de homosexuales reprimidos o de heterosexuales frustrados que, en ocasiones, terminan dejando aflorar sus instintos de forma traumática.

Por todo esto es por lo que muchos españoles no pueden seguir entendiendo que el Estado español siga renovando el concordato con la Santa Sede, y subvencionando no solo la JMJ, sino todo el tinglado de iglesias, monasterios, colegios concertados y seminarios que los católicos se obstinan en mantener con un coste desproporcionado a costa de las arcas del Estado, que ya sabemos todos que lo que reciben de los contribuyentes en la declaración de la renta no es suficiente y el Gobierno les da lo que les falta de tapadillo.

Un papa para todos los españoles

La importancia del papa es incuestionable. El que para unos es líder espiritual y modelo para el mundo, para otros es una figura corrupta que representa lo peor de una religión que lleva 2.000 años haciendo daño a la humanidad a cambio de contentar a unos pocos.

Pero no merece la pena darle vueltas. Mientras los curas sean los que administran las bodas, las comuniones y los bautizos, y los santos y las vírgenes de las festividades –en ese politeísmo tan propio del catolicismo-, y mientras millones de españoles, aunque sean minoría, sigan poniendo la X para darles dinero en la declaración de la renta, no se va a poder hacer nada, que por algo fuimos en tiempo de los Austrias el azote del protestantismo. Por no hablar de esa Guerra Civil que se convirtió en Cruzada para desembocar en un fascismo cuyo leitmotiv no era la raza, a la manera germana, sino el catolicismo, una variante del fascismo mucho más castiza y carpetovetónica.

El día en que el Estado español no pueda mantener el concordato con la Santa Sede, meterá los gastos de la Iglesia en Cultura, igual que ha hecho con los toros. Con la Iglesia será incluso más fácil justificar la decisión. Bastará con ponerla en el apartado de teatro subvencionado para que así pueda continuar la función.

Por eso al que esto suscribe no lo va a ver nadie entre los miles de peregrinos que quieren ver al papa ni tampoco en ninguna manifestación laica en contra de la JMJ. Hace un calor horroroso y en toda manifestación, cristiana o laica, siempre hay un montón de subnormales que te pueden echar a perder el día. La figura del papa es muy inspiradora, pero no merece ningún esfuerzo, ni siquiera para ir en su contra.

España, en esto como en tantas cosas, tiene lo que se merece.

martes, 19 de julio de 2011

Guerra Civil

Leo artículos y libros sobre la Guerra Civil y pienso que es muy cómodo desde nuestra España aburguesada del siglo XXI tomar una posición políticamente correcta acorde con nuestro orden actual. Sin embargo, nada más difícil que juzgar aquellos hechos desde el presente. Nada tiene que ver esta España con la del 36. Llevo un tiempo leyendo ensayos sobre el conflicto y ahora me doy cuenta de que todo es más complejo que decidir quiénes eran los malos y los buenos tomando como referencia nuestros valores y parámetros actuales.
Es algo así como si en el futuro alguien nos juzgara y llegara a la conclusión de que todos los que votaron a Aznar eran idiotas y que por su culpa entramos en la Guerra de Irak. O que pensara que éramos una sociedad conformista porque no hicimos una huelga general en condiciones contra Zapatero en el periodo de mayores recortes de nuestra etapa democrática y con unos índices de paro históricos. O que decidiera que eran gilipollas todos esos valencianos que refrendaron por mayoría absoluta un Gobierno implicado en casos de corrupción y que les llevó hasta el primer puesto en el ranking de autonomías endeudadas, con una deuda de 17.600 millones de euros.
Sería muy cómodo y fácil juzgarnos desde la inmunidad del futuro.
En el futuro probablemente también se preguntarán cómo pudo llegar a presidente del Gobierno un individuo sin carisma, cuestionado incluso por su propio partido, que previamente perdió dos elecciones que estaban ganadas y que se parecía el abuelo Cebolleta a pesar de sus esfuerzos por teñirse las canas. Tal vez entonces será muy fácil juzgar al electorado español y poner en tela de juicio su sentido común. Pero es que hay cosas que para entenderlas hay que vivirlas.

domingo, 17 de julio de 2011

¡Indignaos si no queréis quedaros en casa o hacer botellón!

Antes en España, si a uno las cosas le iban mal, siempre le quedaba la barra del bar para ahogar sus penas en alcohol. Hoy esa opción sale cara. Hacer vida en un bar nunca ha sido barato, pero hoy se ha convertido en algo prohibitivo. ¿Y qué hemos hecho para remediarlo? Nada. Simplemente vamos menos a los bares. O vamos lo mismo pero consumimos menos.
Ya sabemos que el paso del euro a la peseta tiene una conversión muy sencilla. Olvidaos de multiplicar por 166,386 pesetas. Es tan fácil como tener en cuenta esta equivalencia: 1 euro = 100 pesetas. Así el pan si antes costaba 50 pesetas, ahora cuesta 50 céntimos. Si una docena de huevos valía 85 pesetas, ahora son 85 céntimos. Si por ir a un concierto te cobraban 2.000 pesetas, ahora hay que soltar 20 euros. Si una novela de pasta dura costaba entre 1.500 y 2.000 pesetas, ahora está entre los 15 y los 20 euros. Y así con todo, con muy pocas excepciones. Lo cierto es que matemáticamente no nos ha costado mucho esfuerzo adaptarnos a la nueva moneda.
Luego hay excepciones, como los sueldos, en los que normalmente nos han aplicado la equivalencia rigurosa de 1 euro = 166,386 pesetas. Por lo que gente que antes cobraba unas 150.000 pesetas ahora cobra más o menos 1.000 euros.
Los bares son otra excepción, no por defecto sino por exceso. Para las listas de precios de los bares la equivalencia 100 pesetas = 1 euro solo fue el primer paso, una conversión tan sencilla como rentable. El café pasó de 100 pesetas a 1 euro, los cubatas de 400 pesetas a 4 euros, un menú de 800 pesetas a 8 euros, etc. Pero eso solo fue la primera toma de contacto con una nueva moneda con la que había que familiarizarse. Superado ese momento de adaptación, no vieron por qué no podían engordar un poco el precio en vista de que un importe de 5 euros, por ejemplo, sonaba mucho más barato que 831,93 pesetas. Por eso ahora un café cuesta 1,20 euros, un cubata entre 5 y 7 euros y casi todos los menús andan más cerca de los 10 (o los 12) que de los 8 euros con los que empezamos.
Pensando en la pasmosa sencillez de ciertas conversiones matemáticas me acordé de lo que solía ser un sueldo mediocre hace unos veinte años: 100.000 pesetas. Qué fácil resulta comparar ese importe con los 1.000 euros actuales. También había gente que cobraba 80 o 90 mil pesetas. Como hoy la hay con sueldos de 800 o 900 euros. Y había muchos que cobraban unas 120.000 pesetas como hoy muchos cobran 1.200 euros. Un sueldo en condiciones entonces podía llegar a las 200.000 pesetas, importe que se parece mucho a los 2.000 euros de hoy en día.
Mejor que la conversión de euros a pesetas o estudiar la subida del IPC anual desde entonces es calcular por equivalencias la diferencia de poder adquisitivo. Es decir, con un sueldo de tal importe qué puedes adquirir.
Hace 20 años un café valía entre 75 y 85 pesetas. Para mantener el mismo poder adquisitivo hoy debería costar entre 75 y 85 céntimos. Una Coca-Cola podía costar 120 o 150 pesetas. Hoy no debería pasar de 1,50 euros. Una cerveza te costaría entre 80 y 100 pesetas. Buscadme algún bar en el que te la den a menos de 1 euro. Un cubata valía 300 pesetas. Hoy no te cobran 3 euros ni en la hora feliz, que, por cierto, en Cataluña ya está prohibida.
Anoche mismo nos cobraron en Madrid 22,50 euros por una ración de calamares, otra de patatas bravas y dos tintos de verano. Ni eso nos hubiera costado hace diez años 3.743,68 pesetas, ni hace veinte, 2.250 pesetas.
¿Por qué se ha encarecido tanto la hostelería? ¿Les han subido mucho los impuestos? ¿Les cuesta mucho dinero contratar camareros y cocineros? ¿Quieren trabajar poco y ganar mucho?
La verdad, no lo sé. Lo único que puedo decir es que cada vez voy menos a los bares. Solo no voy nunca. Para mí los bares son un sitio para alternar con los amigos. Los días que trabajo, y no todos, tomo un café a media mañana, también por charlar un rato con los compañeros de trabajo, con los que no se quedan fumando en la calle.
Los elevados precios de los bares me devuelven a mi época de estudiante con pocos recursos. Con mis casi cuarenta años todavía tengo que andar echando cuentas para ver cuántos días al mes me puedo permitir el lujo de salir a cenar por ahí o a tomar unas copas. Los fines de semana todos los locales están más o menos llenos, pero entre semana se ve poca gente. La mayoría preferimos salir un día a gusto y quedarnos en casa el resto de la semana que salir muchos días contando los centimillos de los bolsillos.
Normal que los jóvenes hagan botellón por sistema. Lo raro es que no lo hagamos todos. A mí me da envidia. Si fuera capaz de convencer a mis amigos de que se apuntaran, no lo dudaría ni un instante.
También podríamos plantearnos hacer acampadas y organizar asambleas de clientes indignados dentro de los bares. En esas asambleas se podría debatir si deberíamos hacer algo para que los dueños de los bares ganaran menos o para que el Gobierno declarara la hostelería bien de interés social y cultural y les bajara el IVA a cambio de una negociación de precios máximos.
Si los precios de los bares fueran más asequibles, no me cabe ninguna duda de que habría mucha más clientela, más bares y, consecuentemente, más puestos de trabajo. A lo mejor hay gente que piensa que en España hay demasiados bares sin darse cuenta de que los bares forman parte de nuestra forma de entender la vida. Si perdemos los bares, no sé en qué nos vamos a diferenciar de nuestros vecinos europeos, que cada vez vienen menos por aquí por el encarecimiento de los precios. Qué bien nos han venido este año las revueltas en el norte de África para recuperar parte del turismo europeo de otros tiempos.
Habrá quien piense que sería mucho más importante y prioritario que protestáramos, por ejemplo, para que bajaran los precios de las viviendas o los abusivos intereses de los préstamos hipotecarios. Eso depende de las prioridades de cada uno. No importaría mucho que tu casa fuera un zulo si pudieras pasar gran parte del tiempo fuera. Mismamente en un bar. En otros tiempos, por ejemplo,  no era raro que los escritores trabajaran en los bares. Jardiel Poncela, que acostumbraba a escribir en cafés porque le gustaban los sitios bulliciosos para concentrarse, hoy tendría que haberse ido a un parque donde hicieran botellón para que le salieran rentables los libros.
Al final voy a terminar pensando que nos permiten que descarguemos películas, discos y videojuegos ilegalmente para que nos quedemos en casa.

Hace poco falleció el actor Antonio Gamero. Cuentan que siempre decía: “Como fuera de casa no se está en ningún sitio”. Quizá murió con él una forma de entender la vida.