Calculo que más o menos
han sido cinco años. Eso es lo que nos ha durado nuestro interés obsesivo y
desmedido por la política. No está mal. No es una marca despreciable. Las modas
suelen durar menos.
Tuvo que ser a
principios de 2011 cuando a todos nos dio por ahí, o un poco antes, que fue a
finales de 2010 cuando se publicó Indignaos,
de Stéphane Hessel, y encontramos el adjetivo que definía nuestro estado de
ánimo de entonces. Los indignados de España salimos a tomar las calles, las
avenidas y las plazas, y todo aquello desembocó en el ilusionante 15-M. Aunque
yo no acampé en Sol, reconozco que me emocioné cuando estuve allí. De una forma
o de otra –ocupando plazas, rodeando el Congreso, invadiendo calles, impidiendo
desahucios, llenando las redes sociales de indignados mensajes políticos…–
hemos pasado cuatro o cinco años bastante moviditos. Pero ya se acabó. Yo diría
que justo después de las elecciones del 20-D. Se notó mucho en las redes
sociales. El flujo de mensajes de contenido político descendió de forma
considerable. Nadie habla de esto, pero seguro que ha sido uno de los factores
que han hecho que la izquierda haya perdido tantos votos en las segundas
elecciones. Y de las calles, avenidas y plazas mejor ni hablamos. Hace tiempo
que nos cansamos de patearlas y ocuparlas. Hubo momentos en que era
tremendamente agotador. Y confuso. Era todo tan confuso que tuvieron que
organizar las mareas por colores para que nos aclaráramos.
¿Y qué nos ha quedado
de todo aquello? Vivencias. Emociones. Recuerdos. Yo estuve allí. Cierta tranquilidad
de conciencia por haberlo intentado. Poemas. Canciones. Puede que haya alguna
novela buena, aunque aún no ha llegado a mis manos. También cambiamos el
bipartidismo por un rompecabezas de partidos y colores imposible de resolver. Y
es que la realidad de la política española actual, a pesar del cambio
indiscutible, tiene más de resaca que de borrachera, y que te dé un bajón en la
resaca entra dentro de lo normal.
La política sigue presente
en las redes sociales, claro, pero de forma más comedida, displicente,
desganada. Algunos no hablan de otra cosa, pero ya eran así antes del 15-M.
Otros, de vez en cuando, seguimos haciendo algún comentario. Por inercia y sin
ninguna ilusión. Entre otras cosas porque con los comentarios políticos se
cosechan muchos menos me gusta que en
otros tiempos. Y eso desanima, claro. Y que todo es lo mismo y uno ya está como
de vuelta de escuchar las mismas noticias: las corruptelas del PP, los
desatinos de Podemos, las noticias de Venezuela, las incoherencias de
Ciudadanos, las bravuconadas de los independentistas… Todo se repite y nada se
resuelve en un bucle infinito.
Por no hablar de la política
internacional. Ahí estamos perdidos. Sobre todo los progres. Porque la derecha
siempre simplifica y tiene las cosas más claras: no a la inmigración, no a los
refugiados, no al islam, no, no y no. Gente práctica que no se complica, que lo
de tener razón está sobrevalorado. Los progres, sin embargo, estamos aturdidos
y desconcertados. En la guerra de Siria no sabemos qué bando es peor (bendita
guerra de Irak, en la que estaba clarísimo quiénes eran los malos). Y pensamos
que no habría que estar en esa guerra porque somos pacifistas, pero también
entendemos que Francia se defienda de alguna manera de los ataques terroristas,
cada vez más numerosos, cada vez más inquietantes, cada vez más difíciles de
entender. Los refugiados nos preocupan y nos ofende que digan que son todos yihadistas,
pero no podemos negar que algunos lo sean. Con los católicos fundamentalistas
teníamos clara nuestra postura, pero no es tan fácil con el islam. Porque dices
algo contra ellos y alguien acaba alineándote en las filas de Marine Le Pen, y
eso nunca. Por eso puede que a veces pequemos de ingenuidad y de buenismo. Y de
lo de Turquía ni hablamos. No podemos decir nada de un país que ni conocemos ni
entendemos. Creo que en los próximos meses nos meteremos con Donald Trump, que
es una de las pocas cosas en la que todos lo tenemos claro.
Pensando en todo esto, el otro día me acordé de este poema de Nicanor Parra:
Pensando en todo esto, el otro día me acordé de este poema de Nicanor Parra:
NO CREO EN LA VÍA
PACÍFICA
no creo en la vía
violenta
me gustaría creer
en algo –pero no creo
creer es creer en Dios
lo único que yo hago
es encogerme de hombros
perdónenme la franqueza
no creo ni en la Vía
Láctea.
Un poco así creo que nos sentimos muchos. Sin saber qué pensar de lo que pasa fuera y sintiendo que lo que pasa dentro no tiene solución, que cada sociedad tiene el gobierno que se merece y que esto es lo que nos merecemos nosotros.
That’s all Folks!
Un poco así creo que nos sentimos muchos. Sin saber qué pensar de lo que pasa fuera y sintiendo que lo que pasa dentro no tiene solución, que cada sociedad tiene el gobierno que se merece y que esto es lo que nos merecemos nosotros.
El caso es que toda
esta fiebre colectiva por la política se acabó. Y no porque yo lo diga. Es un
hecho. La política vuelve a ocupar su espacio de siempre y la vida sigue su
curso. Y puede que eso, al fin y al cabo, no sea tan malo. La vida es lo que
sucede mientras perdemos el tiempo hablando de política. O mientras estás
leyendo este post, que finalmente, reconócelo, no te ha servido para nada.
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