domingo, 27 de abril de 2014

La espiral del silencio

La espiral del silencio es una teoría sociológica que sostiene que la gente se suma a las corrientes de opinión mayoritarias para evitar el rechazo social. Al final puede que todos, de una manera o de otra, seamos como Leonard Zelig, aquel personaje genial de Woody Allen que se mimetizaba con las personas que le rodeaban, incluso convirtiéndose en negro si todos los que estaban con él lo eran.

La teoría de la espiral del silencio partía de un análisis hecho en la sociedad occidental de la segunda mitad del siglo XX, un momento en el que los grandes medios de comunicación monopolizaban la opinión pública. La conclusión era que los seres humanos hacemos un constante sondeo a nuestro alrededor para saber si nuestra postura en un tema coincide con el de la mayoría o no. En caso de que exista coincidencia, normalmente no hay miedo de expresar lo que pensamos. Pero si no es así, si nuestras opiniones no coinciden con las mayoritarias, solemos reprimirnos para no ser rechazados. De esta forma, la espiral del silencio ayuda a fortalecer una opinión que no encuentra oposición y sigue ganando adeptos mientras silencia a los que no la comparten.

Solo una minoría fuerte y sin miedo al aislamiento social se atreve a enfrentarse a las corrientes mayoritarias. Normalmente son personas formadas y con una posición socioeconómica solvente las que forman parte de esas minorías que se atreven a defender posturas diferentes a las de la mayoría. También los hay que simplemente son artistas o intelectuales rebeldes e inconformistas sin miedo a las consecuencias de sus afirmaciones. Las opiniones minoritarias, en ocasiones, calan en parte de la sociedad y empiezan a ganar seguidores. De esta forma las opiniones minoritarias de una época pueden llegar a ser mayoritarias en otra. Supongo que eso explicaría fenómenos como el del rechazo y posterior aceptación de la homosexualidad por nuestra sociedad, cómo es posible que en pocas décadas haya pasado de estar mal vista e incluso perseguida por la ley hasta llegar no solo a la tolerancia de gran parte de la sociedad, sino a su aceptación y comprensión.

En una sociedad dominada por los grandes medios de comunicación, la espiral del silencio podía resultar positiva si, por ejemplo, servía para extender opiniones favorables a la democracia, la libertad o la solidaridad. Por el contrario, en momentos de crisis, podía alimentar ideologías como el nazismo. Sin ir más lejos, Elisabeth Noelle-Neumann, la autora de la teoría de la espiral del silencio, fue nazi en su juventud.

Supongo que ahora mismo se estará estudiando cómo se puede aplicar esta teoría a la nueva realidad mediática en la que vivimos. Por una parte, las redes sociales nos permiten buscar otras opiniones diferentes a los de los medios de masas, lo que les resta poder a quienes los controlan, que, en última instancia, es la clase política. Por otra, las posturas minoritarias, incluso aquellas que son execrables, irracionales o disparatadas, pueden encontrar partidarios en el vasto universo de Internet. Los machistas, los racistas o incluso los pederastas, gracias a la red, pueden combatir la soledad y el aislamiento al que hubieran estado condenados en otro tiempo. Internet les permite relacionarse con otros que son como ellos y reforzar sus posturas.

Escribo esto porque también he observado cómo ciertas ideas que hace unos años nos hubieran parecido despreciables aparecen de vez en cuando en los medios de comunicación (estoy recordando ahora mismo la aparición estelar de Marine Le Pen en el programa de Ana Pastor), y cómo esas ideas se convierten en larvas que se incuban en las redes sociales, que son el verdadero caldo de cultivo que garantiza su futuro.

Internet y las redes sociales son una vía de escape para todos aquellos que quieren defender posturas diferentes a las que intentan imponer los medios de comunicación de masas. Y eso a los amantes de la libertad de expresión es algo que nos fascina. Pero el problema es que las relaciones en la red son en gran medida horizontales, lo que quiere decir que lo mismo vale la opinión de un genio que la de un cretino. Mi poca fe en el ser humano no me hace pensar que en una batalla dialéctica en la red vayan a ganar los genios. No dudo de lo atractivas que resultan para muchas personas las opiniones de algunos cretinos con cierto desparpajo.

Que nadie piense que estoy pidiendo que se censuren algunas opiniones en Internet. Ya se hace y me parece terrible. Recientemente dos personas (Pablo Hasél y Alba González Camacho) han sido condenadas por expresar en la red sus opiniones y, aunque no estoy de acuerdo con lo que defendían, no comprendo ni siquiera que se les haya juzgado. Las opiniones o las canciones (aunque sean tan malas como las de Hasél) no son actos de terrorismo. Lo que quiero decir es que si Internet se convierte en una guerra de opiniones, no tengo ninguna fe en que triunfen los que más razón tengan. Las guerras las ganan los más fuertes, que en ocasiones son también los más imbéciles. “¡Muera la inteligencia!”, gritó Millán Astray, un tipo que ganó una guerra, fue jefe de Prensa y Propaganda en la dictadura franquista y todavía tiene en Madrid una calle dedicada a su memoria.

martes, 22 de abril de 2014

"Segundas personas" llega a tiempo para el Día del Libro

Mi nuevo libro llega justo a tiempo para el Día del Libro. Este libro se distribuye de forma alternativa desde la página de Bubok. Podéis comprarlo en formato digital o como un libro de toda la vida, en cuyo caso os lo llevará a casa un mensajero:


En Toledo también podéis conseguirlo en las siguientes librerías:



Si os pasáis por mi web, podréis descargaros gratis "Cielo abierto", el primer relato del libro:


SINOPSIS

Un hombre en una tumba vertical, un camionero peligrosamente aburrido, una actriz porno recreando el cuento de la lechera, un exmarido despechado sin nada que perder, unos adolescentes que juegan a retarse, una siniestra madre coraje o un aprendiz de psicópata son algunos de los personajes que se pasean por este libro de relatos. Seres humanos que dan asco, miedo o pena, y que cobran vida con el lenguaje áspero, crudo y sin concesiones de un narrador que los trata de tú y los condena a afrontar, no siempre como esperamos, las consecuencias de sus actos.

Segundas personas es un recopilatorio de individuos que se ocultan entre las sombras y que Félix Chacón consigue sacar a la luz para que no olvidemos esa parte sucia, latente e inevitable de la condición humana. Al seguir sus pasos puede que los odiemos o los justifiquemos, pero al final solo encontraremos una respuesta: no preguntarnos nunca si podríamos ser como ellos.



domingo, 13 de abril de 2014

Pulgarcito rojiblanco

Estos días he escuchado o leído en las redes sociales a muchos madridistas y culés que esperan y desean que gane la liga el Atlético de Madrid. Podríamos pensar que unos y otros lo dicen porque preferirían eso antes de que la victoria fuera para su histórico archienemigo, pero no lo creo. Aparte de cierta deportividad y admiración hacia un equipo luchador y un entrenador ejemplar, debe de haber algo más. Y se me antoja que ese algo más no es otra cosa que el mecanismo de tantos cuentos infantiles en los que el ser débil e indefenso acaba derrotando a sus enemigos y triunfando frente a las adversidades.

¿No os habéis preguntado por qué en los cuentos tradicionales siempre ganan los niños, los hermanos pequeños y los débiles? Pienso ahora en Hänsel y Gretel, en el sastrecillo valiente, en la pobre Cenicienta y, cómo no, en Pulgarcito. Por no hablar de la infinidad de cuentos en los que siempre hay, curiosamente, tres hermanos que tienen que superar una prueba y en los que, contra todo pronóstico, termina triunfando el pequeño. En las historias de Las mil y una noches también aparecen muchos personajes humildes que con ingenio y picardía consiguen derrotar a los malvados, como Alí Babá o aquel pobre pescador que tuvo que engañar a un genio cruel para encerrarlo en una botella antes de que lo matara. Tampoco me quiero olvidar de la Biblia y de su mítico enfrentamiento entre el joven David y el gigante Goliat.

Es lógico pensar que los niños se identifican con este tipo de personajes y que es esta identificación lo que ha hecho que todos estos cuentos sobrevivan a lo largo de los siglos. Sin embargo, creo que no son solo los niños los que se sienten atraídos por este tipo de personajes. Lo que no saben los niños de los mayores es que en muchas ocasiones nuestra perspectiva de la realidad no es muy distinta de la suya. Los problemas del mundo nos parecen inmensos e inabarcables y nos vemos pequeños e insignificantes frente a una realidad adversa a la que no sabemos cómo enfrentarnos.

Entonces es cuando llega el Cholo Simeone y nos hace soñar, nos hace creer que Pulgarcito vestido de colchonero puede derrotar a los gigantes blancos y azulgranas, a dos manos, y a la manera de los cuentos tradicionales, en los que los personajes débiles tienen que valerse del ingenio para derrotar a los más fuertes. Así explicó el Cholo hace unos días su victoria frente al Barça: “Las guerras no las ganaban los mejores, sino los que tenían mejor estrategia”.

Ojalá este cuento tenga el final feliz que se merece. Incluso muchos de los que sufrirán con la derrota de su equipo se alegrarán y no sabrán muy bien por qué. La pena es que el fútbol solo sea un juego. Cuánta falta nos haría un Atleti, un Cholo Simeone o un Pulgarcito para derrotar a los gigantes en las urnas.

miércoles, 2 de abril de 2014

La portada y una fecha

Dentro de pocas semanas estará a la venta mi libro de relatos Segundas personas. A ver si llega a tiempo para el Día del Libro. De momento os puedo enseñar la portada, que ya la he recibido.

También podéis anotar la fecha de la presentación. Será el jueves 8 de mayo, en la librería Hojablanca de Toledo.

Espero que pronto podamos hacer más presentaciones. Me gustaría ir a Madrid, que allí he presentado siempre todos mis libros, y, por supuesto, a Villafranca, mi pueblo.

Iremos a presentarlo allí donde nos inviten. Ojalá estemos todo el año de gira.


viernes, 28 de marzo de 2014

El suicidio de mi tesis doctoral

Hace unos quince años anduve elaborando un proyecto para mi tesis doctoral. Y supongo que las semanas que estuve dándole vueltas en mi cabeza y las dos tardes que pasé redactándolo lo tuve que hacer emocionado y dispuesto, condiciones muy necesarias para aventurarse en algo así. Se lo presenté a Fanny Rubio y estuvo de acuerdo en ser la directora de mi tesis. Recuerdo que se entusiasmó con el tema que propuse –aunque ahora que lo pienso puede que no fuera para tanto; era entusiasta por naturaleza–, aunque luego, antes de darme el sí, se puso seria y me preguntó si sabía dónde me estaba metiendo, si comprendía que una tesis requería mucho esfuerzo y dedicación, si estaba dispuesto a darme en cuerpo y alma a aquel proyecto. Le dije que por supuesto y a continuación, inconsciente y feliz, me fui corriendo a apuntarme a los cursos de doctorado.

No sabría decir a cuántas clases asistí. Tres o cuatro probablemente. Solo recuerdo dos. Dos y un trágico epílogo. Una de las clases que recuerdo fue con Marina Mayoral. Creo que la asignatura que nos iba a impartir era sobre el cuento en el siglo XX o algo así. En la primera clase nos dijo que en aquella asignatura nos dedicaríamos a analizar las técnicas narratológicas y los recursos expresivos propios del cuento actual, algo que no me hubiera parecido mal si no hubiera añadido que el objeto de nuestros análisis serían los cuentos que ella misma había escrito. Exclusivamente. Y esto lo dijo, sin ningún pudor, poniéndonos delante un libro de relatos que lucía en la parte superior el nombre de la autora, que no era otra que ella misma. No tardó en ponerse a leer un fragmento para comentarnos a continuación lo genial que había estado la autora, ella misma, a la hora de utilizar tal o cual recurso o de elegir con gran acierto esta o aquella estructura narrativa, etcétera. No podía dar crédito. No sabía si aquello era arrogancia o desesperación. Puede que simplemente estuviera frustrada por no tener muchos lectores y buscara a la desesperada una forma de animar las ventas.

La otra clase que recuerdo fue la última a la que asistí. Fanny Rubio, la misma que iba a dirigir mi tesis, se encargaba de darnos un curso sobre historia del periodismo español, una asignatura que me parecía muy interesante porque era un tema que apenas había tratado en la carrera. Además me gustaban mucho las clases de Fanny Rubio y era una reconocida experta en aquella materia. El problema que tenía Fanny Rubio es que a veces era un poco anárquica, errática y digresiva. No era algo que me molestara. Siempre me han gustado los paréntesis y las notas a pie de página, y los pensamientos que te llevan de un sitio a otro hasta que pierdes la ruta y no sabes ni adónde te diriges. Con Fanny Rubio era normal estar hablando de Fernando de Rojas y terminar comentando un estribillo de Joaquín Sabina. En aquella ocasión la exposición, que supongo que versaba sobre los inicios del periodismo español, desembocó por arte de birlibirloque en Antonio Gala, que por entonces había publicado varias novelas y estaba muy de moda. No sé por qué Fanny quiso saber qué pensábamos de sus novelas. Yo, que me había interesado por el fenómeno, acababa de leer La pasión turca. En aquellos tiempos todavía me esforzaba por terminar los libros que me disgustaban y este se me hizo especialmente tortuoso. Tan malo me parecía que lo rebauticé con el nombre de La tortura china. No tenía nada contra Gala. Me gustaba, por ejemplo, leer sus artículos, pero como novelista pensaba que no valía un pimiento, sobre todo porque todos sus personajes hablaban de una forma sofisticada y artificiosa, que no era ni más ni menos que la forma sofisticada y artificiosa con la que hablaba él. No sé por qué no metí mucha baza en aquel debate, que yo soy bocazas por naturaleza y me cuesta mucho morderme la lengua. El caso es que me aguanté, les dejé hablar y mis compañeros, que no serían más de siete u ocho, llegaron a la sorprendente conclusión de que era un novelista estupendo. Fue entonces cuando sucedió la tragedia. Escuchamos ruidos, carreras, no sé si algún grito y salimos del despacho en el que nos daban la clase a ver qué pasaba. Pronto lo supimos: un muchacho se acababa de tirar desde una de las plantas más altas del edificio.

Me asomé por una ventana y vi su cuerpo exánime estrellado sobre el techo voladizo del acceso principal. Estábamos en el edificio B de Filosofía y Letras de la Complutense, al que, cariñosamente, llamábamos la caja de cerillas, un edificio alto del que era difícil sobrevivir a poco que uno se esforzara en elegir la altura adecuada. Ver a un suicida me hizo pensar en mi propio suicidio. Lo primero que se me ocurrió fue un brochazo de humor negro. Pensé: “Chaval, no sé por qué has decidido acabar con tu vida. Al fin y al cabo tú no has tenido que escuchar lo que acaban de decir estos sobre Antonio Gala.” Entonces me puse a pensar en la engreída de la Marina Mayoral, en lo mal que lo había pasado leyendo La tortura china y en los compañeros cretinos que me habían tocado en suerte en los cursos de doctorado. Lo que vino después no supe o no quise evitarlo. Ni yo mismo lo sé. Dejé que mi tesis doctoral se arrojara por aquella ventana y no hice nada para impedirlo. La vi caer junto al cadáver de aquel pobre muchacho y me fui de allí sin despedirme de nadie.

Durante mucho tiempo me conté a mí mismo esta historia para convencerme de que una serie de circunstancias y signos agoreros inequívocos me habían disuadido de mi empeño de ser doctor. Ahora comprendo que no hice el doctorado ni nunca empecé mi tesis porque realmente no quería hacerlo. Estuve unos años más engañándome a mí mismo, diciéndome que en cualquier momento retomaría el proyecto. Luego pensé que aquel tema que había pensado para mi tesis ya no me entusiasmaba como antes. Finalmente me dije que solo haría el doctorado cuando encontrara un tema genial que me apasionara lo suficiente para hacer ese sacrificio. Ahora sé que ese tema no existe, que no hay nada que me atraiga de esa manera, que los que se especializan en algo me recuerdan a aquel trágico asno de Nietzsche, que arrastraba un peso que no podía llevar ni arrojar. Me gustan demasiadas cosas y sería incapaz de centrar mi atención solo en una. Y estoy convencido de que si alguna vez encontrara el tiempo suficiente para hacer un doctorado, terminaría malgastándolo escribiendo alguna novela o lo dedicaría a leer por fin, desde el primero al último, todos los Episodios nacionales de Galdós.

Supongo que a esto es a lo que se llama madurar.

sábado, 8 de marzo de 2014

Quedada

Esto de las movilizaciones ha llegado a normalizarse tanto que ya se queda para las manifestaciones como para unas fiestas patronales. El otro día intentaba buscar una fecha para quedar en Madrid con unos amigos que hace tiempo que no veo y salió la fecha del 22 de marzo. Nos venía genial y además coincidía con las Marchas de la Dignidad. De vicio. Son muchas las manifestaciones y huelgas que he compartido con estos amigos y la vida nos brindaba una oportunidad más para volver a disfrutar de ese derecho democrático que nos permite expresarnos libremente en las horas que nos digan y por las calles que dispongan los organizadores de festejos del Ayuntamiento. Si hace bueno, seguro que lo pasaremos fenomenal. Siempre me ha encantado pasear por Madrid y así, en estas manifestaciones multitudinarias, da gusto. Con las calles cortadas, como en los desfiles y en las procesiones, y sin que nadie se extrañe de que vayas cantando y gritando ripios en contra de los corruptos que nos gobiernan. Llevaremos silbatos para hacer más ruido y seguro que habrá tambores. Estas manifestaciones ya no son nada sin sus buenas charangas y batucadas. Al final del paseo, una vez saciado nuestro apetito reivindicativo, nos iremos de allí enseguida, que estas marchas son muy pacíficas pero al final siempre se lía. Porque hay alguien que quiere más o porque hay alguien que ya ha tenido suficiente, eso depende. Cuando es alguien que quiere más, suele ser algún cafre que, no contento con llevar un buen rato llamando hijos de puta a los policías, empieza a arrojarles piedras u otros improvisados proyectiles. Cuando es alguien que quiere menos, ese alguien suele ser de la policía, que también son personas, y tienen familia, y aficiones, y ganas como todo hijo de vecino de tener un sábado libre, y puede que a veces también terminen hartos de que les griten hijos de puta, que es mentira que lo sean. Cansadas están las putas de decir que ellas no los han parido. En fin, a lo que iba, que por lo que sea algunas veces los polis ya no pueden más y dan la orden a los agentes de paisano infiltrados en la manifa para que la líen y así tener una excusa para cargar, que si es la policía la que empieza a dar palos siempre hay algún tiquismiquis por ahí que pone alguna pega. Pero a esas alturas de la fiesta nosotros ya nos habremos ido y estaremos por ahí tapeando en alguna tabernita madrileña o zampándonos algún menú asequible. Por suerte, los que hemos quedado ese día mal que bien tenemos trabajo y podemos salir sin contar la calderilla un par de días al mes, y hasta permitirnos el lujo de hacer dieta de forma voluntaria si se nos antoja. En la sobremesa, echaremos un vistazo a la prensa digital para saber si ha habido palos o para echarnos unas risas con las cifras de asistentes que darán los diferentes medios. Seguro que con la de La Razón nos descojonaremos. Por la tarde, para redondear el día, a lo mejor vamos a ver alguna exposición, o a dar una vuelta por las tiendas del centro de Madrid para ver todas esas cosas que no podemos comprarnos. Va a ser un día genial, y no será raro que en la próxima convocatoria multitudinaria, ya sea marcha de la dignidad o marea del color que sea, volvamos a quedar. Yo que vosotros me apuntaba, que seguro que va a molar.

sábado, 15 de febrero de 2014

De esas veces

De esas veces, ya sabéis, que se te junta todo. Porque tienes la casa patas arriba, la compra sin hacer y dos bombillas que cambiar. Y tienes además que llamar al técnico para que te arregle la bomba de calor, que murió hace un par de días. La visita al banco la llevas retrasando un par de semanas y deberías ir cuanto antes si no quieres que se te pase la fecha. Un colega tuyo espera que le llames porque le prometiste que le ibas a ayudar a no sé qué una de estas tardes. Pero tienes un montón de curro atrasado, que parece que cría y se multiplica: temas que preparar, libros que leer, exámenes que corregir… Para colmo, tu madre te llama y te dice que tienes que pasarte a verla porque le tienes que cambiar unos enchufes y colocar no sé qué mueble. Cuelgas el teléfono y el gato te dice miau. Te recuerda que hace al menos diez días que deberías haberlo llevado a que lo vacunaran.

Me suele pasar entonces una cosa curiosa: me bloqueo, me descoloco, me siento desconcertado y no sé por dónde empezar. Y me dejo caer en el sofá, dando gracias al cielo por no tener hijos. Enciendo la televisión y me pongo a zapear haciendo un tour absurdo por la ruta de la TDT, tan rápido que no llego a enterarme bien de lo que dan en ninguna cadena, hasta que encuentro la mayor basura, la que menos exija pensar, a ser posible algún deporte, y me dejo llevar por la imparable y sinuosa corriente del tiempo.

Supongo que ahora estoy en una de esas veces, aunque no por el curro atrasado ni por las tareas domésticas ni por los compromisos ineludibles. Me pasa con toda esta mierda que me rodea, un país inundado de mierda hasta los bordes en el que hay tanto que hacer, tantos frentes abiertos, tantas ignominias que combatir que desde hace más de un año me siento bloqueado, descolocado, desconcertado, sin saber por dónde empezar.

Mis momentos de bloqueo por asuntos domésticos pueden durar uno o dos días, pero siempre terminan de manera abrupta, intempestiva, cuando comprendo que me voy a meter en un lío, que las tareas me siguen esperando y que va a ser peor si no hago nada. Es entonces cuando arrojo el mando de la televisión donde no pueda encontrarlo, me incorporo decidido, con energías renovadas, y de forma ordenada y planificada resuelvo todos y cada uno de los problemas que me habían tumbado.

Por esto es por lo que pienso que en cualquier momento saldré de mi letargo y haré algo.

Pero no me engaño demasiado. A veces me confieso que no me siento bloqueado, descolocado, desconcertado, sino noqueado.

sábado, 8 de febrero de 2014

La suerte de ser intelectual

La palabra intelectual tiene ciertas connotaciones elitistas que no comparto. El diccionario, en principio, tampoco. Así se define en el DRAE: “Dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras”. Mi idea del intelectual no es elitista ni mucho menos pedante. Para mí un intelectual es aquel que invierte o pierde una parte importante de su tiempo en el estudio, la lectura, la escritura, el arte o el conocimiento, en mi caso, decididamente humanístico. Nadie ha descrito esta idea tan bien como José Luis Cuerda en Amanece, que no es poco, cuando Varela, un joven labrador, le dice a su amigo Morencos, que es labrador a la par que intelectual, lo siguiente: “Yo es que he pensado que a mí también me gustaría ser intelectual, como no tengo nada que perder. Mira tú, labras como todo el mundo, con la misma fuerza y sin torcerte, sigues siendo una persona sencilla, llevas dos o tres inviernos que ni un mal constipado, y si, además, se puede hacer lo que haces con la mujer del médico… Leer novelas sin estropearlas, decir glande, víscera, paradigmático… Pues no sé, chico, no sé, pero yo no le veo más que ventajas a esto de ser intelectual.”

A lo mejor alguien piensa que lo de los labradores intelectuales es una humorada de Cuerda, pero, como él mismo ha contado en varias ocasiones, muchas de las escenas que nos parecen disparatadas en algunas de sus películas están tomadas directamente del natural. Mi padre, sin ir más lejos, era un labrador intelectual como Morencos. Volvía del trabajo y, si no estaba en el bar rellenando crucigramas, andaba por mi casa con un libro entre las manos. Y en las temporadas que le daba por descuidar la labranza, se pasaba las noches insomnes leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, a la manera del famoso hidalgo manchego. Por suerte, lo de ser labrador no consiguió contagiármelo, pero sí su pasión por la lectura.

Y es ahora, en estos terribles tiempos de crisis, cuando más estoy dándome cuenta de la suerte que tengo de haberme hecho intelectual. En los malos tiempos puedes comprar pocos libros, es cierto, pero el intelectual no es el que compra libros, sino el que los lee, y las bibliotecas e Internet están abarrotados de libros, tantos que ni en varias vidas podrías dar cuenta de ellos. Y con el cine y la música, que suelen ser nuestras aficiones complementarias, pasa otro tanto de lo mismo. Por eso los tiempos de crisis no son tan duros para nosotros. Qué pena me dan todos esos que eligieron como hobbies los coches caros, las motos de gran cilindrada, los viajes sibaritas o los deportes costosos. Mientras ellos no saben qué hacer si no tienen un euro en el bolsillo, nosotros, los intelectuales, estamos tan felices en nuestro rincón, viendo una serie americana en streaming, escuchando un disco nuevo en Spotify o devorando un libro de bolsillo ictérico y descuadernado.

sábado, 18 de enero de 2014

El final de la crisis

Menos mal que al final todo esto de la crisis ha quedado en un susto. Cuatro o cinco años de apretarse el cinturón que se han pasado volando. Es cierto que muchos han perdido sus puestos de trabajo, sus casas, un montón de derechos sociales, gran parte de su nómina o sus ahorros, pero qué es todo eso a cambio de una España renovada que vuelve a ofrecer un sinfín de oportunidades a los inversores extranjeros. Todo lo malo que hemos tenido que soportar ha merecido finalmente la pena y probablemente, a la larga, nos enseñará una lección, no sé cuál, pero eso es lo de menos que alguna habrá.

Y lo bonito que ha sido el final de la crisis. Qué bonito, madre mía, y nos lo queríamos perder. Ni en nuestros mejores sueños nos podíamos haber imaginado algo así. Es cierto que al Gobierno casi se le va de las manos, que fue una torpeza imperdonable encomendarle al ministro De Guindos la misión de anunciar el final de la crisis. Delegar tamaña responsabilidad en un ministro que parece un personaje de Ibáñez con halitosis y olor a sobaquera no era, desde luego, lo mejor que se le podía haber ocurrido al esforzado gabinete de prensa de Rajoy, que cuenta entre sus muchos logros con innovaciones en el campo de las estrategias de comunicación tan epatantes como las ruedas de prensa a través de una pantalla de plasma. Afortunadamente el encuentro con Obama ha venido como agua de mayo para arreglar el desaguisado de De Guindos.

No sé si habrá sido por suerte o fruto de una decisión acertada –que cuando se toman tantas decisiones siempre hay alguna, aunque sea por una simple cuestión estadística, que sale bien–, pero es innegable el golpe de efecto que ha supuesto que Mariano Rajoy haya viajado a Estados Unidos a darle la buena nueva a Obama para que este pudiera felicitarle y bendecir su programa de reformas desde el despacho oval y con el marco incomparable de la Casa Blanca. Qué bonito todo: las fotos, los saludos, las inevitables sonrisas de dos personas que quieren hablar y no comparten la misma lengua. A destacar ese momento histórico en el que Obama y su homologuillo español intercambiaron regalos como muestra de amistad. Nuestro orgulloso presidente le hizo entrega de tres facsímiles de documentos históricos, a saber, una carta de Núñez de Balboa a los Reyes Católicos, una biografía de Colón y un mapa de la época del descubrimiento, y el líder omnímodo mundial, por su parte, le correspondió obsequiándole con una caja enterita y sin abrir de M&M’S, que ya sabéis que son geniales porque se derriten en tu boca y no en tu mano. Que habrá quien piense que hay un poco de desproporción, y puede que en cierta manera la haya, pero no olvidemos que Obama es el Premio Nobel de la Paz que decide los países del mundo que tienen que ser invadidos y Rajoy, el que manda las tropas sin rechistar.

Más allá de la belleza y significación de esta fastuosa reunión bilateral, lo importante es que el final de la crisis ya es oficial. Se ha acabado, es así, mal que les pese a algunos fanáticos de la izquierda radical y a los nostálgicos de la kale borroka, que ya no saben qué inventar para seguir liándola por un quítame allá esas pajas. No otra cosa debe de ser el revuelo que se ha armado por unos aparcamientos y un bulevar en un barrio de tres al cuarto de Burgos, una ciudad que, vista la catedral, comido el cordero asado y comprado el queso de marras, a casi todos nos importa un pimiento.

España va bien y punto. Y al que le pique que se rasque. Ahí están las cifras para restregárselas por los morros a los pesimistas y escépticos. No he mirado hoy la prima de riesgo, pero estaba bajando tanto estos días que seguro que ya nos sale a devolver. Y en la Bolsa el Ibex 35, sea lo que sea eso, sube como la espuma y no hay quien lo pare. A muchos grandes empresarios e inversores también les va fenomenal, lo que demuestra que el que quiere puede, y que a lo mejor tendríamos que aprender de su ejemplo y no estar todo el día que si las cifras del paro, que si los recortes en sanidad, que si los desahucios, que si la masificación en las aulas, que si la subida de la luz, que si la fuga de cerebros, que si la emigración de nuestros jóvenes y demás zarandajas. Qué fácil es quejarse por todo y no hacer nada para ayudar al país, que mucho protestar pero ninguno de esos que se pasan la vida de manifestación en manifestación abre una multinacional o invierte algunos millones de euros en bonos del Tesoro para ayudar a la economía nacional. De desagradecidos y antipatriotas está el mundo lleno.

España va tan bien que, tras esta pasmosa regeneración económica, solo nos falta una regeneración moral de igual calado. La nueva reforma educativa y el consiguiente impulso del estudio de la religión católica, la prohibición del aborto, la inyección económica que resucitará la fiesta de los toros y el escarmiento que habrá que darles una vez más a los vascos y a los catalanes devolverán a nuestra patria al lugar que le corresponde.

Aún no me he decidido a dejar mi semilla en este mundo, pero siento en estos momentos el impulso de hacerlo para, algún día, poder contar a mis hijos lo bonito que fue este momento. La salida de la crisis de principios de siglo quedará en mi memoria como otro de esos grandes acontecimientos que tuve la suerte de vivir, a la altura de otras gestas tan emotivas y épicas como la victoria de la selección española en el mundial de Sudáfrica, la conquista del islote de Perejil o la participación de Rodolfo Chikilicuatre en Eurovisión.

sábado, 4 de enero de 2014

Año nuevo, libro nuevo

Mi propósito para 2014 es publicar un nuevo libro al que desde hace tiempo estoy dando largas. Lleva por título Segundas personas y es una colección de relatos con la que me gustaría dejaros noqueados. Espero que pronto pueda ser una realidad. De momento trabajamos afanosamente en la maquetación…