martes, 15 de julio de 2014

Contra el aprendizaje de idiomas

“Admirose un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.”
            Nicolás Fernández de Moratín

Donkey, baudet, somaro, esel, ruc, magarac,  osel, somár, asna, astoa, aasi, asyn, ezel, izimbongolo y szamár son la misma palabra pero en diferentes lenguas, a saber, inglés, francés, italiano, alemán, catalán, bosnio, checo, eslovaco, islandés, vasco, finlandés, galés, holandés, zulú y húngaro, respectivamente. Y podría haber seguido -con el traductor de Google esto de las lenguas se pone a tiro de clic- si hubiera sabido cómo demonios se escribe en ruso, griego, chino, árabe, hebreo u otros alfabetos no latinos con el ordenador. ¿Y todo este esfuerzo para qué? Pues para terminar diciendo lo mismo que habría dicho con la palabra burro en castellano y llegar a un mismo concepto:
“Animal solípedo, como de metro y medio de altura, por lo común, ceniciento, con las orejas largas y la extremidad de la cola poblada de cerdas. Es muy sufrido y se le emplea como caballería y como bestia de carga y a veces también de tiro.” (DRAE)

Una pérdida de tiempo y no otra cosa es el aprendizaje de idiomas: multiplicar en tu cabeza los significantes gráficos y acústicos sin ampliar apenas los significados. Imaginaos lo rentable que nos saldría todo ese tiempo si en lugar de a ese fin lo dedicáramos a disciplinas tan estimulantes como la química aplicada, la economía financiera, la filosofía kantiana, la física cuántica, la robótica, la neurociencia, la nanotecnología, la historia contemporánea o el taichí.

Entendedme bien: saber lenguas me parece algo estupendo, lo que me parece horrible es tener que aprenderlas en el cole, en una academia o en una escuela oficial de idiomas. Envidia me dan, por ejemplo, aquellos que, ya sea por vivir en una zona donde se hablan dos lenguas, por tener dos padres de distintas nacionalidades o por haber emigrado a otro país, han terminado siendo bilingües. Eso es tener suerte. Como también pienso que tienen suerte los hablantes de inglés, y no por ninguna cualidad intrínseca de esa lengua en ocasiones ininteligible, sino porque el inglés es la lengua franca del mundo, la que permite que científicos, economistas, políticos (excepto los españoles) y turistas puedan comunicarse de forma más o menos defectuosa con gente de todas las nacionalidades. Por no hablar de internet y del mundo de las nuevas tecnologías, que ya nació colonizado por esta lengua. La suerte que tiene un hablante de inglés es que puede despreocuparse de aprender cualquier otra lengua y centrarse en el desarrollo de otro tipo de actividades más apasionantes. Porque todas las lenguas que no son el inglés solo sirven para ampliar tus posibilidades geográficas, y eso no sirve para nada si no tienes ninguna motivación o necesidad que te empuje a abandonar tu país.

Qué bien entendieron todo esto en la segunda mitad del siglo XIX todos aquellos iluminados que creyeron que la solución a todos los problemas de incomunicación planetaria se acabarían con una lengua universal como el volapük o el esperanto. Lamentablemente fracasaron. Y eso vino a demostrar que una lengua no es solo una correspondencia de significantes y significados y una serie de reglas para construir enunciados. Una lengua también es un contexto y una historia y una geografía, en definitiva, un alma, y ningún filólogo del mundo podrá inventar jamás el alma de una lengua.

Los apasionados del aprendizaje de idiomas, que de todo debe haber en la viña del señor, no se cansan de repetir lo bonito que es saber decir “burro” en muchos idiomas y, si ven que no resultan muy convincentes, terminan diciendo bobadas como que es maravilloso leer a Hemingway o a Dickens en su propia lengua. Claro que sí, y a Kafka y a Dostoyevski. Pero para disfrutar de la lectura en otra lengua tienes que tener un nivel elevadísimo, estratosférico. No vale solo con entender el significado de las oraciones. Hay que paladear los sonidos, saborear la selección del léxico, sentir el ritmo de la sintaxis y comprender esa lengua, esa expresión concreta de esa lengua, dentro de un contexto que le dé sentido. Que una lengua no es solo una equivalencia entre significantes y significados lo demuestra el extrañamiento que produce en un receptor una variedad diacrónica de su misma lengua (algunos hablantes de español no se sienten a gusto leyendo una novela de hace cien años, aunque entiendan todas las palabras) o una variedad sincrónica, es decir, cualquier dialecto (y para comprender esto solo hay que ver el rechazo que provoca en un espectador español una película extranjera doblada en ese castellano panamericano inventado que han dado en llamar “latino”). Estaréis de acuerdo conmigo en que para apreciar todo esto, para sentir una lengua, tienes que tener un nivel avanzadísimo, y que ese nivel no se alcanza solo estudiando un idioma a ratos, sino sumergiéndote en él, viviendo en él y bregando duro hasta domarlo y hacerlo tuyo. Yo llevo toda mi vida estudiando inglés de forma intermitente y si en lugar de “hello” dijera “jao” hablaría perfectamente el dialecto de los indios de las películas del oeste. Solamente dedicándote en cuerpo y alma a una lengua aprendida o viviendo durante mucho tiempo en un lugar donde no se hable otra cosa se puede llegar a ese nivel maravilloso del que hablan, muchos de ellos de oídas, los amantes de las escuelas oficiales de idiomas, esos que ya se sacaron el título de inglés y que, sorprendentemente, siguen viendo las películas made in Hollywood con subtítulos.

Y es que aprender una sola lengua ya es difícil. Yo todavía, con más de cuarenta años y habiendo vivido siempre en España, sigo estudiando castellano y creo que no lo terminaré de aprender jamás. Los idiomas son códigos complejos e inabarcables. Por ejemplo, no todos los hablantes de nuestra lengua saben que burro es lo mismo que asno, borrico, jumento o pollino. Y supongo que muchos extranjeros que la estudian ignoran que también usamos esa palabra como adjetivo y que, en ese caso, sirve para llamar a alguien tonto o bruto. No, no es nada fácil, como veis, conocer todas las posibilidades de un mismo código lingüístico.

Me tiraría mucho más tiempo hablando de este apasionante tema, pero lo voy a dejar aquí, que me tengo que ir a estudiar inglés.

domingo, 29 de junio de 2014

Bukkake (remake del cuento de la lechera)

Para finalizar la gira de presentaciones de Segundas personas, quiero dejaros en mi web un relato más para que os lo descarguéis gratis: “Bukkake (remake del cuento de la lechera)”.  Ya os había dejado “Cielo abierto” y “Signos”, así que, si todavía no os habéis animado a conseguir el libro, ahí tenéis tres relatos para abrir boca.

Hemos leído “Bukkake (remake del cuento de la lechera)” en las tres presentaciones del libro (Toledo, Madrid y Villafranca) y, como era de esperar, ha causado sensación. Me parecía ideal que fuera leído por voces femeninas y he tenido la suerte de poder contar con cuatro lectoras excepcionales: Ana y Nerea en Toledo y Madrid, y Luci y Alicia en Villafranca. No han tenido ningún reparo en leer un relato cargado de contenido sexual y lo han interpretado a la perfección. Un lujo.

Entrad en mi web si queréis descargaros los relatos:



lunes, 23 de junio de 2014

Presentación de "Segundas personas" en Villafranca


Se acerca el día de la presentación de Segundas personas en Villafranca y ya puedo desvelar que mi presentadora y cómplice será Rosa Rodríguez Beteta, que lleva al frente de la biblioteca de mi pueblo casi treinta años, el mismo tiempo que hace que nos conocemos. También contaremos con la colaboración de Lucía Manrique Aranda y Alicia Avilés Pozo, que jugarán un papel muy importante en este encuentro literario.

No es la primera vez que presento un libro en la biblioteca de mi pueblo, pero me hace la misma ilusión que si lo fuera. Su inauguración, allá por el año 1985, está estrechamente ligada a mi afición a emborronar folios. Fue la excusa perfecta para escribir mi primer cuento, al menos el primero del que tengo memoria. Recuerdo que don Juan, mi profesor de Lengua y Literatura de entonces, fue el que nos propuso escribir un relato que hablara de libros para el concurso literario que se había convocado con motivo de la apertura de la nueva biblioteca. El caso es que gané y tuve que asistir a la inauguración, y me hicieron leer el cuento en el salón de actos delante de un montón de gente, y un señor con traje, que supongo que era el consejero de cultura o algo así, me hizo entrega de un diploma y un cerro de libro, y me acuerdo bien de él porque hay por ahí una foto donde quedamos los dos inmortalizados.

Desde el primer momento, en la biblioteca ya estaba Rosa, y puede que por eso vengan a ser para mí más o menos la misma cosa. Me las presentaron juntas y en estos casi treinta años nunca han dejado de ser la una sin la otra. Hace poco cambiaron la biblioteca de edificio y la biblioteca siguió siendo la misma, con otro atrezzo, pero la misma al fin y al cabo, porque Rosa seguía allí, y uno no deja de ser lo que es solo por cambiarse de casa. Una biblioteca no es un edificio, ni siquiera los libros que contiene, sino las personas que le dan vida y alma.

Después de todo este tiempo lo que más me admira de Rosa es que siga luchando por la biblioteca con el mismo convencimiento que el primer día y sin haberse dejado vencer en ningún momento por las adversidades, que no han sido pocas. Luchar por la cultura en un pueblo de la Mancha manchega no deja de ser algo quijotesco, en el sentido admirable y romántico del término.

Los recortes acechan a las bibliotecas y ya hay por ahí una marea amarilla que viene a completar el arco iris de las movilizaciones ciudadanas. La poca importancia que nuestros gobernantes dan a la cultura provocará el cierre de algunas bibliotecas y el despido de muchos bibliotecarios y bibliotecarias. ¿Cómo se calcula la rentabilidad de una biblioteca? ¿Depende de los habitantes de una localidad o un barrio? ¿De la cantidad de préstamos mensuales? ¿De los niños que acuden a su ludoteca? ¿Del número de miembros de sus clubs de lectura? Medir la importancia de la educación y la cultura con números es como pesar los libros para saber cuál es el más recomendable. La biblioteca hizo de pueblos como el mío un lugar mejor, pero ninguna estadística de las que manejan los políticos puede reflejar cuánto nos hizo crecer por dentro cuando abrieron sus puertas.

lunes, 16 de junio de 2014

Crónica de la coronación de su majestad Felipe VI

(Curioso e insólito ejercicio literario de analepsis y prolepsis, simultáneas.)

Voto a Dios que me espanta esta grandeza…
Miguel de Cervantes

Pues sepan vuestras mercedes que estuve en el reino de España los días pasados, y fue justo en esos días que tuvo lugar la proclamación y coronación del nuevo rey, el que llaman ya Felipe VI en todos los rincones del orbe. Hallábame de paso en tierras españolas y tuve la fortuna de vivir de cerca unos acontecimientos de los que quiero dejar constancia por escrito pues podría ser que alguien halle en ellos algo que le agrade.

Para los que no tengan conocimiento de los últimos sucesos acaecidos en España, diré que el rey Juan Carlos I, rey otrora muy querido por sus súbditos y al que deseo que Dios dé salud durante muchos años, abdicó en su hijo Felipe, heredero legítimo desde su nacimiento, porque, aun siendo el tercero en la cuenta de los vástagos reales, fue el primer varón, que así está dispuesto y ordenado en el sagrado libro de la Constitución Española, ese que todos los herejes se empeñan en injuriar y ultrajar como si fuera libro de los de condenar a la hoguera. Estos mismos malnacidos son los que dicen que fueron los escándalos de corrupción y latrocinio de algunos de los parientes del rey los que dieron al traste con el próspero y glorioso reinado del nieto de Alfonso XIII, y eso cuando no lo achacan a las cacerías de elefantes, pasatiempo tan vistoso para un monarca como antipático para el pueblo inculto y soez. Y no podré yo rebatir las injurias por carecer de pruebas que no están a mi alcance, mas a cualquier cristiano bienquisto se le alcanza que fueron los achaques de la edad y el buen juicio del monarca los que le llevaron a abdicar en favor de su hijo, que, Dios mediante, será el rey que la corona española necesita para enfrentarse a las adversidades de los procelosos tiempos presentes, como otrora hiciera su progenitor en la incertidumbre de aquel periodo convulso que hoy los cronistas han dado en llamar transición.

Los actos del día de la proclamación dieron comienzo en el Palacio de la Zarzuela, donde aconteció el encuentro entre el rey cesante y el heredero, y al que acudieron, además de la futura reina, los consejeros áulicos, los chambelanes, los senescales, los secretarios, los palafreneros, los edecanes, los bufones, los seguratas y demás servidumbre de palacio. En el acto, el rey Juan Carlos I hizo entrega a su hijo del fajín de Capitán General de los ejércitos de España. Y fue un momento solemne y damos gracias a Dios de que todo saliera según el protocolo ensayado durante varios días, que el rey anciano no tropezó, como es su costumbre, ni mandó callar a nadie.

Y así fue como, investido de tal dignidad y engalanado con el uniforme del Ejército de Tierra, el heredero salió de palacio en dirección a las Cortes y en compañía de la futura reina consorte y de sus hijas, de todo el cortejo real y de dos millares de guardias y alabarderos a los que las horas extras les iban a venir pintiparadas para las inminentes vacaciones estivales. A la hora prevista y siguiendo rigurosamente el protocolo, el príncipe arribó al Congreso y ascendió por la escalinata que custodian dos leones de bronce con sendas bolas bajo sus zarpas.

Tras el recibimiento en el Salón de Pasos Perdidos, el futuro rey, con gesto serio y porte gallardo, entró en el hemiciclo con una admirable mezcla de prosopopeya y sencillez, que bien pudiera ser la seña de identidad de un monarca que ya apunta estilo propio, aunque los más optimistas lo prevén insulso y aburrido, y se dirigió hacia el espacio reservado para el acto de la proclamación en el Salón de Sesiones.

No estaba su padre entre los presentes, que el anciano monarca había decidido no asistir a la ceremonia, bien por no restarle protagonismo al nuevo rey, bien porque hubiera quedado con alguna de sus amantes aprovechando que el palacio se quedaba vacío, que en este punto los tertulianos no acertaron a ponerse de acuerdo. Mas sí asistieron la egregia reina madre y la infanta Elena, que nada más ver a su hermano empezó a bailar el waka waka. La otra infanta ni estaba ni se la esperaba, que en gran medida era ella responsable de aquella precipitada abdicación. Y no por los escándalos y corruptelas de la que la acusaban los villanos en los mentideros de Internet, sino porque era su cónyuge, el duque Empalmado, el que había hecho envejecer al monarca de manera prematura e ineluctable por los innumerables disgustos que le había dado.

Ante la corona y el cetro, y frente a los diputados, senadores y demás dignidades del reino de España, el nuevo rey prestó juramento de desempañar con denuedo y responsabilidad sus funciones, y de guardar y hacer guardar la Santa Constitución Española, y de respetar los derechos de los súbditos de los diferentes territorios del reino. Luego pronunció una breve alocución el presidente del Congreso para inmediatamente devolverle la palabra al nuevo monarca, que sorprendió a la concurrencia diciendo algunas frases en las lenguas vernáculas del reino, y emocionó a los asistentes y a los televidentes con un discurso cuyo contenido me ahorraré por que no se me acuse de prolijidad.

La ceremonia concluyó con un recorrido en olor de multitudes por las calles de la capital del reino. La carroza real, custodiada por los dos mil albarderos y antidisturbios armados hasta los dientes, se dirigió al paseo del Prado para llegar a la Cibeles y marchar por la calle Alcalá camino del Palacio Real. Los pocos huecos que dejaban los dos mil alabarderos y antidisturbios fueron ocupados por súbditos forofos y entusiastas que agitaban innumerables banderas. Algún tertuliano televisivo dijo, no sin mala baba, que de tantas oriflamas rojigualdas tenía la culpa el mundial de fútbol, y que los españoles habían decidido salir a ondearlas el día de la proclamación por mor del descalabro de la selección, que estaba visto que esta vez no íbamos a llegar ni a cuartos.

Y aunque el que esto escribe no pudo asistir en primera persona a los acontecimientos que aquí refiere, sí es cierto que pude gozar de su retransmisión a través de la pantalla de mi teléfono móvil mientras esperaba un avión para regresar a Alemania, pues, aunque soy natural de un pueblo de la Mancha, llevo ya unos años viviendo en tierras teutonas, donde tuve que marchar en busca de mejor fortuna, que lo que mi patria me ofrecía, por ser hombre versado en el conocimiento de la ciencia y los ingenios técnicos, era pasar hambre o servir jarras de sangría a los anglosajones ebrios que invaden durante la canícula las playas del levante español. Por evitar circunloquios innecesarios concluiré diciendo que es mi profesión la de ingeniero.

Y esto fue en el día diecinueve de junio del año del Señor de MMXIV, a la sazón Día del Corpus Christi, en la villa y corte de Madrid. Dios bendiga a los Borbones. Amén.

Vale.

domingo, 8 de junio de 2014

Escenas memorables: Los caballeros de la mesa cuadrada

Hace unos días enseñaba a mis alumnos de 2º de ESO a leer la prensa digital. No solo veíamos las diferentes secciones que ofrecen los periódicos, sino también las distintas perspectivas que adoptan ante la realidad económica, política y social dependiendo de la ideología y los intereses que hay detrás de cada uno de ellos. Los animaba a que contrastaran diferentes medios para que conocieran distintos enfoques de la realidad y pudieran extraer sus propias conclusiones.

Como los titulares del día se centraban en la abdicación del rey y en sus inminentes consecuencias, también les ayudaba a resolver las innumerables dudas que tenían sobre monarquías, repúblicas, sucesiones y Borbones, (¿para qué sirve un rey?, ¿cómo es una república?, ¿por qué tiene que reinar el hijo del rey y no las hijas?, ¿será algún día reina Leonor?, ¿y por qué el príncipe no se casó con una princesa?, ¿cuánto cuesta mantener a todos esos?, ¿es cierto que el rey mató a su hermano?). En un momento dado, uno de mis alumnos, un muchacho estudioso, razonable y normalmente respetuoso, interrumpió la clase totalmente soliviantado y soltó algo así: “Pues ese dirá lo que quiera (se refería al príncipe Felipe), que es rey o lo que a él le dé la gana, pero no es mi rey. No lo es ni lo será. ¿Por qué alguien tiene que ser el rey? Yo no acepto que nadie sea el rey. Nadie es más que yo y no me da la gana. Nadie tiene por qué ser más que nadie.” Supongo que sonreí, sobre todo porque me recordó una escena genial de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python.

En la escena a la que me refiero, el rey Arturo se acerca a preguntarle a un pobre hombre por el dueño de un castillo cercano y una serie de malentendidos les llevan a terminar discutiendo. “Me opongo a que automáticamente me trate como a un inferior”, le espeta entonces el campesino. “Porque yo soy rey”, dice Arturo, que va dando saltitos simulando que cabalga mientras su escudero va tras él golpeando unos cocos que imitan el sonido de unos cascos de caballo. El pobre hombre se echa a reír, pero enseguida reacciona y le empieza a echar en cara lo que habrá tenido que hacer para llegar a ser rey: “… explotando a los trabajadores, aferrándose a un dogmatismo imperialista que perpetúa las diferencias económicas y sociales de nuestra sociedad. Si alguna vez queremos progresar…” En ese momento les interrumpe una desharrapada que anda buscando basura y que se sorprende cuando Arturo se presenta como “rey de los bretones”. La mujer se muestra extrañada porque no tenía ni idea de que ellos fueran bretones, ni mucho menos de que tuvieran rey. “Creí que éramos una colectividad autónoma”, dice. “Pues te equivocas”, le explica su compañero, “vivimos en una dictadura, una autocracia que se autoperpetúa y en la que las clases trabajadoras…” El hombre continuará soltando sus soflamas pseudoanarquistas hasta que Arturo, que quiere saber quién es el dueño del castillo, pierde los nervios y le ordena que se calle. La mujer le suelta que quién se piensa que es. “Soy vuestro rey”, afirma Arturo con convencimiento. “Pues yo no le voté”, repone la mujer. “A los reyes no se les vota”, explica Arturo. “Entonces ¿cómo llegó a ser rey?”, le pregunta la mujer, que no se rinde. Arturo, solemne, les cuenta la historia de la Dama del Lago y la espada Excalibur. El pobre se indigna aun más: “Oiga”, le dice, “que a una mujer le dé por repartir espadas mojadas no es base para un sistema de gobierno. El supremo poder ejecutivo deriva de la voluntad de las masas, no de una absurda ceremonia acuática”. Arturo le vuelve a decir que se calle, pero él continúa: “No pretenderá ostentar el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada”. Arturo, desesperado, va hacia él y lo zarandea para que se calle de una vez. Conseguirá todo lo contrario: “¡Ya está! La violencia inherente al sistema”, añadirá el pobre hombre, que gritará pidiendo ayuda porque según él lo están reprimiendo. Esto terminará por desesperar a Arturo que finalmente se largará de allí sin haber averiguado quién es el dueño del castillo.

Aunque en clase intenté mostrarme razonable y quise tranquilizar al alumno diciéndole que, de alguna forma, nuestra monarquía era parlamentaria y permitía un sistema de gobierno democrático (como docente hago esfuerzos denodados por mostrarme todo lo imparcial que puedo para que mis alumnos piensen por sí mismos), mis sentimientos no eran muy distintos de los suyos. Ahora pienso que igual que me acordé de la película de los Monty Python podría haberme acordado del cuento de “El traje nuevo del emperador”. Como a este alumno mío, me indigna vivir en un Estado que perpetúa un sistema de gobierno que atenta contra los rudimentos más básicos del pensamiento democrático. Me indigna mantener en la jefatura de Estado a una dinastía que repuso un dictador porque provocó una guerra y la ganó. Me indigna que las élites del poder (banqueros, grandes empresarios y políticos) respalden la monarquía parlamentaria porque a ellos ya les va bien con lo que tenemos y sería arriesgado para sus intereses alterar el “statu quo”.

Por eso y porque no nos van a dar la oportunidad democrática de decidir qué sistema de gobierno queremos los españoles, yo digo que no reconozco la legitimidad, ni moral ni histórica, de la corona española, y mucho menos la titularidad de los Borbones, y que es un Estado represor -con sus policías, sus guardias civiles y sus soldados, sus políticos apesebrados, su administración kafkiana y una agencia tributaria que me quita el dinero contra mi voluntad para mantener un sistema que yo no he votado- el que me impone por la fuerza esta monarquía parlamentaria por la que nadie me ha preguntado.

martes, 27 de mayo de 2014

"Segundas personas" en el Café La Palma

Este jueves, a las 19.30 horas, os esperamos en el Café La Palma para presentaros Segundas personas. En esta presentación contaré con la complicidad de Jorge Agenjo, que es profesor de literatura, un gran lector y, sobre todo, un buen amigo. Nos ayudarán en esta misión Nerea Tello Heredero, Ana Camuñas y Germán Hughes. A todos les doy las gracias por su apoyo y generosidad.

Y si queréis saber más sobre Segundas personas, pasaos por mi web:





martes, 20 de mayo de 2014

Cuentos con moraleja: El padre, el hijo y el burro

Llevo una temporada pasando de puntillas por los temas políticos, no sé si por agotamiento, aburrimiento o desesperanza. Pero se acercan las elecciones europeas y de alguna forma necesito expresar el sentimiento de desconcierto e indecisión que me bloquea. Para conseguir este propósito voy a echar mano de uno de mis cuentos con moraleja, que tan esclarecedores me han parecido en otras ocasiones. Si estáis tan perdidos como yo, supongo que os servirá de algo.

El cuento que recreo, de memoria y a mi gusto, es harto conocido:

Un padre y un hijo iban con un burro de camino al mercado. Al salir de su pueblo, se cruzaron con dos agricultores y uno de ellos le dijo al otro: “Mira qué dos tontos. Llevan un burro y van los dos andando.”

El padre, que no lo había pensado hasta ese momento, reflexionó unos instantes y llegó a la conclusión de que el muchacho podía subirse en el burro para que al menos uno de los dos fuera más descansado.

Cuando llegaron al primer pueblo del camino, pasaron delante de unos viejos que tomaban el sol en la calle y el hombre los oyó murmurar: “Qué poca vergüenza tiene ese muchacho, que permite que su padre vaya andando mientras él va subido en el burro.”

El hombre pensó que tenían algo de razón y le propuso a su hijo que intercambiaran posiciones. Y así él subió a lomos del burro mientras el chaval cogía los ramales del pollino y encabezaba la marcha. Al rato se cruzaron con unas mujeres a las que oyó decir: “Míralo, menudo padre, que permite que su hijo vaya andando mientras él va subido en el burro”.

El padre decidió entonces que los dos debían montarse en el burro y así lo hicieron, pero un hombre que venía del mercado les espetó: “¿Pero es que no veis que lleváis al pobre animal con la lengua fuera? ¡Qué crueldad!”

El padre entonces se apeó del burro y mandó a su hijo que buscara una vara larga. Luego ataron las patas del burro y las engancharon a la vara, que cargaron sobre sus hombros. Al llegar al pueblo donde estaba el mercado, todos los lugareños empezaron a reírse de ellos al ver cómo cargaban con el burro. Justo en el momento que cruzaban un puente, el pobre animal se puso nervioso y empezó a dar coces. El padre y el hijo no pudieron controlarlo, lo soltaron y lo dejaron caer en las profundas aguas del río.


La moraleja de esta historia es que nunca se puede dar satisfacción a todo el mundo, o que por querer hacerlo terminarás echándolo todo a perder. Para mí también quiere decir que hay cuestiones que uno tiene que resolver por sí mismo, cuestiones que dependen del criterio personal y en las que no te servirán de nada las desconcertantes encuestas de opinión.

Me pasa ahora mismo con el voto del desencanto o la indignación, que no sé cómo ejercerlo. Mi primera opción sería no ir a votar, o votar nulo, que viene a ser más o menos lo mismo. Y no solo porque tengamos una democracia cancerígena y corrupta, sino también porque tenemos un sistema electoral amañado cuyo único fin es perpetuar en el poder a los dos partidos mayoritarios. Muchos me dicen que estoy equivocado porque, según ellos, no participando en las elecciones estaré, de alguna forma, legitimando a los que gobiernan y siendo cómplice de sus abusos.

Tampoco es una opción el voto en blanco, que aumenta el porcentaje de votos que hay que sacar para obtener un escaño. Si votara en blanco, seguro que vendría alguien a recordarme que de ese voto solo se benefician los dos partidos mayoritarios.

He pensado incluso en la posibilidad de votar al PSOE, aunque solo sea por el hecho de fastidiar al PP, que al fin y al cabo sería algo que, sin valer para nada, me produciría cierta satisfacción. Pero ya me imagino a todos los indignados reprochándome, probablemente con mucha razón, que así solo sigo alimentando al monstruoso PPSOE. Por cierto, en Europa, PP y PSOE suelen votar lo mismo en un elevadísimo porcentaje de ocasiones.

A ratos me inclino también por votar a algún grupo minoritario, que habría sido mi primera opción si de verdad alguno me resultara convincente. Pero como no es así, al pensar en esta opción, lo único que me imagino son los miles de votos que entrarán en las urnas como en un inmenso desagüe para perderse en las cloacas de nuestro sistema electoral. No faltará quien pueda decirme que he tirado mi voto para nada y que votar a los partidos minoritarios nunca será una opción. De hecho, ya están amenazando el PP y el PSOE con un gobierno de concentración en el caso de que una constelación de partidos minoritarios ocupara un porcentaje elevado de escaños en futuras elecciones autonómicas y nacionales.

Resumiendo, que los que no sabemos qué votar a estas alturas lo tenemos jodido para encontrar una solución genial antes del domingo. Eso sí, para que no nos pase lo mismo que a los protagonistas del cuento, lo mejor que podemos hacer es dejar de escuchar a unos y a otros y elegir aquello que, en conciencia, nos haga sentir menos mal, y más como una terapia que porque pensemos que vaya a solucionar algo.

Para terminar os dejo esta reflexión: no deja de ser curioso que, al establecer el símil entre la historia que os he contado y mis preocupaciones electorales, la democracia tenga que ser el burro.

viernes, 16 de mayo de 2014

Presentación de "Segundas personas" en el Café La Palma de Madrid

Tengo el placer de anunciaros que la presentación de Segundas personas en Madrid será el jueves 29 de mayo a las 19.30 horas en el Café La Palma, y es algo que me emociona especialmente.

En el Café La Palma guardo muchos recuerdos estupendos de noches memorables. Y aunque nunca he presentado allí ninguno de mis libros, el Café La Palma guarda mucha relación con ellos. Fue allí, por ejemplo, donde terminamos la celebración cuando me concedieron el Premio Ciudad de Móstoles, que sería muy importante para mí porque gracias a él publiqué mi primer libro. También me trae a la memoria la publicación de Entelequia, que, aunque se presentó en la Fnac, fue acompañada de una fiesta inolvidable en el Café La Palma.

Estoy muy agradecido a Germán Hughes, que nos ha hecho un hueco en la programación, incluso cuando la agenda de mayo ya estaba cerrada. Seguro que después del 29 de mayo tendré más recuerdos estupendos que guardar en mi álbum particular de momentos memorables.

Espero que todos los amigos y amigas que aún tengo en Madrid quieran formar parte de este encuentro tan especial.


domingo, 11 de mayo de 2014

80.000 libros

Desengañémonos: la gente lee muy poco. Para leer hace falta mucho tiempo y mucha dedicación, y el que más y el que menos tiene muchas cosas importantes que hacer o muchos otros entretenimientos con los que amenizar los ratos de ocio.

Conozco a profesores y profesoras de literatura que apenas leen. Una vez hicieron una carrera, se leyeron unos cuantos libros y aprobaron unas oposiciones. Fin del proceso. Ahora repiten sin cesar aquellas listas de nombres que machacaron una y otra vez en sus lejanos días universitarios. Puede que muchos de ellos fueran lectores voraces en el instituto y que por eso eligieran estudiar una carrera de humanidades. Puede. Veo a muchos alumnos que terminan el Bachillerato y se van a estudiar Filología, Historia o Filosofía sin apenas haber leído en su vida. Me refiero a algo que no sea lo que les mandamos en clase.

También conozco a escritores que leen poco o nada, sobre todo poetas, que muchas veces la atracción por el texto corto no es otra cosa que vagancia. Los escritores no son de aprenderse temarios con nombres de autores y obras, pero sí tienen olfato para pertrecharse de una serie de lecturas estratégicas que les permitan dar el pego: un par de clásicos, dos o tres escritores con su dosis de malditismo, un par de autores raros que no conoce nadie y una serie de poemas o citas más o menos efectistas para sorprender a la audiencia en caso de necesidad. Un dato: he estado en algunos aquelarres de poetas, digo, jam sessions de poesía en las que vendían libros y pocas veces he visto a los asistentes comprar alguno.

Luego están todos esos que dicen que les gusta mucho leer, pero que no tienen tiempo porque están estudiando inglés, se han matriculado en un curso de la UNED, van a jugar al fútbol dos tardes por semana o están yendo a clases de flamenco. En esos casos, siempre pienso que se toman muchas molestias para encontrar excusas que les libren de la lectura.

Os cuento todo esto porque me he dado cuenta de que yo tampoco leo mucho. Le dedico tiempo, sí, pero apenas avanzo. Y yo sí que evito otras distracciones para poder hacerlo. Pero no me vale de nada. Los libros pendientes se acumulan en las estanterías y van desapareciendo lentamente bajo una pátina de polvo, en muchas ocasiones, hasta volverse invisibles.

Anoche una librera me dijo que en España se publican 80.000 títulos al año, y que, con este aluvión de novedades, ningún libro consigue tener ni importancia ni hueco en las librerías. El abaratamiento de los medios de producción y su democratización han provocado una avalancha de títulos y de editoriales alternativas imposible de asumir. Otro dato: en España hay gente que dice que lee mucho porque se lee un libro al mes. Si alguien con ese ritmo de lectura estuviera leyendo durante cincuenta años, solo habría alcanzado la irrisoria cifra de 600 libros. En toda una vida.

Salvo fenómenos editoriales de consumo masivo normalmente efímeros, que van desde El código Da Vinci a las Cincuenta sombras de Grey pasando por Juego de tronos, los escritores, incluso los que tienen cierta fama, pueden aspirar a muy pocos lectores. Están rifados. Los tiempos del escritor profesional están tocando a su fin. Los que escribimos no lo hacemos por dinero. No sé si es por vocación, por inconsciencia o por vanidad, pero por dinero desde luego que no. Supongo que habrá alguno que fantasee con una hipotética e improbable fama póstuma e inmarcesible, y tenga poluciones nocturnas soñando con ella.

Me temo que las editoriales, salvo en casos de autores muy consolidados, ya no dan grandes anticipos por los derechos de edición de ninguna obra. Lo que yo veo en el mundo que me rodea me recuerda mucho más a mis tiempos de músico alternativo en el circuito madrileño de salas de conciertos, allá por la década de los 90 (no creo que ahora sea muy distinto). No recuerdo que hubiera ningún local que nos ofreciera la posibilidad de tocar en una sala llena de público para darnos a conocer. Ni siquiera gratis. El sistema era otro: nos dejaban una sala vacía, los del grupo convocábamos a nuestros amigos, se la llenábamos y así dábamos de comer al dueño del negocio y a un par de camareros. Cobrábamos un porcentaje de la entrada o un tanto por ciento de la barra. En cualquier caso, una mierda. Incluso currándotelo mucho y llenando algún que otro local no nos daba ni para cubrir gastos. Algo así pasa ahora con la multitud de editoriales alternativas que pululan por ahí: hacen pequeñas tiradas, les venden el libro a las amistades del escritor y, con mucho esfuerzo, muchos autores y muchos amigos, consiguen mantenerse en la cuerda floja haciendo arriesgados ejercicios de funambulismo contable.

No sé si os he dicho que acabo de publicar un libro. Tampoco sé si sabéis que tengo la suerte de no vivir de eso.

domingo, 4 de mayo de 2014

Presentación de "Segundas personas" en Hojablanca

Se acerca el día de la presentación de Segundas personas y ya os puedo contar que en esta misión contaré con la complicidad de Juan Carlos Pantoja, que será el maestro de ceremonias, y con la colaboración inestimable de Ana Camuñas, Nerea Tello Heredero, Federico de Arce y Pedro Carlos Almodóvar. A todos les doy las gracias anticipadas por querer acompañarme.

Y para ir calentando motores, os dejo otro relato en mi web. Si ya leísteis Cielo abierto, le toca el turno a Signos. Seguid este enlace: