viernes, 1 de noviembre de 2013

Cuentos con moraleja: Las patatas del cementerio

Este es uno de esos cuentos que hace solo tres o cuatro años nos hubiera parecido totalmente desfasado, de esos tiempos pretéritos que uno pensaba que jamás volverían. Se lo escuché a mi padre muchas veces cuando era pequeño y ahora me parece oportuno recuperarlo. Supongo que es un chiste de la posguerra, aunque no sé si estará inspirado en algún relato anterior. Nunca lo he visto escrito. Lo recreo a mi antojo y basándome en el modelo que conserva mi memoria:

En los años del hambre, un pobre enterrador decidió sembrar unas patatas en la tierra libre que aún quedaba dentro de las tapias del cementerio. Cuando llegó el tiempo de sacar patatas, unos ladrones aprovecharon la oscuridad de la noche y el apartamiento del cementerio para entrar dentro impunemente y robárselas al pobre sepulturero.
    El hombre se llevó un gran disgusto, pero al año siguiente volvió intentarlo. Eran tiempos de mucha miseria y la nueva plantación clandestina del enterrador no pasó inadvertida a los amigos de lo ajeno. Por eso no fue raro que otra vez saltaran a escondidas las tapias del recinto y volvieran a esquilmarle la cosecha.
   Un año más tarde se dio otra oportunidad, aunque esta vez decidió tomar medidas. Cuando se acercaba la fecha de la recolección, el enterrador decidió quedarse por las noches en el cementerio para pillar in fraganti a los ladrones. Una de las noches escuchó ruidos y vio que varias sombras saltaban las tapias y se dirigían al patatal. Eran muchos y tuvo miedo de enfrentarse a ellos. Así que ideó una treta. Cogió una sábana blanca, se la echó por encima y se ocultó detrás de una de las lápidas. Cuando los ladrones empezaron a cavar, el enterrador salió de su escondite, comenzó a agitar la sábana y dijo con voz cavernosa y trémula:
    –Soooooy un ááááánima del oooootro muuuuuundo.
   –Eso seguro –dijo uno de los ladrones, que ni se inmutaron ni dejaron de cavar–, porque si fueras de este, estarías robando patatas como nosotros.


Me da a mí que el único disfraz de Halloween que ahora mismo puede asustar a los españoles es el disfraz del hambre. Y el que lo lleva puesto ya no le tiene miedo a nada.