jueves, 25 de febrero de 2016
sábado, 6 de febrero de 2016
Visión selectiva
No existe todo el mundo
Cuando abro mis ojos, hay
gente que no veo
La gente que no aprende
La gente que se esconde
La gente que persigue a
los que son distintos
La gente que tortura
La gente que asesina por
deporte animales
Los hijosdelagranputa que
duermen a pierna suelta
Los cobardes que esperan
venderse por dos duros
Los canallas que se justifican
diciendo que a ellos los jodieron primero
Los falsos predicadores
que habitan en todos y cada uno de los templos
La gente que se aguanta
La gente que me acecha
Los pobres envidiosos que
sufren en silencio dolor hemorroidal
La gente en procesión
recitando salmodias
La gente que es miope sin
problemas de vista
La gente que procrea para
ocultar sus miserias
Los que te sacrificarían
para pagar su hipoteca
Los que piensan que el
mundo se acaba en su epidermis
Los estoicos que sufren
tontamente
Los sibaritas necios que
gastan más que tienen
Los fatuos que pisan,
hieren, matan por alcanzar la fama
Los tontos con estudios,
los meapilas y los salvapatrias
jueves, 28 de enero de 2016
El secreto de la educación finlandesa
Por
ser de naturaleza fantasiosa o por simple y puro complejo de inferioridad, los
españoles tendemos a idealizar los países nórdicos, especialmente aquellos cuyos
nombres terminan en landia. Culpa de
Walt Disney, supongo. Todas nuestras utopías sobre democracias maravillosas y
quiméricas se cifran normalmente en Finlandia e Islandia, lugares que, por otra
parte, ni conocemos ni pensamos visitar. Y por supuesto no tenemos en ellos a
ningún pariente o amigo que nos pueda dar cuenta de lo que allí se cuece.
¿Quién
no ha oído hablar de Islandia, ese país de ciudadanos valientes y comprometidos
que, en los tiempos del 15-M, se negaron a rescatar a los bancos y metieron a
todos los políticos corruptos en la cárcel? Creo que algo hubo de todo eso, pero
con infinidad de matices y peros que alejan la realidad de Islandia de ese país
modélico con el que algunos sueñan.
Otro
tanto viene sucediendo con Finlandia, aunque en este caso como ejemplo de país
con un sistema educativo eficiente y admirable que siempre los eleva al podio
del informe PISA. Los fanáticos defensores del modelo finlandés no lo conocen
en profundidad, pero han leído por ahí alguno de los innumerables artículos que
todos los periódicos han publicado sobre la educación finlandesa, han retenido
un par de ideas vagas que suenan muy bien en el contexto de sus fantasías y ya no saben hablar de otra cosa en cuanto alguien saca el tema. Pues en
Finlandia eligen a los mejores profesores. Y los alumnos no repiten curso. Y no
les ponen notas numéricas. Ni llevan tareas para casa. Y el Estado costea todos
los gastos. Etcétera. No os voy a aburrir contándoos todas las bondades de la
educación finlandesa, que para eso solo tenéis que buscar en Google y os
aparecerán artículos sobre el tema para aburrir. Tampoco me voy a entretener en
matizarlas por no extenderme demasiado.
Lo
que quiero es poner en duda que un modelo como el finlandés pudiera funcionar
aquí, fuera de su contexto. Para empezar porque su sistema educativo es público
en un porcentaje elevadísimo. Ni una universidad privada hay en Finlandia. Así
que todos esos colegios concertados y privados que intentan engañarnos
diciéndonos que copian el modelo finlandés tendrían que empezar por echar el
cierre para dar ejemplo.
¿Y
cuál es el contexto de la educación pública finlandesa? Pues de Perogrullo: que
está en Finlandia y pensada para alumnos finlandeses. Ahí es donde radica el
secreto de su éxito. Los alumnos finlandeses, y los finlandeses en general, son
gente esforzada, seria y responsable. Solo el 8% del alumnado finlandés no
completa sus estudios obligatorios. Estoy seguro de que trabajan tanto en clase
que por eso no es necesario mandarles tareas para casa. Y apostaría a que en los
niveles más altos se matan a estudiar, que el suyo, por lo visto, es un sistema
muy exigente y competitivo. Solo hace falta decir que para acceder a la carrera
de maestro de primaria es necesario tener un sobresaliente en el bachillerato.
En uno de nuestros periódicos más católicos he llegado a leer que la forma de
ser de los finlandeses se debe en gran medida a una educación de herencia
luterana, que fomenta le responsabilidad y el esfuerzo.
No,
no debe de ser nada fácil para un mediterráneo integrarse en un sistema que
requiere un grado de esfuerzo y de voluntad tan grande. Ni siquiera lo sería para
los padres. Porque los padres finlandeses consideran la educación de sus hijos
como algo primordial y se esfuerzan por darles ejemplo, y de qué modo. El 80%
de las familias van a las bibliotecas los fines de semana. A las bibliotecas,
no al McDonald ni a los centros comerciales. Finlandia es el país que más
libros publica por número de habitantes. Se pasan la vida leyendo, incluso lo
hacen cuando ven cine, que allí a nadie se le ha pasado por la cabeza doblar
las películas extranjeras. Una estampa cotidiana en los hogares finlandeses es
la de los padres tomando café al mismo tiempo que leen la prensa. De esta forma
les transmiten a sus hijos lo importante que es leer y estar informados sobre
lo que sucede en el mundo.
Y
aunque al parecer los jóvenes finlandeses viven en hogares acogedores y tienen
unos padres que se preocupan mucho por ellos, pronto abandonan el nido. Allí
los hijos no se perpetúan en casa como esos trastos viejos que se acumulan y
van cogiendo polvo en el trastero. Sorprendentemente, muchos de ellos se van de
casa poco después de alcanzar la mayoría de edad. Incluso los que siguen
estudiando. Los universitarios suelen hacerlo en cuanto empiezan la
universidad. Tienen becas para estudiar, es cierto, pero resultan insuficientes
y muchos de ellos se buscan algún trabajo a tiempo parcial que les permita ser
totalmente autosuficientes.
Puede
que todo eso explique, mucho mejor que su sistema educativo, por qué siempre
sacan las mejores notas en PISA. Su sistema educativo no deja de ser otro
síntoma de su forma de ser.
No
vayáis a pensar que todo esto lo digo para rechazar un sistema educativo de tan
probada eficacia. Todo lo contrario. Como profesor, estaría encantado de poner
en práctica todas las innovaciones que pudiéramos importar de Finlandia. No
tengo ningún problema en dejar de mandar tareas a mis alumnos, ni en que
prohibamos para siempre las repeticiones de curso, ni en reducir las ratios, ni
en potenciar la enseñanza pública. Y si tengo que ponerme las pilas y hacer
cursos de formación para alcanzar las altas cotas de preparación de los
profesores finlandeses, podéis contar con mi predisposición absoluta. Sin duda,
una iniciativa así sería todo un éxito si contáramos con la materia prima
adecuada para ponerla en marcha. Llenadme la clase de alumnos finlandeses y
mañana mismo, si queréis, empezamos.
Y
si esto último no es posible, dejad ya de tocar los huevos con el sistema
educativo finlandés y busquemos un sistema educativo que pueda servir para una
sociedad que siempre ha presumido de su incultura, que idolatra a personajes
como Messi o Sergio Ramos y que sueña con llegar a protagonizar algún día uno
de esos programas tan fascinantes que emite Telecinco. Y obviamente no me estoy
refiriendo a Pasapalabra.
jueves, 7 de enero de 2016
Down / up
A veces me dejo caer hasta
tocar fondo
Tan dentro de mí mismo que
ni la guardia civil ni los bomberos ni el ejército
podrían rescatarme
Y me siento escoria,
podredumbre y vacío
Por decirlo más claro: la
mayor mierda de este mundo
Es como deslizarse por un
tobogán sin fin
Peligrosamente inclinado y
terriblemente rápido
Lo cierto es que quiero llegar a lo más bajo
Sólo cuando no pueda bajar
más
Me decidiré a escalar, a
emerger de estas profundidades abisales tan infectadas
de lo peor de mí mismo
Y será todo un triunfo
volver de nuevo a la superficie y respirar
De Intimátum
martes, 29 de diciembre de 2015
Un entretenimiento lelo y pueril
Tenemos cientos de películas y series pirateadas,
y por poco dinero muchas más en plataformas como Wuaki o Netflix; en Internet, las
cadenas de televisión también ofrecen infinidad de programas totalmente
gratuitos en streaming; con la música
pasa otro tanto de lo mismo, hay tantos discos accesibles en sitios como Spotify
o Youtube que desde hace tiempo da hasta pereza piratear; en nuestros hogares
se apilan las diferentes consolas de videojuegos que hemos ido acumulando con
el paso de los años; y en muchas ocasiones ya no sabemos dónde meter tantos
libros, muchos sin leer, como esas toneladas de libros que se marchitan en los
anaqueles de las bibliotecas esperando que alguien venga a adoptarlos, o como
esos cinco mil e-books que te pasó un amigo y se mueren de aburrimiento en tu
ordenador; y no me olvido de la prensa, todos esos periódicos y todas esas revistas que
antes costaban el esfuerzo de bajar al kiosco y aflojar la pasta y que ahora
encuentras en tu móvil con un leve toque en la pantalla por el módico precio de
una conexión wifi o 3G.
Nadie puede negar que el mundo del
entretenimiento ha experimentado en los últimos años una revolución sin precedentes.
Aquellos tiempos en los que unos cuantos libros (pocos), la prensa de papel y
las dos cadenas de la televisión (la primera y la segunda) eran los únicos
recursos para entretener las horas de ocio se han convertido ya en un capítulo
de Cuéntame.
Aún me recuerdo en décadas pasadas
manteniendo aquella discusión (entonces bizantina) en la que intentábamos dirimir
si los programas de la tele eran malos porque los espectadores los preferían
así o si la gente los veía solo porque no había otras alternativas. Los
optimistas, con su irreductible fe en el ser humano, se aferraban entonces a la
segunda opción. Los pesimistas y escépticos como yo éramos más de la primera. Hoy,
lamentablemente, la realidad nos da la razón. Y si no, que alguien me explique
por qué siguen siendo millones de personas las que mantienen en los primeros
puestos de los rankings de televisión
programas tan patéticos como Sálvame,
Gran Hermano, Tu cara me suena o el
programa de Bertín Osborne. Por no hablar de esos absurdos concursos de cocina en los que el
espectador juzga a los cocineros sin probar bocado.
“El medio es el mensaje”, dijo Marshall
McLuhan, y a lo mejor eso lo explica todo. Puede que la televisión solo sea un
medio lelo y pueril, más adecuado para emitir payasadas como el Sálvame Deluxe que para los documentales
de la 2. Aunque no deja de ser desalentador que haya tantos millones de personas
que lo elijan entre tantos posibles entretenimientos.
Perdonad que mi misantropía no pueda irse de
vacaciones ni en Navidad, pero es que sin querer estuve un rato viendo la tele.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Cucarachas
En caso de hecatombe nuclear
solo las cucarachas
y otros inmundos seres
poblarán el planeta
Seguro que los hombres
se encuentran en la lista
del arca de Noé
Al menos esa élite
que pueda costear
el precio del pasaje
y el elevado importe
de las operaciones
quirúrgicas que permitan
adaptarse a las nuevas
condiciones atmosféricas
Los pregoneros del
apocalipsis
pueden estar tranquilos
Quien dijo cucarachas
probablemente hablaba
de forma metafórica
a modo de parábola
viernes, 27 de noviembre de 2015
Ajedrez
En una partida de ajedrez en
la que te encuentres acorralado y a punto del jaque mate, no te servirá de
mucho lamentarte por aquella jugada en la que perdiste a la reina o por aquel
torpe movimiento que te costó las dos torres. Lo que aprendiste de aquellos
errores quizá te sirva para futuras partidas, pero no para esta, en la que ya
no quedan ni torres ni reina que defender.
Lo único que debe importarte
en esta partida es buscar a la desesperada una estrategia ganadora con las
pocas fichas que aún conservas sobre el tablero. No será fácil. Tendrás que
emplear todos los recursos que tengas a tu alcance para perjudicar a tu
adversario y para salir del hoyo en que te has metido. Poco importa a estas
alturas que seas tú el responsable de haber cavado un hoyo tan profundo.
En los juegos de estrategia
en los que hay vencedores y vencidos, independientemente de lo grande que sea
el tablero y del número de fichas que estén en juego, siempre pasa esto. No
importa mucho el desarrollo de la partida, sino elegir con acierto la próxima
jugada.
Es obvio que no habría
vencedores ni vencidos si la partida no hubiera comenzado, pero ya es un poco
tarde para volver atrás. Sobre todo cuando tu adversario no está dispuesto
abandonar, ni mucho menos a negociar unas tablas.
jueves, 12 de noviembre de 2015
Vuelven Los Impresentables a El Internacional
El ciclo de poesía más informal y desfaratado de Toledo regresa este sábado. En esta ocasión tenemos un cartel increíble. Vienen a visitarnos Ángel Petisme y Luis Farnox, y solo eso ya es motivo de celebración. Estoy seguro de que va a ser una noche increíble.
Esta vez no subiré al escenario, pero me encontraréis entre el público preocupándome por que todo salga bien. Nos vemos allí.
domingo, 8 de noviembre de 2015
El infierno de las actividades extraescolares
A
comienzos de los noventa, en mis años universitarios, me ganaba la vida como
podía. Durante el curso, una de mis fuentes de ingresos eran las clases
particulares. Solía dar clases de sintaxis o latín, pero, como se trataba de
sobrevivir a toda costa, si me salía cualquier otra cosa para la que me viera
capaz, la aceptaba. Sin duda, el caso más curioso que tuve fue una madre pija
que me contrató para que le transmitiera a su hija el amor por la lectura.
Vivían en un piso enorme por la zona de Diego de León. No recuerdo los
detalles, pero sí que todo estaba impoluto –supongo que tenían servicio–, que
era un piso moderno y sofisticado, con líneas rectas y muebles de diseño, y que
la madre, una mujer aún joven y tremendamente atractiva, parecía diseñada para
ir a juego con su casa. No así su hija, que desentonaba igual que una cagada de
paloma en un vestido de novia. Aunque iba a verla por las tardes, en muchas
ocasiones la encontraba aún con el uniforme del instituto de monjas. Creo que
cursaba entonces segundo de BUP. No era guapa como la madre. Tenía cara de
novicia amargada, la piel blanquecina, la mirada triste y el pelo siempre recogido
en una cola de caballo.
A
la chica sí le gustaba leer. Lo comprendí después de pasar con ella dos o tres
tardes. No leía por falta de tiempo. O de fuerzas. Cuando un día me contó su
rutina diaria, su vida me pareció un verdadero suplicio. Aparte del instituto,
estudiaba guitarra clásica, una actividad que le absorbía muchas horas. Jugaba
en un equipo de balonmano bastante serio que entrenaba varias veces a la
semana. Formaba parte de un grupo de boy
scout o algo así, puede que fuera una asociación cultural y recreativa de
su colegio de monjas. Iba a clases particulares de inglés y, para colmo, tenía
que soportar una vez a la semana a un tipo que le preguntaba si se había leído
el libro que habían acordado la semana anterior. Un puto infierno.
Arrostré
el riesgo de perder aquel pingüe beneficio y, después de una de mis clases,
cuando fui a recoger el par de billetes crujientes que cobraba por mis
servicios, se lo expliqué a la madre. Su hija no tenía ningún problema con la
lectura. El problema era su apretada agenda, en la que la lectura no cabía ni
metiéndola a empujones. No me despidió. Tampoco me entendió. Me dijo que de
acuerdo y que se alegraba de que a su hija le gustara leer.
Durante
los meses que seguí yendo a aquella casa, hasta el final del curso, no volví a
mandarle a la chica que se leyera ningún libro. Le llevaba cuentos y los
leíamos juntos en la hora que teníamos programada. Recuerdo sus ojos tristes y
cansados y su expresión ausente escuchándome con estoica resignación mientras seguro
que pensaba en las tareas de clase que aún tenía sin hacer o en la hora de
guitarra clásica que tendría un poco más tarde. Pensé en dimitir y no lo hice
porque me venían muy bien aquellos dos crujientes billetes que me llevaba cada
semana por no hacer prácticamente nada.
Mi
infancia y mi juventud fueron las antípodas de las de aquella pobre chica.
Nunca fui a ninguna actividad extraescolar. Por precariedad, por pura miseria,
esa es la verdad. En mi casa vivíamos con lo justo y aquellos gastos
extraordinarios ni se planteaban.
Cuando
yo iba a la escuela, creo que en mi pueblo los jóvenes podían hacer actividades
extraescolares como piano, guitarra, baile o artes marciales. Yo nunca tuve
envidia de los que iban a esas actividades. Puede que un poco más mayor me
hubiera gustado aprender algo de música, pero entonces estaba totalmente feliz
por no tener ninguna de aquellas obligaciones. No todos, pero algunos de los
que iban a esas cosas lo hacían a regañadientes. Y mientras ellos entretenían
la tarde con aquellas actividades programadas, yo hacía lo que me daba la gana.
Normalmente leía libros y mortadelos, o jugaba con mis amigos en la calle, a
veces al fútbol, otras, las mejores, a inventar juegos ingeniosos y fascinantes.
En ocasiones vagaba por el pueblo con algún amigo o salíamos a las afueras a
deambular por el campo. Si estaba solo, aparte de leer, veía la televisión, escuchaba música, escribía alguna historia o simplemente me quedaba mirando el techo mientras
dejaba que mi pensamiento bogara a la deriva.
No
saben mis padres cuánto les agradezco que, aunque fuera accidentalmente, me regalaran
toda aquella libertad.
Los
jóvenes de hoy, en general, me inspiran la misma tristeza que aquella pobre
chica rica de Diego de León. Los imagino llegando a casa derrotados después de
toda la mañana en el instituto, con el tiempo justo para comer y hacer a toda
prisa las tareas, saliendo de casa atropelladamente para no llegar tarde a la academia
de inglés, o al gimnasio, o a las clases particulares de música, o al entrenamiento
con el equipo de fútbol, y sin apenas tiempo para jugar, para leer, para
pensar, para soñar. Y luego pienso en sus padres y madres, esos seres amargados
y abnegados que se pasan las tardes haciendo de chóferes de sus hijos e hijas
para llevarlos a todas esas actividades que ellos imaginan que les hacen
mejores padres y madres. Sorprendentemente, son estos padres que sobrecargan a
sus hijos de actividades extraescolares los mismos que protestan porque llevan demasiadas
tareas del cole. En muchos casos porque son ellos mismos los que, en su afán por ser los mejores padres del mundo, terminan haciendo las tareas de sus hijos.
No tengo hijos para poder demostrarlo, pero os prometo que si los tuviera, no los llevaría a ninguna actividad extraescolar a no ser que me lo suplicaran de rodillas. Y si cediera y accediera a llevarlos, tened por seguro que los desanimaría todo lo que estuviera en mi mano.
No tengo hijos para poder demostrarlo, pero os prometo que si los tuviera, no los llevaría a ninguna actividad extraescolar a no ser que me lo suplicaran de rodillas. Y si cediera y accediera a llevarlos, tened por seguro que los desanimaría todo lo que estuviera en mi mano.
lunes, 19 de octubre de 2015
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