lunes, 24 de mayo de 2010

Cuentos con moraleja: Las golondrinas y el lino

Leí este cuento por primera vez en “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, aunque con algunas variaciones ya se puede encontrar en Esopo. Don Juan Manuel siempre tuvo mucho desparpajo para apropiarse de textos ajenos sin tener la deferencia de citar las fuentes. No era esto raro antes de tener claro lo que son los derechos de autor. El mismo Esopo era más un compilador que un creador.

Os contaré la versión de don Juan Manuel, aunque lo haré de memoria y a mi manera, que sabéis que ese placer y no otro es el que me anima a mantener esta sección:

Un día las golondrinas reunieron a todos los pájaros para alertarles de un peligro inminente. Habían observado que los hombres estaban plantando grandes extensiones de terreno con semillas de lino y tenían miedo de lo que pudieran hacer con él. Todos sabían que el lino era el material que los hombres utilizaban para hacer redes y trampas para atrapar pájaros. Las golondrinas tenían claro que si querían evitar el futuro peligro que se cernía sobre sus cabezas todos los pájaros debían dejar a un lado sus rivalidades y enemistades y unirse para destruir las plantaciones de lino en cuanto empezaran a brotar. Antes de que fuera demasiado tarde.

Los pájaros, por desidia, por pereza o por apatía, no quisieron hacerles caso. Los más juiciosos acertaron a decir que si había que hacer algo, todavía era pronto para preocuparse pues ni siquiera había brotado la cosecha.

Un día se dieron cuenta de que el lino había crecido tanto que ya no podían arrancarlo con sus picos. Ya era demasiado tarde. Solo entonces comprendieron que deberían haber hecho caso a las golondrinas.

Solo ellas se salvaron. El día que se dieron cuenta de que ellas solas no podrían atajar el problema y que todo estaba perdido, decidieron irse a vivir con los hombres. Pensaron que si vivían en sus casas no les harían daño. No se equivocaron. Por eso la golondrina es uno de los pocos pájaros que no sufre la persecución de los cazadores.


Los cuentos tradicionales son sorprendentes por su capacidad para condensar distintas ideas en muy pocas líneas. Muchos cuentos tradicionales y mitológicos pretenden dar algún tipo de explicación a algún hecho curioso: en este caso al hecho de que las golondrinas vivan en las casas de los hombres y no sean víctimas de los cazadores. Lo que no impide que los chavales de todas las épocas hayan querido reventarlas de alguna pedrada. De pequeño me contaban en mi pueblo otro cuento si cabe más ingenuo: que las golondrinas le habían quitado la corona de espinas a Jesucristo y que por eso no había que tirarles piedras.

Don Juan Manuel utiliza el cuento para sacar esta conclusión: “En el comienço debe omne partir / el daño, que non le pueda venir”. De don Juan Manuel no se puede esperar nada bueno. Con este cuento probablemente intentaba justificar algún ataque sin mucho fundamento que llevaría a cabo contra alguno de sus muchos enemigos. Algo así como los ataques preventivos de los norteamericanos. Si yo sólo hubiera querido llegar a esta conclusión, probablemente hubiera optado por contaros mejor el chiste del pastor de Tomelloso y el tren que le arrolló las ovejas.

Pero yo me quedo con otros dos aspectos de la historia que me llaman más la atención: lo difícil que es concienciar a la gente de los problemas futuros y, mucho más interesante, lo inteligente que resulta ponerte del lado del más fuerte, aunque sea el enemigo, si de lo que se trata es de salvar el propio culo.

Los seres humanos normalmente reaccionamos cuando ya es demasiado tarde y la cosa tiene mal arreglo. Así ha pasado con la burbuja inmobiliaria. Desde siempre supimos que era un espejismo y muy pocos hicieron algo para no quedar atrapados bajo los escombros el día que el castillo de naipes se viniera abajo. Durante los últimos años mucha gente ha dejado de estudiar o no se ha esforzado por buscar un trabajo acorde con sus expectativas vitales. Era más fácil dejarse llevar y conformarse con trabajos de baja cualificación y sueldos abultados. Mucha gente se conformó y ahora lo ha perdido todo. Pero no pueden decir que las golondrinas no les avisaron. Era un secreto a voces que la especulación inmobiliaria y la construcción descontrolada iban a sumir al país en la ruina. Se sabía en todas las barras de los bares.

Ahora suben el IVA, bajan las pensiones y dejan de invertir en obra pública, que será algo que dejará sin trabajo a muchas empresas privadas. ¿Y qué hacemos? Nada. Los sindicatos no convocan una huelga general porque temen verse como las golondrinas. Los escépticos del sindicalismo, los que tienen miedo a ser despedidos, los pasotas y los miserables que no quieren perder ni un día de sueldo probablemente se encargarían de que la huelga fuera un completo fracaso.

En el funcionariado pasa otro tanto. Algunos, como yo, queremos protestar, manifestarnos y hacer huelga, pero nos encontramos con pájaros resignados que no temen lo que se les viene encima y que rehúyen su responsabilidad con evasivas. Lo peor está por venir. Si los gobernantes nos ven pusilánimes, vendrán más recortes. Y les tocarán en suerte a los que menos hayan protestado, a los más sumisos. Zapatero, con los funcionarios has triunfado. Están dispuestos a bajar la cabeza y a soportar el dolor del primer envite. Eso sí, has perdido la oportunidad de hacer una limpieza en la Administración. También se hubiera ahorrado mucho dinero público sancionando o despidiendo a todos los caraduras y escaqueados que pululan por las cafeterías de la Administración. Ese sí que hubiera sido un recorte aplaudido.

Cuando nos queramos dar cuenta el lino habrá crecido: las pensiones serán irrisorias, trabajaremos hasta los 75 años, nos tratarán como a ganado en la seguridad social, se abrirán escuelas privadas en detrimento de las públicas, los impuestos de las clases medias serán exorbitantes…

Yo ahora estoy dándole vueltas a la idea de irme a vivir con mis enemigos para que no me hagan daño, aunque todavía no se me ha ocurrido la manera de llevarlo a cabo. Porque cuando los que son como yo quieran ponerse en marcha, nos veremos tan impotentes como los pájaros que querían arrancar el lino cuando ya estaba demasiado crecido.

Cuánto tendríamos que aprender de lo que hizo el pastor de Tomelloso con el tren…

El cuento de la moraleja: El chiste del pastor de Tomelloso y el tren
Cuando pusieron por primera vez las vías del ferrocarril en el término municipal de Tomelloso, los lugareños no estaban familiarizados con aquellos extraños caminos de hierro que venían desde un horizonte para perderse en el otro. Tampoco buzonearon las casas para informar del nuevo invento ni contaban con radios y televisiones que dieran a los catetos las explicaciones pertinentes para convivir con los avances mecánicos que traían los nuevos tiempos. Por eso no fue raro que un pastor de Tomelloso llevara sus ovejas a la loma en la que solían pastar y que un tren de mercancías las arrollara sin contemplaciones antes de que el buen hombre pudiera evitar la tragedia.

Días después de esa terrible desgracia el pastor tuvo que ir a Madrid a arreglar unos papeles. Era la primera vez que iba a Madrid (los tomelloseros que van a Madrid en los chistes siempre van por primera vez) y no pudo sino quedarse pasmado cuando al pasar al lado del escaparate de una juguetería de la Gran Vía vio un tren en miniatura corriendo felizmente por unos diminutos raíles. El hombre no se lo pensó dos veces, arremetió contra el cristal del escaparate, que saltó hecho añicos, y se puso a aporrear el juguete mecánico hasta dejarlo hecho un churro. Cuando los dueños de la tienda pudieron reducir al pastor, todavía un poco fuera de sí, acertó a decir: “A estos bichos hay que matarlos de chiquitines, que luego se hacen grandes y no hay quien los pare”.

viernes, 14 de mayo de 2010

5%

Imparto mis clases. Las preparo. Elaboro nuevos materiales cada año. Busco las actividades más adecuadas para cada curso y para cada grupo de alumnos. Organizo actividades extraescolares y excursiones. Participo voluntariamente en planes de mejora de la convivencia en mi centro. Sigo estudiando para no quedarme estancado. Repaso contenidos cada año para refrescar la memoria. Leo los libros que puedo para ser un profesor de literatura competente. Me quedo en los recreos con los alumnos que tienen problemas. Aprovecho huecos libres para hablar con los padres y las madres de los alumnos problemáticos. Empleo gran parte de mis tardes y de mis fines de semana en corregir ejercicios y exámenes. Me apunto a cursos para mejorar mi formación como docente (porque además me los exigen si quiero cobrar sexenios). Hago todo el absurdo y desproporcionado papeleo con el que desde hace un tiempo nos castigan cada vez que un alumno suspende (supongo que intentan que levantemos la mano para que haya más aprobados, pero conmigo no van a poder; antes currante que prevaricador). Hablo regularmente con los padres y las madres de los alumnos y alumnas de mi tutoría. Hago guardias y vigilo el patio los recreos que me toca. Seguro que se me ha olvidado algo, pero supongo que es suficiente para que os hagáis una idea de en qué consiste mi trabajo.
 Todo ese esfuerzo ahora me lo van a recompensar –probablemente porque la Administración derrocha el dinero en pagos desmesurados a las empresas que contrata, porque gasta demasiado en las dietas de los altos cargos, porque han comprado ordenadores a todos los niños de 5º de Primaria y a todos los profesores sin que hiciera falta, porque han dado 400 euros hasta al que estaba podrido de dinero, porque nos toca pagar las ayudas para que la gente compre coches y sigamos gastando petróleo, porque hemos tenido que activar un plan E para que no se derrumbara del todo el castillo de naipes de la burbuja inmobiliaria que consintieron y crearon los políticos, porque hemos tenido que dar millones y millones a los bancos para “salvarlos”, porque se han dado 2.500 euros a todos los que han tenido un niño sin tener en cuenta su nivel de renta, porque no se investiga a los funcionarios caraduras que se inventan algo para darse de baja o se pasan las horas tomando café, ni se persigue a las empresas que, sistemáticamente, estafan a Hacienda pagando gran parte de sus emolumentos en dinero negro, o porque etcétera, etcétera- BAJÁNDOME EL SUELDO UN 5%.
 Y sí, ya sé que los profesores tenemos un mes más de vacaciones. Eso supondrá, en mi caso, unos treintaicinco meses libres a lo largo de mi vida laboral. Si no la palmo antes, claro. No sé si esos 35 meses (la suma no llega a los tres años) compensarán los cinco años que dediqué a estudiar una licenciatura, el año extra que tuve que malgastar para sacar el CAP y los años que me pasé preparando las oposiciones hasta aprobarlas.

Lo único que se me ocurre para contrarrestar una medida tan injusta es dejar de trabajar por lo que no me pagan. Así que intentaré currar un 5% menos. Una amiga mía me dice que eso sería tan fácil como que los funcionarios dejáramos de trabajar el primer lunes de cada mes. No me parece mala propuesta, aunque buscaré otras opciones por si los sindicatos no tienen huevos para exigirla. Este es el problema del funcionariado. Ni se castiga al jeta ni se premia al currante. Al final pareces gilipollas si te esfuerzas por hacer bien tu trabajo.
 APOSTILLA (diciembre de 2010): Al final no fue un 5%. Ese porcentaje era orientativo, una media de todo el funcionariado. Mis nóminas se han reducido aproximadamente un 7% y mis pagas extras más del 30%. Resultado final: cobro un 11 o un 12 % menos. La huelga de funcionarios, como era de esperar, fue un desastre.

miércoles, 28 de abril de 2010

Escenas memorables: Forrest Gump

Muchas escenas y frases de Forrest Gump forman hoy parte del imaginario colectivo. Todo el mundo conoce lo de “la vida es como una caja de bombones” o lo de “tonto es el que hace tonterías”. La imagen de Forrest en el banco dándole la chapa a todo el que se sienta a su lado también es un icono cinematográfico que ha quedado. Si vais a algún restaurante Bubba Gump en Estados Unidos, veréis que toda su decoración, marketing y merchandising está basado en la película, aunque han pasado más de 15 años desde su estreno. Forrest Gump es una película de las que perviven. A mí hay una escena que, particularmente, siempre me vuelve a la memoria.

Pero antes de contarla, no puedo evitar hablar de la película. Nunca entenderé por qué un montón de alternativos gafapastas y presuntos cinéfilos de pacotilla la desprecian. Supongo que son los mismos que odian todo lo que es “comercial”. Esa gente que padece animadversión por las mayorías, que abomina de todo lo que sale en los 40 Principales y luego defiende a capa y espada cualquier mierda con la que te salpican desde Radio 3.

Forrest Gump es una película que te emociona y te hace reflexionar. Y, sin profundizar, eso es cierto (no olvidemos que es cine), despliega sobre el tapete un montón de sentimientos y pensamientos universales: la crueldad de la sociedad, la lucha por la supervivencia, la superación personal, la guerra y la paz, el amor puro e incondicional, la discriminación de los que son distintos, el destino y el azar...

Es una película que te lleva de las situaciones más divertidas a los momentos más dramáticos y dolorosos. Solo la ternura atenúa un poco la dureza de ciertas partes. Y la sátira, esa visión (o revisión) irónica de la historia de la gran nación americana en la segunda mitad del siglo XX. Una sátira ciertamente amable, pero no por eso menos efectiva. Es el humor cervantino: esa risa condescendiente que se burla del mundo sin resultar hiriente porque se sabe juez y parte.

No me suelen gustar las películas con voz en off en primera persona, pero hay excepciones. Aquí está totalmente justificada porque te ayuda a ver la realidad desde los ojos de un muchacho corto e ingenuo que apenas entiende el mundo que le rodea. Sólo en algunas novelas excelentes he encontrado algo comparable en este sentido: “Claus y Lucas” (el mundo visto por los ojos de unos niños crueles) o “El curioso incidente del perro a medianoche” (una visión del mundo por boca de un niño autista).

Mi escena preferida es esa en la que Forrest, después de quedarse solo tras la inesperada partida de su querida Jenny, se echa a correr. Porque le apetecía correr, sólo por eso. Y ya que estaba corriendo pensó que podría llegar hasta el final del camino y, una vez allí, que podría ir hasta el final del pueblo, y luego que sería posible llegar hasta el final del condado, y del estado de Alabama, para continuar hasta llegar al océano. Un océano que le obligaba a dar la vuelta, pero que le ofrece la oportunidad de atravesar todo el país hasta llegar al otro océano. Y así, de esa forma tan absurda, se pasa más de tres años de su vida. Corriendo sin más, con los paréntesis justos para comer y mear y cagar y dormir. Una carrera absurda que ni él mismo entiende, pero que los demás no dejan de buscarle sentido. El pensamiento del hombre es teleológico: nos empeñamos en buscarle una finalidad a todo lo que ocurre. La hazaña de Forrest Gump ha de ser un gesto, una protesta, una manifestación por algo, bien en contra de las armas nucleares, bien a favor de la paz mundial o de la defensa de los animales. Eso piensan todos los que se unen a él en su épica carrera. Forrest no se molesta en desengañarlos, aunque sabe que sólo corre porque “tenía ganas de correr”. Por eso, un buen día, de forma inopinada, lo deja sin más. Se detiene y les dice a sus acólitos: “Estoy muy cansado. Creo que me iré a casa”.

A mí la vida en muchas ocasiones me parece una carrera tan absurda y tonta como la de Forrest Gump. Nos pasa a todos los que no comulgamos con ningún credo ni esperamos que venga a redimirnos ninguna ideología. A veces, como Forrest, me detengo e intento dejarlo, pero yo no tengo casa a la que volver y, después de un momento de parón, solo se me ocurre reiniciar la carrera. Supongo que hago lo que hago y voy a donde voy porque no tengo nada mejor que hacer ni un sitio mejor adonde ir.

domingo, 11 de abril de 2010

Cuentos con moraleja: el chiste del que pintaba carreteras

El protagonista de este chiste puede ser cualquiera que sea un poco bruto. Se podría contar, por ejemplo, con uno de Bilbao. Aunque yo, por ser manchego, siempre lo cuento en su versión de chiste de Tomelloso:

Hace muchos años, antes de que la mecanización acabara con muchos oficios, pintaban las carreteras a mano. Era un trabajo arduo y lento para el que se buscaban los mejores pintores de brocha gorda de España. Un día contrataron a un tomellosero y, como a todos los nuevos, le dijeron que durante una semana estaría de prueba. El primer día se pintó él solito 100 kilómetros. Los encargados no podían dar crédito y esperaron expectantes a ver qué hacía en los días siguientes. Quizá tal proeza solo había sido el alarde del principiante que quiere hacer méritos. Era muy difícil que mantuviera el listón tan alto durante toda la semana. Se equivocaron. El martes, el miércoles, el jueves y el viernes volvió a repetir el mismo resultado. Ya no tuvieron dudas, se reunieron con él y le ofrecieron un contrato fijo y muy bien remunerado con el fin de que no se fuera a trabajar a otro sitio. La segunda semana bajó un poco el rendimiento: su media por día fue de unos 70 kilómetros, lo que no dejaba de ser una barbaridad. Sus jefes pensaron que, como era lógico, se había relajado un poco después de haber conseguido el contrato fijo. Aunque, de cualquier manera, seguía teniendo una marca imbatible y era el pintor más rentable que habían visto en su vida. En la tercera semana su mejor resultado no pasó de los 50 kilómetros por día. En la cuarta semana no llegó a los 30. En la quinta semana ni siquiera a los 20. Los encargados, muy ofendidos, lo llamaron para hablar con él y cantarle las cuarenta. ¿Se pensaba que era funcionario? ¿Se creía que les podía tomar el pelo después del contrato tan ventajoso y bien remunerado que le habían ofrecido? ¿Podían hacer algo para que volviera a ser el mismo? ¿Había alguna justificación consistente para esa progresiva y drástica bajada de su rendimiento? ¿¡¡Por qué cojones había sido capaz de pintar 100 kilómetros los primeros días y ya no llegaba ni a los 10!!?
-No te jode –respondió el tomellosero-, a ver si se piensan ustedes que el bote de pintura me pilla igual de cerca que el primer día.


A veces pienso que mi vida se parece mucho a la del tomellosero. Demasiado lastre que me obliga a estar constantemente volviendo hacia atrás. Mi vida ya no corre de forma tan vertiginosa como cuando era más joven. Entonces andaba liviano y ligero y todo era nuevo para mí. Ahora me cuesta mucho más trabajo avanzar. No puedo apenas escuchar discos actuales porque dedico mucho tiempo a todos los que he ido coleccionando a lo largo de estos años. Ya no leo tantos libros nuevos porque de vez en cuando me apetece releer alguno de los libros que atesoro. Tampoco tengo inquietud por conocer nuevos campos de estudio ni por aprender nuevas lenguas. Bastante tengo con tener que repasar constantemente lo que estudié hace mucho tiempo en la universidad o en el instituto (historia, arte, filosofía…) y con el inglés, ese idioma del demonio que por más que me esfuerzo no consigo comprender ni articular en cuanto me suben el nivel. Demasiado tiempo recorriendo las sendas que he pateado una y otra vez. Si mi vida no está completamente detenida, al menos sí está ralentizada. En el terreno personal las cosas no son mucho mejores. A veces conozco a personas interesantes y me veo obligado a descartarlas como posibles amistades porque el poco tiempo libre del que dispongo tengo que dedicarlo a reencontrarme con los viejos amigos, esos que un día compartieron un momento crucial de tu vida y se separaron de ti por culpa de la inexorable diáspora vital.

A veces se me pasa por la cabeza la posibilidad de dejarlo todo atrás y no volver a buscar el bote de pintura medio seca que tanto cuesta alcanzar. Para seguir hacia adelante sin volver la cabeza, en busca de un bote nuevo que esté más a mano. Es entonces cuando pienso en quemar todos los libros de mi biblioteca. En enterrar mis álbumes de fotos. En machacar todos mis CD’s y borrar todos los mp3 pirateados. En formatear mi ordenador para que vuelva a estar como el día que lo compré. Con los amigos y con la gente que me quiere y a la que quiero no sería tan drástico. Les ofrecería venirse conmigo. Y no dejaría atrás a nadie que estuviera dispuesto a andar al mismo paso que yo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Mi padre y el conocimiento

Nada de lo que me enseñó mi padre me ha servido para nada y, sin embargo, estoy convencido de que su forma de educarme es la responsable de mi interés por el conocimiento humanístico. También sé que él me enseñó, con su ejemplo, a pensar en libertad.

Mi padre murió hace casi dos decenios, pero todavía está muy presente en mi vida. Es una presencia dialéctica que todo lo pone en cuestión. Mi padre es un personaje complejo, paradójico y contradictorio del que podría hablar bien o mal. En algunos aspectos me parece un ser humano ejemplar; en otros, un verdadero despropósito vital. Pero no he venido a hacer un retrato suyo (mucho menos un juicio), sino a recordar que todo lo que me enseñó no me sirvió para nada en cuanto abandoné el pequeño universo en el que vivíamos.

Mi padre era un niño de la posguerra que había comido mucho pan negro y que no había podido ir a la escuela nada más que un par de años. En cierta medida, toda su formación era autodidacta. Se sacó el graduado escolar por su cuenta y leyó lo mucho o poco que cayó en sus manos. Era un agricultor excéntrico y bastante ilustrado, aunque su formación fuera caótica, desestructurada y tuviera algunas lagunas imperdonables. Su memoria era portentosa. Recuerdo que nos fascinaba que supiera las respuestas a innumerables preguntas de los concursos de la televisión. Mi hermana mayor y yo alguna vez mandamos cartas para que lo llamaran como concursante, pero no tuvimos suerte. Le gustaban los libros de historia y los ensayos de cualquier materia humanística. Las matemáticas también, pero solo por afición a la lógica y a resolver problemas como resolvía crucigramas. Este hombre fue el que no me enseñó nada de provecho.

Mi padre no daba lecciones. Ni siquiera hablaba de su vida pasada. Vivía exiliado dentro de sí mismo y se mantenía, a duras penas, con lo poco que sacaba de las escasas tierras que a veces se olvidaba de labrar. No recuerdo que nunca me trasmitiera ninguna enseñanza de tipo moral. Por ejemplo, nunca me habló mal de la religión, aunque él se negó siempre a ir a nuestros bautizos y comuniones por su acérrimo odio a la Iglesia. Incluso estuve un tiempo siendo monaguillo y no dijo ni mu. Sé, por gente que le conoció, que le gustaba hablar de política, pero en mi casa no comentaba ni los telediarios. Tampoco habló nunca de la Guerra Civil ni de nada relativo a su ideología política. Crecí con un montón de dudas, pero con una libertad absoluta para elegir dónde posicionarme en cuestiones políticas o religiosas. A eso le llamo yo educar a una persona en libertad.

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¿Qué me enseño, pues, mi padre? Un montón de conocimientos baladíes que solo tenían sentido dentro de su reducido universo rural. Desde pequeño me enseñó todos los nombres de los caminos que recorríamos con el tractor: camino Los Moledores, carril de La Casa don Pedro, camino Madridejos, camino Las Peñas, etc. Así como otros puntos geográficos de interés local: el cerro Cabeza Gorda, los Jijarrales, el Calaminar, la Lagunilla de la Sal, el Dotor… También puso interés en enseñarme botánica. Con él aprendí los nombres de todas las malas hierbas, que son los enemigos naturales del agricultor: toba, cardo borriquero, pincho colorinero, cardencha, salicor, oruga, carrigüela, grama, abrojo… Un inventario de nombres donde se mezclaban los términos recogidos en las enciclopedias y las creaciones autóctonas. Lo mismo hizo con los nombres de los pájaros o de los insectos. Ni siquiera me enseñó a diferenciar las clases de uvas manchegas, que seguro que las conocía bien. En su lugar creó una terminología propia que no se entendía saliendo de mi casa. Teníamos uvas de todo tipo y él las denominaba sin un sistema claro y coherente. Algunas veces por el tamaño del fruto y otras mismamente por el nombre del individuo que le había pasado los sarmientos para los injertos. Nunca se escucharon en mi casa palabras como tempranillo, garnacha o cabernet sauvignon. Todo lo más que aprendí fue a diferenciar las tintas de las blancas, y, como mucho, éstas de las moscatel, que tenían un sabor horrible. Daba un poco lo mismo: las echábamos juntas al mismo remolque. Por cultura general alguna vez me enseñó los términos de los antiguos aperos de labranza, los que hizo desaparecer la mecanización y se fosilizaban bajo el polvo y el óxido en nuestras cámaras. Esos los he olvidado en su mayoría, aunque sé qué es una trilla, un yugo, una hoz y para qué servían los dediles de segar. Supongo que recuerdo mejor algunos términos por su aparición en ciertos textos literarios que él mismo me trasmitió. Pura literatura tradicional que llegó a mí de forma oral y que aún guardo en mi memoria. Como botón de muestra, un poema del mundo al revés que le gustaba especialmente:

Jamás había visto yo
lo que vi esta mañana:
una gallina trillando
y un ratón volviendo parva,
y en lo más hondo del mar
un burro sacar patatas
con la cola y sobrasar.

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Yo odiaba el campo: el frío, el sol, la lluvia, los dolores de espalda, los callos, los bichos, mancharme de tierra, tragar polvo, vivir en la miseria. Me he pasado la mitad de mi vida haciendo todo lo posible para no volver allí. Por eso todo lo que aprendí con él no me ha valido para nada. Para mí esos conocimientos no son más que recuerdos de un mundo perdido: el vocabulario, la ornitología, la botánica, la entomología y la geografía de un mundo que desapareció tras un cataclismo.

Lo curioso es que, ahora que estoy cerca de los cuarenta años, me doy cuenta de que mi forma de entender el conocimiento no es muy distinta a la de mi padre. Pude estudiar algo práctico, alguna carrera técnica o que al menos tuviera algún tipo de aplicación que no fuera especulativa, y no quise hacerlo. Mi interés ha estado siempre centrado en los saberes humanísticos: historia, lingüística, música, literatura y filosofía principalmente. Saberes que no tienen ninguna utilidad más allá de mis clases o de las cuatro paredes de la habitación donde me encierro a leer. Si acabara perdido en una isla desierta, todo lo que sé no me serviría para nada. Si me fuera a vivir a un país oriental, casi nada de lo que sé me sería útil. Todo lo que me he esforzado en aprender sirve para muy poco: la lista de los reyes de España desde los Reyes Católicos hasta hoy, las conjunciones de las oraciones coordinadas copulativas, la bibliografía más adecuada para estudiar lírica medieval, las declinaciones latinas, los tipos de estructuras más recurrentes en los textos argumentativos, la vida de Espronceda, las etapas en la obra poética de Juan Ramón Jiménez, los grupos más destacados de la psicodelia pop de los sesenta, las teorías de Aristóteles sobre el conocimiento, las distintas versiones sobre los motivos que provocaron la Guerra Civil… Por no hablar de mi interés por la literatura, que es el mundo de la pura ficción. Nada de lo que me he esforzado en aprender tiene algún tipo de aplicación práctica. Soy igual que mi padre, que siempre puso más interés en saber el nombre de las malas hierbas que en arrancarlas.

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Si busco en mi memoria algún momento en el que mi padre me animara a estudiar, no lo encuentro. Tampoco intentó disuadirme de que lo hiciera. Nunca me dijo qué era lo que tenía que hacer porque sabía que mi vida no le pertenecía, al contrario de lo que muchos padres de hoy piensan de la vida de sus hijos. No fue dejadez de padre, sino una forma de educar probablemente bastante meditada. Hace poco me enteré de algo que confirma esta teoría. Por lo visto, a uno de sus mejores amigos le contaba, cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, que él nunca nos aleccionaba en cuestiones religiosas para ver adónde nos llevaba nuestro propio raciocinio. Dejó que mi madre y mi abuela nos educaran en la religión católica sin entrometerse. Así, si salíamos religiosos, ya sabría él que, intelectualmente, no podría esperar mucho de nosotros. Por saberlo nada más, que eso no iba a provocar que nos quisiera menos. Creo que mi padre respetaba la creencia en Dios siempre que este dios no tuviera nada que ver con ninguna de las religiones que existen en el mundo. No podía comprender que hubiera gente que se tragara esas patrañas absurdas que se desmontan con poco sentido común que tenga un homo sapiens. Que la gente creyera las supercherías del Papa de Roma, de los testigos de Jehová o de los seguidores de Mahoma solo le resultaba tolerable si pensaba que el creyente era un imbécil. Las personas con carrera que creían en Dios para él no eran nada más que un montón de tontos con estudios. En ciertas cuestiones era demasiado taxativo y maniqueo. Yo, siendo un poco de la misma cuerda, soy más tolerante. Creo que la gente cree en ciertas religiones no solo por falta de neuronas, sino por miedo. No solo el miedo a lo que vendrá después de estar muertos, sino el mismo miedo ontológico de estar aquí y no entender por qué. Algunas de las ideas que mi padre tenía respecto a la religión las sé porque en los dos o tres últimos años de su vida -cuando él podía ir viendo que no era tan tonto como presagiaban los devaneos religiosos de mi tierna infancia- sí tuvimos alguna que otra charla más o menos filosófica, aunque siempre desde la pura elucubración. Nunca intentó inculcarme sus ideas, más bien se trataba de compartirlas con alguien para no sentirse tan solo como siempre estuvo.

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El único consejo vital que me dio muchas veces mi padre, zumbón como era cuando estaba de buenas, fue que me hiciera pastor. Estar solo en mitad del campo con las ovejas sin soportar la estupidez, los afanes y la vanidad de los seres humanos tenía que ser para él lo más cercano a la felicidad que podía imaginar. Pero no era nada más que una broma intelectual que le venía de haberse pasado media vida leyendo a Epicteto, a Marco Aurelio y a Boecio.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mitos

Cada civilización reescribe la historia y la hace suya. Eso es un hecho. Lo sorprendente es que en cada momento los historiadores y estudiosos que la reescriben creen estar en posesión de la verdad.

Recuerdo haberme reído bastante hace muchos años leyendo la enciclopedia que mi padre llevaba a la escuela en la Posguerra. Era descacharrante. En la universidad viajé más atrás en el tiempo. Leí muchos fragmentos de crónicas medievales donde la historia y la leyenda formaban una amalgama inextricable. Leer los libros de historia de otras épocas me producía hilaridad, entre otras cosas porque estaba convencido de que en la forma de contar la historia había un progreso imparable sustentado en bases científicas, que hacía que día a día fuera más fidedigna.

Ahora que tengo una edad y puedo comparar los distintos libros de texto de las distintas etapas que he vivido empiezo a tener serias dudas de que haya algo de verdad en todo lo que contamos en las clases de historia, algo más allá de los hechos, mondos y lirondos, que puedan justificar ciertos documentos o ciertos restos arqueológicos.

La mera observación de la realidad me hace comprender lo difícil que resulta contar la verdad. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo a la hora de interpretar los hechos más recientes. Siempre hay como mínimo dos versiones: la del vaso medio lleno y la del vaso medio vacío. Y no vale con decir que está por la mitad porque vendrá alguien a preguntarte si falta medio vaso de agua o es que sobra la que hay.

Empecé a darle vueltas a todo esto hace unos días. Encontré mi libro de Literatura de 3º de BUP y me puse a echarle un vistazo. Entonces comprendí por qué no recordaba haber estudiado a Lope de Vega en el instituto. No venía en mi libro. Un genio eliminado por una decisión editorial. La realidad es demasiado extensa como para poder contarla de forma pormenorizada. En la selección está la trampa. Y más importante que lo que aparece es lo que no aparece.

Mirad en los huecos. Buscad las omisiones.

Esto me llevó a cotejar otros libros de Literatura de mi etapa de estudiante con los que manejo ahora como profesor. A veces los contenidos son idénticos, pero no los huecos. Hay autores que han desaparecido y otros nuevos que antes no venían. También me di una vuelta por algunos libros de Historia de España que estudié en la facultad. Me sorprendió encontrar muchos enfoques distintos a los que actualmente aparecen en los libros de texto. Los personajes no cambian, pero a veces sí los papeles: los malos, los buenos, las víctimas, los verdugos.

Los profesores trasmitimos los contenidos de los libros de texto y solo nos permitimos cuestionar algún apartado si da la casualidad de que trata de un tema en el que tenemos cierta especialización. Para tener un juicio elaborado sobre una época hay que estudiarla de forma muy exhaustiva. Es imposible que un profesor de instituto pueda tener un juicio propio y contrastado sobre todos y cada uno de los temas que se tratan enseñando historia.

Utilizo la historia de España como marco para mis clases de historia de la literatura. Disfruto mucho en esas clases. Y más desde que he descubierto que soy algo parecido a un cuentacuentos. Transmitimos cuentos que sirven para entender nuestra tradición y nuestra cultura.

Mitos. Nada más que mitos.

Toda civilización necesita una historia sobre la que asentarse. Da igual la historia que sea. Las matemáticas pueden ser más o menos universales. La historia en cada país es distinta. Tiene sus propios héroes, sus traidores, sus victorias, sus derrotas, sus periodos álgidos, sus depresiones. No importa que esta historia sea más o menos inventada. Escribimos la historia que queremos contar para que lo que hacemos ahora parezca una continuación con cierto sentido. Muchas veces para tener la sensación de que hemos progresado, de que somos tan listos que ya no volveremos a cometer los mismos errores que nuestros antepasados. Literatura pura y dura.

Literatura necesaria que sirve de cimiento para edificar nuestro futuro. La literatura es la base de las civilizaciones. Ahí están los judíos de Israel, que ocuparon un país porque leyeron en la Biblia que Dios les había regalado esa tierra.

Los cuentos son mejor que el vacío absoluto, que la duda ontológica que todo lo cuestiona. Toda sociedad necesita una historia más o menos ficticia que justifique su presente. Y a mí me pagan para que la haga amena, entretenida, soportable. Trabajar de cuentacuentos es algo gratificante. No hay ironía en mis palabras. Es imposible encontrar la forma objetiva de contar la historia, pero es apasionante formar parte de los que transmiten la versión más adecuada para este tiempo y este lugar. No todos los profesores la contamos de la misma manera. El que más y el que menos la adapta a sus convicciones y a sus intereses. Solo la literatura puede ofrecernos esa libertad.

domingo, 21 de febrero de 2010

El inmenso desierto

Hace un par de días leía en El País un artículo muy interesante de Jesús Ferrero sobre un tema que desde hace tiempo me ronda la cabeza: el cambio que supone para la letra impresa la democratización de los recursos que ofrece internet.

Para Jesús Ferrero los grandes nombres de la Historia de la Literatura aparecían en el universo Gutenberg como cordilleras contrastables. Internet, sin embargo, vendría a ser una inmensa planicie donde apenas se puede reconocer si un punto está ligeramente más elevado que otro.

La comparación me parece curiosa, pero ofrece una visión demasiado idílica del pasado editorial. Siempre se ha publicado mucha morralla. Por otra parte, creo que hay cierto desdén elitista en sus palabras. Probablemente Jesús Ferrero soñaba que él algún día también sería una inmensa cordillera y de repente se ha encontrado con una nivelación total de la orografía del terreno. Menuda putada.

A mí, sin embargo, no me duele el cambio. La Historia de la Literatura está llena de injusticias. Para empezar, creo que siempre ha sido una planicie. La diferencia es que antes el espacio estaba acotado y era abarcable. En los tiempos de la creación de la imprenta, la gente que podía acceder a la cultura era escasa y los candidatos para ocupar los puestos elevados eran muy pocos. En el siglo XIX, con el empuje de la burguesía, aparecería el escritor profesional que empieza a vivir humildemente de su trabajo, aunque ya hubo entonces algunos best sellers que se enriquecieron con la venta de libros. En los últimos años, la ingente cantidad de candidatos y el abaratamiento de los costes de edición han hecho que el universo Gutenberg se haya expandido hasta límites insospechados. Se editan muchos más libros de los que el mercado puede asumir. Y desde hace décadas los escritores que habitan las cordilleras de las que habla Ferrero han sido aquellos que trabajaban para una gran editorial que ha tenido la pasta suficiente para encaramarlos en lo más alto. Otras grandes cordilleras que ofrece la Historia de la Literatura tienen unas vistas de dudosa calidad, sobre todo aquellas que obedecen a los gustos de alguna élite en exceso intelectual. Los estudiosos de la literatura han aupado a lo más alto a muchos autores del pasado por intereses eruditos o generacionales. Cervantes, por ejemplo, pasaría al Olimpo de los escritores doscientos años después de su muerte, cuando la novela se convierte en el género literario por excelencia. En su época la novela no era nada más que un género de entretenimiento, de mucha menos importancia que el teatro o la poesía, géneros en los que no tuvo tanta fortuna.

La desmesurada proliferación editorial de los últimos años no es nada si la comparamos con internet. Aquí ya no hay impresor ni editor ni distribuidor ni librería. El escritor le da a un botón y un segundo más tarde el lector puede tenerlo en su casa sin ningún coste. El problema es la inmensidad de internet y la poca gente que hay para colonizar y abarcar esa gran extensión. Para mí es como un desierto desproporcionado en el que todos andamos perdidos. Hay extensísimas zonas deshabitadas en las que apenas nos detenemos. En otras nos paramos un rato para echar un vistazo. Poco tiempo, porque constantemente nos acecha la sospecha de que más allá puede haber algo mejor. Los autores intentan llamar la atención de los que pasan igual que los predicadores charlatanes en la Judea de La vida de Brian. Los medios de comunicación cambian la forma de escribir. Es un hecho. En internet, los textos (posts) se hacen más breves para captar a los que van con prisas. El lenguaje se hace simple y coloquial para no excluir a los pocos transeúntes que puedan pasar cerca. No hay diferencia entre producción propia o ajena. Todo vale como reclamo: textos copiados o materiales gráficos, sonoros o visuales con los que captar al auditorio desde tu palestra.

Esperemos que el libro tradicional no desaparezca porque sería una gran pérdida, aunque tendrá que adaptarse a los nuevos tiempos. Está condenado a entenderse con internet, a buscar incluso su hueco en el inmenso desierto.

Estamos viviendo una época crucial que recogerán los libros de Historia dentro de unos años como un momento decisivo en el cambio de conductas de los seres humanos. Muchas de nuestras actividades, para bien o para mal, están siendo canalizadas actualmente por internet (comunicarnos con los amigos, buscar trabajo, ligar, leer, ver la televisión…). Y de momento es algo que nadie puede controlar porque no se le pueden poner puertas al campo. Es un momento emocionante e intrigante porque no se sabe dónde irá a parar todo esto. Aunque tengo la sospecha de que todo no puede nada más que empeorar. Quizá dentro de unos años tengamos que contar a los más jóvenes que un día internet fue un universo libre donde cada uno podía decir lo que quería sin temor a que lo persiguiera la Inquisición.

A pesar de no compartir al cien por cien la visión de Jesús Ferrero, me gustó mucho su artículo porque desde hace tiempo me venía imaginando internet como un inmenso desierto. Escribiendo en este blog me siento un poco así: como un chalado dando voces solo en mitad de las dunas. A veces tan ridículo como el buzo que iba por el desierto, se encontró a un beduino y le preguntó dónde quedaba el mar. El beduino, sorprendido ante aquella aparición desconcertante -bombonas de oxígeno, gafas de buceo y aletas en los pies-, le dijo que lejos, muy lejos, a unos doscientos kilómetros. A lo que el buzo respondió con una ingenua sonrisa de felicidad: “¡Cómo mola! ¡Qué pedazo de playa!”.

sábado, 6 de febrero de 2010

Cuentos con moraleja: la zorra y las uvas

Uno de los cuentos de Esopo que más fortuna ha tenido a lo largo de los siglos es el de la zorra y las uvas. Supongo que casi todos lo conoceréis. Lo cuento de memoria:

Una zorra encontró unas uvas en una parra e intentó alcanzarlas. Después de varios intentos frustrados en los que le fue imposible llegar a los racimos, desistió. Y se dijo a sí misma: “Da igual. No están maduras”.

La moraleja de Esopo es que algunas personas no reconocen su incapacidad para alcanzar ciertas metas y le echan la culpa a las circunstancias.

En el siglo XVIII, Félix María de Samaniego -que por extrañas razones que hoy se nos escapan pensó que era una gran idea reescribir los cuentos tradicionales en poemas rimados- hizo una versión del cuento en la que no es tan severo con los defectos del género humano. Su versión desarrolla un poco más la parte en la que la zorra hace mil intentos para alcanzar las uvas, pero es muy parecida a la original. Lo interesante es que al final, no sin cierta dosis de ironía, recomienda a un tal Fabio que no se corte y haga lo mismo que hizo la zorra cuando se encuentre en una situación similar.

En otras versiones ampliadas del cuento la zorra queda en peor lugar. Alguna he leído en la que la zorra se da cuenta de que hay otro animal que la ha estado observando y siente vergüenza. Y es por orgullo por lo que dice en alto que las uvas no están maduras, en un vano intento por no quedar en ridículo.

Quizá sería reprobable esa actitud orgullosa y altiva de la zorra si no fuera porque todos hemos pecado de lo mismo en alguna ocasión. No nos gusta reconocer nuestras limitaciones delante de los demás. Es comprensible, por tanto, la actitud de la zorra delante del otro animal. Sin embargo, me llama mucho más la atención la versión de Esopo porque en ella la zorra no tiene que disimular delante de nadie y parece que incluso se engaña a sí misma. Ese autoengaño en el que vivimos es el que me hace pensar que es una de las mejores fábulas que he leído. Esta pequeña historia vendría a explicar el destino de todos y cada uno de nosotros. En cada paso que damos en la vida estaría presente.

Como educador lo veo a diario. Los alumnos siempre dicen que no les gusta una asignatura cuando no se les da bien. Y los que no tienen facilidad para ninguna dicen que no les gusta estudiar. Que no les gusta, dicen, cuando la realidad es que no son capaces. Y no es que mientan. Es muy difícil que te guste algo que no entiendes, que te cuesta un trabajo enorme y que te produce frustración. Los mayores no somos muy distintos.

Me gusta la fábula pero no comparto el reproche final de la moraleja. ¿Por qué esforzarse por algo que no vamos a poder conseguir? Entiendo que merece la pena esforzarse si hay alguna posibilidad. Hay veces que es necesario entrenar para alcanzar ciertas metas. Pero de no ser así, pienso que sería mejor buscar otros racimos más accesibles, otras empresas que nos reporten más satisfacción. Me acuerdo ahora de amigos que echaron a perder su vida porque sus familias les obligaron a estudiar algo para lo que no estaban capacitados y terminaron sin conseguir el título. O si lo consiguieron, después mucho esfuerzo y mucho sufrimiento, hoy viven encadenados a un trabajo que odian y que les fastidia cada día de sus miserables vidas.

No todo el mundo puede alcanzar los mismos racimos por mucho que las leyes progresistas de educación se empeñen en ello. Casi todos podríamos aprender a jugar al tenis, pero muy pocos seríamos capaces de llegar a tenistas de élite, y muchos menos a ser tan buenos como Roger Federer o Rafa Nadal.

Por eso, no pasa nada por despreciar ciertos racimos y buscar otros que estén a nuestro alcance. No perdáis vuestra vida en algo que os produzca frustración. Lo lógico sería que reconociéramos con franqueza que no llegamos al racimo y siguiéramos adelante con desparpajo.

Dejé la música porque no era buen músico. Y no me dedico a cantar porque lo hago muy mal. Y no dibujo ni pinto porque no sé hacer la o con un canuto. Y no juego al fútbol porque de pequeño era muy malo y nadie me quería en su equipo. Y no me voy a esquiar porque con la nieve me resfrío. Y nunca he querido ir a Pasapalabra no por falta de léxico sino porque sé que soy muy lento y me faltarían reflejos. Y nunca me han interesado mucho las ciencias porque hay un montón de cosas que no soy capaz de entender. Y nunca hubiera sido cirujano porque tengo muy mal pulso. Y decidí estudiar literatura porque se me daba bien. Nunca me costó mucho trabajo hacer un comentario de texto. Y me hice profesor porque tengo facilidad para hablar en público y no me resulta arduo explicar los contenidos de mi asignatura. Y escribo porque escribir es algo que puedo hacer, mejor o peor, sin demasiado esfuerzo.

Resumiendo: que todos somos un poco zorras y que no pasa absolutamente nada.

jueves, 21 de enero de 2010

Fumaderos

Veamos si lo he entendido bien: parece que ahora van a prohibir a los empresarios y a los trabajadores autónomos de España abrir negocios que atenten contra la salud pública. Eso siempre desde la perspectiva de los censores de lo políticamente correcto, por supuesto. No se escucha el clamor popular que jalee estas medidas tan drásticas.

A mí este tipo de decisiones me desconciertan. Si el tabaco es legal, se debería permitir abrir locales de ocio donde los ciudadanos que tengan esa afición puedan disfrutarla e incluso fomentarla.

Lo que sí me parece bien es que se prohíba fumar en los bares y restaurantes, que, por lo que tengo entendido, son lugares para beber y comer. Para los fumadores hay que abrir locales específicos: fumaderos. Los no fumadores estarían en su perfecto derecho de no ir a estos sitios para que su salud no se viera perjudicada.

Por otra parte, los empresarios que abrieran un fumadero estarían en su derecho de vender bebidas de todo tipo. Al fin y al cabo vender bebidas no es nada ilegal. Lo hacen muchos establecimientos que no son bares. Tampoco se les podría prohibir vender comida. No creo que incurrieran en ningún acto delictivo al despachar raciones, bocadillos y menús a los parroquianos que tuvieran hambre.

Sería importante que los trabajadores que decidieran trabajar en ese tipo de locales firmaran una cláusula en su contrato asumiendo todos los riesgos y cobraran un plus de peligrosidad, como sucede en otros oficios peligrosos. No sería justo insistir en salvaguardar la salud de estos trabajadores si optaran por trabajar en un fumadero sin ningún tipo de coacción. En caso de ser tan estrictos tendríamos que extender este celo a otras profesiones peligrosas, que tendrían que ser prohibidas de inmediato: minero, bombero, guía de alta montaña, percebeiro, torero, piloto de carreras, etc. Por no hablar de la gente que trabaja en la industria química, en las centrales nucleares o en fábricas donde se inhalan todo tipo de gases y humos nocivos.

Si no se permitiera la apertura de negocios de iniciativa privada donde se pudiera fumar, sería un atentado contra nuestra libertad, una invasión del ámbito privado. Yo no soy fumador, pero bien puedo convertirme el día de mañana en el propietario de un local de este tipo. El Estado no debería tener potestad para arrebatarme ese derecho.

A mi padre le gustaba mucho este chiste:

A un hombre religioso que estaba en un velatorio le surgió una duda espiritual y decidió consultársela a un cura que estaba a su lado:
-Padre –le dijo-, ¿puedo fumar mientras rezo?
-No, hijo mío -le respondió-. Eso sería una falta de respeto hacia Dios.
Al rato el hombre decidió formular una nueva pregunta al buen párroco:
-Padre, ¿y podría rezar mientras fumo?
El cura meditó la respuesta unos minutos y finalmente respondió:
-Ah, eso sí, por supuesto.

Todo depende del enfoque que se le dé.

Gracias a esta nueva forma de contemplar el problema del consumo del tabaco en los bares muchos empresarios y trabajadores autónomos podrían reconvertir su honrado negocio hostelero en otro no menos lucrativo. Bastaría con acometer una pequeña reforma que consistiría más o menos en cambiar el rótulo o el toldo de su establecimiento para poner Fumadero El Pescaíto Frito o Fumadero Manolo donde hoy se puede leer Restaurante El Pescaíto Frito o Bar Manolo.

Y así todos contentos.

domingo, 17 de enero de 2010

Qué bien pensado está el mundo: la globalización

Introducción
La globalización está genial. Y creo que tamaña afirmación recoge, más que mi humilde parecer, el sentir general de nuestra civilización. La globalización era el objetivo del progreso humano. Gracias a la globalización el mundo se ha convertido en un mercado tan grande como el mismo mundo.

Inventamos el comercio, desarrollamos los medios de transporte y las vías aéreas, marítimas y terrestres, creamos la tecnología necesaria para comunicarnos a distancia con el teléfono, la televisión o internet, y el resultado es que el mundo se nos ha quedado poco más grande que una canica. La “aldea global”, fíjate tú. No da ni para pueblo. Gracias a los viajes organizados, a los documentales de la 2 y a la multitud de programas de españoles por el mundo que emiten todas las cadenas, hemos descubierto otras culturas, otras religiones, otras formas de pensar. Eso ha contribuido a abrir nuestras mentes, a entender que hay otras formas de ver el mundo, otras civilizaciones que necesitan ser democratizadas como dios manda para que pasen a formar parte de la sociedad de consumo.

Hemos hecho que todo lo particular sea global. Por eso hay un restaurante chino en cada ciudad del mundo. Por eso queremos que también haya un restaurante español en todas ellas. Hace poco estuve en San Francisco y me topé con unos turistas españoles que estaban fascinados porque habían descubierto un restaurante español y habían comido allí. Una pasada.

Importamos. Exportamos. Y gracias a todo este trasiego se evitan muchas guerras. Ya no hace falta conquistar y colonizar un país para expoliarlo y esquilmarlo. Ahora basta con conseguir que las redes capitalistas se infiltren en los débiles y erróneos sistemas económicos de los países más pobres. Es muy sencillo. Basta con poner un cebo. La típica historia de los conquistadores del Nuevo Mundo cuando se ganaban el favor de los nativos regalándoles cuentas de vidrio y cacerolas. Una vez que aceptaban los presentes tenían que corresponder con algo. Ese es el principio del comercio: el trueque.

La misión de Occidente
En los últimos siglos Occidente ha tenido una misión prometeica en el mundo. Occidente se encargó de propalar no solo el cristianismo, sino también la bendición del trabajo a todos aquellos lugares remotos donde antes se pasaban el tiempo rascándose la barriga mientras pelaban una chirimoya. En las últimas décadas Occidente ha tenido que asumir otra misión igual de digna y transcendente: extender por toda la tierra las bondades del consumismo y el mercado libre.

Puro interés filantrópico. Nuestra sociedad ha descubierto que el ser humano es mucho más feliz cuando compra compulsivamente y ha querido hacer partícipes del descubrimiento a todos los habitantes del mundo.

Adictos al consumo
Si algún hipócrita lee este blog y piensa que soy un cínico, se equivoca. Yo no hago nada más que constatar una realidad. A todo el mundo le gusta comprar, consumir compulsivamente, derrochar sin medida incluso hasta sobrepasar los límites de sus posibilidades económicas. Nuestro sistema económico resulta tan atractivo que hay un montón de personas de países desfavorecidos que dan todo lo que tienen o incluso se juegan la vida para cruzar nuestras fronteras. Es curioso que no haya casos de emigración en sentido inverso. A nadie se le ocurre emigrar a un país tercermundista que no haya desarrollado suficientemente sus mercados y su economía liberal.

Este es el destino que nos tenía reservado el progreso tecnológico y el avance en las libertades individuales del ser humano. Todo ciudadano tiene derecho a comprar todo aquello que necesite para su subsistencia y un montón de cosas más que no sirven para mucho pero que equilibran nuestro estado de ánimo. Compramos de forma compulsiva por motivos que van más allá de la mera subsistencia. Compramos por entretenimiento, por desahogo, por vicio. Las compras se parecen mucho al alcohol, que igual te sirve cuando estás de buen humor que cuando estás de bajón. Para mucha gente el shopping es una de las actividades más recomendables para superar las depresiones y otros desajustes personales. También ayudan a olvidar momentáneamente los problemas que puedas tener.

Todos somos parte del sistema
Algunos intelectuales, generalmente izquierdosos, suelen despreciar la sociedad de consumo sin darse cuenta de que ellos también forman parte de ella. Solo porque no se compran un traje de Armani se piensan que están por encima de las frivolidades de nuestra sociedad. Se engañan a sí mismos. Ellos también malgastan su dinero en futesas: libros, discos de coleccionista, viajes caros, cuadros… ¿Qué hay más sibarita y prescindible que la cultura? Vivimos en un mundo de hipócritas. Quitando a cuatro raros, todo el mundo disfruta consumiendo, malgastando, hipotecándose para vivir por encima de sus posibilidades. Si no, no se entendería que nos dejáramos la vida trabajando horas y horas para poder hacerlo.

Distintos precios, distintas necesidades
Nos gustan las cosas caras y las baratas. Las caras (coches, casas, trajes…) nos sirven para presumir de estatus. Cuanto más caras, mejor. Las baratas nos ayudan a sobrevivir por poco dinero y nos sirven para sentirnos realizados en ciertos momentos. No hay como encontrar un chollo en las rebajas para sentirte afortunado por unos instantes. Es cierto que muchos productos son muy baratos porque vienen de países donde tienen explotados a los trabajadores, pero eso son daños colaterales que no tienen por qué amargarnos la existencia. Están más allá de nuestra responsabilidad. Hoy, por otra parte, es una suerte no tener al proletariado explotado en los arrabales del extrarradio de las ciudades. Normalmente están en países lejanos que ni nos van ni nos vienen, países en proceso de democratización que, si siguen esforzándose, algún día llegarán a gozar de los privilegios de los países más desarrollados.

Las ventajas superan a los inconvenientes

Con todo, no nos gusta que las multinacionales se lleven las empresas de España para instalarlas en países donde el coste de producción sea más económico. Sin embargo, cuando compramos no le hacemos ascos a muchos productos cuyas etiquetas indican claramente que han sido fabricados en países subdesarrollados.

A los empresarios españoles tampoco les importa fabricar en otros países si con eso pueden conseguir unos precios más competitivos. En el fondo todo contribuye a nuestra felicidad como consumidores. Nadie querría un sistema de producción proteccionista si ello conllevara un aumento de los precios.

Tenemos ropa buena y barata en Zara gracias a que el pobre Amancio Ortega encontró países subdesarrollados donde poner sus factorías, que las costureras gallegas hoy por hoy están por las nubes. El mismo sentimiento filantrópico tienen Nike, Adidas, Ralph Lauren y un larguísimo etcétera de marcas de postín. Si no hubieran reducido los costes fabricando en países pobres, no habrían podido invertir tanto en publicidad. Han tenido que invertir mucho dinero en promocionar sus marcas para que hoy podamos fardar de ellas cuando las lucimos orgullosos en nuestras prendas de vestir.

Las ventajas del abaratamiento de los transportes
Uno de los factores que más ha influido en la globalización es el abaratamiento de los transportes. Esto también ha beneficiado al sector del turismo. A todos nos encanta poder viajar a cualquier lugar del mundo por un precio razonable.

Otros grandes hipócritas de nuestra civilización son los que dicen que hay que respetar las culturas autóctonas y se pasan la vida recorriendo países subdesarrollados. Paradójicamente, ellos son los que provocan la apertura de nuevos hoteles, restaurantes y agencias de viajes en países donde el mundo occidental aún no había llegado.

Los antiglobalización también pecan de lo mismo. Se posicionan en contra pero se benefician de las bondades de nuestro sistema. Gracias a que los transportes tienen un precio razonable, ellos pueden, por ejemplo, viajar a todas las cumbres del G8 o del Banco Mundial a organizar sus contracumbres.

Las ventajas del abaratamiento de los medios de comunicación
La modernización de los medios de comunicación también ha sido decisiva para la globalización. Todos estamos encantados con las tarifas planas que nos permiten pasarnos el día hablando por teléfono o escribiendo gilipolleces en el facebook. Por eso no deberíamos enfadarnos por que las empresas de telecomunicaciones se estén llevando los servicios de teleoperadores a países donde la mano de obra es más barata. Son las dos caras de una misma moneda y renunciar a una sería renunciar a las dos.

El mercado se adapta a los tiempos
El mercado se autorregula solo. Es un toma y daca que se va acomodando a las circunstancias. Por eso se equivocaron los que predijeron el inminente fin del capitalismo desde hace más de un siglo.

Hay gente que cuestiona el sistema, pero muchas veces es por no tener una visión de conjunto: la macroeconomía. Los chinos, por ejemplo, han llenado España de zapatos y han arruinado a los productores autóctonos. De acuerdo. Pero gracias a eso el gobierno español ha negociado con el gobierno chino para poder vender jamón en China. En palabras de ese gran pensador de nuestro tiempo que es José Mota: “Las gallinas que entran por las que salen”.

Los antiglobalización no ofrecen alternativas
Por mucho que digan los antiglobalización, a la gente le gusta el sistema capitalista, y eso es lo que importa. La inmigración ilegal no deja de ser un mecanismo del sistema para hacerlo un poco más justo. Todo el mundo tiene derecho a luchar por un futuro de consumo descontrolado.

Y a los antiglobalización ni caso. No se ponen de acuerdo ni en el nombre de su movimiento: antiglobalización, antimundismo, alterglobalización, altermundismo… Yo los encerraba en una casa como a los del Gran Hermano, los sentaba a todos juntos para que decidieran un nuevo proyecto de civilización  y no los soltaba hasta que se pusieran de acuerdo. Salían a hostias seguro. Es el movimiento más descoordinado y disparatado de la historia: anarquistas, comunistas, pacifistas, ecologistas, indigenistas, esperantistas, defensores de los derechos de los animales, proteccionistas, nacionalistas, etc. Si tuvieran que organizar un encuentro, no se iban a poner de acuerdo ni en el menú de las comidas.

Nos gusta la globalización
Resumiendo, que el saldo de la globalización es positivo. A la gente le gusta que los productos sean más baratos aunque sean made in Taiwan, que los medios de comunicación estén tirados de precio y que los viajes a la otra punta del mundo sean asequibles a poco que ahorres.

El futuro de la globalización
Lo único que me preocupa de este sistema es que llegue un día en el que se agoten los objetivos y no haya nuevas metas. El sostenimiento del sistema capitalista se basa en el incremento progresivo de los beneficios año tras año. En los primeros tiempos del sistema capitalista las guerras y la colonización de nuevos territorios contribuyeron mucho a su auge. En los últimos años la democratización de las antiguas dictaduras comunistas y las negociaciones con los países del lejano oriente han sido un nuevo estímulo. Todas mis esperanzas están puestas en la capacidad del capitalismo para reinventarse a sí mismo cuando hay que sobreponerse a cualquier crisis.

Por eso pienso que cualquier adversidad no puede ser sino un nuevo acicate para alcanzar nuevos retos. Estoy pensando, evidentemente, en la conquista de otros planetas. El ser humano es así. Necesita situaciones límite que le sirvan de estímulo para superarse. Así, por ejemplo, Cristóbal Colón descubrió América. La ruta de las especias se volvió peligrosa por el dominio del Imperio Otomano y tuvieron que buscar una nueva ruta hacia las Indias. No esperaban encontrarse con un continente. Las grandes ocasiones surgen muchas veces de la casualidad. Así nació el sueño americano: un nuevo mundo donde cualquier paria podía triunfar.

Las raíces del capitalismo se están extendiendo de tal manera que a veces no puedo evitar imaginarme el mundo como el planeta del Principito en el momento en que iba a ser destruido por una invasión de baobabs. Por eso soy consciente del peligro que supone este implacable proceso de industrialización y consumismo desatado. Últimamente se utiliza demasiado la palabra “sostenible” para referirse a los proyectos económicos e industriales que los gobiernos ponen en marcha. Eso es porque no las tienen todas consigo. Sin embargo, yo vuelvo a depositar mi fe una vez más en el ser humano. Estoy seguro de que antes de llegar a la autodestrucción encontraremos una solución. Los americanos van a volver a la Luna (sic) y yo creo que eso no puede ser nada más que el primer paso para llevar la globalización a toda la galaxia.