miércoles, 28 de abril de 2010

Escenas memorables: Forrest Gump

Muchas escenas y frases de Forrest Gump forman hoy parte del imaginario colectivo. Todo el mundo conoce lo de “la vida es como una caja de bombones” o lo de “tonto es el que hace tonterías”. La imagen de Forrest en el banco dándole la chapa a todo el que se sienta a su lado también es un icono cinematográfico que ha quedado. Si vais a algún restaurante Bubba Gump en Estados Unidos, veréis que toda su decoración, marketing y merchandising está basado en la película, aunque han pasado más de 15 años desde su estreno. Forrest Gump es una película de las que perviven. A mí hay una escena que, particularmente, siempre me vuelve a la memoria.

Pero antes de contarla, no puedo evitar hablar de la película. Nunca entenderé por qué un montón de alternativos gafapastas y presuntos cinéfilos de pacotilla la desprecian. Supongo que son los mismos que odian todo lo que es “comercial”. Esa gente que padece animadversión por las mayorías, que abomina de todo lo que sale en los 40 Principales y luego defiende a capa y espada cualquier mierda con la que te salpican desde Radio 3.

Forrest Gump es una película que te emociona y te hace reflexionar. Y, sin profundizar, eso es cierto (no olvidemos que es cine), despliega sobre el tapete un montón de sentimientos y pensamientos universales: la crueldad de la sociedad, la lucha por la supervivencia, la superación personal, la guerra y la paz, el amor puro e incondicional, la discriminación de los que son distintos, el destino y el azar...

Es una película que te lleva de las situaciones más divertidas a los momentos más dramáticos y dolorosos. Solo la ternura atenúa un poco la dureza de ciertas partes. Y la sátira, esa visión (o revisión) irónica de la historia de la gran nación americana en la segunda mitad del siglo XX. Una sátira ciertamente amable, pero no por eso menos efectiva. Es el humor cervantino: esa risa condescendiente que se burla del mundo sin resultar hiriente porque se sabe juez y parte.

No me suelen gustar las películas con voz en off en primera persona, pero hay excepciones. Aquí está totalmente justificada porque te ayuda a ver la realidad desde los ojos de un muchacho corto e ingenuo que apenas entiende el mundo que le rodea. Sólo en algunas novelas excelentes he encontrado algo comparable en este sentido: “Claus y Lucas” (el mundo visto por los ojos de unos niños crueles) o “El curioso incidente del perro a medianoche” (una visión del mundo por boca de un niño autista).

Mi escena preferida es esa en la que Forrest, después de quedarse solo tras la inesperada partida de su querida Jenny, se echa a correr. Porque le apetecía correr, sólo por eso. Y ya que estaba corriendo pensó que podría llegar hasta el final del camino y, una vez allí, que podría ir hasta el final del pueblo, y luego que sería posible llegar hasta el final del condado, y del estado de Alabama, para continuar hasta llegar al océano. Un océano que le obligaba a dar la vuelta, pero que le ofrece la oportunidad de atravesar todo el país hasta llegar al otro océano. Y así, de esa forma tan absurda, se pasa más de tres años de su vida. Corriendo sin más, con los paréntesis justos para comer y mear y cagar y dormir. Una carrera absurda que ni él mismo entiende, pero que los demás no dejan de buscarle sentido. El pensamiento del hombre es teleológico: nos empeñamos en buscarle una finalidad a todo lo que ocurre. La hazaña de Forrest Gump ha de ser un gesto, una protesta, una manifestación por algo, bien en contra de las armas nucleares, bien a favor de la paz mundial o de la defensa de los animales. Eso piensan todos los que se unen a él en su épica carrera. Forrest no se molesta en desengañarlos, aunque sabe que sólo corre porque “tenía ganas de correr”. Por eso, un buen día, de forma inopinada, lo deja sin más. Se detiene y les dice a sus acólitos: “Estoy muy cansado. Creo que me iré a casa”.

A mí la vida en muchas ocasiones me parece una carrera tan absurda y tonta como la de Forrest Gump. Nos pasa a todos los que no comulgamos con ningún credo ni esperamos que venga a redimirnos ninguna ideología. A veces, como Forrest, me detengo e intento dejarlo, pero yo no tengo casa a la que volver y, después de un momento de parón, solo se me ocurre reiniciar la carrera. Supongo que hago lo que hago y voy a donde voy porque no tengo nada mejor que hacer ni un sitio mejor adonde ir.

domingo, 11 de abril de 2010

Cuentos con moraleja: el chiste del que pintaba carreteras

El protagonista de este chiste puede ser cualquiera que sea un poco bruto. Se podría contar, por ejemplo, con uno de Bilbao. Aunque yo, por ser manchego, siempre lo cuento en su versión de chiste de Tomelloso:

Hace muchos años, antes de que la mecanización acabara con muchos oficios, pintaban las carreteras a mano. Era un trabajo arduo y lento para el que se buscaban los mejores pintores de brocha gorda de España. Un día contrataron a un tomellosero y, como a todos los nuevos, le dijeron que durante una semana estaría de prueba. El primer día se pintó él solito 100 kilómetros. Los encargados no podían dar crédito y esperaron expectantes a ver qué hacía en los días siguientes. Quizá tal proeza solo había sido el alarde del principiante que quiere hacer méritos. Era muy difícil que mantuviera el listón tan alto durante toda la semana. Se equivocaron. El martes, el miércoles, el jueves y el viernes volvió a repetir el mismo resultado. Ya no tuvieron dudas, se reunieron con él y le ofrecieron un contrato fijo y muy bien remunerado con el fin de que no se fuera a trabajar a otro sitio. La segunda semana bajó un poco el rendimiento: su media por día fue de unos 70 kilómetros, lo que no dejaba de ser una barbaridad. Sus jefes pensaron que, como era lógico, se había relajado un poco después de haber conseguido el contrato fijo. Aunque, de cualquier manera, seguía teniendo una marca imbatible y era el pintor más rentable que habían visto en su vida. En la tercera semana su mejor resultado no pasó de los 50 kilómetros por día. En la cuarta semana no llegó a los 30. En la quinta semana ni siquiera a los 20. Los encargados, muy ofendidos, lo llamaron para hablar con él y cantarle las cuarenta. ¿Se pensaba que era funcionario? ¿Se creía que les podía tomar el pelo después del contrato tan ventajoso y bien remunerado que le habían ofrecido? ¿Podían hacer algo para que volviera a ser el mismo? ¿Había alguna justificación consistente para esa progresiva y drástica bajada de su rendimiento? ¿¡¡Por qué cojones había sido capaz de pintar 100 kilómetros los primeros días y ya no llegaba ni a los 10!!?
-No te jode –respondió el tomellosero-, a ver si se piensan ustedes que el bote de pintura me pilla igual de cerca que el primer día.


A veces pienso que mi vida se parece mucho a la del tomellosero. Demasiado lastre que me obliga a estar constantemente volviendo hacia atrás. Mi vida ya no corre de forma tan vertiginosa como cuando era más joven. Entonces andaba liviano y ligero y todo era nuevo para mí. Ahora me cuesta mucho más trabajo avanzar. No puedo apenas escuchar discos actuales porque dedico mucho tiempo a todos los que he ido coleccionando a lo largo de estos años. Ya no leo tantos libros nuevos porque de vez en cuando me apetece releer alguno de los libros que atesoro. Tampoco tengo inquietud por conocer nuevos campos de estudio ni por aprender nuevas lenguas. Bastante tengo con tener que repasar constantemente lo que estudié hace mucho tiempo en la universidad o en el instituto (historia, arte, filosofía…) y con el inglés, ese idioma del demonio que por más que me esfuerzo no consigo comprender ni articular en cuanto me suben el nivel. Demasiado tiempo recorriendo las sendas que he pateado una y otra vez. Si mi vida no está completamente detenida, al menos sí está ralentizada. En el terreno personal las cosas no son mucho mejores. A veces conozco a personas interesantes y me veo obligado a descartarlas como posibles amistades porque el poco tiempo libre del que dispongo tengo que dedicarlo a reencontrarme con los viejos amigos, esos que un día compartieron un momento crucial de tu vida y se separaron de ti por culpa de la inexorable diáspora vital.

A veces se me pasa por la cabeza la posibilidad de dejarlo todo atrás y no volver a buscar el bote de pintura medio seca que tanto cuesta alcanzar. Para seguir hacia adelante sin volver la cabeza, en busca de un bote nuevo que esté más a mano. Es entonces cuando pienso en quemar todos los libros de mi biblioteca. En enterrar mis álbumes de fotos. En machacar todos mis CD’s y borrar todos los mp3 pirateados. En formatear mi ordenador para que vuelva a estar como el día que lo compré. Con los amigos y con la gente que me quiere y a la que quiero no sería tan drástico. Les ofrecería venirse conmigo. Y no dejaría atrás a nadie que estuviera dispuesto a andar al mismo paso que yo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Mi padre y el conocimiento

Nada de lo que me enseñó mi padre me ha servido para nada y, sin embargo, estoy convencido de que su forma de educarme es la responsable de mi interés por el conocimiento humanístico. También sé que él me enseñó, con su ejemplo, a pensar en libertad.

Mi padre murió hace casi dos decenios, pero todavía está muy presente en mi vida. Es una presencia dialéctica que todo lo pone en cuestión. Mi padre es un personaje complejo, paradójico y contradictorio del que podría hablar bien o mal. En algunos aspectos me parece un ser humano ejemplar; en otros, un verdadero despropósito vital. Pero no he venido a hacer un retrato suyo (mucho menos un juicio), sino a recordar que todo lo que me enseñó no me sirvió para nada en cuanto abandoné el pequeño universo en el que vivíamos.

Mi padre era un niño de la posguerra que había comido mucho pan negro y que no había podido ir a la escuela nada más que un par de años. En cierta medida, toda su formación era autodidacta. Se sacó el graduado escolar por su cuenta y leyó lo mucho o poco que cayó en sus manos. Era un agricultor excéntrico y bastante ilustrado, aunque su formación fuera caótica, desestructurada y tuviera algunas lagunas imperdonables. Su memoria era portentosa. Recuerdo que nos fascinaba que supiera las respuestas a innumerables preguntas de los concursos de la televisión. Mi hermana mayor y yo alguna vez mandamos cartas para que lo llamaran como concursante, pero no tuvimos suerte. Le gustaban los libros de historia y los ensayos de cualquier materia humanística. Las matemáticas también, pero solo por afición a la lógica y a resolver problemas como resolvía crucigramas. Este hombre fue el que no me enseñó nada de provecho.

Mi padre no daba lecciones. Ni siquiera hablaba de su vida pasada. Vivía exiliado dentro de sí mismo y se mantenía, a duras penas, con lo poco que sacaba de las escasas tierras que a veces se olvidaba de labrar. No recuerdo que nunca me trasmitiera ninguna enseñanza de tipo moral. Por ejemplo, nunca me habló mal de la religión, aunque él se negó siempre a ir a nuestros bautizos y comuniones por su acérrimo odio a la Iglesia. Incluso estuve un tiempo siendo monaguillo y no dijo ni mu. Sé, por gente que le conoció, que le gustaba hablar de política, pero en mi casa no comentaba ni los telediarios. Tampoco habló nunca de la Guerra Civil ni de nada relativo a su ideología política. Crecí con un montón de dudas, pero con una libertad absoluta para elegir dónde posicionarme en cuestiones políticas o religiosas. A eso le llamo yo educar a una persona en libertad.

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¿Qué me enseño, pues, mi padre? Un montón de conocimientos baladíes que solo tenían sentido dentro de su reducido universo rural. Desde pequeño me enseñó todos los nombres de los caminos que recorríamos con el tractor: camino Los Moledores, carril de La Casa don Pedro, camino Madridejos, camino Las Peñas, etc. Así como otros puntos geográficos de interés local: el cerro Cabeza Gorda, los Jijarrales, el Calaminar, la Lagunilla de la Sal, el Dotor… También puso interés en enseñarme botánica. Con él aprendí los nombres de todas las malas hierbas, que son los enemigos naturales del agricultor: toba, cardo borriquero, pincho colorinero, cardencha, salicor, oruga, carrigüela, grama, abrojo… Un inventario de nombres donde se mezclaban los términos recogidos en las enciclopedias y las creaciones autóctonas. Lo mismo hizo con los nombres de los pájaros o de los insectos. Ni siquiera me enseñó a diferenciar las clases de uvas manchegas, que seguro que las conocía bien. En su lugar creó una terminología propia que no se entendía saliendo de mi casa. Teníamos uvas de todo tipo y él las denominaba sin un sistema claro y coherente. Algunas veces por el tamaño del fruto y otras mismamente por el nombre del individuo que le había pasado los sarmientos para los injertos. Nunca se escucharon en mi casa palabras como tempranillo, garnacha o cabernet sauvignon. Todo lo más que aprendí fue a diferenciar las tintas de las blancas, y, como mucho, éstas de las moscatel, que tenían un sabor horrible. Daba un poco lo mismo: las echábamos juntas al mismo remolque. Por cultura general alguna vez me enseñó los términos de los antiguos aperos de labranza, los que hizo desaparecer la mecanización y se fosilizaban bajo el polvo y el óxido en nuestras cámaras. Esos los he olvidado en su mayoría, aunque sé qué es una trilla, un yugo, una hoz y para qué servían los dediles de segar. Supongo que recuerdo mejor algunos términos por su aparición en ciertos textos literarios que él mismo me trasmitió. Pura literatura tradicional que llegó a mí de forma oral y que aún guardo en mi memoria. Como botón de muestra, un poema del mundo al revés que le gustaba especialmente:

Jamás había visto yo
lo que vi esta mañana:
una gallina trillando
y un ratón volviendo parva,
y en lo más hondo del mar
un burro sacar patatas
con la cola y sobrasar.

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Yo odiaba el campo: el frío, el sol, la lluvia, los dolores de espalda, los callos, los bichos, mancharme de tierra, tragar polvo, vivir en la miseria. Me he pasado la mitad de mi vida haciendo todo lo posible para no volver allí. Por eso todo lo que aprendí con él no me ha valido para nada. Para mí esos conocimientos no son más que recuerdos de un mundo perdido: el vocabulario, la ornitología, la botánica, la entomología y la geografía de un mundo que desapareció tras un cataclismo.

Lo curioso es que, ahora que estoy cerca de los cuarenta años, me doy cuenta de que mi forma de entender el conocimiento no es muy distinta a la de mi padre. Pude estudiar algo práctico, alguna carrera técnica o que al menos tuviera algún tipo de aplicación que no fuera especulativa, y no quise hacerlo. Mi interés ha estado siempre centrado en los saberes humanísticos: historia, lingüística, música, literatura y filosofía principalmente. Saberes que no tienen ninguna utilidad más allá de mis clases o de las cuatro paredes de la habitación donde me encierro a leer. Si acabara perdido en una isla desierta, todo lo que sé no me serviría para nada. Si me fuera a vivir a un país oriental, casi nada de lo que sé me sería útil. Todo lo que me he esforzado en aprender sirve para muy poco: la lista de los reyes de España desde los Reyes Católicos hasta hoy, las conjunciones de las oraciones coordinadas copulativas, la bibliografía más adecuada para estudiar lírica medieval, las declinaciones latinas, los tipos de estructuras más recurrentes en los textos argumentativos, la vida de Espronceda, las etapas en la obra poética de Juan Ramón Jiménez, los grupos más destacados de la psicodelia pop de los sesenta, las teorías de Aristóteles sobre el conocimiento, las distintas versiones sobre los motivos que provocaron la Guerra Civil… Por no hablar de mi interés por la literatura, que es el mundo de la pura ficción. Nada de lo que me he esforzado en aprender tiene algún tipo de aplicación práctica. Soy igual que mi padre, que siempre puso más interés en saber el nombre de las malas hierbas que en arrancarlas.

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Si busco en mi memoria algún momento en el que mi padre me animara a estudiar, no lo encuentro. Tampoco intentó disuadirme de que lo hiciera. Nunca me dijo qué era lo que tenía que hacer porque sabía que mi vida no le pertenecía, al contrario de lo que muchos padres de hoy piensan de la vida de sus hijos. No fue dejadez de padre, sino una forma de educar probablemente bastante meditada. Hace poco me enteré de algo que confirma esta teoría. Por lo visto, a uno de sus mejores amigos le contaba, cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, que él nunca nos aleccionaba en cuestiones religiosas para ver adónde nos llevaba nuestro propio raciocinio. Dejó que mi madre y mi abuela nos educaran en la religión católica sin entrometerse. Así, si salíamos religiosos, ya sabría él que, intelectualmente, no podría esperar mucho de nosotros. Por saberlo nada más, que eso no iba a provocar que nos quisiera menos. Creo que mi padre respetaba la creencia en Dios siempre que este dios no tuviera nada que ver con ninguna de las religiones que existen en el mundo. No podía comprender que hubiera gente que se tragara esas patrañas absurdas que se desmontan con poco sentido común que tenga un homo sapiens. Que la gente creyera las supercherías del Papa de Roma, de los testigos de Jehová o de los seguidores de Mahoma solo le resultaba tolerable si pensaba que el creyente era un imbécil. Las personas con carrera que creían en Dios para él no eran nada más que un montón de tontos con estudios. En ciertas cuestiones era demasiado taxativo y maniqueo. Yo, siendo un poco de la misma cuerda, soy más tolerante. Creo que la gente cree en ciertas religiones no solo por falta de neuronas, sino por miedo. No solo el miedo a lo que vendrá después de estar muertos, sino el mismo miedo ontológico de estar aquí y no entender por qué. Algunas de las ideas que mi padre tenía respecto a la religión las sé porque en los dos o tres últimos años de su vida -cuando él podía ir viendo que no era tan tonto como presagiaban los devaneos religiosos de mi tierna infancia- sí tuvimos alguna que otra charla más o menos filosófica, aunque siempre desde la pura elucubración. Nunca intentó inculcarme sus ideas, más bien se trataba de compartirlas con alguien para no sentirse tan solo como siempre estuvo.

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El único consejo vital que me dio muchas veces mi padre, zumbón como era cuando estaba de buenas, fue que me hiciera pastor. Estar solo en mitad del campo con las ovejas sin soportar la estupidez, los afanes y la vanidad de los seres humanos tenía que ser para él lo más cercano a la felicidad que podía imaginar. Pero no era nada más que una broma intelectual que le venía de haberse pasado media vida leyendo a Epicteto, a Marco Aurelio y a Boecio.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mitos

Cada civilización reescribe la historia y la hace suya. Eso es un hecho. Lo sorprendente es que en cada momento los historiadores y estudiosos que la reescriben creen estar en posesión de la verdad.

Recuerdo haberme reído bastante hace muchos años leyendo la enciclopedia que mi padre llevaba a la escuela en la Posguerra. Era descacharrante. En la universidad viajé más atrás en el tiempo. Leí muchos fragmentos de crónicas medievales donde la historia y la leyenda formaban una amalgama inextricable. Leer los libros de historia de otras épocas me producía hilaridad, entre otras cosas porque estaba convencido de que en la forma de contar la historia había un progreso imparable sustentado en bases científicas, que hacía que día a día fuera más fidedigna.

Ahora que tengo una edad y puedo comparar los distintos libros de texto de las distintas etapas que he vivido empiezo a tener serias dudas de que haya algo de verdad en todo lo que contamos en las clases de historia, algo más allá de los hechos, mondos y lirondos, que puedan justificar ciertos documentos o ciertos restos arqueológicos.

La mera observación de la realidad me hace comprender lo difícil que resulta contar la verdad. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo a la hora de interpretar los hechos más recientes. Siempre hay como mínimo dos versiones: la del vaso medio lleno y la del vaso medio vacío. Y no vale con decir que está por la mitad porque vendrá alguien a preguntarte si falta medio vaso de agua o es que sobra la que hay.

Empecé a darle vueltas a todo esto hace unos días. Encontré mi libro de Literatura de 3º de BUP y me puse a echarle un vistazo. Entonces comprendí por qué no recordaba haber estudiado a Lope de Vega en el instituto. No venía en mi libro. Un genio eliminado por una decisión editorial. La realidad es demasiado extensa como para poder contarla de forma pormenorizada. En la selección está la trampa. Y más importante que lo que aparece es lo que no aparece.

Mirad en los huecos. Buscad las omisiones.

Esto me llevó a cotejar otros libros de Literatura de mi etapa de estudiante con los que manejo ahora como profesor. A veces los contenidos son idénticos, pero no los huecos. Hay autores que han desaparecido y otros nuevos que antes no venían. También me di una vuelta por algunos libros de Historia de España que estudié en la facultad. Me sorprendió encontrar muchos enfoques distintos a los que actualmente aparecen en los libros de texto. Los personajes no cambian, pero a veces sí los papeles: los malos, los buenos, las víctimas, los verdugos.

Los profesores trasmitimos los contenidos de los libros de texto y solo nos permitimos cuestionar algún apartado si da la casualidad de que trata de un tema en el que tenemos cierta especialización. Para tener un juicio elaborado sobre una época hay que estudiarla de forma muy exhaustiva. Es imposible que un profesor de instituto pueda tener un juicio propio y contrastado sobre todos y cada uno de los temas que se tratan enseñando historia.

Utilizo la historia de España como marco para mis clases de historia de la literatura. Disfruto mucho en esas clases. Y más desde que he descubierto que soy algo parecido a un cuentacuentos. Transmitimos cuentos que sirven para entender nuestra tradición y nuestra cultura.

Mitos. Nada más que mitos.

Toda civilización necesita una historia sobre la que asentarse. Da igual la historia que sea. Las matemáticas pueden ser más o menos universales. La historia en cada país es distinta. Tiene sus propios héroes, sus traidores, sus victorias, sus derrotas, sus periodos álgidos, sus depresiones. No importa que esta historia sea más o menos inventada. Escribimos la historia que queremos contar para que lo que hacemos ahora parezca una continuación con cierto sentido. Muchas veces para tener la sensación de que hemos progresado, de que somos tan listos que ya no volveremos a cometer los mismos errores que nuestros antepasados. Literatura pura y dura.

Literatura necesaria que sirve de cimiento para edificar nuestro futuro. La literatura es la base de las civilizaciones. Ahí están los judíos de Israel, que ocuparon un país porque leyeron en la Biblia que Dios les había regalado esa tierra.

Los cuentos son mejor que el vacío absoluto, que la duda ontológica que todo lo cuestiona. Toda sociedad necesita una historia más o menos ficticia que justifique su presente. Y a mí me pagan para que la haga amena, entretenida, soportable. Trabajar de cuentacuentos es algo gratificante. No hay ironía en mis palabras. Es imposible encontrar la forma objetiva de contar la historia, pero es apasionante formar parte de los que transmiten la versión más adecuada para este tiempo y este lugar. No todos los profesores la contamos de la misma manera. El que más y el que menos la adapta a sus convicciones y a sus intereses. Solo la literatura puede ofrecernos esa libertad.

domingo, 21 de febrero de 2010

El inmenso desierto

Hace un par de días leía en El País un artículo muy interesante de Jesús Ferrero sobre un tema que desde hace tiempo me ronda la cabeza: el cambio que supone para la letra impresa la democratización de los recursos que ofrece internet.

Para Jesús Ferrero los grandes nombres de la Historia de la Literatura aparecían en el universo Gutenberg como cordilleras contrastables. Internet, sin embargo, vendría a ser una inmensa planicie donde apenas se puede reconocer si un punto está ligeramente más elevado que otro.

La comparación me parece curiosa, pero ofrece una visión demasiado idílica del pasado editorial. Siempre se ha publicado mucha morralla. Por otra parte, creo que hay cierto desdén elitista en sus palabras. Probablemente Jesús Ferrero soñaba que él algún día también sería una inmensa cordillera y de repente se ha encontrado con una nivelación total de la orografía del terreno. Menuda putada.

A mí, sin embargo, no me duele el cambio. La Historia de la Literatura está llena de injusticias. Para empezar, creo que siempre ha sido una planicie. La diferencia es que antes el espacio estaba acotado y era abarcable. En los tiempos de la creación de la imprenta, la gente que podía acceder a la cultura era escasa y los candidatos para ocupar los puestos elevados eran muy pocos. En el siglo XIX, con el empuje de la burguesía, aparecería el escritor profesional que empieza a vivir humildemente de su trabajo, aunque ya hubo entonces algunos best sellers que se enriquecieron con la venta de libros. En los últimos años, la ingente cantidad de candidatos y el abaratamiento de los costes de edición han hecho que el universo Gutenberg se haya expandido hasta límites insospechados. Se editan muchos más libros de los que el mercado puede asumir. Y desde hace décadas los escritores que habitan las cordilleras de las que habla Ferrero han sido aquellos que trabajaban para una gran editorial que ha tenido la pasta suficiente para encaramarlos en lo más alto. Otras grandes cordilleras que ofrece la Historia de la Literatura tienen unas vistas de dudosa calidad, sobre todo aquellas que obedecen a los gustos de alguna élite en exceso intelectual. Los estudiosos de la literatura han aupado a lo más alto a muchos autores del pasado por intereses eruditos o generacionales. Cervantes, por ejemplo, pasaría al Olimpo de los escritores doscientos años después de su muerte, cuando la novela se convierte en el género literario por excelencia. En su época la novela no era nada más que un género de entretenimiento, de mucha menos importancia que el teatro o la poesía, géneros en los que no tuvo tanta fortuna.

La desmesurada proliferación editorial de los últimos años no es nada si la comparamos con internet. Aquí ya no hay impresor ni editor ni distribuidor ni librería. El escritor le da a un botón y un segundo más tarde el lector puede tenerlo en su casa sin ningún coste. El problema es la inmensidad de internet y la poca gente que hay para colonizar y abarcar esa gran extensión. Para mí es como un desierto desproporcionado en el que todos andamos perdidos. Hay extensísimas zonas deshabitadas en las que apenas nos detenemos. En otras nos paramos un rato para echar un vistazo. Poco tiempo, porque constantemente nos acecha la sospecha de que más allá puede haber algo mejor. Los autores intentan llamar la atención de los que pasan igual que los predicadores charlatanes en la Judea de La vida de Brian. Los medios de comunicación cambian la forma de escribir. Es un hecho. En internet, los textos (posts) se hacen más breves para captar a los que van con prisas. El lenguaje se hace simple y coloquial para no excluir a los pocos transeúntes que puedan pasar cerca. No hay diferencia entre producción propia o ajena. Todo vale como reclamo: textos copiados o materiales gráficos, sonoros o visuales con los que captar al auditorio desde tu palestra.

Esperemos que el libro tradicional no desaparezca porque sería una gran pérdida, aunque tendrá que adaptarse a los nuevos tiempos. Está condenado a entenderse con internet, a buscar incluso su hueco en el inmenso desierto.

Estamos viviendo una época crucial que recogerán los libros de Historia dentro de unos años como un momento decisivo en el cambio de conductas de los seres humanos. Muchas de nuestras actividades, para bien o para mal, están siendo canalizadas actualmente por internet (comunicarnos con los amigos, buscar trabajo, ligar, leer, ver la televisión…). Y de momento es algo que nadie puede controlar porque no se le pueden poner puertas al campo. Es un momento emocionante e intrigante porque no se sabe dónde irá a parar todo esto. Aunque tengo la sospecha de que todo no puede nada más que empeorar. Quizá dentro de unos años tengamos que contar a los más jóvenes que un día internet fue un universo libre donde cada uno podía decir lo que quería sin temor a que lo persiguiera la Inquisición.

A pesar de no compartir al cien por cien la visión de Jesús Ferrero, me gustó mucho su artículo porque desde hace tiempo me venía imaginando internet como un inmenso desierto. Escribiendo en este blog me siento un poco así: como un chalado dando voces solo en mitad de las dunas. A veces tan ridículo como el buzo que iba por el desierto, se encontró a un beduino y le preguntó dónde quedaba el mar. El beduino, sorprendido ante aquella aparición desconcertante -bombonas de oxígeno, gafas de buceo y aletas en los pies-, le dijo que lejos, muy lejos, a unos doscientos kilómetros. A lo que el buzo respondió con una ingenua sonrisa de felicidad: “¡Cómo mola! ¡Qué pedazo de playa!”.

sábado, 6 de febrero de 2010

Cuentos con moraleja: la zorra y las uvas

Uno de los cuentos de Esopo que más fortuna ha tenido a lo largo de los siglos es el de la zorra y las uvas. Supongo que casi todos lo conoceréis. Lo cuento de memoria:

Una zorra encontró unas uvas en una parra e intentó alcanzarlas. Después de varios intentos frustrados en los que le fue imposible llegar a los racimos, desistió. Y se dijo a sí misma: “Da igual. No están maduras”.

La moraleja de Esopo es que algunas personas no reconocen su incapacidad para alcanzar ciertas metas y le echan la culpa a las circunstancias.

En el siglo XVIII, Félix María de Samaniego -que por extrañas razones que hoy se nos escapan pensó que era una gran idea reescribir los cuentos tradicionales en poemas rimados- hizo una versión del cuento en la que no es tan severo con los defectos del género humano. Su versión desarrolla un poco más la parte en la que la zorra hace mil intentos para alcanzar las uvas, pero es muy parecida a la original. Lo interesante es que al final, no sin cierta dosis de ironía, recomienda a un tal Fabio que no se corte y haga lo mismo que hizo la zorra cuando se encuentre en una situación similar.

En otras versiones ampliadas del cuento la zorra queda en peor lugar. Alguna he leído en la que la zorra se da cuenta de que hay otro animal que la ha estado observando y siente vergüenza. Y es por orgullo por lo que dice en alto que las uvas no están maduras, en un vano intento por no quedar en ridículo.

Quizá sería reprobable esa actitud orgullosa y altiva de la zorra si no fuera porque todos hemos pecado de lo mismo en alguna ocasión. No nos gusta reconocer nuestras limitaciones delante de los demás. Es comprensible, por tanto, la actitud de la zorra delante del otro animal. Sin embargo, me llama mucho más la atención la versión de Esopo porque en ella la zorra no tiene que disimular delante de nadie y parece que incluso se engaña a sí misma. Ese autoengaño en el que vivimos es el que me hace pensar que es una de las mejores fábulas que he leído. Esta pequeña historia vendría a explicar el destino de todos y cada uno de nosotros. En cada paso que damos en la vida estaría presente.

Como educador lo veo a diario. Los alumnos siempre dicen que no les gusta una asignatura cuando no se les da bien. Y los que no tienen facilidad para ninguna dicen que no les gusta estudiar. Que no les gusta, dicen, cuando la realidad es que no son capaces. Y no es que mientan. Es muy difícil que te guste algo que no entiendes, que te cuesta un trabajo enorme y que te produce frustración. Los mayores no somos muy distintos.

Me gusta la fábula pero no comparto el reproche final de la moraleja. ¿Por qué esforzarse por algo que no vamos a poder conseguir? Entiendo que merece la pena esforzarse si hay alguna posibilidad. Hay veces que es necesario entrenar para alcanzar ciertas metas. Pero de no ser así, pienso que sería mejor buscar otros racimos más accesibles, otras empresas que nos reporten más satisfacción. Me acuerdo ahora de amigos que echaron a perder su vida porque sus familias les obligaron a estudiar algo para lo que no estaban capacitados y terminaron sin conseguir el título. O si lo consiguieron, después mucho esfuerzo y mucho sufrimiento, hoy viven encadenados a un trabajo que odian y que les fastidia cada día de sus miserables vidas.

No todo el mundo puede alcanzar los mismos racimos por mucho que las leyes progresistas de educación se empeñen en ello. Casi todos podríamos aprender a jugar al tenis, pero muy pocos seríamos capaces de llegar a tenistas de élite, y muchos menos a ser tan buenos como Roger Federer o Rafa Nadal.

Por eso, no pasa nada por despreciar ciertos racimos y buscar otros que estén a nuestro alcance. No perdáis vuestra vida en algo que os produzca frustración. Lo lógico sería que reconociéramos con franqueza que no llegamos al racimo y siguiéramos adelante con desparpajo.

Dejé la música porque no era buen músico. Y no me dedico a cantar porque lo hago muy mal. Y no dibujo ni pinto porque no sé hacer la o con un canuto. Y no juego al fútbol porque de pequeño era muy malo y nadie me quería en su equipo. Y no me voy a esquiar porque con la nieve me resfrío. Y nunca he querido ir a Pasapalabra no por falta de léxico sino porque sé que soy muy lento y me faltarían reflejos. Y nunca me han interesado mucho las ciencias porque hay un montón de cosas que no soy capaz de entender. Y nunca hubiera sido cirujano porque tengo muy mal pulso. Y decidí estudiar literatura porque se me daba bien. Nunca me costó mucho trabajo hacer un comentario de texto. Y me hice profesor porque tengo facilidad para hablar en público y no me resulta arduo explicar los contenidos de mi asignatura. Y escribo porque escribir es algo que puedo hacer, mejor o peor, sin demasiado esfuerzo.

Resumiendo: que todos somos un poco zorras y que no pasa absolutamente nada.

jueves, 21 de enero de 2010

Fumaderos

Veamos si lo he entendido bien: parece que ahora van a prohibir a los empresarios y a los trabajadores autónomos de España abrir negocios que atenten contra la salud pública. Eso siempre desde la perspectiva de los censores de lo políticamente correcto, por supuesto. No se escucha el clamor popular que jalee estas medidas tan drásticas.

A mí este tipo de decisiones me desconciertan. Si el tabaco es legal, se debería permitir abrir locales de ocio donde los ciudadanos que tengan esa afición puedan disfrutarla e incluso fomentarla.

Lo que sí me parece bien es que se prohíba fumar en los bares y restaurantes, que, por lo que tengo entendido, son lugares para beber y comer. Para los fumadores hay que abrir locales específicos: fumaderos. Los no fumadores estarían en su perfecto derecho de no ir a estos sitios para que su salud no se viera perjudicada.

Por otra parte, los empresarios que abrieran un fumadero estarían en su derecho de vender bebidas de todo tipo. Al fin y al cabo vender bebidas no es nada ilegal. Lo hacen muchos establecimientos que no son bares. Tampoco se les podría prohibir vender comida. No creo que incurrieran en ningún acto delictivo al despachar raciones, bocadillos y menús a los parroquianos que tuvieran hambre.

Sería importante que los trabajadores que decidieran trabajar en ese tipo de locales firmaran una cláusula en su contrato asumiendo todos los riesgos y cobraran un plus de peligrosidad, como sucede en otros oficios peligrosos. No sería justo insistir en salvaguardar la salud de estos trabajadores si optaran por trabajar en un fumadero sin ningún tipo de coacción. En caso de ser tan estrictos tendríamos que extender este celo a otras profesiones peligrosas, que tendrían que ser prohibidas de inmediato: minero, bombero, guía de alta montaña, percebeiro, torero, piloto de carreras, etc. Por no hablar de la gente que trabaja en la industria química, en las centrales nucleares o en fábricas donde se inhalan todo tipo de gases y humos nocivos.

Si no se permitiera la apertura de negocios de iniciativa privada donde se pudiera fumar, sería un atentado contra nuestra libertad, una invasión del ámbito privado. Yo no soy fumador, pero bien puedo convertirme el día de mañana en el propietario de un local de este tipo. El Estado no debería tener potestad para arrebatarme ese derecho.

A mi padre le gustaba mucho este chiste:

A un hombre religioso que estaba en un velatorio le surgió una duda espiritual y decidió consultársela a un cura que estaba a su lado:
-Padre –le dijo-, ¿puedo fumar mientras rezo?
-No, hijo mío -le respondió-. Eso sería una falta de respeto hacia Dios.
Al rato el hombre decidió formular una nueva pregunta al buen párroco:
-Padre, ¿y podría rezar mientras fumo?
El cura meditó la respuesta unos minutos y finalmente respondió:
-Ah, eso sí, por supuesto.

Todo depende del enfoque que se le dé.

Gracias a esta nueva forma de contemplar el problema del consumo del tabaco en los bares muchos empresarios y trabajadores autónomos podrían reconvertir su honrado negocio hostelero en otro no menos lucrativo. Bastaría con acometer una pequeña reforma que consistiría más o menos en cambiar el rótulo o el toldo de su establecimiento para poner Fumadero El Pescaíto Frito o Fumadero Manolo donde hoy se puede leer Restaurante El Pescaíto Frito o Bar Manolo.

Y así todos contentos.

domingo, 17 de enero de 2010

Qué bien pensado está el mundo: la globalización

Introducción
La globalización está genial. Y creo que tamaña afirmación recoge, más que mi humilde parecer, el sentir general de nuestra civilización. La globalización era el objetivo del progreso humano. Gracias a la globalización el mundo se ha convertido en un mercado tan grande como el mismo mundo.

Inventamos el comercio, desarrollamos los medios de transporte y las vías aéreas, marítimas y terrestres, creamos la tecnología necesaria para comunicarnos a distancia con el teléfono, la televisión o internet, y el resultado es que el mundo se nos ha quedado poco más grande que una canica. La “aldea global”, fíjate tú. No da ni para pueblo. Gracias a los viajes organizados, a los documentales de la 2 y a la multitud de programas de españoles por el mundo que emiten todas las cadenas, hemos descubierto otras culturas, otras religiones, otras formas de pensar. Eso ha contribuido a abrir nuestras mentes, a entender que hay otras formas de ver el mundo, otras civilizaciones que necesitan ser democratizadas como dios manda para que pasen a formar parte de la sociedad de consumo.

Hemos hecho que todo lo particular sea global. Por eso hay un restaurante chino en cada ciudad del mundo. Por eso queremos que también haya un restaurante español en todas ellas. Hace poco estuve en San Francisco y me topé con unos turistas españoles que estaban fascinados porque habían descubierto un restaurante español y habían comido allí. Una pasada.

Importamos. Exportamos. Y gracias a todo este trasiego se evitan muchas guerras. Ya no hace falta conquistar y colonizar un país para expoliarlo y esquilmarlo. Ahora basta con conseguir que las redes capitalistas se infiltren en los débiles y erróneos sistemas económicos de los países más pobres. Es muy sencillo. Basta con poner un cebo. La típica historia de los conquistadores del Nuevo Mundo cuando se ganaban el favor de los nativos regalándoles cuentas de vidrio y cacerolas. Una vez que aceptaban los presentes tenían que corresponder con algo. Ese es el principio del comercio: el trueque.

La misión de Occidente
En los últimos siglos Occidente ha tenido una misión prometeica en el mundo. Occidente se encargó de propalar no solo el cristianismo, sino también la bendición del trabajo a todos aquellos lugares remotos donde antes se pasaban el tiempo rascándose la barriga mientras pelaban una chirimoya. En las últimas décadas Occidente ha tenido que asumir otra misión igual de digna y transcendente: extender por toda la tierra las bondades del consumismo y el mercado libre.

Puro interés filantrópico. Nuestra sociedad ha descubierto que el ser humano es mucho más feliz cuando compra compulsivamente y ha querido hacer partícipes del descubrimiento a todos los habitantes del mundo.

Adictos al consumo
Si algún hipócrita lee este blog y piensa que soy un cínico, se equivoca. Yo no hago nada más que constatar una realidad. A todo el mundo le gusta comprar, consumir compulsivamente, derrochar sin medida incluso hasta sobrepasar los límites de sus posibilidades económicas. Nuestro sistema económico resulta tan atractivo que hay un montón de personas de países desfavorecidos que dan todo lo que tienen o incluso se juegan la vida para cruzar nuestras fronteras. Es curioso que no haya casos de emigración en sentido inverso. A nadie se le ocurre emigrar a un país tercermundista que no haya desarrollado suficientemente sus mercados y su economía liberal.

Este es el destino que nos tenía reservado el progreso tecnológico y el avance en las libertades individuales del ser humano. Todo ciudadano tiene derecho a comprar todo aquello que necesite para su subsistencia y un montón de cosas más que no sirven para mucho pero que equilibran nuestro estado de ánimo. Compramos de forma compulsiva por motivos que van más allá de la mera subsistencia. Compramos por entretenimiento, por desahogo, por vicio. Las compras se parecen mucho al alcohol, que igual te sirve cuando estás de buen humor que cuando estás de bajón. Para mucha gente el shopping es una de las actividades más recomendables para superar las depresiones y otros desajustes personales. También ayudan a olvidar momentáneamente los problemas que puedas tener.

Todos somos parte del sistema
Algunos intelectuales, generalmente izquierdosos, suelen despreciar la sociedad de consumo sin darse cuenta de que ellos también forman parte de ella. Solo porque no se compran un traje de Armani se piensan que están por encima de las frivolidades de nuestra sociedad. Se engañan a sí mismos. Ellos también malgastan su dinero en futesas: libros, discos de coleccionista, viajes caros, cuadros… ¿Qué hay más sibarita y prescindible que la cultura? Vivimos en un mundo de hipócritas. Quitando a cuatro raros, todo el mundo disfruta consumiendo, malgastando, hipotecándose para vivir por encima de sus posibilidades. Si no, no se entendería que nos dejáramos la vida trabajando horas y horas para poder hacerlo.

Distintos precios, distintas necesidades
Nos gustan las cosas caras y las baratas. Las caras (coches, casas, trajes…) nos sirven para presumir de estatus. Cuanto más caras, mejor. Las baratas nos ayudan a sobrevivir por poco dinero y nos sirven para sentirnos realizados en ciertos momentos. No hay como encontrar un chollo en las rebajas para sentirte afortunado por unos instantes. Es cierto que muchos productos son muy baratos porque vienen de países donde tienen explotados a los trabajadores, pero eso son daños colaterales que no tienen por qué amargarnos la existencia. Están más allá de nuestra responsabilidad. Hoy, por otra parte, es una suerte no tener al proletariado explotado en los arrabales del extrarradio de las ciudades. Normalmente están en países lejanos que ni nos van ni nos vienen, países en proceso de democratización que, si siguen esforzándose, algún día llegarán a gozar de los privilegios de los países más desarrollados.

Las ventajas superan a los inconvenientes

Con todo, no nos gusta que las multinacionales se lleven las empresas de España para instalarlas en países donde el coste de producción sea más económico. Sin embargo, cuando compramos no le hacemos ascos a muchos productos cuyas etiquetas indican claramente que han sido fabricados en países subdesarrollados.

A los empresarios españoles tampoco les importa fabricar en otros países si con eso pueden conseguir unos precios más competitivos. En el fondo todo contribuye a nuestra felicidad como consumidores. Nadie querría un sistema de producción proteccionista si ello conllevara un aumento de los precios.

Tenemos ropa buena y barata en Zara gracias a que el pobre Amancio Ortega encontró países subdesarrollados donde poner sus factorías, que las costureras gallegas hoy por hoy están por las nubes. El mismo sentimiento filantrópico tienen Nike, Adidas, Ralph Lauren y un larguísimo etcétera de marcas de postín. Si no hubieran reducido los costes fabricando en países pobres, no habrían podido invertir tanto en publicidad. Han tenido que invertir mucho dinero en promocionar sus marcas para que hoy podamos fardar de ellas cuando las lucimos orgullosos en nuestras prendas de vestir.

Las ventajas del abaratamiento de los transportes
Uno de los factores que más ha influido en la globalización es el abaratamiento de los transportes. Esto también ha beneficiado al sector del turismo. A todos nos encanta poder viajar a cualquier lugar del mundo por un precio razonable.

Otros grandes hipócritas de nuestra civilización son los que dicen que hay que respetar las culturas autóctonas y se pasan la vida recorriendo países subdesarrollados. Paradójicamente, ellos son los que provocan la apertura de nuevos hoteles, restaurantes y agencias de viajes en países donde el mundo occidental aún no había llegado.

Los antiglobalización también pecan de lo mismo. Se posicionan en contra pero se benefician de las bondades de nuestro sistema. Gracias a que los transportes tienen un precio razonable, ellos pueden, por ejemplo, viajar a todas las cumbres del G8 o del Banco Mundial a organizar sus contracumbres.

Las ventajas del abaratamiento de los medios de comunicación
La modernización de los medios de comunicación también ha sido decisiva para la globalización. Todos estamos encantados con las tarifas planas que nos permiten pasarnos el día hablando por teléfono o escribiendo gilipolleces en el facebook. Por eso no deberíamos enfadarnos por que las empresas de telecomunicaciones se estén llevando los servicios de teleoperadores a países donde la mano de obra es más barata. Son las dos caras de una misma moneda y renunciar a una sería renunciar a las dos.

El mercado se adapta a los tiempos
El mercado se autorregula solo. Es un toma y daca que se va acomodando a las circunstancias. Por eso se equivocaron los que predijeron el inminente fin del capitalismo desde hace más de un siglo.

Hay gente que cuestiona el sistema, pero muchas veces es por no tener una visión de conjunto: la macroeconomía. Los chinos, por ejemplo, han llenado España de zapatos y han arruinado a los productores autóctonos. De acuerdo. Pero gracias a eso el gobierno español ha negociado con el gobierno chino para poder vender jamón en China. En palabras de ese gran pensador de nuestro tiempo que es José Mota: “Las gallinas que entran por las que salen”.

Los antiglobalización no ofrecen alternativas
Por mucho que digan los antiglobalización, a la gente le gusta el sistema capitalista, y eso es lo que importa. La inmigración ilegal no deja de ser un mecanismo del sistema para hacerlo un poco más justo. Todo el mundo tiene derecho a luchar por un futuro de consumo descontrolado.

Y a los antiglobalización ni caso. No se ponen de acuerdo ni en el nombre de su movimiento: antiglobalización, antimundismo, alterglobalización, altermundismo… Yo los encerraba en una casa como a los del Gran Hermano, los sentaba a todos juntos para que decidieran un nuevo proyecto de civilización  y no los soltaba hasta que se pusieran de acuerdo. Salían a hostias seguro. Es el movimiento más descoordinado y disparatado de la historia: anarquistas, comunistas, pacifistas, ecologistas, indigenistas, esperantistas, defensores de los derechos de los animales, proteccionistas, nacionalistas, etc. Si tuvieran que organizar un encuentro, no se iban a poner de acuerdo ni en el menú de las comidas.

Nos gusta la globalización
Resumiendo, que el saldo de la globalización es positivo. A la gente le gusta que los productos sean más baratos aunque sean made in Taiwan, que los medios de comunicación estén tirados de precio y que los viajes a la otra punta del mundo sean asequibles a poco que ahorres.

El futuro de la globalización
Lo único que me preocupa de este sistema es que llegue un día en el que se agoten los objetivos y no haya nuevas metas. El sostenimiento del sistema capitalista se basa en el incremento progresivo de los beneficios año tras año. En los primeros tiempos del sistema capitalista las guerras y la colonización de nuevos territorios contribuyeron mucho a su auge. En los últimos años la democratización de las antiguas dictaduras comunistas y las negociaciones con los países del lejano oriente han sido un nuevo estímulo. Todas mis esperanzas están puestas en la capacidad del capitalismo para reinventarse a sí mismo cuando hay que sobreponerse a cualquier crisis.

Por eso pienso que cualquier adversidad no puede ser sino un nuevo acicate para alcanzar nuevos retos. Estoy pensando, evidentemente, en la conquista de otros planetas. El ser humano es así. Necesita situaciones límite que le sirvan de estímulo para superarse. Así, por ejemplo, Cristóbal Colón descubrió América. La ruta de las especias se volvió peligrosa por el dominio del Imperio Otomano y tuvieron que buscar una nueva ruta hacia las Indias. No esperaban encontrarse con un continente. Las grandes ocasiones surgen muchas veces de la casualidad. Así nació el sueño americano: un nuevo mundo donde cualquier paria podía triunfar.

Las raíces del capitalismo se están extendiendo de tal manera que a veces no puedo evitar imaginarme el mundo como el planeta del Principito en el momento en que iba a ser destruido por una invasión de baobabs. Por eso soy consciente del peligro que supone este implacable proceso de industrialización y consumismo desatado. Últimamente se utiliza demasiado la palabra “sostenible” para referirse a los proyectos económicos e industriales que los gobiernos ponen en marcha. Eso es porque no las tienen todas consigo. Sin embargo, yo vuelvo a depositar mi fe una vez más en el ser humano. Estoy seguro de que antes de llegar a la autodestrucción encontraremos una solución. Los americanos van a volver a la Luna (sic) y yo creo que eso no puede ser nada más que el primer paso para llevar la globalización a toda la galaxia.

martes, 22 de diciembre de 2009

Natividad

Ahora que he llegado a la edad en la que muchos compañeros y compañeras de generación pasan sus ratos de ocio limpiando las cacas de sus retoños o intentando acallar sus berridos en las largas noches insomnes, sigo teniendo las mismas ideas que tenía hace siglos respecto a dejar mi semilla en este mundo.

No tengo ni curiosidad por saber qué podría engendrar un tipo como yo.

En mi adolescencia me juré a mí mismo morir sin descendencia. Un poco más tarde moderé mi discurso. Simplemente porque aprendí a no decir de esta agua no beberé. Madurar es aprender a contradecirse a cada momento. Por eso ya no digo que nunca tendré hijos. Simplemente es algo que no tengo en mi hoja de ruta.

Estoy más cerca de los cuarenta que de los treinta y todavía no he sentido la llamada de la Naturaleza. Entiendo, por el comportamiento de mis congéneres, que tiene que ser un sentimiento muy poderoso que te subyuga hasta el punto de convertirse incluso en la razón de tu existencia, pero yo no lo he sentido. Algo parecido a lo que me pasa con la religión. Para bien o para mal, soy inmune a un montón de sentimientos que rigen el destino de los mortales.

Tampoco he sentido la poderosa llamada de la sangre. Esa obsesión por continuar tu árbol genealógico. O por engendrar a un tipo con la misma boca, los mismos ojos, los mismos gestos y las mismas taras que tú.

Hay gente obsesionada con dejar un clon suyo en el mundo. Muchos incluso le ponen su mismo nombre. Y sinceramente, aunque suene un poco nazi, hay casos que no se entienden. Por poner uno conocido por todos: Andreíta. ¿Por qué querría tener descendencia Jesulín? ¿Por qué además tenía que elegir para el experimento genético a Belén Esteban? ¿De verdad pensaba Jesulín que había alguna necesidad de perpetuar su estirpe? No sé si hay cierta mala hostia por su parte. No quiero pensar que las personas como él lo hacen para fastidiar. Es más lógico pensar que se están dando una segunda oportunidad, tal vez por ver si lo hacen mejor en una nueva reencarnación.

Aunque hay gente que arriesga demasiado. Ciertas mezclas son muy peligrosas. Pensemos por un momento en la mezcla genética Pantoja-Paquirri. A la vista de los resultados no parece que fuera muy buen idea. Y en esto de la genética no hay marcha atrás. Paquirri puede estar tranquilo en su tumba que todo apunta a que él no fue. Ahí están sus otros dos apuestos vástagos. O fue la genética de la Pantoja o la mezcla. Por si acaso, no estaría de más que los especialistas informaran de estos riesgos a otros casos similares. Los toreros y las copleras tienen derecho a conocer los riesgos que corren si deciden tener descendencia entre ellos. Yo lo digo porque hay gente muy temeraria, que ni viéndolas venir. Sin ir más lejos, la infanta Elena y Marichalar. Les salió Froilán. ¿Qué esperaban? Luego se extrañarán si el niño sale con el coeficiente intelectual de su madre o las aficiones de su padre. Froilán es la esperanza republicana. Ya lo vimos pateando a una niña en la boda de su tío Felipe. Cuando sea mayor y se entere de que por una estúpida ley de sucesión discriminatoria, no es él el rey, la va a liar parda. Ya está tardando.

Siempre he preferido destruir a construir. Por eso supongo que no es raro sentirme tan feliz de saber que voy a poner todo de mi parte para ser el último eslabón de mi prosapia. Mi padre era hijo único y yo solo tengo hermanas. Mi apellido morirá conmigo.

Los niños, por otra parte, me gustan. Siempre que no tenga yo la patente, son muy monos y entretenidos. Y si quiero adolescentes para que me amarguen la existencia, todos los años me adjudican ciento y pico nuevecitos. Eso sí, al final del curso se los devuelvo a sus padres. Gracias a mi vocación docente tengo cubiertas las necesidades de mi lado masoquista.

No quiero despedirme sin desvelar la verdadera intención de este post, que no era otra que desearle feliz Navidad a todos los niños y niñas de España, aunque, por supuesto, espero que no sean lectores asiduos de este blog.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La responsabilidad

Desengañémonos, llegar a jefe es una mierda. No envidio la vida de nadie que tenga un cargo directivo, ni en un organismo público ni en una multinacional ni mucho menos en una empresa familiar. Porque llegar a jefe consiste normalmente en asumir responsabilidades. Tiempo, complicaciones y quebraderos de cabeza.

El otro día leía en la prensa que un tanto por ciento muy elevado de los directores de instituto son nombrados a dedo. Es curioso que sea dentro de mi gremio, el profesorado, donde se ve tan clara la falta de vocación directiva de todo un colectivo. Esto demuestra que, a pesar de lo difícil que resulta en ocasiones dar clase, preferimos la pizarra al despacho. Demasiadas tensiones por un sobresueldo ridículo. Por no hablar del poco prestigio social que tiene la figura del director de colegio o instituto. Los padres solo se acuerdan de ellos cuando sienten la necesidad de pegarle cuatro voces a alguien. Por no hablar de los más vehementes, que siempre los buscan cuando tienen que rifarse un par de hostias.

Curiosamente no sucede lo mismo con otros cargos de mucha responsabilidad. Algunos mucho más expuestos y desagradables. Por ejemplo, ser alcalde. Nunca se ha dado el caso de que falten candidatos.

Dándole vueltas a lo difícil que es encontrar directores o directoras para los institutos y lo fácil que es encontrar alcaldes o alcaldesas (cargo complejo y de responsabilidad para el que, sorprendentemente, no se requieren estudios), he empezado a pensar en el tipo de personas que ocupan los puestos directivos en empresas, instituciones y organismos.

Dejaremos aparte a los que terminan en puestos directivos por imposición, que no son pocos. Bastante tienen los pobrecillos.

Veamos, pues, quiénes me quedan:

1. Los que disfrutan dando órdenes y se excitan solo de pensar en el número de personas que tienen a su cargo. Estos suelen ser los mismos que creen en eso de haber llegado a algo en la vida, sobre todo para presumir delante de familiares y amigos.

2. Los que esperan librarse de trabajos que les espantan. Ser el jefe de un almacén te puede de librar de mover cajas y de otra serie de trabajos esforzados. Ser el director de un instituto te libra en gran medida de dar clase a los díscolos adolescentes. Y no digamos ya los inspectores de educación. Los inspectores, en su mayor parte, son alérgicos al polvo de tiza.

3. Los que no tienen otro entretenimiento que estar trabajando. Hay una subespecie más patética dentro de este grupo: los que trabajan sin descanso para no tener tiempo de pensar en la puta mierda de vida que tienen. El trabajo en exceso, paradójicamente, ha evitado muchos divorcios.

4. Los que esperan sacar tajada por lo legal. Hay cargos directivos que están mucho mejor pagados que los de los institutos, evidentemente. Hay gente que sacrifica su existencia por una buena remuneración. Esto es el mercado libre: cada uno vende su vida al precio que considera. No juzguemos a las putas, que aquí todo el mundo se alquila por horas a cambio de algo.

5. Los que esperan sacar tajada por lo ilegal. Estos son los que se aprovechan de ciertos cargos, no necesariamente en la administración, para llevarse sobresueldos en B. Aquí entran muchos políticos, claro. Cuando los ves aguantando tantos insultos, tantas vejaciones, tantas injurias a lo largo de extenuantes campañas electorales de cuatro años, es inevitable pensar que, por alguna parte, se lo tienen que estar llevando muerto.

6. Los que lo hacen por vocación, que alguno tiene que haber, incluso en la política. Debe de haber un tipo de personas que disfrutan dirigiendo y coordinando proyectos por el mero gusto de hacerlos. Quiero pensar que hay ciertas personas que tienen motivaciones nobles y altruistas que les llevan a ocupar los puestos directivos en las empresas, los cargos importantes en política y los trajes con galones en el ejército a cambio de la satisfacción personal y cierta remuneración extra. Soy consciente, sin embargo, de que hay demasiados indicios que ponen en evidencia mi ingenuidad.

Algún tipo me habré dejado. Que alguien lo añada si se le ocurre. Ni que decir tiene que puede haber individuos mixtos, que podrían concentrar en su sola persona las características de varios de estos grupos. No es raro, por ejemplo, el espécimen que disfruta alardeando de galones al mismo tiempo que cultiva su afición por llenarse los bolsillos de billetes B.

La filosofía nació en Grecia porque hubo una clase de ciudadanos que podían disfrutar del ocio. El que no tiene ocio no puede pararse a pensar. La gente que, sin ningún tipo de imposición, elige una vida sin tiempo para leer, estudiar, aprender o pensar, es la gente que normalmente tiene cargos de responsabilidad. Los americanos siempre hacen películas en las que denuncian que este tipo de personas no tienen tiempo para ver el partido de béisbol de su hijo o la representación del cole de su hija, pero lo verdaderamente grave es que son personas que dejaron de preocuparse por el conocimiento.

Tiemblo solo de pensar que un día vienen a buscarme y me nombran director o jefe de estudios. Hasta he tenido pesadillas. Si alguna vez viene el inspector a hacerme una evaluación para considerar mis dotes de mando, creo que optaré por hacerle creer que no estoy en mis cabales. El psiquiátrico siempre sería mejor alternativa que cualquier despacho.