miércoles, 24 de junio de 2009

Qué bien pensado está el mundo: el fanatismo deportivo

¿De qué va esto de vivir? Yo cada día lo tengo más claro: de estar entretenido con lo que sea. Lo importante es que la vida pase sin tener tiempo de pensar demasiado. Una vez alcanzada esta cima de la filosofía de barra de bar, no queda sino hacer un ranking de las cosas que más entretienen, y aunque es verdad que los hijos, procurarse satisfacción sexual y aparcar en las grandes ciudades son actividades que absorben gran parte de nuestro tiempo, no hay como los deportes para pasar la vida entretenido y sin tener que esforzarte demasiado. Y evidentemente no hablo de su práctica. Practicar deporte es muy cansado y, si no eres un profesional, no puedes dedicarle mucho tiempo. Aparte de los riesgos que entraña: flatos, esguinces, golpes… De lo que estoy hablando es de la afición a los deportes como espectador, de ese fanatismo en ocasiones patológico que hace que la gente viva obsesionada con un deportista o con un equipo. Lo mismo da si el hincha acude a las pistas, los circuitos y los estadios para ver las competiciones en directo que si se queda en el sofá de su casa o en la barra del bar de su barrio siguiendo los encuentros por la televisión.

Por no dispersarme demasiado me centraré en el fútbol, que es el deporte que más pasiones levanta por estos pagos. Pero evidentemente los mismos beneficios aporta el fútbol a nuestra sociedad que, por ejemplo, el béisbol o el baloncesto a la norteamericana. Lo mismo da un deporte que otro a la hora de entretenerse. El hecho de que en Estados Unidos el baloncesto o el béisbol ocupen el lugar que aquí ocupa el fútbol, o que en Inglaterra el golf sea un deporte popular y masificado, demuestra que no hay unos deportes mejores que otros, sino que es cuestión de educación y costumbre, una cuestión cultural.

El deporte contribuye a la paz mundial
A veces he llegado a escuchar o leer –no me preguntéis ahora mismo dónde- que los deportes servían de válvula de escape de nuestra sociedad. Parece ser que los seres humanos (al menos ciertos seres humanos) tenemos que desfogar de alguna manera si no queremos terminar matándonos los unos a los otros. Mejor si es en altercados esporádicos y controlados que en enfrentamientos de más hondo calado. Los gastos de los cuerpos de seguridad y de los servicios sanitarios que tienen que acudir a las concentraciones deportivas, el coste de los destrozos del mobiliario urbano y el derroche que suponen los servicios de limpieza que son necesarios para devolver el lustre a una ciudad después de una celebración, no son nada comparado con el precio que tendría una revuelta ciudadana, una revolución o una guerra. En toda sociedad hay gente violenta que necesita comportarse de forma antisocial durante un rato para poder retomar la rutina diaria, los horarios, los jefes y los curros de mierda con resignación estoica. Esa gente está mucho mejor dando rienda suelta a sus sentimientos más abyectos en un partido de fútbol (ora pegando voces en las gradas, ora pegando hostias a la salida) que dentro de alguna secta satánica, de un grupo neonazi, del Opus Dei o de la kale borroka.

El deporte como agente socializador

El deporte además cumple una función social muy importante. Hace que te sientas parte de un colectivo que comparte tu misma pasión. Incluso puede servir para ensalzar el sentimiento patriótico de una nación tan desgajada como la nuestra. Es increíble que once tíos en calzoncillos persiguiendo una bola de cuero consigan más que cualquier político, que cualquier sátrapa o que cualquier ideología o religión.

El deporte como medio para triunfar en la vida

La mayoría de nuestras vidas son tan inanes e intrascendentes que necesitamos sentirnos identificados con algún ídolo para experimentar ciertos sentimientos de éxito y euforia. Lo único malo que tienen los ídolos es que, como casi todas las mascotas, suelen tener una vida muy efímera. Me refiero, es obvio, a su vida deportiva. Los ídolos solo garantizan la felicidad a corto plazo. El interés por el ciclismo desapareció el día que se retiró Induráin y solo regresó y en mucho menor grado cuando llegó Contador. Los coches solo interesaron al público cuando apareció Fernando Alonso. Las motos nos interesaron mucho antes porque teníamos a Ángel Nieto y las hemos retomado ahora porque tenemos a Pedrosa, a Lorenzo y a Bautista. Y el tenis masculino resulta mucho más interesante desde que está Nadal, mientras que, por el contrario, el tenis femenino perdió todo su encanto cuando se retiraron Arantxa y Conchita. Por eso es mucho mejor canalizar todas tus ilusiones a los colores de un club, de un equipo del deporte que sea, y si es de fútbol mejor. Un equipo es para toda la vida. Unos colores. Una afición. Una historia. Por eso mismo son más adictivos. Se perpetúan en el tiempo y crean toda una red de relaciones sociales tan fuertes en ocasiones como las agrupaciones políticas o los colectivos religiosos.

El fútbol hace el mundo más democrático
El fútbol sirve para tener de qué hablar con cualquiera: con tus colegas, con tus vecinos, con tus compañeros de trabajo, con los gilipollas que se pasan las horas escribiendo chorradas en los foros de Internet… Incluso es interclasista. El mismo interés puede tener en el fútbol una persona de buena posición social que un currito. Da igual que seas general o cadete, arquitecto o peón, médico o paciente. El deporte hace que el mundo sea más democrático y que las opiniones de unos y de otros valgan lo mismo. ¿De qué van a hablar si no las personas que no saben nada de política ni de economía ni de cultura ni del cambio climático ni de hostias en vinagre? Los deportes son el salvavidas de los hombres poco ilustrados. Todos ellos saben que el Marca siempre les proporcionará un tema de conversación que dé sentido a sus vidas. El fútbol es lo más socorrido. De fútbol puede opinar cualquiera. Porque, seamos serios, en el fútbol todo es relativo, cuestionable y discutible.

Nuestro equipo es el reflejo de nuestra personalidad
Alguien estará pensando que hay personas que son hinchas de equipos que ganan trofeos en muy contadas ocasiones, como, por ejemplo, los del Atleti. Estoy seguro que estos individuos responden a un perfil psicológico parecido. Probablemente son personas un poco masoquistas o de esas que no dejan de ponerle pegas al mundo, personas críticas, comprometidas y un poco pesimistas. La diferencia entre el mundo y un equipo de tres al cuarto es que en este último sí podemos buscar responsables del fracaso: el entrenador, los jugadores, los árbitros… Y eso reconforta. Probablemente también son personas pacientes, de las que saben esperar a que llegue su momento de gloria, ese día en que su equipo consigue un gran trofeo y provoca la catarsis colectiva. Esos triunfos saben mejor que los del gigante merengue. Es la victoria de David sobre Goliat, el triunfo de Pulgarcito y de todos los seres desvalidos que salen victoriosos en los cuentos tradicionales.

También se podría hacer un patrón psicológico de los seguidores de los equipos grandes. Seguro que son personas más acomodaticias y sencillas, el tipo de persona a la que le gusta conseguir las cosas fácilmente y sin esforzarse. De cualquier forma, no creo que sean mejores unos seguidores que otros. Lo que me parece estupendo es que el fútbol ofrezca alternativas distintas para todos los tipos de personas.

Hay más tipologías humanas dentro del fútbol. De una forma o de otra influye en todo el mundo. No me olvido de los que solo se interesan por la selección nacional o de los que, como yo, no tienen ninguna predilección y siempre están haciendo rabiar a unos y a otros cuando pierden sus respectivos equipos. Hace poco, un buen amigo, que tampoco es seguidor de ningún equipo de fútbol, me decía que somos unos desgraciados porque no podemos formar parte de esos sentimientos tribales y colectivos que experimentan domingo a domingo muchos de nuestros amigos y conocidos. Y parte de razón tiene. Los dos hablamos mucho de tenis y somos seguidores de Nadal. Ahora que está de baja nos hemos quedado sin entretenimiento. Los deportes de equipo, sin embargo, siempre tienen repuestos. Y todas las semanas tienen partido.

Corolario

El fútbol es un deporte tan importante que incluso a mí -que no soy de ningún equipo ni se me pone dura con la selección- me interesa. No le dedico mucho tiempo pero procuro enterarme, normalmente por el telediario, de lo que se está cociendo. El fútbol es el termómetro que indica el estado de ánimo de una sociedad. O mucho mejor, es el termostato que regula su funcionamiento. Estoy seguro de que este año de crisis ha sido mucho menos duro para los seguidores del Barça gracias al triplete. Me gusta que la gente esté contenta. Cuando gana el Barça, me acuerdo de mis amigos del Barça y me alegro por ellos. Y cuando gana el Madrid, el Atleti o cualquier otro, me pasa lo mismo. Cuando los de la Roja se convirtieron en campeones de Europa salí a la calle a celebrarlo. Sobre todo porque quería ver a todo el mundo por una vez feliz, aunque fuera sólo por un rato. La felicidad, como algunas enfermedades, es algo contagioso. Lástima que sea un virus transitorio y efímero.

lunes, 8 de junio de 2009

Mi culo es más listo que mi cabeza

Mi abuelo murió con poco más de cincuenta años. Fumaba mucho y reventó. Mi padre -su hijo- siguió sus pasos. Incluso batió su marca, pues murió con un año menos que mi abuelo. No hace falta decir que la causa de la muerte fue la misma. A mi abuelo no lo conocí, pero doy fe de que mi padre se fumaba cuatro o cinco paquetes de Celtas Cortos sin boquilla cada día. Mi padre no aprendió mucho del suyo ni yo del mío. Nuestra rama familiar debe tender a la autodestrucción porque yo –a pesar de ser consciente del historial clínico de mi familia y de que la forense que le hizo la autopsia a mi padre intentó persuadirme de que no se me ocurriera fumar nunca- terminé fumando. Aunque solo fue algo pasajero.

Dejé de fumar porque mi cuerpo no lo resistía. Si todo hubiera quedado en la amenaza de una muerte atroz a edad temprana, seguro que seguiría fumando. Y la posibilidad de un cáncer en un plazo “sine die” me hubiera dejado totalmente indiferente. ¿Es que acaso mi cerebro no podía procesar correctamente esa información y sacar conclusiones? Sí, por supuesto, como el de la mayoría de los fumadores. Pero no es suficiente. Por todo esto entiendo y respeto a los fumadores. Yo soy un fumador en potencia. Fue mi cuerpo el que me obligó a dejar el tabaco. Se ve que en mi familia los organismos están perfeccionándose de generación en generación para poder luchar contra nuestras perniciosas mentes. ¿Cómo impidió mi cuerpo que siguiera haciéndole daño? Haciéndome daño él a mí. Muchas veces la mejor defensa es un buen ataque. Me castigaba con terribles ardores en el pecho que en ocasiones llegaban a provocarme fiebre. Recuerdo que a mi padre su organismo también lo castigaba con toses terribles y flemas constantes, pero no fueron suficientes para frenarle. Pudo ser una cuestión de orgullo. Mi padre siempre antepuso las virtudes del intelecto a las más pedestres del cuerpo. Alguna vez todavía me atrevo a echarme un cigarro cuando voy cargado de copas, pero sé que al día siguiente tendré que pagar las consecuencias.

Me ha gustado siempre comer: comer mucho, comer de forma desordenada, comer a deshora y hacer mezclas explosivas. Me estoy quitando. Desde hace tiempo ni como mucho ni me puedo dar grandes atracones. Me pongo malo. Si cometo algún exceso alimenticio, mi cuerpo también me castiga. Puedo tener digestiones infinitas. En el mejor de los casos, porque lo más normal es que termine, a altas horas de la noche, vomitando o con diarrea. Paliar los efectos de los atracones con Almax hace tiempo que no me da resultado. Tantas veces lo he pasado mal en el escusado que ahora tengo mucho cuidado de según qué excesos. El único remedio que me funciona es el autocontrol. En estos últimos años he engordado. No como poco, pero sí bastante menos que hace diez años. Supongo que en este caso mi cuerpo también me protege de mí mismo. No quiero ni pensar las dimensiones que estaría alcanzando si siguiera comiendo al ritmo que lo hacía en mis años mozos.

Con las drogas y el alcohol me viene pasando lo mismo. Últimamente no soporto las resacas. Aunque sean tranquilas, abúlicas y televisivas. Me fastidia tirarme todo el día frente a la televisión porque el cuerpo no me da para más. No me compensa. Y evidentemente mucho menos si conllevan otras fastidiosas alteraciones de mi organismo: agotamiento, insomnio, somnolencia, náuseas, estreñimiento, diarrea… Los desajustes intestinales son los que más me afectan. Y mi cuerpo lo sabe. Cuando no puedo dejar de ir a cagar o me tiro sin cagar tres días por un estreñimiento contumaz, es cuando más escarmiento. Un ser vivo tiene que tener armas para su autodefensa, como las púas del erizo o los dientes del lobo. El dolor puede ser el arma que utiliza nuestro cuerpo para salvaguardarse. Las personas que pierden la sensibilidad al dolor pueden cortarse un brazo sin darse cuenta o salir ardiendo a lo bonzo como si tal cosa. El dolor protege nuestro cuerpo de los ataques externos. A mí mi culo, que castiga mis excesos con diarreas o estreñimientos, me está salvando de mi cabeza. Porque si yo me sometiera a todos los excesos que se me pasan por la mente probablemente ya habría reventado.

Por eso creo que los que juzgan a las personas que no pueden controlar sus adicciones y les dicen que no tienen cabeza, se equivocan. Lo que no tienen es un organismo que haya desarrollado recursos de autodefensa. Creo que conservo la misma mentalidad kamikaze de la que puede presumir mi árbol genealógico, pero mi cuerpo ha desarrollado mecanismos de supervivencia.

Me estoy convirtiendo en el tipo de persona que siempre desprecié y no puedo hacer nada para evitarlo. Vivo coaccionado por mi cuerpo. Le tengo miedo. Sé que vigila cada uno de mis movimientos. Y cada vez tengo menos aguante para soportar los castigos que me inflige tras cometer excesos. Estaréis pensado que lo que pasa es que estoy mayor. Yo, sin embargo, pienso que lo que sucede es que en todos estos años mi cuerpo ha aprendido a defenderse. La mecánica del cuerpo controla cada uno de los procesos químicos que regulan mi organismo. La mecánica del cuerpo. Al final la mecánica se está imponiendo a los desajustes que provocan los cortocircuitos que se producen en mi cerebro.

Mi cuerpo gana la batalla de momento. Aunque es cierto que mi cabeza no deja buscar argucias y subterfugios para burlar su estricto control. La típica historia del padre severo y el mocoso desobediente.


APOSTILLA (14-6-2009): Anoche estuve de concierto y me apreté varios cubatas (cargaditos), de vodka para más señas. Hoy, como era de esperar, al despertarme me dolía un poco la cabeza. Pero me lo pasé tan bien durante el concierto trasegando cubatas que, la verdad, compensa. Intestinalmente estoy bien. Lo que significa que bebí con cabeza.

Para terminar os dejo un truco para combatir la resaca. Hoy lo he utilizado por segunda o tercera vez y realmente funciona. Ahora mismo, y son poco más de las 12 del mediodía, estoy como una rosa. Esta mañana me desperté a eso de las 8 con el dolor en las sienes que suele dejar el vodka. Me levanté, comí algo (poco) y luego me bebí un sobrecito de Espidifen 600mg. Después me metí en la cama a echar otro sueño y me he levantado como si anoche no hubiera salido. El Espidifen lo descubrió mi mujer creo que por un dolor de muelas, pero ahora mismo lo único que nos falta por probar es echarlo en las ensaladas. El Consejo General de Colegios de Médicos y los Colegios Oficiales de Farmacéuticos de toda España desaconsejan ostensiblemente la automedicación. Lo digo por que lo sepáis y no me vengáis luego con reclamaciones.

jueves, 21 de mayo de 2009

Padres

Ahora que con este revuelo de la reforma de la ley del aborto se habla tanto sobre la importancia del asesoramiento paterno, quiero aprovechar para cuestionarlo. Porque parece que no nos acordamos de que por padre o por madre podemos tener a cualquier tarado o tarada. Tus padres pueden ser ignorantes, fundamentalistas religiosos, paletos, cafres, cretinos, nazis, torturadores, tiranos, hijos de la gran puta… El hecho de ser padre o madre no te concede una infalibilidad para saber qué está bien y qué está mal en la vida.

Cuando veo a ciertos políticos diciendo que ellos no podrían concebir que sus hijas tomaran la decisión de abortar con dieciséis años, solo veo a tipos que están demasiado acostumbrados a tomar decisiones y a que se les obedezca. Por otra parte, los padres normalmente se niegan a ver a sus hijos adolescentes como personas mayores. Tardan tiempo en aceptar que el niño o la niña de sus ojos ha dejado de existir.

La opinión de los padres es una más. Muy importante si tienes unos buenos padres. Por eso, lo que tienen que hacer los padres es intentar que sus hijos piensen que lo son para que recurran a ellos en caso de necesidad. No solo para el aborto, sino para cualquier duda que puedan tener. Pero un padre y un hijo no tienen por qué tener las mismas ideas y las mismas creencias.

Muchos chicos y chicas de dieciséis años no saben lo que quieren, pero sí lo que no quieren. Pueden ser un poco inconscientes (como algunas personas que ya superaron la barrera de los 18 años), pero no son idiotas.

Yo con 16 años no estaba de acuerdo con mis padres en nada. No tuve la suerte de tener unos padres en sintonía con mi forma de ver el mundo. Con 16 años me puse a trabajar porque quería depender de ellos lo menos posible. Con 16 años. Puede que incluso con 15. Me fui de casa a los 18 porque no pude hacerlo antes. No me arrepiento de nada. Lo que pensaba entonces es lo que sigo pensando ahora.

La decisión de abortar siempre debe ser personal. Y la decisión de lo que es y no es un ser humano también. Fíjate que yo hasta tengo mis dudas de que, por ejemplo, José María Aznar lo sea. La ciencia no tiene nada que hacer en estos casos. Son juicios que entran dentro del campo de la opinión. Pero no merece la pena darle muchas vueltas porque una vez fuera del útero materno el aborto no puede aplicarse con carácter retroactivo.

Los que estamos a favor del aborto no obligamos a abortar a nadie ni imponemos nuestro criterio a los demás. Que los intolerantes hagan lo mismo, que no nos digan qué es lo mejor para nuestras vidas. La libertad consiste en que cada uno joda su propia vida a su manera.

domingo, 17 de mayo de 2009

El maravilloso mundo de los escritores

Ayer participé en un acto literario de los que no me gustan, un encuentro con otros escritores toledanos para poner en común nuestros puntos de vista sobre la literatura. Alguien se preguntará por qué participé y la respuesta es simple. Era un acto de la Feria del Libro de Toledo y me apetecía corresponder a quien había tenido la gentileza de invitarme. Por otra parte, los escritores tenemos que aprovechar cualquier oportunidad para darnos a conocer, que tampoco andamos sobrados.

Como me temía, me tocó compartir mesa con otros cuatro escritores que no compartían en absoluto mi forma de entender la literatura. Es posible que si hubiéramos ido a hablar de la crisis o de la Champion, nos hubiésemos llevado bien, que parecían buena gente, pero no era el caso. Para empezar, dos de ellos pertenecían a un grupo literario y a mí no se me ocurrió otra cosa que utilizar una de mis primeras intervenciones para decir que no creía en ese tipo de asociaciones. Mi visión de la literatura siempre es individualista y onanística, y, lo siento, no puedo entenderla de otra manera. Respeto que la gente haga talleres literarios y esas cosas, pero nunca participaría en ninguno. Además, todo lo que se puede encontrar en esas asociaciones ¬-pasado el momento inicial de sentirte parte de un proyecto literario y tener a una serie de individuos que van a reconocerte como escritor a cambio de que tú les devuelvas el favor- es negativo.

Yo nunca he estado en grupos literarios, como ya he dicho, pero participé en proyectos comunes, sobre todo en la universidad (revistas, fanzines…). Todo va bien en esos proyectos hasta que alguien empieza a despuntar, que es el momento en el que las envidias brotan con la fuerza de las malas hierbas. Y si alguno de los integrantes del grupo consigue algún contacto con algún medio de comunicación, alguna editorial o algún político subvencionista y no lo comparte con todos sus compañeros, será el fin de la concordia creativa. Estos grupos solo funcionan mientras el tráfico de influencias les beneficie a todos, independientemente del valor de sus obras particulares.

Resumiendo, que si el grupo literario de turno funciona como un club de lectura o se limita a ser un taller literario donde se hacen ejercicios de estilo y proyectos de equipo, puede durar eternamente y hacer felices a unas personas que anhelan sentirse escritores por un rato. Sin embargo, como a alguno de ellos le den el Nadal o le subvencionen algún proyecto en el que el resto no participe, dudo mucho que el buen rollo sea perpetuo.

Los miembros de este grupo literario también hablaron mucho de que las instituciones públicas deberían apoyar a los escritores e incluso hacer las veces de mecenas para apoyarlos. Esto sí que me dio miedito. Me imaginé a este tipo de asociaciones publicando libros de amiguetes en editoriales de amiguetes merced al dinero del erario público mientras los escritores que no pertenecíamos a esos colectivos éramos vilmente despreciados en todos los foros donde ellos tuvieran algún infiltrado. Sentí hasta algún escalofrío.

Y si profundizamos en lo que es la creación literaria, tengo que decir que dos escritores juntos suelen ser incompatibles, como escritores, que perfectamente –como seres humanos- pueden ser amigos. El escritor tiene una visión del mundo y del hecho literario que inevitablemente siempre será distinta de la del resto. Esto de la literatura no es ciencia sino opinión, y las opiniones son como los culos, únicos e intransferibles.

Hace un tiempo yo era muy tonto y, aunque no soy gregario, intentaba ser cordial con los escritores que conocía. Me preocupaba por conocer su obra e incluso hacía esfuerzos para juzgarla no como escritor, sino como lector imparcial. Dejé de esforzarme tanto el día que me di cuenta de que casi nunca era correspondido. Por eso ya no me intereso por los libros de los escritores que conozco si no lo hace antes la otra parte contratante. Mis últimas experiencias en este campo han seguido los mismos derroteros. Contaré dos a modo de ilustración.

Hace poco conocí a un tipo que últimamente está teniendo bastante fortuna editorial y entablé con él una animada conversación. Mostré, eso sí, mucho más interés yo por su obra que él por la mía. Al final quedó en avisarme de la publicación de uno de sus libros, un libro juvenil que dijo que, como profesor, me interesaría. Recibí el aviso por mailing (uno más en una larga lista de posibles clientes) y por ser simpático le contesté en otro de mis vanos intentos por hacer colegas en este mundo de “primas donnas” (además compartimos algunos conocidos y me gusta llevarme bien con los amigos de mis amigos). Todavía estoy esperando que me conteste, aunque sea simplemente con un saludo. Supongo que para él no soy más que la posibilidad de vender un libro, o muchos, si decido poner su novela como lectura obligatoria a mis alumnos. Por mi parte se va a comer los mocos.

La segunda anécdota es de hace solo unos días. Volví a coincidir por segunda vez con un escritor que me cae bien, aunque tenemos una visión de la literatura totalmente distinta, y, charlando largo y tendido (tomamos juntos varias cañas) sobre la dificultad de publicar poesía, me contó que había publicado un libro con una editorial que a mí me llama la atención. De hecho, hace poco quise contactar con ellos, pero no encontré la manera trasteando en su web. Por eso me atreví a pedirle que me pasara el contacto, una dirección de correo electrónico simplemente para comunicarme con ellos. Ni se me ocurrió pedirle que me echara una mano, que prácticamente somos dos desconocidos. Han pasado varios días y sigo esperando. Y sé que no se le ha olvidado porque le insistí cuando nos despedíamos.

Ya recomendé en otra ocasión “Poetas en la noche” de José María Fonollosa, que explica de forma magistral los odios, envidias y rencores subterráneos que se profesan los miembros de un grupo de poetas que se supone que son amigos y que comparten la maravillosa experiencia de la escritura. Hoy quiero recomendar “La información” de Martin Amis, una novela donde dos amigos novelistas se enzarzan en un duelo personal porque uno de ellos se convierte en un “best seller” mientras el otro intenta sobrevivir en la tercera división del mundo literario.

Yo soy escéptico porque el mundo me ha hecho así. En fin…

APOSTILLA (18 de mayo): Finalmente, el colega que me prometió mandarme el contacto de una editorial lo ha hecho. ¿Mala memoria? ¿Ha leído este “post” y le han entrado remordimientos? Sea como fuere, me alegro. Porque, como ya he dicho, me cae muy bien. Como en todos los negocios, en este también hay gente legal. Le corresponderé leyéndole.

jueves, 7 de mayo de 2009

Qué bien pensado está el mundo: la televisión


Exordio

Para inventos, la televisión. Eso sí que es una maravilla de la ciencia. Y sin embargo, desde su creación ha tenido que soportar el desprecio de muchos intelectuales y de gran parte de la sociedad, que no dudó en rebautizarla como la caja tonta. Pero de lo desagradecido que es el ser humano hablaremos otro día, que si no, esto sería el cuento de nunca acabar. Hoy quiero defender este entrañable aparato que tanto ha aportado a la historia de la humanidad y que tantas veces ha sido injustamente vilipendiado. Siento que, en esta ocasión, el artículo sea tan extenso, pero no he podido resumir más las innúmeras virtudes de este prodigio de la tecnología.

La tele entretiene

La televisión es un aparato tan sorprendente que, en muchas ocasiones, el contenido de sus emisiones es totalmente irrelevante. Su función fundamental -más adelante hablaré de otras secundarias- es la de entretener a todo el mundo. Y esa es su mayor virtud: la de ser un electrodoméstico totalmente democrático, ya que requiere pocas neuronas para su decodificación. De ahí que sea también un aparato muy útil para descansar. Si no te sientes con fuerzas para nada, lo mejor que puedes hacer es abandonarte delante de la pantalla del televisor y dejarte llevar por la inercia de los rayos catódicos. Hay programas de calidad, no lo discuto, pero normalmente se trata de conseguir la cuota de audiencia más amplia, y para eso es preciso igualar al espectador a la baja, todo lo democrático que queramos, pero con programas que un analfabeto pueda disfrutar lo mismo que un hombre ilustrado. De cualquier forma, como decía antes, no es tan importante el contenido como el continente. Porque está demostrado que cuando uno quiere ver la tele, se traga cualquier cosa. También nos sirven como ejemplo la fascinación que la televisión provoca en los niños, incluso en esos tan pequeños que todavía no hablan ni comprenden. A mi gato, por ejemplo, no le pasa. Para él la tele es como si no existiera. Lo que demuestra la singular inteligencia de los felinos respecto de las crías de homo sapiens.

Como decía antes, creo que el cometido principal de la televisión es entretener. Es normal, por lo tanto, que haya absorbido todas las manifestaciones del espectáculo, y, por supuesto, que haya intentado acabar con la competencia. La televisión necesita espectadores y para tener muchos espectadores hay que evitar que se vayan al cine, al teatro, a un concierto o al circo. Seamos claros desde el principio: la televisión vive de la publicidad y el precio de la publicidad asciende cuando el número de destinatarios es mayor. Pero dejo para más adelante el tema de la publicidad. Ahora quiero hablar de los espectáculos que han desaparecido gracias a la televisión.

La primera aportación que la televisión hace, en este sentido, a la civilización es la desaparición del circo. Los pocos que quedan sobreviven a duras penas y los niños hace tiempo que dejaron de perder el culo por un entretenimiento tan pedestre. Tantos circos se llevaron a la pantalla y tantos espectáculos circenses se incluyeron en los programas de variedades que, finalmente, terminaron aburriendo al público. Los animales que eran explotados vilmente en estos espectáculos y los abnegados padres que tenían que llevar a los niños al circo cada vez que plantaban una carpa en las afueras de su pueblo estarán eternamente agradecidos a la televisión.

El teatro también ha caído en el olvido en parte gracias a la televisión, y en este caso son los actores los que deberían estar agradecidos. En la televisión ganan mucho más dinero y además no tienen por qué repetir constantemente el mismo libreto. Supongo que trabajar todos los días con un nuevo texto tiene que ser un trabajo más llevadero. Los actores que siempre hablan maravillas del teatro probablemente lo hacen porque queda más culto. La realidad es que no se lo piensan dos veces cuando los llaman para hacer una serie de televisión.

Los actores de hoy en día también pueden trabajar en el cine. Pero lo bueno del cine es que puedes verlo en casa. Así te ahorras tener que soportar a los maleducados que indefectiblemente llegan tarde y van a dar por culo justo a la fila donde te has sentado tú, y a los cretinos que se pasan toda la película hablando o ronchando palomitas.

La televisión también ha acabado con los espectáculos de feria, esos espectáculos cutres donde se exhibía a la mujer barbuda o al hombre de dos cabezas. Ahora los frikis trabajan en la pequeña pantalla, ya sea como artistas, ya como tertulianos. No hay nada más que ver a la Susan Boyle, el monstruo de la voz prodigiosa que tanto fascina al público palurdo de Inglaterra. Su mérito no es que cante bien, sino que lo haga siendo un adefesio.

Y no me olvido de los deportes. La televisión ha llevado los deportes a nuestros hogares. En nuestro lado del mundo el gran protagonista es el fútbol, que es la forma que nuestras evolucionadas sociedades tienen de canalizar la violencia para evitar otro tipo de enfrentamientos más salvajes. Si los romanos hubieran podido retransmitir el circo (ahora me refiero a ese en el que cebaban a los leones a base de cristianos), lo mismo habían salvado su gran imperio. Europa se siente más unida por la Champion que por la Unión Europea.

La tele informa

Otra de las funciones más destacadas de la televisión es la de informar. Sí, no os riáis. Informar informa, otra cosa bien distinta es que no nos digan toda la verdad. A lo mejor es por nuestro bien. Saber toda la verdad probablemente no nos iba a hacer más felices. Pagamos a los políticos y les dejamos lucrarse con el tráfico de influencias y otras regalías para que nos libren de la verdad. Y si mienten para ganar las elecciones, es posible que lo hagan porque han leído a Maquiavelo. Supongo que pensarán que cualquier mentira está justificada si con ella un partido político con un proyecto sólido llega al gobierno y salva el país.

Los poderosos, antes de la era de la televisión, tenían mucho miedo a la democracia. Ellos eran pocos y los pobres del mundo muchos. Entonces hubieran perdido todas las elecciones limpias que se hubieran propuesto con sufragio universal. Solo tuvieron que comprender dos cosas para terminar aceptando la democracia. La primera, que las masas se calmarían si les concedían ciertas comodidades burguesas. La segunda y más importante, que con el control de los medios de comunicación se podía manipular la opinión de las masas, y que no había medio más efectivo que la televisión. Ya se sabe que la mayor mentira puede llegar a tener visos de verdad si es repetida hasta la saciedad. Los medios de comunicación, con la televisión a la cabeza, han convencido a algunas personas de que disfrutan de una situación acomodada de clase media cuando viven en la más absoluta miseria. Por poner un ejemplo: una persona con un patrimonio valorado en 100.000 euros y unas deudas que asciendan a los 200.000 euros puede pensar, merced a una hipoteca que paga mensualmente, que no es pobre. Una simple resta bastaría para sacarle de su error. La verdad es que si cambiamos la palabra “banco” por “señor feudal” y la palabra “trabajador” por “vasallo”, no estamos ni más ni menos que recreando el sistema feudal, donde el pueblo llano tenía que pagar al señor una parte de su cosecha para que le dejara vivir en sus tierras.

Los telediarios también han servido para desdramatizar los problemas. Marshall McLuhan dijo que el medio es el mensaje y tenía toda la razón. Es normal que todo lo que sale en un aparato dedicado al entretenimiento termine convirtiéndose en algo trivial. Al final terminamos viendo la actualidad política como si fuera un culebrón. O los desastres del mundo y los horrores de la guerra con la misma indiferencia que si viéramos una película de Hollywood.

La tele educa

Algunos iluminados de los 60 pensaron, erróneamente por supuesto, que la televisión podía servir para enseñar. Esa era la motivación, por ejemplo, de los creadores de Barrio Sésamo. Pero el tiempo no les ha dado la razón y han sido otros programas los que han terminado ocupando los espacios en principio reservados para programas educativos infantiles. Los niños ven mucho más instructivos los programas como “El diario de Patricia”, que muestran el mundo tal como es, con sus miserias y sus abyecciones.

También hay documentales, pero cada vez menos. Hace tiempo que empezaron a desaparecer aquellos documentales con una voz en off cansina y monocorde que lo mismo daba cuenta de las maravillas de la naturaleza como de los horrores de la historia de la humanidad. Su puesto han venido a ocuparlo esos programas de reportajes supuestamente serios, al estilo de “Callejeros”, que resultan tan superficiales como una visita turística.

Las cadenas que se nutren de fondos públicos mantienen algunos programas educativos o culturales, pero no dejan de ser algo anecdótico. Desde luego no hay pujas millonarias entre las cadenas privadas por fichar a Eduard Punset o a Sánchez Dragó.

La tele nos hace iguales

Y no me canso de añadir aportaciones de la televisión a la democracia. ¿Qué me decís de la democratización del éxito, la fama y el dinero? Al principio la tele era muy elitista. Las estrellas de la televisión tenían que ser famosas por alguna habilidad que previamente hubieran demostrado: cantar, hacer música, actuar en películas, tener tropecientas carreras… Gracias al Gran Hermano y a otros programas similares ha terminado esa insidiosa discriminación. Ahora cualquier persona puede ser famosa o popular, y su opinión, democráticamente, vale tanto como la de cualquier eminencia. ¿O es que los analfabetos, los chulos, las putas, los inútiles y los parásitos no tienen derecho al éxito en un mundo en que se supone que todos somos iguales?

Menos mal que hace tiempo cayeron en descrédito los programas para eruditos, que siempre dejaban en evidencia a los pobres ignorantes. Afortunadamente las cadenas acabaron con programas tan discriminatorios como “El tiempo es oro”. Algunos más suaves, como “Cifras y letras”, se mantienen en la parrilla. Supongo que los cerebritos frikis también tienen derecho a tener su pequeño espacio en la pequeña pantalla. Mucho más accesibles para todo el mundo son los programas concursos de ahora. Un modelo de concurso televisivo actual puede ser el exitoso programa “Allá tú”, donde la única habilidad que se requiere es la de ser capaz de abrir una caja.

La tele da prestigio

Todo lo que sale por la tele adquiere cierto prestigio. Los grupos de música, los escritores, los directores de cine y cualquier creador saben que esto es así, y que no empezarán a ser tomados en serio hasta que salgan por la pequeña pantalla. Eso ya lo sabía McLuhan. Eso también lo saben los publicistas. Por eso, para mejorar la opinión que los consumidores tienen sobre un producto, no es necesario que éste sea bueno, no es necesario mejorarlo, no es necesario ir de feria en feria haciendo exhibiciones para demostrar su efectividad. Lo único que hace falta es sacarlo por la tele. La contribución de este aparato a la consolidación del sistema capitalista merecería un artículo aparte.

La tele salva matrimonios

Y todavía no he hablado de los usos terapéuticos y domésticos del aparato. La televisión contribuye a la armonía familiar. ¡Cuántas discusiones habrán ahorrado estos aparatos! Hay estudios que dicen que las parejas discuten más en vacaciones porque tienen tiempo para hablar. Antes, sin televisión, las personas estaban condenadas a tener que hablar bastante cada día. Muchos hombres, para evitar enfrentamientos conyugales, tenían que irse al bar durante horas por el bien de su familia. Ahora, gracias a la televisión, ya no es necesario. La televisión te permite entretenerte escuchando un montón de estupideces sin necesidad de tener que ir a escucharlas al bar.

La tele ayuda a los padres

¿Y qué sería de los niños sin la televisión? ¿Y de los padres? Para los padres de hoy este aparato viene a ser el equivalente a una niñera. Y resulta mil veces más económico. La televisión, después de los abuelos, es el mejor sitio para dejar a los niños aparcados un rato. Los rayos catódicos los subyugan, los controlan, los anulan, y eso no hay Mary Poppins que lo iguale. Los viajes con niños son mucho más tranquilos desde que se inventaron los DVD portátiles. En este aspecto, solo los videojuegos y los somníferos pueden competir con la televisión.

Corolario

Yo no veo la tele todo lo que me gustaría. Entre otras cosas porque todavía me empeño en leer, en escribir, en pensar, en charlar, en salir… En definitiva, en vivir. Pero es probable que si algún día me canso de todo eso, termine sentado frente al televisor, hipnotizado e insensible, totalmente indiferente al mundo que me rodea.

lunes, 20 de abril de 2009

Mundos perdidos: Fnac Discos

Cuando tuvimos que escribir un resumen de mi biografía en la solapa de mi última novela, me di cuenta de que el oficio más importante que he tenido en mi vida (si dejamos aparte el de profesor) prácticamente ha desaparecido. Trabajé en la Fnac de Madrid durante siete años, de los cuales pasé aproximadamente seis en la sección de Discos. Aunque el día que me fui de allí no sentí lástima porque había quemado aquella etapa y necesitaba nuevos aires, no negaba entonces ni niego ahora que para mí fueron unos años enriquecedores. Eso sí, en la solapa del libro escribí que tenía un buen currículum en un oficio que estaba “tan desfasado como el de afilador o el de tundidor de colchones”. “Disquero”, el nombre de este oficio, ni siquiera está recogido como tal en el DRAE.

La Fnac es refugio de muchos estudiantes y artistas que necesitan un medio de vida mientras encuentran algo mejor. Por eso es ideal para conocer gente interesante, personas con inquietudes, que editan revistas, que montan exposiciones, que hacen cortos, que tienen un grupo, que cantan, que tocan el clavicordio, que escriben, que tienen un programa de radio, que viven en la luna o que sueñan con tener alas y salir volando. Suele ser, además, gente muy joven, lo que hace que todo ese movimiento cultureta vaya aderezado de un montón de salidas nocturnas y de fiestas desquiciadas.

Para mí la Fnac vino a salvarme en un momento en el que estaba bastante tocado. Acababa de terminar la carrera y no encontraba trabajo. Después de haber estudiado durante toda mi vida compatibilizando trabajo y estudios no tenía fuerzas ni ganas para empezar a preparar las oposiciones de profesor de Secundaria, en las que ya pensaba entonces como una posibilidad futura. Fue un tiempo en el que quise dar prioridad a mis pasiones y la Fnac me ayudó a estabilizarme durante unos años. Resuelto el problema de la subsistencia en Madrid, podía dedicar mi tiempo libre a hacer música y a escribir.

Gracias a un currículum mixtificado y a una serie de entrevistas bien actuadas, me reclutaron en la Fnac. Por un momento estuve a punto de recalar en la sección de Libros, pero un hueco a tiempo en Discos, mi condición de bajista de un grupo y mi somero conocimiento de la historia del rock me condujeron a esa sección.

Allí me encontré con una serie de personas que me marcaron para siempre. Con algunos sigo manteniendo la amistad, a otros les sigo a distancia y de otros simplemente guardo un buen recuerdo. Fueron personas que me aportaron mucho en un momento crucial de mi vida (no digo nombres porque son muchos y no quiero cometer el error de olvidarme de alguno). Me aportaron mucho personal y musicalmente. Cuando llegué, yo era, desde luego, de los que menos sabían de aquella tropa. En la sección de Discos de la Fnac había (y sigue habiendo) verdaderas enciclopedias musicales, cuya erudición era mucho más epatante antes de la Era Wikipedia. Había un anuncio de la Fnac en la que aparecía un cliente que intentaba que los dependientes adivinaran el título de una canción de la que solo sabía la melodía. No era una exageración. En muchas ocasiones adivinábamos las canciones aunque nos las tararearan de mala manera. Nuestro nivel de efectividad no era del 100 % pero estaba cerca. Porque si uno de nosotros no era capaz de identificar la canción sabía a qué compañero dirigirse. Cada uno de nosotros éramos más o menos eruditos dependiendo del estilo musical. Y en todas las secciones había alguien ducho en la materia. Era alucinante trabajar con gente tan profesional. También es cierto que eran (o éramos) individuos un poco frikis, sobre todo en este país que siempre ha sido, es y será musicalmente paleto.

Éramos la penúltima generación de un oficio relativamente nuevo y que tenía los días contados. Yo recuerdo una profesionalidad a veces extrema, una forma de trabajar meticulosa que rozaba el virtuosismo: exhaustividad en el repaso de catálogos, discografías inmortales e inmensas (Dylan, Bowie, Beatles...) colocadas por orden cronológico, rarezas rastreadas en sellos independientes que no tenía ninguna otra tienda... Por catálogo éramos la mejor tienda de discos de España. Probablemente también por profesionalidad. Dudo que otra tienda de discos tuviera una plantilla tan completa como la que la Fnac Discos tenía entonces.

Si la industria discográfica no se hubiera sumergido en su propia mierda, tocada de muerte por los avances tecnológicos y por la negligencia de una clase política que siempre se preocupará más por los sectores del ladrillo y del automóvil que por los que atañen a la cultura, mis compañeros de entonces probablemente habrían llegado muy lejos en la industria musical. Algunos dejaron la Fnac para irse a trabajar a multinacionales y terminaron en la calle cuando se redujeron las plantillas. Otros se quedaron en la Fnac y vieron cómo poco a poco iban siendo acorralados en una sección que, como la habitación de Fermat, cada vez se hace más pequeña. Muy pocos siguen trabajando en los puestos de responsabilidad de algunas empresas discográficas, que tampoco dejan de encoger.

Internet podía haber sido una salida para muchos de mis compañeros, pero el poco respeto que hay en España por la cultura hace que a los apartados culturales de los distintos portales no se les dé mucha importancia. En las secciones culturales de las webs y de muchos medios de comunicación no es raro que trabajen los becarios. Si exceptuamos a algunos periodistas de los diarios importantes, a Diego Antonio Manrique y a alguna otra vieja gloria de Radio 3, apenas hay profesionales que puedan vivir del conocimiento de la música popular. De las revistas musicales ni hablamos, que están hechas en una proporción muy alta por colaboraciones desinteresadas.

Yo salté del barco afortunadamente a tiempo, pero fue por suerte. Necesitaba volver a mis estudios y quería dedicarme a la docencia. Simplemente coincidió con el hundimiento del Titánic musical.

Pensé en escribir alguna vez una novela al estilo de “Alta fidelidad” de Nick Hornby, pero no sé si lo haré. Probablemente me saldría una historia muy nostálgica que solo disfrutarían los amantes de los discos, los frikis melómanos que siguen existiendo y que ahora compran vinilos en la Fnac y en las pocas tiendas especializadas que resisten. Casi se va a quedar lo de las tiendas de discos para los escritores de novela histórica, que alguna vez tendrán que recordarle al mundo que hubo un tiempo en que la gente apilaba discos y cedés, unos extraños dispositivos de almacenamiento de audio con un agujero en medio.

Esta tarde he querido acordarme de mis antiguos compañeros de Discos para mandarles un abrazo, tanto a aquellos que hoy todavía siguen siendo mis amigos como a los que perdí el rastro y hace siglos que no veo.

martes, 7 de abril de 2009

Fiestas para el siglo XXI

Cada vez soporto menos la Semana Santa. Trato de ser empático con el fervor religioso de los creyentes, pero no hay manera. De forma racional lo soy, pero con esfuerzo. No puedo evitar sentir por dentro cierta vergüenza ajena cuando miro el telediario y aparecen esas cofradías -celosas de su cristo, su santo o su virgen- diciendo burradas sobre el supuesto poder milagroso de una talla de madera. ¿Para qué engañarme a mí mismo? Los veo ridículos y no puedo evitarlo. Podría evitar decirlo y no escribir esto, pero hace tiempo que decidí que iba a escribir lo que me diera la gana sobre lo que me diera la gana. Es la única forma que se me ocurre de sentirme libre.

Una fiesta que, según los últimos estudios realizados, cada vez cuenta con menos creyentes quizá debería secularizarse. Por lo menos para la gran mayoría. Los católicos podrían seguir conservando sus tradiciones de forma sectaria. Eso yo no lo discuto. El caso es que para todos los que no somos creyentes es muy triste celebrar una fiesta tan trágica en un momento tan bonito del año.

Me he criado como católico, he asistido a procesiones sintiéndome religioso cuando era niño, y de mayor, con interés antropológico o cultural, cuando no meramente turístico. La visión etnocéntrica del ser humano hace que veamos con normalidad todo lo que nos rodea, por absurdo que sea, pero tengo que estar perdiéndola. Objetivamente ahora lo único que veo es una fiesta particularmente gore y siniestra en la que se celebra que apresaron a un señor (pongamos que fuera, como dicen algunos, un profeta), lo torturaron y lo acabaron crucificando, condena que era habitual entre los romanos. Luego resucitó, pero eso ya casi es lo de menos porque se acaba la Semana Santa y hay que volver al tajo.

La Semana Santa se pergeñó, como casi todas las fiestas religiosas actuales, partiendo de las fiestas que había antes de la expansión del cristianismo. De ahí la vocación politeísta de nuestro catolicismo, que en cada localidad tiene un santo o una virgen que casi eclipsan la importancia del mismo Dios. Antes de los cristianos, por estas mismas fechas, se celebraban fiestas para dar gracias por la llegada de la primavera. Por eso estaban dedicadas especialmente a la fertilidad y, claro está, a la sexualidad desatada. A lo mejor, inconscientemente, están reivindicando eso los cofrades que se han puesto un lacito blanco.

La mayoría de las fiestas no se crean ni se destruyen, simplemente se transforman. De hecho, nuestra Semana Santa es una mezcla del sustrato precristiano y los embelecos del evangelio judío. Ese es el camino. Nosotros también podemos partir de lo que tenemos, sobre todo respetando aquellas partes rituales que tanto gustan a la gente, y crear algo más acorde con nuestra época. Las procesiones, por ejemplo, gustan mucho a la gente. Sin embargo, no pasa lo mismo con las misas.

Para empezar, yo volvería a los orígenes para justificar la festividad. La fecha lo mismo me da: el día del equinoccio, el día de la luna llena tras el equinoccio, una semana después de la luna llena... Por mí podemos dejarlo como está si todo el mundo está de acuerdo. El caso es celebrar que llega la primavera, los almendros florecen y la libido se dispara.

¿Que a la gente le gusta lo de la pasión y muerte? Pues lo mantenemos. Por ejemplo, se puede inventar una historia en la que se cuente cómo agoniza el dios Invierno hasta que muere. Aunque habría que conseguir que esa muerte no fuera tan trágica y dramática como la Jesucristo. ¿Por qué no sería dramática esa muerte? Porque provocaría el nacimiento de la diosa Primavera, que hace que la naturaleza se renueve y los seres humanos quieran multiplicarse. Esto es solo un esbozo de por dónde pueden ir los tiros. Habría que desarrollar un poco más la trama para hacerla más interesante. A la hora de elegir influencias mitológicas en estos tiempos que corren yo tiraría más por Tolkien que por Ovidio. Y evidentemente queda descartada la mitología bíblica.

Las procesiones se deben mantener, aunque hay que hacerlas más alegres. Para tener algún referente, podríamos contratar a los organizadores de la Marcha del Orgullo Gay. Sobre todo al principio, que la gente estará muy desconcertada y no sabrá qué hacer con los capirotes de nazareno.

Y para que a los sevillanos no les dé un patatús cada vez que caen cuatro gotas, podríamos inventar una superstición que hiciera de la lluvia un buen augurio. Bastaría con decir que si llueve en mitad de la procesión, significa que va a ser un año de buenas cosechas y mucha felicidad. Aunque habría que añadir que si no llueve, no significa que el año vaya a ser malo. Que ya me veo yo a todos los andaluces rasgándose las vestiduras porque luce un sol de justicia. Por cierto, los andaluces no notarían mucha diferencia entre una fiesta y otra porque permitiríamos que siguieran existiendo cofradías y podrían rivalizar y odiarse durante todo el año mientras preparan la carroza más bonita de todo el desfile, o procesión, el nombre del pasacalles puede discutirse más adelante.

Esto no es nada más que el punto de partida para secularizar una fiesta que a todos nos gusta. En un mundo tan descreído éste es el camino que hay que seguir. Cada vez hay más gente que se casa por lo civil con el mismo boato que lo haría por la iglesia. Algunos padres han llegado a pedir comuniones por lo civil, con mucha razón, aunque así a bote pronto parezca una tontería. En muchas culturas se celebra el día que los niños dejan de serlo para pasar al mundo de los adultos. Aquí hay otra tarea pendiente: sustituir la comunión y la confirmación por ritos más acordes con nuestra sociedad.

Y por último, es lógico que este nuevo periodo festivo tenga un nuevo nombre. Entre otras cosas porque es posible que los católicos quieran seguir celebrando su fiesta y no les va a hacer ninguna gracia que les robemos el título. Yo la llamaría simplemente Semana de la Primavera o, mejor, Semana del Amor. ¿A que suena mucho mejor?

jueves, 12 de marzo de 2009

Qué bien pensado está el mundo: las drogas

Las drogas son maravillosas porque hacen felices a muchas personas. Y no me refiero solo a las que las consumen.

Las drogas son el camino más efectivo para evadirse de la realidad y el ser humano siempre ha sido de tomar atajos. Por eso es normal que la gente busque la felicidad absurda e inmediata que proporcionan ciertas sustancias. Lo malo en estos casos son los empachos de felicidad, que ya se sabe que las sobredosis son perjudiciales para la salud. Pero eso pasa con todo: si te zampas veinte tartas de golpe o echas veinte polvos seguidos puede ser que también revientes. Es lo que tiene la felicidad, que hay que dosificarla.

Y lo mejor de las drogas, lo que las hace más maravillosas, es que estén prohibidas. Tiene mucha más emoción consumir drogas si al mismo tiempo sabes que estás transgrediendo las leyes. Para los jóvenes sobre todo, que necesitan un subidón de adrenalina de vez en cuando. Por eso la prohibición de las drogas, paradójicamente, les beneficia. Los amigos de los estupefacientes, alucinógenos y opiáceos deberían oponerse siempre a su legalización. ¡Qué sería de la emoción de las drogas si ya no hubiera que ir a pillar de estrangis! Con lo bien que se lo pasa uno comparando las distintas remesas para saber cuál de ellas está más cortada. La adulteración de las drogas, por otra parte, es un elemento más de entretenimiento: como no las cortan siempre con los mismos productos y en las mismas dosis, al final siempre tienes mezclas diferentes con las que experimentar variadas sensaciones.

Los que consumen drogas (la palabra drogadicto la dejo para los que tienen galones), como decía al principio, no son los únicos que se benefician de ellas. Muchos parásitos del sistema, esos que se niegan a currar como todo hijo de vecino, tienen en el trapicheo de las drogas una salida digna. Y hay que dar gracias, que muchos, si no tuvieran esta fuente de ingresos, lo mismo andaban por ahí robando o vaya usted a saber, que el que no quiere trabajar casi siempre encuentra alternativas. También es cierto que no todos los que trapichean con drogas son este tipo de rémoras. Muchas veces las drogas sirven para que familias que lo están pasando mal de forma coyuntural consigan salir del bache. Por otra parte, muchos jóvenes industriosos , que no saben cómo canalizar sus inquietudes empresariales, encuentran en la distribución clandestina de sustancias alienantes una forma de realizarse. Entre los camellos también te encuentras a un montón de gente estupenda.

Las mafias son otro de los sectores más beneficiados. Por eso se han opuesto siempre a la legalización de las drogas. Si legalizaran la prostitución y las drogas tal vez se verían obligados a dirigir negocios legales, algo que siempre ha ido en contra de sus principios. Las grandes redes criminales necesitan la droga para ser fuertes económicamente. Los sistemas fiscales de los países democráticos son demasiado estrictos y siempre hacen falta canales alternativos por los que mover el dinero negro. Por otra parte, las drogas son siempre una inversión segura que sirve de base económica para sostener otro tipo de negocios más arriesgados, ya sean legales o ilegales, que estos individuos no ven ninguna diferencia entre unos y otros, como no sea la forma de gestionarlos, que los legales siempre requieren más trámites burocráticos.

Y no nos olvidemos de que muchos países poco desarrollados sobreviven gracias a los ingresos de la droga. Si la legalizaran, seguro que venían las grandes potencias y en un abrir y cerrar de ojos les quitaban de las manos el control de estos recursos naturales y de las industrias vinculadas a ellos. Muchos agricultores viven gracias al cultivo de drogas y, lo más importante, muchas personas desesperadas pueden intentar dar el golpe de su vida y salvar su situación pasando droga de contrabando en las aduanas. Estos viajes pueden ser para mucha gente la oportunidad de empezar una nueva vida.

Los políticos también tienen en las drogas una buena arma. Gracias a las drogas pueden rellenar expediente en lo que se refiere a la seguridad y a la salud de los ciudadanos. Para la Policía, la Guardia Civil o cualquier cuerpo de seguridad del mundo son un recurso muy importante. Atrapar a un criminal, a un atracador o a un ladrón de guante blanco es mucho más difícil e inusual que detener a un traficante de mierda. Los pequeños traficantes están por todas partes y siempre cae alguno. El gasto que ocasiona tener a muchos narcos entre rejas siempre puede compensarse con los ingresos extras que se obtienen con las multas que endosan a los consumidores de drogas incautos y con las sanciones que imponen los jueces a los condenados por tráfico. El sistema funciona.

Por otra parte, las drogas son siempre un argumento de peso para que los jueces autoricen a los cuerpos policiales a realizar escuchas telefónicas o para que les concedan órdenes de registro en los domicilios de los delincuentes. Gracias a los permisos que ha obtenido la policía para perseguir y espiar a los traficantes, se han descubierto, de rebote, crímenes mucho más terribles. No es que las drogas conduzcan a delitos más graves, que quede claro. Lo que sucede, y es lo normal, es que los delincuentes se sienten atraídos por este negocio tan lucrativo y tan libre de carga fiscales. Así que, en muchas ocasiones, puede ser como miel para atrapar moscas.

Es cierto que el Estado podría obtener unos pingües beneficios, vía impuestos indirectos, si legalizara las drogas. Se podrían construir grandes autopistas, hospitales con las últimas tecnologías y colegios bien equipados, pero para eso ya tiene el tabaco, el alcohol y los juegos de azar. Hay que diversificar los recursos. Las drogas tienen sus propias funciones sociales, como acabo de exponer.

No creáis que soy un iluso. También sé que las drogas tienen su parte mala (hay gente que no vuelve), pero una cosa por otra. Como el tabaco, el alcohol y otras sustancias legales, las drogas suponen muchos puestos de trabajo. Si consiguiéramos hacerlas desaparecer –no sé cómo-, mucha gente se quedaría en paro: policías, médicos, enfermeros, carceleros (perdón, funcionarios de prisiones), psicólogos, jueces, abogados, enterradores, etc. Por no hablar de los puestos de trabajo ilegales, que también cuentan: los camellos, los intermediarios, las mulas (que son los que cruzan las aduanas con los alijos escondidos), los que trabajan en laboratorios químicos clandestinos...

No hago distinción entre drogas blandas y duras porque todas cumplen igualmente su función social y aportan su granito de arena en esta sociedad que tanto las necesita.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Católicos de la media luna

(Después de escuchar una entrevista de Juan Eslava Galán en la que presentaba su libro “El catolicismo explicado a las ovejas”.)
Los católicos recalcitrantes –esos que no tienen la fe suficiente para soportar que les señales las absurdeces de su credo- intentan provocar a la desesperada a todos aquellos que cuestionan sus mitos y, sobre todo, las decisiones de sus líderes terrenales.

Últimamente he escuchado en varias ocasiones que algunos de ellos decían que los descreídos zumbones como yo somos unos pusilánimes. Dicen que no tenemos el valor suficiente para meternos con los musulmanes como nos metemos con ellos.

Yo no hago burlas con el islam porque para mí no son un problema cercano. Pago muchos más impuestos a los católicos. El islam, por más atentados que cometan sus iluminados hooligans, no son parte de mi mundo. Si no, también haría bromas con sus dogmas (aunque solo bromas veniales, que pienso que cada uno tiene derecho a creer en lo que le dé la gana siempre que a mí no me salpique).

Eso sí, no se me ocurriría bromear con ningún religioso que fuera a vengarse de mí moliéndome las costillas, que yo no soy ningún mártir. Los católicos recalcitrantes y fundamentalistas bien saben que esa sería la única manera de tenernos a raya. En el fondo, lo que pasa es que envidian a los fanáticos de la media luna porque aún puedan matar y torturar impunemente en muchos países, como otrora hicieron ellos por estos pagos.

lunes, 23 de febrero de 2009

La Callejuela

Jugamos en la calle como siempre. Justo después de comer. Para las horas que son somos muchos. Es un día especial. Vísperas de Carnaval.

Desde hace tiempo jugamos a juegos inventados por nosotros. Juan Antonio suele ser el que siempre tiene la iniciativa. Es un líder. No es el mayor. Creo que tiene diez años. Tampoco es el más alto. De hecho es particularmente bajito. Sin embargo es el más ingenioso. Tiene el pelo ensortijado, cara de pillo y los ojos le echan chispas cuando se enfada o cuando tiene una gran idea. No se enfada mucho, pero los ojos casi siempre están en ascuas.

Nos reunimos normalmente en la Callejuela, que es el sobrenombre que tiene la calle del Tamborilero. Es una calle tranquila, llena de puertas traseras. Solo tiene cierto trasiego cuando sale o entra algún tractor que va o viene de la labranza. La Callejuela es nuestra. Todos los juegos parten de allí, lo que no significa que solo juguemos allí. Vamos mucho también al Toledillo, que es la calle aledaña y que se llama realmente calle de Toledo. También vamos a la Plaza de España, que está a tiro de piedra, en la calle paralela a la Callejuela. Mi casa da a las dos calles. A veces jugamos también por las escuelas. Y en ocasiones el sitio de nuestros juegos es el pueblo entero, como si se tratara de un tablero gigante donde desplegar nuestra imaginación.

Se nota que es un día especial porque hay chicos que no se vienen normalmente con nosotros. Nuestro grupo siempre está abierto para todo el que quiera participar en nuestras aventuras. Hoy, por ejemplo, está por aquí Félix el Negro, que vive en la calle del Norte y que va a nuestra misma escuela. La mayoría vamos a las escuelas del Matadero, que no tienen ese nombre tan pavoroso porque sean terroríficas sino porque a su lado hay un matadero, que, eso sí, perfuma a rachas con aromas pestilentes los patios y las aulas, y que, de vez en cuando, ameniza la mañana con el hilo musical espeluznante de los gritos de los cerdos que son ejecutados. Creo que todas las escuelas de mi pueblo se llaman Miguel de Cervantes. Por eso hemos tenido que rebautizarlas con distintos apelativos: el Matadero, Cervantes, las Portátiles y San Marcos. Por la Callejuela también vienen algunos de los que van a las escuelas de Cervantes. Viven al lado, en la carretera que cruza el pueblo, que es donde desemboca la Callejuela.

Hace un tiempo estupendo para ser febrero. Serán unos Carnavales maravillosos. Luce el sol y muchos de nosotros incluso estamos sudando de tanto andar de acá para allá, de tanto correr, de tanto trastear. La tarde avanza y llega un momento en el que ya no sabemos qué hacer. Un punto muerto. Alguien propone ir a las afueras del pueblo. A veces el pueblo nos parece un tablero de juegos demasiado pequeño y tenemos que salirnos de él. Alguien propone ir a las Canteras del Oso Boris, que es como llaman a unas canteras de arena a las que suelen ir algunos a jugar desde hace tiempo. Creo que es Juan Antonio el que hace la propuesta. Y si no es él, da lo mismo. Juan Antonio quiere ir y ya no hay marcha atrás.

Llevo tiempo queriendo ir a esas canteras. Nunca he ido y me han hablado mucho de ellas. La verdad es que yo me junto con los chicos de la Callejuela solo a veces. Soy el mayor de todos. Corre el año 1985 y acabo de cumplir trece años. A los de la quinta de Juan Antonio, que son los que suelen ir a las canteras, les saco dos cursos. Un abismo. A veces me veo ridículo jugando a ciertos juegos y con chicos tan pequeños, pero es verdad que soy un poco infantil, que tengo cierto síndrome de Peter Pan y que lo sé y no me importa.

Algunos de los que están con nosotros no se vienen. Yo sí me apunto. No tengo nada mejor que hacer hasta mañana, que tocará disfrazarse por la mañana. Desde hace varios años salgo de mascarita con mis primos. A la expedición también se apuntan Reyes, Félix el Negro, Dani, Iván, y, por supuesto, Juan Antonio. Faltan muchos habituales de la quinta de Juan Antonio. Algunos tenían cosas mejores que hacer. Otros están mosqueados por no se qué discusión que han tenido. A un chico de la calle mucho más pequeño que nosotros Juan Antonio no le deja venir. Le dice que es demasiado enano o algo así. Lo que resulta absurdo. Con nosotros viene Iván, primo de Juan Antonio, que es más pequeño todavía. No tendrá más de siete años. Juan Antonio, como todo líder, a veces se comporta como un tirano. A saber por qué le habrá dicho a ese chico que no puede venir.

Cogemos la calle del Toledillo en dirección a las afueras. La salida del pueblo no está lejos. Al final de la calle está la ermita de San Antón y a partir de ahí, quitando cuatro solares y algunos talleres en el margen de la carretera, ya todo es campo abierto.

Al pasar al lado de la casa de mi amigo Félix Oliver (sí, en mi pueblo mi nombre no es muy original) pienso si no sería mala idea ir a ver qué hace. No se me ocurre invitarlo a la expedición. Sé que no se vendría. Félix es mi mejor amigo en la escuela, pero no sirve para las aventuras. Fuera de la escuela solo me voy con él si quiero jugar a algo tranquilo. Lo más arriesgado que hacemos juntos es jugar al fútbol. Yo tengo amigos para todo. Para las aventuras peligrosas puedo contar, por ejemplo, con mi primo José Esteban, que no sé dónde andará ahora mismo.

Cuando llegamos a la ermita de San Antón me detengo de forma inesperada. Me vuelvo. Voy a ver a Félix Oliver. Sé que lo que me va a ofrecer va a ser mucho más aburrido que lo que me espera con Juan Antonio y compañía, pero de repente me da mal rollo continuar. No sé, es posible que no quiera ponerme perdido de tierra. También es posible que mi aversión al campo me ayude a tomar la decisión. Mi padre me lleva mucho al campo para que le ayude en las tareas agrícolas y yo detesto la tierra, el sol y a veces hasta la misma naturaleza. Aunque es verdad que en otras ocasiones, sobre todo con José Esteban, no desprecio un aventura por pozos, arboledas y caminos prohibidos. La cuestión es que no sigo. Por lo que sea me doy la vuelta y les digo que ya iré en otra ocasión a ver las Canteras del Oso Boris, donde por lo visto Juan Antonio y compañía andan excavando unas cuevas alucinantes.

Voy a ver a Félix y tenemos una gran idea. Al final me alegro de no haber ido a las canteras. Nos vamos a casa de don Jesús Sánchez, que fue maestro nuestro el curso anterior y que tiene una mesa de ping-pong en la que nos deja jugar. Después de varias horas jugando, aunque no es tarde, decidimos que ya es suficiente. He perdido todos los partidos, pero no me importa. Es lo habitual. Supongo que los que juegan conmigo a cualquier deporte se tienen que aburrir más que yo dada la falta de emoción de los enfrentamientos.

La casa de don Jesús no está lejos del centro, que es donde vivimos, y es pronto, así que vamos por la calle tranquilamente. Félix dice que tiene que irse a cenar. Yo me quedo pensando en qué hacer cuando se vaya. Todavía no tengo ganas de volver a mi casa. En mi casa no hay una hora fija para cenar. Cada uno va cuando le apetece para desesperación de mi padre, aunque luego es el primero que no es serio y puntual con esa cita.

Bajamos por la calle del Santo y en la confluencia de esta calle con el Toledillo, que es la calle de Félix, y con la calle de la Plaza de España, que es la mía, vemos mucho revuelo de gente. Nos extraña, pero puede ser simplemente que es la víspera de Carnaval y que va a haber algún tipo de actuación en la plaza o que viene algún pasacalles.

Todavía no es de noche, pero está oscureciendo.

Antes de llegar a la confluencia de las tres calles me tropiezo con mi tía Rosario, que me dice un poco alarmada que mi madre me está buscando. Le digo a Félix que me extraña, que me parece raro. A mí nunca me buscan si no es para que me vaya con mi padre al campo. Y no son horas. Algo pasa. Ahora lo presiento.

El corazón me palpita fuerte cuando escuchamos los comentarios de la gente. Alguien dice que unos chicos se han matado en la arena, que estaban en una huerta o algo así, que están enterrados, que no saben si un chico ha muerto, que no se sabe quiénes son, que son varios, que lo mismo se han caído a un pozo, que dicen que se han ahogado...

Mi madre me encuentra. Pensaba que estaba con ellos, por lo visto habían comentado que me habían visto jugando con ellos, que me habían visto irme con ellos... ¿Qué ha pasado?, le pregunto. No sabe: los chicos en la arena, se han ahogado, enterrados, mi padre y otros hombres han ido a buscarlos...

La espera es angustiosa. Rondamos por las calles y vamos de grupillo en grupillo intentando enterarnos de algo.

Ya se ha hecho de noche cuando llega el primer muerto, el primero que ha sido identificado, el más fácil de reconocer: menudo y con el pelo ensortijado no podía ser otro que el hijo de Pilar y Dionisio. Lo llevan a su casa y todo el mundo se congrega alrededor. Yo no me puedo creer que Juan Antonio esté muerto.

Antes de la muerte de Juan Antonio viví otras dos muertes: mi abuelo Félix y mi abuela Felisa, el padre de mi madre y la madre de mi padre. Pero eran viejos. Y a mí entonces, aunque evidentemente me afectó que se murieran, mi precoz racionalidad me ayudó a encajar esos golpes porque entendía que era ley de vida.

Pero en aquel momento, con Juan Antonio de cuerpo presente, comprendo lo que es la muerte: un dejar de ser sin más en el momento más inesperado. La muerte puede llegar en cualquier momento y de la forma más absurda. Yo mismo podía estar muerto, pienso. Yo mismo podía ser uno de los muertos.

Alguien comenta que alguno de los chicos está vivo.

Pienso entonces que podría haberme salvado. O que tal vez los hubiera salvado a todos. No por mis inexistentes superpoderes, sino porque mi mente excepcionalmente racional de trece años me hace comprender que si yo hubiera ido, un nuevo elemento habría entrado en juego y puede que nada de todo aquello hubiera sucedido. Todo podría haber sido de otra manera.

Dicen que Reyes está vivo, pero que será imposible que hablemos con él ahora. Ni siquiera nos acercamos a su casa.

El otro muerto que es rápidamente identificado es Iván. Porque era muy pequeño y porque todos sabían que iba con su primo. Dicen que Iván, al ser tan menudo, no debe de haber sufrido. Probablemente murió en el acto.

Luego hay un cuerpo que nadie es capaz de identificar. Creo que dicen que está en el Ayuntamiento. Nadie sabe quién es ese chico. Yo pienso que tiene que ser Félix el Negro porque comentan que no es Dani. Los vecinos de Dani han ido para que su madre se quede tranquila y le han dicho que no es. Ya aparecerá. La inquietud de la madre, de todas formas, no desaparece. Dani es un chico bueno y responsable y no es normal que no sepa dónde anda a esas horas.

Yo no digo nada. Todo el mundo me ignora y yo no digo nada. Estoy demasiado asustado y no tengo la edad suficiente para tener ningún tipo de iniciativa. Yo sé que tiene que ser Félix el Negro.

Media hora más tarde vamos hacia la casa de Dani. Dicen que lo llevan para allá, que finalmente sí era él el cadáver sin identificar del Ayuntamiento. No sé por qué estamos presentes mientras entran el cadáver en un dormitorio ni cómo es posible que nos dejen a los niños contemplar esa escena, pero ahí estamos viendo un cuerpo amoratado y deformado que difícilmente podemos reconocer. Dani era solo un año menor que yo. Tenía una complexión más fuerte que Juan Antonio y parece que ha sufrido mucho más. Tiene las manos destrozadas de su batalla cuerpo a cuerpo con la muerte.

Yo no entiendo nada hasta unas horas más tarde. Entre todos vamos atando cabos. La información no deja de llegar, pero con cuentagotas. Poco a poco vamos completando el puzle.

Estaban excavando una cueva en la pared de una cantera abandonada o medio abandonada (nunca quise ir allí después de aquello). El agujero ya tenía que ser bastante profundo y estaban emocionados. No sé dónde querrían llegar. En el fondo del agujero se afanaban todos con palos y otros instrumentos rudimentarios mientras de vez en cuando iban sacando la arena. Félix tiene que ir a hacer sus necesidades y sale. Juan Antonio echa de menos uno de sus palos y le da una orden a Reyes, también primo suyo, para que vaya a buscarlo. Reyes obedece y en ese momento toda la pared se desmorona sobre sus cabezas como un gran alud de tierra. Dani, Iván y Juan Antonio desaparecen debajo de la nube de polvo. Reyes se queda atrapado de cintura para abajo y siente la opresión de la tierra, que amenaza con cortarle la respiración. Félix está fuera y no sabe qué hacer. Va hacia donde estaban los otros chicos, se sumerge entre el polvo y desesperado coge un par de puñados de arena con la mano, le pregunta a Reyes si está bien, llama a voces a los otros chicos, quita unos puñados más de arena para intentar sacar a Reyes y entonces comprende que necesita ayuda, que solo con sus manos no logrará quitar tantos metros de tierra. Están al lado de la carretera y además cerca hay una gasolinera. Corre hasta allí y atropelladamente le cuenta a un par de hombres que sus amigos se han quedado sepultados bajo la tierra. Antes de que el chico se dé a la fuga, le preguntan quién es. Dice que Raimundo, el hijo de Raimundo Pelotos, que es su vecino. La imaginación no le da para más. Si su madre se entera de que ha salido al campo, lo mata. Vuelve corriendo al pueblo y se mete en el cine, aunque la película hace rato que empezó.

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A los de mi generación nos costó comprender aquello. Tardé mucho tiempo en asimilar que estos chicos hubieran dejado de existir. Sobre todo Juan Antonio, que era con el que tenía una relación más estrecha y que, como buen líder, tenía sobre mí cierto poder de fascinación. A mí me pilló en una edad en la que ya empezaba a dejar de jugar, al menos a los juegos infantiles de la Callejuela. Pero no volví por esa razón. Nunca volví a jugar en la Callejuela porque los chicos dejaron de ir allí. La Callejuela se esfumó con Juan Antonio y allí solo quedaron unas cuantas portadas de las que salían y entraban cansinamente los tractores. Luego vinieron generaciones que ya no jugaron tanto en la calle. O que preferían la plaza u otros emplazamientos con más encanto.

Recuerdo que por entonces ya sabía que quería ser escritor y que me prometí a mí mismo que algún día escribiría alguna historia inspirada en Juan Antonio para poder dedicársela. No he sido capaz de recordar ninguno de sus maravillosos juegos liberados de todo tipo de patente, software libre que todo el mundo podía utilizar. Así que no me ha quedado más remedio que contar su trágico final. Todos los años, cuando llega el Carnaval, me acuerdo de aquel terrible día en el que comprendí lo que era la muerte. Aquel año se suspendieron los Carnavales en mi pueblo.

Suelo escribir sobre cosas que he vivido, o al menos basarme en ellas para inventar mis ficciones, pero siempre necesito tiempo y perspectiva para poder hacerlo. A veces necesito muchos años para poder escribir sobre alguna vivencia. En esta ocasión han sido veinticuatro años. Y tengo que reconocer que lo he pasado mal mientras escribía este relato. Lo he contado como malamente lo recuerdo. Podría haber recopilado información fidedigna sobre aquel acontecimiento o haber hablado con algunos de los que participaron en la historia, pero no tengo cuerpo para pasar ese mal trago. Creo que con esto vale para cumplir mi palabra.


A Juan Antonio, in memoriam.