jueves, 19 de marzo de 2015

En la inauguración del sepulcro de Miguel de Cervantes

(parodia de un conocido soneto con estrambote del autor inmortal)

No dudéis que me asombra la belleza
del sepulcro que guarda en esta villa
el fémur, la tibia y una costilla
del manco de Lepanto sin cabeza.

Millones de turistas con certeza
vendrán a contemplar la maravilla
y en ninguna terraza habrá una silla
libre para tomar tapa y cerveza.

Seguro que los huesos de este muerto
darán más beneficios que el legado
de Sancho, Rocinante y don Quijote.

Y después la alcaldesa dijo: "Es cierto
todo lo que el ministro os ha contado,
y si alguien lo cuestiona, es que es un zote."

Luego dieron un bote,
llevaron al ministro hasta la entrada,
cortaron una cinta, y no hubo nada.

sábado, 14 de marzo de 2015

Cuentos con moraleja: la fábula del viento y el sol

Hace mucho tiempo que no aparece en esta sección una fábula del viejo Esopo. Hoy me apetece recuperar una que seguro que casi todos conocéis:

Un día discutieron el viento y el sol porque no se ponían de acuerdo en quién de los dos era más poderoso. El viento, que era muy orgulloso y siempre andaba presumiendo de su fuerza, se atrevió a proponerle al sol una prueba para salir de dudas. La prueba consistiría en arrebatarle a un caminante que pasaba el abrigo que llevaba puesto.
    Como el hombre llevaba el abrigo desabrochado, casi lo pierde con las primeras embestidas del viento, que empezó a soplar con todas sus fuerzas. Pero el caminante lo agarró con las manos y a duras penas consiguió abrochar los botones. El viento no se rindió y siguió soplando con mayor empeño. No le sirvió de nada. El hombre se refugió detrás de una roca y esperó a que acabara aquella ventisca.
    Cuando el viento se dio por vencido, el sol empezó a lucir, primero con moderación, pero lo suficiente para que el hombre abandonara su refugio y desabrochara los botones de su abrigo. Luego el sol fue aumentando la intensidad de sus rayos hasta que consiguió que el caminante no solo se quitara el abrigo, sino también todas sus ropas. Acabó dándose un baño en un río que encontró en su camino.

Las chicas y mujeres musulmanas que cubren sus cabezas con el hiyab siempre me traen a la memoria esta fábula. Cada vez que las veo, no puedo evitar pensar por qué se condenan a llevar una prenda que esconde parte de su belleza. A algunas las obligan sus familias, pero otras lo hacen por decisión propia. Eso es lo que me preocupa y desconcierta.

Sé que la fuerza no serviría para quitarles el velo islámico, que seguro que sujetan con decisión cuando sopla el viento. No serviría ni con las que llevan el velo islámico ni mucho menos con las pobres que han decidido enterrarse en vida bajo un burka. Por eso siempre termino preguntándome qué tipo de sol nos haría falta para que fueran ellas mismas las que quisieran descubrirse y dejar que sus hermosos cabellos de azabache cayeran libres sobre sus hombros.

viernes, 27 de febrero de 2015

Oración

Señor, tú que estás ahí en la nada,
absurdo y tonto como la policía
municipal, en el limbo de las cosas
inventadas, en la mente de los que
ahorran en psiquiatras, en el reverso de
la carpeta de los políticos, en la homilía
de millones de párrocos (que todos son
curas, sean de una u otra religión, y
tienen su ascua y su sardina), en la
bandera de los fascistas que necesitan
una justificación, en el escondite de los
cobardes que no tienen huevos a colgarse
de una viga, en la blasfemia (cuya
práctica reduce el estrés), en la respuesta
del ignorante licenciado por la
universidad pontificia de no-sé-dónde,
en el orgullo de ser seres creados a
conciencia (que no somos partículas
salidas de la nada, así al tuntún, no
vayamos a pensar), en las comidas
bendecidas de tantos infelices, en las
horas absurdas de tantos hombres y
mujeres inanes, en todas partes, que para
algo eres ubicuo, yo te condeno a vivir
eternamente entre nosotros, sin ser ni
causa ni fin ni esencia ni hostias, solo
para que sirvas de herramienta a todos
esos seres desgraciados que se supone
que deberías haber creado.

                                        De Intimátum

sábado, 21 de febrero de 2015

Los conversos

En Los nietos del Cid, Andrés Trapiello describe a Ramiro de Maeztu como un tipo violento que pasó de tener ideas anarcosindicalistas radicales en su juventud a ser defensor del fascismo de corte más agresivo en su edad provecta. De todo esto infiere Trapiello que “Maeztu era un hombre violento con veinte años y siguió siéndolo con sesenta”, es decir, que cambió de ideología sin dejar de ser él mismo. Valle-Inclán, que compartió con él generación, dio un giro parecido, aunque en sentido inverso, pasando de ser carlista durante gran parte de su vida a adquirir, ya cincuentón, una supuesta conciencia social que le llevaría a coquetear con las ideas marxistas. Y todo eso sin cambiar de vida ni afeitarse las barbas ni buscar otro sastre, que en ningún momento Valle-Inclán dejó de ser lo que siempre había sido, esto es, un tipo raro y extravagante, un esteta.

Y es que a lo mejor los conversos, aunque cambian de bando y ellos mismos terminan convencidos de que su conversión solo es comparable a la de Saulo de Tarso, no dejan de ser lo que fueron por solo embadurnar su cara de paletadas de maquillaje ideológico. A mí siempre me han parecido tipos de los que te puedes fiar poco, y pienso ahora en gente de nuestros días, como Federico Jiménez Losantos, Gabriel Albiac, Fernando Sánchez Dragó o Jorge Vestrynge, cada uno dando el giro en un sentido u otro, que eso viene a ser lo mismo, aunque es cierto que los que con la edad se radicalizan hacia la izquierda, como Valle-Inclán o Vestrynge, aparecen con menos frecuencia que el cometa Halley.

De cualquier forma, a mí unos y otros me inspiran recelo. El converso es ese tipo que, tras la particular epifanía en la que encuentra el camino de la verdad, se vuelve un intransigente que suele mirar con desprecio o, si hay suerte, con compasión a todos los infelices que no comparten sus ideas. Muchos son tan cargantes como esos exfumadores que se pasan la vida sermoneando a los que se niegan a abandonar el vicio. No es raro que los conversos se dirijan con tono sarcástico y burlón a los que piensan como pensaban ellos cuando eran jóvenes. Ni que intenten humillarlos en público si tienen ocasión. A veces se diría que quieren vengarse de sí mismos, de su yo del pasado, que ahora les parece un idiota inmaduro que les dejó en su expediente una mancha indeleble que deben arrastrar como un estigma vergonzoso. Quizá la mala baba que algunos se gastan solo sea la forma de canalizar el rencor que sienten hacia sí mismos.

Es una pena que no se den cuenta de que su cambio radical de ideología no impide que sigan siendo lo que siempre han sido: tipos que se desviven por imponer su pensamiento a los demás, sin importar demasiado si ese pensamiento es de un signo u otro. Si hubieran aprendido algo de sus errores pasados, deberían haber comprendido que tras el desengaño que uno siente cuando se separa de una ideología, la salida más airosa no es la traición ni el transfuguismo, sino el escepticismo y la renuncia. Pero hace falta algo de humildad para reconocer que si te equivocaste una vez, podría volver a sucederte.

miércoles, 28 de enero de 2015

Cuentos con moraleja: el chiste del loco que se creía Napoleón

Hoy me apetece rescatar un clásico del humor por el que siempre he sentido especial devoción:

En un psiquiátrico, un loco se acercó a otro con aire misterioso y este, intrigado y expectante, se quedó observándolo a ver por dónde salía. Había cambiado desde la última vez que se habían encontrado en los pasillos del hospital. Nunca antes lo había visto con un gorro de papel en la cabeza ni con la mano pegada al pecho.
    –¿A que no sabes quién soy? –le preguntó el loco del gorro de papel al otro.
    –Pues no. Ni idea. Creo que nunca hemos hablado ni nos han presentado.
    –Yo soy Napoleón.
    –¿Estás seguro?
    –Claro que sí. Me lo ha dicho Dios.
    –Eh, cuidado –objetó el otro–,  no te inventes las cosas que yo no te he dicho nada.


Esta breve historia vendría a demostrar lo difícil que sería poner de acuerdo a dos creyentes que han concebido la existencia de Dios desde perspectivas diferentes, algo que no deja de suceder entre todas las religiones y la multitud de sectas que conforman el inmenso collage de la religiosidad. Y si eso os parece difícil, imaginaos el reto que supondría intentar convencer a unos y a otros de la posibilidad de que todos ellos estuvieran equivocados.

Por eso, los que no creemos en ningún dios tenemos que resignarnos y conformarnos con que los creyentes se tomen la religiosidad como algo íntimo y privado que no nos implique ni salpique al resto. Los conflictos con los religiosos suelen empezar cuando los creyentes intentan imponer sus ritos, costumbres y creencias a los demás. A mí particularmente me da igual que haya gente que desfile en procesión, que peregrine a la Meca o a Lourdes, que vaya a misa los domingos, que descanse los sábados, que crea que las vacas son sagradas, que no coma cerdo, que no aborte en ningún caso o que no haga dibujos de Mahoma. Lo que no puedo tolerar es que intenten imponernos todo eso a los que no pensamos como ellos. Porque llegados a ese punto, la cosa siempre acaba pasando a mayores. Hoy sucede especialmente con los islamistas radicales que imponen sus leyes en los territorios que controlan y con los alucinados –de acuerdo con que no son todos– a los que les da por pensar que su Dios les ha ordenado que castiguen a los herejes e infieles y se van a matar humoristas, dibujantes, escritores o directores de cine. Los crímenes de Charlie Hebdo tienen antecedentes muy recientes que están en la mente de todos, como el asesinato del cineasta Theo van Gogh o la fatwua que condenaba a muerte al escritor Salman Rushdie. Y sí, vale, entiendo que detrás de todo esto de la yihad hay cuestiones políticas, económicas y sociales que hacen que el problema no tenga solo una dimensión religiosa. De acuerdo. Pero usar la religión como justificación de la barbarie y convertirla así en la munición con la que se ejecuta a personas inocentes me parece tan reprobable e ilícito como el uso de armas químicas o de armas de destrucción masiva.

Si de momento no escuchas psicofonías dentro de tu cabeza ni piensas que Dios te ha envidado ningún libro de instrucciones para convertir tu vida en la gymkana que te llevará al Paraíso, eso que llevas ganado. Aunque no es bueno emocionarse, que la vida es larga y ninguno estamos a salvo de la llamada de la divinidad. Bien lo saben los que juegan la carta trucada del agnosticismo. Y es que la idea de Dios no nace de la falta de inteligencia ni de la predisposición genética de ciertas personas hacia lo trascendente, sino del miedo ontológico, de la angustia que nos produce no saber qué cojones significa todo esto, de la cobardía para aceptar que tenemos fecha de caducidad y que no seremos eternos. No solo miedo, algo de vanidad debe de haber también en todo eso.

Por cierto, si alguien piensa que he llamado locos a los creyentes, creo que se equivoca al interpretar la historia. Sería como si os contara la fábula de la zorra y las uvas y me acusarais de estar llamándoos zorras, o si pensarais que os estoy llamando cerdos por referir el cuento de los tres cerditos. De cualquier forma, si la creencia en Dios fuera algún tipo de locura, los creyentes no tienen por qué preocuparse. Se trataría de una patología muy extendida y perfectamente aceptada por la sociedad. Hasta tal punto que han conseguido que los que no pensamos como ellos parezcamos los raros.

#JeSuisCharlie

domingo, 11 de enero de 2015

Los Impresentables vuelven a El Internacional

Aquí llega la segunda convocatoria de este encuentro poético que Alicia Es. Martínez, Óscar Aguado y yo imaginamos una de nuestras noches épicas en El Internacional. Os animo a todos a venir porque habrá poesía con mucha clase y desparpajo, y además Carlos Ávila nos cantará algunas de las mejores canciones de su repertorio. Esta vez me quedaré entre bambalinas coordinando la actuación, pero seguro que me sentiré como un impresentable más.


domingo, 28 de diciembre de 2014

Optimismo

Quién nos iba a decir hace solo unos meses que 2015 se iba a presentar con una cara tan amable, tan cargado de ilusión y alegría. Lo hemos pasado mal y ha sido duro, pero por fin hemos salido de la crisis. Esta vez de verdad. Ahí están los indicadores macroeconómicos que demuestran que lo peor ha pasado y que lo mejor está a la vuelta de la esquina. Casi se puede oler ya esta nueva era de prosperidad que nos espera después de las doce uvas. Es como si la primavera se hubiera anticipado y todas nuestras esperanzas volvieran a florecer con bríos renovados.

Se acabaron las manifestaciones, las huelgas y las protestas en general. Y no por el miedo a la mal llamada ley Mordaza, sino porque no habrá ninguna justificación para rodear el Congreso, tomar las plazas o invadir las calles inopinadamente. A nuestro querido presidente del Gobierno no le cabe ninguna duda y a la prensa más objetiva e imparcial tampoco. Ahí están periodistas de raza como Francisco Marhuenda para certificarlo. Muchos de los que se han metido con él durante estos últimos años deberían pensar en ir pidiéndole disculpas, que la realidad, que es obstinada y pertinaz, ha terminado dándole la razón. Este prohombre del periodismo, que nunca flaqueó y que, contra viento y marea, siempre mantuvo su fe en el Gobierno, nos ha dado una gran lección de la que tendríamos que sacar muchas conclusiones.

Sí, ya sé que muchos de vosotros aún sois escépticos y que creéis que el Gobierno intenta tomarnos el pelo. Seguro que me vais a decir que sigue habiendo gente rebuscando en los contenedores, que hay colas interminables en los comedores sociales, que continúan los desahucios, que el paro apenas ha bajado y que mucha gente que trabaja no gana ni para comer. Todo eso no se puede negar, pero lo único que sucede es que no sois capaces de ver más allá de vuestras narices porque los árboles os impiden ver el bosque. ¿Es que no os dais cuenta de que todo eso no es sino el rastro que deja a su paso la tormenta? Pero no hay que perder la calma porque la tormenta ya pasó y España es un ave fénix que está resurgiendo de sus cenizas, mal que les pese a los agoreros. Ahí tenéis los irrefutables e impepinables indicios que lo demuestran. Se acabaron los recortes. El Gobierno acaba de elevar en tres eurazos el sueldo mínimo interprofesional y ha subido las pensiones un 0,25%. No hay más ciego que el que no quiere ver.

Con un poco de paciencia muy pronto veremos los frutos granados de la nueva reforma educativa. En 2015 se implantará en secundaria y seguro que es todo un éxito. Puede que incluso esta sea la oportunidad para que Froilán se saque por fin la ESO y emprenda una exitosa carrera como promotor de fiestas en la Joy. El PP siempre se ha preocupado mucho por ofrecer oportunidades a la juventud con inquietudes. Solo hay que fijarse en lo bien que se han portado con el Pequeño Nicolás. Qué bonito sería que el PP convocara el próximo curso las becas “Pequeño Nicolás” para jóvenes emprendedores.

Y se acabó la preocupación ciudadana por la corrupción. Que sí, que ha existido, eso no lo vamos a negar. Pero es una lección aprendida de la que solo quedan ciertos remordimientos y el propósito firme de no volver a repetirlo. Con solo ver la nueva ley de transparencia del PP queda claro que ellos, especialmente, han quedado totalmente escarmentados. Puede que en el pasado hayan estado más pringados que el resto, pero por eso mismo también han sido el primer gobierno que ha tomado medidas drásticas para extirpar la corrupción de raíz. Ningún partido como el PP a la hora de colaborar con la justicia y dejar que los jueces actúen con rigor e imparcialidad.

Pero como de desagradecidos está el mundo lleno, seguro que hay por ahí gente que les pone alguna pega. Pues no pasa nada, que para eso vivimos en democracia, disfrutamos de un Estado de derecho y podemos manifestar libremente nuestras preferencias en las urnas.

Para todos los quejicas, el 2015 trae un montón de elecciones democráticas en las que habrá opciones estupendas para todos. ¿Que eres de poca aventura pero estás desencantado del PP? Pues ahí tienes al UPyD de Rosa Díez y a los Ciudadanos de Albert Rivera, que no son ni de izquierdas ni de derechas sino todo lo contrario pero al revés, que no es lo mismo.

¿Qué eres un nostálgico de la izquierda de toda la vida porque te gusta el olor a naftalina y la moda vintage? Pues ahí están Pedro Sánchez y Alberto Garzón, que vienen a ser lo mismo que cuando cambiaron el dibujo del bote del Cola Cao y dejaron dentro el producto de toda la vida, que la gracia del Cola Cao auténtico está en que haga grumos para comértelos a cucharadas antes de apurar la leche. Las cosas que están bien no hay por qué cambiarlas.

Pero que no se preocupen los amantes de las novedades, que 2015 les tiene reservadas grandes emociones. De hecho, todo apunta a que Podemos puede ser la gran sorpresa electoral. Multitud de fenómenos paranormales y algunas encuestas del CIS parecen anunciar que Pablo Iglesias se hizo hombre para derrotar a la casta y redimirnos a todos de la tiranía de los banqueros y los grandes empresarios. Que nadie dude de él, que, si las circunstancias lo requieren, convertirá el agua en vino y multiplicará los panes y los peces.

Solo preveo un mal año para los nacionalistas e independentistas. En cuanto los catalanes y los vascos vean lo bien que nos va, no habrá ni uno que quiera irse de aquí. A lo mejor tendríamos que hacer un referéndum a nivel nacional para decidir si les damos la patada y nos los quitamos de encima. Aunque solo fuera para darles un susto y echarnos unas risas.

Y es que lo de votar está bien, pero dentro de un orden. ¿O es que acaso nos ha hecho falta votar para tener un monarca cojonudo? Hay cuestiones que más que democracia lo que requieren es una buena estrategia de jugador de ajedrez. Para dar jaque a sus hermanas, a la tonta y a la listilla, solo tuvimos que mantener una ley de sucesión que las descartaba por ser mujeres. ¿Acaso alguien protestó por un caso de discriminación tan palmario? Pues no. Porque Felipe era el heredero que a todos nos gustaba: alto, guapo, educado, romántico… Resumiendo, un príncipe de esos que salen en los cuentos. Y listo donde los haya. Ni se os ocurra jugar con él al Tabú, que es un crack. El otro día se tiró quince minutos hablando en televisión y no dijo ni una de las palabras prohibidas.

En 2015, hasta la Iglesia va a parecer otra. Se acabaron los escándalos de pederastia y las sectas sicalípticas. El papa Francisco exorcizará todos los males de su grey y la dejará más inmaculada que recién salida del confesionario. Ya era hora de que llegara un papa que se pusiera de parte de los pobres. Seguro que pronto empieza a subastar las riquezas del Vaticano para dar de comer a todos los necesitados del planeta. Su humildad nos ha dejado a todos pasmadísimos, y no solo porque sea papa sino muy especialmente por tratarse de un argentino. Nunca habíamos visto algo así. No me extrañaría que más pronto que tarde renunciara a su cargo de jefe de Estado y convirtiera la teocracia vaticana en una comuna anarquista.

¿Y qué me decís de Estados Unidos? Obama ha terminado con el bloqueo a Cuba y se supone que por fin cerrará Guantánamo. No me parece poco. Aunque tengo que reconocer que el panorama internacional sí me tiene algo preocupadillo. Sigo viendo muy cabreados a los yihadistas y supongo que el problema no tiene fácil solución. Es gente que se queja de vicio y eso tiene mal arreglo. No sé a qué viene tanta mala hostia con lo bien que les va. Cada vez controlan más territorios y ya tienen hasta califa y todo. Fíjate que me da que 2015 para ellos no va a ser mal año.

En fin, espero que todos mis buenos augurios se cumplan y que 2015 os dé a todos lo que os merecéis.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Little Miss Sunshine

Little Miss Sunshine es la historia de una familia de fracasados que llevan a Olive, la hija pequeña, a un concurso de belleza para niñas. Y no lo hacen por vanidad, como tantos otros padres, sino porque a la niña le hace mucha ilusión y creen que tienen que apoyarla. La película se convierte en una odisea con formato de road movie en la que los personajes recorrerán más de mil kilómetros para llegar, tras muchas tensiones, peripecias e imprevistos, a Redondo Beach, la sede del concurso. Allí descubrirán que el concurso es, además de hortera y delirante, totalmente inaccesible para Olive, una niña graciosa, bajita, gordita y cuatro ojos. Antes de que salga al escenario, comprenderán que no tendrá nada que hacer frente a unas niñas que parecen recién salidas de la casa de la Barbie: altas, guapas, estilizadas y con un montón de habilidades insólitas. Para mí este es el mayor acierto de la película, el que consigue que los espectadores se identifiquen con la situación al mostrarnos el éxito como una competición fuera de nuestro alcance y, al mismo tiempo, hacernos comprender que ese tipo de competiciones son algo vacío, afectado, ridículo, que poco o nada tienen que ver con la vida.

Olive solo es una niña ingenua e inconsciente que sueña con participar en un concurso de belleza y sería cruel acabar de golpe con sus ilusiones. Es mucho mejor que salga al escenario, que reviente el concurso y que escandalice a todo el mundo con su baile sicalíptico y procaz. Por eso todos estamos con su familia cuando suben al escenario para bailar con ella y apoyarla.

La única vez que sentí orgullo patrio viendo un concurso fue cuando mandamos a Rodolfo Chikilicuatre a fastidiar el Festival de Eurovisión. Yo fui uno de los que votó por SMS para que nos representara y fuera allí a darles una patada en el culo a los que organizan ese espantoso concurso. Fue de las pocas veces en mi vida que vi Eurovisión y esperé con impaciencia la aparición del representante español. Cuando comenzó su actuación, sentí que yo también estaba allí, en el escenario, con Chikilicuatre, perreando sin parar, tocando la guitarrita de juguete y bailando el brikindans, el crusaíto, el maikelyakson y el robocop.

sábado, 1 de noviembre de 2014

El día de difuntos de 2014

(Paráfrasis o parodia de Larra.)

Supongo que hubo un tiempo –ya ni me acuerdo– en el que me sorprendía por todo lo que tiene que ver con este país: la ineptitud de la clase política, su latrocinio continuado, la necedad de los electores, su pasividad a la hora de pedir dimisiones y reformas profundas… Hoy, día de difuntos de 2014, ya no me sorprende nada. Con la mitad de casos de corrupción que se han destapado últimamente, deberíamos estar, como poco, en la antesala de unas elecciones anticipadas. Pero ni la oposición las pide con la vehemencia necesaria ni la gente sale a la calle a exigirlas por la fuerza. Estamos tan acostumbrados al bochornoso espectáculo de esta lamentable clase política como a ver las miserias de África a la hora de comer. Puede que en algún momento estuviéramos indignados, no lo dudo, pero desde hace tiempo el significado de ese término debe de haberse suavizado. He ahí un término que los académicos deberían haber revisado en la última edición del diccionario de la RAE. Yo habría propuesto lo siguiente: “Dícese del que finge estar muy cabreado con la situación política y no hace nada para cambiarla”. Lo sé muy bien porque yo mismo soy un indignado.

Hace un par de días entré en un estado cercano a la depresión. No sabría decir exactamente por qué, pero sé que me sentía como el interino que lleva tres o cuatro años sin trabajar, como el emigrante español que se va a Alemania siguiendo los pasos de su abuelo, como el inmigrante que se jugó la vida en la valla de Melilla para terminar explotado en régimen de pseudoesclavitud en la finca de algún terrateniente andaluz o como el corrupto que atraviesa el umbral de Soto del Real pensando que es injusto que entre tantos de su misma ralea le haya tenido que tocar a él.

En esas circunstancias, no pude tener peor idea que acercarme a mi pueblo. Si a mi pueblo le pusiéramos una tapa de pino en el lugar del cielo, sería lo mismo que un inmenso ataúd. Anduve recorriendo sus calles a las siete de la tarde y tuve la sensación de caminar por un pueblo fantasma, o por los escenarios donde a veces se ruedan mis pesadillas. Casualmente, pasé por una parte del pueblo donde yo jugaba mucho de niño y me sorprendió ver que ya no había chavales en la calle. Los imaginé en su casa mandando Whatsapps o yendo a todas esas actividades programadas que tanto les gustan a los padres. Casi no me crucé con nadie mientras admiraba las ostentosas viviendas que se construyeron en los felices años de la burbuja inmobiliaria y los muchos solares con vallas de metal que durante las próximas décadas afearán casi todas las calles de España. Aunque ya se iba haciendo de noche, muchas de las casas estaban a oscuras. Intenté calcular cuántas casas de mi pueblo están deshabitadas la mayor parte del año y me perdí en la cuenta. Cada vez son más los que se van. No hay futuro para un pueblo que vivía en gran medida de la construcción y de las fábricas de puertas, que saltaron por los aires en el instante que explotó la burbuja. En el centro del pueblo, en la plaza, algunas madres vigilaban a los pocos niños que jugaban en el parque infantil. En los bancos, algunos viejos miraban sin emoción pasar la poca vida que pasaba. En los bares no había casi nadie. Miré la iglesia. Unos meses antes estaba de reformas. Pensé en pasar a ver qué habían hecho, pero no lo hice. Me parecía una broma de mal gusto que la iglesia fuera lo único que había mejorado desde mi última visita. En una extraña asociación de ideas, me acordé de la gran aportación de nuestro joven alcalde al embellecimiento del municipio: un breve y espantoso monumento a la bandera española en la plaza, supongo que para reafirmar nuestro sentimiento patriótico. Como los que le precedieron, ni se ha planteado quitar de la plaza el monumento a los caídos por Dios y por España. También debe de ser algo muy patriótico. Como se acercaba el Día de Todos los Santos y tenía la sensación de que me faltaba el aire dentro de aquel ataúd, decidí salir corriendo de allí antes de que a alguien se le ocurriera ir a visitarme con una corona de flores.

Volví a Toledo todo lo rápido que pude, entré en mi casa y con un gran alivio cerré la puerta a mis espaldas, como si viniera huyendo de una hueste de walking dead. Momentáneamente me sentí a salvo.

Hoy, sin embargo, me doy cuenta de que haber escapado de un ataúd no me ha servido para salir del cementerio. Y en estos momentos pienso en esos infelices que salen de sus casas para acudir a los cementerios a ver a los muertos. No se dan cuenta de que para cumplir con el rito de ir a ver a los muertos les valdría solo con buscar un espejo. Y si quieren ver zombis caminando torpemente, yendo a ninguna parte, confusos y desconcertados, solo tienen que abrir las ventanas y mirar a los que pasan. Porque estamos rodeados. Cada pueblo de España no es nada más que un sepulcro. Cada ciudad, una inmensa colmena de nichos. El país entero, un cementerio. Quizá para disuadir a los que intentan saltar las vallas de Melilla solo habría que hacerles ver que lo que intentan sortear son las tapias de un enorme cementerio.

Miro los titulares de los periódicos y tengo la sensación de estar leyendo epitafios.

Veo a muchos de nuestros gobernantes corruptos intentando defenderse con el argumento de que todos roban, sin darse cuenta de que incluso dentro del crimen podemos hacer rankings.

Veo a políticos que dicen que la economía española está despegando mientras no deja de aumentar el número de personas que pierden sus casas y van a los bancos de alimentos.

Veo que los políticos que se llaman a sí mismo liberales han sido funcionarios toda su vida y entienden que ser emprendedores es privatizar lo que es de todos y conseguir adjudicaciones de servicios públicos mediante sobornos. Y sabemos que no van a parar hasta expoliarlo todo.

Veo que algunos quieren dejar de ser españoles sin darse cuenta de que para lograr algo así no basta con cambiar de himno y de bandera, ni mucho menos con poner otra tapia para construir su propio cementerio.

Veo la palabra constitución en manos de los que nunca creyeron en ella, salvo cuando se dieron cuenta de que podrían pervertirla para sus intereses.

Veo cómo los grandes empresarios y los banqueros tratan a los políticos como si fueran marionetas y exigen, con el arte del ventrílocuo, que los obreros tengan los mismos derechos y usos que un Kleenex, y que los pequeños empresarios se acostumbren a vivir de sus desechos.

Veo a jueces corruptos que apoyan a los suyos a cambio de prebendas mientras que hay otros jueces condenados por prevaricación por perseguir a tipos poderosos que comparten vajilla y mantel con los ministros.

Veo a algunos periodistas vendidos al poder. Y a otros como simples escribanos que acuden al trabajo a copiar ruedas de prensa sin molestar demasiado.

Y veo a algún corrupto que es detenido como cabeza de turco para distraer a la opinión pública. Es una táctica común de la mafia mejicana. De vez en cuando dejan que caiga uno de los suyos para que la gente crea que la policía, que está a sueldo de las mafias, hace su trabajo.

Que estemos todos muertos y nos hayamos convertido en zombis es la única explicación que encuentro para que no salgamos a la calle, en masa, a reventarlo todo, a poner este país patas arriba para poder empezar a ordenarlo de nuevo. Me gustaría pensar que hay algún superviviente que ha sobrevivido a la invasión zombi, pero en el corazón de un cadáver caben pocas esperanzas y sospecho que, si lo descubriéramos, no duraría mucho entre nosotros.

domingo, 19 de octubre de 2014

Los Impresentables en El Internacional

El próximo sábado tendrá lugar el primer encuentro poético de Los Impresentables, una excusa como otra cualquiera para leer poemas y cantar canciones en El Internacional, algo que, de cualquier forma, ya hacemos normalmente sin anunciarlo en ningún cartel. Lo novedoso de este encuentro será que aprovecharemos para traer poetas de fuera de nuestras fronteras toledanas. En esta ocasión vendrán a vernos dos poetas excepcionales: Antonio Díez y Óscar Aguado (aka Carso Waters). También tendremos la suerte de que nos acompañe a la guitarra Tony Kuratti, el Dylan de Utrera, que lleva mucho tiempo sin actuar en Toledo y que, por supuesto, interpretará algunos temas del genio de Minnesota.