lunes, 30 de julio de 2012

Cuentos con moraleja: El cuento de los afiladores

Hoy toca un cuento de auténtica tradición oral. No digo que no exista ninguna versión escrita, sino que al menos yo no la conozco. Esta historia se la escuché a mi padre en repetidas ocasiones cuando era pequeño:

  En tiempos de la posguerra, dos pobres afiladores iban de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. Para llevar a cabo su labor se valían de sendas bicicletas Orbea. La bicicleta era el vehículo ideal para aquellos esforzados y humildes trabajadores: no consumía combustible ni necesitaba pienso. Tampoco para poner en marcha la herramienta que les daba de comer, ya que la rueda de piedra con que afilaban cuchillos, navajas y tijeras también giraba gracias a un juego de poleas que se ponía en marcha con los pedales del vehículo.
  A media tarde llegaron a un pueblo y, antes de poner el pie en la primera calle, vieron a las afueras lo que parecía un pajar.
  -Ahí podríamos pasar la noche –dijo uno.
  El otro miró el edificio antes de hablar.
  -Parece que está cerrado.
  -Yo creo que nos podremos colar por esa ventana –dijo el primero que había hablado, y señaló una ventana grande y sin rejas que estaba a unos dos metros del suelo.
  Finalmente convinieron en verse allí a última hora de la tarde y se separaron después de haberse repartido, un poco a ojo, las calles del pueblo. A lo lejos escuchaba cada uno la escala desmayada que, a modo de reclamo, salía de la flauta de pan de su compañero.
  Cuando ya estaba a punto de ponerse el sol, regresaron al pajar. La ventana que habían visto al llegar se les antojó un poco más alta que unas horas antes. Comprobaron que la puerta estaba cerrada. Rodearon el edificio en busca de otro modo de entrar menos arriesgado. Y tras cerciorarse de que no había otra alternativa, decidieron que intentarían alcanzar la ventana utilizando una bicicleta a modo de podio. Encaramándose con desparpajo sobre la bici uno de ellos pudo trepar hasta el alféizar de la ventana, que era ancho por ser las paredes de adobe. Desde allí le fue fácil ayudar a su compañero a subir.
  El sol ya se había ocultado. La luz diurna aún les hubiera permitido andar por los caminos sin necesidad de echar mano de ningún farol. Sin embargo, no era suficiente para adivinar qué les esperaba al otro lado del muro. Ambos escrutaban entre las sombras intentando encontrar algún asidero que les ayudara a bajar la pared por el otro lado. No era fácil. Un palmo más allá de sus narices todo eran tinieblas y sombras imprecisas.
  -A ver si va a haber un perro –dijo el primero que había trepado hasta la ventana.
  -No digas tonterías. Ya estaría ladrando. Venga, hombre, salta y mira a ver dónde podemos acomodarnos.
  El otro no dijo ni sí ni no, pero tampoco se decidió a hacerle caso.
  -Si no saltas tú, salto yo y santas pascuas –dijo otra vez el mismo-. Esto es un pajar, ¿no? Seguro que no hay más que paja. ¿Te da miedo saltar o qué?
  -No, hombre, no. Estaba viendo si había alguna forma más fácil de bajar.
  -Si no te atreves, salto yo –apremió el compañero.
  A lo mejor debería haberle dicho que saltara él si tanta prisa tenía, pero no lo hizo por no parecer un cobarde, que era lo que él otro no dejaba de restregarle por la cara.
  Por eso terminó saltando el primero.
  Por eso fue él el que primero terminó descoyuntado y atravesado  por unos hierros que, segundos más tarde, entre las sombras, pudo reconocer como aperos de labranza. Probablemente lo que se le había clavado en la espalda eran arados. Lo que atravesaba su pierna derecha era más agudo y punzante. Debían de ser las púas de un rastrillo o de una horca de hierro.
  -¿Hay paja? –preguntó a voces su compañero desde lo alto de la ventana.
  El afilador que agonizaba entre los aperos de labranza tardó unos segundos en responder. A punto de morir, pero aún consciente, echó mano de todas sus fuerzas para que su voz sonara más clara, sincera y optimista que nunca, y dijo entre sus postreros estertores:
  -¡Mucha y blanda!


Eso mismo me parece que me dicen todos los que me hablan de las maravillas de tener hijos: los hijos han dado sentido a mi vida, los hijos dan la felicidad, los hijos son lo más hermoso, los hijos son lo más importante, etc. Son frases tan concluyentes como huecas, que se supone que los que no tenemos hijos no podemos entender, que es otra de esas frases recurrentes que dicen los que tienen hijos. Los argumentos racionales se les dan peor, como no sea ese tan egoísta de que se tienen hijos para no estar solo en la vejez.

Lo que yo veo es muy distinto: madres abnegadas que alumbran un bebé después de meses de molestias, cuitas y privaciones; madres y padres abnegados que renuncian totalmente a su vida durante dos o tres años para dar biberones, limpiar narices y culos, pasar noches en vela, vivir en un sinvivir a cada momento ante la posibilidad de que el fruto de sus entrañas meta los dedos en un enchufe, se deje caer por el hueco de la escalera o cruce la calle en el mismo momento que pasa un camión; luego me imagino la escuela y los nuevos temores que tienen que acechar a los padres, como el de que su hijo sea tonto, o que no sea sociable, o que tenga alguna dificultad en la que no habían reparado, y que no se pegue con los otros niños, y que haga caso al maestro, y más sacrificios de tiempo para llevarlo a actividades extraescolares, y al zoo, y al parque de atracciones, y al circo que acaba de llegar a la ciudad, y a la actuación –¡oh, no!- de los cantajuegos; para luego llegar al instituto y que la cosa no mejore, que eso, como profesor, lo tengo comprobado, porque la dependencia del niño o la niña sigue siendo parecida a la que tenía en el cole, pero ahora además se empieza a portar raro, y a todo dice que no, y protesta, y se enfurruña y no habla, o contesta de mala manera, y es que de las cosas del pavo no se libran ni los que tienen hijos de esos que sacan buenas notas y nunca se meten en líos, que no hay padre con hijos adolescentes que no padezca sus tribulaciones, porque son años muy importantes para la vida de su hijo, son años en los que se empiezan a decidir cosas, si estudia o no, si trabaja, en qué trabaja, si estudia, qué estudia, y luego hay que luchar contra la revolución hormonal y discutir todo el tiempo con cabezas llenas de pájaros; y después se hacen mayores, y tienes que ayudarles hasta que sean capaces de mantenerse por sí mismos, hasta que se vayan de casa, con veinte, con treinta, con cuarenta… Si no viene la crisis y te los devuelve otra vez, que uno cuando tiene un hijo lo tiene para siempre.

La frase típica de padres a la que no pongo ninguna objeción es esa en la que aseguran que los hijos llenan toda tu vida. Eso sí me lo creo.

Que nadie piense que me parece mal que la gente tenga hijos. Todo lo contrario. Es posible que mucha gente los necesite para realizarse plenamente. Y me alegro, que soy profesor y necesito que sigáis procreando para tener alumnos. Y los que tienen negocios, clientes. Y los empresarios, mano de obra barata.

Lo que no entiendo es que cada dos por tres alguien se extrañe de que yo no quiera tener hijos y me mire con recelo. Sobre todo porque tengo pareja y estabilidad laboral y un hogar que ofrecerle al posible vástago. Hay gente que te mira como si fueras un bicho raro, alguien de quien no te puedes fiar, un traidor a la especie o algo así. No sé por qué la decisión de no tener hijos levanta en algunas personas tantas suspicacias.

Yo no miro mal a los que tienen hijos. Es algo que tiene buena prensa desde que el mundo es mundo. Y si un montón de personas de las que te fías te animan a saltar, te aseguran que hay mucha paja y que está blandita, no vas a ser tú el que sospeches que es una trampa. Por otra parte, tampoco puedo descartar que algún día termine siendo yo el que dé el salto, que ya sabemos lo veleidosa e irracional que puede ser en ocasiones la condición humana.

viernes, 20 de julio de 2012

Hormigas

Como todos los niños pequeños, yo tenía mis perversiones, que eso de que los niños son buenos y cándidos es mentira. A la mierda Rousseau. Tampoco es que fuera de los niños más temibles. Por ejemplo, yo nunca me pegaba con otros chicos ni torturaba a los animales más allá de darle algún que otro susto a mi gato. Mis instintos sádicos se dirigían a los insectos, principalmente a las hormigas. No llegué a soñar que me salían de la palma de la mano como le pasó a Dalí, pero eran bichos que, para su desgracia, llamaban mi atención. Lo que más me gustaba era reventar sus colonias y observar su comportamiento con interés de entomólogo amateur.

No sé, quizá me fastidiaba el orden, o la laboriosidad extrema, o la disciplina, o la diligencia contumaz. Yo qué sé. Puede que mi aversión por las hormigas explique ciertas simpatías que siempre he sentido por la cigarra en el cuento que coprotagonizan. La cuestión es que mis ataques a sus hormigueros eran habituales cuando me aburría y descubría una colonia de hormigas afanándose en su tarea de aprovisionamiento, con sus filas perfectamente formadas para transportar y almacenar granos, semillas, pajitas o migas de pan. Era tan fácil como pegar un pisotón en mitad de una hilera o dejar caer sobre ella una piedra de dimensiones considerables. Indefectiblemente siempre pasaba lo mismo: las hormigas que sobrevivían a la catástrofe dejaban caer sus mercancías, echaban a correr a tontas y a locas y daban vueltas durante un rato hasta que comprendían que el peligro había pasado. En unos minutos, pocos, empezaban a recuperar sus mercancías abandonadas y volvían a organizar las filas en dirección a las despensas de su hormiguero olvidándose de las que habían perdido la vida.

Me sorprendía, ingenuo como era entonces, que reanudaran sus tareas habituales en tan poco tiempo y sin que les importaran las bajas. Eso me hacía pensar que eran bichos totalmente indolentes. Los seres humanos, sin embargo -me parecía a mí-, teníamos sentimientos y padecíamos más en situaciones similares.

Años después, cuando ya no reventaba hormigueros, empecé a pensar que no había tanta diferencia entre los seres humanos y las hormigas. Después de una catástrofe natural es posible que tardemos más tiempo que las hormigas en reordenar las filas para continuar con nuestra vida de siempre, pero sería estúpido pensar que nuestra noción del tiempo coincide con la de los insectos. Es posible que un minuto de una hormiga sea como un mes para nosotros.

No hace falta decir que después de aquellos experimentos entomológicos mi mente se llenaba de pensamientos metafísicos, ontológicos, cosmológicos y religiosos con los que empecé a plantearme cuestiones muy profundas sobre el azar, el destino, la existencia de microcosmos o la idea de Dios. Pero dejo para otro día los pensamientos transcendentes y sigo con la evolución de mis abominables experimentos.

Me sentía un pequeño dios –o diablo- que hacía y deshacía a su capricho en un mundo indolente e insignificante. Hasta ese momento, ya fuera por la fuerza de la suela de mi zapatilla, por los meteoritos que les arrojaba o incluso por algunas riadas que a veces provoqué, mis ataques habían sido lo más parecido a catástrofes naturales.

Me faltaba que mis víctimas pensaran que aquellos ataques eran una agresión, que había un responsable y que tenían que contraatacar antes de que acabara con todas ellas.

Así entraron en el tablero los saltamontes.

Hacer creer a las hormigas que un saltamontes era el responsable de la debacle fue muy sencillo. Solo tenía que hacerlo aparecer en el lugar de los hechos en el momento oportuno, esto es, justo después de dar el zapatazo. Para ponérselo más fácil a las hormigas, en el casting elegía a un saltamontes pequeño. Y para que no pudiera escapar gracias a la agilidad que les caracteriza solía dejarlo ligeramente lisiado. Bastaba con privarlo de alguna de sus patas traseras.

En cuanto localizaban al intruso, las hormigas eran inclementes con él. Le atacaban rápidamente y sin piedad. Parecía que actuaban como una masa enloquecida, pero creo que había cierto orden en su ofensiva. En pocos segundos desmembraban al bicho y transportaban sus patas al hormiguero como si fueran preciados granos de trigo. Finalmente se llevaban como podían el tronco del saltamontes –todavía vivo- y, si era lo suficientemente pequeño para pasar por sus galerías, seguía el mismo camino que sus patas. Ignoro si las hormigas se comen estos bichos, pero doy fe de que lo metían con decisión y vehemencia dentro de su despensa como si se tratara de un manjar exquisito.


Me estoy acordando de todo esto porque no puedo evitar vernos como hormigas en las manifestaciones que se están sucediendo en contra del Gobierno –de los Gobiernos- desde el famoso 15M, y que ahora, con los terribles hachazos que está sufriendo el estado de bienestar, probablemente se repetirán con mayor asiduidad. No puedo evitar vernos como a esas hormigas que después de un zapatazo rompen filas y corretean de forma desorganizada durante unos minutos para luego retomar el trabajo y volver diligentes a la rutina diaria. Tampoco puedo evitar pensar que Rajoy, Montoro, De Guingos, la Cospedal o la Esperanza Aguirre son solo saltamontes, señuelos, hombres de paja, aunque ellos ni siquiera lo sepan. Porque los que en realidad están causando los destrozos –les hemos puesto el nombre genérico de mercados porque son inaccesibles y están tan lejos de nosotros que no somos capaces de identificarlos- probablemente nos observan con indiferencia, acaso con curiosidad entomológica.

Estos pensamientos me deprimen un poco, incluso me invitan de alguna manera a la desmovilización. Pero luego me acuerdo de las hormigas desmembrando a los saltamontes y me las imagino satisfechas al ver cómo finalmente se llenan sus despensas, ilusionadas por haber derrotado al enemigo, felices pensando que han acabado con el mal que acechaba su colonia. Y eso, aunque sea a modo de premio de consolación, anima.

sábado, 30 de junio de 2012

Cuando tomemos las calles

Es posible que piensen que vamos a rendirnos y que han conseguido intimidarnos. Se equivocan. Los españoles no tenemos miedo y somos voluntariosos, tercos, incansables. Puede que seamos un poco lentos, pero es un defecto que compensamos con nuestra tenacidad. Piensan que no vamos a poder acabar con ellos porque siempre ha sido así. Y se creen más fuertes por sus recientes victorias. No comprenden que las victorias pasadas no les van a servir de nada en el próximo enfrentamiento. Ni sus argucias ni sus estrategias ni sus trampas de mafiosos. A los españoles no nos gustan los tipos corruptos. Y nos da igual que hayan sido o no condenados porque sabemos que la justicia no es infalible. Lo importante es que no les tenemos miedo y que no nos intimidan sus demostraciones de fuerza. Porque a pesar de nuestras diferencias, de las rivalidades que puedan existir entre nosotros, sabemos que debemos estar unidos en los momentos importantes. Ya derrotamos en su día a los franceses para demostrarlo. Cuando todos los españoles juntos abarrotemos las calles sabrán que hemos vencido. Demostraremos al mundo que un pueblo que se une en los momentos difíciles y que lucha hasta el último momento lo puede conseguir todo. Incluso cambiar la historia. Por eso ya se pueden ir preparando los italianos. La Roja volverá a derrotarles, aunque tengamos que llegar a los penaltis, como en 2008. Porque así somos nosotros: un pueblo capaz de alcanzar cualquier logro que se proponga. De momento estamos centrando todos nuestros esfuerzos en el fútbol, pero quién sabe lo que podríamos conseguir en caso de conducir todo ese potencial al ámbito político, económico o científico. Quién sabe si no volveríamos a ser la nación que otrora tuvo un imperio donde nunca se ponía el sol. Una historia de sacrificios y éxitos nos precede. Fuimos capaces de soportar cuarenta años a un sátrapa solo para que los Borbones volvieran a reinar y nos trajeran la democracia. Hicimos una guerra civil para evitar que España entrara en la Segunda Guerra Mundial. Echamos a los franceses para devolverle el trono a Fernando VII, un rey cruel y tirano, pero que, al fin y al cabo, era el nuestro. Me atrevería a decir que somos como somos desde la Hispania romana. ¿O no es verdad que permitimos que los romanos conquistaran la Península porque queríamos ser colonizados por una cultura superior que nos convirtiera en un pueblo civilizado? A ellos les debemos aportaciones tan grandes como el derecho, la administración pública, la filosofía, la afición por hacer carreteras y puentes, el cristianismo y, por encima de todo, el “panem et circenses”. Este es el pueblo español. Y mañana, tras derrotar a Italia, cuando tomemos las calles, le demostraremos al mundo entero que –a pesar de nuestras luchas intestinas, de nuestra prima de riesgo, de nuestros cinco millones de parados, de nuestro corrupto sistema político, de la casta de políticos incapaces que nos gobiernan- somos unos triunfadores, que sabemos luchar por lo que de verdad nos interesa.

lunes, 25 de junio de 2012

Proceso de aceptación de una enfermedad terminal

Síntomas iniciales

En septiembre de 2011 la enfermedad se empezó a manifestar de forma virulenta. Muchos se mostraron muy sorprendidos tras los primeros síntomas, pero era previsible que sucediera algo así. Los resultados de las elecciones autonómicas de mayo presagiaban ese desenlace. Otra cosa bien distinta es que muchos de los que depositaron la papeleta dentro de la caja no fueran muy conscientes de las consecuencias que podría suponer elegir la opción incorrecta.

María Dolores de Cospedal, ya sin la “de” del apellido –se la quitó para aparentar humildad-, se convirtió en la presidenta de Castilla-La Mancha por mayoría absoluta. Su desconocimiento de la región era enciclopédico y de magnitudes bíblicas, pero había pirateado el cuaderno de bitácora de su amiga Esperanza Aguirre y eso le infundía cierta seguridad.

La noticia de que los servicios públicos de Castilla-La Mancha habían llegado a una fase terminal e irreversible no nos llegó directamente. Nunca ha sido la transparencia una de las virtudes más destacadas de nuestros políticos. Pero los recortes que llegaron en forma de alud al sistema educativo no dejaban lugar para la duda. La crisis resultó ser la coartada perfecta para iniciar el proceso de degradación de los servicios públicos, una degradación que, a la larga, hará más sencilla su progresiva privatización. Es lo que pasa cuando pones a gobernar lo público a gente que solo cree en lo privado.

Primera etapa: Negación

Los primeros días del curso supusieron una conmoción tan grande en el profesorado que apenas podíamos dar crédito a lo que estábamos viviendo. Cuando solo faltaban unos días para que empezara el curso se abortaron todas las asignaciones de destino del profesorado interino, se aumentaron las horas de docencia directa y empezaron los primeros ajustes que anunciaban un futuro aumento de alumnos por clase y un recorte cruel de recursos de apoyo. Durante dos o tres días muchos profesores estuvimos sin saber cuál sería nuestro destino; otros –mucho peor-, sin saber si estaban definitivamente en la puta calle. Los colegios se libraron in extremis porque el curso ya había comenzado y hubiera sido demasiado engorroso despedir a miles de maestros que habían sido contratados pocos días antes. Aunque muchos no queríamos ver lo que estaba sucediendo, el mensaje era meridiano: la enseñanza pública entraba en un estado terminal e irreversible.

Segunda etapa: Ira

De los primeros momentos de incredulidad pasamos a los primeros accesos de ira. Según el modelo de Kübler-Ross, que explica las etapas por las que pasa un individuo al recibir la noticia de una enfermedad terminal o de una pérdida catastrófica, ya habíamos llegado a la segunda etapa, que tuvo su manifestación más clara cuando despidieron a unos mil profesores interinos que pocos días antes habían tenido adjudicada de forma provisional una vacante. ¿Por qué no habían evitado esa adjudicación de plazas? Daba la sensación de que la Cospedal y sus secuaces se recreaban en el sadismo con delectación.

Los mensajes parcos y nada clarificadores que los esbirros de Marcial Marín hacían llegar a los centros exacerbaron aun más los ánimos, aunque al mismo tiempo crearon un desconcierto que les terminaría beneficiando. Muchos pensábamos que aquellos mensajes contradictorios y escuetos eran una manifestación de la ineptitud del consejero de educación, pero algunos decidieron que era mejor esperar a ver en qué terminaba todo aquello. Así que la ineficiencia del equipo de Marcial Marín finalmente sirvió para desmovilizar a mucha gente. La historia del burro y la flauta, que no pierde vigencia.

Los que estábamos en la segunda fase del modelo de Kübler-Ross anduvimos unos meses cabreados convocando asambleas, pintando carteles, vistiendo camisetitas verdes, haciendo huelgas (pocas y con pocos) y manifestaciones  (unos pasacalles pacíficos que alteraban menos el orden que la cabalgata de Reyes o la vuelta ciclista).

Aunque en un primer momento las movilizaciones tuvieron bastante eco, solo en algunas zonas el seguimiento fue masivo. Ni siquiera conseguimos movilizar a los compañeros de Primaria, cuyos recortes en gran medida habían sido pospuestos para el curso siguiente.

Tercera etapa: Negociación

En la tercera etapa del modelo de Kübler-Ross, que se denomina negociación, el individuo se apacigua y empieza a buscar fórmulas que le permitan ganar algo de tiempo. Sabe que no puede detener lo que se le viene encima, pero no pierde la esperanza de conseguir una prórroga para que los cambios sean paulatinos y progresivos, para ralentizar el desenlace. El problema es que, cuando nosotros estábamos dispuestos a conformarnos con poco, llegó el 20N y el Partido Popular consiguió la mayoría absoluta en las elecciones generales. La palabra negociación nunca ha sido de sus favoritas, pero desde ese momento pasó al cementerio de las palabras en desuso. Tampoco había tiempo para negociaciones. Era la mejor época para la poda con motosierra y no había que desaprovecharla: nuevas bajadas de sueldos, reducción del número de sustituciones por bajas, más recortes de recursos materiales, etc.

Por nuestra parte llegó el momento de echar cuentas. Algunos para ver si con el sueldo que pronto nos volverían a recortar tendríamos suficiente para pagar la hipoteca y llevar una vida más o menos digna. Otros para pensar a qué se podrían dedicar cuando les despidieran.

Cuarta etapa: Depresión

Numerosos docentes entramos en un estado de frustración y depresión. Eso hizo que muchos abandonaran las movilizaciones, incluso aquellos interinos que sabían que lo más probable era que aquel fuera su último contrato. Algunos, los menos, intentaron reaccionar, pero pudo más el abatimiento de muchos que la rabia de unos pocos. Las siguientes huelgas y manifestaciones fueron escasas y se llevaron a cabo con cierta displicencia, más por inercia que porque se tuviera el convencimiento de que aquellas acciones aisladas y esporádicas –con un seguimiento más o menos deprimente según zonas-pudieran tener algún tipo de repercusión.

Quinta etapa: Aceptación

La última fase del Modelo de Kübler-Ross es, como es lógico, la aceptación, el fin de la lucha. Aunque la última huelga no fue un fracaso absoluto, durante la manifestación de Toledo pudimos comprobar, desolados, que el seguimiento de las movilizaciones por parte de alumnos y familias era muy bajo. Al menos en Castilla-La Mancha. Después de todo un curso intentando concienciar a la ciudadanía de que todos los recortes en educación no perjudican solo a los profesores que se quedan en paro o ven disminuir su estipendio, sino principalmente a los jóvenes que van a sufrir una considerable pérdida de calidad en su formación, tuvimos que reconocer que habíamos fracasado.

Quizá algunos, más que en un estado de aceptación, viven una especie de shock que les impide movilizarse. Pero el resultado viene a ser el mismo: una apatía que nuestros gobernantes travisten de comprensión ciudadana cuando dan ruedas de prensa.

Todo este proceso anímico explica que no estemos haciendo nada contundente ahora. Ahora que es cuando más agresivos van a ser los recortes: un aumento excesivo de las ratios de alumnos por aula, más horas de trabajo para el profesorado, miles de despidos de profesores interinos, una reducción ostensible del sueldo y las condiciones de los que queden, desplazamientos de muchos profesores funcionarios, disminución y eliminación de muchas medidas de apoyo para los alumnos con más problemas, falta de recursos en los centros educativos, asignación de recursos a la educación concertada en detrimento de la pública, etc.

Me imagino que en un estado parecido tienen que estar todos esos currantes que votaron al PP el 20N pensando que en enero iba a comenzar la Era de la Segunda Burbuja Inmobiliaria. No sé si muchos estarán aún en la etapa de negación o habrán llegado de forma sumarísima al estado de depresión o aceptación. Sea como fuere, el caso es que ha llegado el verano y no parece que –pasada la euforia del aniversario del 15M- se vaya a hacer nada memorable.

Sexta etapa: Expectación

Esta etapa no viene en el modelo de Kübler-Ross. Es de mi propia cosecha. Refleja el estado en el que estoy ahora mismo. No tengo ni idea de qué puedo encontrar en mi instituto a la vuelta de vacaciones. Tal vez un montón de excavadoras dispuestas a demoler el edificio.

sábado, 26 de mayo de 2012

Yo no soy un patridiota

Me gusta vivir en España. Es un desastre de país, pero es bonito y hablan mi idioma, y al fin y al cabo uno se acostumbra a vivir donde ha nacido y termina pensando que no se puede vivir mejor en ningún otro sitio (siempre que tengas trabajo y el sueldo te alcance para pagar la hipoteca, claro). Ese es el fundamento del nacionalismo y el patrioterismo: mi país es mejor que el resto de los países; un sentimiento tan irracional como universal, lo que le resta cualquier tipo de mérito.

Por eso me parecen unos idiotas los nacionalistas franceses cuando hacen alarde de su chovinismo recalcitrante injuriando a nuestros deportistas o derribando nuestros camiones de fruta. Por eso me parecen unos idiotas los nacionalistas periféricos que quieren ganar el trofeo deportivo de un país y al mismo tiempo no pertenecer a él. Por eso me parecen unos idiotas redomados los nacionalistas españoles que alimentan el odio entre las autonomías desde sus televisiones casposas y sus periódicos reaccionarios. Los políticos nacionalistas autonómicos no me parecen más rastreros que los políticos españolistas que les dan juego. No recuerdo que Esperanza Aguirre, que ha pedido que se suspenda la final de la Copa del Rey entre el Athletic de Bilbao y el Barça con el fin de evitar una posible pitada contra los símbolos nacionales, propusiera algo parecido para el desfile de las Fuerzas Armadas cuando, año tras año, los fachas aprovechaban el evento para pitar y abuchear a Zapatero. Y puedo entender mucho mejor la voluntad de autodeterminación de un pueblo que el ansia de colonización de una nación. Por eso siento vergüenza ajena de nuestro país cuando una y otra vez aparece en el telediario el tema de Gibraltar, que a mí, la verdad, me parece un lugar muy simpático y exótico. Trescientos años llevamos haciendo el ridículo con esta reivindicación. Solo la invasión del islote Perejil se me antoja un punto más bochornosa.

Los nacionalistas catalanes y vascos no son los que más me fastidian. Porque yo no soy ni catalán ni vasco y, particularmente, ni me van ni me vienen. Casi que me dan un poco de pena. Cuánto tiempo y cuántos recursos malgastados en unas ideas que solo sirven para hacer daño, para dividir, para restar. Me molesta mucho más el nacionalismo español porque de alguna forma me incluye. Me repugna que mis compatriotas patriotas, que a mí solo me parecen patridiotas, se sientan ufanos y orgullosos de exhibir unos sentimientos que ellos creen nobles y que solo esconden egoísmo, prepotencia y autocomplacencia. Son ese tipo de sentimientos que a lo largo de la historia no han servido nada más que para provocar guerras y colonizar pueblos indefensos.

Solo me gustan los sentimientos nacionalistas cuando sirven como estímulo. Siento orgullo cuando un científico, un escritor, un cineasta o un deportista de nuestro país consigue algún reconocimiento internacional. El mensaje para mí es claro: si alguien de tu mismo país es capaz de lograr algo así, tú también podrías hacer grandes cosas.

Más que estar orgullosos de pertenecer a un país, deberíamos estar resignados, soportarlo con abnegado estoicismo y aceptar como una maldición ineluctable tener que pertenecer a una u otra comunidad. Porque si es verdad que todos los países tienen virtudes de las que pueden estar orgullosos, también es cierto que acarrean un montón de defectos vergonzosos, de tópicos sonrojantes, de capítulos históricos que desearían borrar. Y si viajo al extranjero y digo que soy español, me jode un montón que me imaginen gritando un olé mientras contemplo extasiado cómo torturan a un toro, con la medalla de la virgen colgada sobre el pecho y la peineta en lo alto del moño.

sábado, 12 de mayo de 2012

Cuentos con moraleja: la fábula del gato y la gallina

Encontré esta breve historia en las fábulas de Babrio:

         Una gallina se puso mala y un gato se pasó por su casa para ver cómo estaba. Se interesó por su salud, se ofreció para llevarle todo lo que necesitara y le preguntó qué podía hacer por ella para que sanara cuanto antes.
         La gallina le respondió:
         -Si tanto te preocupa mi salud, lo mejor que puedes hacer es irte de aquí. Estoy segura de que si te alejas de mí, no moriré.

La misma suspicacia que la gallina siento yo cuando escucho a todos esos empresarios, accionistas, inversores, especuladores, banqueros y políticos afines diciéndonos que están haciendo lo mejor para nuestro futuro. Y lo mismo que la gallina les diría si no tuviera la sospecha de que la fábula está incompleta. Parece que la enferma no se da cuenta -quizá por esa falta de luces proverbial de la inteligencia gallinácea –de que el gato ha ido allí por algo y que no va a dejar escapar la oportunidad. No parece que solo con palabras vaya a poder disuadirlo de su propósito.

sábado, 28 de abril de 2012

La risa de Quevedo

¡Qué le vamos a hacer! Los españoles somos así: disfrutamos con el mal ajeno. Puede que no sirva para mejorar nuestras vidas, pero ayuda a que pasen mejor los malos tragos que nos tocan. Por eso a los del Barça se les pasó un poco el disgusto después de la derrota del Madrid. Por su parte, los madridistas no acusaron tanto el golpe de su propia derrota pensando que el día anterior la había cagado su eterno enemigo. Y la falta de acierto de Cristiano Ronaldo en los penaltis no parecía tan grave pensando que Messi también había fallado uno el día anterior. Lo de Sergio Ramos y su balón estratosférico ya fue de catarsis colectiva. Hasta los del Madrid participaron en el festival de bromas como si de un exorcismo se tratara.

Con lo de YPF y Repsol ha pasado otro tanto de lo mismo. Cristina Fernández de Kirchner ha pasado a formar parte del grupo de dirigentes malvados de las antiguas colonias con los que la prensa reaccionaria nos amenaza como si fueran el coco. Aunque al español medio, que ni siquiera es capaz de colocar sus respectivos países en un mapa mudo, el sentimiento que más le inspiran es la indiferencia. La misma indiferencia que hemos sentido la mayoría al enterarnos de la expropiación de YPF a la empresa otrora española –hoy solo en parte- Repsol. En el fondo nos hemos alegrado. Consuela mucho ver cómo expolian a los empresarios e inversores que aspiran a esclavizarnos. ¿Y esto puede afectar algo a la economía española? Qué más da. Compensa.

Los que tenemos sentimientos republicanos nunca hubiéramos pensado que al final todo el dinero que estábamos invirtiendo en la familia real iba a servir para algo. Pero ahí están entreteniéndonos en todos los programas y revistas de humor, o incluso poniendo el toque simpático en los telediarios. Los humoristas, guionistas de televisión y dibujantes satíricos les estarán eternamente agradecidos. Así como todo el público y los acólitos de las redes sociales, que necesitamos materia prima para alimentar los mentideros. En su día, lo pasamos bien con lo de Marichalar, aunque no dejaba de ser previsible, que ya sabemos todos las aspiraciones que tenía este individuo. Lo que no podíamos esperar es que el geyperman deportista que conquistó a la infanta trabajadora cambiara su dedicación al balonmano por una de momento supuesta afición a apropiarse del dinero ajeno. Si a eso, que ya era suficiente para rellenar los números de El Jueves de todo un año, le sumamos el tiro en el pie de Froilán y la desfachatez de un rey que se va a cazar elefantes con la que está cayendo, no podemos sino estar más que agradecidos. Porque si hemos disfrutado –y mucho- con los padecimientos del funcionario medio,  cómo no hacerlo con el funcionario que nos sale más caro y que además tiene un puesto hereditario.

Todos esos individuos que un día suspendieron unas oposiciones o los que dejaron de estudiar por el auge del ladrillo tienen que haberse sentido un poco menos frustrados al ver que a los funcionarios les bajaban el sueldo y les subían las horas de trabajo una y otra vez. O cuando echaban a miles de interinos de puestos de la Administración Pública. ¿No se dan cuenta de que aumentar el horario de los funcionarios es restar posibles puestos de trabajo? ¿No se dan cuenta de que más gente en el paro es mayor competencia para encontrar trabajo? Es lo de menos. No sabemos cuántos suicidios puede haber evitado el castigo al funcionariado, ni a cuántos seres inanes puede haberles levantado el ánimo. La única pega que tienen los beneficios sociales que están provocando los recortes es que son difíciles de evaluar de forma objetiva, con gráficos, estadísticas y todo eso.

Tampoco es fácil calcular lo que está disfrutando el sector progresista de este país con las tropelías, los desaciertos y los dislates con los que Rajoy está premiando a su electorado. Ayer vi en Facebook un grupo que se llama ¿Votaste al PP? Pues ahora te jodes. Nos jodemos todos, pero consuela ver cómo vuelan por los aires las ilusiones de los que aún las conservaban el día que fueron con la papeleta del PP a ejercer su derecho al voto. Un voto que hoy equivale al aumento de despidos que ha provocado la nueva reforma laboral, al abaratamiento del despido improcedente, a la subida del IRPF, a la futura e inminente subida del IVA, a un recorte de 10.000 millones en sanidad y educación, a una bajada del poder adquisitivo de los pensionistas y lo que te rondaré, morena.

Los españoles somos así. Tenemos un sentido del humor a prueba de bombas que nos ayuda a sobrellevar los malos ratos. Es la risa cruel de Quevedo, que indefectiblemente aflora en los momentos de crisis y que solo se apaga el día que nos damos cuenta de que ya no podemos pagar las facturas. En ese momento la broma empieza a ser de esas que a nadie le hacen ni puta gracia.

sábado, 14 de abril de 2012

Perdidos (4)

En esta cuarta entrega de Perdidos voy a ofreceros un popurrí de entradas que visitan con frecuencia los desnortados navegantes de la red.

La primera es la que dediqué en su día al nieto de su majestad. La afición a las artes cinegéticas que su padre intenta inculcarle -y que siempre ha sido un signo distintivo de las clases aristocráticas; solo hay que ver la maña que se da el abuelo cazando elefantes- lo ha vuelto a poner bajo los focos. Ya predecía yo en este post que este chico iba a dar mucho que hablar:


Esta es una muestra de las palabras de búsqueda que ocasionalmente aparecen en mi blog:
froylan sera el heredero
froilan ya no puede ser rey
felipe juan froilán usurpador de la corona

Algunos, sinceramente, merecerían la atención de un profesional:
perro de froilan de marichalar
froilan marichalar perro


Otra entrada que no deja de tener visitas es el sincero relato que hice de mi conversión al pastafarismo:


pastafarismo
pastafari austriaco
imagenes de hombres y espaguetis
espaguetis blospot

También los hay que no se lo toman a la ligera y buscan una formación sólida que les reafirme en su fe:
cursos pastafarismo

Y los que probablemente buscan mi post después de que haya tratado de evangelizarlos en la barra de cualquier bar:
pastafarismo félix chacon

Al final seremos legión.


En estos días festivos que hemos dejado atrás puede que alguno haya estado planteándose lo mismo que me planteaba yo hace tres años:


procesiones en el siglo xxi


Con la llegada de la primavera hay muchos que andan buscando la canción que dedicaron los Delinqüentes a esta florida estación y terminan en mi blog porque utilicé su título para uno de mis posts más optimistas:


la primavera trompetera estado
primavera trompetera


Los pocos posts relacionados con la economía que he escrito, como era de prever, también tienen su goteo de visitas:


los ke cobramos dinero negro
al estado le viene bien el dinero negro


cuanto costaran los cubatas en pesetas?
perrito + cerveza cien pesetas
que valian los cubatas en las pesetas
conversión de sueldos de hace 20 años a los actuales

También recibo muchas visitas de todos esos que intentan aprender los rudimentos de la economía al mismo tiempo que disfrutan de un entretenido juego de mesa:


préstamos en el monopoly
como se reparten el dinero  nuevo del monopoly
reglas propias monopoly
monopoly splots onlingame


Desde que publiqué mi libro de poemas Decoración de interiores, me he convertido en toda una referencia en el campo de la decoración, incluso en el de la decoración de poemas. Supongo que los internautas interesados en tan apasionantes temas terminarán en cualquiera de los posts que dediqué a anunciar las distintas presentaciones que se hicieron del libro.

decoracion de interiores
presentacion de decoración
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citas decoracion
decoraciones para poemas
poesia sobre decoración
poemas y decoración

En este apartado también los hay desconcertantes:
decoracion interiores triangulos
decoracion de interiores perros


Quiero terminar este post expresando mi preocupación por el público hispanoamericano que visita mi blog. Siento que sus expectativas se vean frustradas al penetrar en un blog tan parco en imágenes y tan sobrio y recatado en sus contenidos. De cualquier forma, voy tomando nota de los temas que interesan por allí por si algún día quiero ganarme al público de ultramar con unos contenidos más acordes con su sensibilidad:
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miércoles, 4 de abril de 2012

Escenas memorables: La vida de Brian

Quienes solo ven una parodia de la vida de Jesucristo en La vida de Brian, no han terminado de comprender la película. La vida de Brian, a la manera de El Quijote, va mucho más allá. La película recrea de forma humorística no la vida de Jesús sino la situación temporal y espacial en la que se supone que tuvo lugar la venida del Mesías. Si alguien busca una parodia de los Evangelios, casi mejor que opte por La pasión de Cristo de Mel Gibson.

La creación de los Monty Python, aunque con la deformación grotesca propia de una comedia inglesa, nos da una visión mucho más acertada de la Judea de los tiempos de Pilatos que cualquier película que se haya hecho sobre Jesucristo. El primer gran acierto es interpretar el fenómeno religioso en clave política. Los Evangelios, vistos desde esta perspectiva, se vuelven mucho más comprensibles. Representan el pensamiento del primer movimiento subversivo que, anticipándose dos mil años a Gandhi, hace de la resistencia pasiva y la no violencia su forma de enfrentamiento contra el pueblo invasor. La imagen que se da de los romanos en La vida de Brian está muy lejos del maniqueísmo de las películas sobre Jesús. En esta película se pone de manifiesto lo beneficiosa que fue la influencia romana para los pueblos que conquistaron. Es memorable este momento de la película:
                -¿Y ellos qué nos han dado? –pregunta el líder del Frente Popular de Judea a sus compañeros de la resistencia.
                -¿El acueducto? (…)
                -Sí, eso sí, es verdad.
                -Y el alcantarillado.
                -Cierto, esta ciudad antes era un asco. (…)
                -Y las calzadas. (…)
                -Y la irrigación.
                -Y la sanidad.
                -Y la educación.

    Para, después de un largo etcétera, terminar preguntándoles:
    -Pero, aparte del alcantarillado, la sanidad, las escuelas, el vino, el orden público, las calzadas, el agua corriente y la sanidad, ¿qué nos han dado los romanos?

En esta visión tan poco maniquea (de la que deberían tomar nota los que dirigen películas sobre la Guerra Civil española) no hay un pueblo mucho más cruel que otro. Quizá pueden parecer más sofisticadas las crucifixiones de los romanos que las lapidaciones de los judíos, pero la diferencia es sutil. Ambos utilizan métodos inhumanos y sus formas de hacer justicia pecan de la misma falta de rigor y de piedad. Unos y otros disfrutan tanto de la crueldad de los espectáculos del circo romano como de las ejecuciones públicas.

El último gran acierto en lo tocante a la ambientación es un dato que está documentado pero que soslayan de forma sospechosa todas las películas de Jesucristo: Judea, en aquellos tiempos, estaba abarrotada de predicadores, profetas de tres al cuarto y charlatanes de diverso pelaje. Jesucristo, por lo tanto, solo sería uno más entre una multitud de caraduras.

La escena que quería recordar es aquella en la que Brian se convierte por azar y mala suerte en mesías. Hay tantas escenas memorables que esto daría para varios posts. Otro día hablaré, por ejemplo, del derecho de Loretta a tener hijos aunque no pueda tenerlos, que es otra de las escenas de las que siempre me acuerdo.

Uno de los grandes aciertos de la película es que Brian no es una caricatura. Ni siquiera es gracioso ni tiene sentido del humor. Simplemente se trata de un mindundi -judío pero hijo ilegítimo de un soldado romano- que odia a los romanos y se une al Frente Popular de Judea para enfrentarse a ellos. Sus motivaciones son meramente políticas, pero una serie de circunstancias más o menos insólitas lo van a convertir en mesías y mártir de un día para otro.

Todo comienza cuando le persiguen los romanos después de haber sido el único superviviente del grupo de insurgentes que habían intentado secuestrar a la mujer de Pilatos. En su huida decide buscar refugio en la casa donde el Frente Popular de Judea lleva a cabo sus reuniones clandestinas. Como no cabe dentro de la casa porque ya hay demasiada gente escondida se oculta en una especie de balcón rústico de maderas y cañas que da a la calle. Después de entrar y salir un par de veces, el balcón termina cediendo y Brian cae sobre uno de los muchos charlatanes que sermonean a los transeúntes con profecías más o menos apocalípticas, metafóricas, grotescas o absurdas. Como ha caído providencialmente sobre el podio que ocupaba el predicador, comprende que puede hacerse pasar por uno de ellos y así engañar a los romanos. Lo primero que dice es esto:
    -No juzguéis si no queréis ser juzgados.
    Algunos hombres y mujeres le escuchan expectantes y uno de ellos le agradece el consejo. Un mendigo que está a su lado se interesa por la calabaza que lleva en la mano. Es una calabaza que le ha regalado el mercader que le ha vendido una barba postiza para disfrazarse. El mendigo tiene interés en comprarle la calabaza. Brian le dice que no hace falta, que se la regala, y vuelve a su sermón con una de las mejores frases de la película:
                -Mirad los lirios… en el campo.
                -¿Hay que mirar los lirios? –pregunta extrañada una mujer.
                -O los pájaros –aclara Brian.
                -¿Qué pájaros? –inquiere uno de los hombres.
                -Cualquiera –responde Brian.
                -¿Por qué? –vuelve a preguntar el mismo.
                -¿Tienen buenos empleos? –aventura Brian.
                -¿Quiénes? –pregunta otro.
                -Los pájaros –aclara Brian.
Y ahí comienza una absurda disquisición acerca de los pájaros que acaba en un galimatías sobre la importancia de los hombres respecto a estos animales. Uno de los que le escuchan le reprocha la manía que tiene con los pájaros.
                -No es ninguna manía –se defiende Brian-. Pensad en los lirios…
                -¡Ahora la toma con las flores!
Cuando comprende que las consideraciones sobre lirios y pájaros no le llevan a ninguna parte, lo intenta con un cuento, pero el auditorio empieza a poner pegas a las imprecisiones del relato. En ese momento aparecen los soldados y Brian se pone nervioso, por lo que empieza a decir frases sin mucho sentido, frases que quizá le inspiran las que escuchó en el sermón de Jesucristo al que acudió pocos días antes:
                -Bienaventurado el que a buen árbol se arrima porque lo cobijará buena sombra.
La gente le increpa diciéndole que eso es una tontería. Él continúa:
                -Y solo a él se le dará…
Brian no llega a terminar la frase. Los romanos pasan de largo y él puede bajar del podio y largarse de allí. Pero la gente que le escuchaba está intrigada y le pide que termine lo que iba a decir. El intenta zafarse alegando que ya había acabado, que no iba a decir nada más. No le creen y empiezan a seguirle. El principio de toda creencia religiosa está en el misterio y Brian no es consciente de lo que está a punto de provocar. Uno opina que si no lo dice es porque se trata de un secreto, lo que aviva el interés de la gente. Otro dice que puede que se trate del secreto de la vida eterna. El hombre al que le había regalado la calabaza insiste en pagarle algo por ella. Brian intenta alejarse de allí. Una de las mujeres que le sigue le pregunta al hombre de la calabaza si es de Brian y, cuando le dice que sí, quiere comprársela. La mujer cree que es un símbolo y que deben llevársela.

Brian corre para perderlos de vista y pierde una sandalia en la carrera. Sus (per)seguidores interpretan la sandalia como una señal. No se ponen de acuerdo en lo que significa, pero están convencidos de que tiene un sentido transcendente. Se enzarzan en una discusión quijotesca sobre el significado de la sandalia y sobre la naturaleza de la misma, ya que no están seguros de si se trata de una sandalia o de un zapato, mientras la mujer de la calabaza dice que se olviden de eso y sigan a la Calabaza Santa de Jerusalén. Los seguidores de la sandalia y los de la calabaza se dividen, pero ambos van tras Brian, que es el mesías que les desvelará los más recónditos arcanos.

El misterio, la búsqueda de respuestas y los símbolos configuran así el sentido de la religión. No servirá de nada que más adelante Brian les diga que no tienen que seguir a nadie, sino que tienen que ser ellos mismos. Esas sabias palabras solo sirven para reafirmarles en su fe en la sabiduría de Brian, su nuevo líder, el nuevo mesías.

Por todo esto considero que La vida de Brian se vale de la parodia para explicarnos, mucho mejor que otras historias más serias, el hecho religioso. Por otra parte, la deformación grotesca con que nos presenta la época no impide que comprendamos que cualquier acercamiento a los sucesos que originaron todas y cada una de las religiones es misión imposible. ¿Cómo podemos estar seguros de lo que pasó en la antigüedad si hoy mismo, cuando disponemos de infinidad de medios de comunicación, no podemos saber con certeza lo que pasa a cien metros de nuestras casas? ¿Cómo podemos dar credibilidad a unas historias que tuvieron lugar en un momento donde la forma de comunicación oficial era el boca a boca y la mayoría de la población era totalmente analfabeta? Si no habéis jugado nunca al teléfono escacharrado, os invito a hacerlo durante estos días como actividad alternativa a las procesiones. Y si no estáis para juegos, ya sabéis, salid al campo y mirad los lirios.