viernes, 1 de octubre de 2010

Poema para presentar "Decoración de interiores"

Ya sabéis que el 6 de octubre se presenta mi libro “Decoración de interiores” en una presentación conjunta porque es parte de una colección de poesía nueva que publica la editorial Amargord. Ese día compartiré con vosotros la emoción de ver el libro impreso por primera vez. Es curioso. No es la primera vez que me pasa algo así. Cuando publiqué “Uno de los dos”, mi primera novela, no la vi impresa hasta que me acerqué a uno de los puestos de la Feria del Libro de Madrid el mismo día en que la íbamos a presentar. Tampoco fue una presentación al uso. Ese día estrenaba la editorial Inéditor con Germán Temprano y Susana Veiga. Ella, por cierto, es la que ha tenido la generosidad de prologar la edición de “Decoración de interiores”. Hoy Germán y Susana siguen formando parte de mi vida. Espero que la presentación del miércoles sea otro de esos momentos que a uno le gusta recordar y que muchos amigos os paséis por allí para compartirlo conmigo.

A modo de aperitivo os dejo uno de mis poemas favoritos de “Decoración de interiores”:

PISO COMPARTIDO

Como unos miserables vivimos todos juntos
en la enana república que aloja mi pellejo
Vivimos hacinados entre los flojos muros de mi carne
que sustentan estos óseos pilares cada vez más cansados

Aquí vivimos todos, los que ya fui y seré
el sabio y el idiota
el recto y el perdido
el lúcido suicida y el infausto inmortal
el duro y el sensible
el cruel homicida y el misericordioso
el loco peligroso y el sabio consejero
el más leal amigo y el infame traidor
el místico, el ateo
el misántropo, el hombre prometeico
el amante, el misógino
el sacrificado humanista que consagra su vida al estudio
o el alucinado que incendia los fondos de la Biblioteca Nacional

Todos tienen su sitio, su turno de palabra
y unas normas comunes para la convivencia
A veces se las saltan, discuten y dan voces
y en muchas ocasiones llegan a darse de hostias

Sin embargo, al final, siempre vuelve la calma
se firma un armisticio y reina la concordia
y hay abrazos incluso y vuelven las palabras a servir a la vida

Hace frío ahí afuera y es mejor vivir juntos
que salir a la calle a morir congelados

Las incomodidades no tienen importancia
si uno tiene un refugio donde sentirse a salvo
y una ventana al mundo para ver lo que pasa



El miércoles 6 de octubre a las 20.00 se presenta la colección de poesía “Hecho en Lavapiés” de la editorial Amargord en la Sala Triángulo. Entre sus primeros títulos estará mi libro “Decoración de interiores”.

Más adelante se hará una presentación exclusiva de “Decoración de interiores”. Os mantendré informados.

La Sala Triángulo está en la calle Zurita, número 20, en el barrio de Lavapiés de Madrid.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Qué bien pensado está el mundo: el Estado de Israel

Con una sección dedicada a todo lo que hay en el mundo bien pensado y bien hecho, tarde o temprano tenía que hablar del Estado de Israel. Porque pocas cosas se han hecho tan a gusto de todo el mundo, o de casi todo el mundo. Evidentemente a los palestinos no les gustó. Y a muchos árabes, por lo que tiene de retroceso para la jihad, tampoco. Pero dejando a un lado males menores, hay que reconocer que satisfizo a muchos países, los que nos interesan a nosotros, los de la ONU, que fueron quienes decidieron que había que crear un estado para los judíos en compensación por los padecimientos que sufrieron en manos de los nazis. Hay gente mal pensada que piensa que fue también, en parte, una forma de quitárselos de encima. Porque mucho “pobrecitos judíos”, pero nadie los quería en su casa. Y es que a los judíos, gente estudiosa, trabajadora e industriosa, nunca nadie los ha querido. Por envidia, supongo, que el ser humano muchas veces no perdona el éxito ajeno. De ahí que ya los niños manifiesten una clara animadversión por los empollones de la clase.

Lo del odio a los judíos ha sido casi un deporte histórico. Ya lo practicaban los romanos, que los persiguieron a lo largo y ancho del Imperio. Castilla y Aragón continuaron con la tradición en la Baja Edad Media para terminar expropiándolos y expulsándolos en 1492. ¡Chúpate esa, Hitler!, que nosotros nos anticipamos en más de 400 años a tu gran idea. Para que luego digan que siempre hemos ido al rebufo de la Historia. Que si llegamos tarde al Renacimiento, que si casi no llegamos al Romanticismo, que si la Revolución Industrial empezó en España tarde, mal y nunca… Pues mira, en esto de perseguir a los judíos fuimos pioneros. Hitler tuvo que ser más cruel e hijo de puta supongo que para hacerse notar y superar los logros del pasado. Pero aquí el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, que a los judíos también los han echado de Francia, de Inglaterra, de Rusia, de Ucrania…

Por eso, antes de que llegara la moda de las esvásticas, allá por la segunda mitad del siglo XIX, cuando -desnortados y sin saber a dónde ir- los judíos cayeron en la cuenta de que en su libro de cabecera Dios, nada más y nada menos, les había dicho que les prometía la tierra de Israel, pensaron que ya era hora de que cumpliera su promesa y empezaron a emigrar a aquella zona.

Por entonces, muchos judíos también se fueron a Estados Unidos, que era un lugar donde iban personas de todas las nacionalidades, razas y credos. Supongo que los poco prejuiciosos americanos de aquella época tuvieron que decir: por qué no, pues no dejamos venir hasta a los negros. Y ese fue el gran acierto del perseguido y masacrado pueblo judío. Desembarcaron en el país de las oportunidades, el que estaba destinado a ser el nuevo gran imperio. Como se podía prever, los judíos no tardaron en meter las narices en la banca, las finanzas, la usura, la industria y la cultura, para terminar controlando gran parte del emporio. Los judíos de Israel siempre se han beneficiado de tener unos primos lejanos tan poderosos.

Yahvé, que es lento pero obstinado, terminó de cumplir su promesa en 1947, cuando la ONU decidió dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. En 1948 el Estado de Israel declaró su independencia y los judíos de todo el mundo quisieron volver a la Tierra Prometida. Los estados árabes, siempre contumaces, no lo aceptaron e iniciaron una serie de guerras que acabarían perdiendo y que solo servirían para reforzar cada vez más a los judíos, que irían ganando territorios paulatinamente.

Los palestinos -aunque ahora Mahmud Abbas está dispuesto a contentarse con que reconozcan la existencia del Estado palestino y se marquen las fronteras de forma clara- siguen sin aceptar que el airado Dios de la Torá haya vuelto armado hasta los dientes para imponer su santa voluntad. Y es descorazonador porque nos da la justa medida de la capacidad de comprensión del pueblo árabe. Tanto tiempo leyendo el Corán no les ha servido para mejorar sus capacidades hermenéuticas. Bien clarito que lo pone en el Antiguo Testamento, que, no nos engañemos, es la primera parte de la trilogía que cierra El Corán: El Antiguo Testamento, El Evangelio (de esta parte Dios nunca llegó a estar muy satisfecho y por eso escribió cuatro versiones con cuatro evangelistas diferentes; ignoramos cuál es su preferida) y El Corán. Eso es un éxito literario y lo demás tontería. La trilogía no tiene nombre, pero bien podría ser El libro de Dios y venderse en un pack.

Los musulmanes no tienen excusa pues reconocen que el Antiguo Testamento también es libro sagrado para ellos, o al menos lo fue para su profeta. Si Dios escribió lo que escribió en el Éxodo por algo sería, que Dios no da puntada sin hilo. Y más valiera que no hicieran caso de todas las prevenciones que hay en El Corán en contra de los judíos, que probablemente más que a la inspiración divina se deben a la animadversión personal del profeta Mahoma hacia los judíos de Medina, que no quisieron reconocerlo como profeta y le hicieron pillar un berrinche descomunal. Algunos listillos dirán que a lo mejor lo de la Tierra Prometida tampoco fue inspiración divina, que es justo sospechar que los copistas del Altísimo pudieron meter alguna que otra morcilla en el borrador por intereses particulares. No sería extraño, dicen estos escépticos, que esa idea de la Tierra Prometida más que de la época de Abraham fuera de la del rey David, que apoyándose en una supuesta revelación divina habría intentado legitimar las aspiraciones territoriales de los israelitas.

Esta historia me parece fascinante porque demuestra el poder que tiene la palabra escrita a poco que llega algún iluminado y la sacraliza. Muchos pueblos o colectivos marginados del mundo podrían aprender mucho de la historia de los judíos y su Tierra Prometida. Por ejemplo, los gitanos, ahora que los están echando a patadas del país de la egalité, la libegté y la fgaternité. O los homosexuales y las lesbianas de los países donde todavía son perseguidos. O los obesos, que nunca encuentran ropa de su talla en las tiendas donde va todo el mundo ni caben en los minúsculos asientos de los aviones.

La receta para conseguir una tierra prometida es bien sencilla. Lo primero que deben hacer los pueblos o colectivos oprimidos es escribir un libro en el que se diga claramente que Dios les regala un terrenito. Es inteligente a la hora de elegir parcela buscar un país no muy desarrollado, con pocos recursos y pocos aliados poderosos, que siempre será más fácil de derrotar. Algunos países asiáticos, los sudamericanos y los africanos parecen más vulnerables. Este es el paso más difícil y hay que meditarlo bien antes de realizar la elección.

Una vez el libro esté preparado, debe comenzar la campaña de marketing. En la promoción del libro se tiene que hacer hincapié en su origen divino. Esto no va a colar en las primeras generaciones, pero tú dale un par de siglos y ya veremos qué pasa. En cuanto los primeros fanáticos reconozcan el carácter divino y revelado del libro, deben dejar que el producto fermente durante unos 3.000 años (en esta especie de microondas histórico en el que damos vueltas a toda velocidad es posible que no haya que esperar tanto). Cuando vean que todo está preparado para la invasión, es muy importante que luchen por ganarse la simpatía de la nación más poderosa del planeta. No pasa nada si hay que recurrir al soborno o al chantaje. Conseguir que miembros del colectivo adquieran cargos de responsabilidad en esta nación puede ser decisivo. En el amor y en la guerra todo vale.

Con una receta como esta no sería un disparate imaginarse a todos los gitanos dentro de unos siglos viviendo felices y contentos, pongamos, en Senegal, a todos los obesos en Ecuador, o a todos los homosexuales en… En este caso sería más difícil encontrar un país que pudiera acoger a tantos millones de personas, pero nadie ha dicho que no puedan ser tres, cuatro, cinco países los que Dios regale al colectivo si la densidad poblacional del mismo lo merece.

Los palestinos podían hacer algo parecido o escribir la cuarta parte de El libro de Dios. En esa cuarta y última parte de la saga bien podría suceder que Dios, harto de los desafueros y atrocidades de los israelíes, decidiera expropiarlos de la tierra que un día les prometió a sus ancestros y devolvérsela a los pobres palestinos, que soportaron todos las adversidades y sufrimientos con la paciencia estoica del santo Job. Al menos todos aquellos que no se volaron por los aires embutidos en un traje de explosivos en busca del paraíso musulmán.

La idea de que toda minoría perseguida debería tener un sitio en el mundo donde vivir en paz es tan bonita que todo sacrificio es poco si el fin último es llevarla a cabo. A la ONU así le pareció cuando apoyó la ocupación de Palestina por los judíos. El único reproche que se les puede hacer es no haberles dado un trocito de Europa, la Bretaña francesa o el Estado de Baviera mismamente, para hacer gala de su generosidad. Pero ya sabemos todos que una cosa es predicar y otra bien distinta dar trigo.

martes, 21 de septiembre de 2010

Presentación de la colección de poesía "Hecho en Lavapiés"

El miércoles 6 de octubre a las 20.00 se presenta la colección de poesía “Hecho en Lavapiés” de la editorial Amargord en la Sala Triángulo. Entre sus primeros títulos estará mi libro “Decoración de interiores”. Siempre es muy emocionante participar en proyectos nuevos. Espero que os animéis a venir y que seais los primeros en estrenar el libro. Más adelante se hará una presentación exclusiva de “Decoración de interiores”. Os mantendré informados.
La Sala Triángulo está en la calle Zurita, número 20, en el barrio de Lavapiés de Madrid.

viernes, 10 de septiembre de 2010

La ley del péndulo

Sí, les vamos a dejar que saquen adelante la reforma laboral. No vayas a la huelga general. No respaldes a los sindicatos. Que se hundan con su conformismo y sus verticalidades y sus regalías políticas. Todo huele a caducado, a podrido, y nosotros queremos otra cosa. Por eso llevamos a nuestros hijos a los colegios privados. Para darles algo mejor. Por eso acudimos a la sanidad privada. Para que el médico que te trataría a patadas en su consulta de la Seguridad Social lo haga como solo tú te mereces. Por eso vamos a votar a los partidos que no malgastan el dinero del erario público en servicios que solo benefician a los zarrapastrosos y a los inmigrantes.

Todo lo que se consigue fácilmente deja de tener interés. Y esto de los derechos sociales y del estado de bienestar ha llegado a aburrir, por manido. Habrá que perderlos para poder valorarlos otra vez.

Perderlo todo es el primer paso para poder luchar por recuperarlo.

Todo va y viene constantemente, como las modas. Por eso han vuelto las camisetas rosas, la minifalda, la xenofobia fascista o la guerra santa. Siempre con algún detalle diferente para despistar o con un nombre distinto con que disfrazarse de algo novedoso.

Cuando el capitalismo feroz controle por fin todo el sistema, llegará alguien que dirá que los trabajadores deberían tener ciertos derechos, que las escuelas públicas deberían ser la máxima prioridad, que hay que defender la sanidad pública para que sea más fuerte y eficaz que la privada, y lo miraremos fascinados y aplaudiremos como focas. Nuestra falta de memoria es pasmosa y gracias a ella podemos vivir una y otra vez las mismas cosas como si nunca antes pudieran haber sucedido, como si nuestras ocurrencias fueran algo insólito que solo una sociedad tan avanzada como la nuestra hubiera podido alumbrar.

Hace tiempo que el péndulo avanza con decisión hacia su lado derecho. Démosle un fuerte empujón entre todos para que llegue cuanto antes hasta ese extremo. Solo así podrá iniciar el camino inverso.

martes, 31 de agosto de 2010

Mundos perdidos: De La Parada de los Monstruos al Bar de Beni

(Si os parece largo, lo leéis en tres veces).
El descubrimiento

Tuvo que ser en el año 1999 cuando descubrimos La Parada de los Monstruos. No más tarde. Recuerdo que era por aquella época cuando mi amigo Jesús y yo nos dedicábamos a cerrar bares en Madrid de martes a jueves. Una de aquellas noches, a eso de las tres o las cuatro de la noche, decidimos entrar en aquel bar. La iniciativa fue de Jesús, que ya había estado allí unos meses atrás en unas circunstancias muy parecidas. Había salido de un concierto, era tarde y tenía mucha hambre. Así estábamos nosotros cuando decidimos franquear la puerta de aquel extraño establecimiento.

Había que ir un poco perjudicado para entrar en un sitio así sin poner objeciones. Era un bar cutre, no muy grande, con las paredes pintadas de blanco y una decoración parca en la que destacaba como un puñetazo en el ojo un póster de Leonardo Dantés. En la barra el ornato no mejoraba mucho. Lo más llamativo era una colección de bolígrafos baratos y de promoción tipo Taller Mecánico Manolo que había sobre una cornisa en una serie de vasos de plástico alineados.

Pasamos no sin cierta reticencia, dimos las buenas noches a los pocos parroquianos que había –un par de pelanduscas cincuentonas, un par de borrachos y algún friki solitario- y buscamos en la pared algún listado de raciones o bocadillos. Tres o cuatro carteles destacaban algunas especialidades del establecimiento (algo así como patatas bravas, bocadillo de calamares, tortilla española…), pero por ninguna parte se podía ver un listado completo. Por eso me dirigí al hombre que había detrás de la barra –todavía no sabíamos que se llamaba Benito- y le pregunté con mucha amabilidad si tenía una carta con todas las raciones. Tengo que decir que su tono no fue muy simpático y que, por otra parte, no me extrañó dadas las horas intempestivas y nuestro estado a todas luces lamentable. Esto fue lo que me espetó: “Mira, chaval, aquí no hay carta. Aquí vienen siempre los mismos y ya saben lo que hay. Y si quieres, yo te digo lo que te puedo hacer ahora mismo y ya está”.

Nos ofreció de viva voz un surtido de bocadillos y raciones de lo más típico y, para terminar, algunos platos sorprendentes para las horas que eran. A eso de las cuatro de la mañana estaba comiéndome unos macarrones con tomate que me supieron a gloria.
Lo mejor estaba por venir. Después de dar cuenta de la opípara cena y de algunos botellines para que no se atascara por el camino, tuvimos que pagar un precio que nos pareció ridículo. Recuerdo que pensé que nunca más iría a los chinos de la Gran Vía sabiendo que existía un sitio así.

No recuerdo con exactitud los precios, pero los botellines no llegaban ni de lejos a las cien pesetas, los bocadillos no valdrían más de doscientas y el precio de los cubatas no sería mucho más alto.

Por supuesto que volvimos. Al principio espaciando las visitas. Finalmente con una asiduidad que rayaba la obsesión. Nos dimos cuenta de que en ningún sitio estábamos tan a gusto como allí ni comíamos y bebíamos tan barato. Además estabas como en casa. La cámara con los botellines estaba fuera de los dominios de la barra. Beni te daba un abridor y tú te ibas bebiendo los que te daba la gana cuando te apetecía. Para los refrescos se usaba la misma técnica, pero con la ventaja de que no hacía falta abridor. Todos eran de lata. Solo para los cubatas había que molestar a Benito, que tenía que escanciar el licor en un vaso para que pudieras hacer la mezcla. Cuando el grupo era grande, la cuenta de los cubatas la llevaba echando moneditas en un vaso. Cada cubata, una monedita. Aunque muchas veces ni se molestaba en contarlas. Siempre estaba de acuerdo con lo que tú declarabas haberte bebido.

A Beni lo que más le interesaba era la cocina. Se pasaba el rato haciendo pinchos y te los ponía cuando a él le daba la gana y en la cantidad que él creía conveniente (siempre en exceso, por supuesto). No andaba emparejando pinchos y botellines. No importaba el número de botellines que bebías. Su referente era el tiempo que pasabas allí y el hambre que pudieras tener.

No recuerdo que nunca nadie le engañara en el número de botellines consumido (otra cosa muy distinta es si algunas veces el exceso de alcohol equivocaba la cuenta). Nadie engañaba a Benito. Benito era noble, honrado y generoso y haberle hecho algo así hubiera sido de una inmoralidad imperdonable. Nunca se coló por allí gente despreciable porque Benito era intransigente con la chusma. Si entraba alguien que no le gustaba, lo trataba mal para que se fuera. O lo echaba directamente. Estoy hablando de casos excepcionales. Recuerdo ahora mismo que una vez echó a un carterista y otra a un asqueroso que quiso propasarse con su hija.

En aquellos primeros tiempos íbamos a La Parada de los Monstruos hasta a cenar. Te preparaba la mesa como si estuvieras en un restaurante de verdad y te hacía unas cenas cojonudas. “¡Como los reyes!”, gritaba Benito desde la barra cuando sabía que ibas a alucinar con el plato que te había preparado. El precio de estas cenas sí lo recuerdo: 500 pesetas. Daba igual lo que hubieras comido o las bebidas que hubieras consumido. A Benito le parecía inconcebible que una cena pudiera valer más que eso. Tampoco menos.

Pero sin duda las cenas que más nos gustaban eran las que nos ofrecía a altas horas de la noche, como el día que arribamos a su bar por primera vez. Siempre nos sorprendía con algo especial, como aquella noche en la que nos preparó un cocido extraordinario.

Al principio llamábamos al bar La Parada de los Monstruos porque la fauna era muy parecida a la que nos encontramos en mi primera visita. Para colmo descubrimos que el póster de Leonardo Dantés no estaba allí por alguna extraña desviación del dueño del establecimiento, sino porque era uno de los clientes habituales. Él y Paco Porras se dejaban ver por allí con mucha asiduidad. También era normal encontrarte allí a toda la familia de Benito. Su mujer, María José, le ayudaba fuera de la barra a recoger un poco los cascos y las latas vacías. Y sus hijos, Lorena y Benitín, le ayudaban a ocupar las mesas para que nadie pudiera sentarse en ellas. No era raro encontrarte a Benitín en bata y zapatillas haciendo la tarea en una mesa y a Lorena jugando al parchís o a algo por el estilo con su madre en otra. Si tenemos en cuenta que el local solo tenía cuatro mesas, nos podemos hacer una idea de la situación. Era una familia tan peculiar como el establecimiento.

Mis colegas Jesús y Salva y un servidor, que éramos los más fanáticos del sitio y que trabajábamos por entonces en la Fnac, pronto conseguimos que mucha gente de nuestro curro se pasara por allí. La gente alucinaba tanto con el sitio que no era raro que unos días más tarde repitieran arrastrando a todo su grupo de amigos. Por eso en muy poco tiempo el bar empezó a convertirse en un sitio de moda. En un extraño sitio de moda. No puedo decir que nosotros lo hiciéramos famoso, pero sí que participamos en ello. Los actores y demás currantes jóvenes del teatro Lope de Vega, que estaba al lado, también lo descubrieron y lo popularizaron entre sus amistades. No tardaron mucho tiempo las hordas de estudiantes y de jóvenes de precaria situación económica en aparecer por allí y darse cuenta de que era mucho más rentable pasar allí las noches que irse a hacer botellón. El éxito mediático de Paco Porras y Leonardo Dantés también fue muy importante, pero, desde mi punto de vista, no fue la mejor promoción. Había veces que el local estaba tan lleno que no se podía estar allí. Ellos mismos, Paco Porras y Dantés, dejaron de ir. Pero no me quiero adelantar, que eso sucedió mucho más tarde. Ahora quiero recordar lo bien que lo pasamos en el bar de Beni, que ya no era La Parada de los Monstruos, durante cuatro o cinco años.

El momento de máximo esplendor

La decoración del bar se convirtió en uno de los elementos más importantes. Supongo que cuando Benito vio que la gente joven empezaba a ir a su bar, pensó que tenía que ofrecerles una decoración acorde con sus expectativas. Un buen día llegamos al bar y había llenado las paredes con fotos de cantantes y actores famosos. Muchas de ellas estaban firmadas y dedicadas a Beni. No sé si alguna que no fuera la de Leonardo Dantés era auténtica. La mayoría estaban firmadas con la misma dedicatoria, la misma letra y el mismo rotulador.

Más tarde comprendió que lo mejor que tenía el bar eran sus clientes y empezó a hacerles fotos para colgarlas al lado de las celebridades. Era todo un homenaje estar retratado en una de sus paredes. Sobre todo al principio. Antes de que literalmente empapelara todas las paredes y los techos de fotos. También le gustaba mucho aparecer él en las fotos, sea con algunos clientes destacados o bien haciendo alguna gamberrada. La que más me gustaba a mí era la foto en la que estaba retratado con un burro dentro del bar.

Había otros motivos decorativos, como las banderas que se ponen en las fiestas populares u otros adornos del estilo de la feria de abril, que el primer día siempre pensábamos que los había puesto de forma provisional (una fiesta, un cumpleaños, la Navidad…) y, sin embargo, se quedaban allí normalmente hasta que se caían.

Hasta la bajada a los servicios estaba llena de fotografías y pósters. No voy a extenderme mucho en el tema de los servicios porque merecería un capítulo aparte. Sobre todo porque la limpieza no era exactamente el punto fuerte del negocio. Circulaban leyendas que aseguraban que había clientes que habían bajado al servicio y habían desaparecido para siempre. La verdad es que la leyenda la inventamos nosotros para amedrentar a los novatos que iban por primera vez. Probablemente no estaba mucho más sucio que los servicios de otros bares supuestamente más enjundiosos. En el servicio lo que sí hubo a veces fueron asuntos turbios, algunos incluso que rayaban el acoso sexual, y que me voy a callar para respetar el tono panegírico de este texto.

Llegó un momento que había tanta gente en el local que Beni se vio obligado a rebajar la oferta culinaria. Dejó de lado los platos caseros y se especializó en bocadillos y raciones. Famosas eran sus raciones de venao (aunque todos dudamos de que en verdad lo fuera) y sus raciones de pollo flambeado al ron, que salían de la barra con el plato totalmente en llamas.

En varias ocasiones, algunas revistas o páginas webs que hacían críticas de los bares de tapas de Madrid reseñaron el establecimiento de forma muy positiva. Era Benito el que, orgulloso detrás de la barra, nos enseñaba los recortes. Siempre destacaban la abundancia y calidad de las tapas, el ambiente singular y excéntrico del establecimiento, y el buen humor del dueño y anfitrión.

Algunas veces le eché un poco la bronca a Benito porque no contrataba a nadie que le ayudara. No podía entender que con el bar hasta los topes no tuviera ningún tipo de apoyo dentro de la barra. Él siempre me respondía con la misma gracia: “Pero ¿has visto tú un bar con más camareros que este?”. Y en cierta manera tenía razón. Incluso en los momentos de mayor éxito, cuando toda la calle se llenaba de gente bebiendo porque no cabía un alfiler en el bar, el suministro de bebidas se hacía como en los primeros tiempos. Solo que siempre había alguien por ahí preguntando si teníamos un abridor. Benito estaba muy orgulloso porque el repartidor de la cerveza le había dicho que era el que más pedía de toda la zona.

Como ya dije antes, no creo que el éxito de Leonardo Dantés y Paco Porras beneficiara mucho al local. Pronto Cárdenas aguzó su olfato de rastreador de frikis y dio con él. El día que vi el bar en Crónicas Marcianas me puse de mal humor. Lo que menos necesitaba el local en ese momento era más publicidad. Y menos que intentaran reírse de Benito. Benito podía parecer a primera vista un friki, pero no era un idiota ni quería hacerse famoso. El reportero de frikis no le engañó. El mismo Beni nos contó que le había hecho preguntas para reírse de él y que no le había seguido el juego. Cárdenas quedó inmortalizado en una foto con Benito en una de las paredes, pero ya no volvió más.

A Benito terminaron denunciándolo. Supongo que los vecinos protestaron por el escándalo que había en la calle. No me parece extraño. A veces había dos o tres veces más clientes por las aceras que en el local. Beni tuvo que pagar numerosas multas. También por no respetar la hora de cierre. Antes había sido un local tranquilo que pasaba desapercibido. En aquellos tiempos, sin embargo, se convirtió en objetivo prioritario de la policía local. Al final Benito, incapaz de asumir tantas sanciones, terminó cediendo. Un día llegamos y ya no nos dejaban estar en la calle. Tampoco podíamos estar dentro por la cantidad de gente que había. Ni siquiera nos podía quedar el consuelo de pasar a última hora. A las tres o incluso antes Benito, a su pesar, echaba el cierre y se iba a casa.

Antes de aquella tremenda popularidad que no le dejaba parar ni un minuto pudimos conocer al hombre que había creado aquel bar tan excéntrico y singular. Benito era básicamente un hombre bueno, generoso y simpático. Le gustaba la gente y el sentido del humor. En los primeros tiempos raro era el día que no te contaba un chiste. También le gustaban las fotos, como ya he dicho. Tenía algunos álbumes de fotos dentro de la barra y de vez en cuando nos los enseñaba. Sobre todo las fotos de su juventud, de la época en la que llegó a estar presente en el único concierto de los Beatles en España, aunque, como él mismo explicaba, no le gustaban. O de las de su noviazgo con María José. Siempre estuvo muy orgulloso de que su mujer fuera mucho más joven que él y de habérsela podido ligar a pesar de la diferencia de edad. También nos hablaba de su pueblo, un pueblo de Extremadura al que algún día, cuando se jubilara, volvería como un triunfador después de haber conquistado Madrid. De los únicos sitios que hablaba era de su pueblo y de Benidorm, donde pasaba unos días todos los veranos. Es posible que esa sea la razón por la que estoy escribiendo esto ahora. Este verano fui al Low Cost a Benidorm y nada más llegar y ver las letras horteras con el nombre del municipio que te dan la bienvenida del primero que me acordé fue de Benito. Y fue un recuerdo triste porque en ese momento caí en la cuenta de que ya nunca más podría volver allí ni regresar a su pueblo, como un indiano de otra época, a disfrutar de una jubilación que él, más que nadie, se merecía.

Los últimos años
En los últimos años fuimos poco. No se podía respirar dentro del local y no aguantábamos. Había demasiada gente y el sitio era cada vez más claustrofóbico. Ya no había ningún hueco más para poner fotos y Benito las dejaba caer en cascada desde el techo. Desde la parte de arriba de la barra caían tantas ristras de fotos que a Benito casi ni se le veía. Solo a través de algunos huecos que había dejado podía asomarse de cuando en cuando mientras se afanaba con la plancha y la freidora. Siempre que sacaba alguna ración de pollo flambeado al ron por uno de aquellos huecos yo pensaba que era el fin, que se prendería alguna de aquellas tiras de fotografías y pereceríamos todos atorados en la puerta mientras nos devoraban las llamas.

A veces nos pasábamos por allí para probar suerte, pero lo normal era que no hubiera sitio y que nos termináramos yendo. Siempre, de todas formas, pasábamos a saludarle y le explicábamos por qué nos íbamos. A él le dolía porque, como siempre nos decía, él no olvidaba que nosotros empezamos a ir a su bar antes de que se convirtiera en un sitio de moda. A algunos hasta nos dio el título honorífico de sobrinos adoptivos de Beni: Jesús, Nacho, Álex (que era yo) y sobre todo Juanma, que en aquel bar incluso encontró al amor de su vida. A mí, aunque siempre me demostró su cariño de forma especial, normalmente me llamaba Álex. Yo no le corregía. Era una costumbre que tenía desde que nos habíamos conocido y hasta me gustaba. Eran cosas nuestras.

El triste final
Benito murió creo que hace ya tres o cuatro años. Ya he dicho que no soy bueno para las fechas. Sí recuerdo que para darme la funesta noticia me llamó mi amigo Nacho. Algo simbólico, pues nuestra amistad se fraguó en el bar de Beni. Me dejó hecho polvo, aunque no me sorprendió demasiado. Sabíamos que estaba mal. Poco tiempo antes de su muerte estuvo muy grave. Lo ingresaron en el hospital y creo que incluso llegaron a operarle. Después de superar aquel trance el bar volvió a abrir sus puertas y una noche su mujer nos contó que las condiciones en las que trabajaba no eran buenas para su salud. El ambiente de aquel bar, con tanto calor y tanto humo, resultaba muy pernicioso para lo que fuera que padeciera. Pero Benito no sabía vivir de otra manera y no supo parar. Él solo se sentía bien trabajando día y noche. Muchas veces su mujer nos contaba que el día que libraban todo le aburría y no quería hacer nada.

Todos sabíamos que el bar desaparecería con él porque él era el bar. No había sustituto posible. La fachada del bar se llenó de coronas, de ramos de flores, de poemas, de cartas y de dibujos para despedir al hombre que tan generoso había sido con todos nosotros. De todos los epitafios y elegías que se amontonaron en aquella fachada me quedo con el dibujo que había en una cartulina. Se veían las puertas del Cielo y un camino que conducía a ellas. Ese camino se bifurcaba poco antes de llegar al final y aparecía un pequeño sendero que conducía hasta el bar de Benito, que estaba en una de las nubes aledañas al Paraíso. No hace falta decir que ese era el camino que la gente elegía al llegar al otro mundo.

Esta es la historia -mi historia- del bar que empezó siendo la Parada de los Monstruos y terminó siendo el bar de Beni, aunque él siempre mantuvo en la puerta el nombre original, que no era otro que bar Gran Vía, a pesar de que estaba en la calle Isabel la Católica, una de las calles que unen la Gran Vía y la plaza de Santo Domingo. En Facebook todavía podéis encontrar una página dedicada a su memoria. Si os apetece echar un vistazo, buscadla como Bar Benito “Beni”.

Muchos de los que conocimos a Beni todavía esbozamos una estúpida sonrisa cuando nos acordamos de él. El recuerdo tiene su punto amargo cuando comprendemos que es muy difícil que volvamos a encontrar un sitio así. Nos queda la satisfacción de poder decirle a todos los que solo han conocido este bar por referencias y comentarios que nosotros sí estuvimos allí.

viernes, 6 de agosto de 2010

Estampa costumbrista

Un calor asfixiante que te machaca nada más salir a la calle, que te aplasta contra el asfalto. Los saltamontes no saltan por temor a quedarse churruscados en el aire. La imposibilidad de ponerte la chaqueta. La incomodidad de no saber cómo llevarla y no poder desprenderte de ella. El camino hacia una iglesia a la que no piensas entrar. El alivio de beber unas cañas para que se te pase el sofoco. Otra vez a la calle. El consuelo de ver que al menos tú no te has puesto corbata. La corbata parece una soga de ahorcado. La chaqueta otra vez, que pasa de una mano a otra sin encontrar acomodo. Los pies te arden. Tu reino por arrojar los zapatos, arrancarte los calcetines y ponerte unas sandalias. Otra vez ante la puerta de la iglesia bajo un sol inclemente esperando a que salgan para poder volver al bar. Gritos, aplausos y besos. Han arrojado cosas y te han puesto perdido. Te sacudes el pelo. Vuelta al bar. Unas cañas más y algunas tapas. Sabes que no debes comer, pero estás un poco borracho por beber en ayunas. Buscas un chófer que te lleve al restaurante. El calor y las tapas te han dejado sin hambre, pero comes. También bebes sin sed. El líquido se convierte en el sudor que dibuja una aureola alrededor de tus sobacos. Ya ni sientes los pies. El aire acondicionado no mitiga el calor. Te ríes sin ganas de lo que dicen el resto de comensales. Dices alguna gracia que los demás ríen sin ganas. Engulles y engulles hasta que decides que ha llegado el momento de tomar un Almax. En lugar de la tarta y el helado. Deberías haberte tomado el helado en lugar de la carne. Deberías haber bebido menos vino. Es el momento del champán. Brindas. Sueltas un montón de pasta. Poco después bebes una copa mientras bailas alguna canción de Shakira. Vas y vienes al servicio. Vas y vienes a la barra. Vas y vienes a la pista. David Bisbal. Georgie Dann. Un pasodoble. Marta Sánchez. Otra vez Shakira. Chayanne. Carlos Baute. Sevillanas. Paquito el Chocolatero. Hablas un rato al lado de la barra mientras apuras la penúltima copa. Llega el momento de irse y te pasas quince minutos buscando la chaqueta. El sol te ciega cuando sales a la calle. Sigue haciendo un calor insoportable. Falta mucho aún para que se haga de noche. Alguien propone ir a un bar. Tú dices que irás después. Necesitas cambiarte de ropa. Probablemente vomitar.

Así es una boda en pleno agosto en mi pueblo.

Sobre la mesa una invitación me recuerda que mañana estoy convocado.

No sé si la emoción me dejará dormir esta noche.

martes, 27 de julio de 2010

No a la prohibición de los toros

Nadie más poco amigo de los taurinos que yo. Siempre me ha repateado los hígados que se les llene la boca hablando de arte cuando de lo último que se trata es de eso. Hablemos claro: les gusta ver cómo se tortura a un animal al mismo tiempo que hay un ser humano (imbécil por regla general) que se arriesga a ser empitonado. Esto último es el aliciente fundamental. Si realmente les interesaran las verónicas y demás suertes taurinas, hace tiempo que no hubieran tenido ningún inconveniente en ponerle bolas en los cuernos al toro o un traje de algún material resistente al torero que le protegiera de una posible cogida.

No es arte ni cultura. El problema de las palabras arte y cultura es que son palabras anfibológicas. De eso se aprovechan los fanáticos de la tauromaquia.

En su definición artística, arte es el acto o facultad mediante los cuales, el hombre valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, imita o expresa lo material. En este sentido no hay un ápice de arte en la tauromaquia. El problema es que la palabra arte tiene otras dos acepciones en las que sí encaja: 1. Virtud, disposición y habilidad para hacer alguna cosa. // 2. Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien alguna cosa. Obsérvese que ambas definiciones se refieren a “alguna cosa”. En el caso del toreo esta cosa es, como ya decía al principio, torturar a un animal hasta que se muere al mismo tiempo que un imbécil se juega la vida.

Con la palabra cultura pasa otro tanto. Según una de sus definiciones, la cultura es el resultado o efecto de cultivar los conocimientos humanos y de afinarse por medio del ejercicio las facultades intelectuales. En este sentido, el toreo no es cultura. La otra acepción de cultura es la antropológica: conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una sociedad y una época. Desde esa perspectiva sí podemos decir que forma parte de nuestra cultura, de la misma forma que es cultura escuchar la música en un mp3, tirar arroz en una boda o irnos de vacaciones a la playa en verano.

La tauromaquia, pues, no es cultura en el sentido estético ni intelectual, sino que forma parte de nuestras carpetovetónicas tradiciones. Es curioso que en muchas de esas maravillosas tradiciones nuestras las víctimas sean los animales: tirar una cabra desde un campanario, arrancarle la cabeza a un ganso, ponerle fuego en los cuernos a un toro… Eso habla mucho de la poca sensibilidad que se ha tenido hacia los animales en este país a lo largo de los siglos.

A mí las prohibiciones no suelen gustarme. Son imposiciones por la fuerza que, normalmente, no resuelven los problemas. Lo prohibido siempre tiene un morbo y una emoción que sublima aquello que intenta erradicar. Si prohibieran las corridas de toros en Cataluña, no sería raro que un montón de catalanes que hoy no van a los toros terminaran haciendo el esfuerzo de ir a otra parte de España para disfrutar de un espectáculo proscrito.

Las nuevas generaciones no van tanto a los toros y los taurinos se están empezando a poner nerviosos. Probablemente mucha gente no acude a este espectáculo sangriento y cruel porque ama a los animales y su sensibilidad le impide disfrutar de esa impúdica tortura. No manejo datos al respecto, pero creo que en las últimas décadas España ha mejorado mucho en el respeto y sensibilidad hacia los animales. Yo me crié en un pueblo en el que se veía totalmente normal apedrear a un perro callejero o ahogar una camada de gatos en un cubo de agua. No recuerdo que nadie, cuando era pequeño, llevara a sus animales domésticos al veterinario. Hoy, sin embargo, a pesar de que un montón de capullos siguen abandonando a sus mascotas para irse de vacaciones, hay un considerable avance en este sentido.

Si prohíben los toros en Cataluña, va a ser por culpa de un sentimiento nacionalista mal entendido. Los políticos catalanes prohibirán los toros con el fin de conseguir que su región se diferencie del resto de España en una de sus tradiciones más representativas y arraigadas. Yo, de alguna manera, me alegraré, pero no es ese el camino para acabar con los toros.

Educación es lo que hace falta. Sensibilidad y respeto hacia los animales. Ese es el camino. Hará falta mucha paciencia y la muerte de algunas generaciones para vislumbrar el final de la lidia, pero no veo otro camino que no provoque un trauma social y económico. No olvidemos que los toros son un negocio al que están vinculados muchos trabajadores de forma directa o indirecta.

Y si, con todo, los españoles siguen yendo a los toros, tendremos que resignarnos. Vivimos en un país en el que la educación es gratuita y, sin embargo, Belén Esteban tiene una audiencia desproporcionada en la televisión. Somos nosotros, los telespectadores, los ciudadanos, los que impedimos que Telecinco mejore su programación. Cada sociedad tiene la cultura que se merece. Y aquí podemos utilizar la palabra cultura en sus dos acepciones. Piénsalo antes de darle al cinco en tu mando a distancia. Piénsalo antes de ir al cine a ver la nueva entrega de Torrente. Piénsalo antes de comprar un abono para Las Ventas en San Isidro.

miércoles, 7 de julio de 2010

Cuentos con moraleja: El hijo del búho

El cuento del hijo del búho lo encontré en una colección de cuentos que recopiló Jean-Claude Carrière, más conocido por su faceta de guionista, en muchas ocasiones con Luis Buñuel. Carrière se pasó muchos años recopilando cuentos de todo el mundo y los publicó en un libro muy recomendable titulado “El círculo de los mentirosos”, que aquí publicó la editorial Lumen. No es el único relato que rescataré de esta colección, que Carrière tiene un paladar exquisito para reconocer los buenos cuentos y la capacidad de condensarlos para dejarlos en su esencia.

Lo escribo, como siempre, al dictado de la memoria:

Una noche se encontraron dos búhos que eran amigos de toda la vida, pero que hacía tiempo que no se veían. A uno de ellos se le veía especialmente radiante de felicidad y el otro le preguntó qué le pasaba.-Acabo de tener un hijo -respondió-. Y es un niño maravilloso, guapísimo, extraordinario.El otro búho no se mostró tan entusiasmado. Esto fue lo que le dijo:-Mejor espérate a que amanezca para poder verlo mejor.

Quería contar esta historia para dedicársela a todos mis amigos búhos y búhas que acaban de tener descendencia. Este fin de semana, sin ir más lejos, he quedado a comer con un grupo de amigos de toda la vida que últimamente veo menos, justamente desde que quisieron que el género humano no se quedara sin su aportación particular y decidieron procrear. Será una comida animada, con un montón de críos cagones y babosos gritando y reivindicando el ombligo del mundo. Con todo, he de reconocer que son unos niños maravillosos, guapísimos y extraordinarios. Al menos hasta que amanezca.

domingo, 27 de junio de 2010

Qué bien pensado está el mundo: el cambio climático

Un tema muy controvertido

¿El cambio climático? Eso es un tema y lo demás tontería. Después del fútbol, es el mejor tema para hablar por hablar sin llegar a ninguna conclusión. No es un tema muy original, lo sé, que hablar del tiempo es lo más socorrido cuando quieres hablar y no sabes de qué. Sin embargo, el tema del tiempo llevado al extremo del cambio climático adquiere unas dimensiones tan morbosas y truculentas que lo convierten en uno de los temas más recurrentes y controvertidos de los últimos tiempos.

Lo tiene todo: dos bandos, imposibilidad de demostrar que alguno de los dos lleva razón, falta de conocimientos por parte de la mayoría de interlocutores, hechos que respaldan los argumentos de cada una de las dos posturas, etc. No le falta de nada.

Todas las épocas han alimentado discusiones bizantinas: la rotación de los astros, la redondez de la tierra, la búsqueda de la piedra filosofal, las ignotas regiones pobladas de dragones y unicornios, las profecías de Nostradamus… Por no hablar de todo el controvertido material que a este tipo de discusiones han aportado las altas jerarquías eclesiásticas: el tema de la providencia y el libre albedrío, la inmaculada concepción, la santísima trinidad… Siglos y siglos de sínodos y concilios baldíos discutiendo chorradas.

Las discusiones religiosas siguen sin tener solución por la incapacidad de demostrar con procedimientos científicos cuestiones que solo la fe puede desentrañar. Sin embargo, muchas de las controversias científicas de otros tiempos hoy han dejado de tener sentido. La evolución de los métodos científicos, el perfeccionamiento de los instrumentos empleados en las investigaciones y el conocimiento que tenemos de nuestro planeta han acabado despejando muchas incógnitas.

La historia, de cualquier forma, se repite, y donde antes se hablaba de la existencia de hadas y dragones hoy se conjetura la existencia de vida extraterrestre, donde antes se buscaban los confines de la Tierra hoy andamos desnortados intentando encontrar los límites del Universo. El cambio climático ha venido a ocupar uno de esos huecos que todas las épocas reservan a las grandes preocupaciones. Me refiero al fin del mundo. Siempre tiene que haber una profecía o vaticinio aciago para nuestro futuro inminente: Sodoma y Gomorra, el Armagedón, la Guerra Fría, las armas de destrucción masiva… Se puede observar cómo en las últimas décadas los temas de calado científico han ido desplazando a los religiosos, pero eso solo es una manifestación del signo de estos tiempos descreídos y ateos.

Catastrofistas y escépticos

La teoría del cambio climático y el efecto invernadero es bien simple, pero no es este el lugar para desarrollarla. Baste decir que los que creen en ella están convencidos de que la acción del hombre está modificando la atmósfera y alterando las condiciones climáticas de la Tierra. El calentamiento que estos fenómenos provocan en la Tierra es el causante del deshielo de los glaciares y de la progresiva desertización de muchos lugares. Además de otras manifestaciones climáticas extremas como los huracanes, las tormentas virulentas o las devastadoras inundaciones. Muchas especies del reino animal y vegetal también están sufriendo sus consecuencias, en ocasiones llegando a extinguirse.

A los que creen a pies juntillas que todo esto está sucediendo les llamaremos catastrofistas. Para los que creen que solo son teorías para engañar a los bobos y confundir a las masas –ellos piensan que la Tierra es demasiado grande para que la acción del hombre pueda alterar su funcionamiento- utilizaremos el término con el que normalmente se les conoce: escépticos.

Los catastrofistas ganan premios
A la cabeza de los catastrofistas está Al Gore, ese hombre altruista que instruye al mundo entero de los peligros del cambio climático por el desinteresado y módico precio de 200.000 dólares por conferencia. Al Gore fue el vicepresidente de los Estados Unidos cuando gobernaba Bill Clinton. Más tarde se enfrentó a George Bush en unas elecciones presidenciales, tuvo más votos que él y, sin embargo, las perdió. Semejante catástrofe vital le llevó a volcar todos sus esfuerzos en luchar contra los malvados gobiernos que no cumplen con los acuerdos internacionales para reducir la emisión de gases que provocan el efecto invernadero. Para empezar, el suyo, que Estados Unidos nunca ha cumplido –ni probablemente cumplirá- los acuerdos del protocolo de Kioto. Este esfuerzo, me refiero al de Al Gore, fue generosamente premiado con el premio Nobel de la Paz.

“Una verdad incómoda”, la película que hizo para que el contenido de su conferencia llegara a todos los hogares civilizados del mundo, tampoco se fue de vacío, que fue la ganadora de un Oscar en 2006. En el documental, de forma muy ilustrativa y con un corte divulgativo apto para todos los públicos, el hombre que de haber sido presidente de Estados Unidos probablemente no habría dicho nada de todo esto ni tampoco habría ratificado el protocolo de Kioto, este hombre, digo, explica de forma muy ilustrativa cómo la industrialización y la superpoblación producen los gases que provocan el efecto invernadero, que provoca el calentamiento global, que provoca la descongelación de los glaciares, que provoca los etcétera.

Los escépticos disfrutan llevando la contraria

Los escépticos no tienen un cabecilla tan popular y mediático, pero son legión, que bien conocida es la afición del ser humano a llevar la contraria en cualquier controversia. El enemigo más sobresaliente de los catastrofistas es un danés llamado Bjorn Lomborg, un tipo que escribió un libro llamado “El ecologismo escéptico” y que ponía en tela de juicio todas las teorías catastrofistas. Gran parte del mundo científico arremetió contra este genio, pero no pudieron acusarle de deshonestidad científica porque, para empezar, ni siquiera es científico. Sus estudios de ciencias políticas, filosofía y estadística no le hacen precisamente un experto en la materia. Con todo, su falta de preparación no ha sido obstáculo para que su libro sea conocido en medio mundo y para que sus teorías hayan prosperado. En España, a falta de una lumbrera tan destacada, tenemos a Rajoy y a su primo, que, por lo visto, es catedrático de Física en la Universidad de Sevilla y, según el eterno candidato a la presidencia del gobierno, eso lo hace infalible.

Para los escépticos, el calentamiento de la Tierra se debe a fenómenos cíclicos que son una constante a lo largo de la historia. Y en cualquier caso, si fuera verdad que este momento es un caso especial e insólito, no consideran que esté demostrado que estos fenómenos sean la consecuencia de la industrialización y la contaminación de la civilización actual. Y si es verdad que el estudio de los glaciares en sus distintas fases de congelación ha ayudado a saber la temperatura de la Tierra en los últimos milenios, también es cierto que para otro tipo de comparativas carecemos de los datos necesarios. No es posible, por ejemplo, saber si ha descendido el número de precipitaciones porque solo disponemos de registros fiables a partir de las últimas décadas del siglo XX. Otros fenómenos más puntuales –como puede ser la abundancia de precipitaciones en este mismo año- también les sirven para reafirmarse en sus posturas descreídas y suspicaces.

Lo importante es participar

Llegados a este punto, quizá alguien se esté preguntando –si es verdad que ha tenido la paciencia necesaria para leer un post tan largo- de qué lado estoy yo. Eso me gustaría a mí saber. Creo que lo fundamental de este apasionante y absurdo debate es participar. No conducirá a nada, pero ayudará a pasar el rato, que no se puede estar todo el tiempo hablando de fútbol. Yo, por mi parte, seguiré leyendo las noticias que me permitan tener argumentos suficientes para posicionarme en uno u otro bando dependiendo del interés del momento. En estas controversias suele ser muy divertido sacar de sus casillas a los radicales, sean catastrofistas o escépticos. Sin acritud ni animadversión. Por diversión solamente, que si fuéramos serios, dejaríamos estos debates en manos de gente más preparada y acataríamos sus decisiones sin rechistar.

De cualquier forma, en este debate no habrá ni vencedores ni vencidos.

Si las teorías del cambio climático fueran verdad y, de repente, se precipitaran los fenómenos que arrasaran el planeta, estoy seguro de que los escépticos seguirían pensando que nada tendrían que ver esos fenómenos con la industrialización y con el efecto invernadero. Si, por el contrario, continuáramos décadas y décadas sin que los cambios se recrudecieran, los catastrofistas seguirían en su papel de funestos agoreros para amargarnos la existencia.

Cuando dentro de mucho tiempo, siglos tal vez, los expertos puedan analizar los hechos con la perspectiva necesaria, se podrá saber cuál de los dos bandos se acercaba más a la realidad. Pero será demasiado tarde para nosotros y lo mismo nos dará si la Tierra se puebla de seres mutantes o revienta de una vez por todas salpicando el Universo entero de mierda.

miércoles, 9 de junio de 2010

Solos

Ya en mi post del 24 de mayo barruntaba el fracaso de la huelga de funcionarios. En mi instituto veía las pocas expectativas que tenía la convocatoria. La mayoría de los compañeros comentaban que no tenían ninguna intención de hacer huelga. Una minoría muy minoritaria porque piensan que está bien eso de “arrimar el hombro”. La mayoría porque, aun estando cabreados por la bajada de su sueldo, no veían que un día de huelga les fuera a solucionar el problema. No ha servido de nada que los partidarios de la huelga, como yo, dijéramos que se trataba de un gesto para demostrarle al Gobierno nuestro desacuerdo. Muchos de ellos han pensado que no querían sacrificar el salario de un día para hacer ese gesto. Atacar a los sindicatos para excusarse ha sido otro de los argumentos más utilizados. Está bien tener a alguien a quien echarle la culpa de tu pasividad.

Lo peor está por venir. Divididos, derrotados. Los gobernantes deben estar frotándose las manos.

Ahora que puedo ver que esas posturas individualistas e interesadas han sido la tónica general en todo el país me da por pensar que lo que está sucediendo es algo mucho más grave. Si esto no es un virus, es un cambio importante en el pensamiento colectivo. Nadie está dispuesto a hacer ningún esfuerzo para cambiar las cosas. Y mucho menos por los demás. Criticamos por lo bajo sin dar la cara. Y agachamos las orejas y apretamos los dientes cuando nos dan un nuevo golpe. Y a nadie le importa el futuro: lo difícil que será recuperar derechos que se hayan quedado por el camino. Cada uno mira por lo suyo y que se joda el que venga detrás. En mi pueblo se dice con un refrán: el que venga detrás que arree.

Si los sindicatos no representan a los trabajadores, significa que no tenemos ningún tipo de representación, que estamos solos.

Se acabaron las reivindicaciones colectivas del siglo XX. Ahora la gente inteligente tiene un fondo de pensiones para garantizarse una jubilación holgada, o se ha comprado un piso para invertir, o se va a la sanidad privada para que les atiendan mejor y más rápido que en la pública... Es la ley del sálvese quien pueda.

Ignorar todo esto sería de ingenuos. Jodido lo van a tener los que todavía siguen luchando por las revoluciones sociales. Las masas son cerriles y se hará con ellas lo que se quiera.

El juego ha cambiado. Ahorra para no depender de la caridad del Estado. Cobra en negro lo que puedas. Si tienes un negocio, defrauda a Hacienda y explota a los que trabajen para ti, que ellos harían lo mismo contigo de estar en tu lugar. Intenta pillar todas las subvenciones del Estado que puedas, aunque tengas que falsificar datos. Búscate un sobresueldo si quieres tener vicios sibaritas. Y si no estás de acuerdo con lo que te pagan, escaquéate lo que puedas. Busca un equilibrio en tu vida. En el que lo poco que recibes se compense con lo poco que das.

Nos quedarán los votos para castigar a los gobiernos que nos caigan mal, pero no variará mucho la vida si mandan unos u otros.

Observaos contemplando la pantalla del televisor mientras retransmiten un partido o durante las horas que pasáis frente al ordenador haciéndoos fans de grupos estúpidos en el facebook. Luego mirad a vuestro alrededor. Os daréis cuenta de que estáis solos.