domingo, 27 de junio de 2010

Qué bien pensado está el mundo: el cambio climático

Un tema muy controvertido

¿El cambio climático? Eso es un tema y lo demás tontería. Después del fútbol, es el mejor tema para hablar por hablar sin llegar a ninguna conclusión. No es un tema muy original, lo sé, que hablar del tiempo es lo más socorrido cuando quieres hablar y no sabes de qué. Sin embargo, el tema del tiempo llevado al extremo del cambio climático adquiere unas dimensiones tan morbosas y truculentas que lo convierten en uno de los temas más recurrentes y controvertidos de los últimos tiempos.

Lo tiene todo: dos bandos, imposibilidad de demostrar que alguno de los dos lleva razón, falta de conocimientos por parte de la mayoría de interlocutores, hechos que respaldan los argumentos de cada una de las dos posturas, etc. No le falta de nada.

Todas las épocas han alimentado discusiones bizantinas: la rotación de los astros, la redondez de la tierra, la búsqueda de la piedra filosofal, las ignotas regiones pobladas de dragones y unicornios, las profecías de Nostradamus… Por no hablar de todo el controvertido material que a este tipo de discusiones han aportado las altas jerarquías eclesiásticas: el tema de la providencia y el libre albedrío, la inmaculada concepción, la santísima trinidad… Siglos y siglos de sínodos y concilios baldíos discutiendo chorradas.

Las discusiones religiosas siguen sin tener solución por la incapacidad de demostrar con procedimientos científicos cuestiones que solo la fe puede desentrañar. Sin embargo, muchas de las controversias científicas de otros tiempos hoy han dejado de tener sentido. La evolución de los métodos científicos, el perfeccionamiento de los instrumentos empleados en las investigaciones y el conocimiento que tenemos de nuestro planeta han acabado despejando muchas incógnitas.

La historia, de cualquier forma, se repite, y donde antes se hablaba de la existencia de hadas y dragones hoy se conjetura la existencia de vida extraterrestre, donde antes se buscaban los confines de la Tierra hoy andamos desnortados intentando encontrar los límites del Universo. El cambio climático ha venido a ocupar uno de esos huecos que todas las épocas reservan a las grandes preocupaciones. Me refiero al fin del mundo. Siempre tiene que haber una profecía o vaticinio aciago para nuestro futuro inminente: Sodoma y Gomorra, el Armagedón, la Guerra Fría, las armas de destrucción masiva… Se puede observar cómo en las últimas décadas los temas de calado científico han ido desplazando a los religiosos, pero eso solo es una manifestación del signo de estos tiempos descreídos y ateos.

Catastrofistas y escépticos

La teoría del cambio climático y el efecto invernadero es bien simple, pero no es este el lugar para desarrollarla. Baste decir que los que creen en ella están convencidos de que la acción del hombre está modificando la atmósfera y alterando las condiciones climáticas de la Tierra. El calentamiento que estos fenómenos provocan en la Tierra es el causante del deshielo de los glaciares y de la progresiva desertización de muchos lugares. Además de otras manifestaciones climáticas extremas como los huracanes, las tormentas virulentas o las devastadoras inundaciones. Muchas especies del reino animal y vegetal también están sufriendo sus consecuencias, en ocasiones llegando a extinguirse.

A los que creen a pies juntillas que todo esto está sucediendo les llamaremos catastrofistas. Para los que creen que solo son teorías para engañar a los bobos y confundir a las masas –ellos piensan que la Tierra es demasiado grande para que la acción del hombre pueda alterar su funcionamiento- utilizaremos el término con el que normalmente se les conoce: escépticos.

Los catastrofistas ganan premios
A la cabeza de los catastrofistas está Al Gore, ese hombre altruista que instruye al mundo entero de los peligros del cambio climático por el desinteresado y módico precio de 200.000 dólares por conferencia. Al Gore fue el vicepresidente de los Estados Unidos cuando gobernaba Bill Clinton. Más tarde se enfrentó a George Bush en unas elecciones presidenciales, tuvo más votos que él y, sin embargo, las perdió. Semejante catástrofe vital le llevó a volcar todos sus esfuerzos en luchar contra los malvados gobiernos que no cumplen con los acuerdos internacionales para reducir la emisión de gases que provocan el efecto invernadero. Para empezar, el suyo, que Estados Unidos nunca ha cumplido –ni probablemente cumplirá- los acuerdos del protocolo de Kioto. Este esfuerzo, me refiero al de Al Gore, fue generosamente premiado con el premio Nobel de la Paz.

“Una verdad incómoda”, la película que hizo para que el contenido de su conferencia llegara a todos los hogares civilizados del mundo, tampoco se fue de vacío, que fue la ganadora de un Oscar en 2006. En el documental, de forma muy ilustrativa y con un corte divulgativo apto para todos los públicos, el hombre que de haber sido presidente de Estados Unidos probablemente no habría dicho nada de todo esto ni tampoco habría ratificado el protocolo de Kioto, este hombre, digo, explica de forma muy ilustrativa cómo la industrialización y la superpoblación producen los gases que provocan el efecto invernadero, que provoca el calentamiento global, que provoca la descongelación de los glaciares, que provoca los etcétera.

Los escépticos disfrutan llevando la contraria

Los escépticos no tienen un cabecilla tan popular y mediático, pero son legión, que bien conocida es la afición del ser humano a llevar la contraria en cualquier controversia. El enemigo más sobresaliente de los catastrofistas es un danés llamado Bjorn Lomborg, un tipo que escribió un libro llamado “El ecologismo escéptico” y que ponía en tela de juicio todas las teorías catastrofistas. Gran parte del mundo científico arremetió contra este genio, pero no pudieron acusarle de deshonestidad científica porque, para empezar, ni siquiera es científico. Sus estudios de ciencias políticas, filosofía y estadística no le hacen precisamente un experto en la materia. Con todo, su falta de preparación no ha sido obstáculo para que su libro sea conocido en medio mundo y para que sus teorías hayan prosperado. En España, a falta de una lumbrera tan destacada, tenemos a Rajoy y a su primo, que, por lo visto, es catedrático de Física en la Universidad de Sevilla y, según el eterno candidato a la presidencia del gobierno, eso lo hace infalible.

Para los escépticos, el calentamiento de la Tierra se debe a fenómenos cíclicos que son una constante a lo largo de la historia. Y en cualquier caso, si fuera verdad que este momento es un caso especial e insólito, no consideran que esté demostrado que estos fenómenos sean la consecuencia de la industrialización y la contaminación de la civilización actual. Y si es verdad que el estudio de los glaciares en sus distintas fases de congelación ha ayudado a saber la temperatura de la Tierra en los últimos milenios, también es cierto que para otro tipo de comparativas carecemos de los datos necesarios. No es posible, por ejemplo, saber si ha descendido el número de precipitaciones porque solo disponemos de registros fiables a partir de las últimas décadas del siglo XX. Otros fenómenos más puntuales –como puede ser la abundancia de precipitaciones en este mismo año- también les sirven para reafirmarse en sus posturas descreídas y suspicaces.

Lo importante es participar

Llegados a este punto, quizá alguien se esté preguntando –si es verdad que ha tenido la paciencia necesaria para leer un post tan largo- de qué lado estoy yo. Eso me gustaría a mí saber. Creo que lo fundamental de este apasionante y absurdo debate es participar. No conducirá a nada, pero ayudará a pasar el rato, que no se puede estar todo el tiempo hablando de fútbol. Yo, por mi parte, seguiré leyendo las noticias que me permitan tener argumentos suficientes para posicionarme en uno u otro bando dependiendo del interés del momento. En estas controversias suele ser muy divertido sacar de sus casillas a los radicales, sean catastrofistas o escépticos. Sin acritud ni animadversión. Por diversión solamente, que si fuéramos serios, dejaríamos estos debates en manos de gente más preparada y acataríamos sus decisiones sin rechistar.

De cualquier forma, en este debate no habrá ni vencedores ni vencidos.

Si las teorías del cambio climático fueran verdad y, de repente, se precipitaran los fenómenos que arrasaran el planeta, estoy seguro de que los escépticos seguirían pensando que nada tendrían que ver esos fenómenos con la industrialización y con el efecto invernadero. Si, por el contrario, continuáramos décadas y décadas sin que los cambios se recrudecieran, los catastrofistas seguirían en su papel de funestos agoreros para amargarnos la existencia.

Cuando dentro de mucho tiempo, siglos tal vez, los expertos puedan analizar los hechos con la perspectiva necesaria, se podrá saber cuál de los dos bandos se acercaba más a la realidad. Pero será demasiado tarde para nosotros y lo mismo nos dará si la Tierra se puebla de seres mutantes o revienta de una vez por todas salpicando el Universo entero de mierda.

miércoles, 9 de junio de 2010

Solos

Ya en mi post del 24 de mayo barruntaba el fracaso de la huelga de funcionarios. En mi instituto veía las pocas expectativas que tenía la convocatoria. La mayoría de los compañeros comentaban que no tenían ninguna intención de hacer huelga. Una minoría muy minoritaria porque piensan que está bien eso de “arrimar el hombro”. La mayoría porque, aun estando cabreados por la bajada de su sueldo, no veían que un día de huelga les fuera a solucionar el problema. No ha servido de nada que los partidarios de la huelga, como yo, dijéramos que se trataba de un gesto para demostrarle al Gobierno nuestro desacuerdo. Muchos de ellos han pensado que no querían sacrificar el salario de un día para hacer ese gesto. Atacar a los sindicatos para excusarse ha sido otro de los argumentos más utilizados. Está bien tener a alguien a quien echarle la culpa de tu pasividad.

Lo peor está por venir. Divididos, derrotados. Los gobernantes deben estar frotándose las manos.

Ahora que puedo ver que esas posturas individualistas e interesadas han sido la tónica general en todo el país me da por pensar que lo que está sucediendo es algo mucho más grave. Si esto no es un virus, es un cambio importante en el pensamiento colectivo. Nadie está dispuesto a hacer ningún esfuerzo para cambiar las cosas. Y mucho menos por los demás. Criticamos por lo bajo sin dar la cara. Y agachamos las orejas y apretamos los dientes cuando nos dan un nuevo golpe. Y a nadie le importa el futuro: lo difícil que será recuperar derechos que se hayan quedado por el camino. Cada uno mira por lo suyo y que se joda el que venga detrás. En mi pueblo se dice con un refrán: el que venga detrás que arree.

Si los sindicatos no representan a los trabajadores, significa que no tenemos ningún tipo de representación, que estamos solos.

Se acabaron las reivindicaciones colectivas del siglo XX. Ahora la gente inteligente tiene un fondo de pensiones para garantizarse una jubilación holgada, o se ha comprado un piso para invertir, o se va a la sanidad privada para que les atiendan mejor y más rápido que en la pública... Es la ley del sálvese quien pueda.

Ignorar todo esto sería de ingenuos. Jodido lo van a tener los que todavía siguen luchando por las revoluciones sociales. Las masas son cerriles y se hará con ellas lo que se quiera.

El juego ha cambiado. Ahorra para no depender de la caridad del Estado. Cobra en negro lo que puedas. Si tienes un negocio, defrauda a Hacienda y explota a los que trabajen para ti, que ellos harían lo mismo contigo de estar en tu lugar. Intenta pillar todas las subvenciones del Estado que puedas, aunque tengas que falsificar datos. Búscate un sobresueldo si quieres tener vicios sibaritas. Y si no estás de acuerdo con lo que te pagan, escaquéate lo que puedas. Busca un equilibrio en tu vida. En el que lo poco que recibes se compense con lo poco que das.

Nos quedarán los votos para castigar a los gobiernos que nos caigan mal, pero no variará mucho la vida si mandan unos u otros.

Observaos contemplando la pantalla del televisor mientras retransmiten un partido o durante las horas que pasáis frente al ordenador haciéndoos fans de grupos estúpidos en el facebook. Luego mirad a vuestro alrededor. Os daréis cuenta de que estáis solos.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cuentos con moraleja: Las golondrinas y el lino

Leí este cuento por primera vez en “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, aunque con algunas variaciones ya se puede encontrar en Esopo. Don Juan Manuel siempre tuvo mucho desparpajo para apropiarse de textos ajenos sin tener la deferencia de citar las fuentes. No era esto raro antes de tener claro lo que son los derechos de autor. El mismo Esopo era más un compilador que un creador.

Os contaré la versión de don Juan Manuel, aunque lo haré de memoria y a mi manera, que sabéis que ese placer y no otro es el que me anima a mantener esta sección:

Un día las golondrinas reunieron a todos los pájaros para alertarles de un peligro inminente. Habían observado que los hombres estaban plantando grandes extensiones de terreno con semillas de lino y tenían miedo de lo que pudieran hacer con él. Todos sabían que el lino era el material que los hombres utilizaban para hacer redes y trampas para atrapar pájaros. Las golondrinas tenían claro que si querían evitar el futuro peligro que se cernía sobre sus cabezas todos los pájaros debían dejar a un lado sus rivalidades y enemistades y unirse para destruir las plantaciones de lino en cuanto empezaran a brotar. Antes de que fuera demasiado tarde.

Los pájaros, por desidia, por pereza o por apatía, no quisieron hacerles caso. Los más juiciosos acertaron a decir que si había que hacer algo, todavía era pronto para preocuparse pues ni siquiera había brotado la cosecha.

Un día se dieron cuenta de que el lino había crecido tanto que ya no podían arrancarlo con sus picos. Ya era demasiado tarde. Solo entonces comprendieron que deberían haber hecho caso a las golondrinas.

Solo ellas se salvaron. El día que se dieron cuenta de que ellas solas no podrían atajar el problema y que todo estaba perdido, decidieron irse a vivir con los hombres. Pensaron que si vivían en sus casas no les harían daño. No se equivocaron. Por eso la golondrina es uno de los pocos pájaros que no sufre la persecución de los cazadores.


Los cuentos tradicionales son sorprendentes por su capacidad para condensar distintas ideas en muy pocas líneas. Muchos cuentos tradicionales y mitológicos pretenden dar algún tipo de explicación a algún hecho curioso: en este caso al hecho de que las golondrinas vivan en las casas de los hombres y no sean víctimas de los cazadores. Lo que no impide que los chavales de todas las épocas hayan querido reventarlas de alguna pedrada. De pequeño me contaban en mi pueblo otro cuento si cabe más ingenuo: que las golondrinas le habían quitado la corona de espinas a Jesucristo y que por eso no había que tirarles piedras.

Don Juan Manuel utiliza el cuento para sacar esta conclusión: “En el comienço debe omne partir / el daño, que non le pueda venir”. De don Juan Manuel no se puede esperar nada bueno. Con este cuento probablemente intentaba justificar algún ataque sin mucho fundamento que llevaría a cabo contra alguno de sus muchos enemigos. Algo así como los ataques preventivos de los norteamericanos. Si yo sólo hubiera querido llegar a esta conclusión, probablemente hubiera optado por contaros mejor el chiste del pastor de Tomelloso y el tren que le arrolló las ovejas.

Pero yo me quedo con otros dos aspectos de la historia que me llaman más la atención: lo difícil que es concienciar a la gente de los problemas futuros y, mucho más interesante, lo inteligente que resulta ponerte del lado del más fuerte, aunque sea el enemigo, si de lo que se trata es de salvar el propio culo.

Los seres humanos normalmente reaccionamos cuando ya es demasiado tarde y la cosa tiene mal arreglo. Así ha pasado con la burbuja inmobiliaria. Desde siempre supimos que era un espejismo y muy pocos hicieron algo para no quedar atrapados bajo los escombros el día que el castillo de naipes se viniera abajo. Durante los últimos años mucha gente ha dejado de estudiar o no se ha esforzado por buscar un trabajo acorde con sus expectativas vitales. Era más fácil dejarse llevar y conformarse con trabajos de baja cualificación y sueldos abultados. Mucha gente se conformó y ahora lo ha perdido todo. Pero no pueden decir que las golondrinas no les avisaron. Era un secreto a voces que la especulación inmobiliaria y la construcción descontrolada iban a sumir al país en la ruina. Se sabía en todas las barras de los bares.

Ahora suben el IVA, bajan las pensiones y dejan de invertir en obra pública, que será algo que dejará sin trabajo a muchas empresas privadas. ¿Y qué hacemos? Nada. Los sindicatos no convocan una huelga general porque temen verse como las golondrinas. Los escépticos del sindicalismo, los que tienen miedo a ser despedidos, los pasotas y los miserables que no quieren perder ni un día de sueldo probablemente se encargarían de que la huelga fuera un completo fracaso.

En el funcionariado pasa otro tanto. Algunos, como yo, queremos protestar, manifestarnos y hacer huelga, pero nos encontramos con pájaros resignados que no temen lo que se les viene encima y que rehúyen su responsabilidad con evasivas. Lo peor está por venir. Si los gobernantes nos ven pusilánimes, vendrán más recortes. Y les tocarán en suerte a los que menos hayan protestado, a los más sumisos. Zapatero, con los funcionarios has triunfado. Están dispuestos a bajar la cabeza y a soportar el dolor del primer envite. Eso sí, has perdido la oportunidad de hacer una limpieza en la Administración. También se hubiera ahorrado mucho dinero público sancionando o despidiendo a todos los caraduras y escaqueados que pululan por las cafeterías de la Administración. Ese sí que hubiera sido un recorte aplaudido.

Cuando nos queramos dar cuenta el lino habrá crecido: las pensiones serán irrisorias, trabajaremos hasta los 75 años, nos tratarán como a ganado en la seguridad social, se abrirán escuelas privadas en detrimento de las públicas, los impuestos de las clases medias serán exorbitantes…

Yo ahora estoy dándole vueltas a la idea de irme a vivir con mis enemigos para que no me hagan daño, aunque todavía no se me ha ocurrido la manera de llevarlo a cabo. Porque cuando los que son como yo quieran ponerse en marcha, nos veremos tan impotentes como los pájaros que querían arrancar el lino cuando ya estaba demasiado crecido.

Cuánto tendríamos que aprender de lo que hizo el pastor de Tomelloso con el tren…

El cuento de la moraleja: El chiste del pastor de Tomelloso y el tren
Cuando pusieron por primera vez las vías del ferrocarril en el término municipal de Tomelloso, los lugareños no estaban familiarizados con aquellos extraños caminos de hierro que venían desde un horizonte para perderse en el otro. Tampoco buzonearon las casas para informar del nuevo invento ni contaban con radios y televisiones que dieran a los catetos las explicaciones pertinentes para convivir con los avances mecánicos que traían los nuevos tiempos. Por eso no fue raro que un pastor de Tomelloso llevara sus ovejas a la loma en la que solían pastar y que un tren de mercancías las arrollara sin contemplaciones antes de que el buen hombre pudiera evitar la tragedia.

Días después de esa terrible desgracia el pastor tuvo que ir a Madrid a arreglar unos papeles. Era la primera vez que iba a Madrid (los tomelloseros que van a Madrid en los chistes siempre van por primera vez) y no pudo sino quedarse pasmado cuando al pasar al lado del escaparate de una juguetería de la Gran Vía vio un tren en miniatura corriendo felizmente por unos diminutos raíles. El hombre no se lo pensó dos veces, arremetió contra el cristal del escaparate, que saltó hecho añicos, y se puso a aporrear el juguete mecánico hasta dejarlo hecho un churro. Cuando los dueños de la tienda pudieron reducir al pastor, todavía un poco fuera de sí, acertó a decir: “A estos bichos hay que matarlos de chiquitines, que luego se hacen grandes y no hay quien los pare”.

viernes, 14 de mayo de 2010

5%

Imparto mis clases. Las preparo. Elaboro nuevos materiales cada año. Busco las actividades más adecuadas para cada curso y para cada grupo de alumnos. Organizo actividades extraescolares y excursiones. Participo voluntariamente en planes de mejora de la convivencia en mi centro. Sigo estudiando para no quedarme estancado. Repaso contenidos cada año para refrescar la memoria. Leo los libros que puedo para ser un profesor de literatura competente. Me quedo en los recreos con los alumnos que tienen problemas. Aprovecho huecos libres para hablar con los padres y las madres de los alumnos problemáticos. Empleo gran parte de mis tardes y de mis fines de semana en corregir ejercicios y exámenes. Me apunto a cursos para mejorar mi formación como docente (porque además me los exigen si quiero cobrar sexenios). Hago todo el absurdo y desproporcionado papeleo con el que desde hace un tiempo nos castigan cada vez que un alumno suspende (supongo que intentan que levantemos la mano para que haya más aprobados, pero conmigo no van a poder; antes currante que prevaricador). Hablo regularmente con los padres y las madres de los alumnos y alumnas de mi tutoría. Hago guardias y vigilo el patio los recreos que me toca. Seguro que se me ha olvidado algo, pero supongo que es suficiente para que os hagáis una idea de en qué consiste mi trabajo.
 Todo ese esfuerzo ahora me lo van a recompensar –probablemente porque la Administración derrocha el dinero en pagos desmesurados a las empresas que contrata, porque gasta demasiado en las dietas de los altos cargos, porque han comprado ordenadores a todos los niños de 5º de Primaria y a todos los profesores sin que hiciera falta, porque han dado 400 euros hasta al que estaba podrido de dinero, porque nos toca pagar las ayudas para que la gente compre coches y sigamos gastando petróleo, porque hemos tenido que activar un plan E para que no se derrumbara del todo el castillo de naipes de la burbuja inmobiliaria que consintieron y crearon los políticos, porque hemos tenido que dar millones y millones a los bancos para “salvarlos”, porque se han dado 2.500 euros a todos los que han tenido un niño sin tener en cuenta su nivel de renta, porque no se investiga a los funcionarios caraduras que se inventan algo para darse de baja o se pasan las horas tomando café, ni se persigue a las empresas que, sistemáticamente, estafan a Hacienda pagando gran parte de sus emolumentos en dinero negro, o porque etcétera, etcétera- BAJÁNDOME EL SUELDO UN 5%.
 Y sí, ya sé que los profesores tenemos un mes más de vacaciones. Eso supondrá, en mi caso, unos treintaicinco meses libres a lo largo de mi vida laboral. Si no la palmo antes, claro. No sé si esos 35 meses (la suma no llega a los tres años) compensarán los cinco años que dediqué a estudiar una licenciatura, el año extra que tuve que malgastar para sacar el CAP y los años que me pasé preparando las oposiciones hasta aprobarlas.

Lo único que se me ocurre para contrarrestar una medida tan injusta es dejar de trabajar por lo que no me pagan. Así que intentaré currar un 5% menos. Una amiga mía me dice que eso sería tan fácil como que los funcionarios dejáramos de trabajar el primer lunes de cada mes. No me parece mala propuesta, aunque buscaré otras opciones por si los sindicatos no tienen huevos para exigirla. Este es el problema del funcionariado. Ni se castiga al jeta ni se premia al currante. Al final pareces gilipollas si te esfuerzas por hacer bien tu trabajo.
 APOSTILLA (diciembre de 2010): Al final no fue un 5%. Ese porcentaje era orientativo, una media de todo el funcionariado. Mis nóminas se han reducido aproximadamente un 7% y mis pagas extras más del 30%. Resultado final: cobro un 11 o un 12 % menos. La huelga de funcionarios, como era de esperar, fue un desastre.

miércoles, 28 de abril de 2010

Escenas memorables: Forrest Gump

Muchas escenas y frases de Forrest Gump forman hoy parte del imaginario colectivo. Todo el mundo conoce lo de “la vida es como una caja de bombones” o lo de “tonto es el que hace tonterías”. La imagen de Forrest en el banco dándole la chapa a todo el que se sienta a su lado también es un icono cinematográfico que ha quedado. Si vais a algún restaurante Bubba Gump en Estados Unidos, veréis que toda su decoración, marketing y merchandising está basado en la película, aunque han pasado más de 15 años desde su estreno. Forrest Gump es una película de las que perviven. A mí hay una escena que, particularmente, siempre me vuelve a la memoria.

Pero antes de contarla, no puedo evitar hablar de la película. Nunca entenderé por qué un montón de alternativos gafapastas y presuntos cinéfilos de pacotilla la desprecian. Supongo que son los mismos que odian todo lo que es “comercial”. Esa gente que padece animadversión por las mayorías, que abomina de todo lo que sale en los 40 Principales y luego defiende a capa y espada cualquier mierda con la que te salpican desde Radio 3.

Forrest Gump es una película que te emociona y te hace reflexionar. Y, sin profundizar, eso es cierto (no olvidemos que es cine), despliega sobre el tapete un montón de sentimientos y pensamientos universales: la crueldad de la sociedad, la lucha por la supervivencia, la superación personal, la guerra y la paz, el amor puro e incondicional, la discriminación de los que son distintos, el destino y el azar...

Es una película que te lleva de las situaciones más divertidas a los momentos más dramáticos y dolorosos. Solo la ternura atenúa un poco la dureza de ciertas partes. Y la sátira, esa visión (o revisión) irónica de la historia de la gran nación americana en la segunda mitad del siglo XX. Una sátira ciertamente amable, pero no por eso menos efectiva. Es el humor cervantino: esa risa condescendiente que se burla del mundo sin resultar hiriente porque se sabe juez y parte.

No me suelen gustar las películas con voz en off en primera persona, pero hay excepciones. Aquí está totalmente justificada porque te ayuda a ver la realidad desde los ojos de un muchacho corto e ingenuo que apenas entiende el mundo que le rodea. Sólo en algunas novelas excelentes he encontrado algo comparable en este sentido: “Claus y Lucas” (el mundo visto por los ojos de unos niños crueles) o “El curioso incidente del perro a medianoche” (una visión del mundo por boca de un niño autista).

Mi escena preferida es esa en la que Forrest, después de quedarse solo tras la inesperada partida de su querida Jenny, se echa a correr. Porque le apetecía correr, sólo por eso. Y ya que estaba corriendo pensó que podría llegar hasta el final del camino y, una vez allí, que podría ir hasta el final del pueblo, y luego que sería posible llegar hasta el final del condado, y del estado de Alabama, para continuar hasta llegar al océano. Un océano que le obligaba a dar la vuelta, pero que le ofrece la oportunidad de atravesar todo el país hasta llegar al otro océano. Y así, de esa forma tan absurda, se pasa más de tres años de su vida. Corriendo sin más, con los paréntesis justos para comer y mear y cagar y dormir. Una carrera absurda que ni él mismo entiende, pero que los demás no dejan de buscarle sentido. El pensamiento del hombre es teleológico: nos empeñamos en buscarle una finalidad a todo lo que ocurre. La hazaña de Forrest Gump ha de ser un gesto, una protesta, una manifestación por algo, bien en contra de las armas nucleares, bien a favor de la paz mundial o de la defensa de los animales. Eso piensan todos los que se unen a él en su épica carrera. Forrest no se molesta en desengañarlos, aunque sabe que sólo corre porque “tenía ganas de correr”. Por eso, un buen día, de forma inopinada, lo deja sin más. Se detiene y les dice a sus acólitos: “Estoy muy cansado. Creo que me iré a casa”.

A mí la vida en muchas ocasiones me parece una carrera tan absurda y tonta como la de Forrest Gump. Nos pasa a todos los que no comulgamos con ningún credo ni esperamos que venga a redimirnos ninguna ideología. A veces, como Forrest, me detengo e intento dejarlo, pero yo no tengo casa a la que volver y, después de un momento de parón, solo se me ocurre reiniciar la carrera. Supongo que hago lo que hago y voy a donde voy porque no tengo nada mejor que hacer ni un sitio mejor adonde ir.

domingo, 11 de abril de 2010

Cuentos con moraleja: el chiste del que pintaba carreteras

El protagonista de este chiste puede ser cualquiera que sea un poco bruto. Se podría contar, por ejemplo, con uno de Bilbao. Aunque yo, por ser manchego, siempre lo cuento en su versión de chiste de Tomelloso:

Hace muchos años, antes de que la mecanización acabara con muchos oficios, pintaban las carreteras a mano. Era un trabajo arduo y lento para el que se buscaban los mejores pintores de brocha gorda de España. Un día contrataron a un tomellosero y, como a todos los nuevos, le dijeron que durante una semana estaría de prueba. El primer día se pintó él solito 100 kilómetros. Los encargados no podían dar crédito y esperaron expectantes a ver qué hacía en los días siguientes. Quizá tal proeza solo había sido el alarde del principiante que quiere hacer méritos. Era muy difícil que mantuviera el listón tan alto durante toda la semana. Se equivocaron. El martes, el miércoles, el jueves y el viernes volvió a repetir el mismo resultado. Ya no tuvieron dudas, se reunieron con él y le ofrecieron un contrato fijo y muy bien remunerado con el fin de que no se fuera a trabajar a otro sitio. La segunda semana bajó un poco el rendimiento: su media por día fue de unos 70 kilómetros, lo que no dejaba de ser una barbaridad. Sus jefes pensaron que, como era lógico, se había relajado un poco después de haber conseguido el contrato fijo. Aunque, de cualquier manera, seguía teniendo una marca imbatible y era el pintor más rentable que habían visto en su vida. En la tercera semana su mejor resultado no pasó de los 50 kilómetros por día. En la cuarta semana no llegó a los 30. En la quinta semana ni siquiera a los 20. Los encargados, muy ofendidos, lo llamaron para hablar con él y cantarle las cuarenta. ¿Se pensaba que era funcionario? ¿Se creía que les podía tomar el pelo después del contrato tan ventajoso y bien remunerado que le habían ofrecido? ¿Podían hacer algo para que volviera a ser el mismo? ¿Había alguna justificación consistente para esa progresiva y drástica bajada de su rendimiento? ¿¡¡Por qué cojones había sido capaz de pintar 100 kilómetros los primeros días y ya no llegaba ni a los 10!!?
-No te jode –respondió el tomellosero-, a ver si se piensan ustedes que el bote de pintura me pilla igual de cerca que el primer día.


A veces pienso que mi vida se parece mucho a la del tomellosero. Demasiado lastre que me obliga a estar constantemente volviendo hacia atrás. Mi vida ya no corre de forma tan vertiginosa como cuando era más joven. Entonces andaba liviano y ligero y todo era nuevo para mí. Ahora me cuesta mucho más trabajo avanzar. No puedo apenas escuchar discos actuales porque dedico mucho tiempo a todos los que he ido coleccionando a lo largo de estos años. Ya no leo tantos libros nuevos porque de vez en cuando me apetece releer alguno de los libros que atesoro. Tampoco tengo inquietud por conocer nuevos campos de estudio ni por aprender nuevas lenguas. Bastante tengo con tener que repasar constantemente lo que estudié hace mucho tiempo en la universidad o en el instituto (historia, arte, filosofía…) y con el inglés, ese idioma del demonio que por más que me esfuerzo no consigo comprender ni articular en cuanto me suben el nivel. Demasiado tiempo recorriendo las sendas que he pateado una y otra vez. Si mi vida no está completamente detenida, al menos sí está ralentizada. En el terreno personal las cosas no son mucho mejores. A veces conozco a personas interesantes y me veo obligado a descartarlas como posibles amistades porque el poco tiempo libre del que dispongo tengo que dedicarlo a reencontrarme con los viejos amigos, esos que un día compartieron un momento crucial de tu vida y se separaron de ti por culpa de la inexorable diáspora vital.

A veces se me pasa por la cabeza la posibilidad de dejarlo todo atrás y no volver a buscar el bote de pintura medio seca que tanto cuesta alcanzar. Para seguir hacia adelante sin volver la cabeza, en busca de un bote nuevo que esté más a mano. Es entonces cuando pienso en quemar todos los libros de mi biblioteca. En enterrar mis álbumes de fotos. En machacar todos mis CD’s y borrar todos los mp3 pirateados. En formatear mi ordenador para que vuelva a estar como el día que lo compré. Con los amigos y con la gente que me quiere y a la que quiero no sería tan drástico. Les ofrecería venirse conmigo. Y no dejaría atrás a nadie que estuviera dispuesto a andar al mismo paso que yo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Mi padre y el conocimiento

Nada de lo que me enseñó mi padre me ha servido para nada y, sin embargo, estoy convencido de que su forma de educarme es la responsable de mi interés por el conocimiento humanístico. También sé que él me enseñó, con su ejemplo, a pensar en libertad.

Mi padre murió hace casi dos decenios, pero todavía está muy presente en mi vida. Es una presencia dialéctica que todo lo pone en cuestión. Mi padre es un personaje complejo, paradójico y contradictorio del que podría hablar bien o mal. En algunos aspectos me parece un ser humano ejemplar; en otros, un verdadero despropósito vital. Pero no he venido a hacer un retrato suyo (mucho menos un juicio), sino a recordar que todo lo que me enseñó no me sirvió para nada en cuanto abandoné el pequeño universo en el que vivíamos.

Mi padre era un niño de la posguerra que había comido mucho pan negro y que no había podido ir a la escuela nada más que un par de años. En cierta medida, toda su formación era autodidacta. Se sacó el graduado escolar por su cuenta y leyó lo mucho o poco que cayó en sus manos. Era un agricultor excéntrico y bastante ilustrado, aunque su formación fuera caótica, desestructurada y tuviera algunas lagunas imperdonables. Su memoria era portentosa. Recuerdo que nos fascinaba que supiera las respuestas a innumerables preguntas de los concursos de la televisión. Mi hermana mayor y yo alguna vez mandamos cartas para que lo llamaran como concursante, pero no tuvimos suerte. Le gustaban los libros de historia y los ensayos de cualquier materia humanística. Las matemáticas también, pero solo por afición a la lógica y a resolver problemas como resolvía crucigramas. Este hombre fue el que no me enseñó nada de provecho.

Mi padre no daba lecciones. Ni siquiera hablaba de su vida pasada. Vivía exiliado dentro de sí mismo y se mantenía, a duras penas, con lo poco que sacaba de las escasas tierras que a veces se olvidaba de labrar. No recuerdo que nunca me trasmitiera ninguna enseñanza de tipo moral. Por ejemplo, nunca me habló mal de la religión, aunque él se negó siempre a ir a nuestros bautizos y comuniones por su acérrimo odio a la Iglesia. Incluso estuve un tiempo siendo monaguillo y no dijo ni mu. Sé, por gente que le conoció, que le gustaba hablar de política, pero en mi casa no comentaba ni los telediarios. Tampoco habló nunca de la Guerra Civil ni de nada relativo a su ideología política. Crecí con un montón de dudas, pero con una libertad absoluta para elegir dónde posicionarme en cuestiones políticas o religiosas. A eso le llamo yo educar a una persona en libertad.

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¿Qué me enseño, pues, mi padre? Un montón de conocimientos baladíes que solo tenían sentido dentro de su reducido universo rural. Desde pequeño me enseñó todos los nombres de los caminos que recorríamos con el tractor: camino Los Moledores, carril de La Casa don Pedro, camino Madridejos, camino Las Peñas, etc. Así como otros puntos geográficos de interés local: el cerro Cabeza Gorda, los Jijarrales, el Calaminar, la Lagunilla de la Sal, el Dotor… También puso interés en enseñarme botánica. Con él aprendí los nombres de todas las malas hierbas, que son los enemigos naturales del agricultor: toba, cardo borriquero, pincho colorinero, cardencha, salicor, oruga, carrigüela, grama, abrojo… Un inventario de nombres donde se mezclaban los términos recogidos en las enciclopedias y las creaciones autóctonas. Lo mismo hizo con los nombres de los pájaros o de los insectos. Ni siquiera me enseñó a diferenciar las clases de uvas manchegas, que seguro que las conocía bien. En su lugar creó una terminología propia que no se entendía saliendo de mi casa. Teníamos uvas de todo tipo y él las denominaba sin un sistema claro y coherente. Algunas veces por el tamaño del fruto y otras mismamente por el nombre del individuo que le había pasado los sarmientos para los injertos. Nunca se escucharon en mi casa palabras como tempranillo, garnacha o cabernet sauvignon. Todo lo más que aprendí fue a diferenciar las tintas de las blancas, y, como mucho, éstas de las moscatel, que tenían un sabor horrible. Daba un poco lo mismo: las echábamos juntas al mismo remolque. Por cultura general alguna vez me enseñó los términos de los antiguos aperos de labranza, los que hizo desaparecer la mecanización y se fosilizaban bajo el polvo y el óxido en nuestras cámaras. Esos los he olvidado en su mayoría, aunque sé qué es una trilla, un yugo, una hoz y para qué servían los dediles de segar. Supongo que recuerdo mejor algunos términos por su aparición en ciertos textos literarios que él mismo me trasmitió. Pura literatura tradicional que llegó a mí de forma oral y que aún guardo en mi memoria. Como botón de muestra, un poema del mundo al revés que le gustaba especialmente:

Jamás había visto yo
lo que vi esta mañana:
una gallina trillando
y un ratón volviendo parva,
y en lo más hondo del mar
un burro sacar patatas
con la cola y sobrasar.

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Yo odiaba el campo: el frío, el sol, la lluvia, los dolores de espalda, los callos, los bichos, mancharme de tierra, tragar polvo, vivir en la miseria. Me he pasado la mitad de mi vida haciendo todo lo posible para no volver allí. Por eso todo lo que aprendí con él no me ha valido para nada. Para mí esos conocimientos no son más que recuerdos de un mundo perdido: el vocabulario, la ornitología, la botánica, la entomología y la geografía de un mundo que desapareció tras un cataclismo.

Lo curioso es que, ahora que estoy cerca de los cuarenta años, me doy cuenta de que mi forma de entender el conocimiento no es muy distinta a la de mi padre. Pude estudiar algo práctico, alguna carrera técnica o que al menos tuviera algún tipo de aplicación que no fuera especulativa, y no quise hacerlo. Mi interés ha estado siempre centrado en los saberes humanísticos: historia, lingüística, música, literatura y filosofía principalmente. Saberes que no tienen ninguna utilidad más allá de mis clases o de las cuatro paredes de la habitación donde me encierro a leer. Si acabara perdido en una isla desierta, todo lo que sé no me serviría para nada. Si me fuera a vivir a un país oriental, casi nada de lo que sé me sería útil. Todo lo que me he esforzado en aprender sirve para muy poco: la lista de los reyes de España desde los Reyes Católicos hasta hoy, las conjunciones de las oraciones coordinadas copulativas, la bibliografía más adecuada para estudiar lírica medieval, las declinaciones latinas, los tipos de estructuras más recurrentes en los textos argumentativos, la vida de Espronceda, las etapas en la obra poética de Juan Ramón Jiménez, los grupos más destacados de la psicodelia pop de los sesenta, las teorías de Aristóteles sobre el conocimiento, las distintas versiones sobre los motivos que provocaron la Guerra Civil… Por no hablar de mi interés por la literatura, que es el mundo de la pura ficción. Nada de lo que me he esforzado en aprender tiene algún tipo de aplicación práctica. Soy igual que mi padre, que siempre puso más interés en saber el nombre de las malas hierbas que en arrancarlas.

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Si busco en mi memoria algún momento en el que mi padre me animara a estudiar, no lo encuentro. Tampoco intentó disuadirme de que lo hiciera. Nunca me dijo qué era lo que tenía que hacer porque sabía que mi vida no le pertenecía, al contrario de lo que muchos padres de hoy piensan de la vida de sus hijos. No fue dejadez de padre, sino una forma de educar probablemente bastante meditada. Hace poco me enteré de algo que confirma esta teoría. Por lo visto, a uno de sus mejores amigos le contaba, cuando mis hermanas y yo éramos pequeños, que él nunca nos aleccionaba en cuestiones religiosas para ver adónde nos llevaba nuestro propio raciocinio. Dejó que mi madre y mi abuela nos educaran en la religión católica sin entrometerse. Así, si salíamos religiosos, ya sabría él que, intelectualmente, no podría esperar mucho de nosotros. Por saberlo nada más, que eso no iba a provocar que nos quisiera menos. Creo que mi padre respetaba la creencia en Dios siempre que este dios no tuviera nada que ver con ninguna de las religiones que existen en el mundo. No podía comprender que hubiera gente que se tragara esas patrañas absurdas que se desmontan con poco sentido común que tenga un homo sapiens. Que la gente creyera las supercherías del Papa de Roma, de los testigos de Jehová o de los seguidores de Mahoma solo le resultaba tolerable si pensaba que el creyente era un imbécil. Las personas con carrera que creían en Dios para él no eran nada más que un montón de tontos con estudios. En ciertas cuestiones era demasiado taxativo y maniqueo. Yo, siendo un poco de la misma cuerda, soy más tolerante. Creo que la gente cree en ciertas religiones no solo por falta de neuronas, sino por miedo. No solo el miedo a lo que vendrá después de estar muertos, sino el mismo miedo ontológico de estar aquí y no entender por qué. Algunas de las ideas que mi padre tenía respecto a la religión las sé porque en los dos o tres últimos años de su vida -cuando él podía ir viendo que no era tan tonto como presagiaban los devaneos religiosos de mi tierna infancia- sí tuvimos alguna que otra charla más o menos filosófica, aunque siempre desde la pura elucubración. Nunca intentó inculcarme sus ideas, más bien se trataba de compartirlas con alguien para no sentirse tan solo como siempre estuvo.

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El único consejo vital que me dio muchas veces mi padre, zumbón como era cuando estaba de buenas, fue que me hiciera pastor. Estar solo en mitad del campo con las ovejas sin soportar la estupidez, los afanes y la vanidad de los seres humanos tenía que ser para él lo más cercano a la felicidad que podía imaginar. Pero no era nada más que una broma intelectual que le venía de haberse pasado media vida leyendo a Epicteto, a Marco Aurelio y a Boecio.

viernes, 12 de marzo de 2010

Mitos

Cada civilización reescribe la historia y la hace suya. Eso es un hecho. Lo sorprendente es que en cada momento los historiadores y estudiosos que la reescriben creen estar en posesión de la verdad.

Recuerdo haberme reído bastante hace muchos años leyendo la enciclopedia que mi padre llevaba a la escuela en la Posguerra. Era descacharrante. En la universidad viajé más atrás en el tiempo. Leí muchos fragmentos de crónicas medievales donde la historia y la leyenda formaban una amalgama inextricable. Leer los libros de historia de otras épocas me producía hilaridad, entre otras cosas porque estaba convencido de que en la forma de contar la historia había un progreso imparable sustentado en bases científicas, que hacía que día a día fuera más fidedigna.

Ahora que tengo una edad y puedo comparar los distintos libros de texto de las distintas etapas que he vivido empiezo a tener serias dudas de que haya algo de verdad en todo lo que contamos en las clases de historia, algo más allá de los hechos, mondos y lirondos, que puedan justificar ciertos documentos o ciertos restos arqueológicos.

La mera observación de la realidad me hace comprender lo difícil que resulta contar la verdad. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo a la hora de interpretar los hechos más recientes. Siempre hay como mínimo dos versiones: la del vaso medio lleno y la del vaso medio vacío. Y no vale con decir que está por la mitad porque vendrá alguien a preguntarte si falta medio vaso de agua o es que sobra la que hay.

Empecé a darle vueltas a todo esto hace unos días. Encontré mi libro de Literatura de 3º de BUP y me puse a echarle un vistazo. Entonces comprendí por qué no recordaba haber estudiado a Lope de Vega en el instituto. No venía en mi libro. Un genio eliminado por una decisión editorial. La realidad es demasiado extensa como para poder contarla de forma pormenorizada. En la selección está la trampa. Y más importante que lo que aparece es lo que no aparece.

Mirad en los huecos. Buscad las omisiones.

Esto me llevó a cotejar otros libros de Literatura de mi etapa de estudiante con los que manejo ahora como profesor. A veces los contenidos son idénticos, pero no los huecos. Hay autores que han desaparecido y otros nuevos que antes no venían. También me di una vuelta por algunos libros de Historia de España que estudié en la facultad. Me sorprendió encontrar muchos enfoques distintos a los que actualmente aparecen en los libros de texto. Los personajes no cambian, pero a veces sí los papeles: los malos, los buenos, las víctimas, los verdugos.

Los profesores trasmitimos los contenidos de los libros de texto y solo nos permitimos cuestionar algún apartado si da la casualidad de que trata de un tema en el que tenemos cierta especialización. Para tener un juicio elaborado sobre una época hay que estudiarla de forma muy exhaustiva. Es imposible que un profesor de instituto pueda tener un juicio propio y contrastado sobre todos y cada uno de los temas que se tratan enseñando historia.

Utilizo la historia de España como marco para mis clases de historia de la literatura. Disfruto mucho en esas clases. Y más desde que he descubierto que soy algo parecido a un cuentacuentos. Transmitimos cuentos que sirven para entender nuestra tradición y nuestra cultura.

Mitos. Nada más que mitos.

Toda civilización necesita una historia sobre la que asentarse. Da igual la historia que sea. Las matemáticas pueden ser más o menos universales. La historia en cada país es distinta. Tiene sus propios héroes, sus traidores, sus victorias, sus derrotas, sus periodos álgidos, sus depresiones. No importa que esta historia sea más o menos inventada. Escribimos la historia que queremos contar para que lo que hacemos ahora parezca una continuación con cierto sentido. Muchas veces para tener la sensación de que hemos progresado, de que somos tan listos que ya no volveremos a cometer los mismos errores que nuestros antepasados. Literatura pura y dura.

Literatura necesaria que sirve de cimiento para edificar nuestro futuro. La literatura es la base de las civilizaciones. Ahí están los judíos de Israel, que ocuparon un país porque leyeron en la Biblia que Dios les había regalado esa tierra.

Los cuentos son mejor que el vacío absoluto, que la duda ontológica que todo lo cuestiona. Toda sociedad necesita una historia más o menos ficticia que justifique su presente. Y a mí me pagan para que la haga amena, entretenida, soportable. Trabajar de cuentacuentos es algo gratificante. No hay ironía en mis palabras. Es imposible encontrar la forma objetiva de contar la historia, pero es apasionante formar parte de los que transmiten la versión más adecuada para este tiempo y este lugar. No todos los profesores la contamos de la misma manera. El que más y el que menos la adapta a sus convicciones y a sus intereses. Solo la literatura puede ofrecernos esa libertad.

domingo, 21 de febrero de 2010

El inmenso desierto

Hace un par de días leía en El País un artículo muy interesante de Jesús Ferrero sobre un tema que desde hace tiempo me ronda la cabeza: el cambio que supone para la letra impresa la democratización de los recursos que ofrece internet.

Para Jesús Ferrero los grandes nombres de la Historia de la Literatura aparecían en el universo Gutenberg como cordilleras contrastables. Internet, sin embargo, vendría a ser una inmensa planicie donde apenas se puede reconocer si un punto está ligeramente más elevado que otro.

La comparación me parece curiosa, pero ofrece una visión demasiado idílica del pasado editorial. Siempre se ha publicado mucha morralla. Por otra parte, creo que hay cierto desdén elitista en sus palabras. Probablemente Jesús Ferrero soñaba que él algún día también sería una inmensa cordillera y de repente se ha encontrado con una nivelación total de la orografía del terreno. Menuda putada.

A mí, sin embargo, no me duele el cambio. La Historia de la Literatura está llena de injusticias. Para empezar, creo que siempre ha sido una planicie. La diferencia es que antes el espacio estaba acotado y era abarcable. En los tiempos de la creación de la imprenta, la gente que podía acceder a la cultura era escasa y los candidatos para ocupar los puestos elevados eran muy pocos. En el siglo XIX, con el empuje de la burguesía, aparecería el escritor profesional que empieza a vivir humildemente de su trabajo, aunque ya hubo entonces algunos best sellers que se enriquecieron con la venta de libros. En los últimos años, la ingente cantidad de candidatos y el abaratamiento de los costes de edición han hecho que el universo Gutenberg se haya expandido hasta límites insospechados. Se editan muchos más libros de los que el mercado puede asumir. Y desde hace décadas los escritores que habitan las cordilleras de las que habla Ferrero han sido aquellos que trabajaban para una gran editorial que ha tenido la pasta suficiente para encaramarlos en lo más alto. Otras grandes cordilleras que ofrece la Historia de la Literatura tienen unas vistas de dudosa calidad, sobre todo aquellas que obedecen a los gustos de alguna élite en exceso intelectual. Los estudiosos de la literatura han aupado a lo más alto a muchos autores del pasado por intereses eruditos o generacionales. Cervantes, por ejemplo, pasaría al Olimpo de los escritores doscientos años después de su muerte, cuando la novela se convierte en el género literario por excelencia. En su época la novela no era nada más que un género de entretenimiento, de mucha menos importancia que el teatro o la poesía, géneros en los que no tuvo tanta fortuna.

La desmesurada proliferación editorial de los últimos años no es nada si la comparamos con internet. Aquí ya no hay impresor ni editor ni distribuidor ni librería. El escritor le da a un botón y un segundo más tarde el lector puede tenerlo en su casa sin ningún coste. El problema es la inmensidad de internet y la poca gente que hay para colonizar y abarcar esa gran extensión. Para mí es como un desierto desproporcionado en el que todos andamos perdidos. Hay extensísimas zonas deshabitadas en las que apenas nos detenemos. En otras nos paramos un rato para echar un vistazo. Poco tiempo, porque constantemente nos acecha la sospecha de que más allá puede haber algo mejor. Los autores intentan llamar la atención de los que pasan igual que los predicadores charlatanes en la Judea de La vida de Brian. Los medios de comunicación cambian la forma de escribir. Es un hecho. En internet, los textos (posts) se hacen más breves para captar a los que van con prisas. El lenguaje se hace simple y coloquial para no excluir a los pocos transeúntes que puedan pasar cerca. No hay diferencia entre producción propia o ajena. Todo vale como reclamo: textos copiados o materiales gráficos, sonoros o visuales con los que captar al auditorio desde tu palestra.

Esperemos que el libro tradicional no desaparezca porque sería una gran pérdida, aunque tendrá que adaptarse a los nuevos tiempos. Está condenado a entenderse con internet, a buscar incluso su hueco en el inmenso desierto.

Estamos viviendo una época crucial que recogerán los libros de Historia dentro de unos años como un momento decisivo en el cambio de conductas de los seres humanos. Muchas de nuestras actividades, para bien o para mal, están siendo canalizadas actualmente por internet (comunicarnos con los amigos, buscar trabajo, ligar, leer, ver la televisión…). Y de momento es algo que nadie puede controlar porque no se le pueden poner puertas al campo. Es un momento emocionante e intrigante porque no se sabe dónde irá a parar todo esto. Aunque tengo la sospecha de que todo no puede nada más que empeorar. Quizá dentro de unos años tengamos que contar a los más jóvenes que un día internet fue un universo libre donde cada uno podía decir lo que quería sin temor a que lo persiguiera la Inquisición.

A pesar de no compartir al cien por cien la visión de Jesús Ferrero, me gustó mucho su artículo porque desde hace tiempo me venía imaginando internet como un inmenso desierto. Escribiendo en este blog me siento un poco así: como un chalado dando voces solo en mitad de las dunas. A veces tan ridículo como el buzo que iba por el desierto, se encontró a un beduino y le preguntó dónde quedaba el mar. El beduino, sorprendido ante aquella aparición desconcertante -bombonas de oxígeno, gafas de buceo y aletas en los pies-, le dijo que lejos, muy lejos, a unos doscientos kilómetros. A lo que el buzo respondió con una ingenua sonrisa de felicidad: “¡Cómo mola! ¡Qué pedazo de playa!”.

sábado, 6 de febrero de 2010

Cuentos con moraleja: la zorra y las uvas

Uno de los cuentos de Esopo que más fortuna ha tenido a lo largo de los siglos es el de la zorra y las uvas. Supongo que casi todos lo conoceréis. Lo cuento de memoria:

Una zorra encontró unas uvas en una parra e intentó alcanzarlas. Después de varios intentos frustrados en los que le fue imposible llegar a los racimos, desistió. Y se dijo a sí misma: “Da igual. No están maduras”.

La moraleja de Esopo es que algunas personas no reconocen su incapacidad para alcanzar ciertas metas y le echan la culpa a las circunstancias.

En el siglo XVIII, Félix María de Samaniego -que por extrañas razones que hoy se nos escapan pensó que era una gran idea reescribir los cuentos tradicionales en poemas rimados- hizo una versión del cuento en la que no es tan severo con los defectos del género humano. Su versión desarrolla un poco más la parte en la que la zorra hace mil intentos para alcanzar las uvas, pero es muy parecida a la original. Lo interesante es que al final, no sin cierta dosis de ironía, recomienda a un tal Fabio que no se corte y haga lo mismo que hizo la zorra cuando se encuentre en una situación similar.

En otras versiones ampliadas del cuento la zorra queda en peor lugar. Alguna he leído en la que la zorra se da cuenta de que hay otro animal que la ha estado observando y siente vergüenza. Y es por orgullo por lo que dice en alto que las uvas no están maduras, en un vano intento por no quedar en ridículo.

Quizá sería reprobable esa actitud orgullosa y altiva de la zorra si no fuera porque todos hemos pecado de lo mismo en alguna ocasión. No nos gusta reconocer nuestras limitaciones delante de los demás. Es comprensible, por tanto, la actitud de la zorra delante del otro animal. Sin embargo, me llama mucho más la atención la versión de Esopo porque en ella la zorra no tiene que disimular delante de nadie y parece que incluso se engaña a sí misma. Ese autoengaño en el que vivimos es el que me hace pensar que es una de las mejores fábulas que he leído. Esta pequeña historia vendría a explicar el destino de todos y cada uno de nosotros. En cada paso que damos en la vida estaría presente.

Como educador lo veo a diario. Los alumnos siempre dicen que no les gusta una asignatura cuando no se les da bien. Y los que no tienen facilidad para ninguna dicen que no les gusta estudiar. Que no les gusta, dicen, cuando la realidad es que no son capaces. Y no es que mientan. Es muy difícil que te guste algo que no entiendes, que te cuesta un trabajo enorme y que te produce frustración. Los mayores no somos muy distintos.

Me gusta la fábula pero no comparto el reproche final de la moraleja. ¿Por qué esforzarse por algo que no vamos a poder conseguir? Entiendo que merece la pena esforzarse si hay alguna posibilidad. Hay veces que es necesario entrenar para alcanzar ciertas metas. Pero de no ser así, pienso que sería mejor buscar otros racimos más accesibles, otras empresas que nos reporten más satisfacción. Me acuerdo ahora de amigos que echaron a perder su vida porque sus familias les obligaron a estudiar algo para lo que no estaban capacitados y terminaron sin conseguir el título. O si lo consiguieron, después mucho esfuerzo y mucho sufrimiento, hoy viven encadenados a un trabajo que odian y que les fastidia cada día de sus miserables vidas.

No todo el mundo puede alcanzar los mismos racimos por mucho que las leyes progresistas de educación se empeñen en ello. Casi todos podríamos aprender a jugar al tenis, pero muy pocos seríamos capaces de llegar a tenistas de élite, y muchos menos a ser tan buenos como Roger Federer o Rafa Nadal.

Por eso, no pasa nada por despreciar ciertos racimos y buscar otros que estén a nuestro alcance. No perdáis vuestra vida en algo que os produzca frustración. Lo lógico sería que reconociéramos con franqueza que no llegamos al racimo y siguiéramos adelante con desparpajo.

Dejé la música porque no era buen músico. Y no me dedico a cantar porque lo hago muy mal. Y no dibujo ni pinto porque no sé hacer la o con un canuto. Y no juego al fútbol porque de pequeño era muy malo y nadie me quería en su equipo. Y no me voy a esquiar porque con la nieve me resfrío. Y nunca he querido ir a Pasapalabra no por falta de léxico sino porque sé que soy muy lento y me faltarían reflejos. Y nunca me han interesado mucho las ciencias porque hay un montón de cosas que no soy capaz de entender. Y nunca hubiera sido cirujano porque tengo muy mal pulso. Y decidí estudiar literatura porque se me daba bien. Nunca me costó mucho trabajo hacer un comentario de texto. Y me hice profesor porque tengo facilidad para hablar en público y no me resulta arduo explicar los contenidos de mi asignatura. Y escribo porque escribir es algo que puedo hacer, mejor o peor, sin demasiado esfuerzo.

Resumiendo: que todos somos un poco zorras y que no pasa absolutamente nada.