domingo, 8 de junio de 2014

Escenas memorables: Los caballeros de la mesa cuadrada

Hace unos días enseñaba a mis alumnos de 2º de ESO a leer la prensa digital. No solo veíamos las diferentes secciones que ofrecen los periódicos, sino también las distintas perspectivas que adoptan ante la realidad económica, política y social dependiendo de la ideología y los intereses que hay detrás de cada uno de ellos. Los animaba a que contrastaran diferentes medios para que conocieran distintos enfoques de la realidad y pudieran extraer sus propias conclusiones.

Como los titulares del día se centraban en la abdicación del rey y en sus inminentes consecuencias, también les ayudaba a resolver las innumerables dudas que tenían sobre monarquías, repúblicas, sucesiones y Borbones, (¿para qué sirve un rey?, ¿cómo es una república?, ¿por qué tiene que reinar el hijo del rey y no las hijas?, ¿será algún día reina Leonor?, ¿y por qué el príncipe no se casó con una princesa?, ¿cuánto cuesta mantener a todos esos?, ¿es cierto que el rey mató a su hermano?). En un momento dado, uno de mis alumnos, un muchacho estudioso, razonable y normalmente respetuoso, interrumpió la clase totalmente soliviantado y soltó algo así: “Pues ese dirá lo que quiera (se refería al príncipe Felipe), que es rey o lo que a él le dé la gana, pero no es mi rey. No lo es ni lo será. ¿Por qué alguien tiene que ser el rey? Yo no acepto que nadie sea el rey. Nadie es más que yo y no me da la gana. Nadie tiene por qué ser más que nadie.” Supongo que sonreí, sobre todo porque me recordó una escena genial de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python.

En la escena a la que me refiero, el rey Arturo se acerca a preguntarle a un pobre hombre por el dueño de un castillo cercano y una serie de malentendidos les llevan a terminar discutiendo. “Me opongo a que automáticamente me trate como a un inferior”, le espeta entonces el campesino. “Porque yo soy rey”, dice Arturo, que va dando saltitos simulando que cabalga mientras su escudero va tras él golpeando unos cocos que imitan el sonido de unos cascos de caballo. El pobre hombre se echa a reír, pero enseguida reacciona y le empieza a echar en cara lo que habrá tenido que hacer para llegar a ser rey: “… explotando a los trabajadores, aferrándose a un dogmatismo imperialista que perpetúa las diferencias económicas y sociales de nuestra sociedad. Si alguna vez queremos progresar…” En ese momento les interrumpe una desharrapada que anda buscando basura y que se sorprende cuando Arturo se presenta como “rey de los bretones”. La mujer se muestra extrañada porque no tenía ni idea de que ellos fueran bretones, ni mucho menos de que tuvieran rey. “Creí que éramos una colectividad autónoma”, dice. “Pues te equivocas”, le explica su compañero, “vivimos en una dictadura, una autocracia que se autoperpetúa y en la que las clases trabajadoras…” El hombre continuará soltando sus soflamas pseudoanarquistas hasta que Arturo, que quiere saber quién es el dueño del castillo, pierde los nervios y le ordena que se calle. La mujer le suelta que quién se piensa que es. “Soy vuestro rey”, afirma Arturo con convencimiento. “Pues yo no le voté”, repone la mujer. “A los reyes no se les vota”, explica Arturo. “Entonces ¿cómo llegó a ser rey?”, le pregunta la mujer, que no se rinde. Arturo, solemne, les cuenta la historia de la Dama del Lago y la espada Excalibur. El pobre se indigna aun más: “Oiga”, le dice, “que a una mujer le dé por repartir espadas mojadas no es base para un sistema de gobierno. El supremo poder ejecutivo deriva de la voluntad de las masas, no de una absurda ceremonia acuática”. Arturo le vuelve a decir que se calle, pero él continúa: “No pretenderá ostentar el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada”. Arturo, desesperado, va hacia él y lo zarandea para que se calle de una vez. Conseguirá todo lo contrario: “¡Ya está! La violencia inherente al sistema”, añadirá el pobre hombre, que gritará pidiendo ayuda porque según él lo están reprimiendo. Esto terminará por desesperar a Arturo que finalmente se largará de allí sin haber averiguado quién es el dueño del castillo.

Aunque en clase intenté mostrarme razonable y quise tranquilizar al alumno diciéndole que, de alguna forma, nuestra monarquía era parlamentaria y permitía un sistema de gobierno democrático (como docente hago esfuerzos denodados por mostrarme todo lo imparcial que puedo para que mis alumnos piensen por sí mismos), mis sentimientos no eran muy distintos de los suyos. Ahora pienso que igual que me acordé de la película de los Monty Python podría haberme acordado del cuento de “El traje nuevo del emperador”. Como a este alumno mío, me indigna vivir en un Estado que perpetúa un sistema de gobierno que atenta contra los rudimentos más básicos del pensamiento democrático. Me indigna mantener en la jefatura de Estado a una dinastía que repuso un dictador porque provocó una guerra y la ganó. Me indigna que las élites del poder (banqueros, grandes empresarios y políticos) respalden la monarquía parlamentaria porque a ellos ya les va bien con lo que tenemos y sería arriesgado para sus intereses alterar el “statu quo”.

Por eso y porque no nos van a dar la oportunidad democrática de decidir qué sistema de gobierno queremos los españoles, yo digo que no reconozco la legitimidad, ni moral ni histórica, de la corona española, y mucho menos la titularidad de los Borbones, y que es un Estado represor -con sus policías, sus guardias civiles y sus soldados, sus políticos apesebrados, su administración kafkiana y una agencia tributaria que me quita el dinero contra mi voluntad para mantener un sistema que yo no he votado- el que me impone por la fuerza esta monarquía parlamentaria por la que nadie me ha preguntado.