domingo, 28 de diciembre de 2014

Optimismo

Quién nos iba a decir hace solo unos meses que 2015 se iba a presentar con una cara tan amable, tan cargado de ilusión y alegría. Lo hemos pasado mal y ha sido duro, pero por fin hemos salido de la crisis. Esta vez de verdad. Ahí están los indicadores macroeconómicos que demuestran que lo peor ha pasado y que lo mejor está a la vuelta de la esquina. Casi se puede oler ya esta nueva era de prosperidad que nos espera después de las doce uvas. Es como si la primavera se hubiera anticipado y todas nuestras esperanzas volvieran a florecer con bríos renovados.

Se acabaron las manifestaciones, las huelgas y las protestas en general. Y no por el miedo a la mal llamada ley Mordaza, sino porque no habrá ninguna justificación para rodear el Congreso, tomar las plazas o invadir las calles inopinadamente. A nuestro querido presidente del Gobierno no le cabe ninguna duda y a la prensa más objetiva e imparcial tampoco. Ahí están periodistas de raza como Francisco Marhuenda para certificarlo. Muchos de los que se han metido con él durante estos últimos años deberían pensar en ir pidiéndole disculpas, que la realidad, que es obstinada y pertinaz, ha terminado dándole la razón. Este prohombre del periodismo, que nunca flaqueó y que, contra viento y marea, siempre mantuvo su fe en el Gobierno, nos ha dado una gran lección de la que tendríamos que sacar muchas conclusiones.

Sí, ya sé que muchos de vosotros aún sois escépticos y que creéis que el Gobierno intenta tomarnos el pelo. Seguro que me vais a decir que sigue habiendo gente rebuscando en los contenedores, que hay colas interminables en los comedores sociales, que continúan los desahucios, que el paro apenas ha bajado y que mucha gente que trabaja no gana ni para comer. Todo eso no se puede negar, pero lo único que sucede es que no sois capaces de ver más allá de vuestras narices porque los árboles os impiden ver el bosque. ¿Es que no os dais cuenta de que todo eso no es sino el rastro que deja a su paso la tormenta? Pero no hay que perder la calma porque la tormenta ya pasó y España es un ave fénix que está resurgiendo de sus cenizas, mal que les pese a los agoreros. Ahí tenéis los irrefutables e impepinables indicios que lo demuestran. Se acabaron los recortes. El Gobierno acaba de elevar en tres eurazos el sueldo mínimo interprofesional y ha subido las pensiones un 0,25%. No hay más ciego que el que no quiere ver.

Con un poco de paciencia muy pronto veremos los frutos granados de la nueva reforma educativa. En 2015 se implantará en secundaria y seguro que es todo un éxito. Puede que incluso esta sea la oportunidad para que Froilán se saque por fin la ESO y emprenda una exitosa carrera como promotor de fiestas en la Joy. El PP siempre se ha preocupado mucho por ofrecer oportunidades a la juventud con inquietudes. Solo hay que fijarse en lo bien que se han portado con el Pequeño Nicolás. Qué bonito sería que el PP convocara el próximo curso las becas “Pequeño Nicolás” para jóvenes emprendedores.

Y se acabó la preocupación ciudadana por la corrupción. Que sí, que ha existido, eso no lo vamos a negar. Pero es una lección aprendida de la que solo quedan ciertos remordimientos y el propósito firme de no volver a repetirlo. Con solo ver la nueva ley de transparencia del PP queda claro que ellos, especialmente, han quedado totalmente escarmentados. Puede que en el pasado hayan estado más pringados que el resto, pero por eso mismo también han sido el primer gobierno que ha tomado medidas drásticas para extirpar la corrupción de raíz. Ningún partido como el PP a la hora de colaborar con la justicia y dejar que los jueces actúen con rigor e imparcialidad.

Pero como de desagradecidos está el mundo lleno, seguro que hay por ahí gente que les pone alguna pega. Pues no pasa nada, que para eso vivimos en democracia, disfrutamos de un Estado de derecho y podemos manifestar libremente nuestras preferencias en las urnas.

Para todos los quejicas, el 2015 trae un montón de elecciones democráticas en las que habrá opciones estupendas para todos. ¿Que eres de poca aventura pero estás desencantado del PP? Pues ahí tienes al UPyD de Rosa Díez y a los Ciudadanos de Albert Rivera, que no son ni de izquierdas ni de derechas sino todo lo contrario pero al revés, que no es lo mismo.

¿Qué eres un nostálgico de la izquierda de toda la vida porque te gusta el olor a naftalina y la moda vintage? Pues ahí están Pedro Sánchez y Alberto Garzón, que vienen a ser lo mismo que cuando cambiaron el dibujo del bote del Cola Cao y dejaron dentro el producto de toda la vida, que la gracia del Cola Cao auténtico está en que haga grumos para comértelos a cucharadas antes de apurar la leche. Las cosas que están bien no hay por qué cambiarlas.

Pero que no se preocupen los amantes de las novedades, que 2015 les tiene reservadas grandes emociones. De hecho, todo apunta a que Podemos puede ser la gran sorpresa electoral. Multitud de fenómenos paranormales y algunas encuestas del CIS parecen anunciar que Pablo Iglesias se hizo hombre para derrotar a la casta y redimirnos a todos de la tiranía de los banqueros y los grandes empresarios. Que nadie dude de él, que, si las circunstancias lo requieren, convertirá el agua en vino y multiplicará los panes y los peces.

Solo preveo un mal año para los nacionalistas e independentistas. En cuanto los catalanes y los vascos vean lo bien que nos va, no habrá ni uno que quiera irse de aquí. A lo mejor tendríamos que hacer un referéndum a nivel nacional para decidir si les damos la patada y nos los quitamos de encima. Aunque solo fuera para darles un susto y echarnos unas risas.

Y es que lo de votar está bien, pero dentro de un orden. ¿O es que acaso nos ha hecho falta votar para tener un monarca cojonudo? Hay cuestiones que más que democracia lo que requieren es una buena estrategia de jugador de ajedrez. Para dar jaque a sus hermanas, a la tonta y a la listilla, solo tuvimos que mantener una ley de sucesión que las descartaba por ser mujeres. ¿Acaso alguien protestó por un caso de discriminación tan palmario? Pues no. Porque Felipe era el heredero que a todos nos gustaba: alto, guapo, educado, romántico… Resumiendo, un príncipe de esos que salen en los cuentos. Y listo donde los haya. Ni se os ocurra jugar con él al Tabú, que es un crack. El otro día se tiró quince minutos hablando en televisión y no dijo ni una de las palabras prohibidas.

En 2015, hasta la Iglesia va a parecer otra. Se acabaron los escándalos de pederastia y las sectas sicalípticas. El papa Francisco exorcizará todos los males de su grey y la dejará más inmaculada que recién salida del confesionario. Ya era hora de que llegara un papa que se pusiera de parte de los pobres. Seguro que pronto empieza a subastar las riquezas del Vaticano para dar de comer a todos los necesitados del planeta. Su humildad nos ha dejado a todos pasmadísimos, y no solo porque sea papa sino muy especialmente por tratarse de un argentino. Nunca habíamos visto algo así. No me extrañaría que más pronto que tarde renunciara a su cargo de jefe de Estado y convirtiera la teocracia vaticana en una comuna anarquista.

¿Y qué me decís de Estados Unidos? Obama ha terminado con el bloqueo a Cuba y se supone que por fin cerrará Guantánamo. No me parece poco. Aunque tengo que reconocer que el panorama internacional sí me tiene algo preocupadillo. Sigo viendo muy cabreados a los yihadistas y supongo que el problema no tiene fácil solución. Es gente que se queja de vicio y eso tiene mal arreglo. No sé a qué viene tanta mala hostia con lo bien que les va. Cada vez controlan más territorios y ya tienen hasta califa y todo. Fíjate que me da que 2015 para ellos no va a ser mal año.

En fin, espero que todos mis buenos augurios se cumplan y que 2015 os dé a todos lo que os merecéis.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Little Miss Sunshine

Little Miss Sunshine es la historia de una familia de fracasados que llevan a Olive, la hija pequeña, a un concurso de belleza para niñas. Y no lo hacen por vanidad, como tantos otros padres, sino porque a la niña le hace mucha ilusión y creen que tienen que apoyarla. La película se convierte en una odisea con formato de road movie en la que los personajes recorrerán más de mil kilómetros para llegar, tras muchas tensiones, peripecias e imprevistos, a Redondo Beach, la sede del concurso. Allí descubrirán que el concurso es, además de hortera y delirante, totalmente inaccesible para Olive, una niña graciosa, bajita, gordita y cuatro ojos. Antes de que salga al escenario, comprenderán que no tendrá nada que hacer frente a unas niñas que parecen recién salidas de la casa de la Barbie: altas, guapas, estilizadas y con un montón de habilidades insólitas. Para mí este es el mayor acierto de la película, el que consigue que los espectadores se identifiquen con la situación al mostrarnos el éxito como una competición fuera de nuestro alcance y, al mismo tiempo, hacernos comprender que ese tipo de competiciones son algo vacío, afectado, ridículo, que poco o nada tienen que ver con la vida.

Olive solo es una niña ingenua e inconsciente que sueña con participar en un concurso de belleza y sería cruel acabar de golpe con sus ilusiones. Es mucho mejor que salga al escenario, que reviente el concurso y que escandalice a todo el mundo con su baile sicalíptico y procaz. Por eso todos estamos con su familia cuando suben al escenario para bailar con ella y apoyarla.

La única vez que sentí orgullo patrio viendo un concurso fue cuando mandamos a Rodolfo Chikilicuatre a fastidiar el Festival de Eurovisión. Yo fui uno de los que votó por SMS para que nos representara y fuera allí a darles una patada en el culo a los que organizan ese espantoso concurso. Fue de las pocas veces en mi vida que vi Eurovisión y esperé con impaciencia la aparición del representante español. Cuando comenzó su actuación, sentí que yo también estaba allí, en el escenario, con Chikilicuatre, perreando sin parar, tocando la guitarrita de juguete y bailando el brikindans, el crusaíto, el maikelyakson y el robocop.

sábado, 1 de noviembre de 2014

El día de difuntos de 2014

(Paráfrasis o parodia de Larra.)

Supongo que hubo un tiempo –ya ni me acuerdo– en el que me sorprendía por todo lo que tiene que ver con este país: la ineptitud de la clase política, su latrocinio continuado, la necedad de los electores, su pasividad a la hora de pedir dimisiones y reformas profundas… Hoy, día de difuntos de 2014, ya no me sorprende nada. Con la mitad de casos de corrupción que se han destapado últimamente, deberíamos estar, como poco, en la antesala de unas elecciones anticipadas. Pero ni la oposición las pide con la vehemencia necesaria ni la gente sale a la calle a exigirlas por la fuerza. Estamos tan acostumbrados al bochornoso espectáculo de esta lamentable clase política como a ver las miserias de África a la hora de comer. Puede que en algún momento estuviéramos indignados, no lo dudo, pero desde hace tiempo el significado de ese término debe de haberse suavizado. He ahí un término que los académicos deberían haber revisado en la última edición del diccionario de la RAE. Yo habría propuesto lo siguiente: “Dícese del que finge estar muy cabreado con la situación política y no hace nada para cambiarla”. Lo sé muy bien porque yo mismo soy un indignado.

Hace un par de días entré en un estado cercano a la depresión. No sabría decir exactamente por qué, pero sé que me sentía como el interino que lleva tres o cuatro años sin trabajar, como el emigrante español que se va a Alemania siguiendo los pasos de su abuelo, como el inmigrante que se jugó la vida en la valla de Melilla para terminar explotado en régimen de pseudoesclavitud en la finca de algún terrateniente andaluz o como el corrupto que atraviesa el umbral de Soto del Real pensando que es injusto que entre tantos de su misma ralea le haya tenido que tocar a él.

En esas circunstancias, no pude tener peor idea que acercarme a mi pueblo. Si a mi pueblo le pusiéramos una tapa de pino en el lugar del cielo, sería lo mismo que un inmenso ataúd. Anduve recorriendo sus calles a las siete de la tarde y tuve la sensación de caminar por un pueblo fantasma, o por los escenarios donde a veces se ruedan mis pesadillas. Casualmente, pasé por una parte del pueblo donde yo jugaba mucho de niño y me sorprendió ver que ya no había chavales en la calle. Los imaginé en su casa mandando Whatsapps o yendo a todas esas actividades programadas que tanto les gustan a los padres. Casi no me crucé con nadie mientras admiraba las ostentosas viviendas que se construyeron en los felices años de la burbuja inmobiliaria y los muchos solares con vallas de metal que durante las próximas décadas afearán casi todas las calles de España. Aunque ya se iba haciendo de noche, muchas de las casas estaban a oscuras. Intenté calcular cuántas casas de mi pueblo están deshabitadas la mayor parte del año y me perdí en la cuenta. Cada vez son más los que se van. No hay futuro para un pueblo que vivía en gran medida de la construcción y de las fábricas de puertas, que saltaron por los aires en el instante que explotó la burbuja. En el centro del pueblo, en la plaza, algunas madres vigilaban a los pocos niños que jugaban en el parque infantil. En los bancos, algunos viejos miraban sin emoción pasar la poca vida que pasaba. En los bares no había casi nadie. Miré la iglesia. Unos meses antes estaba de reformas. Pensé en pasar a ver qué habían hecho, pero no lo hice. Me parecía una broma de mal gusto que la iglesia fuera lo único que había mejorado desde mi última visita. En una extraña asociación de ideas, me acordé de la gran aportación de nuestro joven alcalde al embellecimiento del municipio: un breve y espantoso monumento a la bandera española en la plaza, supongo que para reafirmar nuestro sentimiento patriótico. Como los que le precedieron, ni se ha planteado quitar de la plaza el monumento a los caídos por Dios y por España. También debe de ser algo muy patriótico. Como se acercaba el Día de Todos los Santos y tenía la sensación de que me faltaba el aire dentro de aquel ataúd, decidí salir corriendo de allí antes de que a alguien se le ocurriera ir a visitarme con una corona de flores.

Volví a Toledo todo lo rápido que pude, entré en mi casa y con un gran alivio cerré la puerta a mis espaldas, como si viniera huyendo de una hueste de walking dead. Momentáneamente me sentí a salvo.

Hoy, sin embargo, me doy cuenta de que haber escapado de un ataúd no me ha servido para salir del cementerio. Y en estos momentos pienso en esos infelices que salen de sus casas para acudir a los cementerios a ver a los muertos. No se dan cuenta de que para cumplir con el rito de ir a ver a los muertos les valdría solo con buscar un espejo. Y si quieren ver zombis caminando torpemente, yendo a ninguna parte, confusos y desconcertados, solo tienen que abrir las ventanas y mirar a los que pasan. Porque estamos rodeados. Cada pueblo de España no es nada más que un sepulcro. Cada ciudad, una inmensa colmena de nichos. El país entero, un cementerio. Quizá para disuadir a los que intentan saltar las vallas de Melilla solo habría que hacerles ver que lo que intentan sortear son las tapias de un enorme cementerio.

Miro los titulares de los periódicos y tengo la sensación de estar leyendo epitafios.

Veo a muchos de nuestros gobernantes corruptos intentando defenderse con el argumento de que todos roban, sin darse cuenta de que incluso dentro del crimen podemos hacer rankings.

Veo a políticos que dicen que la economía española está despegando mientras no deja de aumentar el número de personas que pierden sus casas y van a los bancos de alimentos.

Veo que los políticos que se llaman a sí mismo liberales han sido funcionarios toda su vida y entienden que ser emprendedores es privatizar lo que es de todos y conseguir adjudicaciones de servicios públicos mediante sobornos. Y sabemos que no van a parar hasta expoliarlo todo.

Veo que algunos quieren dejar de ser españoles sin darse cuenta de que para lograr algo así no basta con cambiar de himno y de bandera, ni mucho menos con poner otra tapia para construir su propio cementerio.

Veo la palabra constitución en manos de los que nunca creyeron en ella, salvo cuando se dieron cuenta de que podrían pervertirla para sus intereses.

Veo cómo los grandes empresarios y los banqueros tratan a los políticos como si fueran marionetas y exigen, con el arte del ventrílocuo, que los obreros tengan los mismos derechos y usos que un Kleenex, y que los pequeños empresarios se acostumbren a vivir de sus desechos.

Veo a jueces corruptos que apoyan a los suyos a cambio de prebendas mientras que hay otros jueces condenados por prevaricación por perseguir a tipos poderosos que comparten vajilla y mantel con los ministros.

Veo a algunos periodistas vendidos al poder. Y a otros como simples escribanos que acuden al trabajo a copiar ruedas de prensa sin molestar demasiado.

Y veo a algún corrupto que es detenido como cabeza de turco para distraer a la opinión pública. Es una táctica común de la mafia mejicana. De vez en cuando dejan que caiga uno de los suyos para que la gente crea que la policía, que está a sueldo de las mafias, hace su trabajo.

Que estemos todos muertos y nos hayamos convertido en zombis es la única explicación que encuentro para que no salgamos a la calle, en masa, a reventarlo todo, a poner este país patas arriba para poder empezar a ordenarlo de nuevo. Me gustaría pensar que hay algún superviviente que ha sobrevivido a la invasión zombi, pero en el corazón de un cadáver caben pocas esperanzas y sospecho que, si lo descubriéramos, no duraría mucho entre nosotros.

domingo, 19 de octubre de 2014

Los Impresentables en El Internacional

El próximo sábado tendrá lugar el primer encuentro poético de Los Impresentables, una excusa como otra cualquiera para leer poemas y cantar canciones en El Internacional, algo que, de cualquier forma, ya hacemos normalmente sin anunciarlo en ningún cartel. Lo novedoso de este encuentro será que aprovecharemos para traer poetas de fuera de nuestras fronteras toledanas. En esta ocasión vendrán a vernos dos poetas excepcionales: Antonio Díez y Óscar Aguado (aka Carso Waters). También tendremos la suerte de que nos acompañe a la guitarra Tony Kuratti, el Dylan de Utrera, que lleva mucho tiempo sin actuar en Toledo y que, por supuesto, interpretará algunos temas del genio de Minnesota.


sábado, 4 de octubre de 2014

El Quijote

El Quijote siempre vuelve porque a los que somos fanáticos del libro cualquier excusa nos viene bien para reivindicarlo. Por eso el año que viene, que será el cuarto centenario de la publicación de la segunda parte, se volverá a hablar mucho del libro y de su autor. No siempre con acierto, claro, que los lugares comunes y los errores de bulto son lo que más abunda cuando se habla de El Quijote, un libro que la mayoría de la gente no ha leído y que de los que sí lo han hecho hay muchos que no lo han terminado de entender.

En El Quijote no solo es fascinante la historia que se nos cuenta, sino también el proceso de su composición y la vida que entonces llevaba su autor. Todo lo que tiene que ver con El Quijote está cargado de significación. Incluso los errores, olvidos y desarciertos que cometió Cervantes en su redacción. Y quizá lo más sorprendente sea que haya alcanzado una fama universal sin parangón en la historia de nuestras letras. Si Cervantes pudiera desembarazarse de su sudario, sacudirse los siglos y volver a la vida, probablemente no entendería nada. Y mucho menos lo entenderían otros ingenios contemporáneos suyos. Y es que esta es una de esas veces en la que lo que consigue un autor es infinitamente superior a las pretensiones que tenía.

Cervantes quiso escribir la historia de un hombre de edad avanzada que se volvía loco por leer las estupideces que aparecían en las novelas de caballerías. Y no pretendía otra cosa que parodiar este género con el fin de desacreditarlo. Si esto fuera lo único que los lectores pudiéramos encontrar en este libro hace siglos que habría dejado de tener algún interés. Casi desde el mismo momento en que se publicó, pues ya entonces las novelas de caballerías eran un género narrativo en decadencia. El éxito de una parodia cuando ya no existe el referente del que se hace burla no deja de ser llamativo y solo demuestra que algo más debe de haber en la historia del hidalgo chiflado que sale en busca de aventuras para desfacer agravios y socorrer a los menesterosos. Lo que se esconde bajo la superficie de El Quijote, como si de un palimpsesto se tratara, es la historia de un soñador, de un idealista que quiere cambiar el mundo y termina estrellándose contra la gris, sordida y decepcionante realidad. El Quijote es una tragedia disfrazada con los ropajes de la comedia, la historia de un desengaño vital, la visión del mundo de un hombre desencantado, frustrado, escéptico y acabado que se acerca a la vejez y que ha perdido todos los ideales y sueños de su juventud.

Quizá por eso es un libro tan inmenso y quizá por eso mismo los jóvenes no lo pueden entender. Y aunque lo sé, este curso obligaré a mis alumnos de Bachillerato a que lo lean. Solo unos capítulos, que mi nivel de sadismo no llega hasta el extremo de mandarles los dos tomos.  Intentaré que disfruten con cada una de las aventuras, que comprendan los términos que han caído en desuso, que elijan una buena edición con las notas a pie de página necesarias para que le pierdan el miedo y no desfallezcan en el intento. Puede que, con suerte, consiga que se enteren del sentido literal del texto y que se rían con alguna de las aventuras disparatadas del protagonista o con alguna de las divertidas conversaciones que mantiene con Sancho, pero dudo mucho que terminen entendiendo el libro, digiriendo su sentido profundo. Me esforzaré en mis explicaciones y seguramente se las dictaré y tendrán que copiarlas. Muchos de ellos, distantes e indiferentes, lo harán con la diligencia del autómata, memorizarán mis palabras y las vomitarán en el examen como el que se libra de una mala digestión. Y yo haré bien mi papel y a los que las merezcan les pondré buenas notas, aunque su recelo o rechazo hacia el libro me venga a demostrar que no terminaron de comprender su sentido profundo. Porque no es posible ni sería justo que un adolescente aceptara la derrota antes de empezar a luchar. La juventud es el mundo de los grandes ideales y de los sueños imposibles, un mundo más propicio para los héroes de Marvel que para el dramático final del antihéroe manchego. Y está bien que sea así. Está bien que los jóvenes sean arrogantes y utópicos, que piensen que antes de ellos solo hubo un hatajo de imbéciles que lo echaron todo a perder, que con ellos todo podría ser de otra manera y que los que lo jodemos todo somos los profes pesados que les amargamos la existencia mandándoles libros gordos y aburridos.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Cuentos con moraleja: Lázaro, el ciego y las uvas

El Lazarillo de Tormes es una novela en cuya composición se utilizaron, más o menos modificados, muchos relatos ajenos que el autor hizo pasar por propios al convertirlos en aventuras y desventuras del pobre Lázaro de una manera que hoy nos parecería más cercana al plagio que a la intertextualidad. Por esa misma razón, creo que es lícito rescatar uno de sus pasajes para convertirlo en cuento, pero no como lo hacen los libros de texto cuando seleccionan un fragmento, sino reescribiéndolo de memoria para hacer mi propia versión:

Lázaro era un niño pobre al que su madre había puesto a servir a un ciego para que tuviera algún oficio y pudiera mantenerse por sí mismo. Tras salir de Salamanca, la ciudad donde el muchacho se había criado, no tardó en darse cuenta de que la astucia y la crueldad eran las características más sobresalientes de su amo. La crueldad se le veía en los muchos pescozones y palos que le daba, así como en lo poco que le daba de comer, que, para colmo de virtudes, el ciego también era avaro y mezquino. Su astucia quedaba de manifiesto por lo difícil que era engañarle a pesar de su ceguera.
            Poco tiempo después de salir de Salamanca llegaron a tierras toledanas. Era la época de la vendimia y, al pasar por Almorox, un hombre les ofreció un racimo de uvas a modo de limosna. De haber estado el racimo en buenas condiciones, seguro que el ciego lo habría guardado para que le durara varios días, pero era un racimo medio aplastado, con las uvas a punto de pasarse, y comprendió que no aguantaría ni un día más. Fue por eso por lo que, traicionando sus costumbres, decidió que era una buena idea zampárselo de golpe, a modo de festín, y compartirlo con Lázaro.
            –Lázaro –le dijo–, hoy es tu día de suerte y vas a poder hartarte de comer. Nos sentaremos en algún lugar y partiremos como buenos cristianos el racimo que este hombre nos ha dado. Para que el reparto sea equitativo, cogeremos las uvas por turno y de una en una. Y para estar seguro de que no me engañarás, tendrás que prometerme que no cogerás más de una uva cada vez que te toque.
            Lázaro estuvo de acuerdo y se lo prometió. Se sentaron bajo un árbol y empezaron a dar cuenta del racimo. Al principio respetaron el acuerdo, pero en el tercer turno, el ciego empezó a coger las uvas de dos en dos. Lázaro, sorprendido e indignado, se enfadó tanto que no solo quiso igualarle cogiendo las uvas de dos en dos, sino que le pareció de justicia que se merecía cogerlas de tres en tres. Y así lo hizo, aunque se atragantara de vez en cuando al tratar de engullirlas sin llamar la atención.
            Cuando se acabó el racimo, el ciego se quedó un rato con el escobajo en la mano y empezó a menear la cabeza:
           –Lázaro –dijo–, estoy seguro de que me has engañado. Podría jurar que has estado comiendo las uvas de tres en tres.
            –¿Por qué dice usted eso? – se defendió Lázaro fingiéndose ofendido.
            –¿Sabes por qué estoy tan seguro de que has estado comiendo las uvas de tres en tres? Porque las comía yo de dos en dos y te callabas.


Cuando veo estos días el aluvión de noticias sobre los escándalos de corrupción de Jordi Pujol, no pienso mucho en él. Pienso más en todos los que le rodearon durante los veintidós años que fue presidente de la Generalitat de Cataluña: todos sus cargos de confianza, los numerosos ministros del Gobierno de España que tuvieron tratos con él y, especialmente, los cuatro presidentes del Gobierno con los que coincidió. También pienso en la infinidad de empresarios que supuestamente le estuvieron pagando mordidas del 3% por las adjudicaciones de contratos de obras y servicios de la Generalitat. Y algo no me cuadra. Sobre todo sabiendo como sabemos lo difícil que es guardar un secreto entre españoles con que más de dos lo sepan. Si es verdad que Jordi Pujol estuvo embolsándose dinero público durante tanto tiempo hasta amasar una inmensa fortuna, lo que me pregunto es por qué todos esos a los que me he referido antes, que no eran ciegos ni sordos, callaban.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Lectura en Escena Libre - Festival de Poesía Voix Vives

Me han invitado a participar en el Festival de Poesía Voix Vives, que inundará Toledo de poesía durante los días 5, 6 y 7 de septiembre, y espero que algunos os animéis a venir. El año pasado fue la primera convocatoria de este increíble festival y lo pasé muy bien como espectador. Me hace mucha ilusión que me permitan aportar mi granito de arena en esta nueva convocatoria.

En mi particular performance contaré con la inestimable colaboración de Alicia Avilés. Entre los dos intentaremos hacer un breve recorrido por mi trayectoria poética y presentaremos algunos de mis poemas inéditos.

Os esperamos el sábado, 6 de septiembre, a las 19 horas en el escenario Escena Libre, que estará en la plaza del Colegio de Infantes, más conocida como plaza de la Bellota.

Si queréis ver toda la programación del festival, pinchad en el siguiente enlace:






viernes, 22 de agosto de 2014

Pienso

Las nuevas tecnologías han venido a demostrar que consumimos pienso barato porque de alguna forma nos gusta y no porque sea lo único que nos echan en el pesebre televisivo.

El otro día escuchaba a un humorista quejarse de que los espectadores veían sus monólogos más en Youtube que cuando se emitían por la televisión. Entiendo su preocupación porque el único criterio que tiene la televisión para mantener un programa en antena es la audiencia. Y son verdaderamente crueles cuando deciden que un programa tiene que desaparecer. Crueles y maleducados, diría yo, porque en el caso de las series me parece una falta de respeto para el espectador interrumpir de forma abrupta su emisión porque no alcanzaba el share esperado. Sin embargo, es comprensible que haya gente que prefiera ver un programa de televisión en el día y a la hora que le venga bien y no cuando dispongan los programadores de la televisión.

Ya no estamos en los tiempos en los que la tiranía de unas cuantas cadenas de televisión controlaban el entretenimiento nacional. Actualmente, son las mismas cadenas de televisión las que ofrecen sus programas en sus webs, de forma gratuita, aunque trufados debidamente de cortes publicitarios. Por estos mismos recursos que nos ponen a disposición las cadenas de televisión y por la posibilidad de descargarte infinidad de películas y series mediante programas P2P es por lo que no entiendo que la gente siga viendo la televisión en directo, quitando algunos programas que puedan requerir cierta inmediatez, como los telediarios o los eventos deportivos.

Como tampoco entiendo –y esto lo entiendo menos– que la gente vea programas mediocres pudiendo elegir otros mejores. A lo mejor estáis pensando que son las personas mayores, las que no se ha integrado en el uso de las nuevas tecnologías, las que mantienen la audiencia de los programas de televisión para oligofrénicos, pero, sin quitarles su parte de mérito, no creo que sean los únicos responsables. Twitter, que es una red social más o menos joven, lo desmiente. Son muchos los tuiteros que se dedican a comentar programas lamentables como Sálvame, Mujeres y hombres y viceversa o los realities más inmundos. O lo que es más sorprendente: cuando en la televisión emiten alguna película famosa, infinidad de tuiteros la comentan o expresan su alegría porque por fin van a poder verla. No tiene sentido esa fascinación por lo que emiten en un mundo en el que uno puede ver, legal o ilegalmente, cuando quiera y como quiera, la película que le dé la gana. También me llama la atención que la gente siga en la televisión las series más abominables y no haya visto otras como The Wire o Los Soprano porque no las emiten en un horario razonable y en las cadenas famosas. Me sorprende, en definitiva, que la televisión tradicional siga existiendo y que sigan siendo tan poderosas ciertas cadenas de televisión.

La televisión actual debería ser como la carta de un restaurante en la que uno elige lo que quiere comer a la hora que le viene bien. Y si esto no es así, solo puede haber dos explicaciones: o de verdad nos gusta el pienso barato o, simplemente, la función de la caja tonta es la de ofrecernos entretenimiento de la forma más fácil y cómoda sin que importe demasiado la calidad del mismo. Tan sencillo como darle a un botón y dejar la mente en blanco. Un pesebre lleno de pienso barato sin el mínimo esfuerzo antes que tener que mover el culo para salir a buscar prados más jugosos.

No seré yo quien critique la televisión si es verdad que cumple una función social tan encomiable.

miércoles, 6 de agosto de 2014

En defensa de los corruptos

Qué fácil es criticar en Twitter y en Facebook sin moverse del sillón y qué difícil ponerse en el lugar del otro para intentar comprenderlo. Así nos va. No os voy a decir que me gusta la corrupción para que no me tachéis de cínico, pero es un fenómeno que está tan extendido, tanto horizontalmente, esto es, por toda la geografía del orbe, como verticalmente, desde las altas esferas de la política hasta el último concejal de un ayuntamiento de mierda, que estaréis de acuerdo conmigo en que debe de tener algún tipo de explicación. Porque, considerando que no se trata de una epidemia y que son tantos los probos ciudadanos que han terminado cayendo en la tentación de llenarse los bolsillos a costa del erario público, si fuéramos humildes y cautos, que no lo somos, tendríamos cuidado de no criticar lo que nosotros mismos podemos terminar haciendo algún día. Un poco de empatía es lo que necesitamos para no digo ya tolerar, pero sí al menos a comprender este fenómeno.

Pongámonos en la piel de un político cualquiera y pensemos en la de codazos que tiene que dar para llegar a ser alguien dentro de su partido. Las encarnizadas luchas intestinas de los distintos grupos políticos requieren mucho esfuerzo y dedicación absoluta. Pisar cuellos y defender a tu camarilla a capa y espada es un trabajo muy absorbente y muy mal pagado. ¿Y todo para qué? Para, con mucha suerte, llegar gobernar y que te hagan un contrato que durará, si no pasa nada, cuatro años. Normal que, si puedes, en esos cuatro años te lleves algún extra. O que si, estando en la oposición, alguien te quiere sobornar, no te lo pienses, que bastante disgusto has tenido ya perdiendo las elecciones. Un buen soborno es ese tren que para un concejalillo de tres al cuarto solo pasa una vez en la vida.

Y luego pongámonos en el pellejo del político que consigue un cargo importante, un sillón desde el que se reparten millones de euros en concepto de concesiones de obras y servicios. ¿No es lógico que el que hace entrega de esos millones se lleve una comisioncilla? ¿Qué pensamos? ¿Que los políticos son personas normales o santos y hermanitas de la caridad? Seguro que los proyectos que se presentan a los concursos públicos deben de ser muy parecidos. ¿Cómo decantarse entonces por uno o por otro? No me digáis que de estar vosotros en su lugar no tendríais en cuenta cuestiones como la relación familiar, el trato de amistad, la posibilidad de obtener favores en el futuro o algún regalito en forma de sobre lleno de billetitos en B. Y con todo lo que se privatiza lo mismo. Alguna compensación debe tener expropiar a la ciudadanía para beneficiar a los empresarios, que es muy duro lo de ser político y que cada día haya un montón de gente insultándote en todos los mentideros de Internet y cagándose en tu puta madre. Eso cuando no salen a la calle a llamarte hijoputa a voces y en procesión.

Sé que esto es generalizar mucho, que el fenómeno de la corrupción es harto complejo y que habría que ir analizándolo caso por caso para comprenderlo en profundidad. Poneos, por ejemplo, en el papel de Bárcenas, venga a repartir sobres y billetes por aquí y por allá, sin tregua, a todas horas, a este y a la otra y al de más allá. Tendría que haber sido un fraile cartujo para resistirse a la tentación. O pensad en la abnegada vida de Jordi Pujol. ¿Habéis visto su foto de familia Opus Dei style? No tuvo que ser fácil criar a tantos hijos ni mucho menos buscarles una buena colocación. A lo mejor os parece que se pasó, que para eso no hacían falta miles de millones, pero tened en cuenta que a un buen padre todo le parece poco para sus hijos. O si pensáis en el caso de los ERE de Andalucía, hay que considerar seriamente cómo la tradición y las costumbres modifican y modelan la conducta de los individuos. Son muchas las generaciones de andaluces que a lo largo de los siglos han soñado con una vida regalada sin pegar un palo al agua como forma de realización personal, y esto pasa de padres a hijos igual que la devoción por la virgen del Rocío o la afición a los toros. ¿Cómo no comprender a aquellos afortunados a los que se les presenta la virgen en forma del cerro de billetes que les puede hacer realidad su sueño? Y en la Comunidad Valenciana no olvidéis que, entre la gente bien, la corrupción no deja de ser una forma de relacionarse como otra cualquiera. ¿Qué creéis que conseguiría un político valenciano si decidiera negarse a la práctica de la corrupción? ¿Un premio? Una mierda y una patada en el culo, eso es lo que recibiría. Allí, si quieres integrarte dentro de la vida política, tienes que practicar la corrupción a un nivel profesional, que a estas alturas ha alcanzado la categoría de deporte de élites y ya solo compite con el golf y las regatas. Son tantas las variantes de la corrupción que hasta por aburrimiento puede llegar uno a ser corrupto. Pensad en Urdangarín recién casado e imagináoslo en palacio, dando vueltas con las manos en los bolsillos y bostezando sin saber qué hacer en su condición de infante consorte.

Como veis, son muchas las razones que pueden llevar a una persona a la práctica de la corrupción y no deberíamos juzgarlas a la ligera. La verdad, no sé si algunos de los que critican tanto a los corruptos lo hacen por rectitud moral o por envidia cochina. No olvidéis que vivimos en un país democrático, que cualquiera puede entrar en un partido político, en un sindicato o en la misma Casa Real, y que todos vosotros, con voluntad y un poquito de suerte, también podríais llegar a ser corruptos algún día. Reconoced que sería una pasada.

martes, 15 de julio de 2014

Contra el aprendizaje de idiomas

“Admirose un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supieran hablar francés.”
            Nicolás Fernández de Moratín

Donkey, baudet, somaro, esel, ruc, magarac,  osel, somár, asna, astoa, aasi, asyn, ezel, izimbongolo y szamár son la misma palabra pero en diferentes lenguas, a saber, inglés, francés, italiano, alemán, catalán, bosnio, checo, eslovaco, islandés, vasco, finlandés, galés, holandés, zulú y húngaro, respectivamente. Y podría haber seguido -con el traductor de Google esto de las lenguas se pone a tiro de clic- si hubiera sabido cómo demonios se escribe en ruso, griego, chino, árabe, hebreo u otros alfabetos no latinos con el ordenador. ¿Y todo este esfuerzo para qué? Pues para terminar diciendo lo mismo que habría dicho con la palabra burro en castellano y llegar a un mismo concepto:
“Animal solípedo, como de metro y medio de altura, por lo común, ceniciento, con las orejas largas y la extremidad de la cola poblada de cerdas. Es muy sufrido y se le emplea como caballería y como bestia de carga y a veces también de tiro.” (DRAE)

Una pérdida de tiempo y no otra cosa es el aprendizaje de idiomas: multiplicar en tu cabeza los significantes gráficos y acústicos sin ampliar apenas los significados. Imaginaos lo rentable que nos saldría todo ese tiempo si en lugar de a ese fin lo dedicáramos a disciplinas tan estimulantes como la química aplicada, la economía financiera, la filosofía kantiana, la física cuántica, la robótica, la neurociencia, la nanotecnología, la historia contemporánea o el taichí.

Entendedme bien: saber lenguas me parece algo estupendo, lo que me parece horrible es tener que aprenderlas en el cole, en una academia o en una escuela oficial de idiomas. Envidia me dan, por ejemplo, aquellos que, ya sea por vivir en una zona donde se hablan dos lenguas, por tener dos padres de distintas nacionalidades o por haber emigrado a otro país, han terminado siendo bilingües. Eso es tener suerte. Como también pienso que tienen suerte los hablantes de inglés, y no por ninguna cualidad intrínseca de esa lengua en ocasiones ininteligible, sino porque el inglés es la lengua franca del mundo, la que permite que científicos, economistas, políticos (excepto los españoles) y turistas puedan comunicarse de forma más o menos defectuosa con gente de todas las nacionalidades. Por no hablar de internet y del mundo de las nuevas tecnologías, que ya nació colonizado por esta lengua. La suerte que tiene un hablante de inglés es que puede despreocuparse de aprender cualquier otra lengua y centrarse en el desarrollo de otro tipo de actividades más apasionantes. Porque todas las lenguas que no son el inglés solo sirven para ampliar tus posibilidades geográficas, y eso no sirve para nada si no tienes ninguna motivación o necesidad que te empuje a abandonar tu país.

Qué bien entendieron todo esto en la segunda mitad del siglo XIX todos aquellos iluminados que creyeron que la solución a todos los problemas de incomunicación planetaria se acabarían con una lengua universal como el volapük o el esperanto. Lamentablemente fracasaron. Y eso vino a demostrar que una lengua no es solo una correspondencia de significantes y significados y una serie de reglas para construir enunciados. Una lengua también es un contexto y una historia y una geografía, en definitiva, un alma, y ningún filólogo del mundo podrá inventar jamás el alma de una lengua.

Los apasionados del aprendizaje de idiomas, que de todo debe haber en la viña del señor, no se cansan de repetir lo bonito que es saber decir “burro” en muchos idiomas y, si ven que no resultan muy convincentes, terminan diciendo bobadas como que es maravilloso leer a Hemingway o a Dickens en su propia lengua. Claro que sí, y a Kafka y a Dostoyevski. Pero para disfrutar de la lectura en otra lengua tienes que tener un nivel elevadísimo, estratosférico. No vale solo con entender el significado de las oraciones. Hay que paladear los sonidos, saborear la selección del léxico, sentir el ritmo de la sintaxis y comprender esa lengua, esa expresión concreta de esa lengua, dentro de un contexto que le dé sentido. Que una lengua no es solo una equivalencia entre significantes y significados lo demuestra el extrañamiento que produce en un receptor una variedad diacrónica de su misma lengua (algunos hablantes de español no se sienten a gusto leyendo una novela de hace cien años, aunque entiendan todas las palabras) o una variedad sincrónica, es decir, cualquier dialecto (y para comprender esto solo hay que ver el rechazo que provoca en un espectador español una película extranjera doblada en ese castellano panamericano inventado que han dado en llamar “latino”). Estaréis de acuerdo conmigo en que para apreciar todo esto, para sentir una lengua, tienes que tener un nivel avanzadísimo, y que ese nivel no se alcanza solo estudiando un idioma a ratos, sino sumergiéndote en él, viviendo en él y bregando duro hasta domarlo y hacerlo tuyo. Yo llevo toda mi vida estudiando inglés de forma intermitente y si en lugar de “hello” dijera “jao” hablaría perfectamente el dialecto de los indios de las películas del oeste. Solamente dedicándote en cuerpo y alma a una lengua aprendida o viviendo durante mucho tiempo en un lugar donde no se hable otra cosa se puede llegar a ese nivel maravilloso del que hablan, muchos de ellos de oídas, los amantes de las escuelas oficiales de idiomas, esos que ya se sacaron el título de inglés y que, sorprendentemente, siguen viendo las películas made in Hollywood con subtítulos.

Y es que aprender una sola lengua ya es difícil. Yo todavía, con más de cuarenta años y habiendo vivido siempre en España, sigo estudiando castellano y creo que no lo terminaré de aprender jamás. Los idiomas son códigos complejos e inabarcables. Por ejemplo, no todos los hablantes de nuestra lengua saben que burro es lo mismo que asno, borrico, jumento o pollino. Y supongo que muchos extranjeros que la estudian ignoran que también usamos esa palabra como adjetivo y que, en ese caso, sirve para llamar a alguien tonto o bruto. No, no es nada fácil, como veis, conocer todas las posibilidades de un mismo código lingüístico.

Me tiraría mucho más tiempo hablando de este apasionante tema, pero lo voy a dejar aquí, que me tengo que ir a estudiar inglés.

domingo, 29 de junio de 2014

Bukkake (remake del cuento de la lechera)

Para finalizar la gira de presentaciones de Segundas personas, quiero dejaros en mi web un relato más para que os lo descarguéis gratis: “Bukkake (remake del cuento de la lechera)”.  Ya os había dejado “Cielo abierto” y “Signos”, así que, si todavía no os habéis animado a conseguir el libro, ahí tenéis tres relatos para abrir boca.

Hemos leído “Bukkake (remake del cuento de la lechera)” en las tres presentaciones del libro (Toledo, Madrid y Villafranca) y, como era de esperar, ha causado sensación. Me parecía ideal que fuera leído por voces femeninas y he tenido la suerte de poder contar con cuatro lectoras excepcionales: Ana y Nerea en Toledo y Madrid, y Luci y Alicia en Villafranca. No han tenido ningún reparo en leer un relato cargado de contenido sexual y lo han interpretado a la perfección. Un lujo.

Entrad en mi web si queréis descargaros los relatos:



lunes, 23 de junio de 2014

Presentación de "Segundas personas" en Villafranca


Se acerca el día de la presentación de Segundas personas en Villafranca y ya puedo desvelar que mi presentadora y cómplice será Rosa Rodríguez Beteta, que lleva al frente de la biblioteca de mi pueblo casi treinta años, el mismo tiempo que hace que nos conocemos. También contaremos con la colaboración de Lucía Manrique Aranda y Alicia Avilés Pozo, que jugarán un papel muy importante en este encuentro literario.

No es la primera vez que presento un libro en la biblioteca de mi pueblo, pero me hace la misma ilusión que si lo fuera. Su inauguración, allá por el año 1985, está estrechamente ligada a mi afición a emborronar folios. Fue la excusa perfecta para escribir mi primer cuento, al menos el primero del que tengo memoria. Recuerdo que don Juan, mi profesor de Lengua y Literatura de entonces, fue el que nos propuso escribir un relato que hablara de libros para el concurso literario que se había convocado con motivo de la apertura de la nueva biblioteca. El caso es que gané y tuve que asistir a la inauguración, y me hicieron leer el cuento en el salón de actos delante de un montón de gente, y un señor con traje, que supongo que era el consejero de cultura o algo así, me hizo entrega de un diploma y un cerro de libro, y me acuerdo bien de él porque hay por ahí una foto donde quedamos los dos inmortalizados.

Desde el primer momento, en la biblioteca ya estaba Rosa, y puede que por eso vengan a ser para mí más o menos la misma cosa. Me las presentaron juntas y en estos casi treinta años nunca han dejado de ser la una sin la otra. Hace poco cambiaron la biblioteca de edificio y la biblioteca siguió siendo la misma, con otro atrezzo, pero la misma al fin y al cabo, porque Rosa seguía allí, y uno no deja de ser lo que es solo por cambiarse de casa. Una biblioteca no es un edificio, ni siquiera los libros que contiene, sino las personas que le dan vida y alma.

Después de todo este tiempo lo que más me admira de Rosa es que siga luchando por la biblioteca con el mismo convencimiento que el primer día y sin haberse dejado vencer en ningún momento por las adversidades, que no han sido pocas. Luchar por la cultura en un pueblo de la Mancha manchega no deja de ser algo quijotesco, en el sentido admirable y romántico del término.

Los recortes acechan a las bibliotecas y ya hay por ahí una marea amarilla que viene a completar el arco iris de las movilizaciones ciudadanas. La poca importancia que nuestros gobernantes dan a la cultura provocará el cierre de algunas bibliotecas y el despido de muchos bibliotecarios y bibliotecarias. ¿Cómo se calcula la rentabilidad de una biblioteca? ¿Depende de los habitantes de una localidad o un barrio? ¿De la cantidad de préstamos mensuales? ¿De los niños que acuden a su ludoteca? ¿Del número de miembros de sus clubs de lectura? Medir la importancia de la educación y la cultura con números es como pesar los libros para saber cuál es el más recomendable. La biblioteca hizo de pueblos como el mío un lugar mejor, pero ninguna estadística de las que manejan los políticos puede reflejar cuánto nos hizo crecer por dentro cuando abrieron sus puertas.

lunes, 16 de junio de 2014

Crónica de la coronación de su majestad Felipe VI

(Curioso e insólito ejercicio literario de analepsis y prolepsis, simultáneas.)

Voto a Dios que me espanta esta grandeza…
Miguel de Cervantes

Pues sepan vuestras mercedes que estuve en el reino de España los días pasados, y fue justo en esos días que tuvo lugar la proclamación y coronación del nuevo rey, el que llaman ya Felipe VI en todos los rincones del orbe. Hallábame de paso en tierras españolas y tuve la fortuna de vivir de cerca unos acontecimientos de los que quiero dejar constancia por escrito pues podría ser que alguien halle en ellos algo que le agrade.

Para los que no tengan conocimiento de los últimos sucesos acaecidos en España, diré que el rey Juan Carlos I, rey otrora muy querido por sus súbditos y al que deseo que Dios dé salud durante muchos años, abdicó en su hijo Felipe, heredero legítimo desde su nacimiento, porque, aun siendo el tercero en la cuenta de los vástagos reales, fue el primer varón, que así está dispuesto y ordenado en el sagrado libro de la Constitución Española, ese que todos los herejes se empeñan en injuriar y ultrajar como si fuera libro de los de condenar a la hoguera. Estos mismos malnacidos son los que dicen que fueron los escándalos de corrupción y latrocinio de algunos de los parientes del rey los que dieron al traste con el próspero y glorioso reinado del nieto de Alfonso XIII, y eso cuando no lo achacan a las cacerías de elefantes, pasatiempo tan vistoso para un monarca como antipático para el pueblo inculto y soez. Y no podré yo rebatir las injurias por carecer de pruebas que no están a mi alcance, mas a cualquier cristiano bienquisto se le alcanza que fueron los achaques de la edad y el buen juicio del monarca los que le llevaron a abdicar en favor de su hijo, que, Dios mediante, será el rey que la corona española necesita para enfrentarse a las adversidades de los procelosos tiempos presentes, como otrora hiciera su progenitor en la incertidumbre de aquel periodo convulso que hoy los cronistas han dado en llamar transición.

Los actos del día de la proclamación dieron comienzo en el Palacio de la Zarzuela, donde aconteció el encuentro entre el rey cesante y el heredero, y al que acudieron, además de la futura reina, los consejeros áulicos, los chambelanes, los senescales, los secretarios, los palafreneros, los edecanes, los bufones, los seguratas y demás servidumbre de palacio. En el acto, el rey Juan Carlos I hizo entrega a su hijo del fajín de Capitán General de los ejércitos de España. Y fue un momento solemne y damos gracias a Dios de que todo saliera según el protocolo ensayado durante varios días, que el rey anciano no tropezó, como es su costumbre, ni mandó callar a nadie.

Y así fue como, investido de tal dignidad y engalanado con el uniforme del Ejército de Tierra, el heredero salió de palacio en dirección a las Cortes y en compañía de la futura reina consorte y de sus hijas, de todo el cortejo real y de dos millares de guardias y alabarderos a los que las horas extras les iban a venir pintiparadas para las inminentes vacaciones estivales. A la hora prevista y siguiendo rigurosamente el protocolo, el príncipe arribó al Congreso y ascendió por la escalinata que custodian dos leones de bronce con sendas bolas bajo sus zarpas.

Tras el recibimiento en el Salón de Pasos Perdidos, el futuro rey, con gesto serio y porte gallardo, entró en el hemiciclo con una admirable mezcla de prosopopeya y sencillez, que bien pudiera ser la seña de identidad de un monarca que ya apunta estilo propio, aunque los más optimistas lo prevén insulso y aburrido, y se dirigió hacia el espacio reservado para el acto de la proclamación en el Salón de Sesiones.

No estaba su padre entre los presentes, que el anciano monarca había decidido no asistir a la ceremonia, bien por no restarle protagonismo al nuevo rey, bien porque hubiera quedado con alguna de sus amantes aprovechando que el palacio se quedaba vacío, que en este punto los tertulianos no acertaron a ponerse de acuerdo. Mas sí asistieron la egregia reina madre y la infanta Elena, que nada más ver a su hermano empezó a bailar el waka waka. La otra infanta ni estaba ni se la esperaba, que en gran medida era ella responsable de aquella precipitada abdicación. Y no por los escándalos y corruptelas de la que la acusaban los villanos en los mentideros de Internet, sino porque era su cónyuge, el duque Empalmado, el que había hecho envejecer al monarca de manera prematura e ineluctable por los innumerables disgustos que le había dado.

Ante la corona y el cetro, y frente a los diputados, senadores y demás dignidades del reino de España, el nuevo rey prestó juramento de desempañar con denuedo y responsabilidad sus funciones, y de guardar y hacer guardar la Santa Constitución Española, y de respetar los derechos de los súbditos de los diferentes territorios del reino. Luego pronunció una breve alocución el presidente del Congreso para inmediatamente devolverle la palabra al nuevo monarca, que sorprendió a la concurrencia diciendo algunas frases en las lenguas vernáculas del reino, y emocionó a los asistentes y a los televidentes con un discurso cuyo contenido me ahorraré por que no se me acuse de prolijidad.

La ceremonia concluyó con un recorrido en olor de multitudes por las calles de la capital del reino. La carroza real, custodiada por los dos mil albarderos y antidisturbios armados hasta los dientes, se dirigió al paseo del Prado para llegar a la Cibeles y marchar por la calle Alcalá camino del Palacio Real. Los pocos huecos que dejaban los dos mil alabarderos y antidisturbios fueron ocupados por súbditos forofos y entusiastas que agitaban innumerables banderas. Algún tertuliano televisivo dijo, no sin mala baba, que de tantas oriflamas rojigualdas tenía la culpa el mundial de fútbol, y que los españoles habían decidido salir a ondearlas el día de la proclamación por mor del descalabro de la selección, que estaba visto que esta vez no íbamos a llegar ni a cuartos.

Y aunque el que esto escribe no pudo asistir en primera persona a los acontecimientos que aquí refiere, sí es cierto que pude gozar de su retransmisión a través de la pantalla de mi teléfono móvil mientras esperaba un avión para regresar a Alemania, pues, aunque soy natural de un pueblo de la Mancha, llevo ya unos años viviendo en tierras teutonas, donde tuve que marchar en busca de mejor fortuna, que lo que mi patria me ofrecía, por ser hombre versado en el conocimiento de la ciencia y los ingenios técnicos, era pasar hambre o servir jarras de sangría a los anglosajones ebrios que invaden durante la canícula las playas del levante español. Por evitar circunloquios innecesarios concluiré diciendo que es mi profesión la de ingeniero.

Y esto fue en el día diecinueve de junio del año del Señor de MMXIV, a la sazón Día del Corpus Christi, en la villa y corte de Madrid. Dios bendiga a los Borbones. Amén.

Vale.

domingo, 8 de junio de 2014

Escenas memorables: Los caballeros de la mesa cuadrada

Hace unos días enseñaba a mis alumnos de 2º de ESO a leer la prensa digital. No solo veíamos las diferentes secciones que ofrecen los periódicos, sino también las distintas perspectivas que adoptan ante la realidad económica, política y social dependiendo de la ideología y los intereses que hay detrás de cada uno de ellos. Los animaba a que contrastaran diferentes medios para que conocieran distintos enfoques de la realidad y pudieran extraer sus propias conclusiones.

Como los titulares del día se centraban en la abdicación del rey y en sus inminentes consecuencias, también les ayudaba a resolver las innumerables dudas que tenían sobre monarquías, repúblicas, sucesiones y Borbones, (¿para qué sirve un rey?, ¿cómo es una república?, ¿por qué tiene que reinar el hijo del rey y no las hijas?, ¿será algún día reina Leonor?, ¿y por qué el príncipe no se casó con una princesa?, ¿cuánto cuesta mantener a todos esos?, ¿es cierto que el rey mató a su hermano?). En un momento dado, uno de mis alumnos, un muchacho estudioso, razonable y normalmente respetuoso, interrumpió la clase totalmente soliviantado y soltó algo así: “Pues ese dirá lo que quiera (se refería al príncipe Felipe), que es rey o lo que a él le dé la gana, pero no es mi rey. No lo es ni lo será. ¿Por qué alguien tiene que ser el rey? Yo no acepto que nadie sea el rey. Nadie es más que yo y no me da la gana. Nadie tiene por qué ser más que nadie.” Supongo que sonreí, sobre todo porque me recordó una escena genial de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python.

En la escena a la que me refiero, el rey Arturo se acerca a preguntarle a un pobre hombre por el dueño de un castillo cercano y una serie de malentendidos les llevan a terminar discutiendo. “Me opongo a que automáticamente me trate como a un inferior”, le espeta entonces el campesino. “Porque yo soy rey”, dice Arturo, que va dando saltitos simulando que cabalga mientras su escudero va tras él golpeando unos cocos que imitan el sonido de unos cascos de caballo. El pobre hombre se echa a reír, pero enseguida reacciona y le empieza a echar en cara lo que habrá tenido que hacer para llegar a ser rey: “… explotando a los trabajadores, aferrándose a un dogmatismo imperialista que perpetúa las diferencias económicas y sociales de nuestra sociedad. Si alguna vez queremos progresar…” En ese momento les interrumpe una desharrapada que anda buscando basura y que se sorprende cuando Arturo se presenta como “rey de los bretones”. La mujer se muestra extrañada porque no tenía ni idea de que ellos fueran bretones, ni mucho menos de que tuvieran rey. “Creí que éramos una colectividad autónoma”, dice. “Pues te equivocas”, le explica su compañero, “vivimos en una dictadura, una autocracia que se autoperpetúa y en la que las clases trabajadoras…” El hombre continuará soltando sus soflamas pseudoanarquistas hasta que Arturo, que quiere saber quién es el dueño del castillo, pierde los nervios y le ordena que se calle. La mujer le suelta que quién se piensa que es. “Soy vuestro rey”, afirma Arturo con convencimiento. “Pues yo no le voté”, repone la mujer. “A los reyes no se les vota”, explica Arturo. “Entonces ¿cómo llegó a ser rey?”, le pregunta la mujer, que no se rinde. Arturo, solemne, les cuenta la historia de la Dama del Lago y la espada Excalibur. El pobre se indigna aun más: “Oiga”, le dice, “que a una mujer le dé por repartir espadas mojadas no es base para un sistema de gobierno. El supremo poder ejecutivo deriva de la voluntad de las masas, no de una absurda ceremonia acuática”. Arturo le vuelve a decir que se calle, pero él continúa: “No pretenderá ostentar el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada”. Arturo, desesperado, va hacia él y lo zarandea para que se calle de una vez. Conseguirá todo lo contrario: “¡Ya está! La violencia inherente al sistema”, añadirá el pobre hombre, que gritará pidiendo ayuda porque según él lo están reprimiendo. Esto terminará por desesperar a Arturo que finalmente se largará de allí sin haber averiguado quién es el dueño del castillo.

Aunque en clase intenté mostrarme razonable y quise tranquilizar al alumno diciéndole que, de alguna forma, nuestra monarquía era parlamentaria y permitía un sistema de gobierno democrático (como docente hago esfuerzos denodados por mostrarme todo lo imparcial que puedo para que mis alumnos piensen por sí mismos), mis sentimientos no eran muy distintos de los suyos. Ahora pienso que igual que me acordé de la película de los Monty Python podría haberme acordado del cuento de “El traje nuevo del emperador”. Como a este alumno mío, me indigna vivir en un Estado que perpetúa un sistema de gobierno que atenta contra los rudimentos más básicos del pensamiento democrático. Me indigna mantener en la jefatura de Estado a una dinastía que repuso un dictador porque provocó una guerra y la ganó. Me indigna que las élites del poder (banqueros, grandes empresarios y políticos) respalden la monarquía parlamentaria porque a ellos ya les va bien con lo que tenemos y sería arriesgado para sus intereses alterar el “statu quo”.

Por eso y porque no nos van a dar la oportunidad democrática de decidir qué sistema de gobierno queremos los españoles, yo digo que no reconozco la legitimidad, ni moral ni histórica, de la corona española, y mucho menos la titularidad de los Borbones, y que es un Estado represor -con sus policías, sus guardias civiles y sus soldados, sus políticos apesebrados, su administración kafkiana y una agencia tributaria que me quita el dinero contra mi voluntad para mantener un sistema que yo no he votado- el que me impone por la fuerza esta monarquía parlamentaria por la que nadie me ha preguntado.

martes, 27 de mayo de 2014

"Segundas personas" en el Café La Palma

Este jueves, a las 19.30 horas, os esperamos en el Café La Palma para presentaros Segundas personas. En esta presentación contaré con la complicidad de Jorge Agenjo, que es profesor de literatura, un gran lector y, sobre todo, un buen amigo. Nos ayudarán en esta misión Nerea Tello Heredero, Ana Camuñas y Germán Hughes. A todos les doy las gracias por su apoyo y generosidad.

Y si queréis saber más sobre Segundas personas, pasaos por mi web:





martes, 20 de mayo de 2014

Cuentos con moraleja: El padre, el hijo y el burro

Llevo una temporada pasando de puntillas por los temas políticos, no sé si por agotamiento, aburrimiento o desesperanza. Pero se acercan las elecciones europeas y de alguna forma necesito expresar el sentimiento de desconcierto e indecisión que me bloquea. Para conseguir este propósito voy a echar mano de uno de mis cuentos con moraleja, que tan esclarecedores me han parecido en otras ocasiones. Si estáis tan perdidos como yo, supongo que os servirá de algo.

El cuento que recreo, de memoria y a mi gusto, es harto conocido:

Un padre y un hijo iban con un burro de camino al mercado. Al salir de su pueblo, se cruzaron con dos agricultores y uno de ellos le dijo al otro: “Mira qué dos tontos. Llevan un burro y van los dos andando.”

El padre, que no lo había pensado hasta ese momento, reflexionó unos instantes y llegó a la conclusión de que el muchacho podía subirse en el burro para que al menos uno de los dos fuera más descansado.

Cuando llegaron al primer pueblo del camino, pasaron delante de unos viejos que tomaban el sol en la calle y el hombre los oyó murmurar: “Qué poca vergüenza tiene ese muchacho, que permite que su padre vaya andando mientras él va subido en el burro.”

El hombre pensó que tenían algo de razón y le propuso a su hijo que intercambiaran posiciones. Y así él subió a lomos del burro mientras el chaval cogía los ramales del pollino y encabezaba la marcha. Al rato se cruzaron con unas mujeres a las que oyó decir: “Míralo, menudo padre, que permite que su hijo vaya andando mientras él va subido en el burro”.

El padre decidió entonces que los dos debían montarse en el burro y así lo hicieron, pero un hombre que venía del mercado les espetó: “¿Pero es que no veis que lleváis al pobre animal con la lengua fuera? ¡Qué crueldad!”

El padre entonces se apeó del burro y mandó a su hijo que buscara una vara larga. Luego ataron las patas del burro y las engancharon a la vara, que cargaron sobre sus hombros. Al llegar al pueblo donde estaba el mercado, todos los lugareños empezaron a reírse de ellos al ver cómo cargaban con el burro. Justo en el momento que cruzaban un puente, el pobre animal se puso nervioso y empezó a dar coces. El padre y el hijo no pudieron controlarlo, lo soltaron y lo dejaron caer en las profundas aguas del río.


La moraleja de esta historia es que nunca se puede dar satisfacción a todo el mundo, o que por querer hacerlo terminarás echándolo todo a perder. Para mí también quiere decir que hay cuestiones que uno tiene que resolver por sí mismo, cuestiones que dependen del criterio personal y en las que no te servirán de nada las desconcertantes encuestas de opinión.

Me pasa ahora mismo con el voto del desencanto o la indignación, que no sé cómo ejercerlo. Mi primera opción sería no ir a votar, o votar nulo, que viene a ser más o menos lo mismo. Y no solo porque tengamos una democracia cancerígena y corrupta, sino también porque tenemos un sistema electoral amañado cuyo único fin es perpetuar en el poder a los dos partidos mayoritarios. Muchos me dicen que estoy equivocado porque, según ellos, no participando en las elecciones estaré, de alguna forma, legitimando a los que gobiernan y siendo cómplice de sus abusos.

Tampoco es una opción el voto en blanco, que aumenta el porcentaje de votos que hay que sacar para obtener un escaño. Si votara en blanco, seguro que vendría alguien a recordarme que de ese voto solo se benefician los dos partidos mayoritarios.

He pensado incluso en la posibilidad de votar al PSOE, aunque solo sea por el hecho de fastidiar al PP, que al fin y al cabo sería algo que, sin valer para nada, me produciría cierta satisfacción. Pero ya me imagino a todos los indignados reprochándome, probablemente con mucha razón, que así solo sigo alimentando al monstruoso PPSOE. Por cierto, en Europa, PP y PSOE suelen votar lo mismo en un elevadísimo porcentaje de ocasiones.

A ratos me inclino también por votar a algún grupo minoritario, que habría sido mi primera opción si de verdad alguno me resultara convincente. Pero como no es así, al pensar en esta opción, lo único que me imagino son los miles de votos que entrarán en las urnas como en un inmenso desagüe para perderse en las cloacas de nuestro sistema electoral. No faltará quien pueda decirme que he tirado mi voto para nada y que votar a los partidos minoritarios nunca será una opción. De hecho, ya están amenazando el PP y el PSOE con un gobierno de concentración en el caso de que una constelación de partidos minoritarios ocupara un porcentaje elevado de escaños en futuras elecciones autonómicas y nacionales.

Resumiendo, que los que no sabemos qué votar a estas alturas lo tenemos jodido para encontrar una solución genial antes del domingo. Eso sí, para que no nos pase lo mismo que a los protagonistas del cuento, lo mejor que podemos hacer es dejar de escuchar a unos y a otros y elegir aquello que, en conciencia, nos haga sentir menos mal, y más como una terapia que porque pensemos que vaya a solucionar algo.

Para terminar os dejo esta reflexión: no deja de ser curioso que, al establecer el símil entre la historia que os he contado y mis preocupaciones electorales, la democracia tenga que ser el burro.