martes, 31 de agosto de 2010

Mundos perdidos: De La Parada de los Monstruos al Bar de Beni

(Si os parece largo, lo leéis en tres veces).
El descubrimiento

Tuvo que ser en el año 1999 cuando descubrimos La Parada de los Monstruos. No más tarde. Recuerdo que era por aquella época cuando mi amigo Jesús y yo nos dedicábamos a cerrar bares en Madrid de martes a jueves. Una de aquellas noches, a eso de las tres o las cuatro de la noche, decidimos entrar a aquel bar. La iniciativa fue de Jesús, que ya había estado allí unos meses atrás en unas circunstancias muy parecidas. Había salido de un concierto, era tarde y tenía mucha hambre. Así estábamos nosotros cuando decidimos franquear la puerta de aquel extraño establecimiento.

Había que ir un poco perjudicado para entrar en un sitio así sin poner objeciones. Era un bar cutre, no muy grande, con las paredes pintadas de blanco y una decoración parca en la que destacaba como un puñetazo en el ojo un póster de Leonardo Dantés. En la barra el ornato no mejoraba mucho. Lo más llamativo era una colección de bolígrafos baratos y de promoción tipo Taller Mecánico Manolo que había sobre una cornisa en una serie de vasos de plástico alineados.

Pasamos no sin cierta reticencia, dimos las buenas noches a los pocos parroquianos que había –un par de pelanduscas cincuentonas, un par de borrachos y algún friki solitario- y buscamos en la pared algún listado de raciones o bocadillos. Tres o cuatro carteles destacaban algunas especialidades del establecimiento (algo así como patatas bravas, bocadillo de calamares, tortilla española…), pero por ninguna parte se podía ver un listado completo. Por eso me dirigí al hombre que había detrás de la barra –todavía no sabíamos que se llamaba Benito- y le pregunté con mucha amabilidad si tenía una carta con todas las raciones. Tengo que decir que su tono no fue muy simpático y que, por otra parte, no me extrañó dadas las horas intempestivas y nuestro estado a todas luces lamentable. Esto fue lo que me espetó: “Mira, chaval, aquí no hay carta. Aquí vienen siempre los mismos y ya saben lo que hay. Y si quieres, yo te digo lo que te puedo hacer ahora mismo y ya está”.

Nos ofreció de viva voz un surtido de bocadillos y raciones de lo más típico y, para terminar, algunos platos sorprendentes para las horas que eran. A eso de las cuatro de la mañana estaba comiéndome unos macarrones con tomate que me supieron a gloria.
Lo mejor estaba por venir. Después de dar cuenta de la opípara cena y de algunos botellines para que no se atascara por el camino, tuvimos que pagar un precio que nos pareció ridículo. Recuerdo que pensé que nunca más iría a los chinos de la Gran Vía sabiendo que existía un sitio así.

No recuerdo con exactitud los precios, pero los botellines no llegaban ni de lejos a las cien pesetas, los bocadillos no valdrían más de doscientas y el precio de los cubatas no sería mucho más alto.

Por supuesto que volvimos. Al principio espaciando las visitas. Finalmente con una asiduidad que rayaba la obsesión. Nos dimos cuenta de que en ningún sitio estábamos tan a gusto como allí ni comíamos y bebíamos tan barato. Además estabas como en casa. La cámara con los botellines estaba fuera de los dominios de la barra. Beni te daba un abridor y tú te ibas bebiendo los que te daba la gana cuando te apetecía. Para los refrescos se usaba la misma técnica, pero con la ventaja de que no hacía falta abridor. Todos eran de lata. Solo para los cubatas había que molestar a Benito, que tenía que escanciar el licor en un vaso para que pudieras hacer la mezcla. Cuando el grupo era grande, la cuenta de los cubatas la llevaba echando moneditas en un vaso. Cada cubata, una monedita. Aunque muchas veces ni se molestaba en contarlas. Siempre estaba de acuerdo con lo que tú declarabas haberte bebido.

A Beni lo que más le interesaba era la cocina. Se pasaba el rato haciendo pinchos y te los ponía cuando a él le daba la gana y en la cantidad que él creía conveniente (siempre en exceso, por supuesto). No andaba emparejando pinchos y botellines. No importaba el número de botellines que bebías. Su referente era el tiempo que pasabas allí y el hambre que pudieras tener.

No recuerdo que nunca nadie le engañara en el número de botellines consumido (otra cosa muy distinta es si algunas veces el exceso de alcohol equivocaba la cuenta). Nadie engañaba a Benito. Benito era noble, honrado y generoso y haberle hecho algo así hubiera sido de una inmoralidad imperdonable. Nunca se coló por allí gente despreciable porque Benito era intransigente con la chusma. Si entraba alguien que no le gustaba, lo trataba mal para que se fuera. O lo echaba directamente. Estoy hablando de casos excepcionales. Recuerdo ahora mismo que una vez echó a un carterista y otra a un asqueroso que quiso propasarse con su hija.

En aquellos primeros tiempos íbamos a La Parada de los Monstruos hasta a cenar. Te preparaba la mesa como si estuvieras en un restaurante de verdad y te hacía unas cenas cojonudas. “¡Como los reyes!”, gritaba Benito desde la barra cuando sabía que ibas a alucinar con el plato que te había preparado. El precio de estas cenas sí lo recuerdo: 500 pesetas. Daba igual lo que hubieras comido o las bebidas que hubieras consumido. A Benito le parecía inconcebible que una cena pudiera valer más que eso. Tampoco menos.

Pero sin duda las cenas que más nos gustaban eran las que nos ofrecía a altas horas de la noche, como el día que arribamos a su bar por primera vez. Siempre nos sorprendía con algo especial, como aquella noche en la que nos preparó un cocido extraordinario.

Al principio llamábamos al bar La Parada de los Monstruos porque la fauna era muy parecida a la que nos encontramos en mi primera visita. Para colmo descubrimos que el póster de Leonardo Dantés no estaba allí por alguna extraña desviación del dueño del establecimiento, sino porque era uno de los clientes habituales. Él y Paco Porras se dejaban ver por allí con mucha asiduidad. También era normal encontrarte allí a toda la familia de Benito. Su mujer, María José, le ayudaba fuera de la barra a recoger un poco los cascos y las latas vacías. Y sus hijos, Lorena y Benitín, le ayudaban a ocupar las mesas para que nadie pudiera sentarse en ellas. No era raro encontrarte a Benitín en bata y zapatillas haciendo la tarea en una mesa y a Lorena jugando al parchís o a algo por el estilo con su madre en otra. Si tenemos en cuenta que el local solo tenía cuatro mesas, nos podemos hacer una idea de la situación. Era una familia tan peculiar como el establecimiento.

Mis colegas Jesús y Salva y un servidor, que éramos los más fanáticos del sitio y que trabajábamos por entonces en la Fnac, pronto conseguimos que mucha gente de nuestro curro se pasara por allí. La gente alucinaba tanto con el sitio que no era raro que unos días más tarde repitieran arrastrando a todo su grupo de amigos. Por eso en muy poco tiempo el bar empezó a convertirse en un sitio de moda. En un extraño sitio de moda. No puedo decir que nosotros lo hiciéramos famoso, pero sí que participamos en ello. Los actores y demás currantes jóvenes del teatro Lope de Vega, que estaba al lado, también lo descubrieron y lo popularizaron entre sus amistades. No tardaron mucho tiempo las hordas de estudiantes y de jóvenes de precaria situación económica en aparecer por allí y darse cuenta de que era mucho más rentable pasar allí las noches que irse a hacer botellón. El éxito mediático de Paco Porras y Leonardo Dantés también fue muy importante, pero, desde mi punto de vista, no fue la mejor promoción. Había veces que el local estaba tan lleno que no se podía estar allí. Ellos mismos, Paco Porras y Dantés, dejaron de ir. Pero no me quiero adelantar, que eso sucedió mucho más tarde. Ahora quiero recordar lo bien que lo pasamos en el bar de Beni, que ya no era La Parada de los Monstruos, durante cuatro o cinco años.

El momento de máximo esplendor

La decoración del bar se convirtió en uno de los elementos más importantes. Supongo que cuando Benito vio que la gente joven empezaba a ir a su bar, pensó que tenía que ofrecerles una decoración acorde con sus expectativas. Un buen día llegamos al bar y había llenado las paredes con fotos de cantantes y actores famosos. Muchas de ellas estaban firmadas y dedicadas a Beni. No sé si alguna que no fuera la de Leonardo Dantés era auténtica. La mayoría estaban firmadas con la misma dedicatoria, la misma letra y el mismo rotulador.

Más tarde comprendió que lo mejor que tenía el bar eran sus clientes y empezó a hacerles fotos para colgarlas al lado de las celebridades. Era todo un homenaje estar retratado en una de sus paredes. Sobre todo al principio. Antes de que literalmente empapelara todas las paredes y los techos de fotos. También le gustaba mucho aparecer él en las fotos, sea con algunos clientes destacados o bien haciendo alguna gamberrada. La que más me gustaba a mí era la foto en la que estaba retratado con un burro dentro del bar.

Había otros motivos decorativos, como las banderas que se ponen en las fiestas populares u otros adornos del estilo de la feria de abril, que el primer día siempre pensábamos que los había puesto de forma provisional (una fiesta, un cumpleaños, la Navidad…) y, sin embargo, se quedaban allí normalmente hasta que se caían.

Hasta la bajada a los servicios estaba llena de fotografías y pósters. No voy a extenderme mucho en el tema de los servicios porque merecería un capítulo aparte. Sobre todo porque la limpieza no era exactamente el punto fuerte del negocio. Circulaban leyendas que aseguraban que había clientes que habían bajado al servicio y habían desaparecido para siempre. La verdad es que la leyenda la inventamos nosotros para amedrentar a los novatos que iban por primera vez. Probablemente no estaba mucho más sucio que los servicios de otros bares supuestamente más enjundiosos. En el servicio lo que sí hubo a veces fueron asuntos turbios, algunos incluso que rayaban el acoso sexual, y que me voy a callar para respetar el tono panegírico de este texto.

Llegó un momento que había tanta gente en el local que Beni se vio obligado a rebajar la oferta culinaria. Dejó de lado los platos caseros y se especializó en bocadillos y raciones. Famosas eran sus raciones de venao (aunque todos dudamos de que en verdad lo fuera) y sus raciones de pollo flambeado al ron, que salían de la barra con el plato totalmente en llamas.

En varias ocasiones, algunas revistas o páginas webs que hacían críticas de los bares de tapas de Madrid reseñaron el establecimiento de forma muy positiva. Era Benito el que, orgulloso detrás de la barra, nos enseñaba los recortes. Siempre destacaban la abundancia y calidad de las tapas, el ambiente singular y excéntrico del establecimiento, y el buen humor del dueño y anfitrión.

Algunas veces le eché un poco la bronca a Benito porque no contrataba a nadie que le ayudara. No podía entender que con el bar hasta los topes no tuviera ningún tipo de apoyo dentro de la barra. Él siempre me respondía con la misma gracia: “Pero ¿has visto tú un bar con más camareros que este?”. Y en cierta manera tenía razón. Incluso en los momentos de mayor éxito, cuando toda la calle se llenaba de gente bebiendo porque no cabía un alfiler en el bar, el suministro de bebidas se hacía como en los primeros tiempos. Solo que siempre había alguien por ahí preguntando si teníamos un abridor. Benito estaba muy orgulloso porque el repartidor de la cerveza le había dicho que era el que más pedía de toda la zona.

Como ya dije antes, no creo que el éxito de Leonardo Dantés y Paco Porras beneficiara mucho al local. Pronto Cárdenas aguzó su olfato de rastreador de frikis y dio con él. El día que vi el bar en Crónicas Marcianas me puse de mal humor. Lo que menos necesitaba el local en ese momento era más publicidad. Y menos que intentaran reírse de Benito. Benito podía parecer a primera vista un friki, pero no era un idiota ni quería hacerse famoso. El reportero de frikis no le engañó. El mismo Beni nos contó que le había hecho preguntas para reírse de él y que no le había seguido el juego. Cárdenas quedó inmortalizado en una foto con Benito en una de las paredes, pero ya no volvió más.

A Benito terminaron denunciándolo. Supongo que los vecinos protestaron por el escándalo que había en la calle. No me parece extraño. A veces había dos o tres veces más clientes por las aceras que en el local. Beni tuvo que pagar numerosas multas. También por no respetar la hora de cierre. Antes había sido un local tranquilo que pasaba desapercibido. En aquellos tiempos, sin embargo, se convirtió en objetivo prioritario de la policía local. Al final Benito, incapaz de asumir tantas sanciones, terminó cediendo. Un día llegamos y ya no nos dejaban estar en la calle. Tampoco podíamos estar dentro por la cantidad de gente que había. Ni siquiera nos podía quedar el consuelo de pasar a última hora. A las tres o incluso antes Benito, a su pesar, echaba el cierre y se iba a casa.

Antes de aquella tremenda popularidad que no le dejaba parar ni un minuto pudimos conocer al hombre que había creado aquel bar tan excéntrico y singular. Benito era básicamente un hombre bueno, generoso y simpático. Le gustaba la gente y el sentido del humor. En los primeros tiempos raro era el día que no te contaba un chiste. También le gustaban las fotos, como ya he dicho. Tenía algunos álbumes de fotos dentro de la barra y de vez en cuando nos los enseñaba. Sobre todo las fotos de su juventud, de la época en la que llegó a estar presente en el único concierto de los Beatles en España, aunque, como él mismo explicaba, no le gustaban. O de las de su noviazgo con María José. Siempre estuvo muy orgulloso de que su mujer fuera mucho más joven que él y de habérsela podido ligar a pesar de la diferencia de edad. También nos hablaba de su pueblo, un pueblo de Extremadura al que algún día, cuando se jubilara, volvería como un triunfador después de haber conquistado Madrid. De los únicos sitios que hablaba era de su pueblo y de Benidorm, donde pasaba unos días todos los veranos. Es posible que esa sea la razón por la que estoy escribiendo esto ahora. Este verano fui al Low Cost a Benidorm y nada más llegar y ver las letras horteras con el nombre del municipio que te dan la bienvenida del primero que me acordé fue de Benito. Y fue un recuerdo triste porque en ese momento caí en la cuenta de que ya nunca más podría volver allí ni regresar a su pueblo, como un indiano de otra época, a disfrutar de una jubilación que él, más que nadie, se merecía.

Los últimos años
En los últimos años fuimos poco. No se podía respirar dentro del local y no aguantábamos. Había demasiada gente y el sitio era cada vez más claustrofóbico. Ya no había ningún hueco más para poner fotos y Benito las dejaba caer en cascada desde el techo. Desde la parte de arriba de la barra caían tantas ristras de fotos que a Benito casi ni se le veía. Solo a través de algunos huecos que había dejado podía asomarse de cuando en cuando mientras se afanaba con la plancha y la freidora. Siempre que sacaba alguna ración de pollo flambeado al ron por uno de aquellos huecos yo pensaba que era el fin, que se prendería alguna de aquellas tiras de fotografías y pereceríamos todos atorados en la puerta mientras nos devoraban las llamas.

A veces nos pasábamos por allí para probar suerte, pero lo normal es que no hubiera sitio y que nos termináramos yendo. Siempre, de todas formas, pasábamos a saludarle y le explicábamos por qué nos íbamos. A él le dolía porque, como siempre nos decía, él no olvidaba que nosotros empezamos a ir a su bar antes de que se convirtiera en un sitio de moda. A algunos hasta nos dio el título honorífico de sobrinos adoptivos de Beni: Jesús, Nacho, Álex (que era yo) y sobre todo Juanma, que en aquel bar incluso encontró al amor de su vida. A mí, aunque siempre me demostró su cariño de forma especial, normalmente me llamaba Álex. Yo no le corregía. Era una costumbre que tenía desde que nos habíamos conocido y hasta me gustaba. Eran cosas nuestras.

El triste final
Benito murió creo que hace ya tres o cuatro años. Ya he dicho que no soy bueno para las fechas. Sí recuerdo que para darme la funesta noticia me llamó mi amigo Nacho. Algo simbólico, pues nuestra amistad se fraguó en el bar de Beni. Me dejó hecho polvo, aunque no me sorprendió demasiado. Sabíamos que estaba mal. Poco tiempo antes de su muerte estuvo muy grave. Lo ingresaron en el hospital y creo que incluso llegaron a operarle. Después de superar aquel trance el bar volvió a abrir sus puertas y una noche su mujer nos contó que las condiciones en las que trabajaba no eran buenas para su salud. El ambiente de aquel bar, con tanto calor y tanto humo, resultaba muy pernicioso para lo que fuera que padeciera. Pero Benito no sabía vivir de otra manera y no supo parar. Él solo se sentía bien trabajando día y noche. Muchas veces su mujer nos contaba que el día que libraban todo le aburría y no quería hacer nada.

Todos sabíamos que el bar desaparecería con él porque él era el bar. No había sustituto posible. La fachada del bar se llenó de coronas, de ramos de flores, de poemas, de cartas y de dibujos para despedir al hombre que tan generoso había sido con todos nosotros. De todos los epitafios y elegías que se amontonaron en aquella fachada me quedo con el dibujo que había en una cartulina. Se veían las puertas del Cielo y un camino que conducía a ellas. Ese camino se bifurcaba poco antes de llegar al final y aparecía un pequeño sendero que conducía hasta el bar de Benito, que estaba en una de las nubes aledañas al Paraíso. No hace falta decir que ese era el camino que la gente elegía al llegar al otro mundo.

Esta es la historia -mi historia- del bar que empezó siendo la Parada de los Monstruos y terminó siendo el bar de Beni, aunque él siempre mantuvo en la puerta el nombre original, que no era otro que bar Gran Vía, a pesar de que estaba en la calle Isabel la Católica, una de las calles que unen la Gran Vía y la plaza de Santo Domingo. En Facebook todavía podéis encontrar una página dedicada a su memoria. Si os apetece echar un vistazo, buscadla como Bar Benito “Beni”.

Muchos de los que conocimos a Beni todavía esbozamos una estúpida sonrisa cuando nos acordamos de él. El recuerdo tiene su punto amargo cuando comprendemos que es muy difícil que volvamos a encontrar un sitio así. Nos queda la satisfacción de poder decirle a todos los que solo han conocido este bar por referencias y comentarios que nosotros sí estuvimos allí.

viernes, 6 de agosto de 2010

Estampa costumbrista

Un calor asfixiante que te machaca nada más salir a la calle, que te aplasta contra el asfalto. Los saltamontes no saltan por temor a quedarse churruscados en el aire. La imposibilidad de ponerte la chaqueta. La incomodidad de no saber cómo llevarla y no poder desprenderte de ella. El camino hacia una iglesia a la que no piensas entrar. El alivio de beber unas cañas para que se te pase el sofoco. Otra vez a la calle. El consuelo de ver que al menos tú no te has puesto corbata. La corbata parece una soga de ahorcado. La chaqueta otra vez, que pasa de una mano a otra sin encontrar acomodo. Los pies te arden. Tu reino por arrojar los zapatos, arrancarte los calcetines y ponerte unas sandalias. Otra vez ante la puerta de la iglesia bajo un sol inclemente esperando a que salgan para poder volver al bar. Gritos, aplausos y besos. Han arrojado cosas y te han puesto perdido. Te sacudes el pelo. Vuelta al bar. Unas cañas más y algunas tapas. Sabes que no debes comer, pero estás un poco borracho por beber en ayunas. Buscas un chófer que te lleve al restaurante. El calor y las tapas te han dejado sin hambre, pero comes. También bebes sin sed. El líquido se convierte en el sudor que dibuja una aureola alrededor de tus sobacos. Ya ni sientes los pies. El aire acondicionado no mitiga el calor. Te ríes sin ganas de lo que dicen el resto de comensales. Dices alguna gracia que los demás ríen sin ganas. Engulles y engulles hasta que decides que ha llegado el momento de tomar un Almax. En lugar de la tarta y el helado. Deberías haberte tomado el helado en lugar de la carne. Deberías haber bebido menos vino. Es el momento del champán. Brindas. Sueltas un montón de pasta. Poco después bebes una copa mientras bailas alguna canción de Shakira. Vas y vienes al servicio. Vas y vienes a la barra. Vas y vienes a la pista. David Bisbal. Georgie Dann. Un pasodoble. Marta Sánchez. Otra vez Shakira. Chayanne. Carlos Baute. Sevillanas. Paquito el Chocolatero. Hablas un rato al lado de la barra mientras apuras la penúltima copa. Llega el momento de irse y te pasas quince minutos buscando la chaqueta. El sol te ciega cuando sales a la calle. Sigue haciendo un calor insoportable. Falta mucho aún para que se haga de noche. Alguien propone ir a un bar. Tú dices que irás después. Necesitas cambiarte de ropa. Probablemente vomitar.

Así es una boda en pleno agosto en mi pueblo.

Sobre la mesa una invitación me recuerda que mañana estoy convocado.

No sé si la emoción me dejará dormir esta noche.