lunes, 24 de mayo de 2010

Cuentos con moraleja: Las golondrinas y el lino

Leí este cuento por primera vez en “El conde Lucanor” de don Juan Manuel, aunque con algunas variaciones ya se puede encontrar en Esopo. Don Juan Manuel siempre tuvo mucho desparpajo para apropiarse de textos ajenos sin tener la deferencia de citar las fuentes. No era esto raro antes de tener claro lo que son los derechos de autor. El mismo Esopo era más un compilador que un creador.

Os contaré la versión de don Juan Manuel, aunque lo haré de memoria y a mi manera, que sabéis que ese placer y no otro es el que me anima a mantener esta sección:

Un día las golondrinas reunieron a todos los pájaros para alertarles de un peligro inminente. Habían observado que los hombres estaban plantando grandes extensiones de terreno con semillas de lino y tenían miedo de lo que pudieran hacer con él. Todos sabían que el lino era el material que los hombres utilizaban para hacer redes y trampas para atrapar pájaros. Las golondrinas tenían claro que si querían evitar el futuro peligro que se cernía sobre sus cabezas todos los pájaros debían dejar a un lado sus rivalidades y enemistades y unirse para destruir las plantaciones de lino en cuanto empezaran a brotar. Antes de que fuera demasiado tarde.

Los pájaros, por desidia, por pereza o por apatía, no quisieron hacerles caso. Los más juiciosos acertaron a decir que si había que hacer algo, todavía era pronto para preocuparse pues ni siquiera había brotado la cosecha.

Un día se dieron cuenta de que el lino había crecido tanto que ya no podían arrancarlo con sus picos. Ya era demasiado tarde. Solo entonces comprendieron que deberían haber hecho caso a las golondrinas.

Solo ellas se salvaron. El día que se dieron cuenta de que ellas solas no podrían atajar el problema y que todo estaba perdido, decidieron irse a vivir con los hombres. Pensaron que si vivían en sus casas no les harían daño. No se equivocaron. Por eso la golondrina es uno de los pocos pájaros que no sufre la persecución de los cazadores.


Los cuentos tradicionales son sorprendentes por su capacidad para condensar distintas ideas en muy pocas líneas. Muchos cuentos tradicionales y mitológicos pretenden dar algún tipo de explicación a algún hecho curioso: en este caso al hecho de que las golondrinas vivan en las casas de los hombres y no sean víctimas de los cazadores. Lo que no impide que los chavales de todas las épocas hayan querido reventarlas de alguna pedrada. De pequeño me contaban en mi pueblo otro cuento si cabe más ingenuo: que las golondrinas le habían quitado la corona de espinas a Jesucristo y que por eso no había que tirarles piedras.

Don Juan Manuel utiliza el cuento para sacar esta conclusión: “En el comienço debe omne partir / el daño, que non le pueda venir”. De don Juan Manuel no se puede esperar nada bueno. Con este cuento probablemente intentaba justificar algún ataque sin mucho fundamento que llevaría a cabo contra alguno de sus muchos enemigos. Algo así como los ataques preventivos de los norteamericanos. Si yo sólo hubiera querido llegar a esta conclusión, probablemente hubiera optado por contaros mejor el chiste del pastor de Tomelloso y el tren que le arrolló las ovejas.

Pero yo me quedo con otros dos aspectos de la historia que me llaman más la atención: lo difícil que es concienciar a la gente de los problemas futuros y, mucho más interesante, lo inteligente que resulta ponerte del lado del más fuerte, aunque sea el enemigo, si de lo que se trata es de salvar el propio culo.

Los seres humanos normalmente reaccionamos cuando ya es demasiado tarde y la cosa tiene mal arreglo. Así ha pasado con la burbuja inmobiliaria. Desde siempre supimos que era un espejismo y muy pocos hicieron algo para no quedar atrapados bajo los escombros el día que el castillo de naipes se viniera abajo. Durante los últimos años mucha gente ha dejado de estudiar o no se ha esforzado por buscar un trabajo acorde con sus expectativas vitales. Era más fácil dejarse llevar y conformarse con trabajos de baja cualificación y sueldos abultados. Mucha gente se conformó y ahora lo ha perdido todo. Pero no pueden decir que las golondrinas no les avisaron. Era un secreto a voces que la especulación inmobiliaria y la construcción descontrolada iban a sumir al país en la ruina. Se sabía en todas las barras de los bares.

Ahora suben el IVA, bajan las pensiones y dejan de invertir en obra pública, que será algo que dejará sin trabajo a muchas empresas privadas. ¿Y qué hacemos? Nada. Los sindicatos no convocan una huelga general porque temen verse como las golondrinas. Los escépticos del sindicalismo, los que tienen miedo a ser despedidos, los pasotas y los miserables que no quieren perder ni un día de sueldo probablemente se encargarían de que la huelga fuera un completo fracaso.

En el funcionariado pasa otro tanto. Algunos, como yo, queremos protestar, manifestarnos y hacer huelga, pero nos encontramos con pájaros resignados que no temen lo que se les viene encima y que rehúyen su responsabilidad con evasivas. Lo peor está por venir. Si los gobernantes nos ven pusilánimes, vendrán más recortes. Y les tocarán en suerte a los que menos hayan protestado, a los más sumisos. Zapatero, con los funcionarios has triunfado. Están dispuestos a bajar la cabeza y a soportar el dolor del primer envite. Eso sí, has perdido la oportunidad de hacer una limpieza en la Administración. También se hubiera ahorrado mucho dinero público sancionando o despidiendo a todos los caraduras y escaqueados que pululan por las cafeterías de la Administración. Ese sí que hubiera sido un recorte aplaudido.

Cuando nos queramos dar cuenta el lino habrá crecido: las pensiones serán irrisorias, trabajaremos hasta los 75 años, nos tratarán como a ganado en la seguridad social, se abrirán escuelas privadas en detrimento de las públicas, los impuestos de las clases medias serán exorbitantes…

Yo ahora estoy dándole vueltas a la idea de irme a vivir con mis enemigos para que no me hagan daño, aunque todavía no se me ha ocurrido la manera de llevarlo a cabo. Porque cuando los que son como yo quieran ponerse en marcha, nos veremos tan impotentes como los pájaros que querían arrancar el lino cuando ya estaba demasiado crecido.

Cuánto tendríamos que aprender de lo que hizo el pastor de Tomelloso con el tren…

El cuento de la moraleja: El chiste del pastor de Tomelloso y el tren
Cuando pusieron por primera vez las vías del ferrocarril en el término municipal de Tomelloso, los lugareños no estaban familiarizados con aquellos extraños caminos de hierro que venían desde un horizonte para perderse en el otro. Tampoco buzonearon las casas para informar del nuevo invento ni contaban con radios y televisiones que dieran a los catetos las explicaciones pertinentes para convivir con los avances mecánicos que traían los nuevos tiempos. Por eso no fue raro que un pastor de Tomelloso llevara sus ovejas a la loma en la que solían pastar y que un tren de mercancías las arrollara sin contemplaciones antes de que el buen hombre pudiera evitar la tragedia.

Días después de esa terrible desgracia el pastor tuvo que ir a Madrid a arreglar unos papeles. Era la primera vez que iba a Madrid (los tomelloseros que van a Madrid en los chistes siempre van por primera vez) y no pudo sino quedarse pasmado cuando al pasar al lado del escaparate de una juguetería de la Gran Vía vio un tren en miniatura corriendo felizmente por unos diminutos raíles. El hombre no se lo pensó dos veces, arremetió contra el cristal del escaparate, que saltó hecho añicos, y se puso a aporrear el juguete mecánico hasta dejarlo hecho un churro. Cuando los dueños de la tienda pudieron reducir al pastor, todavía un poco fuera de sí, acertó a decir: “A estos bichos hay que matarlos de chiquitines, que luego se hacen grandes y no hay quien los pare”.