viernes 20 de noviembre de 2009

FIESTA

El fascismo tuvo muchas modalidades (germana, italiana, española), pero siempre era lo mismo: la imposición de un pensamiento único. El dogma y la intolerancia.

Yo no veo tan raro que haya gente que eche de menos esa forma de entender el mundo. Al fin y al cabo hay gente muy limitada. La multiplicidad de pensamientos, de opiniones, de perspectivas solo nos puede conducir a una conclusión: el mundo es absurdo. Y si no lo es, al menos los seres humanos estamos incapacitados para comprenderlo. Hay gente que tiene miedo a todo lo que no se sujeta a una norma, a todo lo que no responde a ninguna explicación. Hay personas que tienen miedo de que los axiomas que creen irrefutables no sean nada más que convenciones.

Los que podemos vivir en un mundo arbitrario siempre lucharemos contra toda imposición incuestionable. Nosotros no echamos de menos el fascismo. Ni defendemos los regímenes comunistas, que no son nada más que otra manera de imponer el pensamiento único. Las utopías se acabaron. Después de tantas derrotas y tantos dislates revolucionarios hemos llegado a la conclusión de que al ser humano no lo cambia ni su puta madre. Y lo aceptamos con resignación. Pero al menos que nos dejen expresarnos en libertad. Si la vida es una mierda, que nos quede el gusto de poder cuestionarla.

Hoy el enemigo es el pensamiento de lo políticamente correcto. Es fiero, pero da menos miedo que los gusanos uniformados que provocaron una guerra civil en el 36 y los torturadores con sotana que idiotizaron durante cuarenta años este país.

De alguna manera todos podemos celebrar hoy el 20N. Llevamos 34 años de fiesta.

domingo 1 de noviembre de 2009

QUÉ BIEN PENSADO ESTÁ EL MUNDO: LA MUERTE

Y es que tú imagínate que aquí no la palmara nadie. Sería un caos. No cabríamos. Por no pensar en las pensiones que íbamos a tener que pagar. Sería imposible mantener a tantos jubilados. Peor aún: tendrían que retrasar la edad de jubilación. Hasta el infinito probablemente. Claro, que no habría trabajo para tanta gente. Súmale a los parados que hay ahora toda la demografía de las próximas generaciones. Y añade luego a los enterradores, que se quedarían en el paro. Y a los forenses. Serían oficios desaparecidos, como los de esquilador de burros o vendedor de discos. La muerte, o mejor dicho, la ausencia de la muerte le quitaría emoción a casi todo. ¿Qué sería de las corridas de toros si no existiera la posibilidad de que el torero saliera con los pies por delante? No tendrían gracia. Todos los deportes de riesgo perderían algo. La ruleta rusa no sería más emocionante que el parchís. Eso sí, coyunturalmente tal vez no fuera tan negativo. Habría que construir muchas viviendas y el negocio de la construcción reflotaría. Sería un no parar. Una nueva época dorada para el ladrillo. Los albañiles volverían a ganar dinero a espuertas. Las economías municipales serían de nuevo boyantes gracias a los chanchullos y a las adjudicaciones fraudulentas de terrenos recalificados. Los políticos se llenarían los bolsillos con comisiones ilegales y andarían todo el día de buen humor, y no como ahora, que van con caras largas y se pasan el tiempo tirándose los trastos a la cabeza. Los paletos que no quisieran estudiar siempre podrían soñar con triunfar en la vida haciéndose constructores. Y los notarios serían inmensamente ricos gracias a los innúmeros contratos de compra-venta de viviendas que nunca incluirían la abultada parte en B. La construcción sería incluso la solución para todos los enterradores y toreros y forenses y vendedores de discos que hubieran perdido su empleo. Hasta que lo petáramos todo de casas, mansiones y bloques de protección oficial, claro. Llegaría un momento en que no cabría un alfiler en el planeta ni habría suelo que recalificar. Con el suelo se acabaría el trabajo. Los ayuntamientos subirían los impuestos para compensar el desastre de la construcción y la gente tendría que dar todo lo que tiene por seguir en su casa. Y nadie podría huir al campo. Habría urbanizaciones hasta en la cima de los ochomiles. No habría sitio para los anacoretas y ermitaños. Todo se iría a tomar por culo el día que la gente no tuviera dinero para pagar las letras y los impuestos. Los cuerpos de seguridad del Estado tendrían que ir a detener a los morosos, aunque no sabrían qué hacer con ellos. No habría terreno para edificar cárceles. Tampoco podrías condenar a nadie a muerte. Ni siquiera existiría el debate de si estás o no a favor de la pena de muerte. Sería como si debatiéramos hoy si estás o no a favor de que llueva para arriba. Aunque todo esto de la justicia pronto dejaría de ser un problema. En cuanto se acabara el dinero para mantener a la guardia civil, la policía, los jueces y demás leguleyos. Entonces llegaría el momento de matarnos a hostias. En sentido figurado, claro. Ni la hostia más grande del mundo podría matarte. Y del caos no se iba a salvar ni dios. Hasta los curas se quedarían en paro y, por supuesto, en la puta calle. Las iglesias habrían sido convenientemente parceladas para sacar un montón de apartamentos. Nadie creería en ningún ente divino. Se acabaría el chollo del cielo y el infierno. A la gente se la sudaría que Dios existiera o dejara de existir. Total, no lo iban a ver nunca. Ya no existiría el Día de Todos los Santos, lo que acabaría con el negocio de los floristas, que hacen en esas fechas la mitad de la recaudación del año. Tampoco habría Halloween, ni debate sobre si debemos aceptarla como fiesta o rechazarla como costumbre foránea y bárbara. Sería un golpe duro para los vendedores de disfraces, que se quedarían casi tan tocados como los floristas. Algunas cosas buenas también habría. Por ejemplo, ya no habría más guerras. O, de haberlas, no tendrían víctimas mortales. ¿Y qué sentido tendría una guerra en la que no puedes matar ni amenazar con hacerlo? No merecería la pena. Eso sí, las consecuencias de este hecho no serían nada positivas para la economía: más gente al paro. Para empezar, los soldados. Y luego todos los que se dedican al negocio de la guerra, empezando por los que fabrican armas y terminando por las empresas que se encargan del abastecimiento y de la recuperación de los países devastados. Se me ocurre otra ventaja: ya no podría haber terroristas suicidas. Tendrían que aterrorizar al personal con otras fórmulas. Yo qué sé, dando collejas a diestro y siniestro, tirándose pedos en los ascensores, escupiendo en los bancos de la plaza o leyendo en público columnas de Juan Manuel de Prada. Lo que me pregunto es contra quién actuarían estos terroristas. A estas alturas no habría clase política ni nada parecido. Nadie querría tener la responsabilidad de poner orden en un mundo tan disparatado. Y lo que sería más arduo: nadie sabría de dónde sacar el dinero suficiente para mantener a todo el funcionariado. Probablemente la mayoría de los políticos se harían terroristas y andarían de acá para allá con sus collejas, sus pedos, sus gargajos y sus textos pedantescos y fascistoides. Daría igual que no hubiera recursos alimenticios o agua. No podrías morirte de ninguna manera. Más acuciante sería el problema de la vestimenta. Porque que no te mueras no significa que tengas que pasar frío. O el problema del combustible. Todo el mundo querría ir en coche. No habría normas ni límite de velocidad ni nada. La DGT no podría decir que las multas eran para reducir el número de muertes en carretera. Se quedaría sin argumentos. Sería un mundo tan terrible que deberíamos estar agradecidos de que exista la muerte. Después de este desbarre tan espeluznante casi que querría morirme en estos momentos, aunque solo fuera por ver que se puede. Este año leí que le habían dado el Nobel de Medicina a tres biólogos norteamericanos que habían descubierto cómo hacer que las células no envejezcan. Yo les habría dado una paliza. Los científicos, que de nunca han mirado consecuencias, terminarán inventando algo para que no nos muramos nunca y la cagaremos. La muerte es una cosa estupenda. Y no digo que es divina porque si hubiera un dios responsable habría que preguntarle si no podía haber inventado una forma menos traumática de finiquitar la existencia. Así que se acabaron las lágrimas en los entierros y las plegarias al cielo para que no se lleve a los nuestros. Nunca entenderé que los cristianos tengan miedo a la muerte si tan seguros están de que les espera el paraíso celestial. ¿No será que casi todos tienen la certeza de que van a ir de cabeza al infierno? Miedo a la muerte debería tener yo, que no creo que haya nada después de este infierno. Me queda el consuelo de saber que no morir sería algo mucho peor.

domingo 18 de octubre de 2009

YO QUIERO QUE VUELVA A GOBERNAR EL PP

Por principios no puedo votarles pero estoy deseando que haya elecciones anticipadas y que ganen por goleada.

Así serían ellos los que subirían los impuestos indirectos y yo podría salir a la calle a manifestarme.

Serían ellos los que no serían capaces de sacar a España de la crisis y los sindicatos se movilizarían contra ellos con pancartas y pasacalles a los que yo podría sumarme.

No ampliarían los derechos de las mujeres en temas como el aborto, ni ampliarían las prestaciones sociales para los parados, ni subirían las pensiones. Entonces sí que tendríamos un montón de argumentos para salir a dar voces en contra del gobierno.

Potenciarían la sanidad y la educación privadas, y el sector público estaría tan tocado que podríamos acusarles de estar acabando con los derechos sociales.

Se gastarían un montón de dinero público en hacerse publicidad y podríamos poner el grito en el cielo, que Zapatero se ha gastado una burrada en hacer cartelazos para publicitar el Plan E y aquí nadie ha dicho ni mu.

Seguirían dándole un montón de millones a la Iglesia Católica, pero al menos en las conversaciones de barra de bar podríamos echarles las culpas a los peperos fachas.

Llevarían nuestros soldados a las guerras y nosotros podríamos lucir en nuestras solapas símbolos de la paz y recorrer las calles gritando “No a la guerra”, que es algo que ayuda mucho a combatir el estrés.

Manipularían vilmente los medios de comunicación y nosotros intentaríamos crear foros alternativos en internet, fanzines y revistas con las que lucharíamos denodadamente por la libertad de expresión.

Le besarían el culo al gobierno de los Estados Unidos y nosotros podríamos cagarnos en el poder omnímodo del imperialismo yanqui.

Perseguirían el botellón, acosarían a los fumadores, nunca legalizarían las drogas ni la prostitución, pero eso nos daría argumentos a los apologetas de las libertades individuales para odiar al Estado represor.

Vamos, que estaríamos más o menos como ahora pero los de izquierdas podríamos protestar, hacer manifestaciones y patalear a todas horas. Recuperaríamos nuestro lugar natural, el sitio que históricamente nos corresponde.

Y encima podríamos acusar a los peperos de corruptos y decir en todos los mentideros que los políticos son todos unos ladrones. Hasta ese gusto nos ha quitado Zapatero después de enseñarnos la mierda de patrimonio que tiene.

Aquellos que tengáis menos escrúpulos que yo deberíais votar al PP en las próximas elecciones. Cuando salgan celebrando el triunfo en el balcón de Génova, yo estaré en mi casa maldiciendo, lamentando que los fachas hayan vuelto al poder, pensando que la gente no escarmienta… Aunque ya sabéis que en el fondo os estaré muy agradecido.

jueves 8 de octubre de 2009

CRITERIO

Desafortunadamente en cuestiones estéticas y artísticas es muy difícil tener criterio. El problema es que la gente no lo sabe. Muchos, de hecho, piensan que es justo al revés. No hay nada más que ver a todos esos listos que se pasan el día pontificando sobre la capacidad pictórica de no sé qué artista plástico, del talento de tal escritor y de la genialidad de tal o cual músico.

Casi todos los que hoy idolatran, por ejemplo, a Barceló, a Antonio Muñoz Molina o a Bob Dylan lo hacen porque se subieron a un carro que ellos no habían puesto en marcha. Dicho con otras palabras, dijeron que todos esos eran grandes creadores porque otros lo habían dicho antes. Algunas personas sin referencias y sin demasiado criterio tal vez podrían pensar que los cuadros de Barceló no pasan de ser cuatro manchas más o menos bien puestas, que la escritura de Muñoz Molina es pesada y agotadora, y que Bob Dylan en sus primeros discos tenía una voz de embudo que difícilmente le llevaría al estrellato. Otros con más criterio, más duchos en sus respectivas materias, tal vez supieran valorar la pericia que tiene Barceló para trabajar las formas y el color, la pasmosa capacidad narrativa del autor de “El invierno en Lisboa” o la calidad que tiene el de Minnesota como compositor e intérprete, que se puede ser un buen intérprete sin tener una gran voz. Aunque estoy seguro de que tendrían sus dudas si tuvieran que decidir, sin referencias previas, si son o no unos genios. En cine pasaría otro tanto: ponedle a alguien no iniciado “Ciudadano Kane” o “La strada” y preguntadle si le parecen las mejores películas que ha visto en su vida.

Casi todas las obras maestras, sea en el campo que sea, han llegado a serlo gracias a que han contado con el apoyo de grupos de poder que tenían intereses económicos. Curiosamente los grupos de pop alternativo (¿o independiente?) más famosos (Sonic Youth y los Planetas, por poner un ejemplo foráneo y uno autóctono) han publicado sus discos en multinacionales.

En el caso de las obras maestras de la historia del arte, la música y la literatura más que los intereses económicos suelen primar los académicos, que no dejan de ser intereses al fin y al cabo. La historia de la literatura, por ejemplo, está llena de mentiras: hay un montón de autores que han sido encumbrados porque a un grupo de eruditos les ha dado por llevarlos a los altares. Igual que a otros los condenaron injustamente al olvido. Ni es para tanto Valle-Inclán ni para tan poco Blasco Ibáñez. Ni es para tanto García Lorca ni para tan poco León Felipe. En definitiva, que en lo académico también hay grupos de poder mediático que van imponiendo sus criterios.

Y luego estamos todos los demás que, con el mecanismo del eco o la habilidad del loro, repetimos lo que otros han dicho con la seguridad que da tener el respaldo de un montón de tipos listos.

El criterio además es muy voluble porque depende en gran medida de nuestro bagaje cultural. El paladar artístico se va acostumbrando a nuevos sabores y va apreciando sensaciones que antes ni siquiera sabía que existían. Cuando tenía once o doce años me recuerdo flipándolo mucho con los libros de los Block de Monserrat del Amo (que quería ser la Enid Blyton española) y con los discos de los Modern Talking. Me parecían tan alucinantes como hoy me parecen Chuck Palahniuk y Placebo.

Los años que trabajé en la sección de discos de la Fnac aprendí hasta qué punto estamos mediatizados, manipulados, dirigidos. Yo incluido evidentemente. Recuerdo que a veces descubríamos un disco alucinante y decidíamos apostar por él. Le dábamos buena exposición, poníamos un punto de escucha para que la gente pudiera conocer nuestro descubrimiento y lo recomendábamos en el boletín que entonces tenía la Fnac o en su web. Todos nuestros intentos solían tener unos resultados mediocres cuando no ridículos. Hasta el día en el que el disco de marras aparecía recomendado en, por ejemplo, El País de las Tentaciones. Ese día nos lo quitaban de las manos.

Recuerdo que una vez vino una mujer de unos treinta años a pedirme referencias sobre un disco, en concreto sobre el primer disco de Estrella Morente. Yo le dije que no hacía falta que le contara sus virtudes porque lo teníamos puesto en un punto de escucha y lo iba a poder disfrutar de punta a punta antes de comprarlo (entonces no se podían escuchar los discos a la carta). Parecía una mujer de mundo y con dinero, una niña bien, con estudios superiores probablemente. Me dijo que no era eso lo que quería, que el disco lo acababa de escuchar. Lo que quería saber era si el disco era “bueno”. Yo le respondí que a mí y a la crítica Estrella Morente nos parecía la gran promesa femenina del flamenco actual. Entonces no lo dudó y decidió comprarlo. Probablemente no he olvidado esta anécdota (entre las miles del mismo estilo que viviría en la Fnac) porque es raro encontrar a una persona tan franca y directa como esta chica, tan sin complejos. Casi todos somos un poco como ella, pero no nos atrevemos a reconocerlo, ni siquiera a nosotros mismos.

Siguiendo con la música, en estos últimos años el mercado discográfico ha ido a la quiebra por la piratería. Las compañías tienen miedo y solo apuestan por los grupos consolidados o la música mediocre para las masas. Faltan en la parrilla grupos nuevos para un público más selecto. Sin embargo, basta con navegar un poco por myspace para darnos cuenta de que el talento está ahí. Hay muchos grupos buenos, pero sin una compañía que los respalde, sin nadie que diga que son muy buenos para que vengan otros detrás y se suban al carro. No falta el talento sino la promoción. ¿Cuál es el resultado? Salvo alguna excepción (¿Vetusta Morla?), ninguno sale adelante. La gente necesita que le digan que algo es bueno para estar o no de acuerdo.

Hace poco me contaron también una anécdota muy sorprendente sobre un escritor. La pena es que no recuerdo quién era. El caso es que este escritor, un escritor de prestigio que no tiene problemas para que editen sus libros, decidió mandar uno de sus manuscritos a distintas editoriales con un nombre falso. En todos los casos su manuscrito fue rechazado por no dar la talla. Puede ser una leyenda urbana, pero estoy seguro de que si cogéis cualquier libro reciente de un autor consolidado, pongamos por caso un libro de Saramago o de Javier Marías o de Pérez Reverte, lo pasáis al ordenador y lo mandáis a una editorial, lo más normal es que recibáis una respuesta negativa, cuando no se limiten a pasar olímpicamente.

Los editores, los AR’s, los cazatalentos, los productores y toda la gente que se gana la vida gracias a que tienen criterio para reconocer el talento siempre dicen lo mismo: no saben dónde está el éxito. Disparan al cielo y de vez en cuando cae algún palomo.

Por eso no soporto a todos aquellos a los que se les llena la boca diciendo nombres como Kandinsky, Sinatra, Almodóvar, Andy Warhol, Thomas Mann, Faulkner, Picasso, Stanley Kubrick, Lars Von Trier, Rolling Stones… Si son tan listos, que descubran quiénes de los artistas que hoy emergen ocuparán sus puestos dentro de treinta, cuarenta, cincuenta años. Ese sería el mérito. La pena es que todos estos mitómanos que tanto me enervan son los que suelen decir que todo lo que se hace ahora es una mierda. Tendrán que venir otros detrás a decirles que estaban equivocados.

En el terreno artístico y estético tener un criterio absoluto es imposible. Nuestros juicios siempre serán personales y parciales. Nuestro criterio será más exquisito conforme nuestros conocimientos sean mayores, pero eso no significa que podamos llegar a tener la razón. Por lo tanto tendremos que seguir toda la vida soportando a un montón de bocazas que a cada momento pretenden sentar cátedra con sus cuatro referencias eruditas y mis post seguirán siendo esos textos argumentales que después de más de diez largos párrafos no arreglan nada y te dejan como estabas al principio.

Nota: Según la R.A.E.: Criterio: 1. m. Norma para conocer la verdad. / 2. Juicio o discernimiento. (Por si alguien quiere saber si lo tiene y tiene dudas de lo que es exactamente).

Este post está dedicado a Alicia, que algunas veces se siente contrariada cuando sus gustos no coinciden con los de los críticos.

domingo 27 de septiembre de 2009

QUÉ BIEN PENSADO ESTÁ EL MUNDO: EL DINERO NEGRO

El dinero negro es algo tan bueno para nuestra sociedad que todos deberíamos tener derecho a él. Lo que no se debe permitir es que esté distribuido de una forma tan injusta.

El dinero negro (o dinero B, si sois amigos de los eufemismos) es muy codiciado por todo el mundo. Tiene cierto sabor a dinero extra, dinero para irte de farra, para viajar, para irte de putas, en definitiva, para darte caprichos. Imaginad toda la gente que vive de este flujo subterráneo de billetes. Gran parte de este dinero se convierte en el sueldo de muchos trabajadores. Y los impuestos directos hacen que termine siendo beneficioso hasta para la Hacienda Pública.

A la gente que tiene mucho dinero negro se la reconoce porque todo lo paga en metálico. Ese es el mundo de los mafiosos, de los camellos, de los traficantes, de los terroristas, de los constructores, de los hosteleros y de todos los empresarios que defraudan a Hacienda, que vienen a ser la mayoría. Cuando pasamos de la peseta al euro todos estos probos ciudadanos estuvieron más atareados que de costumbre. Tuvieron que convertir todos los fajos de dinero negro en propiedades, beneficios de empresas ficticias o billetes de lotería premiados (si te toca la lotería, pregunta por ahí, que hay gente que te dará más dinero que Loterías y Apuestas del Estado). Si hoy tuviéramos que cambiar de nuevo de moneda, no tendrían menos trajín. El dinero negro en cautividad y en grandes cantidades se reproduce de forma pasmosa.

Mucho mejor el dinero negro que el otro. Dónde va a parar. Eso lo sabe todo el mundo, aunque bien es cierto que conviene tener algo de dinero en nómina por si necesitas ir al banco a pedir financiación. La gente que solo gana dinero B suele tener problemas para conseguir un crédito o una hipoteca. Lo ideal es que haya un equilibrio entre lo que cobramos en nómina y lo que nos llega en sobrecitos. Los bancos también lo saben y muchas veces tienen en cuenta esos ingresos extras para conceder los préstamos. Al fin y al cabo los ciudadanos que cobran parte de su sueldo en B suelen ser más solventes. Para empezar pagan menos impuestos.

Los trabajadores que cobran en B tienen menos problemas económicos y gozan de más ventajas que los otros. Si tienes poco dinero en nómina, te conceden pisos de protección oficial, te dan subvenciones, becas para tus hijos, etc. Estos individuos son los que más contribuyen al progreso de nuestro país comprándose unos cochazos increíbles que mantienen en alza el sector del automóvil, que es el que siempre ha preocupado más a nuestros gobiernos.

El dinero negro no sólo le viene bien a los empresarios, terroristas, proxenetas y traficantes. También a la gente más humilde de nuestra sociedad. Trabajar en B es una de las salidas más airosas que tienen los parados para completar el subsidio de desempleo. Si es exiguo, no tienes nada más que buscarte un currillo para completarlo. En la construcción, el campo o la hostelería es fácil encontrar este tipo de ocupaciones no declaradas. Hay formas más lucrativas y menos onerosas, pero también más arriesgadas: el trapicheo de estupefacientes, la prostitución, el tráfico de armas, la extorsión (en este caso, se recomienda la pertenencia a un grupo terrorista con cierta credibilidad), etc.

De los 600.000 supuestos beneficiarios que se iban a poder acoger a la ayuda de 420 euros que da el gobierno a los parados que han agotado el paro, solo lo han solicitado 28.000. El gobierno, una de dos, o es muy tonto o es muy listo. No se les ha ocurrido otra cosa que exigir la asistencia a un curso de formación para poder cobrar la ayuda. ¿Qué se piensan? ¿Que la gente no tiene nada mejor que hacer que asistir a un curso de mierda? Trabajar en negro es un trabajo como otro cualquiera, que exige la misma dedicación y los mismos horarios que un trabajo con contrato. No sé si ver en esta actitud del gobierno cierta falta de sensibilidad social o una picardía descarada.

Los cálculos indican que la economía sumergida supera ya el 25% del PIB (unos 250.000 millones de euros). Y no deja de crecer. Para que nos hagamos una idea: en nuestro país circulan 80.386 millones de dinero en metálico.55.000 millones solo en billetes de 500. A mí me parece estupendo que cunda el dinero. Lo que me molesta es que gran parte de ese dinero es dinero negro y a mí no me llega ni el eco. En mi vida he visto un billete de 500 ni ahora mismo sé de qué color es.

Este verano la economía sumergida ha crecido un 30%. Eso hace que la Hacienda Pública esté por los suelos. Las multas que ponen a los que se dedican a crear empresas que trabajan de forma ilegal (cuyo importe puede llegar este año a los 300 millones) no son suficientes para compensar tanto fraude fiscal. Por eso es por lo que nos van a subir los impuestos.

Sé que es prácticamente imposible erradicar el dinero B y que probablemente no sería bueno para la economía nacional por todos los beneficios que nos aporta y que acabo de exponer. Por todo ello lo que pido es que los trabajadores tengamos al menos el derecho a decidir qué parte de nuestra nómina podemos cobrar en B. Se nos debería permitir cobrar en B al menos hasta el 50%. Así los que declaramos en nómina el importe exacto de lo que cobramos (que somos los funcionarios, los que trabajan en grandes empresas y poco más) tendríamos derechos a subvenciones, a becas, a que nuestros hijos fueran al colegio que hay al lado de casa, etc. Los que han cobrado gran parte de su nómina en B durante toda la vida se quejan a la hora de jubilarse porque les queda muy poca paga, pero es posible que algunos de nosotros prefiramos el dinero ahora y no reservarlo para una hipotética vejez que lo mismo ni llegamos a disfrutar.

En el futuro la igualdad de todos los ciudadanos se conseguirá con un reparto más justo del dinero negro. Esa y no otra tiene que ser la aspiración de una sociedad que pretenda ser más justa.

martes 15 de septiembre de 2009

ZOMBIS

“En ocasiones veo muertos.”
El sexto sentido

Me fui de mi pueblo hace casi veinte años. Y no es tanto que me fui como que huí. La adolescencia en mi pueblo tiene que ser la etapa más oscura de mi biografía. Tengo muy pocos recuerdos buenos de aquella época. Si dejamos aparte esos maravillosos momentos en los que soñaba con irme de allí.

Con el tiempo he descubierto que mi pueblo no es tan terrorífico. Lo que sucede es que a mí no me gustan los pueblos como no sea para dar una vuelta en plan turismo rural. No viviría en ninguno.

La relación que mantengo con mi pueblo, de cualquier forma, es de amor-odio. Observad que después de llevar varias líneas todavía no he dicho ni cómo se llama. A veces me cuesta decir hasta su nombre. Miradlo en Google, que sale por ahí. El caso es que voy poco. A ratos echo de menos a algunos amigos, pero a veces me las ingenio para quedar con ellos en Toledo, en Madrid o en donde sea. Sin embargo, tengo que reconocer, en honor a la verdad, que los tres o cuatro días al año que voy a mi pueblo me lo paso bastante bien: Nochebuena, la Feria, algún día de verano... Suelen ser visitas relámpago, de un solo día. Breves pero intensas. El tiempo se me escapa de las manos saludando a unos y a otros mientras hacemos la ronda de bares de rigor. Las bebidas espirituosas también echan una mano, que todo hay que decirlo.

Llevo varios años sin faltar a la Feria. Siempre en el sábado de Feria, aunque este año el sábado era la víspera del inicio de las fiestas y era un pelín más soso. Todos los últimos años me viene sucediendo lo mismo: tengo visiones terroríficas. Y solo suele sucederme en estas fechas (aunque alguna vez también ha pasado cuando he ido a mi pueblo invitado a una boda o cuando ha tocado asistir a un entierro). Las calles en las que se ponen las atracciones de feria, las casetas de turrones, los chiringuitos de tapas y los puestos de churros, pollos o berenjenas se llenan de zombis, de muertos vivientes. Muertos vivientes de verdad, cadáveres que salen de sus tumbas para subir a las atracciones, atiborrarse de porras y atracarse de pinchos morunos. Es como si de repente me encontrara en el cuento oriental del visir que se encuentra a la Muerte entre el gentío del mercado de Bagdad. Así me encuentro yo con los muertos, disimulados entre la gente que va y viene por las calles en las que se asienta la feria. A ti, que no los conoces, ni siquiera te llamarían la atención. Pero yo sí sé quiénes son. Mis viejos compañeros de los primeros cursos escolares. Algunos chicos y chicas con los que jugaba en la calle cuando todavía me ponían rodilleras en los pantalones. Los padres y las madres de algunos de estos chicos. Los tíos y los primos lejanos de mis padres. Los hijos de estos tíos y primos lejanos de mis padres. Los clientes del bar en el que trabajaba cuando tenía dieciséis años. Los hombres que hablaban con mi padre cuando era pequeño y le acompañaba a trabajar al campo. Las mujeres con las que se paraba mi madre cuando iba con ella a comprar... Ni siquiera sospechaba que muchos de estos muertos seguían vivos en mi memoria.

Sé que son muertos vivientes porque están demacrados, hinchados, adiposos, decrépitos, ojerosos, canosos, calvos, arrugados, terriblemente envejecidos... El tiempo ha ido matándolos lentamente. A algunos me cuesta incluso reconocerlos. Identifico sus facciones a duras penas y tengo que reconstruir sus rostros de antaño en mi imaginación.

Es terrorífico ver de golpe los estragos que provoca el tiempo. Produce una conmoción como la que sentiría Aristóteles si volviera a la vida y viera en qué ha quedado la Acrópolis de Atenas. A algunos los vi por última vez hace diez o quince años. A otros puede que incluso no los haya visto en los últimos veinte o veinticinco años.

La muerte se toma su tiempo. El deterioro que produce no se advierte en el día a día. Por eso no notas apenas cómo mueren los que envejecen a tu lado. Lo hacen al mismo ritmo que tú.

Siempre que en el aturdimiento del paseo de la feria me tropiezo con alguno de estos muertos vivientes suelo escapar en otra dirección. Y si queda muy forzado y no es posible, me hago el distraído o fijo la mirada en la persona con la que hablo en esos momentos. No quiero que sepan que los he reconocido. No quiero hablar con ellos. Afortunadamente ellos suelen hacer lo mismo. Puede que, en su ingenuidad, piensen que el muerto soy yo.

domingo 30 de agosto de 2009

ESCENAS MEMORABLES: LOS LUNES AL SOL

“Los lunes al sol” es una película realista en tono menor que cuenta la vida anodina de unos trabajadores que se quedaron en paro cuando cerraron los astilleros en los que trabajaban. Es una película con mucha carga social y que nos muestra con gran sensibilidad la terrible vida de los parados. En España, al contrario que en Francia o en Gran Bretaña, no se hace apenas cine de denuncia social. Y es una pena. Este tema daría para mucho. Supongo que la realidad del cine actual, que baila al son que marca Hollywood, no está para estas aventuras. Hace poco leía una entrevista en la que Fernando León de Aranoa, director de la película, contaba entre bromas cómo habían promocionado “Los lunes al sol” para exportarla al mercado norteamericano. La presentaron en un tráiler con fondo de música flamenca como si se tratara de una película de gansters y mafiosos.

Muchas escenas se podrían destacar de esta joya de nuestro cine: el momento en el que Santa compara la realidad de España con la de una Australia idealizada (que viene a ser justo lo contrario por ser las antípodas), la lectura del cuento de la cigarra y la hormiga, el momento en el que Santa descubre las condiciones insalubres en las que vive Amador, etc. Pero yo me voy quedar con la escena de la farola. A lo largo de toda la película se va desgranando la historia del juicio de Santa, que tiene pendiente el pago de una farola que supuestamente rompió durante los enfrentamientos que hubo entre los trabajadores y las fuerzas del orden durante las manifestaciones que tuvieron lugar para evitar el cierre de los astilleros. Estamos hablando de poco dinero: 8.000 pesetas. Santa se niega a pagar no solo por su precaria situación de parado sino también por un profundo sentimiento de orgullo y dignidad. Y como él mismo explica cuando sus amigos le presionan para que pague y se deje de problemas: “No es que sea cara o barata. (…) ¿Cuánto valen 8.000 pesetas? (…) 8.000 pesetas moralmente valen mucho más”. Finalmente, después de agotar todos los recursos posibles para evitar el pago, termina entregando las 8.000 pesetas. De vuelta a casa, en el coche de su abogado, que intenta tranquilizarlo diciéndole que ha hecho lo correcto y que esta experiencia le va a servir para madurar, Santa, que está encarnado magistralmente por Javier Bardem, no dice ni mu. Hasta que le indica al abogado que siga recto -y aquí viene la escena que yo quería destacar- para indicarle minutos más tarde que se detenga. “Es un momento”, se excusa Santa cuando baja del coche. El abogado no sabe qué pasa. Están en mitad de ninguna parte, al lado de los astilleros abandonados. No sabe qué pretende ahora su cliente. Santa coge unas piedras del suelo y anda unos pasos más para acercarse a su objetivo. Solo necesita una pedrada para reventar la farola que unos minutos antes le han hecho pagar.

A mí también me han multado injustamente. Nada importante, como lo de Santa. No os voy a aburrir con los pormenores del caso. Simplemente diré que aparqué en un lugar en el que según un policía municipal no podía aparcar aunque la señalización indicara lo contrario. Antes de mover el coche hablé con otro policía y me dio la razón, aunque se negó a quitarme la multa y ha mentido en el informe que le han solicitado tras recurrir por segunda vez la denuncia. Yo pensaba –ingenuo de mí- que los dos recursos que he puesto servirían para que me la quitaran porque era un caso muy claro. Podría llevarlo a los tribunales, pero mis únicos testigos son dos policías que me trataron como a una escoria, que han mentido en su informe y que no van a desautorizar a un compañero. El riesgo de que mientan en el juicio (que es lo que, de ordinario, se hace en los juicios) es demasiado grande. Me iba a costar más el remedio que la enfermedad. Así que terminaré pagando la multa, que no es para tanto. Para ser exactos, 90 euros. Pero no me quito de la cabeza la imagen de Santa en el momento angustioso en el que tiene que doblegarse a los mecanismos de la justicia y apoquinar los 1.600 duros.

Tampoco se me va de las mientes la imagen de la farola reventando de una certera pedrada.

sábado 1 de agosto de 2009

CUENTOS CON MORALEJA: EL CHISTE DEL DENTISTA

Hoy toca un chiste de toda la vida. Muchos lo conoceréis:

“Un hombre fue al dentista. Si queréis podemos decir que era un hombre que sentía verdadero pavor por estos esforzados profesionales de la tortura. Tuvo que ir porque padecía unos dolores terribles y no vio otra solución.

En el momento en el que el hombre se sentó en la silla de dentista, que tiene también algo de potro de torturas, y se le acercó el doctor empuñando sus instrumentos en actitud sádica, lo cogió fuerte de los huevos y le dijo:

-No nos haremos daño, ¿verdad, doctor?”

Este breve relato humorístico sirve muy bien para reflejar la actual coyuntura económica y laboral. Por una parte están el gobierno y los sindicatos (juntos pero no revueltos) y por otro, la patronal y el PP (que, como siempre, dice que no, pero es que sí). El problema es saber qué bando se corresponde con el dentista y qué bando con el paciente.

No sigáis leyendo.

Pensadlo vosotros solos.

Es posible que no haya una sola respuesta.

También puede que después de este ejercicio tengáis mucho más claro por quién tenéis que votar en las próximas elecciones.

La respuesta no es sencilla porque tan válida puede ser una posibilidad como la otra.

Estas son las dos opciones:

O pensar que el dentista es el gobierno. Y en ese caso sería la patronal la que le amenaza para coaccionarlo.

O pensar que el gobierno es el paciente. Los empresarios son muy poderosos. Ellos son los que tienen el control de la economía, pero un gobierno siempre les puede hacer daño si hace que la legislación no les favorezca.

Elige tu opción y ya te habrás posicionado.

Si piensas que el gobierno debería poner en su sitio a los empresarios, recordarles que el gobierno no puede controlarlos totalmente, pero sí allanarles o entorpecerles el camino, decirles que deberían atenerse a razones porque lo que quiere el gobierno no es perjudicarles, sino tomar medidas a su favor para que recuperen la confianza y sigan invirtiendo antes de que se derrumbe el castillo de naipes de nuestra economía, debes votar a la izquierda. Eres un soñador y ahí están los tuyos. Eres un tipo ingenuo y te mereces lo mejor. Es enternecedor ver que hay gente que todavía piensa que los tiburones de de la patronal pueden ser amaestrados. A lo mejor es falta de vista. Cuando ocultan sus aletas y no enseñan los dientes pueden confundirse fácilmente con delfines.

Evidentemente, si piensas que los empresarios deberían joder a ZP, porque al fin y al cabo ellos son los que tienen la pasta, los que pueden cortar el grifo, los que pueden despedir a los trabajadores y provocar una crisis de tres pares de cojones para culpabilizar al gobierno por su ineptitud, la siguiente vez que votes no olvides que los tuyos están a la derecha. Si eres empresario, puede que seas un tío listo. Si eres un currito, no me vengas llorando cuando recorten las prestaciones por desempleo o se extinga tu contrato y te den una indemnización de mierda. Puede que en un mundo controlado por los empresarios, con despidos baratos y pocas cargas fiscales, hubiera más trabajo. Pero ¿qué tipo de trabajo? ¿En qué condiciones? ¿Con qué derechos para los trabajadores?

¿Que qué pienso yo? Que ZP ha caído en otra trampa. Los empresarios se han reunido con él para conseguir que todos los titulares se hagan eco del fracaso del gobierno para llegar a un acuerdo. Y Zapatero ha picado sin darse cuenta de que el pez grande siempre se come al chico. A los empresarios les da igual el revuelo mediático. Su imagen pública no puede empeorar más. Y ellos no tienen que renovar su cargo cada cuatro años por votación popular.

En septiembre quieren retomar las negociaciones. Lo que quiere decir que en septiembre continuarán con su campaña de acoso y derribo al gobierno. La gente del lado oscuro también se toma vacaciones en verano.

miércoles 15 de julio de 2009

¡ME CAGO EN EL MISTERIO!

Este año es el veinte aniversario del estreno de mi película favorita: “Amanece, que no es poco”, de José Luis Cuerda. No voy a utilizar este espacio para hacer una crítica de la película (si queréis la hago brevemente: magistral) y mucho menos para contarla. Tampoco voy a escribir aquí una retahíla de frases célebres del film, que son muchas. Los fanáticos de la película siempre andamos repitiéndolas para desconcierto de los que no la han visto. En fin, que lo que voy a hacer es hablar de mi relación con esta película a lo largo de casi veinte años.

No tuve la suerte de ver la película en la gran pantalla. La estrenaron un año antes de que me fuera a vivir a Madrid y al cine de mi pueblo llegaban entonces muy pocas películas que valieran la pena. Sin embargo, no tardé mucho en tropezarme con ella. Tuvieron que estrenarla pronto en televisión. Calculo que tuvo que ser en el año 90. Recuerdo perfectamente que era viernes o sábado porque estaba por ahí con mis colegas y de repente decidí que me aburría y me fui a casa. Puse la tele y apareció “Amanece, que no es poco”. Me recuerdo mirando la televisión sin dar crédito. Aquella película era la ficción más rara que había visto en mi vida. Cuando llegué a mi casa me alegré de que no hubiera nadie viendo la tele porque quería estar solo, pero luego eché de menos que no hubiera alguien a mi lado para compartir aquel momento mágico. Y para que diera fe de que no estaba alucinando yo solo.

Al día siguiente no tenía otro tema de conversación que la película. Le hablaba a todo el mundo de ella, aunque casi nadie la había visto. Era difícil entonces conseguir películas raras en un pueblo perdido de La Mancha. Los videoclubs dejaban mucho que desear. El milagro llegó poco tiempo después: un amigo mío la tenía grabada en vídeo. Yo me moría de ganas de verla de nuevo. Fue inevitable crear una suerte de cineclub porque yo no dejaba de darle el coñazo a todos mis amigos. La vimos varias veces. Cada vez que encontrábamos a alguno que no conocía la película nos íbamos con él a verla otra vez. Fuimos muchos los que entonces nos hicimos seguidores acérrimos de “Amanece, que no es poco”. Todavía hoy si me entero de que algún amigo no la ha visto, le hago un pase privado o se la presto. Desde hace años la tengo en DVD, original y firmada por el director. El año pasado mi mujer consiguió, después de dar varios codazos en una rueda de prensa, que el mismo Cuerda nos la dedicara. No soy mitómano, pero esto es distinto.

A lo largo de estos años fui dándome cuenta de que aquella fascinación que nosotros habíamos sentido no era un caso aislado. Por todas partes he ido encontrando fans de la película. Siempre es la misma historia: le preguntas a alguien si ha visto “Amanece, que no es poco”, el otro sonríe o directamente se echa a reír y enseguida estamos los dos soltando chorradas de la película y meándonos de risa. Ahora han abierto un facebook de la película y toda la comunidad de fans hemos podido por fin tener un punto de encuentro. Somos legión. Aunque es verdad que también hay mucha gente que no entiende la película y que dice que es una chorrada. Es lo que pasa con muchas obras maestras: las amas o las detestas. No hay término medio.

Por esos avatares de la vida tuve que retrasar mucho el viaje a los escenarios de la película, pero era un viaje que tenía planeado desde principios de los 90. Hace cuatro o cinco años por fin mi novia y yo cogimos el coche y nos fuimos a recorrer los pueblos donde se rodó, que se nombran en los agradecimientos, al final de la película. Son Ayna, Liétor y Molinicos, tres pueblos de Albacete que están en la Sierra del Segura. No pensábamos que íbamos a encontrar unos pueblos tan bonitos en un marco tan maravilloso y a tan pocos kilómetros de Albacete. Desde el año pasado ya hay una ruta turística inspirada en la película que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, con gran acierto, decidió promocionar. Es un viaje ideal para pasar un fin de semana.

José Luis Cuerda, como es obvio, también se convirtió desde entonces en uno de mis directores preferidos. Nadie como él para recrear el mundo rural. Algunas de sus películas son menores, pero cuando acierta es único. Quiero destacar especialmente algunos títulos: “El bosque animado”, “La marrana” y “La lengua de las mariposas”. Cuerda siempre ha tenido muy mala suerte en los premios. “La lengua de las mariposas” mereció llevarse todos los goyas, pero coincidió con el año en el que la Academia de Cine quiso reconciliarse con Almodóvar y fueron para “Todo sobre mi madre”, una película que, desde mi punto de vista, no pasa de ser entretenida y resultona. “La lengua de las mariposas” es una obra de arte con mayúsculas. También hizo Cuerda otra película en la línea de “Amanece, que no es poco”. Me refiero a “Así en el cielo como en la tierra”, una historia que merece la pena ver aunque no tenga el mismo nivel ni haya dejado la misma huella. Al menos sirvió para que le dieran a Luis Ciges el goya que tendrían que haberle dado por “Amanece…”. Y para terminar, una rareza. Solo los verdaderos fanáticos sabemos que hay un precedente de la película. No me refiero a sus influencias, que claramente son las obras corales de Fellini y de Berlanga, sino a una película que hizo Cuerda en el año 1983 para Televisión Española. Se titula “Total”. No sé si es un largometraje corto o un cortometraje largo, supongo que tiene un metraje adecuado para un telefilme de la época. “Total” parece un borrador de “Amanece…”: ambientación rural, situaciones insólitas, conversaciones disparatadas, un mundo que se rige por reglas distintas al nuestro… Muy recomendable, ahora que probablemente la podéis bajar fácilmente con el emule u otros programas similares.

No sé las veces que he visto “Amanece, que no es poco”, pero creo que debo andar cerca del que tenga el record. La cuestión es que cada cierto tiempo me apetece retomarla. Y, lo que es más curioso, me he dado cuenta de que muchas veces me la he puesto entera o en parte cuando me encontraba un poco depre. Me pasa también con algunas canciones a las que recurro especialmente cuando estoy bajo de moral. Eso me hace pensar que para mí la película tiene un significado profundo que va más allá de la hilaridad que puedan provocarme sus gags de forma individual. Para mí, que no creo absolutamente en nada y que nunca he sabido por qué estamos en este universo, “Amanece, que no es poco” viene a decirme que este mundo es como es sólo por azar, que bien podría haber sido de otra manera. El resultado solo depende de cómo se hayan mezclado los colores en la paleta del pintor. Ver la película supongo que me ayuda a relativizar bastante el absurdo de la existencia. Sobre todo cuando pienso que no hay pintor y que ha sido el azar más veleidoso el que ha decidido la mezcla. Los hay que piensan que hay pintor y que éste ha hecho la mezcla a conciencia, pero a mí no me gusta presumirle mala fe a nadie, y menos sin conocerlo. La frase que resume todo esto está justo al final y, a pesar de su grandeza, no es de las que solemos recordar los acérrimos de la película. La dice Saza, que es el cabo de la Guardia Civil, justo cuando desesperado se lía a tiros con un sol que amanece por donde no debe: “¡Me cago en el misterio!”.

martes 7 de julio de 2009

ODIO AL REAL MADRID

Hace un par días iba en el coche con la radio sintonizada en un programa de deportes para enterarme de cómo terminaba el partido de Roddick y Federer cuando escuché a un comentarista afirmar que eran tan impresionantes los fichajes del Real Madrid que habían conseguido eclipsar el triplete del Barça. Tal ejercicio de cinismo me dejó estupefacto. Todos los titulares de deportes que se consiguen por victorias son merecidos. El resto son producto de la manipulación mediática y de unos intereses que no siempre están claros. Quizá los lectores, oyentes o telespectadores menos avisados piensen que el Real Madrid aparece tanto en los medios porque es muy importante, pero cualquier persona con un poco de mundo sabe cómo funcionan los engranajes capitalistas. Los medios dependen de empresas y estas empresas utilizan estos medios para sus fines económicos y políticos. Las ramificaciones económicas y políticas del Real Madrid tienen que ser apabullantes. En los diarios nacionales, siempre enfrentados por sus filiaciones políticas, ni siquiera tiene oposición. A veces da la sensación de que todos los medios trabajan para el gabinete de prensa del Real Madrid.

Mi odio al Real Madrid no viene de lejos. De hecho, de pequeño era del Real Madrid. Luego he estado casi toda mi vida en la indiferencia futbolística más absoluta. Esta fobia al madridismo es algo nuevo, que quizá lleva incubándose tres o cuatro años, pero no más. Tiene que estar ya en un avanzado proceso de gestación porque este año me he dado cuenta de que me alegro cada vez que pierde. Como a mí personalmente el Real Madrid no me han hecho ningún mal (salvo no dejarme dormir en las largas noches de celebración de sus títulos durante los muchos años que viví en Madrid), tengo que pensar que la razón de mi aversión tiene que ser el asco que me produce ver cómo controlan todos los medios de comunicación, cómo pisotean a la competencia aunque no hayan ganado ningún título. El Real Madrid siempre es el titular, gane o pierda. Es una marca, un club que se dedica a vender camisetas y derechos de imagen de sus jugadores. Ahora ha vuelto Florentino de presidente, ese gran vendedor de merchandising. La mierda del fondo que la han vuelto a remover. Probablemente si los socios del Real Madrid pudieran ver lo que su sacrosanto club esconde en las alcantarillas girarían la cabeza asqueados. En el Real Madrid todos los presidentes tienen cara de mafiosos. Y todos los Valdanos y Mijatovics que trabajan para el club acaban teniéndola. Con la excepción de Butragueño, que nunca perdió su cara de idiota.

No soy de ningún equipo, pero ya me puedo definir, al menos, como antimadridista. No está mal a mi edad haber llegado a tomar una postura en este aspecto. De cualquier forma, en otras cuestiones que me he tomado más en serio, como la política o la religión, no he llegado mucho más lejos. Políticamente me defino así: odio al PP. Religiosamente: odio al Vaticano.

Mis colegas madridistas no tienen por qué preocuparse. Que odie al Real Madrid no significa que odie a sus seguidores. Mis amigos peperos o católicos, o ambas cosas al mismo tiempo, pueden dar fe de que no tengo ningún problema en tomarme una copa con ellos. Eso sí, si el año que viene el Cristiano Ronaldo este de los cojones y Kaká (vaya mierda de nombre) se comen los mocos en la Liga y en la Champions que se preparen para una buena ración de pitorreo.