martes 13 de marzo de 2012

Los santos inocentes

Aunque tengo 40 años recién cumplidos, yo diría que empecé a trabajar allá por los albores del siglo XX, y no digo el XIX porque más o menos por las fechas en las que nací mi padre vendió las mulas y compró un Barreiros de segunda mano, lo que vino a traer la revolución industrial a mi casa.  El Barreiros y la aparición de la cosechadora, que acabó con las hoces y los segadores,  eran los únicos elementos anacrónicos en un escenario más propio de una sociedad agraria preindustrial, en parte de autoconsumo y principalmente de subsistencia. Los calendarios que te regalaban las cajas de ahorros, que llevaban un ritmo distinto, andaban por los primeros años de la década de los 70.
Yo empecé a ayudar en el campo siendo muy niño y nunca me pareció raro. Casi todos los chicos de mi edad cuyos padres tenían tierras ayudaban en las labores agrícolas. Nunca se nos pasó por la cabeza que aquello pudiera estar mal. Ni mucho menos que pudiera tratarse de explotación infantil. Era la costumbre en el terruño manchego.
Siendo ya  un adolescente gané mis primeros jornales vendimiando ajeno, que así se llama en mi pueblo ir a recoger la uva de otro a cambio de un jornal exiguo. Por entonces, para estas recolecciones no te daban de alta en la seguridad social y el amo, que así se llamaba y creo que se sigue llamando al dueño de las viñas, te pagaba en metálico. En el campo incluso había trabajos en los que aún pagaban en especie, o más bien en especia, que recuerdo que a los que mondaban la rosa del azafrán se les daba una tercera parte de su producción. Los sicalípticos calendarios de los talleres mecánicos andarían ya por la segunda mitad de la década de los 80 y todo lo que yo sabía de la modernidad se lo debía a La bola de cristal, aunque muchas veces me quedaba sin ver el programa por la inveterada costumbre que tenía mi padre de llevarme casi todos los sábados al campo.
Por todo este bagaje supongo que no me resultó extraño empezar a trabajar de camarero sin que me hicieran contrato. Cuando dejé de ser aprendiz y me concedieron los galones de camarero, recuerdo que mi jefe me ofreció alguna vez, sin mucho entusiasmo, la posibilidad de darme de alta en la seguridad social a cambio de restar de mi triste salario el importe de ese capricho. Por entonces trabajaba solo los fines de semana y los periodos vacacionales y necesitaba todo el dinero que pudiera conseguir para pagarme los estudios. Le dije que no, claro. Tampoco me parecía tan raro trabajar sin contrato. Era algo que llevaba haciendo toda la vida.
En los 90 me fui a Madrid y pasé varios veranos en la construcción a las órdenes de contratistas que me hacían firmar mi despido voluntario el mismo día que firmaba el contrato. En mi solicitud de despido quedaba en blanco la fecha para rellenarla cuando estimaran oportuno. Salvo un mes que trabajé para unos impresentables, nunca tuve ningún problema. Todo se basaba en la buena voluntad de ambas partes y tengo que reconocer que siempre me despidieron cuando yo lo pedía, que solía coincidir con el final del verano y el arranque del curso universitario. Yo sabía que todo aquello era, cuanto menos, irregular, pero me parecía de lo más natural. Era lo que todo el mundo hacía. Y a mí al menos me hacían contrato, que por entonces ya había en la construcción muchos inmigrantes trabajando de forma ilegal y por un sueldo inferior al mío.
En aquellos primeros años de la década de los 90 también tuve mi primer contrato totalmente legal. Fue con una empresa de limpieza, que me contrató para que sacara lustre a los cristales de algunas sucursales bancarias. En aquel trabajo me sorprendió que la nómina reflejara con exactitud las horas que trabajaba y el dinero que cobraba. La falta de costumbre. En la construcción, que había sido hasta el momento mi único trabajo más o menos regularizado, solía cobrar en B las horas extras.
A rachas volví a trabajar de camarero, sin contrato o con un contrato de 20 horas semanales por si algún inspector de trabajo tenía la feliz idea de darnos una sorpresa, que en aquellos tiempos las inspecciones empezaron a ser un poco más serias.
Cuando terminé la carrera, la crisis era tan galopante que tuve que volver a la hostelería para no tener que irme de Madrid. Encontré trabajo en una cadena de cafeterías. Firmé un contrato de 40 horas semanales para terminar trabajando más de 60 sin cobrar horas extras, y a un ritmo tan frenético que solo algunos inmigrantes desesperados eran capaces de aguantar durante mucho tiempo. Yo lo conseguí durante todo un verano.
Ese fue el último sitio en el que me explotaron. Poco después encontré un trabajo que me gustaba y en el que, aunque no me pagaban mucho, todos mis derechos sindicales estaban reconocidos según convenio.
No quería contar todo esto para hacer un retrato dickensiano y lacrimógeno de mi infancia y juventud, sino para reflexionar sobre las ideas que me inculcaron, ya en plena democracia, sobre los derechos laborales. Supongo que las vivencias de muchos españoles no distan mucho de las mías. Son prácticas que incluso hoy, cuando los calendarios de los móviles indican que estamos en el siglo XXI, se han seguido manteniendo, aunque los afectados hayan sido en muchas ocasiones inmigrantes. Hasta ayer mismo veíamos con normalidad, incluso con comprensión e indulgencia, el incumplimiento de los convenios sindicales. Y de los sindicatos verticales del franquismo, que fueron anteayer, mejor no acordarse.
Puede que todo esto explique por qué en este país no hay un sentimiento sindical arraigado. Estoy convencido de que los cuarenta años de dictadura franquista son los responsables de que el movimiento sindical no haya evolucionado en España de forma natural. Supongo que lo mismo hubiera pasado en toda Europa si Hitler hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial.
Con la llegada de la democracia intentamos importar el sistema de las socialdemocracias europeas. Sin revoluciones, sin violencia, sin estridencias, como no se cansan de repetirnos. Pero esa transición pactada con los reaccionarios e impuesta por un referéndum sin alternativas solo nos sirvió para crear una copia defectuosa de lo que debería ser una democracia. Los sindicatos nacieron de la mano del Estado y nunca han llegado a cuajar porque los liberados sindicales no dejan de parecernos una suerte de funcionarios pesebreros y protestones.
No sé si en Madrid, en Cataluña, en el País Vasco y en el resto de zonas más industrializadas de España el sentimiento sindical tiene un arraigo mayor, pero sí sé que muchos españoles pasamos de un día para otro del Antiguo Régimen a una revolución industrial tardía lastrada por las convenciones del régimen franquista, que poco a poco había ido haciendo concesiones a los oropeles de la sociedad de consumo para disimular sus taras.
Muchos españoles todavía no han terminado de creerse que los trabajadores tengan que tener unos derechos. Seguro que ven mucho más razonable –porque así ha sido desde siempre- agachar la cabeza y obedecer sin rechistar al patrón (o al amo), que para eso es el que paga.

viernes 2 de marzo de 2012

Perdidos (2)

Esta segunda entrega de Perdidos la voy a dedicar a esos posts que escribí con mucha ilusión pero sin ninguna esperanza de que llegaran a entrar en el top ten de los más visitados. Y es que a veces las sorpresas que les deparan los buscadores de internet a los internautas son tan desconcertantes como los mismos internautas.

Nunca me hubiera imaginado que hubiera tanta gente buscando en la red una fórmula mágica (y gratuita) para escribir poemas, cuentos y novelas. Ni mucho menos que su número pudiera rivalizar con la multitud que busca recetas de cocina o métodos para fabricar bombas caseras.

Para todos ellos escribí este post:


Espero que a mucha gente le haya servido para ahorrarse tiempo. O dinero. O ambas cosas, después de haber considerado seriamente la firmeza de su vocación literaria.

Esta es solo una muestra de las palabras de búsqueda que encuentro cada día en mi blog:
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Y hasta en otras lenguas romances:
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Tampoco esperaba que mi sección de cuentos con moraleja causara tanto furor. Ideé la sección por lo irónico que resulta ver la realidad de nuestro siglo a la luz de los cuentos tradicionales. Y también porque me divierte mucho coger un cuento clásico y hacer una adaptación más moderna. Ya dije en mi anterior entrega de Perdidos que el cuento de El traje nuevo del emperador  y El cuento de la inundación estaban en el podio del blog. Aquí os dejo otros cuentos muy visitados y las palabras de búsqueda que a muchos les han llevado a ellos:


moraleja de dios


cuento las ranas y el sol
el sol y las ranas moraleja
el sol y las ranas fabulas fedro


cuento moraleja búho


juan manuel: cuento 6:la golondrina
las golondrinas y el lino
cuento las golondrinas
cuento ocn moraleja de golondrina


cuentos tomelloseros


el cuento de la zorra
cuento la zorra y las uvas
la zorra y las uvas samaniego comentario texto

Otros llegan al blog buscando cuentos y moralejas y acabarán en cualquier parte de la sección:

blog relatos con moraleja
cuentos inventados con moralejas
moraleja de los que no creen en dios
cuentos con honda
cuentos resolución de problemas moraleja
cuentos del dia de las mdres con moraleja
cuentos de esopo fecha y siglo cuando se iso el cuento
las 3 ranitas moralejas
cuento con moraleja sobre cotillas
moralejas del 2012
moraleja desanimo
ideas para hacer un cuento con moraleja
moraleja de un cuento de evitar ser engañado
cuentos con moraleja bloggers
moraleja el enemigo y el espejo
cuentos  trabajadores con moraleja
plegarias con moraleja


Para terminar os dejo una selección de las búsquedas de los innúmeros amantes de la especie canina que acuden a mi blog engañados por el reclamo de su título:
acabar perros ladradores blog
un cuento de el perro ladrador
bañar a un perro despues del froila
perro ladrador solución
perros ladradores comunidad de Madrid
ladrador bebe precio
chiste del perro con contrato fijo
me agache a recogerlo y el perro
mujeres austriacas follando con perros
jovencita se deja follar por perro y se queda enganchada

martes 21 de febrero de 2012

Cuentos con moraleja: Los extraterrestres y el tricornio

Alguien podría pensar que este chiste tiene el regusto de tiempos pretéritos. Sin embargo, han sido las últimas actuaciones de los cuerpos de seguridad del Estado en tierras levantinas las que me lo han traído a la memoria:

         Llegaron dos extraterrestres a la Tierra y empezaron a recoger muestras para analizar en su planeta. Lo tuvieron fácil porque habían aterrizado con su nave espacial en un vertedero de las afueras de Madrid.
         Allí la tarea que se les había encomendado resultaba la mar de sencilla. Uno recogía una bota; el otro, un peine; el primero, una botella de Fanta vacía; el segundo, una jaula de canario sin inquilino. Y así iban recogiendo y catalogando transistores rotos, escobas, ratas y cualquier cosa que encontraban en aquel hacinamiento de desechos.
         Como habían estudiado las peculiaridades del planeta tierra antes de venir, no tenían dificultad en identificar la mayoría de los objetos o bichos que se incautaban. Hasta que uno de ellos encontró un tricornio de la Guardia Civil y no supo qué apuntar. Lo miró intrigado durante un rato y después le preguntó a su compañero si sabía qué era aquello.
         -No sé. ¿Una palangana?
         -¿De este color? ¿De este material?
         -Bueno, pues una maceta.
         -No tiene agujero.
         -Una bota.
         -¿Has visto tú algún pie humano que tenga esta forma?
         -¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! ¡Un sombrero! ¡Un casco!
         El marciano que sostenía el objeto lo observó unos segundos y luego se lo puso en la cabeza. En efecto, era un casco. Un casco con picos. Le gustó tanto que se lo dejó puesto mientras seguían recogiendo muestras.
         Un par de horas más tarde, el marciano que llevaba puesto el casco se quedó mirando a su compañero con una cara de mala leche que echaba para atrás.
         -¿Qué te pasa? –le preguntó el otro.
         -Pues no lo sé, pero por lo que sea me están dando unas ganas increíbles de darte un hostión.

En estas últimas décadas han pasado a formar parte de los cuerpos de seguridad del Estado jóvenes nacidos o educados en el periodo democrático. Por eso hemos querido creer que en la Policía y en la Guardia Civil todo estaba cambiando. Incluso quise pensarlo la noche del 20 de marzo del año pasado, cuando miles de ciudadano nos apiñamos en Sol dispuestos a no dejarnos desalojar y pudimos ver un comportamiento ejemplar de la Policía Nacional, un comportamiento que se correspondía con el de los miles de ciudadanos que se manifestaron pacíficamente.

Supongo que el mérito fue del Ministerio del Interior, entonces en manos de Rubalcaba. Las peticiones desaforadas de Esperanza Aguirre para que la Comunidad de Madrid tuviera su propia policía parece que así lo demuestran. A la presidenta de la Comunidad de Madrid, ahora que sus colegas controlan el Ministerio del Interior, parece que ya no le urge la creación de este cuerpo.

Por eso no quiero responsabilizar a la Policía Nacional o a la Guardia Civil de la que se nos viene encima. Son sus amos los que les azuzan para que muerdan. Y no suelen fallar cuando sueltan a los antidisturbios, que son sus perros de presa preferidos.

Supongo que en la Policía Nacional o en la Guardia Civil necesitan algo así como un código deontológico, unos límites éticos que les sirvan para oponerse a los despropósitos de los que mandan. No recuerdo el caso de ningún policía o guardia civil que haya hecho uso de la objeción de conciencia para desobedecer una orden que atente contra la ciudadanía.

Ni voy a culpar a todos los antidisturbios ni voy a exonerar al colectivo. En las imágenes de estos días se ve claramente cómo son solamente algunos los que aplican con violencia y rigor las órdenes que supuestamente reciben. Porque dar o no el último golpe en muchas ocasiones solo depende de la voluntad de cada agente. Me pregunto si son tan fieles por la mierda de hueso con el que los recompensan o hay algo de sadismo en estas acciones.

Me duele ver que hay ciertas cosas que no cambian. Sobre todo porque sé que esos policías son gente como nosotros: tipos que fueron a las mismas escuelas que nosotros, que vieron los mismos programas de la tele que nosotros, que tienen en sus casas problemas parecidos a los nuestros, y que incluso puede que pertenezcan a nuestras mismas familias. No puedo entender por qué se transforman cuando se ponen el uniforme y esconden su rostro tras la pantalla de policarbonato que les protege. Supongo que se sienten igual de desinhibidos que los que se disfrazan en Carnaval y saben que todo lo que digan o hagan  bajo esa máscara no tendrá consecuencias.

viernes 17 de febrero de 2012

Perdidos (1)

Ya hace mucho tiempo que descubrí que, como administrador de mi blog, podía acceder a un apartado muy interesante donde aparecen las estadísticas de las visitas al blog. Probablemente uno de los más visitados por los blogueros, que es muchas veces la vanidad, y no otro sentimiento más noble, la que nos anima a escribir en internet sin que el sacrificio nos reporte beneficios económicos. Sin embargo, a pesar de ser asiduo visitante de esta sección, tardé bastante tiempo en darme cuenta de que había un apartado aledaño llamado “Palabras clave de búsqueda”. En cuanto lo encontré supe que aquello era un potosí para cualquier aficionado a las desviaciones psíquicas del género humano. En las “Palabras clave de búsqueda” aparecen, de forma casi milagrosa, las palabras que los internautas han introducido en los buscadores para haber terminado allí.

Fue también una cura de humildad. Comprendí que muchos individuos que engordan el número de visitas de un blog llegan a él por casualidad y se van decepcionados.

Voy a aprovechar este post para rescatar viejos posts con la misma técnica que usan las series americanas para hacer de vez en cuando y por la cara un capítulo recopilando, con cualquier excusa, recortes de otros anteriores.

Por ser el primer post que hago sobre este tema me voy a centrar en los tres posts que ocupan el podio de mi blog.

El número 1 corresponde a:

Supongo que las mermadas capacidades hermenéuticas de algunos ciudadanos son las responsables de que aparezcan constantemente búsquedas de esta guisa:
moraleja el traje nuevo del emperador
moraleja del cuento andersen emperador

También los hay que buscan versiones, aunque nunca me dicen si les gusta la mía:
el traje nuevo del emperador versiones distintas
distintas versiones de lo que sucedió a un rey con los pícaros

Y los que me hacen más gracia son los que terminan en mi blog porque no conocen El rincón del vago:
trabajo con el cuento el traje nuevo del emperador

El número 2 del podio está ocupado por los que odian al Real Madrid (no deja de ser irónico que también aquí esté el Real Madrid de número dos):

Las búsquedas más habituales son las que reproducen el prosaísmo del inequívoco título de mi post:
odio al real Madrid
odio el real madrid

Luego están los finos:
detesto al real Madrid

Y los líricos:
poema de odio al real Madrid

Y los reflexivos:
porque se odia al real Madrid

Y los morbosos:
fotos de odio al real madrid fotos

Y los frikis:
el perro que odia el real madrid
camiseta del real madrid para un perro labrador


En el número 3 está este post:

Nunca pensé que mis “cuentos con moraleja” fueran a tener tanto éxito. “El cuento de la inundación” lleva una temporada sin muchas visitas, pero durante mucho tiempo fue uno de los más visitados. Creo que eran hispanoamericanos los que introducían estas palabras clave:
moraleja cuento de la inundación
cuento de la inundación moraleja

Supongo que buscaban algún cuento hispanoamericano con ese título, pero a día de hoy no me ha dado por investigarlo. Me da pereza. Sobre todo sabiendo, como sé, que lo más probable es que todos mis esfuerzos terminen desembocando en mi propio blog.

También ha habido otros que han acudido al reclamo de este cuento buscando cosas como:
cuento hombre helicoptero inundaciones

Y a otros a los que puede que mi post sí les haya servido de ayuda:
una moraleja de inundaciones
cuento dios inundacion cura
cuentos de dios y el hombre con moraleja

Y aquí me planto. Otro día continuaré con este apasionante estudio sociológico.

Os dejo para terminar algunas palabras clave desconcertantes:
"profesores malisimos" van corriendo
hombres penetrando a las chicas
llevo mas de sesenta dias con la cuarentena
juegos de la maria estupida y el felix tan bien
http://comandito-39.blogspot.com (en comandita)
nina desnuda index

En algunos casos ignoro qué era lo que buscaban los seres confusos y desnortados que las introdujeron en un buscador. En otros, no sé por qué misterios de la informática acabaron en mi blog.

En estos últimos tiempos también he tenido algunas visitas muy sospechosas. Es posible que buscaran a alguien con mi mismo apellido, alguien que evidentemente no soy yo. Creo que ha sido una moda pasajera porque en los últimos días no han vuelto a aparecer:
chacon wikipedia
odio a  chacon
la tonta de chacon
chacon en cronicas marcianas
frases de chacón + piratas
estais contentos de no tener a chacon en el ejercito
chacon para follar

lunes 13 de febrero de 2012

Cuando me paro a contemplar mi estado

Hace pocos días cumplí cuarenta años. No me gustó nada. Y eso que llevaba un par de años diciendo que estaba más en la cuarentena que en la treintena para irme haciendo a la idea. Ahora he visto que una cosa es decirlo y otra bien distinta saber que los tienes. Los años pesan y no solo en la báscula.

Cuarenta años es una cifra redonda que te invita a pensar, a hacer balance. Supongo que cada vez que inicias una década la ocasión se presta.

Sorprendentemente me arrepiento de pocas cosas de las que he hecho en mi vida, prácticamente de ninguna. Supongo que esto, dicho así, suena un poco soberbio y sé que los hombres de vida errática que finalmente se arrepienten de sus pecados y piden perdón gozan de las simpatías del público, pero ya no tengo edad para intentar pasar por lo que no soy.

Desde mis dieciocho años hice lo que quise. Puede que incluso desde los dieciséis. Tomé mis propias decisiones y asumí en todo momento las consecuencias. No es una cuestión de autocomplacencia. A veces me equivoqué y otras acerté. Pero hice míos tanto los errores como los aciertos porque siempre medité mucho cada uno de mis pasos. Como nunca improvisé demasiado, puede que algunas veces, con tanta prudencia, restara emoción a mi vida. Fue el precio que tuve que pagar por andar durante muchos años en la cuerda floja. Me pasé tanto tiempo haciendo funambulismo sin red que aún me sorprendo de no haberme desgraciado en ninguna aparatosa caída. Supongo que fue en parte gracias a esa prudencia de la que hablaba antes.

Por esa ética contumaz que padecemos todos los que no tenemos creencias religiosas casi toda mi vida me he sentido obligado a ser íntegro, algo que más o menos creo haber conseguido. Por eso no me arrepiento de nada. Como no sea de cosas muy puntuales e intrascendentes. Quizá no debí decir eso en aquella ocasión. Tal vez debería haber dejado ese trabajo un poco antes. No tuvo sentido esperar tanto aquello. Perdí el tiempo con esa gente que no merecía la pena. Etcétera. Nada grave. Tomé mis propias decisiones y no tengo nada que reprocharme.

Por suerte o por desgracia, cuando era joven me despegué lo suficiente de mi familia para no tener que hacerlos partícipes ni de mis éxitos ni de mis fracasos. Luché por lo que quise y si algo no salió, quizá fue porque desistí antes de tiempo, o porque no me lo merecía, o porque la suerte no me acompañó. No tengo nada que reprocharle a la suerte: ni siempre estuvo de mi parte ni siempre estuvo en mi contra. En todo momento intenté tener claro adónde iba y me esforcé todo lo que pude.

Y sin embargo ahora, cuando se supone que todo debería ser más fácil, es cuando más dudas tengo. Cuando era pequeño nadie me habló nunca de política, pero en aquellos años de la Transición había algo en el ambiente que invitaba al optimismo. Uno podía pensar que con esfuerzo y un poco de suerte cualquier cosa era posible. Lo pasé mal en muchos momentos de mi vida, pero mi trayectoria personal, en líneas generales y dejando aparte las crisis coyunturales,  siempre fue de menos a más. Y eso siempre anima.

Ahora todo está cambiando demasiado rápido. La aguja de la brújula de mi vida, que en otros tiempos tan bien me funcionó, gira de forma alocada. Probablemente ya no encuentra norte al que dirigirse. Nos lo han quitado todo a cambio de una conexión a internet y un smartphone. Es deprimente ver a tantos individuos con un teléfono que les supera en inteligencia. Resulta paradójico que toda esa información que tenemos a nuestro alcance no sirva para nada positivo. Porque toda esa información que fluye por caudalosas corrientes invisibles termina anegándonos. Y ya no sé si este empacho de megabytes nos hace más libres o nos obliga a soportar un peso tan oneroso que finalmente nos frena, nos atonta, nos aturulla.

Por eso, después de toda una vida mirando hacia delante, ahora temo equivocarme al dar mi próximo paso. Porque tengo el presentimiento de que la próxima vez que haga balance (¿con cincuenta? ¿con sesenta?) tendré que arrepentirme por no haber sabido hacia dónde avanzar en estos momentos. O por haberme quedado quieto y no haber ido a ninguna parte.




“¡Me conservo entero!”, se decía el cascote.
                               Rafael Sánchez Ferlosio

lunes 23 de enero de 2012

Monopoly

Jugábamos al Monopoly. Mis primos y yo jugábamos a muchas cosas todavía, pero aquella temporada nos dio por el Monopoly. No recuerdo qué edad tenía yo entonces. Era un adolescente. Los tres éramos adolescentes, de distintas edades, pero adolescentes. Javi, que era el más pequeño, no tendría menos de 12. José Esteban, que era mayor que yo, no pasaría de los 15 o 16.
Habíamos jugado juntos desde que teníamos uso de razón y sabíamos que las reglas de los juegos están para acomodarlas al gusto y capricho de los participantes. Por eso nosotros, como supongo que mucha otra gente, jugábamos al Monopoly con nuestras propias reglas: podíamos comprar propiedades desde la primera vuelta, empezábamos a construir casas y hoteles antes de que se hubieran vendido todas las propiedades, canjeábamos la tarjeta que te permitía salir de la cárcel por el dinero que costaba comprar la libertad… En fin, que, en aquel pequeño mundo que era el tablero del Monopoly, nosotros, sin saberlo, nos convertíamos en taimados legisladores, que es verdad que muchas veces discutíamos para cambiar alguna regla cuando coyunturalmente nos convenía.
No sé cómo empezó lo de los préstamos. Pudo ser que algún día uno de los tres perdiera de forma prematura y nos diera pena dejarlo fuera del juego. También pudo ser porque fuera mi primo José Esteban el que perdiera y no aceptara la derrota. Tenía mal perder y solíamos dejarle que se saliera con la suya para que no se enfadara y no nos pusiera la cabeza como un bombo.
La cuestión es que llegó un momento en el que podíamos pedir dinero prestado a los compañeros y, tras liberalizar el sistema crediticio, incluso a la banca. El dinero del juego no era suficiente para este tipo de transacciones y tuvimos que empezar a fabricar dinero ficticio. No hicimos más billetes sino que empezamos a llevar la contabilidad en hojas que hacían las veces de cuentas bancarias, con sus debes y haberes correspondientes.
No recuerdo si fue antes o después de darle a la banca libertad absoluta para la concesión de préstamos cuando decidimos liberalizar el precio de las propiedades. En las instrucciones ponía claramente que si las hipotecabas, el banco te daría por ellas la mitad de su valor. Aquello dejó de ser así. Decidimos que era mejor poder vendérselas a los otros jugadores por el valor de mercado inicial o por el que ambos jugadores convinieran. Eran decisiones que solo prolongaban tu agonía porque beneficiaban al jugador más rico, pero nos gustaba ver cómo ese jugador iba acumulando cifras impensables en su cuenta bancaria. Porque el resultado de todo aquello era ese: la agonía de los jugadores que iban perdiendo se prolongaba durante horas o incluso días y, mientras, el jugador que iba ganando amasaba una fortuna desmesurada.
Las partidas normalmente duraban una eternidad. Creo recordar que en una ocasión pudimos estar jugando la misma partida quince o veinte días. Después de cada sesión dejábamos registradas en una hoja interminables anotaciones con las posiciones de las fichas, las posesiones de cada uno, nuestros ahorros, nuestras deudas, las gestiones pendientes, que también había favores excepcionales que te hacía la banca o algún compañero a cambio de alguna compensación futura, etc.
A veces discutíamos. Normalmente para volver a cambiar la legislación y que la modificación de alguna regla nos salvara el culo o destrozara a nuestros rivales. Aprendimos entonces, sin saberlo, que el mundo es mucho más sencillo para el que pone las reglas.
Pero llegó un momento en que comprendimos que aquel juego era demencial, que se nos había ido de las manos, que ya no sabíamos cuándo terminaban las partidas ni adónde nos conducían todas aquellas anotaciones interminables y aquellas cifras astronómicas. Ni siquiera podíamos jugar con los otros chicos. Nadie hubiera querido apuntarse a una partida que duraba semanas. Ni teníamos tiempo para hacer otras cosas.
Lo dejamos el día que comprendimos que había dejado de ser un juego divertido.
Después de un tiempo de barbecho, volvimos a jugar. Pero siempre que alguien proponía echar una partida, otro decía: “Vale, pero sin préstamos”.
Creo que seguimos saltándonos algunas normas del juego, pero ninguna que lo complicara demasiado.
Mi incapacidad para comprender la economía mundial a pesar de mis denodados esfuerzos en los últimos tiempos me ha hecho recordar esta historia de mi adolescencia. Algunas veces, viendo en las noticias las para mí incomprensibles subidas y bajadas de la bolsa, he pensado que todo se solucionaría si echáramos el cierre y todos los brokers se fueran a tomar por culo.
Hemos creado un sistema económico monstruoso y perverso que aprisiona con sus horribles tentáculos todo el planeta y que en algún momento puede acabar triturándolo. Matar al monstruo, ese monstruo al que en los últimos tiempos se le están achinando los ojos, se me antoja la única solución posible. Destruir nuestro inextricable y confuso sistema económico de dimensiones planetarias. Simplificarlo. Devolverle unas dimensiones más razonables, no sé si nacionales o regionales o locales. A lo mejor no estoy diciendo nada  más que gilipolleces, pero pienso que el sistema económico de una sociedad debería tener unas dimensiones que permitieran a los ciudadanos que viven en él controlar sus causas y efectos. Sin duda habría que acabar con la posibilidad de los préstamos. No hablo de los personales, sino de los que adquieren las naciones con entes que han creado ellas mismas para que fabriquen dinero que se reparte en forma de deudas. Es posible que todo se solucionara simplificando las transacciones comerciales. Si fuera necesario, incluso volviendo al trueque durante una larga temporada.

viernes 13 de enero de 2012

Esquizofrenias

Viendo la noticia de la profesora de religión que echaron a petición del obispado por casarse con un hombre divorciado y que ahora el Estado tiene que indemnizar después de diez años de pleitos, he pensado: "¿Por qué la tiene que indemnizar el Estado? Que la indemnice el obispado". En ese mismo instante me he dado cuenta de que era lo mismo y he esbozado una sonrisa sardónica.

De nuestro bolsillo sale el dinero que educa a los jóvenes en una religión con unos principios que muchas veces van en contra de nuestras leyes. Al mismo tiempo, en otras materias, los profesores intentamos inculcarles unos valores acordes con nuestra legislación, nuestra constitución y la declaración universal de los derechos humanos. Ser gay es una opción / Ser gay es pecado. Divorciarse es una decisión personal y lícita / Divorciarse es pecado. Abortar es un derecho en ciertas situaciones y la madre puede decidir / Abortar es un vil asesinato. Etcétera.

Y todo sucede en las mismas aulas, en la misma franja horaria, con profesores y profesoras a los que no siempre se les puede diferenciar por el alzacuellos. Supongo que así se incuban muchas esquizofrenias, individuales o colectivas.

jueves 12 de enero de 2012

No me salen las cuentas

Si ya no compro apenas periódicos o revistas…
Porque el tiempo que puedo dedicar a este tipo de lectura me lo absorben la prensa digital, los blogs y el facebook. Sinceramente, en el caso de la prensa me gusta más el papel, pero veo absurdo comprar revistas y periódicos que luego no voy a tener tiempo de leer.
Si ya no compro casi nunca discos…
Comprar discos es una afición de coleccionista más que de melómano. Y yo me estoy quitando, a pesar alguna leve recaída. Entre el Spotify, que me tiene enganchado, y la música que se consigue, legal o ilegalmente, en internet tengo más discos de los que puedo escuchar.
Si compro muchos menos libros que antes…
Porque durante unos años compré más libros de los que podía leer y tengo muchos títulos pendientes, que nunca he comprado libros  para decorar las estanterías. Además estoy empezando a leer algunos libros en formato e-book y supongo que con el tiempo serán muchos más. Por más que prefiera el papel a la frialdad e impersonalidad del e-reader.
Si ya apenas compro películas o series en DVD…
Porque uno no da abasto con la cantidad de películas y series que se consiguen, legal o ilegalmente (en este caso más de las últimas; ¿para cuando un Spotify de películas y series?), en internet.
Si no gasto ni un duro en videojuegos…
Porque, como comprenderéis, con todo lo que leo y con tantas películas y series por ver, me es imposible encontrar tiempo para tan amena distracción.
¿Alguien me puede explicar dónde cojones está todo ese dinero que se supone que me estoy ahorrando gracias a la piratería y a las ventajas de las nuevas tecnologías?
He comprobado mis raquíticas cuentas bancarias, he rebuscado en todos mis cajones, he juntado la calderilla de mis bolsillos y os juro que no lo encuentro por ninguna parte.
El tocomocho, amigos, el tocomocho.

miércoles 28 de diciembre de 2011

Un buen momento

El otro día paseaba por Toledo y me encontré un billete de 200 euros. Falso, claro, de papel cuché. No era ninguna broma de cámara oculta ni yo me tiré a por él creyendo que era de verdad. Cuando me agaché a recogerlo, fue por curiosidad. Quería saber quién había echado mano de un recurso publicitario tan trillado. Quizá lo único original era haber elegido los billetes de 200 euros, tan raros como que te sobre esa cantidad a final de mes.

Me sorprendí al encontrar en el anverso del billete la siguiente leyenda: “Jesús dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee”. No esperaba que fuera una secta cristiana la responsable de la paradójica campaña publicitaria: criticaban el dinero, pero intentaban que sus prédicas llegaran a todo el mundo con unos panfletos que habían podido costear porque a ellos no les faltaba.

En el reverso del billete se podía leer:
¿En qué confías?
Las riquezas ……………… no son seguras (crisis económica)
Los hombres …………….. fallan (ideologías, religiones)
La naturaleza …………….. no la podemos controlar (desastres naturales)
Las familias ……………….. se rompen (divorcios, violencia de género)
¿Qué podemos hacer?
Este billete …………………….. no te puede ayudar (es falso)
Como hombres ………………. te podemos defraudar (perdónanos)
Puedes tirarlo ………………… ¡Tú decides!
También puedes … seguir leyendo … un mensaje de mucho valor
Jesucristo dijo:
Haceos tesoros en el Cielo …………… no se destruyen…………
Creéis en Dios ………….. Creed también en mí………………….
Yo soy el camino……… y la verdad……………… y la vida………
Venid a mí …… todos los que estáis cansados………………….
DIOS TE AMA Y ÉL TE LLAMA       VEN A JESÚS
El mensaje terminaba con unas palabras del evangelio de Juan y un teléfono con prefijo de Cádiz.

Unos metros más adelante, un tipo vino decidido hacia mí y me dio un papel, también cuché, pero de tamaño cuartilla. En una de las caras se podía leer una especie de cómic titulado “La película de mi vida”. Tenía ocho viñetas:
1.Aparece dibujado un bebé en los brazos de su madre. Se lee: “Demasiado pequeño para pensar en Dios”.
2.Un chaval con su monopatín: “Demasiado distraído para pensar en Dios”.
3.Una pareja de jóvenes bailando: “Demasiado divertido para pensar en Dios”.
4.Una pareja casándose: “Demasiado feliz para pensar en Dios”.
5.Un hombre cortando metal con una radial: “Demasiado trabajo para pensar en Dios”.
6.Un hombre con su mujer y sus hijos preparando las maletas para irse de vacaciones: “Demasiado ocupado para pensar en Dios”.
7.Un viejo en una cama de hospital: “Demasiado viejo para pensar en Dios”.
8.Una tumba en un cementerio. Esta vez con letras rojas: “Demasiado tarde para pensar en Dios”.
¿Qué moraleja podemos extraer de tan edificante historia? Supongo que únicamente esta: no está bien divertirse en la niñez, ni salir de marcha en la juventud, ni casarte, ni trabajar, ni formar una familia, ni mucho menos ser viejo porque total, al final te vas a morir y nada de todo eso te va a servir para ir al Cielo. Me preocupó que hubiera gente tan imbécil que pudiera pensar que merecía la pena gastar su tiempo y su dinero en repartir aquellos papelajos. Y lo peor: que pudiera haber oligofrénicos en el mundo que se dejaran convencer con argumentos tan burdos y dañinos.

En la otra cara del papel se podía leer una pequeña historia sin ninguna gracia que terminaba con una invitación a pensar en la existencia del amor de Dios (sic), la paz de Dios, la salvación, el pecado y la eternidad. Luego había unas palabras entrecomilladas del evangelio de Juan y una invitación a leer la Biblia y a que me pusiera en contacto con ellos para que me regalaran “una porción de la Biblia”. Justo al final de esta cara del papel venía el nombre de la secta, presumiblemente evangelista, que estaba detrás de todo este despliegue publicitario. Se trataba de una secta de Madrid. Venían tres teléfonos y todos eran de Madrid. Me sorprendió que no coincidiera ningún teléfono con el que venía en el billete de 200. ¿Era posible que no tuvieran nada que ver con la secta gaditana? ¿Se trataba de una secta con distintas sedes que había decidido venir a Toledo y atacar por todos los flancos? ¿Era casualidad? ¿Todas las sectas de España competían por conquistar Toledo y arrebatárselo al arzobispo de la diócesis toledana?

Vivimos malos tiempos, pero no para todo el mundo. Las oportunidades existen para los que saben verlas. Sin duda es un buen momento para los que venden estufas de exterior a los dueños de los bares, para el mercado de coches de segunda mano, para los propietarios de hospitales y colegios privados, para los empresarios que buscan mano de obra barata, y, cómo no, para los usufructuarios del territorio de las supersticiones y las religiones, ese terreno indeterminado en el que no sería nada fácil separarlas con una linde. Es el momento de los tarotistas, los quirománticos, los sanadores y los videntes. Y, sin ninguna duda, de las sectas, especialmente las fundamentalistas, de la religión que sea. Hay muchas personas desnortadas, con brújulas torcidas, que se creerán las indicaciones del primero al que se encuentren. La gente está dispuesta a creerse cualquier cosa, como que se puede crear empleo solo con sentido común o que nos van a sacar de la crisis los mismos que nos metieron en ella. El mundo está lleno de inocentes.

martes 13 de diciembre de 2011

Escenas memorables: Érase una vez en América

En las más de tres horas y media de la mítica Érase una vez en América de Sergio Leone hay muchas escenas impagables, pero ninguna me impresionó tanto como esa en la que el joven Patsy le lleva un pastel de nata a Peggy, una adolescente con vocación de prostituta, para conseguir sus favores sexuales.

Es una escena que no aporta nada a la trama principal de la película, pero el propio director -que tanto tuvo que pelearse con los productores para defender la desmesurada duración del metraje- tuvo que ser consciente de su importancia, de su profunda significación. Son cuatro minutos soberbios que Leone sabía que no podían quedarse fuera del montaje final. Porque el director italiano que inmortalizó el spaghetti western no solo quiso hacer una película de gángsters con todos sus ingredientes, sino meter dentro todo lo que para él significaba la América del siglo XX. La necesidad y la precariedad, moral y económica, de las primeras décadas del siglo sin duda le parecían un tema fundamental.

La escena está protagonizada por Patsy (Brian Bloom), uno de los muchachos que hacen de comparsa de Noodles, el protagonista (Scott Tiler en el papel de adolescente y Robert de Niro en el de adulto). La secuencia empieza cuando Patsy va a comprar un pastel de nata de cinco centavos, que, como bien le explica a su amigo pastelero, es el precio estipulado para follar con Peggy, que por uno de dos no pasa de la paja.

Con el pastel bien envuelto se acerca hasta el piso de la muchacha y llama a la puerta. Sale a abrir la madre de la chica y le dice que espere, que Peggy se está bañando. Patsy, que alcanza a verla medio desnuda metida en un barreño, se queda esperando en las escaleras.

Sergio Leone debió de medir muy bien el tiempo de esta escena. Patsy se queda solo y no dice ni una palabra. El espectador tiene que entender todo el proceso mental del protagonista observando sus gestos y sus acciones. Me atrevería a comparar esta escena con aquella otra mítica de Chaplin en la que se comía una bota.

Patsy, que no sabe qué hacer mientras espera, observa que hay algo de nata en los bordes del papel del envoltorio. Casi como si se estuviera esforzando por dejar el regalo más presentable coge con los dedos esos restos de nata y se los lleva a la boca. Después de meditarlo unos instantes se decide a abrir el paquete y coge la guinda, pero se arrepiente y la vuelve a poner en su sitio. Se conforma entonces con rebañar la nata que se ha quedado adherida al envoltorio. Cuando termina de hacerlo, está decidido a dejarlo ahí y hacer como si no hubiera pasado nada. No puede. Al final se come la guinda. A renglón seguido hace un amago de querer envolver de nuevo el pastel, pero termina comprendiendo que ha quedado totalmente deslucido sin la guinda. Ha llegado a un punto de no retorno y ya no tiene sentido seguir engañándose. Es entonces cuando se abalanza literalmente sobre el pastel y empieza a devorarlo con ansiedad.

Cuando todavía tiene los dedos manchados de pastel y la boca ribeteada de blanco, se abre la puerta y sale Peggy cargada con un cesto de ropa. Patsy se apresura a esconder el papel del envoltorio. A lo que no le da tiempo es a preparar una buena justificación para explicar por qué la estaba esperando. Ella le pregunta qué quiere y él le dice que no quiere nada, que había ido a decirle algo de parte de los chicos, algo que no es capaz de decir qué es y que decide que ya le dirá en otro momento. Después de una explicación tan cantinflera, Peggy, que es puro genio, no le da más importancia y se aleja de allí meneando la cabeza, como dejándolo por imposible.

Para mí esta escena, aparte de tener una calidad cinematográfica incuestionable, me sugiere dos lecturas posibles, complementarias. Por una parte, se puede hacer una interpretación muy literal: a veces el placer de comer puede superar al deseo sexual, sobre todo si acucia la necesidad. La segunda interpretación que se me antoja me parece mucho más profunda: algunas veces actuamos como movidos por resortes que no controlamos, por ideas que nos meten en la cabeza, por convenciones que aceptamos sin cuestionar, por instinto, por deseos irracionales. Probablemente eso nos impide en muchas ocasiones diferenciar lo principal de lo accesorio, lo necesario de lo prescindible.

Llegan tiempos duros en los que habrá que saber elegir qué es lo que queremos, por qué merece la pena hipotecarse, por qué merece la pena trabajar como un mulo. Es el momento de cuestionarnos si realmente queremos todas esas cosas que creemos querer.

Nos va a hacer falta el acierto que, desde mi punto de vista, tiene Patsy al elegir. Veo a mucha gente confusa, gente que no sabe diferenciar lo necesario de lo contingente, gente que se ofende si le dices que parte de sus problemas los tienen por haber intentado vivir por encima de sus posibilidades, que considera que haber comprado un piso de 300.000 euros, dos coches de 18.000, una Kawasaki 500 y una Playstation 3 era algo razonable que entraba dentro de las aspiraciones de un currante. Y, por supuesto, unas vacaciones caras en el extranjero. Y un montón de copas cada fin de semana en garitos caros, de los que tienen pestillo en el servicio para poder consumir a gusto el imprescindible gramo de coca que guarda en la cartera.

Pero ahora todo se ha acabado. Para algunos, los que ya no tienen ni los cinco centavos que vale el pastel, definitivamente. Otros tendrán que elegir cómo sacarle partido a esos cinco centavos, a la calderilla que suena en el fondo del bolsillo.

A lo mejor no es tan difícil elegir. A lo mejor para acertar en la elección solo necesitamos, como Patsy, un poco de tiempo. El problema es que el mundo va demasiado deprisa y así es imposible  pensar.