viernes, 19 de agosto de 2016

Marco Polo

Nada me sabe igual cuando estás a mi lado
Todo sabe mejor, diferente y exótico
como extrañas especias de algún país lejano

Me refiero, por poner un ejemplo
a tomar unas tapas contigo en un bar asturiano
O a comprar un helado en Palazzo, en mitad de Madrid
y bajar paseando al Retiro cuando llega el buen tiempo
O a las veces que la publicidad nos ha llevado al cine
para ver algún bodrio
O a los besos que saben a whisky y tabaco

Todo duele mucho menos si tú estás a mi lado
No me afectan, por ejemplo, las masacres del telediario
Ni los números rojos en la cuenta corriente
Ni el cáncer que seguro incubo en mis entrañas
Ni una invasión de zombis o marcianos
Ni el imprevisto anuncio del fin de nuestros días
en un juicio final que tú y yo perderemos

Puede ser egoísta, pero si estoy contigo
todo importa un carajo

El tiempo que perdimos, que no estuvimos juntos
fue un tiempo cariado, de brújulas torcidas
Todo me era ajeno y nadie me veía ni yo veía a nadie
Era todo muy raro, desabrido, lejano
Y el paso de las horas era amargo
como una medicina de la niñez perdida
El sabor a podrido de leche fermentada
persiste en mi memoria
Como si me asfixiara el tufo
de un cadáver comido por gusanos
Aún recuerdo el asco



miércoles, 3 de agosto de 2016

Omega

Todavía recuerdo el momento en el que supe de la existencia de Omega. Fue en Pacífico, muy cerca del Puente de Vallecas, el barrio de Madrid en el que vivía entonces. Me topé con el cartel que anunciaba el lanzamiento del disco en unas vallas donde habitualmente pegaban carteles de conciertos. Me acuerdo aún de la extrañeza que me produjo. En el cartel aparecía la portada del disco y era algo así como un cartel de circo. Sin imágenes. Todo letras con distintas tipografías y tamaños. En grande y con letras negras: MORENTE & LAGARTIJA NICK. A continuación, en rojo, con letras también grandes: OMEGA. Después un reguero de nombres de músicos flamencos de los que me sonaban tres o cuatro: Vicente Amigo, Cañizares, M.A. Cortés, Montoyita, El  Paquete, J.A. Salazar, Isidro Muñoz y Tomatito. Y al final esta leyenda: Cantando a FEDERICO GARCÍA LORCA Y LEONARD COHEN.

Me quedé totalmente desconcertado. Sobre todo por encontrar en aquel elenco de actores el nombre de Morente junto al de Lagartija Nick, uno de mis grupos favoritos en aquellos tiempos (lo sigue siendo). ¿Qué hacía Lagartija Nick con un cantaor flamenco? Lo de Lorca lo podía entender por aquello de que fueran, como él, de Granada, pero también me descolocaba la aparición del nombre de Leonard Cohen (conocía ya entonces “Take this waltz”, la versión que hizo del vals lorquiano, pero no caí en aquel momento). ¿Lagartija Nick? ¿Enrique Morente? No me entraba en la cabeza.

No fui corriendo a comprar el disco porque mi economía de entonces era muy precaria, mucho, con números tan rojos como el título del álbum, pero pronto supe –supongo que por alguna revista especializada– que en ese disco Morente y Lagartija Nick habían puesto música al Poeta en Nueva York de Lorca y a algunos temas de Leonard Cohen, que siempre ha estado fascinado por la obra del poeta granadino. Pocos meses después empecé a trabajar en la Fnac, mi economía mejoró un poco y en algún momento decidí comprar el disco. No recuerdo haberlo tenido grabado antes de tener el original.

No es mi intención dármelas de nada, pero la verdad es que a mí el disco no me pareció tan extraño como a muchos melómanos de entonces. Quizá porque fui consciente desde el primer momento de los ingredientes que se daban cita en aquella grabación. Para empezar, el Poeta en Nueva York, un libro surrealista, angustioso y oscuro que escribió Lorca en uno de los peores momentos de su vida. Por eso el primer tema, “Omega”, una especie de réquiem de más de diez minutos, me pareció increíble en una primera escucha, y sublime a la tercera o la cuarta. Igual me parecieron el resto de temas donde se fusionaban la intensidad ruidosa de los Lagartija Nick con la voz dolorida y dramática de Morente: “Manhattan”, “Niña ahogada en el pozo”, “Vuelta de paseo”, “Ciudad sin sueño”… Al revés que a los puristas flamencos, a mí las canciones que me parecieron más fuera de lugar fueron aquellas en las que no estaban los Lagartija Nick: “El pastor bobo”, “La aurora de Nueva York”, “Sacerdotes”… Con el tiempo aprendí a valorar el álbum como un conjunto heterogéneo en el que la sabia mano de Enrique Morente había sabido combinar el potencial creativo de todos aquellos músicos increíbles.

Creo que para mí no supuso un choque tan fuerte como para otros de mi generación porque –aunque yo entonces andaba muy fascinado por toda la música indie, el rock alternativo, el grunge y el noise– también escuchaba algo de flamenco, sobre todo Camarón, al que había llegado después de varios años enganchado al flamenco pop de Kiko Veneno, Pata Negra, Ray Heredia o Ketama. Es curioso que, sin embargo, el rock flamenco de Triana o Medina Azahara siempre me dejó indiferente. Conocer a Camarón y a los nuevos flamencos, como decía, me sirvió para acercarme al disco sin prejuicios. Lo vi claro desde el principio: Omega venía a ser una continuación de La leyenda del tiempo de Camarón. En ese disco, y con esa canción, Camarón ya se había atrevido a cantar un poema surrealista de Lorca con instrumentos propios del rock.

Después de veinte años, y no pocas polémicas, Omega se ha convertido en un clásico del rock y del flamenco –más de este último, les pese a los puristas que le pese– y en octubre aparecerá un documental sobre la gestación del disco, que ya se ha contado en libro: Omega, de Bruno Galindo (Ed. Lengua de Trapo).

La grabación del disco fue una odisea, un proceso largo en el que se descartaron muchas demos. Se sabe que existen varios temas que se grabaron y no entraron en el álbum, y algunas versiones diferentes de los temas que sí se incluyeron. Me parece sorprendente que aún no se haya hecho una edición especial con todo ese material inédito. Sería este un buen momento para que todos esos descartes vieran la luz.


jueves, 28 de julio de 2016

That's all Folks!

Calculo que más o menos han sido cinco años. Eso es lo que nos ha durado nuestro interés obsesivo y desmedido por la política. No está mal. No es una marca despreciable. Las modas suelen durar menos.

Tuvo que ser a principios de 2011 cuando a todos nos dio por ahí, o un poco antes, que fue a finales de 2010 cuando se publicó Indignaos, de Stéphane Hessel, y encontramos el adjetivo que definía nuestro estado de ánimo de entonces. Los indignados de España salimos a tomar las calles, las avenidas y las plazas, y todo aquello desembocó en el ilusionante 15-M. Aunque yo no acampé en Sol, reconozco que me emocioné cuando estuve allí. De una forma o de otra –ocupando plazas, rodeando el Congreso, invadiendo calles, impidiendo desahucios, llenando las redes sociales de indignados mensajes políticos…– hemos pasado cuatro o cinco años bastante moviditos. Pero ya se acabó. Yo diría que justo después de las elecciones del 20-D. Se notó mucho en las redes sociales. El flujo de mensajes de contenido político descendió de forma considerable. Nadie habla de esto, pero seguro que ha sido uno de los factores que han hecho que la izquierda haya perdido tantos votos en las segundas elecciones. Y de las calles, avenidas y plazas mejor ni hablamos. Hace tiempo que nos cansamos de patearlas y ocuparlas. Hubo momentos en que era tremendamente agotador. Y confuso. Era todo tan confuso que tuvieron que organizar las mareas por colores para que nos aclaráramos.

¿Y qué nos ha quedado de todo aquello? Vivencias. Emociones. Recuerdos. Yo estuve allí. Cierta tranquilidad de conciencia por haberlo intentado. Poemas. Canciones. Puede que haya alguna novela buena, aunque aún no ha llegado a mis manos. También cambiamos el bipartidismo por un rompecabezas de partidos y colores imposible de resolver. Y es que la realidad de la política española actual, a pesar del cambio indiscutible, tiene más de resaca que de borrachera, y que te dé un bajón en la resaca entra dentro de lo normal.

La política sigue presente en las redes sociales, claro, pero de forma más comedida, displicente, desganada. Algunos no hablan de otra cosa, pero ya eran así antes del 15-M. Otros, de vez en cuando, seguimos haciendo algún comentario. Por inercia y sin ninguna ilusión. Entre otras cosas porque con los comentarios políticos se cosechan muchos menos me gusta que en otros tiempos. Y eso desanima, claro. Y que todo es lo mismo y uno ya está como de vuelta de escuchar las mismas noticias: las corruptelas del PP, los desatinos de Podemos, las noticias de Venezuela, las incoherencias de Ciudadanos, las bravuconadas de los independentistas… Todo se repite y nada se resuelve en un bucle infinito.

Por no hablar de la política internacional. Ahí estamos perdidos. Sobre todo los progres. Porque la derecha siempre simplifica y tiene las cosas más claras: no a la inmigración, no a los refugiados, no al islam, no, no y no. Gente práctica que no se complica, que lo de tener razón está sobrevalorado. Los progres, sin embargo, estamos aturdidos y desconcertados. En la guerra de Siria no sabemos qué bando es peor (bendita guerra de Irak, en la que estaba clarísimo quiénes eran los malos). Y pensamos que no habría que estar en esa guerra porque somos pacifistas, pero también entendemos que Francia se defienda de alguna manera de los ataques terroristas, cada vez más numerosos, cada vez más inquietantes, cada vez más difíciles de entender. Los refugiados nos preocupan y nos ofende que digan que son todos yihadistas, pero no podemos negar que algunos lo sean. Con los católicos fundamentalistas teníamos clara nuestra postura, pero no es tan fácil con el islam. Porque dices algo contra ellos y alguien acaba alineándote en las filas de Marine Le Pen, y eso nunca. Por eso puede que a veces pequemos de ingenuidad y de buenismo. Y de lo de Turquía ni hablamos. No podemos decir nada de un país que ni conocemos ni entendemos. Creo que en los próximos meses nos meteremos con Donald Trump, que es una de las pocas cosas en la que todos lo tenemos claro.

Pensando en todo esto, el otro día me acordé de este poema de Nicanor Parra:

NO CREO EN LA VÍA PACÍFICA
no creo en la vía violenta
me gustaría creer
en algo –pero no creo
creer es creer en Dios
lo único que yo hago
es encogerme de hombros
perdónenme la franqueza
no creo ni en la Vía Láctea.

Un poco así creo que nos sentimos muchos. Sin saber qué pensar de lo que pasa fuera y sintiendo que lo que pasa dentro no tiene solución, que cada sociedad tiene el gobierno que se merece y que esto es lo que nos merecemos nosotros.

El caso es que toda esta fiebre colectiva por la política se acabó. Y no porque yo lo diga. Es un hecho. La política vuelve a ocupar su espacio de siempre y la vida sigue su curso. Y puede que eso, al fin y al cabo, no sea tan malo. La vida es lo que sucede mientras perdemos el tiempo hablando de política. O mientras estás leyendo este post, que finalmente, reconócelo, no te ha servido para nada.

That’s all Folks!


jueves, 30 de junio de 2016

Capitulación

Uno nota la edad
en que empieza a elegir
el camino más corto
el que no tiene cuestas
en que da la razón
para no discutir
en que cede enseguida
en que ya apenas sueña
en que paga facturas
y letras sin quejarse
en que ya tiene claro
que es menos doloroso
hincarse de rodillas
que volver a luchar


lunes, 27 de junio de 2016

Semántica

Tras las elecciones de ayer no son pocos los españoles de izquierdas que se han echado las manos a la cabeza sin poder entender por qué ha ganado el PP las elecciones, y además aumentando ostensiblemente su número de escaños. Después de hacer algunos análisis someros y poco meditados, han llegado básicamente a dos conclusiones: o ha habido pucherazo o España está llena de gilipollas. Obviamente, desde el bando vencedor están convencidos de que se ha impuesto la cordura y el sentido común, y que los otros, los rojos, son poco menos que unos bastardos que quieren arruinar España; al menos lo que ellos entienden por España.

Y ahí puede que esté la clave. En el hecho de que una misma palabra, como España, puede tener diferentes significados connotativos para cada persona. Está clarísimo que las siglas PP no significan lo mismo para todos los españoles. Para algunas personas, normalmente de izquierdas, PP significa corrupción, represión, censura, prevaricación, manipulación mediática, recortes, desahucios, fanatismo religioso, patrioterismo, mangoneo, tráfico de influencias, facherío... Es lógico pensar que no debe de ser eso lo que entienden los millones de personas que han vuelto a votarles. Haciendo un gran esfuerzo para meterme dentro de sus cabezas, me atrevería a decir que lo que ellos entienden es algo así como patria, orden, efectividad, sensatez, recuperación económica, escuela concertada, toros, catolicismo, procesiones, familia, fuera independentistas, fuera inmigrantes…

Supongo que a los de izquierdas los árboles no les dejan ver el bosque y son incapaces de captar en esas siglas el valor de todos esos significados que emocionan a sus adversarios. La gente de derechas, por su parte, seguro que ve algunos de los defectos de su partido –como la corrupción, la manipulación o el tráfico de influencias–, pero es fácil que lo entiendan como un peaje que hay que pagar para conseguir todo lo que a ellos de verdad les importa. Y en todo caso, qué leches, si alguien va a robar, mejor que sean los suyos.

No va a ser fácil entendernos los próximos cuatro años. Las palabras son la principal herramienta de la comunicación, pero son ineficaces cuando significan cosas distintas para los interlocutores. Y vamos a tener que hablar. Eso seguro.

martes, 21 de junio de 2016

Distopía

Anoche tuve un sueño: la izquierda ganaba las elecciones. Pero no la izquierda de puño en alto, barricadas, revoluciones y banderas rojas con hoces y martillos. No, ganaba la izquierda light y descafeinada de hoy, la izquierda buenrollista, moralista, pacifista, ecologista, animalista, laicista y socialdemocratista. La izquierda a la que voto y en la que creo. Y no era una victoria por la mínima, no, ni tampoco por mayoría absoluta. Era una victoria sin concesiones, aplastante, por voto unánime. El día de las elecciones era poco menos que un milagro: todo el mundo, de pronto, entendía que el voto de izquierdas era el único camino para salvar a la humanidad y todas las personas censadas acudían en masa a votar, sin disensiones, sin abstenciones, sin votos en blanco ni votos nulos.

Empezaba entonces una nueva era. Se acababan las guerras. Desaparecía el hambre en el mundo. Todas las personas tenían una vivienda acogedora, un utilitario con la ITV pasada y una renta básica garantizada o un trabajo digno. Y la sanidad y la educación eran solo públicas, pero no porque alguien hubiera prohibido lo privado, sino porque nadie quería ir a escuelas concertadas o a hospitales privados y tenían que cerrar. Y el Estado, por fin, se volvía laico. Dios dejaba de meter las narices en todas partes y las personas religiosas mantenían sus creencias en el ámbito personal y eran tolerantes con los que no pensaban como ellos. El papa dimitía, renunciaba, abdicaba o le que sea que hacen los papas cuando dejan su puesto, y nadie le sucedía. El poder civil se desligaba para siempre de los preceptos religiosos. Las constituciones se limitaban a copiar la Declaración de los Derechos Humanos y desaparecían las discriminaciones por sexo, raza, religión, nivel económico o color del pelo. Y ya no había corrupción ni Troika ni FMI ni dictaduras encubiertas ni poderes oscuros en las cloacas del sistema financiero. Y había libertad de expresión sin cortapisas. Y desaparecían los neonazis, los etarras, los yihadistas y, en general, cualquier tipo de individuo violento que alguien pudiera calificar de terrorista. Y las mujeres por fin eran tratadas como los hombres, sin paternalismo ni condescendencia. Y lo mismo pasaba con los gays o los transexuales. Y la decisión de parir un hijo era solo de las madres. Y dejábamos de maltratar animales en los circos, en las fiestas populares y en las plazas de toros. Y el deporte ser volvía algo limpio, sin trampas ni absurdas rivalidades por camisetas o patrias. Y no había refugiados porque no había fronteras. Ningún ser humano era ilegal en ninguna parte del mundo. Y desaparecían las banderas y los himnos excluyentes. Por fin llegaba la alianza de civilizaciones y la armonía universal. Un arcoíris inmenso festoneaba todo el planeta mientras todos los seres humanos se unían en una cadena de amor y solidaridad que daba la vuelta al mundo.

Y ese era el principio de todos nuestros problemas.

Desde ese día apenas teníamos de qué hablar. Sin nada que criticar o defender no sabíamos bien cómo entretenernos en nuestro tiempo de ocio. No había políticos corruptos a los que llamar hijos de puta ni políticos incapaces de los que reírnos. Ni siquiera el fútbol nos emocionaba. Todo el mundo quería que ganara el mejor y sentía pena por el equipo perdedor. Los guionistas de la televisión no sabían dónde encontrar basura con la que rellenar sus programas. Se acababa Callejeros y Comando actualidad y Sálvame Deluxe. Los periódicos, una crónica insulsa de buenas acciones, perdían todo su interés. Y los escritores y los cineastas no hallaban ningún conflicto personal o humano que pudiera inspirarles. Los cantautores y los raperos dejaban de cantar por no saber de qué quejarse. Y los cantantes de reggaeton se quedaban mudos después de ir al colegio y empezar a pensar como personas normales.

Puede que en ese mundo maravilloso fuera yo el único que se sintiera un poco mal. Me sentía vacío, incapaz de escribir unas líneas, como Norther Winslow, aquel poeta de Big Fish que se quedaba sin inspiración cuando llegaba a Espectro, el pueblo perdido en el que todos eran felices. El mundo era como ese cielo cristiano, edulcorado y bucólico que siempre nos ha parecido un aburrimiento, aparte de un camelo. Y yo me sentía desubicado, desconcertado, angustiado, aunque incapaz de escribir lo que pensaba porque sabía que nadie me entendería.

En ese momento, como siempre pasa en las pesadillas y en los relatos malos, me desperté. Y sentí un gran alivio al comprobar que el mundo no había cambiado, que seguía lleno de capullos, malvados, abusones, corruptos, hijos de puta, meapilas, imbéciles, egoístas y canallas, de derechas y de izquierdas, ateos y creyentes, demócratas y fascistas. El mundo, en definitiva, seguía siendo un lugar habitable. Y era tranquilizador y reconfortante comprobar que a los que votamos a la izquierda light y descafeinada de ahora nunca se nos iban a acabar los enemigos con los que continuar nuestra lucha.

miércoles, 1 de junio de 2016

'Segundas personas' en la Feria del Libro de Madrid

Este sábado, día 4 de junio, estaré firmando ejemplares de Segundas personas en la Feria del Libro de Madrid. Entre unas cosas y otras, esto es un no parar. Ni tiempo tengo para echar unas líneas por aquí. A ver si puede ser pronto.

De momento, si queréis verme y saludarme y todo eso, os espero este sábado en el Retiro, en la caseta de Lengua de Trapo (nº 178), de las 12.00 a las 14.30 horas. Me toca turno de mañana.


miércoles, 25 de mayo de 2016

Kick me

Me han echado ya de tantos sitios a patadas
–Una vez, dos veces, cientos, miles... he perdido la cuenta–
Que ya no sé dónde sentar mi culo pateado

Tantas veces me han echado que ya no quiero entrar en ningún sitio
Mala suerte sería que algún imbécil se empeñara en empujarme y meterme a la
        fuerza

martes, 17 de mayo de 2016

'Segundas personas' en la librería Taiga de Toledo


Esta semana llega a las librerías Segundas personas (Premio Bubok 2016) y para celebrarlo nos vamos a reunir este jueves en la librería Taiga. Me acompañará Fernando Varela, el editor de Lengua de Trapo.

Leeremos, charlaremos, tomaremos algo... Ya sabéis, un encuentro literario entre amigos. Me gustaría que todos los que habéis leído el libro participarais en la charla opinando y compartiendo vuestras impresiones. Por mi parte, tengo pensado desvelar secretos y curiosidades sobre la creación de algunos de los relatos y responder a las preguntas que me hagáis.

Os espero el jueves.

Librería Taiga. Calle de Gregorio Ramírez, 2, Toledo.
Jueves, 19 de mayo.
19.30 horas.