domingo, 4 de diciembre de 2016

Diálogo de besugos

Y fue entonces cuando la política se volvió un diálogo de besugos. A escala planetaria. Todo era siempre así en aquellos días. Desde la Gran Recesión nada era local, ni siquiera el terrorismo, que los yihadistas habían extendido por todo el planeta como si se tratara de una franquicia del mal. Antes de aquel colapso bursátil, el mundo era como una bomba con la mecha puesta en las entidades financieras de Estados Unidos. La burbuja inmobiliaria explotó, los recortes no tardaron en llegar y la gente ocupó las calles de medio mundo. Y en todas partes pasaba lo mismo: se culpaba a los políticos locales, que en el mejor de los casos no pasaban de esbirros o lacayos del sistema. Puede que ahí empezaran a darse cuenta los políticos de la grave miopía que padecían los ciudadanos. Las deficiencias de la ciudadanía siempre han servido de orientación a los jefes de prensa de los políticos. Y saltaba a la vista que aparte de la miopía, la ciudadanía padecía una grave sordera y, aun en los casos en los que se enteraba de algo, tenía dificultades para comprender bien los mensajes. Todo eso, sin duda, fue lo que animó a unos y a otros a establecer un diálogo inconexo y absurdo, inútil pero entretenido, que es lo que se pretende en el mundo del show business. Los ciudadanos, ya convertidos en meros espectadores, valoraron mucho aquel galimatías disparatado y ridículo que servía de guion a los telediarios.

Así, mientras unos hablaban de derechos humanos, de justicia social, de rescate ciudadano y de otras utopías, los otros empezaron a hablar de banderas, de patrias y naciones, de fronteras y purgas selectivas. El público jaleaba a unos y a otros dependiendo de cómo le fuera en la feria o de qué ecos o retazos de frases le llegaran a través de los medios de comunicación, que contribuían al caos saturando a los espectadores con un caudal informativo imposible de asimilar. Unos proponían patear el culo a las grandes fortunas y a las poderosas multinacionales. Otros hablaban de poner muros enormes en sus naciones para joder vivos a los que se quedaran fuera. Pero ni unos ni otros sabían cómo se le ponía el cascabel al gato ni puñetera falta que les hacía. Unos y otros llamaban a sus rivales populistas sin que nadie tuviera muy claro lo que significaba. Lo importante era ganar aquel debate de besugos, y en los debates lo importante no es tener la razón, sino parecer que la tienes. Y más si se trata de un debate de besugos, en el que lo de menos es el peso de los argumentos. En los diálogos de besugos lo importante es hacer disfrutar a los espectadores. Y eso, normalmente, lo consigue el más idiota de los interlocutores. Así que no os será difícil imaginar cómo terminó todo aquello.

domingo, 30 de octubre de 2016

Ego sum

Acaso no soy quien pensáis
Ni quien veis ni quien queréis ni quien esperáis
Ni el que dice que no es quien es
Acaso no soy más que el reptil que continuamente cambia de piel y se renueva
        /por fuera, pero no por dentro
O soy, por el contrario, un dios que se ha encarnado en ser humano (por esos
        /caprichos tontos de la mitología)
O soy tu hermano o tu asesino o soy lo que me digas o justo lo contrario
Lo mismo no soy más que un montón de células y de átomos
O un colador de ideas que caen en ningún sitio
Acaso no soy nada
O soy el absoluto
Lo más sublime o lo más abyecto
De cualquier forma, no creo ser peor que tú


lunes, 24 de octubre de 2016

Dos relatos de 'Segundas personas'

En mi web podéis descargaros dos de los doce relatos que integran Segundas personas:



El libro está publicado en la colección Nueva Biblioteca de la editorial Lengua de Trapo y podéis conseguirlo en vuestras librerías favoritas.





jueves, 13 de octubre de 2016

'Segundas personas' en la Casa del Libro de Madrid

Mañana estaré en el Club de Lectura de la Casa del Libro de Madrid para hablar de Segundas personas. Me acompañará Fernando Varela, el editor de Lengua de Trapo.

Intentaré responder a todas las preguntas que me planteen los lectores y contaré algunas curiosidades sobre la gestación, larga y compleja, del libro.

Espero que os animéis a venir.

14 de octubre, viernes
19 horas
En la Casa del Libro de la calle Maestro Victoria, nº 3
Metro Sol
Madrid






martes, 20 de septiembre de 2016

El nombre exacto

Para poder evitar desde el principio
los malos entendidos y las dobles lecturas

para dar forma al humo de mis sesos

para saber contar que el mundo está en peligro
        y que su mecanismo se pudre sin remedio
        desde que el hombre es hombre y vive en su corteza

para reconocer a quien me quiere mal
al que me va a hacer daño

para diferenciar al hijoputa del tonto o el tarado

para saber definir la condición de algo
saber si huele mal, si sabe raro
si no se entiende o está áspero

para poder explicarle a Dios que los sustantivos
siempre deberían referirse a algo

inteligencia, dame de las cosas
el nombre exacto



jueves, 15 de septiembre de 2016

El miedo

Aquella tarde, como cada día, llegué a la iglesia media hora antes de la misa. Me sorprendió que la puerta estuviera aún cerrada. El cura solía venir siempre a esa hora. Llegábamos un poco antes porque había que comprobar que todo estuviera a punto. El cura se encargaba del altar y yo cambiaba las lamparitas de cera que encendían los devotos a cambio de unas pesetas. Así, mientras yo deambulaba por la iglesia con la caja de las velas, él se afanaba en comprobar que las vinajeras tuvieran agua y vino, que el cáliz se encontrara en el sagrario provisto de las hostias necesarias y que el nuevo testamento estuviera a punto para la lectura del día. Luego entrábamos en la sacristía y se ataviaba con la vestimenta litúrgica, que estaba compuesta de varias prendas de las que nunca llegué a aprender el nombre, y que cambiaban de color –blanco, verde, morado, rojo…- en algunas fechas señaladas del calendario eclesiástico.

Las misas de entresemana no las celebrábamos en la iglesia principal, sino en la ermita del Santo Cristo de Santa Ana, el patrón de mi pueblo. Está en una plazoleta en la que poco podía hacer para entretenerme, así que me senté a esperar. Cuando empecé a preocuparme por la tardanza del cura, apareció su padre. A veces era él quien venía a abrir y no me extrañó demasiado. Probablemente algún contratiempo tenía entretenido al cura en alguna parte.

Entré en la iglesia detrás del padre del cura y, como con él no tenía confianza y era tímido con los desconocidos, me senté a esperar en uno de los bancos laterales que estaban junto al altar.

La tarde iba llegando a su fin y solo una luz apagada que entraba por las ventanas iluminaba de forma tenue el templo. Me llamó la atención que el hombre -que primero entró en la sacristía y luego subió al campanario para regresar de nuevo a la sacristía- no encendiera las luces. No sé si en aquel rato estuve observándolo o me puse a rezar algo para entretenerme, que en aquel momento, pocos meses después de haber hecho la comunión, mi devoción era profunda y sincera. Sí recuerdo el momento en que lo vi salir de la sacristía y dirigirse con paso decidido hacia la puerta principal. Las palabras no encontraron el camino o fue mi timidez la que me ahogó el grito que pudiera alertarle de mi presencia. Todo fue muy rápido. Alcanzó la puerta del vestíbulo y un instante más tardé escuché el portazo inequívoco que vino a certificar que la puerta de la calle se había cerrado. Y allí me quedé, convertido en estatua de sal, al fondo de una de las naves laterales, sentado en un banco entre las tinieblas.

Debía de ser otoño. Los días cada vez eran más cortos. La luz cenital que entraba a través de las vidrieras apenas iluminaba las formas y los objetos. Sin apenas atreverme a respirar por miedo a despertar a las sombras, valoré incrédulo la situación en la que me encontraba. La ermita del Cristo de Santa Ana está llena de tallas de santos, cristos y vírgenes que desfilan en procesión en cada Semana Santa con el castizo nombre de “procesión de los santos en rilera”. Y solo pude pensar en aquella historia terrorífica que me habían contado en infinidad de ocasiones. Los “santos en rilera” por las noches se bajaban de sus poyetes y peanas y recorrían el templo en una siniestra procesión que se prolongaba hasta el amanecer. Así lo atestiguaban las mujeres de la limpieza que los habían encontrado de aquella manera algunas mañanas que habían llegado demasiado pronto al tajo.

No sé cuánto tiempo pude aguantar quieto y silente en aquel banco. Empecé a escuchar pasos, golpes lejanos, como de objetos que caían al suelo, y además voces, voces susurrantes que articulaban palabras incomprensibles. Llegó un momento en el que el miedo dejó de atenazarme y se convirtió en resorte, en estímulo. Eché a correr y mis pasos resonaron en las baldosas con mil ecos que a mí se me antojaron los pasos de todas aquellas figuras que un momento antes me escrutaban desde sus nichos.

Alcancé la puerta de salida con la sensación de que manos vaporosas intentaban atraparme y voces sibilantes me hablaban al oído. Pero aún me quedaba por superar la prueba más espeluznante. Me sumergí a ciegas en el vestíbulo, un cubículo de paredes de madera donde reinaba la más absoluta oscuridad. Una angustia como nunca había sentido antes se apoderó de mí. Me abalancé hacia donde pensé que estaba la salida y empecé a tentalear la enorme puerta en busca de algún mecanismo que me permitiera abrirla. Rogué a Dios con todas mis fuerzas que solo hubiera que quitar un pestillo y que al padre del cura no se le hubiera ocurrido echar la llave.

Me creeréis si os digo que fui el ser más dichoso del mundo cuando encontré el tirador que accionaba el pestillo y se abrió la puerta. Y aunque nada ni nadie me perseguía, y ya no había manos vaporosas ni voces susurrantes, sentí un gran alivio al poner el pie en la plazoleta y cerrar la puerta tras de mí.

No os aburriré demorándome en el desenlace de la historia. Al cura no le había pasado nada. Ni siquiera se había retrasado. Es solo que yo me equivoqué al mirar la hora y había llegado una hora antes. Me di cuenta cuando iba camino de la casa del cura para preguntar por qué no había misa aquel día. Así que no le comenté nada del incidente -más que nada porque me daba un poco de vergüenza- y volví a la iglesia a la hora correcta para ayudar en misa como cada día.

Fui un agnóstico precoz. Me recuerdo con once o doce años muy nervioso el día que decidí contarle a mi mejor amigo de entonces, que era muy devoto, que todo aquello del viejo barbado con el triángulo, el hijo crucificado y la paloma me parecía un absoluto disparate. Creo que también fui yo el que unos años antes le había dicho que lo de los Reyes Magos era pura filfa, que uno ha sido siempre un poco aguafiestas.

Cuestionarme la divinidad me llevó a recelar de todo lo sobrenatural. Después de interesarme durante algunos años por los fenómenos paranormales, llegué a la conclusión de que no había espíritus ni fantasmas ni apariciones marianas ni ninguna chorrada que pudiera cuestionar las leyes de la física.

Me convertí en un ateo virulento y vitriólico. Y en gran medida fue por rencor. No entendía que los mayores me hubieran llenado la cabeza de todas aquellas fantasías idiotas que me habían impedido ver la realidad como de verdad era. De no haber creído en todo aquello, no habría tenido ningún miedo el día que me quedé encerrado en la iglesia. Nada hay más inofensivo que una sombra o una talla de madera.

Unos años después me dio por ir a pasear a los cementerios con algunos amigos y amigas. Supongo que por transgredir y dármelas de excéntrico. Porque los muertos y los espíritus no me daban ningún miedo. Solo temí en algunas ocasiones que algún gilipollas pudiera darnos un susto o hacernos algo malo por estar en un lugar apartado, o que algún perro rabioso se cruzara en nuestro camino. Solo los vivos y otros animales peligrosos me dan miedo desde entonces.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Festival de Poesía Voix Vives de Toledo 2016

Este año volveré a participar el Festival de Poesía Voix Vives de Toledo. En esta ocasión será como presentador. No escribo este post para que vengáis a verme, que mi papel esta vez es secundario, sino para que os animéis a asistir al festival. Durante los días 2, 3 y 4 de septiembre, desde por la mañana hasta bien entrada la noche, habrá innumerables actuaciones que llevarán la poesía a todos los rincones de Toledo.

A través de este enlace podéis ver la programación completa:



sábado, 27 de agosto de 2016

'Segundas personas' en Burguillos de Toledo

En el Ayuntamiento de Burguillos de Toledo tienen la buena costumbre de dedicar a la cultura un espacio dentro de sus fiestas. Por lo visto, todos los años incluyen en el programa la presentación de un libro de algún escritor foráneo. Y este año he tenido la suerte de que me inviten a mí para hablar de Segundas personas. Me acompañará en esta misión Carlos Ávila, poeta, cantautor y, sobre todo, amigo. Esperamos estar a la altura de las expectativas.

Domingo, 28 de agosto
20 horas
Patio del Ayuntamiento de Burguillos de Toledo
Plaza de la Constitución, 2


viernes, 19 de agosto de 2016

Marco Polo

Nada me sabe igual cuando estás a mi lado
Todo sabe mejor, diferente y exótico
como extrañas especias de algún país lejano

Me refiero, por poner un ejemplo
a tomar unas tapas contigo en un bar asturiano
O a comprar un helado en Palazzo, en mitad de Madrid
y bajar paseando al Retiro cuando llega el buen tiempo
O a las veces que la publicidad nos ha llevado al cine
para ver algún bodrio
O a los besos que saben a whisky y tabaco

Todo duele mucho menos si tú estás a mi lado
No me afectan, por ejemplo, las masacres del telediario
Ni los números rojos en la cuenta corriente
Ni el cáncer que seguro incubo en mis entrañas
Ni una invasión de zombis o marcianos
Ni el imprevisto anuncio del fin de nuestros días
en un juicio final que tú y yo perderemos

Puede ser egoísta, pero si estoy contigo
todo importa un carajo

El tiempo que perdimos, que no estuvimos juntos
fue un tiempo cariado, de brújulas torcidas
Todo me era ajeno y nadie me veía ni yo veía a nadie
Era todo muy raro, desabrido, lejano
Y el paso de las horas era amargo
como una medicina de la niñez perdida
El sabor a podrido de leche fermentada
persiste en mi memoria
Como si me asfixiara el tufo
de un cadáver comido por gusanos
Aún recuerdo el asco