domingo, 30 de agosto de 2009

Escenas memorables: Los lunes al sol

“Los lunes al sol” es una película realista en tono menor que cuenta la vida anodina de unos trabajadores que se quedaron en paro cuando cerraron los astilleros en los que trabajaban. Es una película con mucha carga social y que nos muestra con gran sensibilidad la terrible vida de los parados. En España, al contrario que en Francia o en Gran Bretaña, no se hace apenas cine de denuncia social. Y es una pena. Este tema daría para mucho. Supongo que la realidad del cine actual, que baila al son que marca Hollywood, no está para estas aventuras. Hace poco leía una entrevista en la que Fernando León de Aranoa, director de la película, contaba entre bromas cómo habían promocionado “Los lunes al sol” para exportarla al mercado norteamericano. La presentaron en un tráiler con fondo de música flamenca como si se tratara de una película de gánsters y mafiosos.

Muchas escenas se podrían destacar de esta joya de nuestro cine: el momento en el que Santa compara la realidad de España con la de una Australia idealizada (que viene a ser justo lo contrario por ser las antípodas), la lectura del cuento de la cigarra y la hormiga, el momento en el que Santa descubre las condiciones insalubres en las que vive Amador, etc. Pero yo me voy quedar con la escena de la farola. A lo largo de toda la película se va desgranando la historia del juicio de Santa, que tiene pendiente el pago de una farola que supuestamente rompió durante los enfrentamientos que hubo entre los trabajadores y las fuerzas del orden durante las manifestaciones que tuvieron lugar para evitar el cierre de los astilleros. Estamos hablando de poco dinero: 8.000 pesetas. Santa se niega a pagar no solo por su precaria situación de parado sino también por un profundo sentimiento de orgullo y dignidad. Y como él mismo explica cuando sus amigos le presionan para que pague y se deje de problemas: “No es que sea cara o barata. (…) ¿Cuánto valen 8.000 pesetas? (…) 8.000 pesetas moralmente valen mucho más”. Finalmente, después de agotar todos los recursos posibles para evitar el pago, termina entregando las 8.000 pesetas. De vuelta a casa, en el coche de su abogado, que intenta tranquilizarlo diciéndole que ha hecho lo correcto y que esta experiencia le va a servir para madurar, Santa, que está encarnado magistralmente por Javier Bardem, no dice ni mu. Hasta que le indica al abogado que siga recto -y aquí viene la escena que yo quería destacar- para indicarle minutos más tarde que se detenga. “Es un momento”, se excusa Santa cuando baja del coche. El abogado no sabe qué pasa. Están en mitad de ninguna parte, al lado de los astilleros abandonados. No sabe qué pretende ahora su cliente. Santa coge unas piedras del suelo y anda unos pasos más para acercarse a su objetivo. Solo necesita una pedrada para reventar la farola que unos minutos antes le han hecho pagar.

A mí también me han multado injustamente. Nada importante, como lo de Santa. No os voy a aburrir con los pormenores del caso. Simplemente diré que aparqué en un lugar en el que según un policía municipal no podía aparcar aunque la señalización indicara lo contrario. Antes de mover el coche hablé con otro policía y me dio la razón, aunque se negó a quitarme la multa y ha mentido en el informe que le han solicitado tras recurrir por segunda vez la denuncia. Yo pensaba –ingenuo de mí- que los dos recursos que he puesto servirían para que me la quitaran porque era un caso muy claro. Podría llevarlo a los tribunales, pero mis únicos testigos son dos policías que me trataron como a una escoria, que han mentido en su informe y que no van a desautorizar a un compañero. El riesgo de que mientan en el juicio (que es lo que, de ordinario, se hace en los juicios) es demasiado grande. Me iba a costar más el remedio que la enfermedad. Así que terminaré pagando la multa, que no es para tanto. Para ser exactos, 90 euros. Pero no me quito de la cabeza la imagen de Santa en el momento angustioso en el que tiene que doblegarse a los mecanismos de la justicia y apoquinar los 1.600 duros.

Tampoco se me va de las mientes la imagen de la farola reventando de una certera pedrada.

sábado, 1 de agosto de 2009

Cuentos con moraleja: El chiste del dentista

Hoy toca un chiste de toda la vida. Muchos lo conoceréis:

“Un hombre fue al dentista. Si queréis podemos decir que era un hombre que sentía verdadero pavor por estos esforzados profesionales de la tortura. Tuvo que ir porque padecía unos dolores terribles y no vio otra solución.

En el momento en el que el hombre se sentó en la silla de dentista, que tiene también algo de potro de torturas, y se le acercó el doctor empuñando sus instrumentos en actitud sádica, lo cogió fuerte de los huevos y le dijo:

-No nos haremos daño, ¿verdad, doctor?”

Este breve relato humorístico sirve muy bien para reflejar la actual coyuntura económica y laboral. Por una parte están el gobierno y los sindicatos (juntos pero no revueltos) y por otro, la patronal y el PP (que, como siempre, dice que no, pero es que sí). El problema es saber qué bando se corresponde con el dentista y qué bando con el paciente.

No sigáis leyendo.

Pensadlo vosotros solos.

Es posible que no haya una sola respuesta.

También puede que después de este ejercicio tengáis mucho más claro por quién tenéis que votar en las próximas elecciones.

La respuesta no es sencilla porque tan válida puede ser una posibilidad como la otra.

Estas son las dos opciones:

O pensar que el dentista es el gobierno. Y en ese caso sería la patronal la que le amenaza para coaccionarlo.

O pensar que el gobierno es el paciente. Los empresarios son muy poderosos. Ellos son los que tienen el control de la economía, pero un gobierno siempre les puede hacer daño si hace que la legislación no les favorezca.

Elige tu opción y ya te habrás posicionado.

Si piensas que el gobierno debería poner en su sitio a los empresarios, recordarles que el gobierno no puede controlarlos totalmente, pero sí allanarles o entorpecerles el camino, decirles que deberían atenerse a razones porque lo que quiere el gobierno no es perjudicarles, sino tomar medidas a su favor para que recuperen la confianza y sigan invirtiendo antes de que se derrumbe el castillo de naipes de nuestra economía, debes votar a la izquierda. Eres un soñador y ahí están los tuyos. Eres un tipo ingenuo y te mereces lo mejor. Es enternecedor ver que hay gente que todavía piensa que los tiburones de de la patronal pueden ser amaestrados. A lo mejor es falta de vista. Cuando ocultan sus aletas y no enseñan los dientes pueden confundirse fácilmente con delfines.

Evidentemente, si piensas que los empresarios deberían joder a ZP, porque al fin y al cabo ellos son los que tienen la pasta, los que pueden cortar el grifo, los que pueden despedir a los trabajadores y provocar una crisis de tres pares de cojones para culpabilizar al gobierno por su ineptitud, la siguiente vez que votes no olvides que los tuyos están a la derecha. Si eres empresario, puede que seas un tío listo. Si eres un currito, no me vengas llorando cuando recorten las prestaciones por desempleo o se extinga tu contrato y te den una indemnización de mierda. Puede que en un mundo controlado por los empresarios, con despidos baratos y pocas cargas fiscales, hubiera más trabajo. Pero ¿qué tipo de trabajo? ¿En qué condiciones? ¿Con qué derechos para los trabajadores?

¿Que qué pienso yo? Que ZP ha caído en otra trampa. Los empresarios se han reunido con él para conseguir que todos los titulares se hagan eco del fracaso del gobierno para llegar a un acuerdo. Y Zapatero ha picado sin darse cuenta de que el pez grande siempre se come al chico. A los empresarios les da igual el revuelo mediático. Su imagen pública no puede empeorar más. Y ellos no tienen que renovar su cargo cada cuatro años por votación popular.

En septiembre quieren retomar las negociaciones. Lo que quiere decir que en septiembre continuarán con su campaña de acoso y derribo al gobierno. La gente del lado oscuro también se toma vacaciones en verano.

miércoles, 15 de julio de 2009

¡Me cago en el misterio!

Este año es el veinte aniversario del estreno de mi película favorita: “Amanece, que no es poco”, de José Luis Cuerda. No voy a utilizar este espacio para hacer una crítica de la película (si queréis la hago brevemente: magistral) y mucho menos para contarla. Tampoco voy a escribir aquí una retahíla de frases célebres del film, que son muchas. Los fanáticos de la película siempre andamos repitiéndolas para desconcierto de los que no la han visto. En fin, que lo que voy a hacer es hablar de mi relación con esta película a lo largo de casi veinte años.

No tuve la suerte de ver la película en la gran pantalla. La estrenaron un año antes de que me fuera a vivir a Madrid y al cine de mi pueblo llegaban entonces muy pocas películas que valieran la pena. Sin embargo, no tardé mucho en tropezarme con ella. Tuvieron que estrenarla pronto en televisión. Calculo que tuvo que ser en el año 90. Recuerdo perfectamente que era viernes o sábado porque estaba por ahí con mis colegas y de repente decidí que me aburría y me fui a casa. Puse la tele y apareció “Amanece, que no es poco”. Me recuerdo mirando la televisión sin dar crédito. Aquella película era la ficción más rara que había visto en mi vida. Cuando llegué a mi casa me alegré de que no hubiera nadie viendo la tele porque quería estar solo, pero luego eché de menos que no hubiera alguien a mi lado para compartir aquel momento mágico. Y para que diera fe de que no estaba alucinando yo solo.

Al día siguiente no tenía otro tema de conversación que la película. Le hablaba a todo el mundo de ella, aunque casi nadie la había visto. Era difícil entonces conseguir películas raras en un pueblo perdido de La Mancha. Los videoclubs dejaban mucho que desear. El milagro llegó poco tiempo después: un amigo mío la tenía grabada en vídeo. Yo me moría de ganas de verla de nuevo. Fue inevitable crear una suerte de cineclub porque yo no dejaba de darle el coñazo a todos mis amigos. La vimos varias veces. Cada vez que encontrábamos a alguno que no conocía la película nos íbamos con él a verla otra vez. Fuimos muchos los que entonces nos hicimos seguidores acérrimos de “Amanece, que no es poco”. Todavía hoy si me entero de que algún amigo no la ha visto, le hago un pase privado o se la presto. Desde hace años la tengo en DVD, original y firmada por el director. El año pasado mi mujer consiguió, después de dar varios codazos en una rueda de prensa, que el mismo Cuerda nos la dedicara. No soy mitómano, pero esto es distinto.

A lo largo de estos años fui dándome cuenta de que aquella fascinación que nosotros habíamos sentido no era un caso aislado. Por todas partes he ido encontrando fans de la película. Siempre es la misma historia: le preguntas a alguien si ha visto “Amanece, que no es poco”, el otro sonríe o directamente se echa a reír y enseguida estamos los dos soltando chorradas de la película y meándonos de risa. Ahora han abierto una página de Facebook de la película y toda la comunidad de fans hemos podido por fin tener un punto de encuentro. Somos legión. Aunque es verdad que también hay mucha gente que no entiende la película y que dice que es una chorrada. Es lo que pasa con muchas obras maestras: las amas o las detestas. No hay término medio.

Por esos avatares de la vida tuve que retrasar mucho el viaje a los escenarios de la película, pero era un viaje que tenía planeado desde principios de los 90. Hace cuatro o cinco años por fin mi novia y yo cogimos el coche y nos fuimos a recorrer los pueblos donde se rodó, que se nombran en los agradecimientos, al final de la película. Son Ayna, Liétor y Molinicos, tres pueblos de Albacete que están en la Sierra del Segura. No pensábamos que íbamos a encontrar unos pueblos tan bonitos en un marco tan maravilloso y a tan pocos kilómetros de Albacete. Desde el año pasado ya hay una ruta turística inspirada en la película que la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, con gran acierto, decidió promocionar. Es un viaje ideal para pasar un fin de semana.

José Luis Cuerda, como es obvio, también se convirtió desde entonces en uno de mis directores preferidos. Nadie como él para recrear el mundo rural. Algunas de sus películas son menores, pero cuando acierta es único. Quiero destacar especialmente algunos títulos: “El bosque animado”, “La marrana” y “La lengua de las mariposas”. Cuerda siempre ha tenido muy mala suerte en los premios. “La lengua de las mariposas” mereció llevarse todos los goyas, pero coincidió con el año en el que la Academia de Cine quiso reconciliarse con Almodóvar y fueron para “Todo sobre mi madre”, una película que, desde mi punto de vista, no pasa de ser entretenida y resultona. “La lengua de las mariposas” es una obra de arte con mayúsculas. También hizo Cuerda otra película en la línea de “Amanece, que no es poco”. Me refiero a “Así en el cielo como en la tierra”, una historia que merece la pena ver aunque no tenga el mismo nivel ni haya dejado la misma huella. Al menos sirvió para que le dieran a Luis Ciges el goya que tendrían que haberle dado por “Amanece…”. Y para terminar, una rareza. Solo los verdaderos fanáticos sabemos que hay un precedente de la película. No me refiero a sus influencias, que claramente son las obras corales de Fellini y de Berlanga, sino a una película que hizo Cuerda en el año 1983 para Televisión Española. Se titula “Total”. No sé si es un largometraje corto o un cortometraje largo, supongo que tiene un metraje adecuado para un telefilme de la época. “Total” parece un borrador de “Amanece…”: ambientación rural, situaciones insólitas, conversaciones disparatadas, un mundo que se rige por reglas distintas al nuestro… Muy recomendable, ahora que probablemente la podéis bajar fácilmente con el emule u otros programas similares.

No sé las veces que he visto “Amanece, que no es poco”, pero creo que debo andar cerca del que tenga el record. La cuestión es que cada cierto tiempo me apetece retomarla. Y, lo que es más curioso, me he dado cuenta de que muchas veces me la he puesto entera o en parte cuando me encontraba un poco depre. Me pasa también con algunas canciones a las que recurro especialmente cuando estoy bajo de moral. Eso me hace pensar que para mí la película tiene un significado profundo que va más allá de la hilaridad que puedan provocarme sus gags de forma individual. Para mí, que no creo absolutamente en nada y que nunca he sabido por qué estamos en este universo, “Amanece, que no es poco” viene a decirme que este mundo es como es sólo por azar, que bien podría haber sido de otra manera. El resultado solo depende de cómo se hayan mezclado los colores en la paleta del pintor. Ver la película supongo que me ayuda a relativizar bastante el absurdo de la existencia. Sobre todo cuando pienso que no hay pintor y que ha sido el azar más veleidoso el que ha decidido la mezcla. Los hay que piensan que hay pintor y que éste ha hecho la mezcla a conciencia, pero a mí no me gusta presumirle mala fe a nadie, y menos sin conocerlo. La frase que resume todo esto está justo al final y, a pesar de su grandeza, no es de las que más solemos recordar los acérrimos de la película. La dice Saza, que es el cabo de la Guardia Civil, justo cuando desesperado se lía a tiros con un sol que amanece por donde no debe: “¡Me cago en el misterio!”.

martes, 7 de julio de 2009

Odio al Real Madrid

Hace un par días iba en el coche con la radio sintonizada en un programa de deportes para enterarme de cómo terminaba el partido de Roddick y Federer cuando escuché a un comentarista afirmar que eran tan impresionantes los fichajes del Real Madrid que habían conseguido eclipsar el triplete del Barça. Tal ejercicio de cinismo me dejó estupefacto. Todos los titulares de deportes que se consiguen por victorias son merecidos. El resto son producto de la manipulación mediática y de unos intereses que no siempre están claros. Quizá los lectores, oyentes o telespectadores menos avisados piensen que el Real Madrid aparece tanto en los medios porque es muy importante, pero cualquier persona con un poco de mundo sabe cómo funcionan los engranajes capitalistas. Los medios dependen de empresas y estas empresas utilizan estos medios para sus fines económicos y políticos. Las ramificaciones económicas y políticas del Real Madrid tienen que ser apabullantes. En los diarios nacionales, siempre enfrentados por sus filiaciones políticas, ni siquiera tiene oposición. A veces da la sensación de que todos los medios trabajan para el gabinete de prensa del Real Madrid.

Mi odio al Real Madrid no viene de lejos. De hecho, de pequeño era del Real Madrid. Luego he estado casi toda mi vida en la indiferencia futbolística más absoluta. Esta fobia al madridismo es algo nuevo, que quizá lleva incubándose tres o cuatro años, pero no más. Tiene que estar ya en un avanzado proceso de gestación porque este año me he dado cuenta de que me alegro cada vez que pierde. Como a mí personalmente el Real Madrid no me ha hecho ningún mal (salvo no dejarme dormir en las largas noches de celebración de sus títulos durante los muchos años que viví en Madrid), tengo que pensar que la razón de mi aversión tiene que ser el asco que me produce ver cómo controlan todos los medios de comunicación, cómo pisotean a la competencia aunque no hayan ganado ningún título. El Real Madrid siempre es el titular, gane o pierda. Es una marca, un club que se dedica a vender camisetas y derechos de imagen de sus jugadores. Ahora ha vuelto Florentino de presidente, ese gran vendedor de merchandising. La mierda del fondo que la han vuelto a remover. Probablemente si los socios del Real Madrid pudieran ver lo que su sacrosanto club esconde en las alcantarillas girarían la cabeza asqueados. En el Real Madrid todos los presidentes tienen cara de mafiosos. Y todos los Valdanos y Mijatovics que trabajan para el club acaban teniéndola. Con la excepción de Butragueño, que nunca perdió su cara de idiota.

No soy de ningún equipo, pero ya me puedo definir, al menos, como antimadridista. No está mal a mi edad haber llegado a tomar una postura en este aspecto. De cualquier forma, en otras cuestiones que me he tomado más en serio, como la política o la religión, no he llegado mucho más lejos. Políticamente me defino así: odio al PP. Religiosamente: odio al Vaticano.

Mis colegas madridistas no tienen por qué preocuparse. Que odie al Real Madrid no significa que odie a sus seguidores. Mis amigos peperos o católicos, o ambas cosas al mismo tiempo, pueden dar fe de que no tengo ningún problema en tomarme una copa con ellos. Eso sí, si el año que viene el Cristiano Ronaldo este de los cojones y Kaká (vaya mierda de nombre) se comen los mocos en la Liga y en la Champions que se preparen para una buena ración de pitorreo.

miércoles, 24 de junio de 2009

Qué bien pensado está el mundo: el fanatismo deportivo

¿De qué va esto de vivir? Yo cada día lo tengo más claro: de estar entretenido con lo que sea. Lo importante es que la vida pase sin tener tiempo de pensar demasiado. Una vez alcanzada esta cima de la filosofía de barra de bar, no queda sino hacer un ranking de las cosas que más entretienen, y aunque es verdad que los hijos, procurarse satisfacción sexual y aparcar en las grandes ciudades son actividades que absorben gran parte de nuestro tiempo, no hay como los deportes para pasar la vida entretenido y sin tener que esforzarte demasiado. Y evidentemente no hablo de su práctica. Practicar deporte es muy cansado y, si no eres un profesional, no puedes dedicarle mucho tiempo. Aparte de los riesgos que entraña: flatos, esguinces, golpes… De lo que estoy hablando es de la afición a los deportes como espectador, de ese fanatismo en ocasiones patológico que hace que la gente viva obsesionada con un deportista o con un equipo. Lo mismo da si el hincha acude a las pistas, los circuitos y los estadios para ver las competiciones en directo que si se queda en el sofá de su casa o en la barra del bar de su barrio siguiendo los encuentros por la televisión.

Por no dispersarme demasiado me centraré en el fútbol, que es el deporte que más pasiones levanta por estos pagos. Pero evidentemente los mismos beneficios aporta el fútbol a nuestra sociedad que, por ejemplo, el béisbol o el baloncesto a la norteamericana. Lo mismo da un deporte que otro a la hora de entretenerse. El hecho de que en Estados Unidos el baloncesto o el béisbol ocupen el lugar que aquí ocupa el fútbol, o que en Inglaterra el golf sea un deporte popular y masificado, demuestra que no hay unos deportes mejores que otros, sino que es cuestión de educación y costumbre, una cuestión cultural.

El deporte contribuye a la paz mundial
A veces he llegado a escuchar o leer –no me preguntéis ahora mismo dónde- que los deportes servían de válvula de escape de nuestra sociedad. Parece ser que los seres humanos (al menos ciertos seres humanos) tenemos que desfogar de alguna manera si no queremos terminar matándonos los unos a los otros. Mejor si es en altercados esporádicos y controlados que en enfrentamientos de más hondo calado. Los gastos de los cuerpos de seguridad y de los servicios sanitarios que tienen que acudir a las concentraciones deportivas, el coste de los destrozos del mobiliario urbano y el derroche que suponen los servicios de limpieza que son necesarios para devolver el lustre a una ciudad después de una celebración, no son nada comparado con el precio que tendría una revuelta ciudadana, una revolución o una guerra. En toda sociedad hay gente violenta que necesita comportarse de forma antisocial durante un rato para poder retomar la rutina diaria, los horarios, los jefes y los curros de mierda con resignación estoica. Esa gente está mucho mejor dando rienda suelta a sus sentimientos más abyectos en un partido de fútbol (ora pegando voces en las gradas, ora pegando hostias a la salida) que dentro de alguna secta satánica, de un grupo neonazi, del Opus Dei o de la kale borroka.

El deporte como agente socializador

El deporte además cumple una función social muy importante. Hace que te sientas parte de un colectivo que comparte tu misma pasión. Incluso puede servir para ensalzar el sentimiento patriótico de una nación tan desgajada como la nuestra. Es increíble que once tíos en calzoncillos persiguiendo una bola de cuero consigan más que cualquier político, que cualquier sátrapa o que cualquier ideología o religión.

El deporte como medio para triunfar en la vida

La mayoría de nuestras vidas son tan inanes e intrascendentes que necesitamos sentirnos identificados con algún ídolo para experimentar ciertos sentimientos de éxito y euforia. Lo único malo que tienen los ídolos es que, como casi todas las mascotas, suelen tener una vida muy efímera. Me refiero, es obvio, a su vida deportiva. Los ídolos solo garantizan la felicidad a corto plazo. El interés por el ciclismo desapareció el día que se retiró Induráin y solo regresó y en mucho menor grado cuando llegó Contador. Los coches solo interesaron al público cuando apareció Fernando Alonso. Las motos nos interesaron mucho antes porque teníamos a Ángel Nieto y las hemos retomado ahora porque tenemos a Pedrosa, a Lorenzo y a Bautista. Y el tenis masculino resulta mucho más interesante desde que está Nadal, mientras que, por el contrario, el tenis femenino perdió todo su encanto cuando se retiraron Arantxa y Conchita. Por eso es mucho mejor canalizar todas tus ilusiones a los colores de un club, de un equipo del deporte que sea, y si es de fútbol mejor. Un equipo es para toda la vida. Unos colores. Una afición. Una historia. Por eso mismo son más adictivos. Se perpetúan en el tiempo y crean toda una red de relaciones sociales tan fuertes en ocasiones como las agrupaciones políticas o los colectivos religiosos.

El fútbol hace el mundo más democrático
El fútbol sirve para tener de qué hablar con cualquiera: con tus colegas, con tus vecinos, con tus compañeros de trabajo, con los gilipollas que se pasan las horas escribiendo chorradas en los foros de Internet… Incluso es interclasista. El mismo interés puede tener en el fútbol una persona de buena posición social que un currito. Da igual que seas general o cadete, arquitecto o peón, médico o paciente. El deporte hace que el mundo sea más democrático y que las opiniones de unos y de otros valgan lo mismo. ¿De qué van a hablar si no las personas que no saben nada de política ni de economía ni de cultura ni del cambio climático ni de hostias en vinagre? Los deportes son el salvavidas de los hombres poco ilustrados. Todos ellos saben que el Marca siempre les proporcionará un tema de conversación que dé sentido a sus vidas. El fútbol es lo más socorrido. De fútbol puede opinar cualquiera. Porque, seamos serios, en el fútbol todo es relativo, cuestionable y discutible.

Nuestro equipo es el reflejo de nuestra personalidad
Alguien estará pensando que hay personas que son hinchas de equipos que ganan trofeos en muy contadas ocasiones, como, por ejemplo, los del Atleti. Estoy seguro que estos individuos responden a un perfil psicológico parecido. Probablemente son personas un poco masoquistas o de esas que no dejan de ponerle pegas al mundo, personas críticas, comprometidas y un poco pesimistas. La diferencia entre el mundo y un equipo de tres al cuarto es que en este último sí podemos buscar responsables del fracaso: el entrenador, los jugadores, los árbitros… Y eso reconforta. Probablemente también son personas pacientes, de las que saben esperar a que llegue su momento de gloria, ese día en que su equipo consigue un gran trofeo y provoca la catarsis colectiva. Esos triunfos saben mejor que los del gigante merengue. Es la victoria de David sobre Goliat, el triunfo de Pulgarcito y de todos los seres desvalidos que salen victoriosos en los cuentos tradicionales.

También se podría hacer un patrón psicológico de los seguidores de los equipos grandes. Seguro que son personas más acomodaticias y sencillas, el tipo de persona a la que le gusta conseguir las cosas fácilmente y sin esforzarse. De cualquier forma, no creo que sean mejores unos seguidores que otros. Lo que me parece estupendo es que el fútbol ofrezca alternativas distintas para todos los tipos de personas.

Hay más tipologías humanas dentro del fútbol. De una forma o de otra influye en todo el mundo. No me olvido de los que solo se interesan por la selección nacional o de los que, como yo, no tienen ninguna predilección y siempre están haciendo rabiar a unos y a otros cuando pierden sus respectivos equipos. Hace poco, un buen amigo, que tampoco es seguidor de ningún equipo de fútbol, me decía que somos unos desgraciados porque no podemos formar parte de esos sentimientos tribales y colectivos que experimentan domingo a domingo muchos de nuestros amigos y conocidos. Y parte de razón tiene. Los dos hablamos mucho de tenis y somos seguidores de Nadal. Ahora que está de baja nos hemos quedado sin entretenimiento. Los deportes de equipo, sin embargo, siempre tienen repuestos. Y todas las semanas tienen partido.

Corolario

El fútbol es un deporte tan importante que incluso a mí -que no soy de ningún equipo ni se me pone dura con la selección- me interesa. No le dedico mucho tiempo pero procuro enterarme, normalmente por el telediario, de lo que se está cociendo. El fútbol es el termómetro que indica el estado de ánimo de una sociedad. O mucho mejor, es el termostato que regula su funcionamiento. Estoy seguro de que este año de crisis ha sido mucho menos duro para los seguidores del Barça gracias al triplete. Me gusta que la gente esté contenta. Cuando gana el Barça, me acuerdo de mis amigos del Barça y me alegro por ellos. Y cuando gana el Madrid, el Atleti o cualquier otro, me pasa lo mismo. Cuando los de la Roja se convirtieron en campeones de Europa salí a la calle a celebrarlo. Sobre todo porque quería ver a todo el mundo por una vez feliz, aunque fuera sólo por un rato. La felicidad, como algunas enfermedades, es algo contagioso. Lástima que sea un virus transitorio y efímero.

lunes, 8 de junio de 2009

Mi culo es más listo que mi cabeza

Mi abuelo murió con poco más de cincuenta años. Fumaba mucho y reventó. Mi padre -su hijo- siguió sus pasos. Incluso batió su marca, pues murió con un año menos que mi abuelo. No hace falta decir que la causa de la muerte fue la misma. A mi abuelo no lo conocí, pero doy fe de que mi padre se fumaba cuatro o cinco paquetes de Celtas Cortos sin boquilla cada día. Mi padre no aprendió mucho del suyo ni yo del mío. Nuestra rama familiar debe tender a la autodestrucción porque yo –a pesar de ser consciente del historial clínico de mi familia y de que la forense que le hizo la autopsia a mi padre intentó persuadirme de que no se me ocurriera fumar nunca- terminé fumando. Aunque solo fue algo pasajero.

Dejé de fumar porque mi cuerpo no lo resistía. Si todo hubiera quedado en la amenaza de una muerte atroz a edad temprana, seguro que seguiría fumando. Y la posibilidad de un cáncer en un plazo “sine die” me hubiera dejado totalmente indiferente. ¿Es que acaso mi cerebro no podía procesar correctamente esa información y sacar conclusiones? Sí, por supuesto, como el de la mayoría de los fumadores. Pero no es suficiente. Por todo esto entiendo y respeto a los fumadores. Yo soy un fumador en potencia. Fue mi cuerpo el que me obligó a dejar el tabaco. Se ve que en mi familia los organismos están perfeccionándose de generación en generación para poder luchar contra nuestras perniciosas mentes. ¿Cómo impidió mi cuerpo que siguiera haciéndole daño? Haciéndome daño él a mí. Muchas veces la mejor defensa es un buen ataque. Me castigaba con terribles ardores en el pecho que en ocasiones llegaban a provocarme fiebre. Recuerdo que a mi padre su organismo también lo castigaba con toses terribles y flemas constantes, pero no fueron suficientes para frenarle. Pudo ser una cuestión de orgullo. Mi padre siempre antepuso las virtudes del intelecto a las más pedestres del cuerpo. Alguna vez todavía me atrevo a echarme un cigarro cuando voy cargado de copas, pero sé que al día siguiente tendré que pagar las consecuencias.

Me ha gustado siempre comer: comer mucho, comer de forma desordenada, comer a deshora y hacer mezclas explosivas. Me estoy quitando. Desde hace tiempo ni como mucho ni me puedo dar grandes atracones. Me pongo malo. Si cometo algún exceso alimenticio, mi cuerpo también me castiga. Puedo tener digestiones infinitas. En el mejor de los casos, porque lo más normal es que termine, a altas horas de la noche, vomitando o con diarrea. Paliar los efectos de los atracones con Almax hace tiempo que no me da resultado. Tantas veces lo he pasado mal en el escusado que ahora tengo mucho cuidado de según qué excesos. El único remedio que me funciona es el autocontrol. En estos últimos años he engordado. No como poco, pero sí bastante menos que hace diez años. Supongo que en este caso mi cuerpo también me protege de mí mismo. No quiero ni pensar las dimensiones que estaría alcanzando si siguiera comiendo al ritmo que lo hacía en mis años mozos.

Con las drogas y el alcohol me viene pasando lo mismo. Últimamente no soporto las resacas. Aunque sean tranquilas, abúlicas y televisivas. Me fastidia tirarme todo el día frente a la televisión porque el cuerpo no me da para más. No me compensa. Y evidentemente mucho menos si conllevan otras fastidiosas alteraciones de mi organismo: agotamiento, insomnio, somnolencia, náuseas, estreñimiento, diarrea… Los desajustes intestinales son los que más me afectan. Y mi cuerpo lo sabe. Cuando no puedo dejar de ir a cagar o me tiro sin cagar tres días por un estreñimiento contumaz, es cuando más escarmiento. Un ser vivo tiene que tener armas para su autodefensa, como las púas del erizo o los dientes del lobo. El dolor puede ser el arma que utiliza nuestro cuerpo para salvaguardarse. Las personas que pierden la sensibilidad al dolor pueden cortarse un brazo sin darse cuenta o salir ardiendo a lo bonzo como si tal cosa. El dolor protege nuestro cuerpo de los ataques externos. A mí mi culo, que castiga mis excesos con diarreas o estreñimientos, me está salvando de mi cabeza. Porque si yo me sometiera a todos los excesos que se me pasan por la mente probablemente ya habría reventado.

Por eso creo que los que juzgan a las personas que no pueden controlar sus adicciones y les dicen que no tienen cabeza, se equivocan. Lo que no tienen es un organismo que haya desarrollado recursos de autodefensa. Creo que conservo la misma mentalidad kamikaze de la que puede presumir mi árbol genealógico, pero mi cuerpo ha desarrollado mecanismos de supervivencia.

Me estoy convirtiendo en el tipo de persona que siempre desprecié y no puedo hacer nada para evitarlo. Vivo coaccionado por mi cuerpo. Le tengo miedo. Sé que vigila cada uno de mis movimientos. Y cada vez tengo menos aguante para soportar los castigos que me inflige tras cometer excesos. Estaréis pensado que lo que pasa es que estoy mayor. Yo, sin embargo, pienso que lo que sucede es que en todos estos años mi cuerpo ha aprendido a defenderse. La mecánica del cuerpo controla cada uno de los procesos químicos que regulan mi organismo. La mecánica del cuerpo. Al final la mecánica se está imponiendo a los desajustes que provocan los cortocircuitos que se producen en mi cerebro.

Mi cuerpo gana la batalla de momento. Aunque es cierto que mi cabeza no deja buscar argucias y subterfugios para burlar su estricto control. La típica historia del padre severo y el mocoso desobediente.


APOSTILLA (14-6-2009): Anoche estuve de concierto y me apreté varios cubatas (cargaditos), de vodka para más señas. Hoy, como era de esperar, al despertarme me dolía un poco la cabeza. Pero me lo pasé tan bien durante el concierto trasegando cubatas que, la verdad, compensa. Intestinalmente estoy bien. Lo que significa que bebí con cabeza.

Para terminar os dejo un truco para combatir la resaca. Hoy lo he utilizado por segunda o tercera vez y realmente funciona. Ahora mismo, y son poco más de las 12 del mediodía, estoy como una rosa. Esta mañana me desperté a eso de las 8 con el dolor en las sienes que suele dejar el vodka. Me levanté, comí algo (poco) y luego me bebí un sobrecito de Espidifen 600mg. Después me metí en la cama a echar otro sueño y me he levantado como si anoche no hubiera salido. El Espidifen lo descubrió mi mujer creo que por un dolor de muelas, pero ahora mismo lo único que nos falta por probar es echarlo en las ensaladas. El Consejo General de Colegios de Médicos y los Colegios Oficiales de Farmacéuticos de toda España desaconsejan ostensiblemente la automedicación. Lo digo por que lo sepáis y no me vengáis luego con reclamaciones.

jueves, 21 de mayo de 2009

Padres

Ahora que con este revuelo de la reforma de la ley del aborto se habla tanto sobre la importancia del asesoramiento paterno, quiero aprovechar para cuestionarlo. Porque parece que no nos acordamos de que por padre o por madre podemos tener a cualquier tarado o tarada. Tus padres pueden ser ignorantes, fundamentalistas religiosos, paletos, cafres, cretinos, nazis, torturadores, tiranos, hijos de la gran puta… El hecho de ser padre o madre no te concede una infalibilidad para saber qué está bien y qué está mal en la vida.

Cuando veo a ciertos políticos diciendo que ellos no podrían concebir que sus hijas tomaran la decisión de abortar con dieciséis años, solo veo a tipos que están demasiado acostumbrados a tomar decisiones y a que se les obedezca. Por otra parte, los padres normalmente se niegan a ver a sus hijos adolescentes como personas mayores. Tardan tiempo en aceptar que el niño o la niña de sus ojos ha dejado de existir.

La opinión de los padres es una más. Muy importante si tienes unos buenos padres. Por eso, lo que tienen que hacer los padres es intentar que sus hijos piensen que lo son para que recurran a ellos en caso de necesidad. No solo para el aborto, sino para cualquier duda que puedan tener. Pero un padre y un hijo no tienen por qué tener las mismas ideas y las mismas creencias.

Muchos chicos y chicas de dieciséis años no saben lo que quieren, pero sí lo que no quieren. Pueden ser un poco inconscientes (como algunas personas que ya superaron la barrera de los 18 años), pero no son idiotas.

Yo con 16 años no estaba de acuerdo con mis padres en nada. No tuve la suerte de tener unos padres en sintonía con mi forma de ver el mundo. Con 16 años me puse a trabajar porque quería depender de ellos lo menos posible. Con 16 años. Puede que incluso con 15. Me fui de casa a los 18 porque no pude hacerlo antes. No me arrepiento de nada. Lo que pensaba entonces es lo que sigo pensando ahora.

La decisión de abortar siempre debe ser personal. Y la decisión de lo que es y no es un ser humano también. Fíjate que yo hasta tengo mis dudas de que, por ejemplo, José María Aznar lo sea. La ciencia no tiene nada que hacer en estos casos. Son juicios que entran dentro del campo de la opinión. Pero no merece la pena darle muchas vueltas porque una vez fuera del útero materno el aborto no puede aplicarse con carácter retroactivo.

Los que estamos a favor del aborto no obligamos a abortar a nadie ni imponemos nuestro criterio a los demás. Que los intolerantes hagan lo mismo, que no nos digan qué es lo mejor para nuestras vidas. La libertad consiste en que cada uno joda su propia vida a su manera.

domingo, 17 de mayo de 2009

El maravilloso mundo de los escritores

Ayer participé en un acto literario de los que no me gustan, un encuentro con otros escritores toledanos para poner en común nuestros puntos de vista sobre la literatura. Alguien se preguntará por qué participé y la respuesta es simple. Era un acto de la Feria del Libro de Toledo y me apetecía corresponder a quien había tenido la gentileza de invitarme. Por otra parte, los escritores tenemos que aprovechar cualquier oportunidad para darnos a conocer, que tampoco andamos sobrados.

Como me temía, me tocó compartir mesa con otros cuatro escritores que no compartían en absoluto mi forma de entender la literatura. Es posible que si hubiéramos ido a hablar de la crisis o de la Champion, nos hubiésemos llevado bien, que parecían buena gente, pero no era el caso. Para empezar, dos de ellos pertenecían a un grupo literario y a mí no se me ocurrió otra cosa que utilizar una de mis primeras intervenciones para decir que no creía en ese tipo de asociaciones. Mi visión de la literatura siempre es individualista y onanística, y, lo siento, no puedo entenderla de otra manera. Respeto que la gente haga talleres literarios y esas cosas, pero nunca participaría en ninguno. Además, todo lo que se puede encontrar en esas asociaciones ¬-pasado el momento inicial de sentirte parte de un proyecto literario y tener a una serie de individuos que van a reconocerte como escritor a cambio de que tú les devuelvas el favor- es negativo.

Yo nunca he estado en grupos literarios, como ya he dicho, pero participé en proyectos comunes, sobre todo en la universidad (revistas, fanzines…). Todo va bien en esos proyectos hasta que alguien empieza a despuntar, que es el momento en el que las envidias brotan con la fuerza de las malas hierbas. Y si alguno de los integrantes del grupo consigue algún contacto con algún medio de comunicación, alguna editorial o algún político subvencionista y no lo comparte con todos sus compañeros, será el fin de la concordia creativa. Estos grupos solo funcionan mientras el tráfico de influencias les beneficie a todos, independientemente del valor de sus obras particulares.

Resumiendo, que si el grupo literario de turno funciona como un club de lectura o se limita a ser un taller literario donde se hacen ejercicios de estilo y proyectos de equipo, puede durar eternamente y hacer felices a unas personas que anhelan sentirse escritores por un rato. Sin embargo, como a alguno de ellos le den el Nadal o le subvencionen algún proyecto en el que el resto no participe, dudo mucho que el buen rollo sea perpetuo.

Los miembros de este grupo literario también hablaron mucho de que las instituciones públicas deberían apoyar a los escritores e incluso hacer las veces de mecenas para apoyarlos. Esto sí que me dio miedito. Me imaginé a este tipo de asociaciones publicando libros de amiguetes en editoriales de amiguetes merced al dinero del erario público mientras los escritores que no pertenecíamos a esos colectivos éramos vilmente despreciados en todos los foros donde ellos tuvieran algún infiltrado. Sentí hasta algún escalofrío.

Y si profundizamos en lo que es la creación literaria, tengo que decir que dos escritores juntos suelen ser incompatibles, como escritores, que perfectamente –como seres humanos- pueden ser amigos. El escritor tiene una visión del mundo y del hecho literario que inevitablemente siempre será distinta de la del resto. Esto de la literatura no es ciencia sino opinión, y las opiniones son como los culos, únicos e intransferibles.

Hace un tiempo yo era muy tonto y, aunque no soy gregario, intentaba ser cordial con los escritores que conocía. Me preocupaba por conocer su obra e incluso hacía esfuerzos para juzgarla no como escritor, sino como lector imparcial. Dejé de esforzarme tanto el día que me di cuenta de que casi nunca era correspondido. Por eso ya no me intereso por los libros de los escritores que conozco si no lo hace antes la otra parte contratante. Mis últimas experiencias en este campo han seguido los mismos derroteros. Contaré dos a modo de ilustración.

Hace poco conocí a un tipo que últimamente está teniendo bastante fortuna editorial y entablé con él una animada conversación. Mostré, eso sí, mucho más interés yo por su obra que él por la mía. Al final quedó en avisarme de la publicación de uno de sus libros, un libro juvenil que dijo que, como profesor, me interesaría. Recibí el aviso por mailing (uno más en una larga lista de posibles clientes) y por ser simpático le contesté en otro de mis vanos intentos por hacer colegas en este mundo de “primas donnas” (además compartimos algunos conocidos y me gusta llevarme bien con los amigos de mis amigos). Todavía estoy esperando que me conteste, aunque sea simplemente con un saludo. Supongo que para él no soy más que la posibilidad de vender un libro, o muchos, si decido poner su novela como lectura obligatoria a mis alumnos. Por mi parte se va a comer los mocos.

La segunda anécdota es de hace solo unos días. Volví a coincidir por segunda vez con un escritor que me cae bien, aunque tenemos una visión de la literatura totalmente distinta, y, charlando largo y tendido (tomamos juntos varias cañas) sobre la dificultad de publicar poesía, me contó que había publicado un libro con una editorial que a mí me llama la atención. De hecho, hace poco quise contactar con ellos, pero no encontré la manera trasteando en su web. Por eso me atreví a pedirle que me pasara el contacto, una dirección de correo electrónico simplemente para comunicarme con ellos. Ni se me ocurrió pedirle que me echara una mano, que prácticamente somos dos desconocidos. Han pasado varios días y sigo esperando. Y sé que no se le ha olvidado porque le insistí cuando nos despedíamos.

Ya recomendé en otra ocasión “Poetas en la noche” de José María Fonollosa, que explica de forma magistral los odios, envidias y rencores subterráneos que se profesan los miembros de un grupo de poetas que se supone que son amigos y que comparten la maravillosa experiencia de la escritura. Hoy quiero recomendar “La información” de Martin Amis, una novela donde dos amigos novelistas se enzarzan en un duelo personal porque uno de ellos se convierte en un “best seller” mientras el otro intenta sobrevivir en la tercera división del mundo literario.

Yo soy escéptico porque el mundo me ha hecho así. En fin…

APOSTILLA (18 de mayo): Finalmente, el colega que me prometió mandarme el contacto de una editorial lo ha hecho. ¿Mala memoria? ¿Ha leído este “post” y le han entrado remordimientos? Sea como fuere, me alegro. Porque, como ya he dicho, me cae muy bien. Como en todos los negocios, en este también hay gente legal. Le corresponderé leyéndole.

jueves, 7 de mayo de 2009

Qué bien pensado está el mundo: la televisión


Exordio

Para inventos, la televisión. Eso sí que es una maravilla de la ciencia. Y sin embargo, desde su creación ha tenido que soportar el desprecio de muchos intelectuales y de gran parte de la sociedad, que no dudó en rebautizarla como la caja tonta. Pero de lo desagradecido que es el ser humano hablaremos otro día, que si no, esto sería el cuento de nunca acabar. Hoy quiero defender este entrañable aparato que tanto ha aportado a la historia de la humanidad y que tantas veces ha sido injustamente vilipendiado. Siento que, en esta ocasión, el artículo sea tan extenso, pero no he podido resumir más las innúmeras virtudes de este prodigio de la tecnología.

La tele entretiene

La televisión es un aparato tan sorprendente que, en muchas ocasiones, el contenido de sus emisiones es totalmente irrelevante. Su función fundamental -más adelante hablaré de otras secundarias- es la de entretener a todo el mundo. Y esa es su mayor virtud: la de ser un electrodoméstico totalmente democrático, ya que requiere pocas neuronas para su decodificación. De ahí que sea también un aparato muy útil para descansar. Si no te sientes con fuerzas para nada, lo mejor que puedes hacer es abandonarte delante de la pantalla del televisor y dejarte llevar por la inercia de los rayos catódicos. Hay programas de calidad, no lo discuto, pero normalmente se trata de conseguir la cuota de audiencia más amplia, y para eso es preciso igualar al espectador a la baja, todo lo democrático que queramos, pero con programas que un analfabeto pueda disfrutar lo mismo que un hombre ilustrado. De cualquier forma, como decía antes, no es tan importante el contenido como el continente. Porque está demostrado que cuando uno quiere ver la tele, se traga cualquier cosa. También nos sirven como ejemplo la fascinación que la televisión provoca en los niños, incluso en esos tan pequeños que todavía no hablan ni comprenden. A mi gato, por ejemplo, no le pasa. Para él la tele es como si no existiera. Lo que demuestra la singular inteligencia de los felinos respecto de las crías de homo sapiens.

Como decía antes, creo que el cometido principal de la televisión es entretener. Es normal, por lo tanto, que haya absorbido todas las manifestaciones del espectáculo, y, por supuesto, que haya intentado acabar con la competencia. La televisión necesita espectadores y para tener muchos espectadores hay que evitar que se vayan al cine, al teatro, a un concierto o al circo. Seamos claros desde el principio: la televisión vive de la publicidad y el precio de la publicidad asciende cuando el número de destinatarios es mayor. Pero dejo para más adelante el tema de la publicidad. Ahora quiero hablar de los espectáculos que han desaparecido gracias a la televisión.

La primera aportación que la televisión hace, en este sentido, a la civilización es la desaparición del circo. Los pocos que quedan sobreviven a duras penas y los niños hace tiempo que dejaron de perder el culo por un entretenimiento tan pedestre. Tantos circos se llevaron a la pantalla y tantos espectáculos circenses se incluyeron en los programas de variedades que, finalmente, terminaron aburriendo al público. Los animales que eran explotados vilmente en estos espectáculos y los abnegados padres que tenían que llevar a los niños al circo cada vez que plantaban una carpa en las afueras de su pueblo estarán eternamente agradecidos a la televisión.

El teatro también ha caído en el olvido en parte gracias a la televisión, y en este caso son los actores los que deberían estar agradecidos. En la televisión ganan mucho más dinero y además no tienen por qué repetir constantemente el mismo libreto. Supongo que trabajar todos los días con un nuevo texto tiene que ser un trabajo más llevadero. Los actores que siempre hablan maravillas del teatro probablemente lo hacen porque queda más culto. La realidad es que no se lo piensan dos veces cuando los llaman para hacer una serie de televisión.

Los actores de hoy en día también pueden trabajar en el cine. Pero lo bueno del cine es que puedes verlo en casa. Así te ahorras tener que soportar a los maleducados que indefectiblemente llegan tarde y van a dar por culo justo a la fila donde te has sentado tú, y a los cretinos que se pasan toda la película hablando o ronchando palomitas.

La televisión también ha acabado con los espectáculos de feria, esos espectáculos cutres donde se exhibía a la mujer barbuda o al hombre de dos cabezas. Ahora los frikis trabajan en la pequeña pantalla, ya sea como artistas, ya como tertulianos. No hay nada más que ver a la Susan Boyle, el monstruo de la voz prodigiosa que tanto fascina al público palurdo de Inglaterra. Su mérito no es que cante bien, sino que lo haga siendo un adefesio.

Y no me olvido de los deportes. La televisión ha llevado los deportes a nuestros hogares. En nuestro lado del mundo el gran protagonista es el fútbol, que es la forma que nuestras evolucionadas sociedades tienen de canalizar la violencia para evitar otro tipo de enfrentamientos más salvajes. Si los romanos hubieran podido retransmitir el circo (ahora me refiero a ese en el que cebaban a los leones a base de cristianos), lo mismo habían salvado su gran imperio. Europa se siente más unida por la Champion que por la Unión Europea.

La tele informa

Otra de las funciones más destacadas de la televisión es la de informar. Sí, no os riáis. Informar informa, otra cosa bien distinta es que no nos digan toda la verdad. A lo mejor es por nuestro bien. Saber toda la verdad probablemente no nos iba a hacer más felices. Pagamos a los políticos y les dejamos lucrarse con el tráfico de influencias y otras regalías para que nos libren de la verdad. Y si mienten para ganar las elecciones, es posible que lo hagan porque han leído a Maquiavelo. Supongo que pensarán que cualquier mentira está justificada si con ella un partido político con un proyecto sólido llega al gobierno y salva el país.

Los poderosos, antes de la era de la televisión, tenían mucho miedo a la democracia. Ellos eran pocos y los pobres del mundo muchos. Entonces hubieran perdido todas las elecciones limpias que se hubieran propuesto con sufragio universal. Solo tuvieron que comprender dos cosas para terminar aceptando la democracia. La primera, que las masas se calmarían si les concedían ciertas comodidades burguesas. La segunda y más importante, que con el control de los medios de comunicación se podía manipular la opinión de las masas, y que no había medio más efectivo que la televisión. Ya se sabe que la mayor mentira puede llegar a tener visos de verdad si es repetida hasta la saciedad. Los medios de comunicación, con la televisión a la cabeza, han convencido a algunas personas de que disfrutan de una situación acomodada de clase media cuando viven en la más absoluta miseria. Por poner un ejemplo: una persona con un patrimonio valorado en 100.000 euros y unas deudas que asciendan a los 200.000 euros puede pensar, merced a una hipoteca que paga mensualmente, que no es pobre. Una simple resta bastaría para sacarle de su error. La verdad es que si cambiamos la palabra “banco” por “señor feudal” y la palabra “trabajador” por “vasallo”, no estamos ni más ni menos que recreando el sistema feudal, donde el pueblo llano tenía que pagar al señor una parte de su cosecha para que le dejara vivir en sus tierras.

Los telediarios también han servido para desdramatizar los problemas. Marshall McLuhan dijo que el medio es el mensaje y tenía toda la razón. Es normal que todo lo que sale en un aparato dedicado al entretenimiento termine convirtiéndose en algo trivial. Al final terminamos viendo la actualidad política como si fuera un culebrón. O los desastres del mundo y los horrores de la guerra con la misma indiferencia que si viéramos una película de Hollywood.

La tele educa

Algunos iluminados de los 60 pensaron, erróneamente por supuesto, que la televisión podía servir para enseñar. Esa era la motivación, por ejemplo, de los creadores de Barrio Sésamo. Pero el tiempo no les ha dado la razón y han sido otros programas los que han terminado ocupando los espacios en principio reservados para programas educativos infantiles. Los niños ven mucho más instructivos los programas como “El diario de Patricia”, que muestran el mundo tal como es, con sus miserias y sus abyecciones.

También hay documentales, pero cada vez menos. Hace tiempo que empezaron a desaparecer aquellos documentales con una voz en off cansina y monocorde que lo mismo daba cuenta de las maravillas de la naturaleza como de los horrores de la historia de la humanidad. Su puesto han venido a ocuparlo esos programas de reportajes supuestamente serios, al estilo de “Callejeros”, que resultan tan superficiales como una visita turística.

Las cadenas que se nutren de fondos públicos mantienen algunos programas educativos o culturales, pero no dejan de ser algo anecdótico. Desde luego no hay pujas millonarias entre las cadenas privadas por fichar a Eduard Punset o a Sánchez Dragó.

La tele nos hace iguales

Y no me canso de añadir aportaciones de la televisión a la democracia. ¿Qué me decís de la democratización del éxito, la fama y el dinero? Al principio la tele era muy elitista. Las estrellas de la televisión tenían que ser famosas por alguna habilidad que previamente hubieran demostrado: cantar, hacer música, actuar en películas, tener tropecientas carreras… Gracias al Gran Hermano y a otros programas similares ha terminado esa insidiosa discriminación. Ahora cualquier persona puede ser famosa o popular, y su opinión, democráticamente, vale tanto como la de cualquier eminencia. ¿O es que los analfabetos, los chulos, las putas, los inútiles y los parásitos no tienen derecho al éxito en un mundo en que se supone que todos somos iguales?

Menos mal que hace tiempo cayeron en descrédito los programas para eruditos, que siempre dejaban en evidencia a los pobres ignorantes. Afortunadamente las cadenas acabaron con programas tan discriminatorios como “El tiempo es oro”. Algunos más suaves, como “Cifras y letras”, se mantienen en la parrilla. Supongo que los cerebritos frikis también tienen derecho a tener su pequeño espacio en la pequeña pantalla. Mucho más accesibles para todo el mundo son los programas concursos de ahora. Un modelo de concurso televisivo actual puede ser el exitoso programa “Allá tú”, donde la única habilidad que se requiere es la de ser capaz de abrir una caja.

La tele da prestigio

Todo lo que sale por la tele adquiere cierto prestigio. Los grupos de música, los escritores, los directores de cine y cualquier creador saben que esto es así, y que no empezarán a ser tomados en serio hasta que salgan por la pequeña pantalla. Eso ya lo sabía McLuhan. Eso también lo saben los publicistas. Por eso, para mejorar la opinión que los consumidores tienen sobre un producto, no es necesario que éste sea bueno, no es necesario mejorarlo, no es necesario ir de feria en feria haciendo exhibiciones para demostrar su efectividad. Lo único que hace falta es sacarlo por la tele. La contribución de este aparato a la consolidación del sistema capitalista merecería un artículo aparte.

La tele salva matrimonios

Y todavía no he hablado de los usos terapéuticos y domésticos del aparato. La televisión contribuye a la armonía familiar. ¡Cuántas discusiones habrán ahorrado estos aparatos! Hay estudios que dicen que las parejas discuten más en vacaciones porque tienen tiempo para hablar. Antes, sin televisión, las personas estaban condenadas a tener que hablar bastante cada día. Muchos hombres, para evitar enfrentamientos conyugales, tenían que irse al bar durante horas por el bien de su familia. Ahora, gracias a la televisión, ya no es necesario. La televisión te permite entretenerte escuchando un montón de estupideces sin necesidad de tener que ir a escucharlas al bar.

La tele ayuda a los padres

¿Y qué sería de los niños sin la televisión? ¿Y de los padres? Para los padres de hoy este aparato viene a ser el equivalente a una niñera. Y resulta mil veces más económico. La televisión, después de los abuelos, es el mejor sitio para dejar a los niños aparcados un rato. Los rayos catódicos los subyugan, los controlan, los anulan, y eso no hay Mary Poppins que lo iguale. Los viajes con niños son mucho más tranquilos desde que se inventaron los DVD portátiles. En este aspecto, solo los videojuegos y los somníferos pueden competir con la televisión.

Corolario

Yo no veo la tele todo lo que me gustaría. Entre otras cosas porque todavía me empeño en leer, en escribir, en pensar, en charlar, en salir… En definitiva, en vivir. Pero es probable que si algún día me canso de todo eso, termine sentado frente al televisor, hipnotizado e insensible, totalmente indiferente al mundo que me rodea.

lunes, 20 de abril de 2009

Mundos perdidos: Fnac Discos

Cuando tuvimos que escribir un resumen de mi biografía en la solapa de mi última novela, me di cuenta de que el oficio más importante que he tenido en mi vida (si dejamos aparte el de profesor) prácticamente ha desaparecido. Trabajé en la Fnac de Madrid durante siete años, de los cuales pasé aproximadamente seis en la sección de Discos. Aunque el día que me fui de allí no sentí lástima porque había quemado aquella etapa y necesitaba nuevos aires, no negaba entonces ni niego ahora que para mí fueron unos años enriquecedores. Eso sí, en la solapa del libro escribí que tenía un buen currículum en un oficio que estaba “tan desfasado como el de afilador o el de tundidor de colchones”. “Disquero”, el nombre de este oficio, ni siquiera está recogido como tal en el DRAE.

La Fnac es refugio de muchos estudiantes y artistas que necesitan un medio de vida mientras encuentran algo mejor. Por eso es ideal para conocer gente interesante, personas con inquietudes, que editan revistas, que montan exposiciones, que hacen cortos, que tienen un grupo, que cantan, que tocan el clavicordio, que escriben, que tienen un programa de radio, que viven en la luna o que sueñan con tener alas y salir volando. Suele ser, además, gente muy joven, lo que hace que todo ese movimiento cultureta vaya aderezado de un montón de salidas nocturnas y de fiestas desquiciadas.

Para mí la Fnac vino a salvarme en un momento en el que estaba bastante tocado. Acababa de terminar la carrera y no encontraba trabajo. Después de haber estudiado durante toda mi vida compatibilizando trabajo y estudios no tenía fuerzas ni ganas para empezar a preparar las oposiciones de profesor de Secundaria, en las que ya pensaba entonces como una posibilidad futura. Fue un tiempo en el que quise dar prioridad a mis pasiones y la Fnac me ayudó a estabilizarme durante unos años. Resuelto el problema de la subsistencia en Madrid, podía dedicar mi tiempo libre a hacer música y a escribir.

Gracias a un currículum mixtificado y a una serie de entrevistas bien actuadas, me reclutaron en la Fnac. Por un momento estuve a punto de recalar en la sección de Libros, pero un hueco a tiempo en Discos, mi condición de bajista de un grupo y mi somero conocimiento de la historia del rock me condujeron a esa sección.

Allí me encontré con una serie de personas que me marcaron para siempre. Con algunos sigo manteniendo la amistad, a otros les sigo a distancia y de otros simplemente guardo un buen recuerdo. Fueron personas que me aportaron mucho en un momento crucial de mi vida (no digo nombres porque son muchos y no quiero cometer el error de olvidarme de alguno). Me aportaron mucho personal y musicalmente. Cuando llegué, yo era, desde luego, de los que menos sabían de aquella tropa. En la sección de Discos de la Fnac había (y sigue habiendo) verdaderas enciclopedias musicales, cuya erudición era mucho más epatante antes de la Era Wikipedia. Había un anuncio de la Fnac en la que aparecía un cliente que intentaba que los dependientes adivinaran el título de una canción de la que solo sabía la melodía. No era una exageración. En muchas ocasiones adivinábamos las canciones aunque nos las tararearan de mala manera. Nuestro nivel de efectividad no era del 100 % pero estaba cerca. Porque si uno de nosotros no era capaz de identificar la canción sabía a qué compañero dirigirse. Cada uno de nosotros éramos más o menos eruditos dependiendo del estilo musical. Y en todas las secciones había alguien ducho en la materia. Era alucinante trabajar con gente tan profesional. También es cierto que eran (o éramos) individuos un poco frikis, sobre todo en este país que siempre ha sido, es y será musicalmente paleto.

Éramos la penúltima generación de un oficio relativamente nuevo y que tenía los días contados. Yo recuerdo una profesionalidad a veces extrema, una forma de trabajar meticulosa que rozaba el virtuosismo: exhaustividad en el repaso de catálogos, discografías inmortales e inmensas (Dylan, Bowie, Beatles...) colocadas por orden cronológico, rarezas rastreadas en sellos independientes que no tenía ninguna otra tienda... Por catálogo éramos la mejor tienda de discos de España. Probablemente también por profesionalidad. Dudo que otra tienda de discos tuviera una plantilla tan completa como la que la Fnac Discos tenía entonces.

Si la industria discográfica no se hubiera sumergido en su propia mierda, tocada de muerte por los avances tecnológicos y por la negligencia de una clase política que siempre se preocupará más por los sectores del ladrillo y del automóvil que por los que atañen a la cultura, mis compañeros de entonces probablemente habrían llegado muy lejos en la industria musical. Algunos dejaron la Fnac para irse a trabajar a multinacionales y terminaron en la calle cuando se redujeron las plantillas. Otros se quedaron en la Fnac y vieron cómo poco a poco iban siendo acorralados en una sección que, como la habitación de Fermat, cada vez se hace más pequeña. Muy pocos siguen trabajando en los puestos de responsabilidad de algunas empresas discográficas, que tampoco dejan de encoger.

Internet podía haber sido una salida para muchos de mis compañeros, pero el poco respeto que hay en España por la cultura hace que a los apartados culturales de los distintos portales no se les dé mucha importancia. En las secciones culturales de las webs y de muchos medios de comunicación no es raro que trabajen los becarios. Si exceptuamos a algunos periodistas de los diarios importantes, a Diego Antonio Manrique y a alguna otra vieja gloria de Radio 3, apenas hay profesionales que puedan vivir del conocimiento de la música popular. De las revistas musicales ni hablamos, que están hechas en una proporción muy alta por colaboraciones desinteresadas.

Yo salté del barco afortunadamente a tiempo, pero fue por suerte. Necesitaba volver a mis estudios y quería dedicarme a la docencia. Simplemente coincidió con el hundimiento del Titánic musical.

Pensé en escribir alguna vez una novela al estilo de “Alta fidelidad” de Nick Hornby, pero no sé si lo haré. Probablemente me saldría una historia muy nostálgica que solo disfrutarían los amantes de los discos, los frikis melómanos que siguen existiendo y que ahora compran vinilos en la Fnac y en las pocas tiendas especializadas que resisten. Casi se va a quedar lo de las tiendas de discos para los escritores de novela histórica, que alguna vez tendrán que recordarle al mundo que hubo un tiempo en que la gente apilaba discos y cedés, unos extraños dispositivos de almacenamiento de audio con un agujero en medio.

Esta tarde he querido acordarme de mis antiguos compañeros de Discos para mandarles un abrazo, tanto a aquellos que hoy todavía siguen siendo mis amigos como a los que perdí el rastro y hace siglos que no veo.