miércoles, 26 de septiembre de 2012

Estado de excepción


Y si se acaba el pan, la cerveza y los goles
                        las vacaciones caras o el bono en el spa
empezarán las hostias

Cuando no quede pasta para ir a los bares
Nos embarguen el coche que compramos a plazos
O no nos dé el dinero para pagar la letra
                        del piso que siempre será del banco
Nos lloverán las hostias, hostias como panes
                        multiplicadas por algún dios perverso

Odiarás

Odiarás todo aquello que esté más allá de tu piel
de tu espacio vital
de tu fétido metro cuadrado

Nos posicionaremos
en diferentes bandos
Principalmente dos
los hijos de puta a cara descubierta
y los hijos de puta camuflados

Tantas hostias vendrán de todas partes
no sabremos de dónde
que todo dará igual

Estado de excepción será lo que tendremos
                        y habrá muchas más hostias
y esta vez con licencia

Podrás ser violento cuando todo esto ocurra
Podrás matar al prójimo si crees que es lo justo
                        o que tu vida inane merece esa experiencia
Podrás sodomizar a niños secuestrados
o violar muchachas que tropiecen contigo
Podrás hacer justicia en nombre de algún dios
o de alguna bandera infame y fratricida

Te habrán jodido tanto antes de eso
que ya todo estará justificado

De "Decoración de interiores" (Ed. Amargord, 2010)

viernes, 14 de septiembre de 2012

¡POESÍA A GRITOOOOOOS!


Antonio Díez me ha invitado a participar en este evento no sé si porque piensa que, por mi condición de manchego, hablo a voces. Yo, por mi parte, no me he podido resistir. Contribuiré a este festival de música y poesía recitando algunos poemas. Esta vez será algo especial porque subiré al escenario acompañado de Alicia Avilés e intentaremos hacer una lectura a dos bocas. Previsiblemente a gritos.


lunes, 10 de septiembre de 2012

Cuentos con moraleja: El cascabel y el gato

Tarde o temprano tenía que aparecer este cuento en esta sección. Ahí va mi particular versión:

Había en una casa una comuna de ratones que había llevado durante mucho tiempo una vida regalada y apacible. Se sabían todos los trucos para burlar la vigilancia de los dueños, saqueaban la despensa a placer y vivían a cuerpo de rey.
    Un día los dueños de la casa, hartos de la impunidad con la que la colonia ratonil cometía sus fechorías, buscaron un gato.
    No pudieron elegirlo mejor. El gato resultó ser un animal astuto y cruel que en pocos días diezmó la población de roedores.
    El ratón más viejo, que a su vez era el más sabio, sabía que por separado no podrían derrotar al gato. Por eso convocó una asamblea. 
    El primero que tomó la palabra fue el ratón sabio, que se subió a una caja de cerillas para utilizarla a modo de tribuna de oradores. Desde allí les dijo que ya que su pequeño tamaño les impedía enfrentarse a una bestia tan temible, tenían que buscar alguna argucia que les permitiera librarse de él.
    Después de un largo debate y de algunas propuestas disparatadas o suicidas, llegaron a la conclusión de que no serían capaces de asesinarlo. El ratón sabio les dijo que, en ese caso, tendrían que buscar la manera de tener siempre localizado al gato para poder asaltar la despensa cuando estuviera descuidado.
    Estuvieron otro buen rato discutiendo y proponiendo soluciones imposibles hasta que un ratón joven pidió permiso para subir a la tribuna:
    -Será tan fácil –dijo muy ufano- como ponerle un cascabel al gato. El cascabel nos avisará en todo momento de la presencia o la cercanía del gato.
    A todos los ratones les pareció una idea sublime y rompieron a aplaudir como locos. Era una idea tan genial y tan simple que no podían entender cómo a nadie de ellos se le había ocurrido antes.
    El ratón viejo y sabio que había hablado al principio subió de nuevo a la caja de cerillas e intentó calmar el guirigay ratonil para retomar el turno de palabra. Cuando después de un buen rato cesó la euforia y pudo hablar, les preguntó, no sin cierta ironía, quién sería el valiente que se encargaría de llevar a cabo tal proeza.
    -¿Será acaso el mismo joven que ha tenido la idea? –añadió.
    El aludido intentó eludir el compromiso diciendo que era justo que fuera otro. Él ya había contribuido a la solución del problema con su gran idea. Los otros ratones tampoco tuvieron muchos problemas para encontrar las excusas más variopintas. Es muy arriesgado. Yo ya estoy mayor. Soy joven e inexperto. El cuello del gato está muy alto. El gato escuchará el ruido del cascabel al acercarse. Nadie me ha dado un curso para poner cascabeles a los gatos. Por qué tengo que ser yo. Etcétera.
    Un par de horas más tarde se disolvió la asamblea sin llegar a ninguna conclusión. El ratón que había hecho la propuesta de ponerle un cascabel al gato recibió algunas felicitaciones más y muchos dijeron que estaría muy bien que alguien lo hiciera, pero todos se fueron sin tener intención de hacer nada.

Desde que a principios del mes de julio me enteré de que una plataforma ciudadana proponía rodear el Congreso de los Diputados el 25 de septiembre bajo el lema “Ocupa el Congreso”, estuve muy atento. Primero para saber quiénes estaban detrás de la propuesta y después para conocer cuáles eran sus pretensiones. Al principio todo me pareció genial. No soy el único que está esperando que pase algo, algo, no sé qué, que acabe con este proceso de degradación de nuestro sistema democrático. Por eso me sonó muy bien que fuéramos a sitiar el Congreso de forma indefinida hasta que dimitiera el Gobierno, se disolvieran las Cortes y se redactara una nueva constitución en la que se plantease un nuevo modelo político y económico para nuestro país.

Ahora mismo, sin embargo, me veo tan ridículo como los ratones que aplaudían a rabiar después de escuchar la infalible solución de ponerle un cascabel al gato.

Ojalá estuviera equivocado y esta convocatoria fuera todo un éxito. Pero veo improbable, por no decir imposible, que nuestra casta política se deje convencer por una acampada indefinida. Antes de llegar a algo así habría otros muchos recursos de los que echar mano y estoy seguro de que no escatimarían en antidisturbios, porrazos, pelotas de goma y juicios sumarios que llevarían a muchos manifestantes a la cárcel.

Tan disparatada veo ahora mismo esta convocatoria, o al menos sus pretensiones (otra cosa bien distinta sería que fuera una manifestación más), que, si me equivoco y triunfa, me comprometo a reescribir este cuento cambiándole el final. Quedaría algo así:

… Nadie me ha dado un curso para poner cascabeles a los gatos. Por qué tengo que ser yo. Etcétera.
Harto de escuchar excusas, el ratón joven e idealista subió de nuevo a la tribuna y les propuso el siguiente plan: rodearían al gato y no le dejarían escapar hasta que reconociera que se había portado mal con ellos y accediera a que le pusieran el cascabel.
Así lo hicieron. El gato, desbordado por los acontecimientos y sin saber cómo escapar, terminó agachando la cerviz y ofreciendo de forma sumisa su cuello a aquellos malditos roedores que con su ingenio habían conseguido derrotarle.
Desde ese día los ratones vivieron en paz y los dueños de la casa pudieron presumir de tener un gato con un cascabel muy mono.

martes, 28 de agosto de 2012

La vuelta al cole

Llamadme raro, pero a mí siempre me gustó la vuelta al cole. Me encantaba ir a la escuela. Allí estaban mis amigos. Allí sucedían cosas interesantes. Allí hablábamos de todo y ampliábamos nuestro mundo. Allí nos contaban historias sorprendentes y nos enseñaban a hacer esto y aquello. A mí me gustaba mucho aprender. Ni los gilipollas que hay en todos los colegios y que a veces me querían pegar a la salida, ni las lecciones soporíferas, que también las había, ni algunos maestros educados en el franquismo que todavía pegaban o insultaban a los alumnos consiguieron quitarme las ganas de ir a la escuela.

Y en el instituto me pasó otro tanto de lo mismo. Me gustaba ir a clase incluso para poder hacer novillos algunas veces. Los idiotas que pululaban por allí nunca me quitaron las ganas de empezar el curso, ni los malos profesores, ni las asignaturas que me fastidiaban, ni la puñetera selectividad. Llamadme empollón si queréis, pero a mí me gustaba ir al instituto. Y cuando terminaban las vacaciones de verano, más.

Muchos años más tarde, un buen día, pude volver al instituto como profesor. Recuerdo que me sentía pletórico por empezar otra vez un nuevo curso. Y ninguno de los años que llevo dando clase me ha importado que se acaben las vacaciones. Llamadme tonto si eso es lo que os parezco. Ni mi poca afición por madrugar, ni los alumnos más problemáticos, ni las generaciones más desmotivadas, ni las clases más conflictivas, ni los padres más beligerantes me han quitado nunca las ganas de impartir mis clases.

Y es ahora, después de casi diez años como docente, la primera vez que experimento un rechazo fuerte a la idea de volver a clase. Solo de pensar que faltan tan pocos días para volver de nuevo a las aulas me da mal rollo. Es la resaca del último curso, el recuerdo de las huelgas y las manifestaciones, de la angustia al ver cómo desaparecen recursos, cómo la precariedad económica a veces te escamotea hasta unas fotocopias, o te deja sin calefacción, o sin celo. Es la sensación de impotencia al darte cuenta de que están quitando apoyos a los alumnos con más necesidades, al ver las clases abarrotadas, al contemplar impotente cómo a miles de compañeros interinos los echan a la calle sin contemplaciones después de haber dedicado muchos años de su vida a la enseñanza.

Por todo esto y por lo que está por venir -temo que este curso será mucho peor que el anterior- es por lo que por primera vez en mi vida no tengo ganas de volver a clase. Lo que no consiguieron los gilipollas de la escuela, ni los asquerosos maestros franquistas que resistían en los años de la Transición, ni las asignaturas que detestaba, ni la selectividad, ni los alumnos problemáticos, ni las clases conflictivas, lo ha conseguido María Dolores de Cospedal en poco más de un año de gobierno y solo trabajando media jornada en Castilla-La Mancha, que Génova absorbe lo suyo. Gracias a ella puedo, por fin, hacerme una idea de lo que sienten esos compañeros que se dan de baja por depresión. De ella es todo el mérito. No era un reto sencillo desanimarme y ella, con y sin peineta, lo ha logrado. Pido un fuerte aplauso por esta esforzada gobernante que pronto podrá decir, a ciencia cierta, que la educación pública es una mierda y que hay que apostar por la privada. No se equivocará, que sus desvelos le está costando que sea así. Puede llamarme impertinente si le parece.

domingo, 19 de agosto de 2012

Escenario idílico

Tú y yo nos encontramos
en la barra de un bar
y eso ya es mucha suerte

Entre los componentes que forman el alcohol
hay una dosis grande de amor y de deseo
Fue él quien nos dictó palabras adecuadas
Fue él el que me dijo que tu alma encajaba
en los extraños huecos que mi cuerpo escondía
Entonces comprendí que aquel vacío
desde hace mucho tiempo te esperaba

El bar fue el escenario preciso y necesario
para que pudieran pedirme tus labios
que te llevara a casa porque era ya muy tarde
Y yo te lleve a casa a cambio de una cita
a cambio de tocarte, a cambio de besarte
sin ansias y sin prisas
sentía o presentía que solo era el principio
solo un aperitivo para matar el hambre
que habría muchos más
más besos y más días
más días y más besos
seguidos, sucesivos, infinitos
Y no me equivocaba
pues ya perdí la cuenta
después de tantos años

Es fácil que de haberte conocido
currando de cajera en algún súper
o pidiéndote un préstamo en un banco
o siendo mi dentista, mi urólologa, mi médium
mi asesora fiscal, mi compañera en clase
mi jefa en el trabajo, la vecina del quinto
la chica que me llama para hacerme una encuesta
la mujer policía que me pide el carné
la nueva conductora del autobús urbano
la muchacha que lee en el metro a Ken Follet
o que cada semana se escapa de acampada
no habríamos follado
ni hablado de Godot
ni nunca habría escuchado
tu voz leyendo cuentos
justo antes de dormir

                               De "Decoración de interiores" (Ed. Amargord, 2010)

martes, 14 de agosto de 2012

El sueño de una noche de verano

No sé si empezaba así el sueño, pero es lo primero que recuerdo: los GEOS o un grupo especializado parecido empezaba a rodear el edificio. Era una operación de grandes dimensiones y eran miles los agentes que se preparaban en las calles, en las azoteas o incluso sobrevolando el cielo de Madrid en helicópteros. Puede que fueran soldados. No lo sé. Parecía la escena de una película americana en el momento en el que rodean el edificio donde se esconde un criminal peligroso o algún terrorista.

Iban vestidos con un uniforme azul oscuro, llevaban cascos con visera que ocultaban sus rostros y cargaban con fusiles de asalto y ametralladoras. En la retaguardia estaban dispuestos varios carros de combate y otros vehículos blindados. Por eso no estaba seguro de si el ejército estaba o no implicado en la operación. No era algo que me preocupara. Al mando estaba Christian Bale y eso me tranquilizaba bastante. Aunque no iba caracterizado como Batman porque ingenuamente pensaba que todavía había gente que no sabía que era él.

El edificio que estaban a punto de asaltar era la Bolsa de Madrid. Tenía, si le quitas la bandera yanqui, el mismo aspecto que la Bolsa de Nueva York, pero porque yo no sé cómo es la Bolsa de Madrid. Puede que por razones parecidas -o por algún tipo de asociación lógica- en mi sueño la bolsa de Madrid estuviera en la Carrera de San Jerónimo ocupando el espacio del Congreso, incluso conservando las escaleras y los leones a los lados.

A pesar del tremendo despliegue policial se trataba de una operación secreta que pretendía pillar desprevenidos a los que estaban dentro. Los brokers y demás individuos trajeados que entraban y salían del edificio, incomprensiblemente, no parecían darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

Miré el reloj y vi que eran las 18.20. Era la hora convenida para el inicio de la operación. Supongo que parte de los detalles de este sueño le deben algo a mi reciente lectura de Anatomía de un instante de Javier Cercas. Por eso tampoco me parece raro que en ese momento Christian Bale, o Batman, llevara puesto un gorro muy parecido a un tricornio. El efecto que causaba, sin embargo, era justo el contrario al que en el 23F causó Tejero. Un tipo como Tejero solo podía inspirar desconfianza e inquietud. Christian Bale inspiraba fe ciega. En parte porque sabíamos que era Batman y eso, quieras que no, tranquiliza.

Fue entonces cuando Christian Bale, con la ayuda de un megáfono, pidió a todos los que estaban dentro de la Bolsa que salieran pacíficamente, con las manos en alto y sin ofrecer resistencia. Afortunadamente hablaba con la misma voz que tiene cuando le doblan en España. Era de agradecer. Me desconcierta que en el doblaje le cambien la voz a los actores extranjeros.

Esperamos unos minutos para ver lo que sucedía. Aproveché para preguntarle por qué en la última entrega de Batman se convertía en un férreo defensor del capitalismo. Como no contestó decidí meter los dedos en la llaga y añadí: “Parecías un superhéroe neocón”.  Finalmente me dijo: “Si algún día son otros los que pagan la película, seré de otra manera. En eso estamos, ¿no?"

Fue entonces cuando vimos cómo las puertas de la Bolsa se cerraban como las compuertas de una ciudad fortificada cuando va a sufrir un ataque. En uno de los balcones colgaron una pancarta que decía “Ni un desalojo más”. “¡Mierda! ¡Serán cínicos los hijos de puta! ”, soltó de muy mala hostia Christian Bale. Luego dio la orden para iniciar la segunda fase de la operación.

Varios grupos de agentes empezaron a acercarse al edificio por todos sus flancos. Desde el edificio los recibieron con ráfagas de ametralladora. Muchos agentes cayeron abatidos. Otros consiguieron llegar a los muros y empezaron a trepar por ellos para alcanzar las ventanas. Antes de dormir había visto un capítulo de Hermanos de sangre y supongo que por eso me pareció que todos los agentes vestían el uniforme militar del ejército estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.  “Hubiera sido mucho más fácil hacer lo mismo que hicieron con el Palacio de la Moneda en Chile”, murmuró Christian Bale.

Hubo más tiros y más bajas, pero algunos agentes-soldados seguían alcanzando su objetivo y se colaban por las ventanas. Pensé que su misión sería abrir la puerta desde dentro, pero me equivoqué. No sé de dónde salió un tanque que empezó a aproximarse al edificio. Cuando tuvo a tiro la puerta principal disparó y la hizo saltar por los aires. En pocos minutos los agentes se precipitaron dentro del edificio y redujeron a todos los que seguían con vida.

Cuando empezaron a sacar a los brokers detenidos y esposados, le pregunté a Batman qué sería de ellos. Antes de responderme estuvo unos segundos observando sus gestos contrariados e intentando comprender sus palabras amenazantes. "No sabéis lo que hacéis, no sabéis lo que estáis haciendo. Os arrepentiréis”, decían algunos. Los policías que los llevaban detenidos se reían de ellos y les decían cosas como: “Hale, payaso, a jugar a otro sitio, que aquí ya se ha acabado la fiesta”. Christian Bale por fin se decidió a contestarme: “Si te refieres a esos, que son solo los perros de sus amos, no tienes que preocuparte. Aunque tendrán su castigo. Algunos se suicidarán. Otros, los que sean capaces de soportarlo, terminarán trabajando de contables en alguna empresa de mierda”.

Eché un vistazo a las noticias de Twitter para ver cómo iba la operación en otras partes del mundo. Me alegré al ver que las Bolsas más importantes –Nueva York, Frankfurt, Londres, Tokio…- también estaban siendo desalojadas en esos momentos.

“¿Qué pasará ahora?”, le pregunté a Christian Bale. Con su gesto impertérrito me respondió: “La Bolsa se cerrará para siempre. Esperamos que este final sea el principio de algo mucho mejor”.

Parecía que iba a añadir algo más, pero llegaron los periodistas y nos interrumpieron. Contra todo pronóstico no fueron a por Christian Bale, sino a por mí. “¿Cómo se te ocurrió la idea?”, me preguntaban varios periodistas a la vez mientras me atacaban con sus grabadoras y micrófonos. Tardé en contestar porque trataba de averiguar cómo habían conseguido descubrir que había sido mía la genial idea de acabar con la Bolsa para solucionar la crisis.

Finalmente les expliqué que se me había ocurrido viendo un capítulo de House. El equipo de House descubría que los problemas de su paciente venían del bazo y decidían extirparlo. Luego le decían al paciente que después de la operación podría llevar una vida totalmente normal. Me pregunté entonces para qué hostias servía el bazo. Todo el mundo sabe qué es lo que hace el corazón, o los riñones, o los pulmones, o los testículos, pero ¿el bazo? Les pregunté a los periodistas si ellos lo sabían y ninguno supo responder. “Pues eso mismo me pasó a mí”, les expliqué, “ justo antes de pensar que la Bolsa podía ser a la sociedad lo mismo que el bazo al cuerpo humano”. Una periodista impertinente me preguntó sarcástica si me parecía lógico y razonable que una operación de esta magnitud, cuyas consecuencias aún estaban por determinarse, tuviera como fundamento el visionado de una serie de televisión. “Bueno”, improvisé, “supongo que también tuvo que ver algo el principio de la navaja Ockham”. “Ah”, dijo la periodista, y se abstuvo de preguntar más porque probablemente no tenía ni puta idea de quién era Guillermo de Ockham. A punto estuve de decirle que era el protagonista de El nombre de la rosa, pero me mordí la lengua a tiempo.

Los periodistas se fueron muy satisfechos discutiendo si iban a titular por House o por Ockham y me dejaron en paz. Y yo, con la satisfacción de haber salvado el mundo, me sorprendí al darme cuenta de que llevaba puesto el traje de Batman y me desperté.

lunes, 30 de julio de 2012

Cuentos con moraleja: El cuento de los afiladores

Hoy toca un cuento de auténtica tradición oral. No digo que no exista ninguna versión escrita, sino que al menos yo no la conozco. Esta historia se la escuché a mi padre en repetidas ocasiones cuando era pequeño:

  En tiempos de la posguerra, dos pobres afiladores iban de pueblo en pueblo ofreciendo sus servicios. Para llevar a cabo su labor se valían de sendas bicicletas Orbea. La bicicleta era el vehículo ideal para aquellos esforzados y humildes trabajadores: no consumía combustible ni necesitaba pienso. Tampoco para poner en marcha la herramienta que les daba de comer, ya que la rueda de piedra con que afilaban cuchillos, navajas y tijeras también giraba gracias a un juego de poleas que se ponía en marcha con los pedales del vehículo.
  A media tarde llegaron a un pueblo y, antes de poner el pie en la primera calle, vieron a las afueras lo que parecía un pajar.
  -Ahí podríamos pasar la noche –dijo uno.
  El otro miró el edificio antes de hablar.
  -Parece que está cerrado.
  -Yo creo que nos podremos colar por esa ventana –dijo el primero que había hablado, y señaló una ventana grande y sin rejas que estaba a unos dos metros del suelo.
  Finalmente convinieron en verse allí a última hora de la tarde y se separaron después de haberse repartido, un poco a ojo, las calles del pueblo. A lo lejos escuchaba cada uno la escala desmayada que, a modo de reclamo, salía de la flauta de pan de su compañero.
  Cuando ya estaba a punto de ponerse el sol, regresaron al pajar. La ventana que habían visto al llegar se les antojó un poco más alta que unas horas antes. Comprobaron que la puerta estaba cerrada. Rodearon el edificio en busca de otro modo de entrar menos arriesgado. Y tras cerciorarse de que no había otra alternativa, decidieron que intentarían alcanzar la ventana utilizando una bicicleta a modo de podio. Encaramándose con desparpajo sobre la bici uno de ellos pudo trepar hasta el alféizar de la ventana, que era ancho por ser las paredes de adobe. Desde allí le fue fácil ayudar a su compañero a subir.
  El sol ya se había ocultado. La luz diurna aún les hubiera permitido andar por los caminos sin necesidad de echar mano de ningún farol. Sin embargo, no era suficiente para adivinar qué les esperaba al otro lado del muro. Ambos escrutaban entre las sombras intentando encontrar algún asidero que les ayudara a bajar la pared por el otro lado. No era fácil. Un palmo más allá de sus narices todo eran tinieblas y sombras imprecisas.
  -A ver si va a haber un perro –dijo el primero que había trepado hasta la ventana.
  -No digas tonterías. Ya estaría ladrando. Venga, hombre, salta y mira a ver dónde podemos acomodarnos.
  El otro no dijo ni sí ni no, pero tampoco se decidió a hacerle caso.
  -Si no saltas tú, salto yo y santas pascuas –dijo otra vez el mismo-. Esto es un pajar, ¿no? Seguro que no hay más que paja. ¿Te da miedo saltar o qué?
  -No, hombre, no. Estaba viendo si había alguna forma más fácil de bajar.
  -Si no te atreves, salto yo –apremió el compañero.
  A lo mejor debería haberle dicho que saltara él si tanta prisa tenía, pero no lo hizo por no parecer un cobarde, que era lo que él otro no dejaba de restregarle por la cara.
  Por eso terminó saltando el primero.
  Por eso fue él el que primero terminó descoyuntado y atravesado  por unos hierros que, segundos más tarde, entre las sombras, pudo reconocer como aperos de labranza. Probablemente lo que se le había clavado en la espalda eran arados. Lo que atravesaba su pierna derecha era más agudo y punzante. Debían de ser las púas de un rastrillo o de una horca de hierro.
  -¿Hay paja? –preguntó a voces su compañero desde lo alto de la ventana.
  El afilador que agonizaba entre los aperos de labranza tardó unos segundos en responder. A punto de morir, pero aún consciente, echó mano de todas sus fuerzas para que su voz sonara más clara, sincera y optimista que nunca, y dijo entre sus postreros estertores:
  -¡Mucha y blanda!


Eso mismo me parece que me dicen todos los que me hablan de las maravillas de tener hijos: los hijos han dado sentido a mi vida, los hijos dan la felicidad, los hijos son lo más hermoso, los hijos son lo más importante, etc. Son frases tan concluyentes como huecas, que se supone que los que no tenemos hijos no podemos entender, que es otra de esas frases recurrentes que dicen los que tienen hijos. Los argumentos racionales se les dan peor, como no sea ese tan egoísta de que se tienen hijos para no estar solo en la vejez.

Lo que yo veo es muy distinto: madres abnegadas que alumbran un bebé después de meses de molestias, cuitas y privaciones; madres y padres abnegados que renuncian totalmente a su vida durante dos o tres años para dar biberones, limpiar narices y culos, pasar noches en vela, vivir en un sinvivir a cada momento ante la posibilidad de que el fruto de sus entrañas meta los dedos en un enchufe, se deje caer por el hueco de la escalera o cruce la calle en el mismo momento que pasa un camión; luego me imagino la escuela y los nuevos temores que tienen que acechar a los padres, como el de que su hijo sea tonto, o que no sea sociable, o que tenga alguna dificultad en la que no habían reparado, y que no se pegue con los otros niños, y que haga caso al maestro, y más sacrificios de tiempo para llevarlo a actividades extraescolares, y al zoo, y al parque de atracciones, y al circo que acaba de llegar a la ciudad, y a la actuación –¡oh, no!- de los cantajuegos; para luego llegar al instituto y que la cosa no mejore, que eso, como profesor, lo tengo comprobado, porque la dependencia del niño o la niña sigue siendo parecida a la que tenía en el cole, pero ahora además se empieza a portar raro, y a todo dice que no, y protesta, y se enfurruña y no habla, o contesta de mala manera, y es que de las cosas del pavo no se libran ni los que tienen hijos de esos que sacan buenas notas y nunca se meten en líos, que no hay padre con hijos adolescentes que no padezca sus tribulaciones, porque son años muy importantes para la vida de su hijo, son años en los que se empiezan a decidir cosas, si estudia o no, si trabaja, en qué trabaja, si estudia, qué estudia, y luego hay que luchar contra la revolución hormonal y discutir todo el tiempo con cabezas llenas de pájaros; y después se hacen mayores, y tienes que ayudarles hasta que sean capaces de mantenerse por sí mismos, hasta que se vayan de casa, con veinte, con treinta, con cuarenta… Si no viene la crisis y te los devuelve otra vez, que uno cuando tiene un hijo lo tiene para siempre.

La frase típica de padres a la que no pongo ninguna objeción es esa en la que aseguran que los hijos llenan toda tu vida. Eso sí me lo creo.

Que nadie piense que me parece mal que la gente tenga hijos. Todo lo contrario. Es posible que mucha gente los necesite para realizarse plenamente. Y me alegro, que soy profesor y necesito que sigáis procreando para tener alumnos. Y los que tienen negocios, clientes. Y los empresarios, mano de obra barata.

Lo que no entiendo es que cada dos por tres alguien se extrañe de que yo no quiera tener hijos y me mire con recelo. Sobre todo porque tengo pareja y estabilidad laboral y un hogar que ofrecerle al posible vástago. Hay gente que te mira como si fueras un bicho raro, alguien de quien no te puedes fiar, un traidor a la especie o algo así. No sé por qué la decisión de no tener hijos levanta en algunas personas tantas suspicacias.

Yo no miro mal a los que tienen hijos. Es algo que tiene buena prensa desde que el mundo es mundo. Y si un montón de personas de las que te fías te animan a saltar, te aseguran que hay mucha paja y que está blandita, no vas a ser tú el que sospeches que es una trampa. Por otra parte, tampoco puedo descartar que algún día termine siendo yo el que dé el salto, que ya sabemos lo veleidosa e irracional que puede ser en ocasiones la condición humana.

viernes, 20 de julio de 2012

Hormigas

Como todos los niños pequeños, yo tenía mis perversiones, que eso de que los niños son buenos y cándidos es mentira. A la mierda Rousseau. Tampoco es que fuera de los niños más temibles. Por ejemplo, yo nunca me pegaba con otros chicos ni torturaba a los animales más allá de darle algún que otro susto a mi gato. Mis instintos sádicos se dirigían a los insectos, principalmente a las hormigas. No llegué a soñar que me salían de la palma de la mano como le pasó a Dalí, pero eran bichos que, para su desgracia, llamaban mi atención. Lo que más me gustaba era reventar sus colonias y observar su comportamiento con interés de entomólogo amateur.

No sé, quizá me fastidiaba el orden, o la laboriosidad extrema, o la disciplina, o la diligencia contumaz. Yo qué sé. Puede que mi aversión por las hormigas explique ciertas simpatías que siempre he sentido por la cigarra en el cuento que coprotagonizan. La cuestión es que mis ataques a sus hormigueros eran habituales cuando me aburría y descubría una colonia de hormigas afanándose en su tarea de aprovisionamiento, con sus filas perfectamente formadas para transportar y almacenar granos, semillas, pajitas o migas de pan. Era tan fácil como pegar un pisotón en mitad de una hilera o dejar caer sobre ella una piedra de dimensiones considerables. Indefectiblemente siempre pasaba lo mismo: las hormigas que sobrevivían a la catástrofe dejaban caer sus mercancías, echaban a correr a tontas y a locas y daban vueltas durante un rato hasta que comprendían que el peligro había pasado. En unos minutos, pocos, empezaban a recuperar sus mercancías abandonadas y volvían a organizar las filas en dirección a las despensas de su hormiguero olvidándose de las que habían perdido la vida.

Me sorprendía, ingenuo como era entonces, que reanudaran sus tareas habituales en tan poco tiempo y sin que les importaran las bajas. Eso me hacía pensar que eran bichos totalmente indolentes. Los seres humanos, sin embargo -me parecía a mí-, teníamos sentimientos y padecíamos más en situaciones similares.

Años después, cuando ya no reventaba hormigueros, empecé a pensar que no había tanta diferencia entre los seres humanos y las hormigas. Después de una catástrofe natural es posible que tardemos más tiempo que las hormigas en reordenar las filas para continuar con nuestra vida de siempre, pero sería estúpido pensar que nuestra noción del tiempo coincide con la de los insectos. Es posible que un minuto de una hormiga sea como un mes para nosotros.

No hace falta decir que después de aquellos experimentos entomológicos mi mente se llenaba de pensamientos metafísicos, ontológicos, cosmológicos y religiosos con los que empecé a plantearme cuestiones muy profundas sobre el azar, el destino, la existencia de microcosmos o la idea de Dios. Pero dejo para otro día los pensamientos transcendentes y sigo con la evolución de mis abominables experimentos.

Me sentía un pequeño dios –o diablo- que hacía y deshacía a su capricho en un mundo indolente e insignificante. Hasta ese momento, ya fuera por la fuerza de la suela de mi zapatilla, por los meteoritos que les arrojaba o incluso por algunas riadas que a veces provoqué, mis ataques habían sido lo más parecido a catástrofes naturales.

Me faltaba que mis víctimas pensaran que aquellos ataques eran una agresión, que había un responsable y que tenían que contraatacar antes de que acabara con todas ellas.

Así entraron en el tablero los saltamontes.

Hacer creer a las hormigas que un saltamontes era el responsable de la debacle fue muy sencillo. Solo tenía que hacerlo aparecer en el lugar de los hechos en el momento oportuno, esto es, justo después de dar el zapatazo. Para ponérselo más fácil a las hormigas, en el casting elegía a un saltamontes pequeño. Y para que no pudiera escapar gracias a la agilidad que les caracteriza solía dejarlo ligeramente lisiado. Bastaba con privarlo de alguna de sus patas traseras.

En cuanto localizaban al intruso, las hormigas eran inclementes con él. Le atacaban rápidamente y sin piedad. Parecía que actuaban como una masa enloquecida, pero creo que había cierto orden en su ofensiva. En pocos segundos desmembraban al bicho y transportaban sus patas al hormiguero como si fueran preciados granos de trigo. Finalmente se llevaban como podían el tronco del saltamontes –todavía vivo- y, si era lo suficientemente pequeño para pasar por sus galerías, seguía el mismo camino que sus patas. Ignoro si las hormigas se comen estos bichos, pero doy fe de que lo metían con decisión y vehemencia dentro de su despensa como si se tratara de un manjar exquisito.


Me estoy acordando de todo esto porque no puedo evitar vernos como hormigas en las manifestaciones que se están sucediendo en contra del Gobierno –de los Gobiernos- desde el famoso 15M, y que ahora, con los terribles hachazos que está sufriendo el estado de bienestar, probablemente se repetirán con mayor asiduidad. No puedo evitar vernos como a esas hormigas que después de un zapatazo rompen filas y corretean de forma desorganizada durante unos minutos para luego retomar el trabajo y volver diligentes a la rutina diaria. Tampoco puedo evitar pensar que Rajoy, Montoro, De Guingos, la Cospedal o la Esperanza Aguirre son solo saltamontes, señuelos, hombres de paja, aunque ellos ni siquiera lo sepan. Porque los que en realidad están causando los destrozos –les hemos puesto el nombre genérico de mercados porque son inaccesibles y están tan lejos de nosotros que no somos capaces de identificarlos- probablemente nos observan con indiferencia, acaso con curiosidad entomológica.

Estos pensamientos me deprimen un poco, incluso me invitan de alguna manera a la desmovilización. Pero luego me acuerdo de las hormigas desmembrando a los saltamontes y me las imagino satisfechas al ver cómo finalmente se llenan sus despensas, ilusionadas por haber derrotado al enemigo, felices pensando que han acabado con el mal que acechaba su colonia. Y eso, aunque sea a modo de premio de consolación, anima.

sábado, 30 de junio de 2012

Cuando tomemos las calles

Es posible que piensen que vamos a rendirnos y que han conseguido intimidarnos. Se equivocan. Los españoles no tenemos miedo y somos voluntariosos, tercos, incansables. Puede que seamos un poco lentos, pero es un defecto que compensamos con nuestra tenacidad. Piensan que no vamos a poder acabar con ellos porque siempre ha sido así. Y se creen más fuertes por sus recientes victorias. No comprenden que las victorias pasadas no les van a servir de nada en el próximo enfrentamiento. Ni sus argucias ni sus estrategias ni sus trampas de mafiosos. A los españoles no nos gustan los tipos corruptos. Y nos da igual que hayan sido o no condenados porque sabemos que la justicia no es infalible. Lo importante es que no les tenemos miedo y que no nos intimidan sus demostraciones de fuerza. Porque a pesar de nuestras diferencias, de las rivalidades que puedan existir entre nosotros, sabemos que debemos estar unidos en los momentos importantes. Ya derrotamos en su día a los franceses para demostrarlo. Cuando todos los españoles juntos abarrotemos las calles sabrán que hemos vencido. Demostraremos al mundo que un pueblo que se une en los momentos difíciles y que lucha hasta el último momento lo puede conseguir todo. Incluso cambiar la historia. Por eso ya se pueden ir preparando los italianos. La Roja volverá a derrotarles, aunque tengamos que llegar a los penaltis, como en 2008. Porque así somos nosotros: un pueblo capaz de alcanzar cualquier logro que se proponga. De momento estamos centrando todos nuestros esfuerzos en el fútbol, pero quién sabe lo que podríamos conseguir en caso de conducir todo ese potencial al ámbito político, económico o científico. Quién sabe si no volveríamos a ser la nación que otrora tuvo un imperio donde nunca se ponía el sol. Una historia de sacrificios y éxitos nos precede. Fuimos capaces de soportar cuarenta años a un sátrapa solo para que los Borbones volvieran a reinar y nos trajeran la democracia. Hicimos una guerra civil para evitar que España entrara en la Segunda Guerra Mundial. Echamos a los franceses para devolverle el trono a Fernando VII, un rey cruel y tirano, pero que, al fin y al cabo, era el nuestro. Me atrevería a decir que somos como somos desde la Hispania romana. ¿O no es verdad que permitimos que los romanos conquistaran la Península porque queríamos ser colonizados por una cultura superior que nos convirtiera en un pueblo civilizado? A ellos les debemos aportaciones tan grandes como el derecho, la administración pública, la filosofía, la afición por hacer carreteras y puentes, el cristianismo y, por encima de todo, el “panem et circenses”. Este es el pueblo español. Y mañana, tras derrotar a Italia, cuando tomemos las calles, le demostraremos al mundo entero que –a pesar de nuestras luchas intestinas, de nuestra prima de riesgo, de nuestros cinco millones de parados, de nuestro corrupto sistema político, de la casta de políticos incapaces que nos gobiernan- somos unos triunfadores, que sabemos luchar por lo que de verdad nos interesa.

lunes, 25 de junio de 2012

Proceso de aceptación de una enfermedad terminal

Síntomas iniciales

En septiembre de 2011 la enfermedad se empezó a manifestar de forma virulenta. Muchos se mostraron muy sorprendidos tras los primeros síntomas, pero era previsible que sucediera algo así. Los resultados de las elecciones autonómicas de mayo presagiaban ese desenlace. Otra cosa bien distinta es que muchos de los que depositaron la papeleta dentro de la caja no fueran muy conscientes de las consecuencias que podría suponer elegir la opción incorrecta.

María Dolores de Cospedal, ya sin la “de” del apellido –se la quitó para aparentar humildad-, se convirtió en la presidenta de Castilla-La Mancha por mayoría absoluta. Su desconocimiento de la región era enciclopédico y de magnitudes bíblicas, pero había pirateado el cuaderno de bitácora de su amiga Esperanza Aguirre y eso le infundía cierta seguridad.

La noticia de que los servicios públicos de Castilla-La Mancha habían llegado a una fase terminal e irreversible no nos llegó directamente. Nunca ha sido la transparencia una de las virtudes más destacadas de nuestros políticos. Pero los recortes que llegaron en forma de alud al sistema educativo no dejaban lugar para la duda. La crisis resultó ser la coartada perfecta para iniciar el proceso de degradación de los servicios públicos, una degradación que, a la larga, hará más sencilla su progresiva privatización. Es lo que pasa cuando pones a gobernar lo público a gente que solo cree en lo privado.

Primera etapa: Negación

Los primeros días del curso supusieron una conmoción tan grande en el profesorado que apenas podíamos dar crédito a lo que estábamos viviendo. Cuando solo faltaban unos días para que empezara el curso se abortaron todas las asignaciones de destino del profesorado interino, se aumentaron las horas de docencia directa y empezaron los primeros ajustes que anunciaban un futuro aumento de alumnos por clase y un recorte cruel de recursos de apoyo. Durante dos o tres días muchos profesores estuvimos sin saber cuál sería nuestro destino; otros –mucho peor-, sin saber si estaban definitivamente en la puta calle. Los colegios se libraron in extremis porque el curso ya había comenzado y hubiera sido demasiado engorroso despedir a miles de maestros que habían sido contratados pocos días antes. Aunque muchos no queríamos ver lo que estaba sucediendo, el mensaje era meridiano: la enseñanza pública entraba en un estado terminal e irreversible.

Segunda etapa: Ira

De los primeros momentos de incredulidad pasamos a los primeros accesos de ira. Según el modelo de Kübler-Ross, que explica las etapas por las que pasa un individuo al recibir la noticia de una enfermedad terminal o de una pérdida catastrófica, ya habíamos llegado a la segunda etapa, que tuvo su manifestación más clara cuando despidieron a unos mil profesores interinos que pocos días antes habían tenido adjudicada de forma provisional una vacante. ¿Por qué no habían evitado esa adjudicación de plazas? Daba la sensación de que la Cospedal y sus secuaces se recreaban en el sadismo con delectación.

Los mensajes parcos y nada clarificadores que los esbirros de Marcial Marín hacían llegar a los centros exacerbaron aun más los ánimos, aunque al mismo tiempo crearon un desconcierto que les terminaría beneficiando. Muchos pensábamos que aquellos mensajes contradictorios y escuetos eran una manifestación de la ineptitud del consejero de educación, pero algunos decidieron que era mejor esperar a ver en qué terminaba todo aquello. Así que la ineficiencia del equipo de Marcial Marín finalmente sirvió para desmovilizar a mucha gente. La historia del burro y la flauta, que no pierde vigencia.

Los que estábamos en la segunda fase del modelo de Kübler-Ross anduvimos unos meses cabreados convocando asambleas, pintando carteles, vistiendo camisetitas verdes, haciendo huelgas (pocas y con pocos) y manifestaciones  (unos pasacalles pacíficos que alteraban menos el orden que la cabalgata de Reyes o la vuelta ciclista).

Aunque en un primer momento las movilizaciones tuvieron bastante eco, solo en algunas zonas el seguimiento fue masivo. Ni siquiera conseguimos movilizar a los compañeros de Primaria, cuyos recortes en gran medida habían sido pospuestos para el curso siguiente.

Tercera etapa: Negociación

En la tercera etapa del modelo de Kübler-Ross, que se denomina negociación, el individuo se apacigua y empieza a buscar fórmulas que le permitan ganar algo de tiempo. Sabe que no puede detener lo que se le viene encima, pero no pierde la esperanza de conseguir una prórroga para que los cambios sean paulatinos y progresivos, para ralentizar el desenlace. El problema es que, cuando nosotros estábamos dispuestos a conformarnos con poco, llegó el 20N y el Partido Popular consiguió la mayoría absoluta en las elecciones generales. La palabra negociación nunca ha sido de sus favoritas, pero desde ese momento pasó al cementerio de las palabras en desuso. Tampoco había tiempo para negociaciones. Era la mejor época para la poda con motosierra y no había que desaprovecharla: nuevas bajadas de sueldos, reducción del número de sustituciones por bajas, más recortes de recursos materiales, etc.

Por nuestra parte llegó el momento de echar cuentas. Algunos para ver si con el sueldo que pronto nos volverían a recortar tendríamos suficiente para pagar la hipoteca y llevar una vida más o menos digna. Otros para pensar a qué se podrían dedicar cuando les despidieran.

Cuarta etapa: Depresión

Numerosos docentes entramos en un estado de frustración y depresión. Eso hizo que muchos abandonaran las movilizaciones, incluso aquellos interinos que sabían que lo más probable era que aquel fuera su último contrato. Algunos, los menos, intentaron reaccionar, pero pudo más el abatimiento de muchos que la rabia de unos pocos. Las siguientes huelgas y manifestaciones fueron escasas y se llevaron a cabo con cierta displicencia, más por inercia que porque se tuviera el convencimiento de que aquellas acciones aisladas y esporádicas –con un seguimiento más o menos deprimente según zonas-pudieran tener algún tipo de repercusión.

Quinta etapa: Aceptación

La última fase del Modelo de Kübler-Ross es, como es lógico, la aceptación, el fin de la lucha. Aunque la última huelga no fue un fracaso absoluto, durante la manifestación de Toledo pudimos comprobar, desolados, que el seguimiento de las movilizaciones por parte de alumnos y familias era muy bajo. Al menos en Castilla-La Mancha. Después de todo un curso intentando concienciar a la ciudadanía de que todos los recortes en educación no perjudican solo a los profesores que se quedan en paro o ven disminuir su estipendio, sino principalmente a los jóvenes que van a sufrir una considerable pérdida de calidad en su formación, tuvimos que reconocer que habíamos fracasado.

Quizá algunos, más que en un estado de aceptación, viven una especie de shock que les impide movilizarse. Pero el resultado viene a ser el mismo: una apatía que nuestros gobernantes travisten de comprensión ciudadana cuando dan ruedas de prensa.

Todo este proceso anímico explica que no estemos haciendo nada contundente ahora. Ahora que es cuando más agresivos van a ser los recortes: un aumento excesivo de las ratios de alumnos por aula, más horas de trabajo para el profesorado, miles de despidos de profesores interinos, una reducción ostensible del sueldo y las condiciones de los que queden, desplazamientos de muchos profesores funcionarios, disminución y eliminación de muchas medidas de apoyo para los alumnos con más problemas, falta de recursos en los centros educativos, asignación de recursos a la educación concertada en detrimento de la pública, etc.

Me imagino que en un estado parecido tienen que estar todos esos currantes que votaron al PP el 20N pensando que en enero iba a comenzar la Era de la Segunda Burbuja Inmobiliaria. No sé si muchos estarán aún en la etapa de negación o habrán llegado de forma sumarísima al estado de depresión o aceptación. Sea como fuere, el caso es que ha llegado el verano y no parece que –pasada la euforia del aniversario del 15M- se vaya a hacer nada memorable.

Sexta etapa: Expectación

Esta etapa no viene en el modelo de Kübler-Ross. Es de mi propia cosecha. Refleja el estado en el que estoy ahora mismo. No tengo ni idea de qué puedo encontrar en mi instituto a la vuelta de vacaciones. Tal vez un montón de excavadoras dispuestas a demoler el edificio.