domingo, 21 de febrero de 2010

El inmenso desierto

Hace un par de días leía en El País un artículo muy interesante de Jesús Ferrero sobre un tema que desde hace tiempo me ronda la cabeza: el cambio que supone para la letra impresa la democratización de los recursos que ofrece internet.

Para Jesús Ferrero los grandes nombres de la Historia de la Literatura aparecían en el universo Gutenberg como cordilleras contrastables. Internet, sin embargo, vendría a ser una inmensa planicie donde apenas se puede reconocer si un punto está ligeramente más elevado que otro.

La comparación me parece curiosa, pero ofrece una visión demasiado idílica del pasado editorial. Siempre se ha publicado mucha morralla. Por otra parte, creo que hay cierto desdén elitista en sus palabras. Probablemente Jesús Ferrero soñaba que él algún día también sería una inmensa cordillera y de repente se ha encontrado con una nivelación total de la orografía del terreno. Menuda putada.

A mí, sin embargo, no me duele el cambio. La Historia de la Literatura está llena de injusticias. Para empezar, creo que siempre ha sido una planicie. La diferencia es que antes el espacio estaba acotado y era abarcable. En los tiempos de la creación de la imprenta, la gente que podía acceder a la cultura era escasa y los candidatos para ocupar los puestos elevados eran muy pocos. En el siglo XIX, con el empuje de la burguesía, aparecería el escritor profesional que empieza a vivir humildemente de su trabajo, aunque ya hubo entonces algunos best sellers que se enriquecieron con la venta de libros. En los últimos años, la ingente cantidad de candidatos y el abaratamiento de los costes de edición han hecho que el universo Gutenberg se haya expandido hasta límites insospechados. Se editan muchos más libros de los que el mercado puede asumir. Y desde hace décadas los escritores que habitan las cordilleras de las que habla Ferrero han sido aquellos que trabajaban para una gran editorial que ha tenido la pasta suficiente para encaramarlos en lo más alto. Otras grandes cordilleras que ofrece la Historia de la Literatura tienen unas vistas de dudosa calidad, sobre todo aquellas que obedecen a los gustos de alguna élite en exceso intelectual. Los estudiosos de la literatura han aupado a lo más alto a muchos autores del pasado por intereses eruditos o generacionales. Cervantes, por ejemplo, pasaría al Olimpo de los escritores doscientos años después de su muerte, cuando la novela se convierte en el género literario por excelencia. En su época la novela no era nada más que un género de entretenimiento, de mucha menos importancia que el teatro o la poesía, géneros en los que no tuvo tanta fortuna.

La desmesurada proliferación editorial de los últimos años no es nada si la comparamos con internet. Aquí ya no hay impresor ni editor ni distribuidor ni librería. El escritor le da a un botón y un segundo más tarde el lector puede tenerlo en su casa sin ningún coste. El problema es la inmensidad de internet y la poca gente que hay para colonizar y abarcar esa gran extensión. Para mí es como un desierto desproporcionado en el que todos andamos perdidos. Hay extensísimas zonas deshabitadas en las que apenas nos detenemos. En otras nos paramos un rato para echar un vistazo. Poco tiempo, porque constantemente nos acecha la sospecha de que más allá puede haber algo mejor. Los autores intentan llamar la atención de los que pasan igual que los predicadores charlatanes en la Judea de La vida de Brian. Los medios de comunicación cambian la forma de escribir. Es un hecho. En internet, los textos (posts) se hacen más breves para captar a los que van con prisas. El lenguaje se hace simple y coloquial para no excluir a los pocos transeúntes que puedan pasar cerca. No hay diferencia entre producción propia o ajena. Todo vale como reclamo: textos copiados o materiales gráficos, sonoros o visuales con los que captar al auditorio desde tu palestra.

Esperemos que el libro tradicional no desaparezca porque sería una gran pérdida, aunque tendrá que adaptarse a los nuevos tiempos. Está condenado a entenderse con internet, a buscar incluso su hueco en el inmenso desierto.

Estamos viviendo una época crucial que recogerán los libros de Historia dentro de unos años como un momento decisivo en el cambio de conductas de los seres humanos. Muchas de nuestras actividades, para bien o para mal, están siendo canalizadas actualmente por internet (comunicarnos con los amigos, buscar trabajo, ligar, leer, ver la televisión…). Y de momento es algo que nadie puede controlar porque no se le pueden poner puertas al campo. Es un momento emocionante e intrigante porque no se sabe dónde irá a parar todo esto. Aunque tengo la sospecha de que todo no puede nada más que empeorar. Quizá dentro de unos años tengamos que contar a los más jóvenes que un día internet fue un universo libre donde cada uno podía decir lo que quería sin temor a que lo persiguiera la Inquisición.

A pesar de no compartir al cien por cien la visión de Jesús Ferrero, me gustó mucho su artículo porque desde hace tiempo me venía imaginando internet como un inmenso desierto. Escribiendo en este blog me siento un poco así: como un chalado dando voces solo en mitad de las dunas. A veces tan ridículo como el buzo que iba por el desierto, se encontró a un beduino y le preguntó dónde quedaba el mar. El beduino, sorprendido ante aquella aparición desconcertante -bombonas de oxígeno, gafas de buceo y aletas en los pies-, le dijo que lejos, muy lejos, a unos doscientos kilómetros. A lo que el buzo respondió con una ingenua sonrisa de felicidad: “¡Cómo mola! ¡Qué pedazo de playa!”.

sábado, 6 de febrero de 2010

Cuentos con moraleja: la zorra y las uvas

Uno de los cuentos de Esopo que más fortuna ha tenido a lo largo de los siglos es el de la zorra y las uvas. Supongo que casi todos lo conoceréis. Lo cuento de memoria:

Una zorra encontró unas uvas en una parra e intentó alcanzarlas. Después de varios intentos frustrados en los que le fue imposible llegar a los racimos, desistió. Y se dijo a sí misma: “Da igual. No están maduras”.

La moraleja de Esopo es que algunas personas no reconocen su incapacidad para alcanzar ciertas metas y le echan la culpa a las circunstancias.

En el siglo XVIII, Félix María de Samaniego -que por extrañas razones que hoy se nos escapan pensó que era una gran idea reescribir los cuentos tradicionales en poemas rimados- hizo una versión del cuento en la que no es tan severo con los defectos del género humano. Su versión desarrolla un poco más la parte en la que la zorra hace mil intentos para alcanzar las uvas, pero es muy parecida a la original. Lo interesante es que al final, no sin cierta dosis de ironía, recomienda a un tal Fabio que no se corte y haga lo mismo que hizo la zorra cuando se encuentre en una situación similar.

En otras versiones ampliadas del cuento la zorra queda en peor lugar. Alguna he leído en la que la zorra se da cuenta de que hay otro animal que la ha estado observando y siente vergüenza. Y es por orgullo por lo que dice en alto que las uvas no están maduras, en un vano intento por no quedar en ridículo.

Quizá sería reprobable esa actitud orgullosa y altiva de la zorra si no fuera porque todos hemos pecado de lo mismo en alguna ocasión. No nos gusta reconocer nuestras limitaciones delante de los demás. Es comprensible, por tanto, la actitud de la zorra delante del otro animal. Sin embargo, me llama mucho más la atención la versión de Esopo porque en ella la zorra no tiene que disimular delante de nadie y parece que incluso se engaña a sí misma. Ese autoengaño en el que vivimos es el que me hace pensar que es una de las mejores fábulas que he leído. Esta pequeña historia vendría a explicar el destino de todos y cada uno de nosotros. En cada paso que damos en la vida estaría presente.

Como educador lo veo a diario. Los alumnos siempre dicen que no les gusta una asignatura cuando no se les da bien. Y los que no tienen facilidad para ninguna dicen que no les gusta estudiar. Que no les gusta, dicen, cuando la realidad es que no son capaces. Y no es que mientan. Es muy difícil que te guste algo que no entiendes, que te cuesta un trabajo enorme y que te produce frustración. Los mayores no somos muy distintos.

Me gusta la fábula pero no comparto el reproche final de la moraleja. ¿Por qué esforzarse por algo que no vamos a poder conseguir? Entiendo que merece la pena esforzarse si hay alguna posibilidad. Hay veces que es necesario entrenar para alcanzar ciertas metas. Pero de no ser así, pienso que sería mejor buscar otros racimos más accesibles, otras empresas que nos reporten más satisfacción. Me acuerdo ahora de amigos que echaron a perder su vida porque sus familias les obligaron a estudiar algo para lo que no estaban capacitados y terminaron sin conseguir el título. O si lo consiguieron, después mucho esfuerzo y mucho sufrimiento, hoy viven encadenados a un trabajo que odian y que les fastidia cada día de sus miserables vidas.

No todo el mundo puede alcanzar los mismos racimos por mucho que las leyes progresistas de educación se empeñen en ello. Casi todos podríamos aprender a jugar al tenis, pero muy pocos seríamos capaces de llegar a tenistas de élite, y muchos menos a ser tan buenos como Roger Federer o Rafa Nadal.

Por eso, no pasa nada por despreciar ciertos racimos y buscar otros que estén a nuestro alcance. No perdáis vuestra vida en algo que os produzca frustración. Lo lógico sería que reconociéramos con franqueza que no llegamos al racimo y siguiéramos adelante con desparpajo.

Dejé la música porque no era buen músico. Y no me dedico a cantar porque lo hago muy mal. Y no dibujo ni pinto porque no sé hacer la o con un canuto. Y no juego al fútbol porque de pequeño era muy malo y nadie me quería en su equipo. Y no me voy a esquiar porque con la nieve me resfrío. Y nunca he querido ir a Pasapalabra no por falta de léxico sino porque sé que soy muy lento y me faltarían reflejos. Y nunca me han interesado mucho las ciencias porque hay un montón de cosas que no soy capaz de entender. Y nunca hubiera sido cirujano porque tengo muy mal pulso. Y decidí estudiar literatura porque se me daba bien. Nunca me costó mucho trabajo hacer un comentario de texto. Y me hice profesor porque tengo facilidad para hablar en público y no me resulta arduo explicar los contenidos de mi asignatura. Y escribo porque escribir es algo que puedo hacer, mejor o peor, sin demasiado esfuerzo.

Resumiendo: que todos somos un poco zorras y que no pasa absolutamente nada.

jueves, 21 de enero de 2010

Fumaderos

Veamos si lo he entendido bien: parece que ahora van a prohibir a los empresarios y a los trabajadores autónomos de España abrir negocios que atenten contra la salud pública. Eso siempre desde la perspectiva de los censores de lo políticamente correcto, por supuesto. No se escucha el clamor popular que jalee estas medidas tan drásticas.

A mí este tipo de decisiones me desconciertan. Si el tabaco es legal, se debería permitir abrir locales de ocio donde los ciudadanos que tengan esa afición puedan disfrutarla e incluso fomentarla.

Lo que sí me parece bien es que se prohíba fumar en los bares y restaurantes, que, por lo que tengo entendido, son lugares para beber y comer. Para los fumadores hay que abrir locales específicos: fumaderos. Los no fumadores estarían en su perfecto derecho de no ir a estos sitios para que su salud no se viera perjudicada.

Por otra parte, los empresarios que abrieran un fumadero estarían en su derecho de vender bebidas de todo tipo. Al fin y al cabo vender bebidas no es nada ilegal. Lo hacen muchos establecimientos que no son bares. Tampoco se les podría prohibir vender comida. No creo que incurrieran en ningún acto delictivo al despachar raciones, bocadillos y menús a los parroquianos que tuvieran hambre.

Sería importante que los trabajadores que decidieran trabajar en ese tipo de locales firmaran una cláusula en su contrato asumiendo todos los riesgos y cobraran un plus de peligrosidad, como sucede en otros oficios peligrosos. No sería justo insistir en salvaguardar la salud de estos trabajadores si optaran por trabajar en un fumadero sin ningún tipo de coacción. En caso de ser tan estrictos tendríamos que extender este celo a otras profesiones peligrosas, que tendrían que ser prohibidas de inmediato: minero, bombero, guía de alta montaña, percebeiro, torero, piloto de carreras, etc. Por no hablar de la gente que trabaja en la industria química, en las centrales nucleares o en fábricas donde se inhalan todo tipo de gases y humos nocivos.

Si no se permitiera la apertura de negocios de iniciativa privada donde se pudiera fumar, sería un atentado contra nuestra libertad, una invasión del ámbito privado. Yo no soy fumador, pero bien puedo convertirme el día de mañana en el propietario de un local de este tipo. El Estado no debería tener potestad para arrebatarme ese derecho.

A mi padre le gustaba mucho este chiste:

A un hombre religioso que estaba en un velatorio le surgió una duda espiritual y decidió consultársela a un cura que estaba a su lado:
-Padre –le dijo-, ¿puedo fumar mientras rezo?
-No, hijo mío -le respondió-. Eso sería una falta de respeto hacia Dios.
Al rato el hombre decidió formular una nueva pregunta al buen párroco:
-Padre, ¿y podría rezar mientras fumo?
El cura meditó la respuesta unos minutos y finalmente respondió:
-Ah, eso sí, por supuesto.

Todo depende del enfoque que se le dé.

Gracias a esta nueva forma de contemplar el problema del consumo del tabaco en los bares muchos empresarios y trabajadores autónomos podrían reconvertir su honrado negocio hostelero en otro no menos lucrativo. Bastaría con acometer una pequeña reforma que consistiría más o menos en cambiar el rótulo o el toldo de su establecimiento para poner Fumadero El Pescaíto Frito o Fumadero Manolo donde hoy se puede leer Restaurante El Pescaíto Frito o Bar Manolo.

Y así todos contentos.

domingo, 17 de enero de 2010

Qué bien pensado está el mundo: la globalización

Introducción
La globalización está genial. Y creo que tamaña afirmación recoge, más que mi humilde parecer, el sentir general de nuestra civilización. La globalización era el objetivo del progreso humano. Gracias a la globalización el mundo se ha convertido en un mercado tan grande como el mismo mundo.

Inventamos el comercio, desarrollamos los medios de transporte y las vías aéreas, marítimas y terrestres, creamos la tecnología necesaria para comunicarnos a distancia con el teléfono, la televisión o internet, y el resultado es que el mundo se nos ha quedado poco más grande que una canica. La “aldea global”, fíjate tú. No da ni para pueblo. Gracias a los viajes organizados, a los documentales de la 2 y a la multitud de programas de españoles por el mundo que emiten todas las cadenas, hemos descubierto otras culturas, otras religiones, otras formas de pensar. Eso ha contribuido a abrir nuestras mentes, a entender que hay otras formas de ver el mundo, otras civilizaciones que necesitan ser democratizadas como dios manda para que pasen a formar parte de la sociedad de consumo.

Hemos hecho que todo lo particular sea global. Por eso hay un restaurante chino en cada ciudad del mundo. Por eso queremos que también haya un restaurante español en todas ellas. Hace poco estuve en San Francisco y me topé con unos turistas españoles que estaban fascinados porque habían descubierto un restaurante español y habían comido allí. Una pasada.

Importamos. Exportamos. Y gracias a todo este trasiego se evitan muchas guerras. Ya no hace falta conquistar y colonizar un país para expoliarlo y esquilmarlo. Ahora basta con conseguir que las redes capitalistas se infiltren en los débiles y erróneos sistemas económicos de los países más pobres. Es muy sencillo. Basta con poner un cebo. La típica historia de los conquistadores del Nuevo Mundo cuando se ganaban el favor de los nativos regalándoles cuentas de vidrio y cacerolas. Una vez que aceptaban los presentes tenían que corresponder con algo. Ese es el principio del comercio: el trueque.

La misión de Occidente
En los últimos siglos Occidente ha tenido una misión prometeica en el mundo. Occidente se encargó de propalar no solo el cristianismo, sino también la bendición del trabajo a todos aquellos lugares remotos donde antes se pasaban el tiempo rascándose la barriga mientras pelaban una chirimoya. En las últimas décadas Occidente ha tenido que asumir otra misión igual de digna y transcendente: extender por toda la tierra las bondades del consumismo y el mercado libre.

Puro interés filantrópico. Nuestra sociedad ha descubierto que el ser humano es mucho más feliz cuando compra compulsivamente y ha querido hacer partícipes del descubrimiento a todos los habitantes del mundo.

Adictos al consumo
Si algún hipócrita lee este blog y piensa que soy un cínico, se equivoca. Yo no hago nada más que constatar una realidad. A todo el mundo le gusta comprar, consumir compulsivamente, derrochar sin medida incluso hasta sobrepasar los límites de sus posibilidades económicas. Nuestro sistema económico resulta tan atractivo que hay un montón de personas de países desfavorecidos que dan todo lo que tienen o incluso se juegan la vida para cruzar nuestras fronteras. Es curioso que no haya casos de emigración en sentido inverso. A nadie se le ocurre emigrar a un país tercermundista que no haya desarrollado suficientemente sus mercados y su economía liberal.

Este es el destino que nos tenía reservado el progreso tecnológico y el avance en las libertades individuales del ser humano. Todo ciudadano tiene derecho a comprar todo aquello que necesite para su subsistencia y un montón de cosas más que no sirven para mucho pero que equilibran nuestro estado de ánimo. Compramos de forma compulsiva por motivos que van más allá de la mera subsistencia. Compramos por entretenimiento, por desahogo, por vicio. Las compras se parecen mucho al alcohol, que igual te sirve cuando estás de buen humor que cuando estás de bajón. Para mucha gente el shopping es una de las actividades más recomendables para superar las depresiones y otros desajustes personales. También ayudan a olvidar momentáneamente los problemas que puedas tener.

Todos somos parte del sistema
Algunos intelectuales, generalmente izquierdosos, suelen despreciar la sociedad de consumo sin darse cuenta de que ellos también forman parte de ella. Solo porque no se compran un traje de Armani se piensan que están por encima de las frivolidades de nuestra sociedad. Se engañan a sí mismos. Ellos también malgastan su dinero en futesas: libros, discos de coleccionista, viajes caros, cuadros… ¿Qué hay más sibarita y prescindible que la cultura? Vivimos en un mundo de hipócritas. Quitando a cuatro raros, todo el mundo disfruta consumiendo, malgastando, hipotecándose para vivir por encima de sus posibilidades. Si no, no se entendería que nos dejáramos la vida trabajando horas y horas para poder hacerlo.

Distintos precios, distintas necesidades
Nos gustan las cosas caras y las baratas. Las caras (coches, casas, trajes…) nos sirven para presumir de estatus. Cuanto más caras, mejor. Las baratas nos ayudan a sobrevivir por poco dinero y nos sirven para sentirnos realizados en ciertos momentos. No hay como encontrar un chollo en las rebajas para sentirte afortunado por unos instantes. Es cierto que muchos productos son muy baratos porque vienen de países donde tienen explotados a los trabajadores, pero eso son daños colaterales que no tienen por qué amargarnos la existencia. Están más allá de nuestra responsabilidad. Hoy, por otra parte, es una suerte no tener al proletariado explotado en los arrabales del extrarradio de las ciudades. Normalmente están en países lejanos que ni nos van ni nos vienen, países en proceso de democratización que, si siguen esforzándose, algún día llegarán a gozar de los privilegios de los países más desarrollados.

Las ventajas superan a los inconvenientes

Con todo, no nos gusta que las multinacionales se lleven las empresas de España para instalarlas en países donde el coste de producción sea más económico. Sin embargo, cuando compramos no le hacemos ascos a muchos productos cuyas etiquetas indican claramente que han sido fabricados en países subdesarrollados.

A los empresarios españoles tampoco les importa fabricar en otros países si con eso pueden conseguir unos precios más competitivos. En el fondo todo contribuye a nuestra felicidad como consumidores. Nadie querría un sistema de producción proteccionista si ello conllevara un aumento de los precios.

Tenemos ropa buena y barata en Zara gracias a que el pobre Amancio Ortega encontró países subdesarrollados donde poner sus factorías, que las costureras gallegas hoy por hoy están por las nubes. El mismo sentimiento filantrópico tienen Nike, Adidas, Ralph Lauren y un larguísimo etcétera de marcas de postín. Si no hubieran reducido los costes fabricando en países pobres, no habrían podido invertir tanto en publicidad. Han tenido que invertir mucho dinero en promocionar sus marcas para que hoy podamos fardar de ellas cuando las lucimos orgullosos en nuestras prendas de vestir.

Las ventajas del abaratamiento de los transportes
Uno de los factores que más ha influido en la globalización es el abaratamiento de los transportes. Esto también ha beneficiado al sector del turismo. A todos nos encanta poder viajar a cualquier lugar del mundo por un precio razonable.

Otros grandes hipócritas de nuestra civilización son los que dicen que hay que respetar las culturas autóctonas y se pasan la vida recorriendo países subdesarrollados. Paradójicamente, ellos son los que provocan la apertura de nuevos hoteles, restaurantes y agencias de viajes en países donde el mundo occidental aún no había llegado.

Los antiglobalización también pecan de lo mismo. Se posicionan en contra pero se benefician de las bondades de nuestro sistema. Gracias a que los transportes tienen un precio razonable, ellos pueden, por ejemplo, viajar a todas las cumbres del G8 o del Banco Mundial a organizar sus contracumbres.

Las ventajas del abaratamiento de los medios de comunicación
La modernización de los medios de comunicación también ha sido decisiva para la globalización. Todos estamos encantados con las tarifas planas que nos permiten pasarnos el día hablando por teléfono o escribiendo gilipolleces en el facebook. Por eso no deberíamos enfadarnos por que las empresas de telecomunicaciones se estén llevando los servicios de teleoperadores a países donde la mano de obra es más barata. Son las dos caras de una misma moneda y renunciar a una sería renunciar a las dos.

El mercado se adapta a los tiempos
El mercado se autorregula solo. Es un toma y daca que se va acomodando a las circunstancias. Por eso se equivocaron los que predijeron el inminente fin del capitalismo desde hace más de un siglo.

Hay gente que cuestiona el sistema, pero muchas veces es por no tener una visión de conjunto: la macroeconomía. Los chinos, por ejemplo, han llenado España de zapatos y han arruinado a los productores autóctonos. De acuerdo. Pero gracias a eso el gobierno español ha negociado con el gobierno chino para poder vender jamón en China. En palabras de ese gran pensador de nuestro tiempo que es José Mota: “Las gallinas que entran por las que salen”.

Los antiglobalización no ofrecen alternativas
Por mucho que digan los antiglobalización, a la gente le gusta el sistema capitalista, y eso es lo que importa. La inmigración ilegal no deja de ser un mecanismo del sistema para hacerlo un poco más justo. Todo el mundo tiene derecho a luchar por un futuro de consumo descontrolado.

Y a los antiglobalización ni caso. No se ponen de acuerdo ni en el nombre de su movimiento: antiglobalización, antimundismo, alterglobalización, altermundismo… Yo los encerraba en una casa como a los del Gran Hermano, los sentaba a todos juntos para que decidieran un nuevo proyecto de civilización  y no los soltaba hasta que se pusieran de acuerdo. Salían a hostias seguro. Es el movimiento más descoordinado y disparatado de la historia: anarquistas, comunistas, pacifistas, ecologistas, indigenistas, esperantistas, defensores de los derechos de los animales, proteccionistas, nacionalistas, etc. Si tuvieran que organizar un encuentro, no se iban a poner de acuerdo ni en el menú de las comidas.

Nos gusta la globalización
Resumiendo, que el saldo de la globalización es positivo. A la gente le gusta que los productos sean más baratos aunque sean made in Taiwan, que los medios de comunicación estén tirados de precio y que los viajes a la otra punta del mundo sean asequibles a poco que ahorres.

El futuro de la globalización
Lo único que me preocupa de este sistema es que llegue un día en el que se agoten los objetivos y no haya nuevas metas. El sostenimiento del sistema capitalista se basa en el incremento progresivo de los beneficios año tras año. En los primeros tiempos del sistema capitalista las guerras y la colonización de nuevos territorios contribuyeron mucho a su auge. En los últimos años la democratización de las antiguas dictaduras comunistas y las negociaciones con los países del lejano oriente han sido un nuevo estímulo. Todas mis esperanzas están puestas en la capacidad del capitalismo para reinventarse a sí mismo cuando hay que sobreponerse a cualquier crisis.

Por eso pienso que cualquier adversidad no puede ser sino un nuevo acicate para alcanzar nuevos retos. Estoy pensando, evidentemente, en la conquista de otros planetas. El ser humano es así. Necesita situaciones límite que le sirvan de estímulo para superarse. Así, por ejemplo, Cristóbal Colón descubrió América. La ruta de las especias se volvió peligrosa por el dominio del Imperio Otomano y tuvieron que buscar una nueva ruta hacia las Indias. No esperaban encontrarse con un continente. Las grandes ocasiones surgen muchas veces de la casualidad. Así nació el sueño americano: un nuevo mundo donde cualquier paria podía triunfar.

Las raíces del capitalismo se están extendiendo de tal manera que a veces no puedo evitar imaginarme el mundo como el planeta del Principito en el momento en que iba a ser destruido por una invasión de baobabs. Por eso soy consciente del peligro que supone este implacable proceso de industrialización y consumismo desatado. Últimamente se utiliza demasiado la palabra “sostenible” para referirse a los proyectos económicos e industriales que los gobiernos ponen en marcha. Eso es porque no las tienen todas consigo. Sin embargo, yo vuelvo a depositar mi fe una vez más en el ser humano. Estoy seguro de que antes de llegar a la autodestrucción encontraremos una solución. Los americanos van a volver a la Luna (sic) y yo creo que eso no puede ser nada más que el primer paso para llevar la globalización a toda la galaxia.

martes, 22 de diciembre de 2009

Natividad

Ahora que he llegado a la edad en la que muchos compañeros y compañeras de generación pasan sus ratos de ocio limpiando las cacas de sus retoños o intentando acallar sus berridos en las largas noches insomnes, sigo teniendo las mismas ideas que tenía hace siglos respecto a dejar mi semilla en este mundo.

No tengo ni curiosidad por saber qué podría engendrar un tipo como yo.

En mi adolescencia me juré a mí mismo morir sin descendencia. Un poco más tarde moderé mi discurso. Simplemente porque aprendí a no decir de esta agua no beberé. Madurar es aprender a contradecirse a cada momento. Por eso ya no digo que nunca tendré hijos. Simplemente es algo que no tengo en mi hoja de ruta.

Estoy más cerca de los cuarenta que de los treinta y todavía no he sentido la llamada de la Naturaleza. Entiendo, por el comportamiento de mis congéneres, que tiene que ser un sentimiento muy poderoso que te subyuga hasta el punto de convertirse incluso en la razón de tu existencia, pero yo no lo he sentido. Algo parecido a lo que me pasa con la religión. Para bien o para mal, soy inmune a un montón de sentimientos que rigen el destino de los mortales.

Tampoco he sentido la poderosa llamada de la sangre. Esa obsesión por continuar tu árbol genealógico. O por engendrar a un tipo con la misma boca, los mismos ojos, los mismos gestos y las mismas taras que tú.

Hay gente obsesionada con dejar un clon suyo en el mundo. Muchos incluso le ponen su mismo nombre. Y sinceramente, aunque suene un poco nazi, hay casos que no se entienden. Por poner uno conocido por todos: Andreíta. ¿Por qué querría tener descendencia Jesulín? ¿Por qué además tenía que elegir para el experimento genético a Belén Esteban? ¿De verdad pensaba Jesulín que había alguna necesidad de perpetuar su estirpe? No sé si hay cierta mala hostia por su parte. No quiero pensar que las personas como él lo hacen para fastidiar. Es más lógico pensar que se están dando una segunda oportunidad, tal vez por ver si lo hacen mejor en una nueva reencarnación.

Aunque hay gente que arriesga demasiado. Ciertas mezclas son muy peligrosas. Pensemos por un momento en la mezcla genética Pantoja-Paquirri. A la vista de los resultados no parece que fuera muy buen idea. Y en esto de la genética no hay marcha atrás. Paquirri puede estar tranquilo en su tumba que todo apunta a que él no fue. Ahí están sus otros dos apuestos vástagos. O fue la genética de la Pantoja o la mezcla. Por si acaso, no estaría de más que los especialistas informaran de estos riesgos a otros casos similares. Los toreros y las copleras tienen derecho a conocer los riesgos que corren si deciden tener descendencia entre ellos. Yo lo digo porque hay gente muy temeraria, que ni viéndolas venir. Sin ir más lejos, la infanta Elena y Marichalar. Les salió Froilán. ¿Qué esperaban? Luego se extrañarán si el niño sale con el coeficiente intelectual de su madre o las aficiones de su padre. Froilán es la esperanza republicana. Ya lo vimos pateando a una niña en la boda de su tío Felipe. Cuando sea mayor y se entere de que por una estúpida ley de sucesión discriminatoria, no es él el rey, la va a liar parda. Ya está tardando.

Siempre he preferido destruir a construir. Por eso supongo que no es raro sentirme tan feliz de saber que voy a poner todo de mi parte para ser el último eslabón de mi prosapia. Mi padre era hijo único y yo solo tengo hermanas. Mi apellido morirá conmigo.

Los niños, por otra parte, me gustan. Siempre que no tenga yo la patente, son muy monos y entretenidos. Y si quiero adolescentes para que me amarguen la existencia, todos los años me adjudican ciento y pico nuevecitos. Eso sí, al final del curso se los devuelvo a sus padres. Gracias a mi vocación docente tengo cubiertas las necesidades de mi lado masoquista.

No quiero despedirme sin desvelar la verdadera intención de este post, que no era otra que desearle feliz Navidad a todos los niños y niñas de España, aunque, por supuesto, espero que no sean lectores asiduos de este blog.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La responsabilidad

Desengañémonos, llegar a jefe es una mierda. No envidio la vida de nadie que tenga un cargo directivo, ni en un organismo público ni en una multinacional ni mucho menos en una empresa familiar. Porque llegar a jefe consiste normalmente en asumir responsabilidades. Tiempo, complicaciones y quebraderos de cabeza.

El otro día leía en la prensa que un tanto por ciento muy elevado de los directores de instituto son nombrados a dedo. Es curioso que sea dentro de mi gremio, el profesorado, donde se ve tan clara la falta de vocación directiva de todo un colectivo. Esto demuestra que, a pesar de lo difícil que resulta en ocasiones dar clase, preferimos la pizarra al despacho. Demasiadas tensiones por un sobresueldo ridículo. Por no hablar del poco prestigio social que tiene la figura del director de colegio o instituto. Los padres solo se acuerdan de ellos cuando sienten la necesidad de pegarle cuatro voces a alguien. Por no hablar de los más vehementes, que siempre los buscan cuando tienen que rifarse un par de hostias.

Curiosamente no sucede lo mismo con otros cargos de mucha responsabilidad. Algunos mucho más expuestos y desagradables. Por ejemplo, ser alcalde. Nunca se ha dado el caso de que falten candidatos.

Dándole vueltas a lo difícil que es encontrar directores o directoras para los institutos y lo fácil que es encontrar alcaldes o alcaldesas (cargo complejo y de responsabilidad para el que, sorprendentemente, no se requieren estudios), he empezado a pensar en el tipo de personas que ocupan los puestos directivos en empresas, instituciones y organismos.

Dejaremos aparte a los que terminan en puestos directivos por imposición, que no son pocos. Bastante tienen los pobrecillos.

Veamos, pues, quiénes me quedan:

1. Los que disfrutan dando órdenes y se excitan solo de pensar en el número de personas que tienen a su cargo. Estos suelen ser los mismos que creen en eso de haber llegado a algo en la vida, sobre todo para presumir delante de familiares y amigos.

2. Los que esperan librarse de trabajos que les espantan. Ser el jefe de un almacén te puede de librar de mover cajas y de otra serie de trabajos esforzados. Ser el director de un instituto te libra en gran medida de dar clase a los díscolos adolescentes. Y no digamos ya los inspectores de educación. Los inspectores, en su mayor parte, son alérgicos al polvo de tiza.

3. Los que no tienen otro entretenimiento que estar trabajando. Hay una subespecie más patética dentro de este grupo: los que trabajan sin descanso para no tener tiempo de pensar en la puta mierda de vida que tienen. El trabajo en exceso, paradójicamente, ha evitado muchos divorcios.

4. Los que esperan sacar tajada por lo legal. Hay cargos directivos que están mucho mejor pagados que los de los institutos, evidentemente. Hay gente que sacrifica su existencia por una buena remuneración. Esto es el mercado libre: cada uno vende su vida al precio que considera. No juzguemos a las putas, que aquí todo el mundo se alquila por horas a cambio de algo.

5. Los que esperan sacar tajada por lo ilegal. Estos son los que se aprovechan de ciertos cargos, no necesariamente en la administración, para llevarse sobresueldos en B. Aquí entran muchos políticos, claro. Cuando los ves aguantando tantos insultos, tantas vejaciones, tantas injurias a lo largo de extenuantes campañas electorales de cuatro años, es inevitable pensar que, por alguna parte, se lo tienen que estar llevando muerto.

6. Los que lo hacen por vocación, que alguno tiene que haber, incluso en la política. Debe de haber un tipo de personas que disfrutan dirigiendo y coordinando proyectos por el mero gusto de hacerlos. Quiero pensar que hay ciertas personas que tienen motivaciones nobles y altruistas que les llevan a ocupar los puestos directivos en las empresas, los cargos importantes en política y los trajes con galones en el ejército a cambio de la satisfacción personal y cierta remuneración extra. Soy consciente, sin embargo, de que hay demasiados indicios que ponen en evidencia mi ingenuidad.

Algún tipo me habré dejado. Que alguien lo añada si se le ocurre. Ni que decir tiene que puede haber individuos mixtos, que podrían concentrar en su sola persona las características de varios de estos grupos. No es raro, por ejemplo, el espécimen que disfruta alardeando de galones al mismo tiempo que cultiva su afición por llenarse los bolsillos de billetes B.

La filosofía nació en Grecia porque hubo una clase de ciudadanos que podían disfrutar del ocio. El que no tiene ocio no puede pararse a pensar. La gente que, sin ningún tipo de imposición, elige una vida sin tiempo para leer, estudiar, aprender o pensar, es la gente que normalmente tiene cargos de responsabilidad. Los americanos siempre hacen películas en las que denuncian que este tipo de personas no tienen tiempo para ver el partido de béisbol de su hijo o la representación del cole de su hija, pero lo verdaderamente grave es que son personas que dejaron de preocuparse por el conocimiento.

Tiemblo solo de pensar que un día vienen a buscarme y me nombran director o jefe de estudios. Hasta he tenido pesadillas. Si alguna vez viene el inspector a hacerme una evaluación para considerar mis dotes de mando, creo que optaré por hacerle creer que no estoy en mis cabales. El psiquiátrico siempre sería mejor alternativa que cualquier despacho.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Fiesta

El fascismo tuvo muchas modalidades (germana, italiana, española), pero siempre era lo mismo: la imposición de un pensamiento único. El dogma y la intolerancia.

Yo no veo tan raro que haya gente que eche de menos esa forma de entender el mundo. Al fin y al cabo hay gente muy limitada. La multiplicidad de pensamientos, de opiniones, de perspectivas solo nos puede conducir a una conclusión: el mundo es absurdo. Y si no lo es, al menos los seres humanos estamos incapacitados para comprenderlo. Hay gente que tiene miedo a todo lo que no se sujeta a una norma, a todo lo que no responde a ninguna explicación. Hay personas que tienen miedo de que los axiomas que creen irrefutables no sean nada más que convenciones.

Los que podemos vivir en un mundo arbitrario siempre lucharemos contra toda imposición incuestionable. Nosotros no echamos de menos el fascismo. Ni defendemos los regímenes comunistas, que no son nada más que otra manera de imponer el pensamiento único. Las utopías se acabaron. Después de tantas derrotas y tantos dislates revolucionarios hemos llegado a la conclusión de que al ser humano no lo cambia ni su puta madre. Y lo aceptamos con resignación. Pero al menos que nos dejen expresarnos en libertad. Si la vida es una mierda, que nos quede el gusto de poder cuestionarla.

Hoy el enemigo es el pensamiento de lo políticamente correcto. Es fiero, pero da menos miedo que los gusanos uniformados que provocaron una guerra civil en el 36 y los torturadores con sotana que idiotizaron durante cuarenta años este país.

De alguna manera todos podemos celebrar hoy el 20N. Llevamos 34 años de fiesta.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Qué bien pensado está el mundo: la muerte

Y es que tú imagínate que aquí no la palmara nadie. Sería un caos. No cabríamos. Por no pensar en las pensiones que íbamos a tener que pagar. Sería imposible mantener a tantos jubilados. Peor aún: tendrían que retrasar la edad de jubilación. Hasta el infinito probablemente. Claro, que no habría trabajo para tanta gente. Súmale a los parados que hay ahora toda la demografía de las próximas generaciones. Y añade luego a los enterradores, que se quedarían en el paro. Y a los forenses. Serían oficios desaparecidos, como los de esquilador de burros o vendedor de discos. La muerte, o mejor dicho, la ausencia de la muerte le quitaría emoción a casi todo. ¿Qué sería de las corridas de toros si no existiera la posibilidad de que el torero saliera con los pies por delante? No tendrían gracia. Todos los deportes de riesgo perderían algo. La ruleta rusa no sería más emocionante que el parchís. Eso sí, coyunturalmente tal vez no fuera tan negativo. Habría que construir muchas viviendas y el negocio de la construcción reflotaría. Sería un no parar. Una nueva época dorada para el ladrillo. Los albañiles volverían a ganar dinero a espuertas. Las economías municipales serían de nuevo boyantes gracias a los chanchullos y a las adjudicaciones fraudulentas de terrenos recalificados. Los políticos se llenarían los bolsillos con comisiones ilegales y andarían todo el día de buen humor, y no como ahora, que van con caras largas y se pasan el tiempo tirándose los trastos a la cabeza. Los paletos que no quisieran estudiar siempre podrían soñar con triunfar en la vida haciéndose constructores. Y los notarios serían inmensamente ricos gracias a los innúmeros contratos de compra-venta de viviendas que nunca incluirían la abultada parte en B. La construcción sería incluso la solución para todos los enterradores y toreros y forenses y vendedores de discos que hubieran perdido su empleo. Hasta que lo petáramos todo de casas, mansiones y bloques de protección oficial, claro. Llegaría un momento en que no cabría un alfiler en el planeta ni habría suelo que recalificar. Con el suelo se acabaría el trabajo. Los ayuntamientos subirían los impuestos para compensar el desastre de la construcción y la gente tendría que dar todo lo que tiene por seguir en su casa. Y nadie podría huir al campo. Habría urbanizaciones hasta en la cima de los ochomiles. No habría sitio para los anacoretas y ermitaños. Y todo se iría a tomar por culo el día que la gente no tuviera dinero para pagar las letras y los impuestos. Los cuerpos de seguridad del Estado tendrían que ir a detener a los morosos, aunque no sabrían qué hacer con ellos. No habría terreno para edificar cárceles. Tampoco podrías condenar a nadie a muerte. Ni siquiera existiría el debate de si estás o no a favor de la pena de muerte. Sería como si debatiéramos hoy si estás o no a favor de que llueva para arriba. Aunque todo esto de la justicia pronto dejaría de ser un problema. En cuanto se acabara el dinero para mantener a la guardia civil, la policía, los jueces y demás leguleyos. Entonces llegaría el momento de matarnos a hostias. En sentido figurado, claro. Ni la hostia más grande del mundo podría matarte. Y del caos no se iba a salvar ni dios. Hasta los curas se quedarían en paro y, por supuesto, en la puta calle. Las iglesias habrían sido convenientemente parceladas para sacar un montón de apartamentos. Nadie creería en ningún ente divino. Se acabaría el chollo del cielo y el infierno. A la gente se la sudaría que Dios existiera o dejara de existir. Total, no lo iban a ver nunca. Ya no existiría el Día de Todos los Santos, lo que acabaría con el negocio de los floristas, que hacen en esas fechas la mitad de la recaudación del año. Tampoco habría Halloween, ni debate sobre si debemos aceptarla como fiesta o rechazarla como costumbre foránea y bárbara. Sería un golpe duro para los vendedores de disfraces, que se quedarían casi tan tocados como los floristas. Algunas cosas buenas también habría. Por ejemplo, ya no habría más guerras. O, de haberlas, no tendrían víctimas mortales. ¿Y qué sentido tendría una guerra en la que no puedes matar ni amenazar con hacerlo? No merecería la pena. Eso sí, las consecuencias de este hecho no serían nada positivas para la economía: más gente al paro. Para empezar, los soldados. Y luego todos los que se dedican al negocio de la guerra, empezando por los que fabrican armas y terminando por las empresas que se encargan del abastecimiento y de la recuperación de los países devastados. Se me ocurre otra ventaja: ya no podría haber terroristas suicidas. Tendrían que aterrorizar al personal con otras fórmulas. Yo qué sé, dando collejas a diestro y siniestro, tirándose pedos en los ascensores, escupiendo en los bancos de la plaza o leyendo en público columnas de Juan Manuel de Prada. Lo que me pregunto es contra quién actuarían estos terroristas. A estas alturas no habría clase política ni nada parecido. Nadie querría tener la responsabilidad de poner orden en un mundo tan disparatado. Y lo que sería más arduo: nadie sabría de dónde sacar el dinero suficiente para mantener a todo el funcionariado. Probablemente la mayoría de los políticos se harían terroristas y andarían de acá para allá con sus collejas, sus pedos, sus gargajos y sus textos pedantescos y fascistoides. Daría igual que no hubiera recursos alimenticios o agua. No podrías morirte de ninguna manera. Más acuciante sería el problema de la vestimenta. Porque que no te mueras no significa que tengas que pasar frío. O el problema del combustible. Todo el mundo querría ir en coche. No habría normas ni límite de velocidad ni nada. La DGT no podría decir que las multas eran para reducir el número de muertes en carretera. Se quedaría sin argumentos. Sería un mundo tan terrible que deberíamos estar agradecidos de que exista la muerte. Después de este desbarre tan espeluznante casi que querría morirme en estos momentos, aunque solo fuera por ver que se puede. Este año leí que le habían dado el Nobel de Medicina a tres biólogos norteamericanos que habían descubierto cómo hacer que las células no envejezcan. Yo les habría dado una paliza. Los científicos, que de nunca han mirado consecuencias, terminarán inventando algo para que no nos muramos nunca y la cagaremos. La muerte es una cosa estupenda. Y no digo que es divina porque si hubiera un dios responsable habría que preguntarle si no podía haber inventado una forma menos traumática de finiquitar la existencia. Así que se acabaron las lágrimas en los entierros y las plegarias al cielo para que no se lleve a los nuestros. Nunca entenderé que los cristianos tengan miedo a la muerte si tan seguros están de que les espera el paraíso celestial. ¿No será que casi todos tienen la certeza de que van a ir de cabeza al infierno? Miedo a la muerte debería tener yo, que no creo que haya nada después de este infierno. Me queda el consuelo de saber que no morir sería algo mucho peor.

domingo, 18 de octubre de 2009

Yo quiero que vuelva a gobernar el PP

Por principios no puedo votarles pero estoy deseando que haya elecciones anticipadas y que ganen por goleada.

Así serían ellos los que subirían los impuestos indirectos y yo podría salir a la calle a manifestarme.

Serían ellos los que no serían capaces de sacar a España de la crisis y los sindicatos se movilizarían contra ellos con pancartas y pasacalles a los que yo podría sumarme.

No ampliarían los derechos de las mujeres en temas como el aborto, ni ampliarían las prestaciones sociales para los parados, ni subirían las pensiones. Entonces sí que tendríamos un montón de argumentos para salir a dar voces en contra del gobierno.

Potenciarían la sanidad y la educación privadas, y el sector público estaría tan tocado que podríamos acusarles de estar acabando con los derechos sociales.

Se gastarían un montón de dinero público en hacerse publicidad y podríamos poner el grito en el cielo, que Zapatero se ha gastado una burrada en hacer cartelazos para publicitar el Plan E y aquí nadie ha dicho ni mu.

Seguirían dándole un montón de millones a la Iglesia Católica, pero al menos en las conversaciones de barra de bar podríamos echarles las culpas a los peperos fachas.

Llevarían nuestros soldados a las guerras y nosotros podríamos lucir en nuestras solapas símbolos de la paz y recorrer las calles gritando “No a la guerra”, que es algo que ayuda mucho a combatir el estrés.

Manipularían vilmente los medios de comunicación y nosotros intentaríamos crear foros alternativos en internet, fanzines y revistas con las que lucharíamos denodadamente por la libertad de expresión.

Le besarían el culo al gobierno de los Estados Unidos y nosotros podríamos cagarnos en el poder omnímodo del imperialismo yanqui.

Perseguirían el botellón, acosarían a los fumadores, nunca legalizarían las drogas ni la prostitución, pero eso nos daría argumentos a los apologetas de las libertades individuales para odiar al Estado represor.

Vamos, que estaríamos más o menos como ahora pero los de izquierdas podríamos protestar, hacer manifestaciones y patalear a todas horas. Recuperaríamos nuestro lugar natural, el sitio que históricamente nos corresponde.

Y encima podríamos acusar a los peperos de corruptos y decir en todos los mentideros que los políticos son todos unos ladrones. Hasta ese gusto nos ha quitado Zapatero después de enseñarnos la mierda de patrimonio que tiene.

Aquellos que tengáis menos escrúpulos que yo deberíais votar al PP en las próximas elecciones. Cuando salgan celebrando el triunfo en el balcón de Génova, yo estaré en mi casa maldiciendo, lamentando que los fachas hayan vuelto al poder, pensando que la gente no escarmienta… Aunque ya sabéis que en el fondo os estaré muy agradecido.

jueves, 8 de octubre de 2009

Criterio

Desafortunadamente en cuestiones estéticas y artísticas es muy difícil tener criterio. El problema es que la gente no lo sabe. Muchos, de hecho, piensan que es justo al revés. No hay nada más que ver a todos esos listos que se pasan el día pontificando sobre la capacidad pictórica de no sé qué artista plástico, del talento de tal escritor y de la genialidad de tal o cual músico.

Casi todos los que hoy idolatran, por ejemplo, a Barceló, a Antonio Muñoz Molina o a Bob Dylan lo hacen porque se subieron a un carro que ellos no habían puesto en marcha. Dicho con otras palabras, dijeron que todos esos eran grandes creadores porque otros lo habían dicho antes. Algunas personas sin referencias y sin demasiado criterio tal vez podrían pensar que los cuadros de Barceló no pasan de ser cuatro manchas más o menos bien puestas, que la escritura de Muñoz Molina es pesada y agotadora, y que Bob Dylan en sus primeros discos tenía una voz de embudo que difícilmente le llevaría al estrellato. Otros con más criterio, más duchos en sus respectivas materias, tal vez supieran valorar la pericia que tiene Barceló para trabajar las formas y el color, la pasmosa capacidad narrativa del autor de “El invierno en Lisboa” o la calidad que tiene el de Minnesota como compositor e intérprete, que se puede ser un buen intérprete sin tener una gran voz. Aunque estoy seguro de que tendrían sus dudas si tuvieran que decidir, sin referencias previas, si son o no unos genios. En cine pasaría otro tanto: ponedle a alguien no iniciado “Ciudadano Kane” o “La strada” y preguntadle si le parecen las mejores películas que ha visto en su vida.

Casi todas las obras maestras, sea en el campo que sea, han llegado a serlo gracias a que han contado con el apoyo de grupos de poder que tenían intereses económicos. Curiosamente los grupos de pop alternativo (¿o independiente?) más famosos (Sonic Youth y los Planetas, por poner un ejemplo foráneo y uno autóctono) han publicado sus discos en multinacionales.

En el caso de las obras maestras de la historia del arte, la música y la literatura más que los intereses económicos suelen primar los académicos, que no dejan de ser intereses al fin y al cabo. La historia de la literatura, por ejemplo, está llena de mentiras: hay un montón de autores que han sido encumbrados porque a unos cuantos eruditos les ha dado por llevarlos a los altares. Igual que a otros los condenaron injustamente al olvido. Ni es para tanto Valle-Inclán ni para tan poco Blasco Ibáñez. Ni es para tanto García Lorca ni para tan poco León Felipe. En definitiva, que en lo académico también hay grupos de poder mediático que van imponiendo sus criterios.

Y luego estamos todos los demás que, con el mecanismo del eco o la habilidad del loro, repetimos lo que otros han dicho con la seguridad que da tener el respaldo de un montón de tipos listos.

El criterio además es muy voluble porque depende en gran medida de nuestro bagaje cultural. El paladar artístico se va acostumbrando a nuevos sabores y va apreciando sensaciones que antes ni siquiera sabía que existían. Cuando tenía once o doce años me recuerdo flipándolo mucho con los libros de los Block de Monserrat del Amo (que quería ser la Enid Blyton española) y con los discos de los Modern Talking. Me parecían tan alucinantes como hoy me parecen Chuck Palahniuk y Placebo.

Los años que trabajé en la sección de discos de la Fnac aprendí hasta qué punto estamos mediatizados, manipulados, dirigidos. Yo incluido evidentemente. Recuerdo que a veces descubríamos un disco alucinante y decidíamos apostar por él. Le dábamos buena exposición, poníamos un punto de escucha para que la gente pudiera conocer nuestro descubrimiento y lo recomendábamos en el boletín que entonces tenía la Fnac o en su web. Todos nuestros intentos solían tener unos resultados mediocres cuando no ridículos. Hasta el día en el que el disco de marras aparecía recomendado en, por ejemplo, El País de las Tentaciones. Ese día nos lo quitaban de las manos.

Recuerdo que una vez vino una mujer de unos treinta años a pedirme referencias sobre un disco, en concreto sobre el primer disco de Estrella Morente. Yo le dije que no hacía falta que le contara sus virtudes porque lo teníamos puesto en un punto de escucha y lo iba a poder disfrutar de punta a punta antes de comprarlo (entonces no se podían escuchar los discos a la carta). Parecía una mujer de mundo y con dinero, una niña bien, con estudios superiores probablemente. Me dijo que no era eso lo que quería, que el disco lo acababa de escuchar. Lo que quería saber era si el disco era “bueno”. Yo le respondí que a mí y a la crítica Estrella Morente nos parecía la gran promesa femenina del flamenco actual. Entonces no lo dudó y decidió comprarlo. Probablemente no he olvidado esta anécdota (entre las miles del mismo estilo que viviría en la Fnac) porque es raro encontrar a una persona tan franca y directa como esta chica, tan sin complejos. Casi todos somos un poco como ella, pero no nos atrevemos a reconocerlo, ni siquiera a nosotros mismos.

Siguiendo con la música, en estos últimos años el mercado discográfico ha ido a la quiebra por la piratería. Las compañías tienen miedo y solo apuestan por los grupos consolidados o la música mediocre para las masas. Faltan en la parrilla grupos nuevos para un público más selecto. Sin embargo, basta con navegar un poco por myspace para darnos cuenta de que el talento está ahí. Hay muchos grupos buenos, pero sin una compañía que los respalde, sin nadie que diga que son muy buenos para que vengan otros detrás y se suban al carro. No falta el talento sino la promoción. ¿Cuál es el resultado? Salvo alguna excepción (¿Vetusta Morla?), ninguno sale adelante. La gente necesita que le digan que algo es bueno para estar o no de acuerdo.

Hace poco me contaron también una anécdota muy sorprendente sobre un escritor. La pena es que no recuerdo quién era. El caso es que este escritor, un escritor de prestigio que no tiene problemas para que editen sus libros, decidió mandar uno de sus manuscritos a distintas editoriales con un nombre falso. En todos los casos su manuscrito fue rechazado por no dar la talla. Puede ser una leyenda urbana, pero estoy seguro de que si cogéis cualquier libro reciente de un autor consolidado, pongamos por caso un libro de Saramago o de Javier Marías o de Pérez Reverte, lo pasáis al ordenador y lo mandáis a una editorial, lo más normal es que recibáis una respuesta negativa, cuando no se limiten a pasar olímpicamente.

Los editores, los cazatalentos, los productores y toda la gente que se gana la vida gracias a que tienen criterio para reconocer el talento siempre dicen lo mismo: no saben dónde está el éxito. Disparan al cielo y de vez en cuando cae algún palomo.

Por eso no soporto a todos aquellos a los que se les llena la boca diciendo nombres como Kandinsky, Sinatra, Almodóvar, Andy Warhol, Thomas Mann, Faulkner, Picasso, Stanley Kubrick, Lars Von Trier, Rolling Stones… Si son tan listos, que descubran quiénes de los artistas que hoy emergen ocuparán sus puestos dentro de treinta, cuarenta, cincuenta años. Ese sería el mérito. La pena es que todos estos mitómanos que tanto me enervan son los que suelen decir que todo lo que se hace ahora es una mierda. Tendrán que venir otros detrás a decirles que estaban equivocados.

En el terreno artístico y estético tener un criterio absoluto es imposible. Nuestros juicios siempre serán personales y parciales. Nuestro criterio será más exquisito conforme nuestros conocimientos sean mayores, pero eso no significa que podamos llegar a tener la razón. Por lo tanto tendremos que seguir toda la vida soportando a un montón de bocazas que a cada momento pretenderán sentar cátedra con sus cuatro referencias eruditas y mis post seguirán siendo esos textos argumentales que después de más de diez largos párrafos no arreglan nada y te dejan como estabas al principio.

Nota: Según la R.A.E.: Criterio: 1. m. Norma para conocer la verdad. / 2. Juicio o discernimiento. (Por si alguien quiere saber si lo tiene y tiene dudas de lo que es exactamente).

Este post está dedicado a Alicia, que algunas veces se siente contrariada cuando sus gustos no coinciden con los de los críticos.