martes, 28 de diciembre de 2010

Crónica de una muerte anunciada

La primera década del siglo XXI termina con el mundo sumido en otra gran depresión. La década del gran espejismo. Los especuladores y los banqueros nos hicieron creer que nosotros también podíamos participar en su juego para terminar dejándonos sin blanca.

España comenzó su andadura con el gobierno de José María Aznar que, aprovechando la ola de la bonanza económica, se subió a una embarcación fabricada en los astilleros del ladrillo. No era una embarcación muy prometedora, pero navegamos viento en popa mientras los vientos bursátiles soplaron a favor. El cambio de la peseta al euro sacó a la luz un montón de dinero negro que ayudó a propulsar la embarcación a velocidades insospechadas.

Zapatero pudo haber buscado la forma de atracar en puerto antes del desastre, pero se dejó arrastrar por la inercia y terminó creyéndose que aquello podía durar.

Nadie quiso parar. Los que se llenaban los bolsillos con comisiones en B en los gobiernos autonómicos y municipales, de uno u otro partido, echaron toda la leña que pudieron a las calderas para retrasar el desastre. Algunos gilipollas incluso se subieron a la proa del barco y abrieron los brazos para imitar a Leonardo DiCaprio en Titanic.

En Titanic.

No había que ser muy listo para saber que un barco de ladrillo tarde o temprano tenía que hundirse.

A pie de calle todos sabíamos cómo terminaría la travesía. Desde el principio. No es fácil creer que los gobernantes fueran tan ilusos. No sé si es peor pensar que fueron malvados o que fueron estúpidos.

Ahora flotamos a la deriva sin saber qué será de nosotros.

Ha habido épocas en las que la miseria y la desigualdad eran mucho más lacerantes que en nuestro tiempo, pero tenían una hoja de ruta que a nosotros nos falta. En esa hoja de ruta siempre había un punto de destino en el que se nos prometía un mundo mejor.

El problema es que ni las religiones ni las utopías políticas sirven ya para engañarnos. Las hemos visto llenarse de mierda hasta el cuello en el siglo pasado. Ninguna utopía política o religiosa puede salvarnos hoy del escepticismo.

En estos últimos años nos quedaba la fe en la cultura del pelotazo o en la revalorización “ad infinitum” de nuestras inversiones inmobiliarias. Era una fe tan ciega como la de los buscadores de oro. Y era fe porque la razón bien nos decía que todo lo que teníamos delante solo era un trampantojo en el que tarde o temprano terminaríamos estampando nuestras cabezas.

Que nadie se haga el sorprendido. La burbuja inmobiliaria fue tema de conversación desde el principio. En 2000 o 2001 ya hablábamos todos de que no era normal la revalorización desproporcionada que estaba experimentando el mercado inmobiliario, la proliferación de empresas dedicadas a la construcción y venta de viviendas, la multiplicación de sedes bancarias y la locura colectiva que llevaba a la gente a meterse en hipotecas a treinta años o más.

Sabíamos que no era normal. Sabíamos que iba a acabar mal. La especulación estaba condenada a topar con su propio techo. Era de necios pensar que todo el que tenía una vivienda se había vuelto rico de la noche a la mañana.

Lo sabíamos. Todo el mundo lo sabía. Era una partida de póker en la que todos los jugadores iban de farol y además jugaban con cartas marcadas. Lo supimos y aun así jugamos porque pensamos que era una ventaja que te dejaran jugar con tantas trampas.

Mira el saldo de tu cuenta corriente, el importe total de tus ahorros (si es que existen), el valor de los bienes que posees, el importe de las hipotecas y préstamos que no has terminado de pagar, el montante total de los intereses que terminarás pagando… Luego calcula el importe de tus ingresos, de tus rentas o tu nómina (si es que existen). Haz tus propias cuentas y decide si has ganado, si has perdido o si te has ido en tablas.

Si el saldo es negativo, busca algún culpable. Achácalo a tu mala suerte. Maldice tu adicción de ludópata del crédito. Culpa a los políticos, a los empresarios, a los banqueros…

Haz todo lo que haga falta para sentirte un poco mejor contigo mismo. Pero reconoce que nadie te engañó. Solo tú, que creías que ibas a ser más listo que nadie.

Hubo algunos mindundis que ganaron. Ahora comprendes que no eran nada más que señuelos para que entraras al trapo.

No sé si el dinero se crea o se destruye. Sé que cambia de manos y que lo normal es que esas manos no estén encallecidas.

Te queda la autocompasión, el placer de lamerte tus propias heridas, los trabajos de esclavo, las horas extras, el dinero negro y el fraude fiscal. También te han dejado el desquite de la piratería, el placer de robar a los artistas. ¿O es que esos capullos pacifistas –que se pasan la vida protestando y cuestionando a los políticos y al sistema, o que, mucho peor, siguen siendo comunistas- pensaban que tanta chulería les iba a salir gratis?

La política casi siempre es una cuestión de economía. Y la economía siempre es de derechas. Las compañías telefónicas que cobran tu ADSL son de derechas. Los bancos a los que les pagas esas desmesuradas comisiones son de derechas. Las compañías petrolíferas son de derechas. Las empresas que te suministran el agua, el gas y la luz son de derechas. Ellos siempre han sabido hacer política. Porque bailan al son que marcan en cada momento. Porque pueden hacer que los políticos bailen el sol que ellos marcan.

Echa todas las cuentas que quieras, pero no digas que no lo esperabas.

Te lo digo solo para que paladees el fracaso con delectación. Tendrás que acostumbrarte a su sabor a hierro oxidado. Te va a acompañar durante mucho tiempo.

No quiero que hagas nada más. Sé que esto no le va a servir de escarmiento a nadie. Sé que no hemos aprendido nada después de todo. Si todo empezara otra vez, volveríamos a hacer lo mismo.

Los que llevan las cuentas del dinero que debemos también lo saben.

4 comentarios:

siempremafalda dijo...

Hola Félix:

Zapatero? No defiendo a nadie pero los culpables somos nosotros.
Las modas, los patrones... Tenemos pareja, nos casamos, hijos, coche, préstamos, créditos para vacaciones, hipótecas... Este país jamás aprenderá: ese sentimiento de posesión, de propiedad es la avaricia disfrazada.
Mi país, que lástima!

Saludos desde BCN,
Javier

Félix Chacón dijo...

Sin duda, Javier, sin duda. A lo mejor es verdad que somos animales racionales, pero nos ponen un cebo y picamos. Te puede quedar el consuelo de que en otros países no están mucho mejor que en el nuestro.

Miguel Avilés dijo...

Magnifica tu publicación. Al final los ciudadanos de cada sociedad tenemos lo que nos merecemos

PEDRO dijo...

Me ha impactado ver cómo hablas de José María Aznar... y luego de Zapatero, a secas... (sin connotaciones, ehhhh)

Dicho lo cual, decir que me encanta que nos señales a los ciudadanos / consumidores: porque nos es muy fácil y gratificante a todos buscar chivos expiatorios (el mercado, los bancos, los políticos... los otros, vaya) y muy difícil señalarnos a nosotros mismos como co-responsables de los males que nos acechan...

Qué fácil, pero a la vez qué infantil, irresponsable e injusto es echar la mierda fuera, al menos toda la mierda...