sábado, 14 de marzo de 2015

Cuentos con moraleja: la fábula del viento y el sol

Hace mucho tiempo que no aparece en esta sección una fábula del viejo Esopo. Hoy me apetece recuperar una que seguro que casi todos conocéis:

Un día discutieron el viento y el sol porque no se ponían de acuerdo en quién de los dos era más poderoso. El viento, que era muy orgulloso y siempre andaba presumiendo de su fuerza, se atrevió a proponerle al sol una prueba para salir de dudas. La prueba consistiría en arrebatarle a un caminante que pasaba el abrigo que llevaba puesto.
    Como el hombre llevaba el abrigo desabrochado, casi lo pierde con las primeras embestidas del viento, que empezó a soplar con todas sus fuerzas. Pero el caminante lo agarró con las manos y a duras penas consiguió abrochar los botones. El viento no se rindió y siguió soplando con mayor empeño. No le sirvió de nada. El hombre se refugió detrás de una roca y esperó a que acabara aquella ventisca.
    Cuando el viento se dio por vencido, el sol empezó a lucir, primero con moderación, pero lo suficiente para que el hombre abandonara su refugio y desabrochara los botones de su abrigo. Luego el sol fue aumentando la intensidad de sus rayos hasta que consiguió que el caminante no solo se quitara el abrigo, sino también todas sus ropas. Acabó dándose un baño en un río que encontró en su camino.

Las chicas y mujeres musulmanas que cubren sus cabezas con el hiyab siempre me traen a la memoria esta fábula. Cada vez que las veo, no puedo evitar pensar por qué se condenan a llevar una prenda que esconde parte de su belleza. A algunas las obligan sus familias, pero otras lo hacen por decisión propia. Eso es lo que me preocupa y desconcierta.

Sé que la fuerza no serviría para quitarles el velo islámico, que seguro que sujetan con decisión cuando sopla el viento. No serviría ni con las que llevan el velo islámico ni mucho menos con las pobres que han decidido enterrarse en vida bajo un burka. Por eso siempre termino preguntándome qué tipo de sol nos haría falta para que fueran ellas mismas las que quisieran descubrirse y dejar que sus hermosos cabellos de azabache cayeran libres sobre sus hombros.