jueves, 11 de septiembre de 2014

Cuentos con moraleja: Lázaro, el ciego y las uvas

El Lazarillo de Tormes es una novela en cuya composición se utilizaron, más o menos modificados, muchos relatos ajenos que el autor hizo pasar por propios al convertirlos en aventuras y desventuras del pobre Lázaro de una manera que hoy nos parecería más cercana al plagio que a la intertextualidad. Por esa misma razón, creo que es lícito rescatar uno de sus pasajes para convertirlo en cuento, pero no como lo hacen los libros de texto cuando seleccionan un fragmento, sino reescribiéndolo de memoria para hacer mi propia versión:

Lázaro era un niño pobre al que su madre había puesto a servir a un ciego para que tuviera algún oficio y pudiera mantenerse por sí mismo. Tras salir de Salamanca, la ciudad donde el muchacho se había criado, no tardó en darse cuenta de que la astucia y la crueldad eran las características más sobresalientes de su amo. La crueldad se le veía en los muchos pescozones y palos que le daba, así como en lo poco que le daba de comer, que, para colmo de virtudes, el ciego también era avaro y mezquino. Su astucia quedaba de manifiesto por lo difícil que era engañarle a pesar de su ceguera.
            Poco tiempo después de salir de Salamanca llegaron a tierras toledanas. Era la época de la vendimia y, al pasar por Almorox, un hombre les ofreció un racimo de uvas a modo de limosna. De haber estado el racimo en buenas condiciones, seguro que el ciego lo habría guardado para que le durara varios días, pero era un racimo medio aplastado, con las uvas a punto de pasarse, y comprendió que no aguantaría ni un día más. Fue por eso por lo que, traicionando sus costumbres, decidió que era una buena idea zampárselo de golpe, a modo de festín, y compartirlo con Lázaro.
            –Lázaro –le dijo–, hoy es tu día de suerte y vas a poder hartarte de comer. Nos sentaremos en algún lugar y partiremos como buenos cristianos el racimo que este hombre nos ha dado. Para que el reparto sea equitativo, cogeremos las uvas por turno y de una en una. Y para estar seguro de que no me engañarás, tendrás que prometerme que no cogerás más de una uva cada vez que te toque.
            Lázaro estuvo de acuerdo y se lo prometió. Se sentaron bajo un árbol y empezaron a dar cuenta del racimo. Al principio respetaron el acuerdo, pero en el tercer turno, el ciego empezó a coger las uvas de dos en dos. Lázaro, sorprendido e indignado, se enfadó tanto que no solo quiso igualarle cogiendo las uvas de dos en dos, sino que le pareció de justicia que se merecía cogerlas de tres en tres. Y así lo hizo, aunque se atragantara de vez en cuando al tratar de engullirlas sin llamar la atención.
            Cuando se acabó el racimo, el ciego se quedó un rato con el escobajo en la mano y empezó a menear la cabeza:
           –Lázaro –dijo–, estoy seguro de que me has engañado. Podría jurar que has estado comiendo las uvas de tres en tres.
            –¿Por qué dice usted eso? – se defendió Lázaro fingiéndose ofendido.
            –¿Sabes por qué estoy tan seguro de que has estado comiendo las uvas de tres en tres? Porque las comía yo de dos en dos y te callabas.


Cuando veo estos días el aluvión de noticias sobre los escándalos de corrupción de Jordi Pujol, no pienso mucho en él. Pienso más en todos los que le rodearon durante los veintidós años que fue presidente de la Generalitat de Cataluña: todos sus cargos de confianza, los numerosos ministros del Gobierno de España que tuvieron tratos con él y, especialmente, los cuatro presidentes del Gobierno con los que coincidió. También pienso en la infinidad de empresarios que supuestamente le estuvieron pagando mordidas del 3% por las adjudicaciones de contratos de obras y servicios de la Generalitat. Y algo no me cuadra. Sobre todo sabiendo como sabemos lo difícil que es guardar un secreto entre españoles con que más de dos lo sepan. Si es verdad que Jordi Pujol estuvo embolsándose dinero público durante tanto tiempo hasta amasar una inmensa fortuna, lo que me pregunto es por qué todos esos a los que me he referido antes, que no eran ciegos ni sordos, callaban.