domingo, 5 de mayo de 2013

Cuentos con moraleja: La confesión del medio tonto


Estos días se me vino a la cabeza el cuento del medio tonto, que aparecía mucho en los libros de texto de mi infancia. Aunque estaba casi seguro de que se trataba de un cuento popular, lo he buscado en Internet para asegurarme y, de paso, para refrescar la memoria. El relato aparece en varias páginas en versión de un tal José Antonio Sánchez Pérez, que ya publicaba recopilaciones de cuentos tradicionales en los años 40 del siglo pasado. Aparte de su nombre en varias antologías de cuentos, no encuentro información sobre este autor, así que entiendo que su labor se limitaba a recoger y a dar forma escrita a los cuentos de tradición oral.

Esta es mi propia versión:

Un muchacho fue a confesarse y el cura le preguntó de qué pecados se acusaba:
  -Padre, me acuso de ser medio tonto.
 -Pero, hijo mío, eso no es un pecado, sino más bien una media desgracia, y no tienes por qué atormentarte por algo así. Uno solo se tiene que confesar de los malos pensamientos o las malas acciones.
  -Pues a eso iba, padre. El caso es que, como soy medio tonto, cuando llega el tiempo de la siega y estamos en las eras trillando, sin que nadie me vea cojo trigo del montón de mi vecino y lo echo en el de mi padre.
  -¿Y por qué no coges trigo del montón de tu padre y lo devuelves al de tu vecino?
  -Porque entonces ya no sería medio tonto, sino tonto del todo.

Recuerdo que con siete u ocho años este cuento nos hacía muchísima gracia por ese gran momento en el que el muchacho dice que se acusa de ser medio tonto.  Creo que ahí se acaba lo gracioso de la historia. Al ser un cuento poco educativo –aunque no lo tenían que considerar así los que insistían en meterlo en infinidad de libros de texto- y tener un protagonista que saca partido de su astucia podría emparentarse con la tradición de los cuentos orientales que los árabes tomaron de los persas y trajeron a occidente, pero está muy lejos de las genialidades del Calila e Dimna o Las mil y una noches. Más bien parece un remedo de esos cuentos adaptado a la moral hipócrita del catolicismo, que siempre ha estado del lado de los de a Dios rogando y con el mazo dando.

Este cuento debió de hacer reír a varias generaciones de escolares en los tiempos de la dictadura franquista y la Transición y no dudo que tuvo que dejar su impronta. Nuestros políticos, que se educaron en aquellos tiempos, tienen un comportamiento que recuerda mucho al del protagonista de la historia. Con suerte, podremos conseguir que reconozcan que cobran sobresueldos, que tienen dietas desmesuradas e injustificadas, que sus planes de pensiones y sus jubilaciones son desorbitados, que se benefician de su posición para conseguir puestos de trabajo extraordinarios cuando dejan la política, que practican el nepotismo, que deberían existir las listas abiertas, que hay que modificar la ley electoral, que habría que eliminar el Senado y las diputaciones, que la democracia debería ser más participativa y, en definitiva, que deberían renunciar a todas sus prebendas y regenerar el sistema democrático, pero es disparatado pensar que van a renunciar a sus privilegios de casta o a legislar en su contra sin que nadie les obligue. Porque, aunque muchas veces nos parecen gilipollas, debe de ser que son solo medio tontos, que no es lo mismo que ser tontos del todo.

Si queréis comprobar que este cuento no es ni educativo ni divertido, cambiad al muchacho por un político y el montón de trigo del vecino por los impuestos de los ciudadanos. Veréis como no os hace ni puta gracia.

2 comentarios:

Olga Ruiz Trinidad dijo...

Ya te digo. A mi, la parte literaria, me gustado muchísimo. No lo conocía. De la otra parte, como dices tan bien al final, te secundo.

He llegado aquí gracias a Juani, y me quedo. Me encantará seguirte.

Félix Chacón dijo...

Bienvenida, Olga. Será un placer tenerte por aquí.