jueves, 1 de noviembre de 2012

Leaving La Mancha: Mi padre y la muerte


Pronto será el vigésimo aniversario de la muerte de mi padre. Ha sido tiempo suficiente para que en mi cabeza haya dejado de ser una persona y se haya convertido poco a poco en personaje. Le odié y le quise a partes iguales, y a veces le tuve miedo, pero hoy sé que algunas de las cosas buenas que me quedan me las dejó él. Sobre todo dos: su sentido del humor y el desprecio que sentía por la muerte. Ambas cosas están relacionadas. No sé dónde leí una vez que el humorismo nace de reírnos de la muerte. También, añadiría yo, de reírse de uno mismo. Eso también me lo enseñó él.

Mi padre fumaba cada día cuatro o cinco paquetes de Celtas Cortos sin boquilla. Descarto la posibilidad de que intentara batir un récord porque no tengo constancia de que nunca se lo comunicara a los de los Guiness. Así que no me parece disparatado suponer que se estuvo suicidando lentamente. Su padre, mi abuelo, había muerto con 53 años por culpa del tabaco y sabía bien cuáles eran las consecuencias. A veces empezaba a toser y no podía parar. Eran unas toses convulsas, cavernosas, llenas de flema, de baba y de muerte, y cuando conseguía apaciguarlas, decía sonriendo: “Y yo la suerte que tengo, que sé de lo que me voy a morir”.

Puede que fumar –o no renunciar a hacerlo- fuera la única forma que le quedaba para expresar su rebeldía después de una vida triste que nunca le había dado nada. Ya entonces había muchas voces que clamaban en contra del tabaco y a mi padre nunca le gustó que nadie le dijera lo que tenía que hacer. Si no se hubiera muerto hace veinte años, lo hubiera hecho el día que prohibieron fumar en los bares, que era donde pasaba la mayor parte del tiempo. Alguna vez algún muchacho me dijo que mi padre era un borracho porque se pasaba el día en el bar. Supongo que es algo que se lo habría escuchado a sus padres. Ya sabéis, la mierda de los pueblos. Mi padre era prácticamente abstemio y en el bar solo bebía café con leche.

A mí padre le gustaba mucho hablar de la muerte. Cuando estaba de buenas era muy divertido. Contaba chistes, algunos de fantasmas y cementerios, y a veces hablaba, entre burlas y veras, de su propia muerte. Lo recuerdo explicándonos cómo le gustaría que fuera su entierro. Él hubiera querido que arrojaran su cadáver a los perros o a los lobos para que lo devoraran. Éramos pequeños y disfrutaba impresionándonos. Aquello además le daba pie para decirnos que él no pensaba que su cadáver tuviera ninguna importancia porque ya no sería él. Y un montón de carne sin vida para lo único que podía servir es para alimentar a otros animales y que el ciclo de la vida continuara su curso. Ahora sé que la idea se la robó a Diógenes, el filósofo cínico. Ya os conté alguna vez que le apasionaban los cínicos y, sobre todo, los estoicos: Epicteto, Marco Aurelio y Boecio fueron siempre sus lecturas de cabecera. Son lecturas muy recomendables para no tener miedo a la muerte.

También le hubiera gustado que lo enterráramos en alguna de sus tierras, en el campo, sobre la tierra, sin paredes de cemento ni cajas de roble. Para que se lo comieran a gusto los gusanos. Yo, que era pequeño y había visto eso en las películas, le decía que si él quería, lo haríamos. Entonces me explicaba que estaba prohibido, que solo se permitía enterrar cadáveres en los cementerios. Lo decía con disgusto porque, como me pasa a mí, no terminaba de entender muchas de las estúpidas normas que imponen las leyes de los hombres.

Así que, como las dos formas de deshacernos de su cadáver eran irrealizables, o al menos ilegales, terminaba aceptando que iría, como todos, a la carretera de Villacañas, que es donde está el cementerio de mi pueblo, y añadía que si queríamos hacer un entierro a su gusto solo teníamos que hacer una cosa: evitar que fuera católico, nada de misas ni de curas ni de rezos. Y si teníamos dinero, podíamos contratar a la banda de música para que acompañara al cortejo. Pero no quería ni réquiems ni marchas fúnebres. Prefería pasodobles y de los más alegres. Esto último lo decía por hacer la broma, que bien sabía él que la condición que ponía difícilmente se iba a dar: tener dinero.

Murió como había vivido: solo y rodeado de gente. Fue a Toledo a unas revisiones médicas y sufrió una especie de colapso que lo derribó en mitad de la calle. Creo que pasaba mucha gente, incluso una médica que pudo atenderle en el momento, aunque no sirvió de nada. Ingresó cadáver en el hospital, que estaba a tiro de piedra. Tenía cincuenta y dos años.

La forense que le hizo la autopsia nos dijo que había muerto por culpa del tabaco. Todos sus órganos estaban tan envejecidos como si fueran de un hombre de setenta u ochenta años. Yo creo que él sabía que se moría. No sabía que iba a ser aquella mañana de primavera en la que cayó fulminado en mitad de una calle de Toledo, pero sí de forma inminente. Eso explicaría que vendiera una tierra pocas semanas antes de su muerte en contra de nuestro consejo y sin ninguna razón aparente.

Los últimos años de la vida de mi padre habían sido un infierno. Los problemas mentales se le habían agravado y su vida se había convertido en un calvario. Nunca encontraron la medicación adecuada para estabilizarlo y dejarlo como era. Cuando murió, pensé que su entierro venía a hacer oficial la muerte que había sufrido un año antes, cuando lo ingresamos en el psiquiátrico y nos devolvieron a un hombre que parecía mi padre y, sin embargo, no lo era. Se notaba sobre todo porque el hombre que salió de allí no tenía ningún sentido del humor.

Cuando murió mi padre, yo tenía veintiún años y no me costó mucho esfuerzo convencer a mi madre y a mis hermanas para que hiciéramos el entierro como él hubiera querido, con banda de música y todo, porque por primera vez, y gracias a su previsión, había algo de dinero en mi casa.

Fue un entierro muy sonado, no sé si más por la banda de música que tocaba pasodobles o por no haber pasado por la iglesia. Muchos nos pusieron a parir por haberle hecho un entierro laico. Creo que no se recordaba otro igual. Ya sabéis, la mierda de los pueblos.

Puede ser que por todo esto a mí también me guste bromear con la posibilidad de una muerte prematura. Lo hago de vez en cuando y mi mujer se cabrea mucho. A mí, sin embargo, me alivia no tener muchas expectativas y paradójicamente me invita a disfrutar de la vida.

Me gustaría morir como murió mi padre. No con su misma edad, sino en sus mismas circunstancias. Creo que murió cuando su vida había dejado de tener sentido. Coincidió la decrepitud de su organismo con la pérdida de su cabeza y la falta de metas en su trayectoria vital. Lo mejor que le podía pasar era morirse y tuvo suerte.

Hoy algunos de mis paisanos, como cada año, nos estarán criticando porque la lápida de mi padre será de las pocas que no estará limpia. Tampoco verán bien que no haya ninguna flor sobre ella. Ya sabéis, la mierda de los pueblos. No se dan cuenta de que ahí no está mi padre y de que ni siquiera es esa la tumba que él quería.

7 comentarios:

Sandreta dijo...

Un deseo compartido...
Morir sin dolor... y si es posible un funeral divertido y repleto de carcajadas y recuerdos entrañables.
Como el que organizaron los Monty Python a Graham Chapman, uno de los suyos.
Una buena banda sonora de despedida, pero también de vida:
"Always look on the bright side of Life"
Aquí os paso el enlace del video:

http://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=r1Wwn0E6oik

Saludos

Félix Chacón dijo...

Conocía el vídeo y es de lo mejor que he visto de los Monty Python. Y lo dice un fan acérrimo. Quién tuviera un funeral así.

Anónimo dijo...

Fue un hermoso funeral porque aquella tarde de abril lloviznaba y la música de la banda, que no era música fúnebre, sonaba en medio de la lluvia como en la escena de una película mientras despedíamos a mi padre simplemente caminando hacia el cementerio. Ya casi veinte años....

Sandreta dijo...

Hola Felix,

El perro está poco ladrador!!!
Desde el día de difuntos estamos huerfanos de ti...
Te afecta el otoño?
Sacúdete las hojas muertas y dedicanos unas letras a tus seguidores... o es que se murio el perro? yo no quiero que se acabe la rabia... aunque si se admiten sugerencias, a mi me encantaría unas palabras que no se refirieran a nada de lo que sale actualmente en las noticias.
Me he aislado voluntariamente de televisión, prensa y demás elementos depresivos para mantenernos hundidos.
Me gusta tu estilo de escritura y estoy deseosa de más.

Félix Chacón dijo...

Se agradece el estímulo. Pero escribo en el blog siempre que se cumplen dos circunstancias: tener tiempo y tener algo que decir.

Por cierto, hay más gente como tú, que ya no puede más y se aísla de los medios para poder respirar un poco. Yo lo hago también a ratos, pero me dura poco. Ya sabes, esa necesidad masoquista de sentir la realidad en toda su crudeza.

Un placer tenerte rondando por aquí.

Unknown dijo...

Me ha gustado mucho y extrañamente me he sentido muy identificado con casi todo lo que has contado de tu padre. Te habrán criticado todo lo que quieran pero ojalá todos los funerales en los que he estado hubieran sido como el de tu padre. Ahh, el mío lo quiero así, aunque mis gustos son distintos, yo prefiero algo de M.Jackson, Queen, Metallica, gun´s & roses, Aerosmith, o algo de Dance o House si el funeral es de noche.

Orion dijo...

Yo también me he sentido identificado con tu post. La mayoría de los hijos experimentan sentimientos contradictorios con respecto a sus progenitores. Todos hemos querido, odiado y temido a nuestro padre, en algún momento de nuestra vida. Y todos lamentamos no haber cedido en alguna ocasión o no haber alzado la voz, en defensa de nuestro criterio.
Mi padre también fumaba cuatro o cinco cajetillas diarias, pero de tabaco rubio, Winston, para ser más exactos. Dejó de fumar con cincuenta y tantos años. Las personas que cuentan con una personalidad adictiva, no dejan las adicciones, sino que las sustituyen por otras. Hace poco escuché que, en un porcentaje alto, obesos que se habían sometido a una operación de reducción de estomago, se volvían alcohólicos. Estas personas ya consumían alcohol antes de perder peso, pero con moderación.
Mi padre también bebía con moderación, y se hizo alcohólico, al poco de dejar el tabaco. Cuando vivía en casa de mis padres, yo lo veía hacer la ruta por el barrio. Nunca bebía más de una copa en el mismo bar, por aquello del qué dirán, supongo. Era de esos alcohólicos que "no molestan". Llegaba a casa en silencio, se acostaba sin cenar y hasta el día siguiente que recomenzaba la ruta. Falleció con 75 años, de un infarto, estando ingresado en el hospital, a causa de un pequeño derrame cerebral. Creo que lo que le provocó la muerte fue la abstinencia, el hecho de no poder beber. Varias veces hablé con él y le insistí sobre el tema de dejar el alcohol y buscar ayuda en algún centro especializado, pero su estado mental en los últimos años tampoco era muy bueno que digamos, y no daba para más. No tenía ilusión por la vida y fue dejándose morir, suicidándose lenta y paulatinamente. Una mala salud de hierro, como dice Sabina, prolongó su vida durante diez o quince años.
Su entierro a diferencia del de tu padre, fue muy discreto: La familia, algún que otro amigo y poco más.
A mí no me gustaría morir como mi padre, es decir, amargado, después de muchos años deseando la muerte. Yo quisiera morir conservando el deseo de vivir y, por supuesto, sin darme cuenta: Acostarme ilusionado por el día de mañana y no despertar.

¡Un abrazo!