lunes, 10 de septiembre de 2012

Cuentos con moraleja: El cascabel y el gato

Tarde o temprano tenía que aparecer este cuento en esta sección. Ahí va mi particular versión:

Había en una casa una comuna de ratones que había llevado durante mucho tiempo una vida regalada y apacible. Se sabían todos los trucos para burlar la vigilancia de los dueños, saqueaban la despensa a placer y vivían a cuerpo de rey.
    Un día los dueños de la casa, hartos de la impunidad con la que la colonia ratonil cometía sus fechorías, buscaron un gato.
    No pudieron elegirlo mejor. El gato resultó ser un animal astuto y cruel que en pocos días diezmó la población de roedores.
    El ratón más viejo, que a su vez era el más sabio, sabía que por separado no podrían derrotar al gato. Por eso convocó una asamblea. 
    El primero que tomó la palabra fue el ratón sabio, que se subió a una caja de cerillas para utilizarla a modo de tribuna de oradores. Desde allí les dijo que ya que su pequeño tamaño les impedía enfrentarse a una bestia tan temible, tenían que buscar alguna argucia que les permitiera librarse de él.
    Después de un largo debate y de algunas propuestas disparatadas o suicidas, llegaron a la conclusión de que no serían capaces de asesinarlo. El ratón sabio les dijo que, en ese caso, tendrían que buscar la manera de tener siempre localizado al gato para poder asaltar la despensa cuando estuviera descuidado.
    Estuvieron otro buen rato discutiendo y proponiendo soluciones imposibles hasta que un ratón joven pidió permiso para subir a la tribuna:
    -Será tan fácil –dijo muy ufano- como ponerle un cascabel al gato. El cascabel nos avisará en todo momento de la presencia o la cercanía del gato.
    A todos los ratones les pareció una idea sublime y rompieron a aplaudir como locos. Era una idea tan genial y tan simple que no podían entender cómo a nadie de ellos se le había ocurrido antes.
    El ratón viejo y sabio que había hablado al principio subió de nuevo a la caja de cerillas e intentó calmar el guirigay ratonil para retomar el turno de palabra. Cuando después de un buen rato cesó la euforia y pudo hablar, les preguntó, no sin cierta ironía, quién sería el valiente que se encargaría de llevar a cabo tal proeza.
    -¿Será acaso el mismo joven que ha tenido la idea? –añadió.
    El aludido intentó eludir el compromiso diciendo que era justo que fuera otro. Él ya había contribuido a la solución del problema con su gran idea. Los otros ratones tampoco tuvieron muchos problemas para encontrar las excusas más variopintas. Es muy arriesgado. Yo ya estoy mayor. Soy joven e inexperto. El cuello del gato está muy alto. El gato escuchará el ruido del cascabel al acercarse. Nadie me ha dado un curso para poner cascabeles a los gatos. Por qué tengo que ser yo. Etcétera.
    Un par de horas más tarde se disolvió la asamblea sin llegar a ninguna conclusión. El ratón que había hecho la propuesta de ponerle un cascabel al gato recibió algunas felicitaciones más y muchos dijeron que estaría muy bien que alguien lo hiciera, pero todos se fueron sin tener intención de hacer nada.

Desde que a principios del mes de julio me enteré de que una plataforma ciudadana proponía rodear el Congreso de los Diputados el 25 de septiembre bajo el lema “Ocupa el Congreso”, estuve muy atento. Primero para saber quiénes estaban detrás de la propuesta y después para conocer cuáles eran sus pretensiones. Al principio todo me pareció genial. No soy el único que está esperando que pase algo, algo, no sé qué, que acabe con este proceso de degradación de nuestro sistema democrático. Por eso me sonó muy bien que fuéramos a sitiar el Congreso de forma indefinida hasta que dimitiera el Gobierno, se disolvieran las Cortes y se redactara una nueva constitución en la que se plantease un nuevo modelo político y económico para nuestro país.

Ahora mismo, sin embargo, me veo tan ridículo como los ratones que aplaudían a rabiar después de escuchar la infalible solución de ponerle un cascabel al gato.

Ojalá estuviera equivocado y esta convocatoria fuera todo un éxito. Pero veo improbable, por no decir imposible, que nuestra casta política se deje convencer por una acampada indefinida. Antes de llegar a algo así habría otros muchos recursos de los que echar mano y estoy seguro de que no escatimarían en antidisturbios, porrazos, pelotas de goma y juicios sumarios que llevarían a muchos manifestantes a la cárcel.

Tan disparatada veo ahora mismo esta convocatoria, o al menos sus pretensiones (otra cosa bien distinta sería que fuera una manifestación más), que, si me equivoco y triunfa, me comprometo a reescribir este cuento cambiándole el final. Quedaría algo así:

… Nadie me ha dado un curso para poner cascabeles a los gatos. Por qué tengo que ser yo. Etcétera.
Harto de escuchar excusas, el ratón joven e idealista subió de nuevo a la tribuna y les propuso el siguiente plan: rodearían al gato y no le dejarían escapar hasta que reconociera que se había portado mal con ellos y accediera a que le pusieran el cascabel.
Así lo hicieron. El gato, desbordado por los acontecimientos y sin saber cómo escapar, terminó agachando la cerviz y ofreciendo de forma sumisa su cuello a aquellos malditos roedores que con su ingenio habían conseguido derrotarle.
Desde ese día los ratones vivieron en paz y los dueños de la casa pudieron presumir de tener un gato con un cascabel muy mono.