miércoles, 12 de octubre de 2011

Homenaje a José María Fonollosa

El 7 de octubre de 1991 murió José María Fonollosa, que solo un año antes había publicado uno de los libros de poesía más importantes del siglo XX: "Ciudad del hombre: New York". Trabajó en este proyecto durante 40 años en el más absoluto anonimato y en el libro que se publicó antes de su muerte solo se incluyó una selección de los poemas que integraban la obra completa. Después de su muerte se publicó otra selección distinta con el título "Ciudad del hombre: Barcelona". Posteriormente salieron a la luz "Destrucción de la mañana", un libro demoledor sobre el fracaso vital escrito en los años 50, y una interesantísima novela en verso llamada "Poetas en la noche".

La ciudad, el sexo, la violencia, la creación, el fracaso, la muerte, la intrascendencia de la existencia y la soledad ontológica del individuo son los temas que obsesionaban a Fonollosa y que aparecen en sus poemas con diferentes voces, a veces enfrentadas, que pueden corresponderse con distintos estados de ánimo del poeta o, lo que es más plausible, con distintos personajes que nos ofrecen una visión certera y demoledora del hombre actual.

Tengo el honor de estar detrás de la organización de este tributo. Mi más sincero agradecimiento a todos los poetas y lectores de Fonollosa que se han entusiasmado con el proyecto y que se han querido sumar a él. En especial a Hipólito García "Bolo", sin cuya colaboración y apoyo no hubiera sido posible.



Después de la muerte de Fonollosa encontraron en su mesa de trabajo este poema:

                             No a la transmigración en otra especie.
                             No a post vida, ni en cielo ni en infierno.
                             No a que me absorba cualquier divinidad.
                            
                             No a un más allá, ni aun siendo el paraíso
                             reservado a islamitas, con beldades
                             que un libro garantiza siempre vírgenes.

                             Porque esos son los juegos para ingenuos
                             en que mi agnosticismo nunca apuesta.
                             Mi envite es al no ser. A lo seguro.

                             Rechaza otro existir, tras consumida
                             mi ración de este guiso indigerible.
                             Otra vez no. Una vez ya es demasiado.