miércoles, 20 de octubre de 2010

Cuentos con moraleja: El hombre feo y el espejo

Al dictado de la memoria escribo este divertido cuento oriental:

“Un hombre terriblemente feo caminaba por el desierto cuando creyó ver algo reluciente medio enterrado bajo la arena. Avanzó hasta el objeto que brillaba y se agachó a recogerlo. Era un trozo de espejo. El hombre no sabía qué era aquello. Nunca había visto un espejo y mucho menos se había visto reflejado en uno. Por eso lo miró intrigado y con gran interés. Cuando vio su imagen no pudo evitar un gesto de desagrado:

-Qué cosa más fea –dijo-. No me extraña que lo hayan tirado.

Y sin perder más tiempo, arrojó el espejo y continuó su camino tan feliz.”

Es posible que a alguien el protagonista del cuento le inspire lástima porque vive en la ignorancia. A mí lo que me da es envidia. Personalmente no tendría ningún problema en ser como él.

¿Quién tiene necesidad de que le muestren sus defectos? Yo, a estas alturas, no. No me serviría para nada. No me refiero a esos defectos que uno puede corregir. Por ejemplo, siempre puedes esforzarte más en tener la casa más limpia, en llevarte mejor con los vecinos, en tu relación de pareja o en portarte mejor con tus padres. Lo que no sirve de nada es que te critiquen por algo que no puedes cambiar. A mí me pasa como al protagonista del cuento, que no puedo ser más guapo (no está en mi hoja de ruta pasar por el quirófano de un cirujano plástico). Ni más alto. Ni más listo. Tampoco creo que pueda mejorar como profesor. Ya lo hago lo mejor que puedo y sé. Ni tampoco como escritor. En cada línea que escribo intento dar lo mejor que tengo.

¿De qué me serviría que un capullo viniera a recordarme mis defectos? A decirme que soy un profesor mediocre o que soy un escritor de mierda. Que se meta la lengua por el culo en un alarde de contorsionismo.

Para qué necesito una crítica que solo puede servirme para desanimarme, para dejar todo lo que hago, que es lo que hace que yo sea yo mismo.

Mi amigo Bolo dice que acepta todas las críticas, aunque sean buenas. Yo no. No acepto las críticas que no me van a servir para ser mejor. Ni las buenas ni las malas.

Quizá en otro momento de mi vida sí tuve la necesidad de que los otros me sirvieran de espejo para aprender a verme desde fuera, incluso con otros ojos. Yo era de los que decían sinceramente, por ejemplo con mis creaciones literarias, que quería escuchar las críticas para mejorar. De los pocos que lo dicen en serio. Normalmente la gente que te pide que leas algo suyo no quiere que le digas la verdad. Solo quieren que alguien les haga caso y les aplauda. No todo el mundo que se mira en ti quiere que le muestres la verdad. Probad a decirle a algún amigo que os enseña un cuento o un poema: “Es una puta mierda”. Decidle a una amiga que lleva un nuevo corte de pelo y os pregunta que qué tal que parece un adefesio. Te arrepentirás si haces algo así. Solo quieren tu aceptación y que actúes como un espejo trucado que devuelve una imagen falseada, espléndida, retocada con el photoshop de las mentiras piadosas.

No queremos críticas negativas. Solo aceptación. Por eso ser feo pasa a un segundo término si consigues ligarte a la chica que quieres. En muchas ocasiones llegas más lejos no siendo consciente de tus limitaciones, de tus defectos. Como esos dibujos animados que corren hasta un precipicio y no caen al vacío hasta que no advierten que no hay suelo bajo sus pies.

Por eso no necesito ninguna crítica ahora mismo. Si algún crítico, por ejemplo, pusiera a caer de un burro cualquiera de mis libros me importaría una mierda. No le daría crédito. Pensaría que es un imbécil, que es un espejo deformante que muestra una imagen errónea de mí mismo. Tampoco sería tan raro que fuera así. El desierto está lleno de fragmentos de espejos deformantes, espejos defectuosos que solo podrían servir para confundirte.

No necesito ninguna imagen mía. Ni buena ni mala. No me ayudaría en nada a continuar mi camino. Porque ya estoy en él y marcho hacia delante.