domingo, 26 de septiembre de 2010

Qué bien pensado está el mundo: el Estado de Israel

Con una sección dedicada a todo lo que hay en el mundo bien pensado y bien hecho, tarde o temprano tenía que hablar del Estado de Israel. Porque pocas cosas se han hecho tan a gusto de todo el mundo, o de casi todo el mundo. Evidentemente a los palestinos no les gustó. Y a muchos árabes, por lo que tiene de retroceso para la jihad, tampoco. Pero dejando a un lado males menores, hay que reconocer que satisfizo a muchos países, los que nos interesan a nosotros, los de la ONU, que fueron quienes decidieron que había que crear un estado para los judíos en compensación por los padecimientos que sufrieron en manos de los nazis. Hay gente mal pensada que piensa que fue también, en parte, una forma de quitárselos de encima. Porque mucho “pobrecitos judíos”, pero nadie los quería en su casa. Y es que a los judíos, gente estudiosa, trabajadora e industriosa, nunca nadie los ha querido. Por envidia, supongo, que el ser humano muchas veces no perdona el éxito ajeno. De ahí que ya los niños manifiesten una clara animadversión por los empollones de la clase.

Lo del odio a los judíos ha sido casi un deporte histórico. Ya lo practicaban los romanos, que los persiguieron a lo largo y ancho del Imperio. Castilla y Aragón continuaron con la tradición en la Baja Edad Media para terminar expropiándolos y expulsándolos en 1492. ¡Chúpate esa, Hitler!, que nosotros nos anticipamos en más de 400 años a tu gran idea. Para que luego digan que siempre hemos ido al rebufo de la Historia. Que si llegamos tarde al Renacimiento, que si casi no llegamos al Romanticismo, que si la Revolución Industrial empezó en España tarde, mal y nunca… Pues mira, en esto de perseguir a los judíos fuimos pioneros. Hitler tuvo que ser más cruel e hijo de puta supongo que para hacerse notar y superar los logros del pasado. Pero aquí el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, que a los judíos también los han echado de Francia, de Inglaterra, de Rusia, de Ucrania…

Por eso, antes de que llegara la moda de las esvásticas, allá por la segunda mitad del siglo XIX, cuando -desnortados y sin saber a dónde ir- los judíos cayeron en la cuenta de que en su libro de cabecera Dios, nada más y nada menos, les había dicho que les prometía la tierra de Israel, pensaron que ya era hora de que cumpliera su promesa y empezaron a emigrar a aquella zona.

Por entonces, muchos judíos también se fueron a Estados Unidos, que era un lugar donde iban personas de todas las nacionalidades, razas y credos. Supongo que los poco prejuiciosos americanos de aquella época tuvieron que decir: por qué no, pues no dejamos venir hasta a los negros. Y ese fue el gran acierto del perseguido y masacrado pueblo judío. Desembarcaron en el país de las oportunidades, el que estaba destinado a ser el nuevo gran imperio. Como se podía prever, los judíos no tardaron en meter las narices en la banca, las finanzas, la usura, la industria y la cultura, para terminar controlando gran parte del emporio. Los judíos de Israel siempre se han beneficiado de tener unos primos lejanos tan poderosos.

Yahvé, que es lento pero obstinado, terminó de cumplir su promesa en 1947, cuando la ONU decidió dividir Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe. En 1948 el Estado de Israel declaró su independencia y los judíos de todo el mundo quisieron volver a la Tierra Prometida. Los estados árabes, siempre contumaces, no lo aceptaron e iniciaron una serie de guerras que acabarían perdiendo y que solo servirían para reforzar cada vez más a los judíos, que irían ganando territorios paulatinamente.

Los palestinos -aunque ahora Mahmud Abbas está dispuesto a contentarse con que reconozcan la existencia del Estado palestino y se marquen las fronteras de forma clara- siguen sin aceptar que el airado Dios de la Torá haya vuelto armado hasta los dientes para imponer su santa voluntad. Y es descorazonador porque nos da la justa medida de la capacidad de comprensión del pueblo árabe. Tanto tiempo leyendo el Corán no les ha servido para mejorar sus capacidades hermenéuticas. Bien clarito que lo pone en el Antiguo Testamento, que, no nos engañemos, es la primera parte de la trilogía que cierra El Corán: El Antiguo Testamento, El Evangelio (de esta parte Dios nunca llegó a estar muy satisfecho y por eso escribió cuatro versiones con cuatro evangelistas diferentes; ignoramos cuál es su preferida) y El Corán. Eso es un éxito literario y lo demás tontería. La trilogía no tiene nombre, pero bien podría ser El libro de Dios y venderse en un pack.

Los musulmanes no tienen excusa pues reconocen que el Antiguo Testamento también es libro sagrado para ellos, o al menos lo fue para su profeta. Si Dios escribió lo que escribió en el Éxodo por algo sería, que Dios no da puntada sin hilo. Y más valiera que no hicieran caso de todas las prevenciones que hay en El Corán en contra de los judíos, que probablemente más que a la inspiración divina se deben a la animadversión personal del profeta Mahoma hacia los judíos de Medina, que no quisieron reconocerlo como profeta y le hicieron pillar un berrinche descomunal. Algunos listillos dirán que a lo mejor lo de la Tierra Prometida tampoco fue inspiración divina, que es justo sospechar que los copistas del Altísimo pudieron meter alguna que otra morcilla en el borrador por intereses particulares. No sería extraño, dicen estos escépticos, que esa idea de la Tierra Prometida más que de la época de Abraham fuera de la del rey David, que apoyándose en una supuesta revelación divina habría intentado legitimar las aspiraciones territoriales de los israelitas.

Esta historia me parece fascinante porque demuestra el poder que tiene la palabra escrita a poco que llega algún iluminado y la sacraliza. Muchos pueblos o colectivos marginados del mundo podrían aprender mucho de la historia de los judíos y su Tierra Prometida. Por ejemplo, los gitanos, ahora que los están echando a patadas del país de la egalité, la libegté y la fgaternité. O los homosexuales y las lesbianas de los países donde todavía son perseguidos. O los obesos, que nunca encuentran ropa de su talla en las tiendas donde va todo el mundo ni caben en los minúsculos asientos de los aviones.

La receta para conseguir una tierra prometida es bien sencilla. Lo primero que deben hacer los pueblos o colectivos oprimidos es escribir un libro en el que se diga claramente que Dios les regala un terrenito. Es inteligente a la hora de elegir parcela buscar un país no muy desarrollado, con pocos recursos y pocos aliados poderosos, que siempre será más fácil de derrotar. Algunos países asiáticos, los sudamericanos y los africanos parecen más vulnerables. Este es el paso más difícil y hay que meditarlo bien antes de realizar la elección.

Una vez el libro esté preparado, debe comenzar la campaña de marketing. En la promoción del libro se tiene que hacer hincapié en su origen divino. Esto no va a colar en las primeras generaciones, pero tú dale un par de siglos y ya veremos qué pasa. En cuanto los primeros fanáticos reconozcan el carácter divino y revelado del libro, deben dejar que el producto fermente durante unos 3.000 años (en esta especie de microondas histórico en el que damos vueltas a toda velocidad es posible que no haya que esperar tanto). Cuando vean que todo está preparado para la invasión, es muy importante que luchen por ganarse la simpatía de la nación más poderosa del planeta. No pasa nada si hay que recurrir al soborno o al chantaje. Conseguir que miembros del colectivo adquieran cargos de responsabilidad en esta nación puede ser decisivo. En el amor y en la guerra todo vale.

Con una receta como esta no sería un disparate imaginarse a todos los gitanos dentro de unos siglos viviendo felices y contentos, pongamos, en Senegal, a todos los obesos en Ecuador, o a todos los homosexuales en… En este caso sería más difícil encontrar un país que pudiera acoger a tantos millones de personas, pero nadie ha dicho que no puedan ser tres, cuatro, cinco países los que Dios regale al colectivo si la densidad poblacional del mismo lo merece.

Los palestinos podían hacer algo parecido o escribir la cuarta parte de El libro de Dios. En esa cuarta y última parte de la saga bien podría suceder que Dios, harto de los desafueros y atrocidades de los israelíes, decidiera expropiarlos de la tierra que un día les prometió a sus ancestros y devolvérsela a los pobres palestinos, que soportaron todos las adversidades y sufrimientos con la paciencia estoica del santo Job. Al menos todos aquellos que no se volaron por los aires embutidos en un traje de explosivos en busca del paraíso musulmán.

La idea de que toda minoría perseguida debería tener un sitio en el mundo donde vivir en paz es tan bonita que todo sacrificio es poco si el fin último es llevarla a cabo. A la ONU así le pareció cuando apoyó la ocupación de Palestina por los judíos. El único reproche que se les puede hacer es no haberles dado un trocito de Europa, la Bretaña francesa o el Estado de Baviera mismamente, para hacer gala de su generosidad. Pero ya sabemos todos que una cosa es predicar y otra bien distinta dar trigo.