jueves, 8 de octubre de 2009

Criterio

Desafortunadamente en cuestiones estéticas y artísticas es muy difícil tener criterio. El problema es que la gente no lo sabe. Muchos, de hecho, piensan que es justo al revés. No hay nada más que ver a todos esos listos que se pasan el día pontificando sobre la capacidad pictórica de no sé qué artista plástico, del talento de tal escritor y de la genialidad de tal o cual músico.

Casi todos los que hoy idolatran, por ejemplo, a Barceló, a Antonio Muñoz Molina o a Bob Dylan lo hacen porque se subieron a un carro que ellos no habían puesto en marcha. Dicho con otras palabras, dijeron que todos esos eran grandes creadores porque otros lo habían dicho antes. Algunas personas sin referencias y sin demasiado criterio tal vez podrían pensar que los cuadros de Barceló no pasan de ser cuatro manchas más o menos bien puestas, que la escritura de Muñoz Molina es pesada y agotadora, y que Bob Dylan en sus primeros discos tenía una voz de embudo que difícilmente le llevaría al estrellato. Otros con más criterio, más duchos en sus respectivas materias, tal vez supieran valorar la pericia que tiene Barceló para trabajar las formas y el color, la pasmosa capacidad narrativa del autor de “El invierno en Lisboa” o la calidad que tiene el de Minnesota como compositor e intérprete, que se puede ser un buen intérprete sin tener una gran voz. Aunque estoy seguro de que tendrían sus dudas si tuvieran que decidir, sin referencias previas, si son o no unos genios. En cine pasaría otro tanto: ponedle a alguien no iniciado “Ciudadano Kane” o “La strada” y preguntadle si le parecen las mejores películas que ha visto en su vida.

Casi todas las obras maestras, sea en el campo que sea, han llegado a serlo gracias a que han contado con el apoyo de grupos de poder que tenían intereses económicos. Curiosamente los grupos de pop alternativo (¿o independiente?) más famosos (Sonic Youth y los Planetas, por poner un ejemplo foráneo y uno autóctono) han publicado sus discos en multinacionales.

En el caso de las obras maestras de la historia del arte, la música y la literatura más que los intereses económicos suelen primar los académicos, que no dejan de ser intereses al fin y al cabo. La historia de la literatura, por ejemplo, está llena de mentiras: hay un montón de autores que han sido encumbrados porque a unos cuantos eruditos les ha dado por llevarlos a los altares. Igual que a otros los condenaron injustamente al olvido. Ni es para tanto Valle-Inclán ni para tan poco Blasco Ibáñez. Ni es para tanto García Lorca ni para tan poco León Felipe. En definitiva, que en lo académico también hay grupos de poder mediático que van imponiendo sus criterios.

Y luego estamos todos los demás que, con el mecanismo del eco o la habilidad del loro, repetimos lo que otros han dicho con la seguridad que da tener el respaldo de un montón de tipos listos.

El criterio además es muy voluble porque depende en gran medida de nuestro bagaje cultural. El paladar artístico se va acostumbrando a nuevos sabores y va apreciando sensaciones que antes ni siquiera sabía que existían. Cuando tenía once o doce años me recuerdo flipándolo mucho con los libros de los Block de Monserrat del Amo (que quería ser la Enid Blyton española) y con los discos de los Modern Talking. Me parecían tan alucinantes como hoy me parecen Chuck Palahniuk y Placebo.

Los años que trabajé en la sección de discos de la Fnac aprendí hasta qué punto estamos mediatizados, manipulados, dirigidos. Yo incluido evidentemente. Recuerdo que a veces descubríamos un disco alucinante y decidíamos apostar por él. Le dábamos buena exposición, poníamos un punto de escucha para que la gente pudiera conocer nuestro descubrimiento y lo recomendábamos en el boletín que entonces tenía la Fnac o en su web. Todos nuestros intentos solían tener unos resultados mediocres cuando no ridículos. Hasta el día en el que el disco de marras aparecía recomendado en, por ejemplo, El País de las Tentaciones. Ese día nos lo quitaban de las manos.

Recuerdo que una vez vino una mujer de unos treinta años a pedirme referencias sobre un disco, en concreto sobre el primer disco de Estrella Morente. Yo le dije que no hacía falta que le contara sus virtudes porque lo teníamos puesto en un punto de escucha y lo iba a poder disfrutar de punta a punta antes de comprarlo (entonces no se podían escuchar los discos a la carta). Parecía una mujer de mundo y con dinero, una niña bien, con estudios superiores probablemente. Me dijo que no era eso lo que quería, que el disco lo acababa de escuchar. Lo que quería saber era si el disco era “bueno”. Yo le respondí que a mí y a la crítica Estrella Morente nos parecía la gran promesa femenina del flamenco actual. Entonces no lo dudó y decidió comprarlo. Probablemente no he olvidado esta anécdota (entre las miles del mismo estilo que viviría en la Fnac) porque es raro encontrar a una persona tan franca y directa como esta chica, tan sin complejos. Casi todos somos un poco como ella, pero no nos atrevemos a reconocerlo, ni siquiera a nosotros mismos.

Siguiendo con la música, en estos últimos años el mercado discográfico ha ido a la quiebra por la piratería. Las compañías tienen miedo y solo apuestan por los grupos consolidados o la música mediocre para las masas. Faltan en la parrilla grupos nuevos para un público más selecto. Sin embargo, basta con navegar un poco por myspace para darnos cuenta de que el talento está ahí. Hay muchos grupos buenos, pero sin una compañía que los respalde, sin nadie que diga que son muy buenos para que vengan otros detrás y se suban al carro. No falta el talento sino la promoción. ¿Cuál es el resultado? Salvo alguna excepción (¿Vetusta Morla?), ninguno sale adelante. La gente necesita que le digan que algo es bueno para estar o no de acuerdo.

Hace poco me contaron también una anécdota muy sorprendente sobre un escritor. La pena es que no recuerdo quién era. El caso es que este escritor, un escritor de prestigio que no tiene problemas para que editen sus libros, decidió mandar uno de sus manuscritos a distintas editoriales con un nombre falso. En todos los casos su manuscrito fue rechazado por no dar la talla. Puede ser una leyenda urbana, pero estoy seguro de que si cogéis cualquier libro reciente de un autor consolidado, pongamos por caso un libro de Saramago o de Javier Marías o de Pérez Reverte, lo pasáis al ordenador y lo mandáis a una editorial, lo más normal es que recibáis una respuesta negativa, cuando no se limiten a pasar olímpicamente.

Los editores, los cazatalentos, los productores y toda la gente que se gana la vida gracias a que tienen criterio para reconocer el talento siempre dicen lo mismo: no saben dónde está el éxito. Disparan al cielo y de vez en cuando cae algún palomo.

Por eso no soporto a todos aquellos a los que se les llena la boca diciendo nombres como Kandinsky, Sinatra, Almodóvar, Andy Warhol, Thomas Mann, Faulkner, Picasso, Stanley Kubrick, Lars Von Trier, Rolling Stones… Si son tan listos, que descubran quiénes de los artistas que hoy emergen ocuparán sus puestos dentro de treinta, cuarenta, cincuenta años. Ese sería el mérito. La pena es que todos estos mitómanos que tanto me enervan son los que suelen decir que todo lo que se hace ahora es una mierda. Tendrán que venir otros detrás a decirles que estaban equivocados.

En el terreno artístico y estético tener un criterio absoluto es imposible. Nuestros juicios siempre serán personales y parciales. Nuestro criterio será más exquisito conforme nuestros conocimientos sean mayores, pero eso no significa que podamos llegar a tener la razón. Por lo tanto tendremos que seguir toda la vida soportando a un montón de bocazas que a cada momento pretenderán sentar cátedra con sus cuatro referencias eruditas y mis post seguirán siendo esos textos argumentales que después de más de diez largos párrafos no arreglan nada y te dejan como estabas al principio.

Nota: Según la R.A.E.: Criterio: 1. m. Norma para conocer la verdad. / 2. Juicio o discernimiento. (Por si alguien quiere saber si lo tiene y tiene dudas de lo que es exactamente).

Este post está dedicado a Alicia, que algunas veces se siente contrariada cuando sus gustos no coinciden con los de los críticos.