martes, 7 de abril de 2009

Fiestas para el siglo XXI

Cada vez soporto menos la Semana Santa. Trato de ser empático con el fervor religioso de los creyentes, pero no hay manera. De forma racional lo soy, pero con esfuerzo. No puedo evitar sentir por dentro cierta vergüenza ajena cuando miro el telediario y aparecen esas cofradías -celosas de su cristo, su santo o su virgen- diciendo burradas sobre el supuesto poder milagroso de una talla de madera. ¿Para qué engañarme a mí mismo? Los veo ridículos y no puedo evitarlo. Podría evitar decirlo y no escribir esto, pero hace tiempo que decidí que iba a escribir lo que me diera la gana sobre lo que me diera la gana. Es la única forma que se me ocurre de sentirme libre.

Una fiesta que, según los últimos estudios realizados, cada vez cuenta con menos creyentes quizá debería secularizarse. Por lo menos para la gran mayoría. Los católicos podrían seguir conservando sus tradiciones de forma sectaria. Eso yo no lo discuto. El caso es que para todos los que no somos creyentes es muy triste celebrar una fiesta tan trágica en un momento tan bonito del año.

Me he criado como católico, he asistido a procesiones sintiéndome religioso cuando era niño, y de mayor, con interés antropológico o cultural, cuando no meramente turístico. La visión etnocéntrica del ser humano hace que veamos con normalidad todo lo que nos rodea, por absurdo que sea, pero tengo que estar perdiéndola. Objetivamente ahora lo único que veo es una fiesta particularmente gore y siniestra en la que se celebra que apresaron a un señor (pongamos que fuera, como dicen algunos, un profeta), lo torturaron y lo acabaron crucificando, condena que era habitual entre los romanos. Luego resucitó, pero eso ya casi es lo de menos porque se acaba la Semana Santa y hay que volver al tajo.

La Semana Santa se pergeñó, como casi todas las fiestas religiosas actuales, partiendo de las fiestas que había antes de la expansión del cristianismo. De ahí la vocación politeísta de nuestro catolicismo, que en cada localidad tiene un santo o una virgen que casi eclipsan la importancia del mismo Dios. Antes de los cristianos, por estas mismas fechas, se celebraban fiestas para dar gracias por la llegada de la primavera. Por eso estaban dedicadas especialmente a la fertilidad y, claro está, a la sexualidad desatada. A lo mejor, inconscientemente, están reivindicando eso los cofrades que se han puesto un lacito blanco.

La mayoría de las fiestas no se crean ni se destruyen, simplemente se transforman. De hecho, nuestra Semana Santa es una mezcla del sustrato precristiano y los embelecos del evangelio judío. Ese es el camino. Nosotros también podemos partir de lo que tenemos, sobre todo respetando aquellas partes rituales que tanto gustan a la gente, y crear algo más acorde con nuestra época. Las procesiones, por ejemplo, gustan mucho a la gente. Sin embargo, no pasa lo mismo con las misas.

Para empezar, yo volvería a los orígenes para justificar la festividad. La fecha lo mismo me da: el día del equinoccio, el día de la luna llena tras el equinoccio, una semana después de la luna llena... Por mí podemos dejarlo como está si todo el mundo está de acuerdo. El caso es celebrar que llega la primavera, los almendros florecen y la libido se dispara.

¿Que a la gente le gusta lo de la pasión y muerte? Pues lo mantenemos. Por ejemplo, se puede inventar una historia en la que se cuente cómo agoniza el dios Invierno hasta que muere. Aunque habría que conseguir que esa muerte no fuera tan trágica y dramática como la Jesucristo. ¿Por qué no sería dramática esa muerte? Porque provocaría el nacimiento de la diosa Primavera, que hace que la naturaleza se renueve y los seres humanos quieran multiplicarse. Esto es solo un esbozo de por dónde pueden ir los tiros. Habría que desarrollar un poco más la trama para hacerla más interesante. A la hora de elegir influencias mitológicas en estos tiempos que corren yo tiraría más por Tolkien que por Ovidio. Y evidentemente queda descartada la mitología bíblica.

Las procesiones se deben mantener, aunque hay que hacerlas más alegres. Para tener algún referente, podríamos contratar a los organizadores de la Marcha del Orgullo Gay. Sobre todo al principio, que la gente estará muy desconcertada y no sabrá qué hacer con los capirotes de nazareno.

Y para que a los sevillanos no les dé un patatús cada vez que caen cuatro gotas, podríamos inventar una superstición que hiciera de la lluvia un buen augurio. Bastaría con decir que si llueve en mitad de la procesión, significa que va a ser un año de buenas cosechas y mucha felicidad. Aunque habría que añadir que si no llueve, no significa que el año vaya a ser malo. Que ya me veo yo a todos los andaluces rasgándose las vestiduras porque luce un sol de justicia. Por cierto, los andaluces no notarían mucha diferencia entre una fiesta y otra porque permitiríamos que siguieran existiendo cofradías y podrían rivalizar y odiarse durante todo el año mientras preparan la carroza más bonita de todo el desfile, o procesión, el nombre del pasacalles puede discutirse más adelante.

Esto no es nada más que el punto de partida para secularizar una fiesta que a todos nos gusta. En un mundo tan descreído éste es el camino que hay que seguir. Cada vez hay más gente que se casa por lo civil con el mismo boato que lo haría por la iglesia. Algunos padres han llegado a pedir comuniones por lo civil, con mucha razón, aunque así a bote pronto parezca una tontería. En muchas culturas se celebra el día que los niños dejan de serlo para pasar al mundo de los adultos. Aquí hay otra tarea pendiente: sustituir la comunión y la confirmación por ritos más acordes con nuestra sociedad.

Y por último, es lógico que este nuevo periodo festivo tenga un nuevo nombre. Entre otras cosas porque es posible que los católicos quieran seguir celebrando su fiesta y no les va a hacer ninguna gracia que les robemos el título. Yo la llamaría simplemente Semana de la Primavera o, mejor, Semana del Amor. ¿A que suena mucho mejor?

1 comentario:

Jorge dijo...

Yo vi hace unos años en La Mancha la 'procesión del silencio', esa que se hace a las siete de la mañana en completo silencio, haciendo sonar un enorme cuerno de vez en cuando. Pues bien, unos cuantos nazarenos venían directamente de la discoteca con una borrachera de impresión. Utilizaban el cirio para no caer al suelo. Si es que mezclar nunca ha sido bueno.