lunes, 23 de febrero de 2009

La Callejuela

Jugamos en la calle como siempre. Justo después de comer. Para las horas que son somos muchos. Es un día especial. Vísperas de Carnaval.

Desde hace tiempo jugamos a juegos inventados por nosotros. Juan Antonio suele ser el que siempre tiene la iniciativa. Es un líder. No es el mayor. Creo que tiene diez años. Tampoco es el más alto. De hecho es particularmente bajito. Sin embargo es el más ingenioso. Tiene el pelo ensortijado, cara de pillo y los ojos le echan chispas cuando se enfada o cuando tiene una gran idea. No se enfada mucho, pero los ojos casi siempre están en ascuas.

Nos reunimos normalmente en la Callejuela, que es el sobrenombre que tiene la calle del Tamborilero. Es una calle tranquila, llena de puertas traseras. Solo tiene cierto trasiego cuando sale o entra algún tractor que va o viene de la labranza. La Callejuela es nuestra. Todos los juegos parten de allí, lo que no significa que solo juguemos allí. Vamos mucho también al Toledillo, que es la calle aledaña y que se llama realmente calle de Toledo. También vamos a la Plaza de España, que está a tiro de piedra, en la calle paralela a la Callejuela. Mi casa da a las dos calles. A veces jugamos también por las escuelas. Y en ocasiones el sitio de nuestros juegos es el pueblo entero, como si se tratara de un tablero gigante donde desplegar nuestra imaginación.

Se nota que es un día especial porque hay chicos que no se vienen normalmente con nosotros. Nuestro grupo siempre está abierto para todo el que quiera participar en nuestras aventuras. Hoy, por ejemplo, está por aquí Félix el Negro, que vive en la calle del Norte y que va a nuestra misma escuela. La mayoría vamos a las escuelas del Matadero, que no tienen ese nombre tan pavoroso porque sean terroríficas sino porque a su lado hay un matadero, que, eso sí, perfuma a rachas con aromas pestilentes los patios y las aulas, y que, de vez en cuando, ameniza la mañana con el hilo musical espeluznante de los gritos de los cerdos que son ejecutados. Creo que todas las escuelas de mi pueblo se llaman Miguel de Cervantes. Por eso hemos tenido que rebautizarlas con distintos apelativos: el Matadero, Cervantes, las Portátiles y San Marcos. Por la Callejuela también vienen algunos de los que van a las escuelas de Cervantes. Viven al lado, en la carretera que cruza el pueblo, que es donde desemboca la Callejuela.

Hace un tiempo estupendo para ser febrero. Serán unos Carnavales maravillosos. Luce el sol y muchos de nosotros incluso estamos sudando de tanto andar de acá para allá, de tanto correr, de tanto trastear. La tarde avanza y llega un momento en el que ya no sabemos qué hacer. Un punto muerto. Alguien propone ir a las afueras del pueblo. A veces el pueblo nos parece un tablero de juegos demasiado pequeño y tenemos que salirnos de él. Alguien propone ir a las Canteras del Oso Boris, que es como llaman a unas canteras de arena a las que suelen ir algunos a jugar desde hace tiempo. Creo que es Juan Antonio el que hace la propuesta. Y si no es él, da lo mismo. Juan Antonio quiere ir y ya no hay marcha atrás.

Llevo tiempo queriendo ir a esas canteras. Nunca he ido y me han hablado mucho de ellas. La verdad es que yo me junto con los chicos de la Callejuela solo a veces. Soy el mayor de todos. Corre el año 1985 y acabo de cumplir trece años. A los de la quinta de Juan Antonio, que son los que suelen ir a las canteras, les saco dos cursos. Un abismo. A veces me veo ridículo jugando a ciertos juegos y con chicos tan pequeños, pero es verdad que soy un poco infantil, que tengo cierto síndrome de Peter Pan y que lo sé y no me importa.

Algunos de los que están con nosotros no se vienen. Yo sí me apunto. No tengo nada mejor que hacer hasta mañana, que tocará disfrazarse por la mañana. Desde hace varios años salgo de mascarita con mis primos. A la expedición también se apuntan Reyes, Félix el Negro, Dani, Iván, y, por supuesto, Juan Antonio. Faltan muchos habituales de la quinta de Juan Antonio. Algunos tenían cosas mejores que hacer. Otros están mosqueados por no se qué discusión que han tenido. A un chico de la calle mucho más pequeño que nosotros Juan Antonio no le deja venir. Le dice que es demasiado enano o algo así. Lo que resulta absurdo. Con nosotros viene Iván, primo de Juan Antonio, que es más pequeño todavía. No tendrá más de siete años. Juan Antonio, como todo líder, a veces se comporta como un tirano. A saber por qué le habrá dicho a ese chico que no puede venir.

Cogemos la calle del Toledillo en dirección a las afueras. La salida del pueblo no está lejos. Al final de la calle está la ermita de San Antón y a partir de ahí, quitando cuatro solares y algunos talleres en el margen de la carretera, ya todo es campo abierto.

Al pasar al lado de la casa de mi amigo Félix Oliver (sí, en mi pueblo mi nombre no es muy original) pienso si no sería mala idea ir a ver qué hace. No se me ocurre invitarlo a la expedición. Sé que no se vendría. Félix es mi mejor amigo en la escuela, pero no sirve para las aventuras. Fuera de la escuela solo me voy con él si quiero jugar a algo tranquilo. Lo más arriesgado que hacemos juntos es jugar al fútbol. Yo tengo amigos para todo. Para las aventuras peligrosas puedo contar, por ejemplo, con mi primo José Esteban, que no sé dónde andará ahora mismo.

Cuando llegamos a la ermita de San Antón me detengo de forma inesperada. Me vuelvo. Voy a ver a Félix Oliver. Sé que lo que me va a ofrecer va a ser mucho más aburrido que lo que me espera con Juan Antonio y compañía, pero de repente me da mal rollo continuar. No sé, es posible que no quiera ponerme perdido de tierra. También es posible que mi aversión al campo me ayude a tomar la decisión. Mi padre me lleva mucho al campo para que le ayude en las tareas agrícolas y yo detesto la tierra, el sol y a veces hasta la misma naturaleza. Aunque es verdad que en otras ocasiones, sobre todo con José Esteban, no desprecio un aventura por pozos, arboledas y caminos prohibidos. La cuestión es que no sigo. Por lo que sea me doy la vuelta y les digo que ya iré en otra ocasión a ver las Canteras del Oso Boris, donde por lo visto Juan Antonio y compañía andan excavando unas cuevas alucinantes.

Voy a ver a Félix y tenemos una gran idea. Al final me alegro de no haber ido a las canteras. Nos vamos a casa de don Jesús Sánchez, que fue maestro nuestro el curso anterior y que tiene una mesa de ping-pong en la que nos deja jugar. Después de varias horas jugando, aunque no es tarde, decidimos que ya es suficiente. He perdido todos los partidos, pero no me importa. Es lo habitual. Supongo que los que juegan conmigo a cualquier deporte se tienen que aburrir más que yo dada la falta de emoción de los enfrentamientos.

La casa de don Jesús no está lejos del centro, que es donde vivimos, y es pronto, así que vamos por la calle tranquilamente. Félix dice que tiene que irse a cenar. Yo me quedo pensando en qué hacer cuando se vaya. Todavía no tengo ganas de volver a mi casa. En mi casa no hay una hora fija para cenar. Cada uno va cuando le apetece para desesperación de mi padre, aunque luego es el primero que no es serio y puntual con esa cita.

Bajamos por la calle del Santo y en la confluencia de esta calle con el Toledillo, que es la calle de Félix, y con la calle de la Plaza de España, que es la mía, vemos mucho revuelo de gente. Nos extraña, pero puede ser simplemente que es la víspera de Carnaval y que va a haber algún tipo de actuación en la plaza o que viene algún pasacalles.

Todavía no es de noche, pero está oscureciendo.

Antes de llegar a la confluencia de las tres calles me tropiezo con mi tía Rosario, que me dice un poco alarmada que mi madre me está buscando. Le digo a Félix que me extraña, que me parece raro. A mí nunca me buscan si no es para que me vaya con mi padre al campo. Y no son horas. Algo pasa. Ahora lo presiento.

El corazón me palpita fuerte cuando escuchamos los comentarios de la gente. Alguien dice que unos chicos se han matado en la arena, que estaban en una huerta o algo así, que están enterrados, que no saben si un chico ha muerto, que no se sabe quiénes son, que son varios, que lo mismo se han caído a un pozo, que dicen que se han ahogado...

Mi madre me encuentra. Pensaba que estaba con ellos, por lo visto habían comentado que me habían visto jugando con ellos, que me habían visto irme con ellos... ¿Qué ha pasado?, le pregunto. No sabe: los chicos en la arena, se han ahogado, enterrados, mi padre y otros hombres han ido a buscarlos...

La espera es angustiosa. Rondamos por las calles y vamos de grupillo en grupillo intentando enterarnos de algo.

Ya se ha hecho de noche cuando llega el primer muerto, el primero que ha sido identificado, el más fácil de reconocer: menudo y con el pelo ensortijado no podía ser otro que el hijo de Pilar y Dionisio. Lo llevan a su casa y todo el mundo se congrega alrededor. Yo no me puedo creer que Juan Antonio esté muerto.

Antes de la muerte de Juan Antonio viví otras dos muertes: mi abuelo Félix y mi abuela Felisa, el padre de mi madre y la madre de mi padre. Pero eran viejos. Y a mí entonces, aunque evidentemente me afectó que se murieran, mi precoz racionalidad me ayudó a encajar esos golpes porque entendía que era ley de vida.

Pero en aquel momento, con Juan Antonio de cuerpo presente, comprendo lo que es la muerte: un dejar de ser sin más en el momento más inesperado. La muerte puede llegar en cualquier momento y de la forma más absurda. Yo mismo podía estar muerto, pienso. Yo mismo podía ser uno de los muertos.

Alguien comenta que alguno de los chicos está vivo.

Pienso entonces que podría haberme salvado. O que tal vez los hubiera salvado a todos. No por mis inexistentes superpoderes, sino porque mi mente excepcionalmente racional de trece años me hace comprender que si yo hubiera ido, un nuevo elemento habría entrado en juego y puede que nada de todo aquello hubiera sucedido. Todo podría haber sido de otra manera.

Dicen que Reyes está vivo, pero que será imposible que hablemos con él ahora. Ni siquiera nos acercamos a su casa.

El otro muerto que es rápidamente identificado es Iván. Porque era muy pequeño y porque todos sabían que iba con su primo. Dicen que Iván, al ser tan menudo, no debe de haber sufrido. Probablemente murió en el acto.

Luego hay un cuerpo que nadie es capaz de identificar. Creo que dicen que está en el Ayuntamiento. Nadie sabe quién es ese chico. Yo pienso que tiene que ser Félix el Negro porque comentan que no es Dani. Los vecinos de Dani han ido para que su madre se quede tranquila y le han dicho que no es. Ya aparecerá. La inquietud de la madre, de todas formas, no desaparece. Dani es un chico bueno y responsable y no es normal que no sepa dónde anda a esas horas.

Yo no digo nada. Todo el mundo me ignora y yo no digo nada. Estoy demasiado asustado y no tengo la edad suficiente para tener ningún tipo de iniciativa. Yo sé que tiene que ser Félix el Negro.

Media hora más tarde vamos hacia la casa de Dani. Dicen que lo llevan para allá, que finalmente sí era él el cadáver sin identificar del Ayuntamiento. No sé por qué estamos presentes mientras entran el cadáver en un dormitorio ni cómo es posible que nos dejen a los niños contemplar esa escena, pero ahí estamos viendo un cuerpo amoratado y deformado que difícilmente podemos reconocer. Dani era solo un año menor que yo. Tenía una complexión más fuerte que Juan Antonio y parece que ha sufrido mucho más. Tiene las manos destrozadas de su batalla cuerpo a cuerpo con la muerte.

Yo no entiendo nada hasta unas horas más tarde. Entre todos vamos atando cabos. La información no deja de llegar, pero con cuentagotas. Poco a poco vamos completando el puzle.

Estaban excavando una cueva en la pared de una cantera abandonada o medio abandonada (nunca quise ir allí después de aquello). El agujero ya tenía que ser bastante profundo y estaban emocionados. No sé dónde querrían llegar. En el fondo del agujero se afanaban todos con palos y otros instrumentos rudimentarios mientras de vez en cuando iban sacando la arena. Félix tiene que ir a hacer sus necesidades y sale. Juan Antonio echa de menos uno de sus palos y le da una orden a Reyes, también primo suyo, para que vaya a buscarlo. Reyes obedece y en ese momento toda la pared se desmorona sobre sus cabezas como un gran alud de tierra. Dani, Iván y Juan Antonio desaparecen debajo de la nube de polvo. Reyes se queda atrapado de cintura para abajo y siente la opresión de la tierra, que amenaza con cortarle la respiración. Félix está fuera y no sabe qué hacer. Va hacia donde estaban los otros chicos, se sumerge entre el polvo y desesperado coge un par de puñados de arena con la mano, le pregunta a Reyes si está bien, llama a voces a los otros chicos, quita unos puñados más de arena para intentar sacar a Reyes y entonces comprende que necesita ayuda, que solo con sus manos no logrará quitar tantos metros de tierra. Están al lado de la carretera y además cerca hay una gasolinera. Corre hasta allí y atropelladamente le cuenta a un par de hombres que sus amigos se han quedado sepultados bajo la tierra. Antes de que el chico se dé a la fuga, le preguntan quién es. Dice que Raimundo, el hijo de Raimundo Pelotos, que es su vecino. La imaginación no le da para más. Si su madre se entera de que ha salido al campo, lo mata. Vuelve corriendo al pueblo y se mete en el cine, aunque la película hace rato que empezó.

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A los de mi generación nos costó comprender aquello. Tardé mucho tiempo en asimilar que estos chicos hubieran dejado de existir. Sobre todo Juan Antonio, que era con el que tenía una relación más estrecha y que, como buen líder, tenía sobre mí cierto poder de fascinación. A mí me pilló en una edad en la que ya empezaba a dejar de jugar, al menos a los juegos infantiles de la Callejuela. Pero no volví por esa razón. Nunca volví a jugar en la Callejuela porque los chicos dejaron de ir allí. La Callejuela se esfumó con Juan Antonio y allí solo quedaron unas cuantas portadas de las que salían y entraban cansinamente los tractores. Luego vinieron generaciones que ya no jugaron tanto en la calle. O que preferían la plaza u otros emplazamientos con más encanto.

Recuerdo que por entonces ya sabía que quería ser escritor y que me prometí a mí mismo que algún día escribiría alguna historia inspirada en Juan Antonio para poder dedicársela. No he sido capaz de recordar ninguno de sus maravillosos juegos liberados de todo tipo de patente, software libre que todo el mundo podía utilizar. Así que no me ha quedado más remedio que contar su trágico final. Todos los años, cuando llega el Carnaval, me acuerdo de aquel terrible día en el que comprendí lo que era la muerte. Aquel año se suspendieron los Carnavales en mi pueblo.

Suelo escribir sobre cosas que he vivido, o al menos basarme en ellas para inventar mis ficciones, pero siempre necesito tiempo y perspectiva para poder hacerlo. A veces necesito muchos años para poder escribir sobre alguna vivencia. En esta ocasión han sido veinticuatro años. Y tengo que reconocer que lo he pasado mal mientras escribía este relato. Lo he contado como malamente lo recuerdo. Podría haber recopilado información fidedigna sobre aquel acontecimiento o haber hablado con algunos de los que participaron en la historia, pero no tengo cuerpo para pasar ese mal trago. Creo que con esto vale para cumplir mi palabra.


A Juan Antonio, in memoriam.

3 comentarios:

Biru-san dijo...

Impresionante

Félix Oliver dijo...

Hola Félix
Me he emocionado tanto que aún no sé si lo que he hecho es leer tu relato de aquella desgraciada tarde o, más bien, revivir la angustia que todos sentimos. Sea como fuere, me ha absorbido por completo.
Cada víspera de Carnaval, al igual que tú y seguro que muchos más, lo recuerdo; pero al leer tu relato, he vuelto a vernos en el momento en que llamaste a mi puerta para ver si hacíamos algo esa tarde y, sobre todo, cuando volvíamos de la partida de ping-pong, y no entendíamos que la gente nos regañara diciéndonos de dónde vendríamos.
Lo que vino después, ya lo sabemos todos.
Me gustaría unirme a tu homenaje. Hay algo que no sé si recuerdas y es que, en los meses siguientes, cuando ya nadie jugaba en la Callejuela, empezó a correr entre nosotros un rumor; habían aparecido en el cielo tres estrellas nuevas, equidistantes y perfectamente alineadas. Aquellas estrellas eran Juan Antonio, Iván y Dani.
Seguramente aquellas estrellas habían estado siempre allí, pero nosotros las rebautizamos en su honor. Cuando observo el firmamento y las veo, me acuerdo de ellos tres y también de todos los niños que rondábamos por allí... y es extraño pero, casi siempre, acabo esbozando una sonrisa de satisfacción por los juegos y risas infantiles que compartimos. Me gustaría mandar un abrazo para todos ellos, estén donde estén. Y a tí, además, quiero darte las gracias de corazón por haberlo escrito.
Félix Oliver

Félix Chacón dijo...

Gracías a ti, Félix, por recordar conmigo esta triste historia. No me acordaba de la anécdota de las estrellas. Es el final que necesitaba este relato para que no sea tan triste.