sábado, 13 de diciembre de 2008

La justicia universal

Los que habéis superado ya el umbral de los treinta años me entenderéis mejor.

¿A que os sentís bien cuando os tropezáis con ese calvo barrigón que no tiene novia ni casi amigos y que en los tiempos escolares os esperaba a la salida del colegio para soltaros un par de hostias? ¿A que sentís cierto regodeo al encontrar a la más creída e insoportable del instituto arrastrando algún crío insufrible, un culo gordo que no le cabe por la puerta y esos kilos de maquillaje que no pueden ocultar lo mal que está envejeciendo? ¿A que os hace gracia ver al macarrilla de los años adolescentes haciendo lo imposible por que sus vástagos se comporten como personas y le dejen tranquilo las horas que no está currando? ¿A que no podéis evitar sentiros bien cuando veis a todos esos capullos que un día os miraron por encima del hombro y se rieron de vosotros soportando sobre sus espaldas el peso de una vida de mierda? Sí. Incluso da igual si tu propia vida también es una puta mierda. Lo importante es que ellos no están mejor que tú.

Pues no creáis que sois malas personas por disfrutar con las desgracias ajenas, que esto no es como reírse de un cojo o de un retrasado mental. Ese inefable sentimiento de plenitud que sentís en ese instante es un chispazo de felicidad producido por una extraña y absurda certeza que nos asalta de golpe, la certeza de que existe una justicia universal que pone a cada uno donde se merece.

Pero no nos engañemos, ese sentimiento se desvanece pronto. A nuestro alrededor un montón de capullos, de trepas, de engreídos, de creídas, de hijos e hijas de la gran puta manejan un montón de pasta, ostentan cargos importantes, tienen trabajos envidiables y, para colmo, se conservan estupendamente. No existe una justicia divina o natural que nos premie o nos condene. Lamentablemente.

Lo que sí es cierto es que aquellos individuos que tuvieron su momento de gloria en la adolescencia con el tiempo se vuelven seres patéticos, acabados, ridículos, como muñecos maltratados y abandonados. Los que en la adolescencia solo tuvimos granos y problemas, sin embargo, estamos muy felices de haber dejado atrás todo ese lastre. Y solo el hecho de habernos librado de tanto peso nos hace esbozar una sonrisa.

2 comentarios:

Rubén dijo...

Pero hay todavía los que habiendo sido hijos de puta la justicia divina les sigue recompensando con mujeres hermosas, trabajo fácil, dinero y drogas. ¿Habrá un tribunal de apelación a la justicia universal? ¿O habrá que esperar que sea cierto eso de que cada uno se cava su propia tumba?

Jorge dijo...

Qué grande eres, tío.