miércoles, 1 de octubre de 2008

Qué bien pensado está el mundo: el capitalismo

Últimamente he estado leyendo un libro muy interesante sobre los tejemanejes de la CIA en España desde la Posguerra hasta la Transición. El libro se titula "La CIA en España" y su autor es Alfredo Grimaldos. Es impresionante. Os lo recomiendo encarecidamente. Reescribe toda nuestra historia reciente. Además el otro día, por si no tenía suficiente CIA, me tragué la miniserie "The Company", que también trata de las operaciones de los servicios de inteligencia norteamericanos en los años de la Guerra Fría. Ahora que se van desclasificando documentos y que algunos de los personajes que participaron ya han escrito sus memorias, podemos estar seguros de que fueron los servicios de inteligencia de las dos superpotencias (la CIA y el KGB) los que muchas veces forzaron los acontecimientos históricos.

Pero simplificando un poco: me cuesta creer que fueran sólo los servicios de inteligencia y contrainteligencia norteamericanos los que consiguieron virar la política mundial hacia el capitalismo. Algo más tiene que haber. Utilizando términos mercantilistas: ¿Qué tenía la oferta de Estados Unidos que no tenía la competencia comunista?

Para empezar, aunque a primera vista pueda parecer lo contrario, el capitalismo es más igualitario que el comunismo. Dentro del sistema capitalista cualquier idiota puede triunfar. Puede triunfar alguien inteligente y puede triunfar un ganapán. Los tontos tienen cabida en el sistema. Incluso pueden liderar el gobierno del país que impone su ley en el planeta. George Bush Jr. es un buen ejemplo de ello, demasiado claro diría yo.

La política del pelotazo establece esa norma: todos los idiotas pueden forrarse, llegar a la cima y pisar las cabezas de los desafortunados. Por otra parte, a los que están abajo les queda el consuelo de pensar que ellos también podrían ser los afortunados, que su número también está dentro del bombo. Y aprovechando el símil: el sistema también prevé soluciones de excepción para los casos imposibles, me refiero, claro, a la lotería. Para ganar en la lotería no hacen falta luces, sólo suerte. Y la suerte en los juegos de azar es arbitraria, estadísticamente poco probable, pero no imposible. Lo suficiente para alimentar la ilusión de millones de seres infaustos. La televisión también ha conseguido que cualquiera pueda alcanzar la fama y el dinero. El Gran Hermano y otros realities vinieron a ofrecer a la gente sin talento la posibilidad de saborear las mieles del éxito.

¿Qué ofrecía el comunismo? Dentro del sistema comunista todo genio está condenado a fracasar. A fracasar entre una población de fracasados que no tendrán ninguna razón para esforzarse porque estudiar, trabajar duro o invertir no te van a servir de mucho. En el sistema comunista se supone que nadie padece necesidades perentorias, pero tampoco cuenta con ninguna ilusión que ayude a sobrellevar el tedioso día a día. Lo único en lo que el comunismo podía superar al capitalismo era en la honradez de sus funcionarios, pero ni siquiera eso consiguieron. Fue la corrupción en muchos casos la que se encargó de firmar el acta de defunción de muchos estados comunistas.

En el sistema capitalista, aunque denunciemos la corrupción y la cataloguemos como delito, implícitamente la aceptamos. ¿Por qué sabes que todos o casi todos los que están arriba son corruptos? Y la respuesta del hombre de la calle es meridiana: porque yo también lo sería. Y la corrupción muchas veces es difícil de detectar. La corrupción no es solo trincar la pasta y salir corriendo. El tráfico de influencias en ocasiones puede ser mucho más rentable que desvalijar los fondos reservados. La corrupción es inherente al capitalismo. Y cuando pasa a tribunales y se convierte en algo público el sistema la asimila como parte del show business de los medios de comunicación. Para el capitalismo toda la realidad es un inmenso cerdo del que todo se aprovecha.

Sólo en un mundo lleno de muertos de hambre podía triunfar un sistema que quería equiparar a todos los individuos por lo bajo. El mundo feliz del comunismo se basaba en la conformidad, en la suposición de que la gente sería feliz teniendo cubiertas las necesidades básicas. Grave error. La felicidad es relativa. La felicidad no es directamente proporcional al poder económico, sino que depende de cómo estén los demás. Un individuo que tenga un mendrugo de pan en un mundo de hambrientos se sentirá inmensamente afortunado. Hoy, para acercarnos a ese sentimiento de éxito, como poco tenemos que acertar una Primitiva multimillonaria.

Ahora que está en peligro el sistema capitalista tras el desplome de Wall Street, todos deberíamos poner de nuestra parte para salvaguardar el paraíso de los idiotas. Y por una vez puede que George Bush Jr., el idiota por antonomasia, tenga razón. Hay que inyectar dinero en el sistema para salvarlo. No importa que el dinero tenga que salir de las arcas públicas. Estamos hablando de la felicidad de los ciudadanos. ¿Por qué protestan algunos congresistas republicanos y alegan que eso es improcedente porque parece una medida socialista? ¿A qué viene ser ahora tan remilgados? ¿Desde cuando se ha caraterizado el gobierno de Estados Unidos por su coherencia ética? La CIA, por ejemplo, respaldó gobiernos dictatoriales (España, Chile...) para salvaguardar el poder omnímodo de Estados Unidos, el adalid de la democracia. El sistema capitalista se ha caracterizado siempre por su oportunismo y sus soluciones chapuceras.

De cualquier forma, si el dinero es del pueblo norteamericano, es a él al que habría que preguntar. Un referéndum sería lo más acertado en circunstancias de excepción como esta. No sería fácil redactar la pregunta, pero siempre podríamos llamar a algún asesor de Ibarretxe para que nos echara una mano. Yo propondría algo así: ¿Quiere usted que el Estado ponga el dinero suficiente para que nuestro sistema económico siga en pie y usted pueda seguir viviendo en un mundo donde cualquier idiota puede alcanzar la fama, el poder y el dinero?

El éxito del "sí" sería abrumador. Los innúmeros idiotas del mundo votarían que sí. Yo mismo, si en España hubiera que votar, votaría que "sí" ante la imposibilidad de saber si soy o no soy idiota. El pueblo preferiría salvar su mundo de ilusiones aunque hubiera que incurrir en contradicciones a la hora de tomar medidas. Y esa es la grandeza de la democracia.